Skip to main content
Internet Archive's 25th Anniversary Logo

Full text of "La epopeya de Artigas; historia de los tiempos heroicos de la República Oriental del Uruguay"

See other formats


Digitized by the Internet Archive 

in 2011 with funding from 

University of Toronto 



http://www.archive.org/details/laepopeyadearti02zorr 



La Epopeya de Artigas 



w 



ARTIGAS EN LA MESETA 




Cuadro de Carlos María Herrera 
(Salón de Honor de la Casa de Gobierno de Montevideo) 



Al Doctor Zorrilla de San 
Martin, inspirador de mi obra. 

Carlos María Herrera 
Junio 16-1913. 



3 

Juan Zorrilla de San Tuartín 



LA EPOPEYA 

DE 

ARTIQA 



Historia de los tiempos heroicos de la 

República Oriental del Uruguay 




Segunda edición 
corregida y ampliada por el autor 



Tomo II 



LUIS QlLl,. Librero-Editor 
Claris, 82. BARCELOnA 

racmxvii 



r 

7 C" 

-'7Zó 






704340 



ES PROPIEDAD DEL AUTOR 



M. GALVE, impresor 



5" 



CONFERENCIA XVII 

LA GRAN CONJURACIÓN 

El hombre REPUBLICA^ro. — I^as formas de gobierno. — Esen- 
cia DE LA REPÚBLICA. 1,A. SERIE DE DERRUMBES EN Bt^ENOS 

Aires. — Posadas, Alvear, Ronde.\u, álvarez Thomás, Bal- 

CARCE, PUEYRREDÓN. — CONGRESO DE TUCUMÁN. — COMPOSI- 
CIÓN y ESPÍRITU DEL CONGRESO DE TUCUMÁN. — DECLARATORIA 
DE INDEPENDENCIA. SEMBLANZA DE PUEYRREDÓN. RlVA- 

DAViA. — El Congreso de Viena. — I,as Santas Alianzas. — 
1,\ invasión portuguesa. — Artigas, el solo defensor de 
América en el Sur. — Quiénes son sus enemigos. — I^as en- 
trañas DE LA invasión PORTUGUESA. El CONGRESO DE TU- 

CUM':.N, PUEYRREDÓN Y TAGLE. GARCÍA EN RÍO JANEIRO. 

IvO RESERV.ADO Y LO RESERVADÍSIMO. — ARTIG.IS PROYECTADO 
EN LA SOMBRA. 



«¡Bl, AÑO 1816 SERÁ EL AÑO FEUZ PARA LOS ORIEN- 
TALES!» 

Artigas, mis amigos artistas, es, en estas regiones, 
un reproche viviente para los que, perdida la fe en 
el pueblo americano, o no habiéndola jamás tenido, 
fraguan en secreto el regreso de estos pueblos al 
aprisco. 

Bs claro que todos los que tal hacen no han de dar 
participación a tal hombre en sus planes. El único que 
tuvo la ingenuidad, muy propia de su carácter hon- 



6 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

rado, de hacerle saber algo de eso, y hasta de solici- 
tar su concurso, fué Belgrano. Éste había reducido 
a Güemes, el esforzado caudillo de Salta, a secundar 
su originalísimo proyecto de coronar en el Plata a 
un descendiente de los reyes incásicos, que, mal que 
mal, eran reyes. Y, no creyendo hallar en Artigas un 
hombre de pensamiento, sino un Güemes algo mayor 
que el heroico salteño, concibió la ilusión de hacer 
de aquél otro subdito del indio coronado. ¡El buen 
Belgrano!... I/ds demás proceres se guardaban bien, 
por supuesto, de dar al Jefe de los Orientales participa- 
ción en sus combinaciones; lo sabían irreductible, y lo 
presentaban como una entidad anárquica, irracional, 
y sin más propósito que la satisfacción de sus ambi- 
ciones y apetitos. 

Cuando Artigas, viendo en su Patria Oriental un 
ser orgánico, relativamente fuerte, altivo, lleno de fe 
en sí mismo, en vías de organización política, y con 
un nombre que sonaba a gloria entre todas las provin- 
cias del antiguo virreinato, afirmaba que ese año 1816 
iba a ser el año feliz para los orientales, no sabía que, 
desde el momento en que Fernando VII había sido 
restituido al trono de España por la caída de Napo- 
león, el Directorio de Buenos Aires había pensado 
en desagraviarlo y arreglarse con él, probándole que 
lo que se había dicho el 25 de mayo de 1810 era lite- 
ralmente verdad: que la revolución tenía por solo 
objeto conservar a su amado monarca sus dominios 
en América. 

Artigas ignoraba lo que nosotros sabemos: que el 
general Belgrano, el vencedor de Salta y Tucumán, y 
don Bernardino Rivadavia, el severo director de los 
sangrientos procesos de Alzaga y de Liniers, habían 
sido enviados a Europa para negociar, en las cortes de 



I,A GRAN CONJURACIÓN 7 

I/3adres y Madrid, la formación de una monarquía en 
el Plata, y también en Chile, y también en toda Amé- 
rica; ignoraba que, fracasada la primera tentativa, y 
vuelto Belgrano a Buenos Aires, quedó en Europa Ri- 
vadavia, y que éste, precisamente en enero de 1816, y 
pese a sus gestiones de 1815 en favor de Carlos IV, 
se trasladaba de París a Madrid, a presentar a la ma- 
jestad de Fernando VII, restaurado en su trono ab- 
soluto, sus felicitaciones, y «los sentimientos de leal- 
tad de algunos miles de sus vasallos, cuyo voto es 
la paz y la prosperidad del reinado de sus amados 
monarcas». 

Esas negociaciones, mis amigos artistas, fueron 
largas y reiteradas; presentaron distintas faces, desde 
la más humillante hasta la más grotesca. Si ellas no 
tuvieron resultado; si estos países no continuaron 
bajo el cetro de una dinastía europea, sino que aca- 
baron por ser realmente independientes, es decir, 
republicanos, dueños de sí mismos, no fué ciertamen- 
te porque no se hubiera hecho todo lo humanamente 
posible por aniquilar, con la intervención de los mo- 
narcas absolutos, el espíritu democrático, de que Ar- 
tigas era el bárbaro poseído... 

Al hablaros de esto con insistencia, mis amigos, 
un escrúpulo, acaso más estético que de conciencia, 
molesta mi imaginación. 

Yo os presento a Artigas como el héroe republi- 
cano de nuestra América. Líbreme Dios, sin embargo, 
de aparecer por eso, a vuestros ojos, como el creyen- 
te fetichista de una forma de gobierno, así se llame 
república, o monarquía, o cualquier otra cosa. Ya os 
he dicho cuánto desdeño las formas, las apariencias 
idolátricas, las palabras sin más habitante que el 



8 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

sonido, los templos sin más dios que la muchedumbre. 
Todo eso me produce un escalofrío de repugnancia; 
mi criterio estético se rebela contra todo lo que es 
adulación de turbas. No sólo es falso; es feo, inarmó- 
nico. El arte es una aristocracia. 

I^as formas de gobierno, como todas las formas, 
no son sino un accidente, que no es nada si no hay 
una substancia. Yo creo que, así como lo bello en la 
naturaleza, o en las cosas creadas, nc es sino la reve- 
lación, en el aspecto sensible de éstas, de un princi- 
pio que les es superior, y que es en ellas expresión, 
unidad, armonía, atracción hacia lo más alto, así la 
autoridad civil o política no es otra cosa que la reve- 
lación, la encarnación mejor dicho, en uno o más 
hombres, de un principio o fuerza superior al hombre 
mismo, y que es también unidad, orden, armonía, 
felicidad sociales. Sólo así se conciben la supremacía 
del hombre autoridad sobre el hombre no autoridad, 
y el deber moral de obedecer al primero, ya que to- 
dos los hijos de Adán son específicamente iguales 
entre sí. 

Bso es lo que quería decir, allá en el siglo xvii, 
aquel altivo Alcalde de Zalamea, de que hablamos 
alguna vez, cuando, reconociendo en el rey el dere- 
cho de pedirle la hacienda, y hasta la vida, le niega 
el de arrebatarle el honor, porque «el honor es patri- 
monio del alma; y el alma... sólo es de Dios». Tam- 
bién es ése, y no otro, el sentido del hondo principio 
cristiano, según el cual, «todo poder viene de Dios». 
Ese principio deja a salvo el honor y la dignidad hu- 
manos, cuando el hombre rinde al hombre su tri- 
buto de obediencia. Con ser esto tan sencillo, pocos 
temas de filosofía habrán dado ocasión, sin embargo, 
o mucho me equivoco, a decir mayores vaciedades, 



I,A GRAN CONJURACIÓN g 

de una y otra parte, que las dichas y por decir sobre 
el asendereado derecho divino. 

Pero el hombre o los hombres que encarnen el prin- 
cipio o fuerza ordenadora de que hablamos, deben 
ser los mejores, como es natural, los más aptos, los 
más abnegados, es decir, los que, por sus dotes y vir- 
tudes, sean más capaces de olvidarse de sí mismos 
para pensar en el bien común, en eso que llamamos 
estado, patria, sociedad civil o política, o como que- 
ráis llamarle, 3' que es el medio necesario al hombre 
para desenvolver sus facultades y llenar su destino. 
Esos son los legítimos, los substancialmente legíti- 
mos, es decir, los que Dios quiere que sean obede- 
cidos. 

I^as formas de gobierno no son, pues, otra cosa, en 
resumidas cuentas, que los medios que se emplean 
para conocer esa voluntad de Dios; para hallar y 
revestir de autoridad a esos hombres honrados; a 
los que más se acerquen a aquel ideal, cuando me- 
nos, y no a otros. I/)S republicanos somos tales, en 
cuanto, resistiéndonos a creer en la existencia de 
hombres predestinados ah ovo a ser los mayores y 
los más aptos, los nacidos, por consiguiente, con el 
derecho congénito o divino de ser reyes o empera- 
dores, o como queráis llamarles, juzgamos que el me- 
dio que más racionalmente conduce a dar con tales 
personas aptas, para acatar, no su sangre de especial 
color, sino el principio ordenador que en ellas se encar- 
ne, es el que consiste en designarlas por la voluntad 
nacional. De ahí aquello de vox fopuli, vox Dei, que 
se repite por ahí. I^a democracia, dice el teólogo Suá- 
rez, es de derecho divino, porque la razón natural pro- 
clama que la potencia política suprema resulta, natu- 
ralmente, de la constitución de la sociedad humana, y 



I o LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

que, por la fuerza de esa misma razón, ella pertenece 
a la sociedad toda entera. 

Me parece que eso es claro. Como el alma humana 
reside toda en todo el cuerpo, así la autoridad reside 
en todo el organismo social y de él emana inmedia- 
tamente. No hay, pues, que confundir el estado, en 
la sociedad política, con el sob3rano; no hay que to- 
mar el órgano por la función. 

Más explícitamente, si cabe, que Suárez, nos en- 
seña esa doctrina, sobre lo accidental de las formas, 
vSanto Tomás de Aquino, cuando nos dice en la Suma: 
«Está en la razón de la ley humana que sea dictada 
por el que gobierna la comunidad civil. Si la ciudad 
es gobernada por uno, llámase reino, y de él emanan 
las constituciones de los príncipes. Otro régimen es 
la aristocracia, esto es, el gobierno de los óptimos. El 
tercero es la oligarquía, es decir, el principado de po- 
cos, ricos y poderosos. Otro gobierno es el del pueblo 
(populi), que se llama democracia. Otro es la tiranía, 
el cual es la corrupción misma, y, por tanto, de éste 
no puede originarse ley alguna. Hay todavía otro 
régimen mixto, y es el óptimo, y sus mandatos son 
ley, que los ancianos, juntamente con el pueblo, san- 
cionaron.» (I. II. Q. K.) 

Eso, como lo veis, ese gobierno del pueblo, unido 
a los ancianos, que son el pueblo mismo arraigado 
en el pasado, no es otra cosa, palabra más, palabra 
menos, que la soberanía popular, que no es ni la 
consagración de la bondad natural del hombre, cierta- 
mente, ni la tiranía de la multitud. 

El mundo moderno cree hoy en eso como en un 
postulado; la democracia, la óptima, según Santo 
Tomás, ha triunfado; nadie puede dudarlo; es la due- 
ña de la sociedad. Y es la república, hasta ahora, su 



I,A GRAN CONJURACIÓN II 

forma más perfecta, a condición, por supuesto, de que 
no se crea que la forma republicana significa la Inte- 
ligencia y la Virtud substituidas por el Número, sino 
encontradas y consagradas y acatadas por él. 

Pero ¿hemos de afirmar, por eso, que la tal forma 
es carne de diosa, divinidad inmortal? 

¡Valiente diosal Nadie mejor que nosotros, los re- 
publicanos, sabemos que esa divinidad puede ser tan 
fetiche como pudo serlo la otra, la de corona y cetro 
dorados. Que la misma libertad puede erigirse en 
tirano. 

La vida es transformación constante; y el organis- 
mo político, que es cosa viva, no escapa a esa ley. 

Pero dice Bourget, entre otros, en sus Ensayos de 
Psicología coniemporánea, que «las concepciones de 
los Darwin y los Spencer, que tanto penetran el es- 
píritu moderno, darán un vuelco a la moral pública. 
Se acerca el tiempo, agrega, en que una sociedad no 
se ofrecerá a los adeptos de la filosofía de la evolu- 
ción como se ofrecía a los últimos herederos de Rous- 
seau. No se verá en ella la ejecución de un contrato 
lógico, sino el funcionamiento de una federación de 
organismos, de que el individuo es la célula. Una idea 
semejante está encinta de una moral pública comple- 
tamente distinta de la que actualmente nos rige. 
Ella conduce a una concepción del derecho histórico 
que justifica a los adeptos del derecho divino, a una 
teoría de la herencia que justifica el principio de la 
aristocracia transmitida, etc., etc. En una palabra, 
esa enseñanza de la ciencia es la negación total de 
los falsos dogmas de 1789». 

Lo que haya en todo esto de verdad o de error, 
me tiene sin cuidado en este momento. Yo no os in- 
sinúo estos, problemas abstractos, mis amigos, para 



12 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

convenceros de que están resueltos en tal o cual sen- 
tido; converso con vosotros (muclio me temo que 
más de lo necesario) de estos empirismos, para que 
os deis cuenta bien clara de que, cuando yo os ins- 
piro la marmórea glorificación de Artigas como ei 
hombre, como d héroe, por ser el profeta armado de 
la democracia y de la república; cuando os ofrezco el 
contraste de su fe en la masa popular, pese a sus im- 
perfecciones, con el escepticismo de los que lo odia- 
ron y persiguieron y calumniaron, no lo hago para 
presentaros en él al creyente o defensor de una for- 
ma de gobierno, transitoria como todas las formas. 
No; yo quiero que veáis en él, porque en él está, la 
encarnación de una esencia) de lo que permanece al 
través de las apariencias fugaces. 

Porque podrá ser todo lo accidental que se quiera, 
en tesis abstracta, la forma de gobierno; pero en hipó- 
tesis, es decir, en el caso concreto de nuestra revolu- 
ción americana, ciego tiene que ser quien no vea que 
democracia republicana e independencia eran sinó- 
nimos, como lo eran aristocracia monárquica y conti- 
nuación de la antigua dependencia. 

¿Qué otra cosa puede querer decir «independencia 
de América», si no es caducidad, no sólo de las perso- 
nas que la gobernaban, sino, muy especialmente, 
del régimen, del título hereditario, basado en la con- 
quista, que esas personas invocaban para ser acata- 
das, y reposición, por consiguiente, de la sociedad a 
su estado primero, es decir, al momento en que, cons- 
tituida en un organismo por la simple coexistencia de 
los hombres, comienza sus funciones espontáneas or- 
denadas? 

En ese caso, la autoridad no es de nadie, es r^s ««/- 
lius, según dicen los juristas; pertenece a»la sociedad 



I,A GRAN CONJURACIÓN 1 3 

toda entera, como dice Suárez, y la ejerce, como pasó 
con la propiedad, el primer ocupante, el que la toma. Y 
éste no puede ser otro, en caso de revolución, que el 
pueblo que la hace, o, si queréis, el hombre o los hom- 
bres que, por la fuerza de las cosas, por el asentimiento 
indeliberado, según Sarmiento, de una nación, a un he- 
cho permanente, son la encarnación personal de aquel 
pueblo, sus conductores, los depositarios de su espíri- 
tu. Ese hombre o esos hombres, en nuestra América, 
podían ser los pensadores, o los fuertes, o los atrevi- 
dos; eso es accidental. Podía ser cualquiera; podían 
serlo todos.,, todos, menosuno: el rey europeo o la di- 
nastía que se destronaba, y que no formaba -parte del 
organismo nuevo, cuya cabeza tenía éste que elaborar de 
su propia substancia, si era realmente un organismo 
vivo. Buscar a ese rey o dinastía, como el único me- 
dio de dar a ese organismo funciones ordenadas, o era 
la negación expresa déla existencia de tal entidad or- 
gánica, y la condenación, por consiguiente, déla re- 
volución, o yo, mis amigos, no estoy seguro de cuán- 
tos dedos tengo en esta mi mano derecha. 

Imaginaos ahora lo que Artigas hubiera dicho, él, 
que era la encarnación del espíritu americano, si hu- 
biese sido consultado sobre los planes de restauración 
monárquica que se trazaban en Buenos Aires. El era 
incapaz ¡el muy salvajel de comprender la majestad 
de un príncipe de Luca, o la de un indio real, hijo de 
los hijos del Sol, entroncado con la dinastía de Bra- 
ganza, o la de un augusto hermano del rey de Portu- 
gal. Era indudablemente un bárbaro. Se hacía, pues, 
necesario desembarazarse de él, pronto y de cual- 
quier manera. 

Y era esto último, sobre todo, lo que ignoraba 
Artigas, y lo que vosotros debéis conocer especial- 



14 I/A EPOPEYA DH ARTIGAS 

mente: las gestiones que se habían hecho y se estaban 
haciendo en Río Janeiro, para deshacerse del héroe 
y de su pueblo, entregándolos al rey de Portugal, 
ya que no había sido posible vencerlos. 

Eso se hizo en el Río de la Plata, aunque os parezca 
extravagante. No lo es tanto como parece, sin em- 
bargo; estaba en la esencia de las cosas. Los hom- 
bres, cuando no son genios, son más hijos de su tiem- 
po que de su madre, y no haríamos mayores cargos 
a los que lo fueron del tiempo aquel, si ellos no pre- 
tendieran deprimir al que lo fué del porvenir para 
sobreponerse a él; pero, ante tan dura alternativa, 
el juicio de la historia se impone, como lo veis, con 
su impasible severidad. 

Es, pues, preciso saber, por sí o por no, quiénes 
fueron aquellos injustos enemigos, y, para eso, fuerza 
será que conozcáis, siquiera sea a la ligera, la crono- 
logía de los hechos que pasaban en Buenos Aires, 
mientras Artigas organizaba y defendía su Patria 
Oriental, y, en ella, el germen de la república, desde 
su mitológica capital del Hervidero. 



II 



La anarquía política que en Buenos Aires se pro- 
dujo desde 1810, y que os tracé al principio con las 
palabras de Mtre, continúa allí sin interrupción, y 
contrasta con la unidad de ideales y de acción que se 
advierte en la Banda Oriental, bajo la indiscutida 
autoridad del héroe. 

Ya conocéis las endiabladas disensiones de las pri- 
meras juntas en aquella ciudad; habéis visto a los 
triunviratos derrocados y substituidos por el gobier- 



I,A GRAN CONJURAaÓN ló 

!io de Posadas, primer Director Supremo, y a éste 
substituido por Alvear, que también cae derrocado 
por la revuelta y el pronunciamiento militar, para 
dejar el puesto a Álvarez Thomás, que sube al poder 
en abril de 1815. 

Muy poco tarda en derrumbarse también éste; un 
año apenas. En marzo de 181 6 envía a Belgrano» 
vuelto de Europa, como general de observación 
contra las provincias que obedecen a Artigas. El co- 
ronel Díaz Vélez, jefe del ejército, se entiende con 
lyópez, gobernador de Santa Fe, como lo hizo Álva- 
rez en Fontezuelas, y firma con él un pacto en Santo 
Tomé (9 de abril de 1816), por el que se destituye 
a su propio general. Éste, Belgrano, es arrestado en 
su campo, y se le reemplaza por Díaz Vélez. Se con- 
viene, además, en la retirada de las tropas de Bue- 
nos Aires, y se depone al Director Supremo, que se 
va como los otros. ¿Y qué ha de hacer? 

lya Junta de Observación, cuerpo legislativo y elec- 
toral sui generis. nombra director, en reemplazo de 
Álvarez, a don Antonio González Balcarce, que sólo 
dura en su puesto lo que en su rama un lirio. 
También es derrocado violentamente. 
El 3 de mayo del mismo año 1816 es elegido Di- 
rector Supremo el general don Juan Martín de Puey- 
rredón. Pero éste ya no lo es por la Junta de Obser- 
vación, sino por otra entidad que ha nacido, y que es 
necesario conocer: el Congreso de Tucumán. 

Hablemos, pues, con algún detenimiento, de este 
Congreso de Tucumán, pues le cupo la gloria de pro- 
clamar, por fin, en 1816, la independencia que, en el 
Congreso del Peñarol, había proclamado Artigas, y 
quería que fuera declarada en la Asamblea de Buenos 
Aires, el año 1813. 



1 6 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Una de las resoluciones adoptadas por la revolu- 
ción o pronunciamiento que derribó a Alvear fué, 
como acontecía generalmente, la inmediata convo- 
cación de un Congreso qu& representara a los pueblos 
y los organizara o constituyera. Álvarez Thomás dictó 
la convocatoria; de ésta nacióla asamblea que se re- 
unió en Tucumán, a principios de 1816, y comenzó 
sus sesiones el 24 de marzo de ese año. El Congreso 
de Tucumán, repetición de la Asamblea que rechazó 
los diputados orientales en 1813, y que cayó con 
Alvear, es una entidad distinguida por su com- 
posición, pero inarticulada; no tiene arraigo alguno 
en el pueblo; es completamente artificial. Sólo las 
provincias de Tucumán y Cuyo, bajo la influencia 
de San Martín, contestaron al llamamiento de la 
capital. Es claro que no estuvo allí representado el 
Estado Oriental de Artigas; éste, como los pastores 
de la fábula del lobo, no podía acudir al llamamiento 
de Buenos Aires, y pensaba en convocar un Congreso 
federal en Paysandú, que la invasión portuguesa hizo 
imposible. Tampoco concurrieron a la convocatoria 
las provincias que Artigas protegía, Entrerríos, Co- 
rrientes, Santa Fe, las elisiones Occidentales, pese a 
los esfuerzos que se hicieron por convencerlas; tam- 
poco la de Córdoba. Acudieron, en cambio, algunos 
representantes de los emigrados del Alto Perú, la 
altiplanicie andina, a la sazón en poder de los espa- 
ñoles, de cuyas manos pasará a ser república inde- 
pendiente por obra de Bolívar. Era esta última, por 
consiguiente, una representación refleja, como lo veis: 
eran representantes de representantes oficiosos de un 
ser que no existía; de una entidad que, como el Pa- 
raguay y el Uruguay, no han sido ni serán parte 
integrante de la futura República Argentina. 



lyA GRAN CONJURACIÓN 1 7 

I/a provincia de Salta, dominada en absoluto por 
su caudillo Güemes, que se mantiene en un estado 
casi independiente, envía sus diputados. Pero éstos 
son elegidos al grito de ¡mueran los porteños! 

l/os porteños, o sea, los hombres del puerto, de la 
Comuna de Buenos Aires, en todo pensaban, menos en 
complacer a la provincia de Salta ni a provincia alguna; 
en todo, menos en morir en el Congreso de Tucumán. 
Ellos sabían que, con excepción de los representan- 
tes de la provincia de Cuyo, enviados e inspirados por 
San M,artín, todos los demás les eran hostiles, seguían 
a Artigas. Sin embargo, fué Buenos Aires quien triun- 
fó en definitiva, con Pueyrredón, en el seno del Con- 
greso . 

El señor Vicente Fidel López, en su Historia ar- 
gentina, precisa bastante bien ese espíritu de la asam- 
blea. «El Congreso de Tucumán, dice, estaba inocu- 
lado también del veneno artiguista. Sus pretensiones 
eran crear un poder personal y político, no sólo aje- 
no, sino simpático y dominador de Buenos Aires, 
para gobernar desde afuera, y con influencias pura- 
mente provinciales, los intereses comunes; y como el 
núcleo sensible de esos intereses, así como el de los 
recursos y elementos que podían darles solución, es- 
taban concentrados en la capital, ésta resistía la 
expropiación y el despojo, que pretendían imponerle, 
de aquello que consideraba exclusivamente suyo, es de- 
cir, del poder de gobernar y dirigir el contingente de 
fuerzas vitales con que ella hacía la guerra y man- 
tenía la personalidad del estado.» 

lyópez dice la verdad, como sabéis. Buenos Aires 
consideraba exclusivamente suyo, desgraciadamente^ 
el derecho de gobernar y dar solución al destino de 
todos los pueblos, y, en ejercicio de ese derecho, ne- 

T. ti. 3 



1 8 r,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

gociaba, en, Europa, la coronacióji de un rey que vi- 
niera al Plata con buenos soldados. Así no se gober- 
narían desde afuera los intereses comunes. Imaginaos 
si estarían dispuestos los porteños a morir en el Con- 
greso de Tucumán, para complacer a los sáltenos de 
Giiemes, envenenados de artiguismo, es decir, de ins- 
tinto de emancipación americana, que les hacía creer 
que ellos no eran de ajuera. 

Es claro que, en cuanto a las formas de elección 
de aquellos diputados, no hay nada que hablar: la 
influencia directa del pueblo era muy poca o ningu- 
na. Pero no nos hemos de preocupar mucho de esas 
cosas, de esas formas; no hemos de rechazar a los di- 
putados de Tucumán por lo que fueron rechazados 
los de Artigas en el año 13: por defectos en la forma 
de su elección. Eso no es serio. La representación po- 
pular, en estos períodos caóticos, no está en las molé- 
culas, sino en los núcleos que las conglomeran y 
arrastran, bien lo sabemos; aquellos diputados eran 
legítimos, no hay duda, con su legitimidad relativa. 

El Congreso de Tucumán es una nueva tentativa 
de la oligarquía porteña para formar un núcleo cual- 
quiera de autoridad, a falta del héroe pensador, del 
rex de Carlyle, que no había surgido en la región oc- 
cidental, como Artigas en el Uruguay, o Bolívar aUá 
en el Norte. 

Esa era el alma del Congreso: un respetable si- 
mulacro, digno, sin embargo de glorificación, como 
agente de acciones y reacciones fecundas. 

En cuanto a su cuerpo, a su fuerza material, con- 
taba con la fuerte espada de San Alartín, que orga- 
nizaba en Cuyo el ejército que, un año más tarde, 
debía cruzar los Andes; y con la gloriosa de Belgrano, 
el vencedor de Salta y Tucumán, vuelto recientemen- 



I,A GRAN CX)NJURACION I9 

te de Europa de buscar un rej'', y que fué a Tuciimán 
a pugnar, con todas sus fuerzas, por el triunfo de la 
monarqitía incásica, nacida en su imaginación ator- 
mentada. 

Todos ellos, tanto la oligarquía de Buenos Aires 
como los dos insignes generales, eran monárquicos, 
y monárquico fué casi unánimemente el Congreso, 
formado de personalidades muy meritorias, por cier- 
to, pero ajenas por completo al pensamiento funda- 
mental de la revolución de Mayo; eran viejos hom- 
bres honrados, perfectamente honrados. 

Todos ellos creían en la legitimidad de la sangre 
real; encarnaban la filosofía 3' la tradición coloniales; 
eran discípulos sobresalientes de las universidades 
reales en América, de la de Chuquisaca especial- 
mente, buenos latinistas o humanistas, maestros en 
cánones regalistas, estudiosos profesores de derecho 
español. Hombres rectos y honestos, capaces de todas 
las abnegaciones, obedecían a un impulso de liber- 
tad, sentían la justicia y la necesidad de una eman- 
cipación; pero, como nuestro doctor Pérez Castellano, 
el autor de la fórmula de Ma3-o en Montevideo, no 
estaban habilitados para percibir un término medio 
entre el régimen monárquico y la revolución fran- 
cesa, que les era odiosa por su aspecto anticristiano. 
Una revolución cristiana; una soberanía popular ema- 
nada de Dios, no era para ellos una cosa real, pues 
no estaba en los textos que sabían y comentaban. 
lya emancipación política, por lo tanto, para estar 
en el orden, para ser la equivalente de la del hijo 
con relación a su padre, debía realizarse dentro de 
la monarquía: el rey era el padre. 

Nada más curioso, para representar ese espíritu, 
que la interesantísima superstición incásica del gran 



20 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Belgrano, que fué apoyo y consejero del Congreso, 
aunque no formaba parte de él: su fe en un descen- 
diente ideal de los hijos del Sol, que, como un ídolo 
de tierra cocida extraído en las huacas del Perú, se 
había sentado en los ensueños del ilustre procer, con 
las piernas cruzadas sobre el pecho, el quillaí en la 
frente, y los ojos bajos, clavados en el propio om- 
bligo, ¡Pero era de sangre real! Y sin embargo, en 
ese sueño de Belgrano, con ser tan extravagante, 
había más espíritu de independencia, notémoslo bien, 
que en la doctrina de los otros: aquel rey -fetiche era, 
cuando menos, americano; representaba la caduci- 
dad del europeo; era la mala expresión de una buena 
verdad; estaba más cerca de la realidad de Artigas, 
no cabe duda. 

Y más curioso es para mí todavía la conversión de 
Güemes, el altivo caudillo de Salta, a esa fe monár- 
quica de Belgrano. vSon interesantísimas las procla- 
mas que ambos dirigen entonces (agosto de 1816) a 
las tropas y a los peruanos, en que les anuncian la 
vuelta del Inca, del rey legítimo. Yo las encuentro 
llenas de significado y de carácter. Güemes no tenía 
a Artigas a su lado, como los caudillos del litoral; 
estaba, pues, desorientado. ¡Lo que entendería el sim- 
pático Güemes por el Inca, el rey legítimo/ 

Todo eso es antagónico, huelga decirlo, al pensa- 
miento popular que encamaba y acaudillaba Artigas; 
todos los promotores de tales cosas son y tienen que 
ser enemigos de este hombre sincero; irreconciliables 
enemigos, por consiguiente, y de buena fe muchos 
de ellos, acaso la mayor parte. 

El Congreso de Tucumán, el 9 de julio de ese año 
1816, hizo en parte, como hemos dicho, lo que Arti- 



I,A GRAN CONJURAaÓN 31 

gas proclamó, en 1811, en, su nota al gobierno del 
Paraguay, y lo que había hecho el Congreso orien- 
tal del Peñarol en 1813: declaró la independencia 
de las Provincias Unidas, y es eso lo que constitu- 
ye su gloria. Pero ya os dais cuenta, mis amigos, 
de la enorme diferencia entre una y otra declaración: 
la de Artigas brotaba de la visión interna que lo con- 
ducía, de la fe en la capacidad de estos pueblos para 
emanciparse, para darse un gobierno emanado de 
ellos mismos; ella entrañaba la resolución de luchar y 
morir por ese ideal supremo; visión y acción compene- 
tradas, ha. declaración del Congreso de Tucumán era 
hija de una convicción vacilante; era una traducción, 
como la que atribuíamos a los mismos prohombres 
orientales quo rodeaban a Artigas en 1813. Pero con 
los hombres del Congreso de Tucumán no había un 
Artigas. 

Por eso el oriental, el del Peñarol, como comple- 
mento indivisible de la declaración de independen- 
cia, proclama la república, la soberanía de los pue. 
blos; mientras que el occidental, el de Tucumán, como 
comentario de lo que para él significa la independen- 
cia que declara, busca una dinastía europea que ven- 
ga con sus soldados a reinar sobre estos países, y 
deja en blanco el fondo de su bandera, en espera 
del sello real que será su vida. 

Sólo hubo un hombre que allí sintiese en sus entra- 
ñas, como un genio inquieto, el espíritu de Artigas: 
fué un virtuoso fraile: Fray Justo de Santa María 
de Oro. Éste, al ver que el Congreso se inclinaba a la 
forma monárquica, se alzó indignado. «Yo no he ve- 
nido aquí, dijo, para uncir el pueblo al yugo de otro 
soberano: quiero un pueblo completamente libre. Y, 
8Í no es así, protesto, y me retiro.» 



23 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

He ahí un Artigas con cogulla dominica; un bár- 
baro monástico. 

Para secundar sus propósitos, el Congreso de Tu- 
cumán, contra las tendencias de las provincias, que 
proclamaban otro candidato, eligió a don Juan Mar- 
tín de Pueyrredón como Director Supremo. 

Y nadie más indicado que él, por cierto, paia repre- 
sentar ese triunfo de la Comuna oligárquica. Conviene 
que lo conozcáis personalmente, como al personaje 
reinante de la capital del virreinato, como la antítesis 
de Artigas, y como el natural precursor de Rivadavia. 

Hijo de un rico comerciante francés radicado en 
Buenos Aires, y de una dama porteña, Pueyrredón 
fué enviado a Francia a completar su educación, y 
regresó con la necesaria para formar, sino un sabio ni 
un estadista, un hombre de regtdar cultura. I^a ele- 
gancia en el vestir realzaba su aspecto de gran señor; 
tenía una figura atildada, pero arrogante y varonil; 
era cortés; hablaba bien la lengua francesa; pintaba 
miniaturas sobre marfil, y nos ha legado su autorre- 
trato de ojos verdes azulados y de amplia corbata 
blanca. Resuelto y valiente, la aventura resonante 
lo atraía; Bonaparte lo hubiera hecho uno de sus ma- 
riscales, y él hubiera caído gallardamente, me parece, 
en una carga de coraceros, aclamando al emperador. 
Fué siempre un hombre honrado y un caballero. 

Tiene cuarenta años cuando es elegido Director 
Supremo, 3^ sus servicios a la causa americana lo ha- 
cen acreedor, no sólo a tan alto cargo, sino a nuestro 
respeto de historiadores. Ha figurado con gallardía, 
como jefe de la juventud urbana, en la reconquista 
de Buenos Aires, después de la cual es enviado a la 
corte de IMadrid como portador de las protestas de 



I, A GRAN CONJURACIÓN 23 

fidelidad y vasallaje ofrecidos, por el Cabildo de la 
ciudad reconquistada, a Nuestro Rey y Señor Don 
Carlos IV, Vestido con su uniforme de comandante 
de húsares, igual precisamente al de los Guardias 
de Corps del favorito Godoy, se ganó en aquella corte 
todas las voluntades: la del rey; la del favorito espe- 
cialmente. Alguna vez se declaró, sin embargo, «hijo 
de la patria de Enrique IV», el rey francés del penacho 
blanco. IvO era según la doctrina del fus sanguinis. 
Y lo parecía en muchos de sus rasgos característicos. 
Trabajará por traer al Plata, como el supremo triun- 
fo, la dinastía de los Orleans. «Y soy de la patria de 
Enrique IV, dirá a lyC Moyne; en ella recibí mi edu- 
cación: conozco el carácter nacional de ese gran país, 
y sé que es el único que puede convenir a la América 
del Sur.» 

I/Os franceses y los portugueses pensaron en hacerlo 
instrumento de sus planes sobre el Río de la Plata; 
los españoles absolutistas acabaron por mirarlo de 
reojo, como a un conspirador. Figura entre los apasio- 
nados y activos precursores del movimiento de 1810, 
por lo que sufre persecuciones; comparte entonces, 
con entusiasmo, el pensamiento de Belgrano de coro- 
nar reina del Plata a doña Carlota de Borbón, y va 
personalmente a Río Janeiro en prosecución de la 
obra. No concurre a las jornadas del mes de Mayo, 
por hallarse ausente y fugitivo; pero se apresura a re- 
gresar a su país y a incorporarse al movimiento. Es 
nombrado gobernador de Córdoba; de Charcas, Alto 
Perú, poco después. En este último cargo, al ocurrir 
el desastre de Huaqui, da cima, valerosamente, a la 
arriesgada empresa de salvar el tesoro de un millón 
de pesos que se custodiaba en Potosí. Es miembro de 
uno de los triunviratos y rival de Rivadavia; la re- 



34 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

vuelta interna lo arroja y lo confina en la provincia 
de San lyuis. Enviado por ésta, por el general San 
Martín mejor dicho, lo hallamos en el Congieso de 
Tucumán, donde sti triunfo representa fielmente, como 
lo dijimos, el de la oligarquía de su ciudad natal. 

Estamos, pues, en presencia de una figura genérica 
muy interesante. Este Pueyrredón no es el notario 
Posadas, inocente y bonachón, ni tampoco el atolon- 
drado joven Alvear; es el tipo del elemento activo, 
pero indirecto e inconsciente, en la obra compleja 
de la emancipación americana. Y digo inconsciente, 
porque ese tipo de hombre político no es factor o 
agente sociológico de nuestra revolución positiva y 
autóctona, creadora de nuevas naciones; lo es de la 
otra paralela, reformadora de la nación, o más bien 
dicho, de la monarquía española; es un liberal, un 
demócrata que combate el absolutismo. Pero como ese 
espíritu antiabsolutista, al pasar de Europa a Amé- 
rica, es la ocasión, ya que no la causa, del estallido 
del sentimiento popular de independencia, los hom- 
bres que lo encarnan merecen nuestro respeto, nues- 
tra gratitud, y hasta, en sus errores, la indtdgencia 
de la posteridad. 

Esos primaces, lo son de una protesta regional 
que reclama los fueros; pero no se dan cuenta de que, 
en los dos movimientos concéntricos que forman la 
revolución de América, el ocasional de la superficie, 
y el causal del fondo, ellos viven sólo en el primero. 
El del fondo les es casi tan desconocido, como lo era, 
para el rey I^uis XVI, el significado de las turbas 
sans culotte, peores, a buen seguro, que los gauchos 
de Otorgues o de Güemes, que gritaban bajo los bal- 
cones de VersaUes, si hemos de creer al maestro 
Taine. 



I<A GRAN CONJURAaÓN 25 

— ^Entonces esto es un motm — decía sorprendido el 
desventurado monarca. 

—No, Sire, esto es una revolución — le contestaban. 

Porque Pueyrredón, como todos los hombres de 
su clase, no carecía del instinto de amor a la libertad; 
no desconocía en absoluto la existencia y eficacia 
de la masa popular; pero no estaba habilitado para 
penetrar en su naturaleza; no veía en el pueblo ame- 
ricano un organismo nuevo, inteligente y libre, dotado 
de un alma colectiva, causa eficiente de sus actos, 
sino un simple núcleo de energías, acéfalas y sin fina- 
lidad propia, que debían obedecer al influjo de extra- 
ñas fuerzas. Veía el motín de que él era cabeza, una 
de Tas cabezas; pero no la revolución, de que lo era 
Artigas. 

«Ved, dice Carlyle, hablando de Laúd, al ocurrir en 
Inglaterra la aparición de Cromwell, ved de repente 
a nuestro hombre, colocado al frente, no de una aca- 
demia o un colegio, sino, como quien no dice nada, 
de una gran nación, y sin más recursos de gobierno 
que los que le inspiran aquellas pobres, exóticas y 
peculiares nociones suyas. Con éstas había de admi- 
nistrar, y dar solución a lo que hay de más difícil y 
enmarañado en la gestión de los humanos intereses. 
Cree que los hombres han de seguir gobernándose por 
los mismos estatutos y viejo ceremonial, y que la sal- 
vación de todos depende de que aquéllos se extiendan 
y mejoren.'!) 

Las nociones de Pueyrredón, para conjurar lo que 
él creía sólo anarquía, eran, sin duda alguna, más 
pobres, más exóticas sobre todo, que las de Laúd para 
conjurar a Cromwell. Colocado por el Congreso de 
Tucumán al frente, no de una nación que se reforma, 
sino de un mundo que nace, no concibe ni puede con- 



26 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

cebir más recurso, para atenuar las convulsiones de 
esa crisis dolorosa, que el que le sugiere el viejo cere- 
monial: desdeñar y aniquilar el sanculotismo o cau- 
dillaje; destruir en él la célula social precisamente, 
como hoy se dice y puede decirse por analogía. Yesas 
células resisten la muerte, se revuelven, se agitan, se 
congestionan. Y la vida prevalece por fin. 

Ese carácter es allí genérico y clásico; su tipo 
excelso será el que sucederá a Pueyrredón, como 
verdadero personaje reinante en Buenos Aires: don 
Bernardino Rivadavia. Éste sí que será el gran aca- 
démico o director de colegio de Carlyle. Su grandísimo 
talento (porque lo tenía grandísimo) sólo será com- 
parable con su carencia absoluta de genio. Era un 
dómine eminente. Mezcla de viejo regalista español y 
de liberal francés de la Restauración; embelesado, se- 
gún Ivópez, en las cosas y los trabajos del tiempo de 
Carlos III de España, quiso importar todo eso a nues- 
tra América, y encasquetárselo, per fas aut nefas. Y 
lo que es carácter, ese Rivadavia tenía que le sobra- 
ba... pero cuando estaba en el mando. 

Enfático, muy pagado de sí mismo, aficionado casi 
genial en ciencias jurídicas, hubiera sido un ministro, 
como el más pintado, de Carlos III. Y no digamos 
nada de Fernando VII: hubiera fusilado a Riego, como 
colgó a Alzaga o a I^iniers. Era un hombre de gran 
valor cívico, sin duda; pero nada tenía, absolutamente 
nada, del hombre nuevo de América; ni siquiera la 
sangre, que, si bien era mestiza, no lo era de indígena 
de este continente. Bajo de estatura, ventrudo, ancho 
de espaldas, corto de cuello, cetrino de tez, su figura 
no era gallarda; pero en aquella cabeza maciza, de 
cabellos negros tupidos y muy crespos, había un cere- 
bro fuerte, cuya luz se advertía a primera vista en 



I,A GRAN CONJURACIÓN 27 

SU alta frente, en sus ojos negros y saltones, que 
miraban de alto a bajo con imperio, y en su voz grave 
y enfática. 

En los momentos en que sube Pueyrredón al poder, 
este ilustre Rivadavia está en París; lo vimos pasar 
por Río Janeiro con Sarratea, según recordaréis, y 
ponerse allí en relación con García, el enviado de 
Posadas y Alvear. Trabaja en Europa por la monar- 
quía. Que en Europa, y sólo en Europa, debe ser 
construida la nación ameiicana. Así lo dice y acon- 
seja al nuevo Director, con quien cultiva asidua co- 
rrespondencia. Interesantísimas son sus cartas a Puey- 
rredón, las de 31 de enero, por ejemplo, o las de 22 
de marzo y 15 3'" 25 de abril de 1817, que ahora apa- 
recen en el archivo de Mitre, para conocer aquel 
carácter individual, y el colectivo de la oligarquía 
triunfante con Pueyrredón en el Congreso. 

Juzga desdt allí lo hecho por éste y aconseja lo 
que debe hacerse. «No puedo dejar de confesar, dice 
el 22 de marzo, que he sabido con sorpresa y con 
dolor que ahí se fomenta la idea de proclamar a un 
descendiente de los Incas... he escrito a Belgrano...» 
Y agrega: «Nunca pensé que el Congreso demorase 
tanto en pronunciar sobre la forma de gobierno de 
ese estado; pero siendo demasiado urgente el hacerlo, 
yo estoy persuadido que es de suma importancia el 
declarar a ese estado en monarquía, reservándose la 
elección y proclamación de soberano al resultado de 
la negociación que en su virtud acuerden con las 
cortes de Europa». 

Con todas éstas debe tratarse, con España inclu- 
sive; «pero yo presumo, le dice, que manejándose con 
sagacidad, podremos conseguir para nosotros un prín- 
cipe más digno que lo que ofrece la casa de España...» 



28 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

«En todo esto, agrega después, debe suponerse que 
hablo salvas las relaciones de ese país con el gabinete 
del Brasil; pues, según una carta que acabo de recibir 
de don Manuel García, entre esos dos países existe 
un pian que va madurando. No me dice cuál es; pero 
me expresa que don Nicolás Herrera está encargado 
de su ejecución en la parte política.)) 

He aquí, amigos míos, una faz de antiartiguismo 
distinta de la que nos ofrecía Alvear; éste quiso entre- 
gar el Río de la Plata a Inglaterra; Rivadavia, en sus 
cartas, en que habla largamente de la política europea, 
manifiesta un odio profundo hacia el gabinete de 
Saint-James «y la política antisocial que ha inventado 
y ejerce contra todo el mundo; sólo la grandeza y 
felicidad de sus crímenes, dice, lo libra de las califi- 
caciones más degradantes de la sociedad»; y entre 
esos crímenes incluye el de «consentir que el rey del 
Brasil invada nuestro territorio». No sabe, pues, Riva- 
davia todavía que ese plan que va madurando don 
Nicolás Herrera consiste precisamente en entregar al 
rey del Brasil ese nuestro territorio para deshacerse 
de Artigas. 

Aquello es una horrible confusión de ideas y pro- 
pósitos; pero nada sería en éstos el fetichismo mo- 
nárquico que hemos reconocido como natural 3- 
hasta disculpable en aquellos hombres sin fe, si al 
mismo tiempo no se prescindiera en absoluto del 
pueblo americano, de su carácter, de su vida misma, 
para resolver de sus destinos; eso de no contar para 
nada con él, si ya no es para despreciarlo y aniqui- 
larlo y reemplazarlo, si es posible, por otro mejor; eso 
de querer substituir por otra hasta la sangre española 
y la lengua, eso... si no es un delito, es un grave error 
cuando menos, me parece. Y el culpable de sus con- 



I,A GRAN CONJURACIÓN 29 

secuencias no son los pueblos, me parece también; 
no es el artiguismo o americanismo, como lo veis; es 
ese earopeísfno a tontas y a locas de aquellos hombres 
que, sin más recurso que las pobres, exóticas y peculia- 
res nociones de que habla Carlyle, quieren matar el 
patrón del árbol para ponerle el florido injerto. 

En esos consejos de Rivadavia a Pueyrredón es- 
taba, como lo veis, la negación categórica de la auto- 
ridad de éste, considerada como simple preparación 
al advenimiento de la verdadera y legítima y defi- 
nitiva. Pueyrredón aceptaba eso, sin embargo, como 
la cosa más natural del mundo, Pueyrredón y todos 
los demás. 

Cuando esta nuestra historia americana, amigos 
míos, deje de ser una crónica documentada y cobre 
el carácter que le corresponde de biología sociológi- 
ca, el menos avisado advertirá en ella la repetición de 
los fenómenos de todas las grandes revoluciones: el 
de la inglesa'de 1688; el de la francesa de 1789; el que 
ofrecerá la económica o social que va a presenciar 
el siglo XX: la resistencia a reconocer el nuevo agente 
de vida, a despreciarlo. 

Si recordáis, por más próxima y análoga, la fran- 
cesa del 89, no podéis menos de advertir la analogía 
que existe entre las resistencias de aquellos nobles a 
reconocer los derechos del estado llano, y la de nues- 
tra nobleza criolla, como le llama Estrada, a reconocer, 
en Artigas, el Director Supremo de hecho, el real, 
con quien debe acomodarse todo lo que es artificio. 

Ni en la corte de París ni en la semicorte de Buenos 
Aires apareció el hombre capaz de ajustarse a la rea- 
lidad: creen que pueden substituir el héroe real con el 
decretado por el Congreso o por la Logia. El derrumbe 
caótico es entonces inevitable, y surgen los Cromwell, 



30 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

O los Bonapartes o los Rozas, los restauradores. Que 
no otra cosa es el tirano: la ausencia del héroe, la 
venganza de la naturaleza ofendida. 

Inútiles fueron las tentativas que, acaudilladas por 
el mismo Balcarce, se hicieron en Buenos Aires para 
evitar el triunfo de la ciudad sobre todo el conjunto, 
sin excluir el pueblo de la ciudad misma, que Pue\'- 
rredón encarnaba, y que llegaron a tomar el carácter 
de una nueva revolución; aquéllas fueron vencidas, 
destituido Balcarce, y recibido Puej^rredón en la ca- 
pital, como Jefe del Estado, el 29 de julio de 1816. 
Es de advertir que, para ser aceptado, le fué im- 
puesta la obligación de incorporarse a la Logia Lau- 
taro, de que hasta entonces no formaba parte; el 
mismo general San Martín se trasladó de Mendoza 
a Córdoba, con el objeto de conseguir de Pueyrre- 
dón esa incorporación a la Logia y sus propósitos. 
Así nos lo dice el general don Enrique Martínez en 
sus Memorias. 

Y sin embargo, este Pueyrredón cree o quiere creer 
que todo eso, sus planes, y ios de Rivadavia, y los 
de Herrera, es conciliable con la entidad de Artigas. 
Poco después de llegar a Buenos Aires, en agosto, 
escribe a éste: <(Muy estimado paisano y señor de mi 
más distinguido aprecio: Cuando venía de arriba, 
traía la resolución de pasar a Santa Fe con el princi- 
pal objeto de proporcionarme una entrevista con 
usted, seguro de persuadirle en ella de la buena fe 
y sinceridad de mis intenciones... Yo no puedo menos 
de llenarme de asombro al considerar qué especie 
de maligno influjo ha perpetuado entre paisanos y 
amigos unas diferencias igualmente perniciosas a los 
intereses de ambas partes discordes». 

El hijo de la patria de Enrique IV no puede perci- 



I.A GRAN CONJURACIÓN 31 

bir, como lo veis, qué maligno influjo lo separa del 
hijo por excelencia de la América democrática; no 
alcanza a percibirlo. Y acabará por creer que el tal 
hijo de América es un genio infernal. 

He ahí, pues, mis amigos artistas, las entidades 
que intervenían en la invasión que vamos a ver caer 
sobr¿ Artigas y su pueblo, cuando aquél afirmaba, a 
principios de 1816, que ese año sería el «año feliz de 
los orientales». 



III 



Conocéis ya bien, porque intencionalmente os lo 
he repetido hasta el cansancio, las causas remotas 
de esa invasión. Portugal viene por su lote americano, 
por todo el continente atlántico, que tiene por límite 
meridional la cuenca del Plata y sus afluentes. En- 
tra en eso la Banda Oriental, y viene por ella, aunque 
hable en español. Ya la hará hablar en portugués, 
quieras que no, si se lo permite la Santa Alianza.'- . 

Eso como causa remota. 

La causa próxima no es otra que el desquite que 
busca Portugal, en América, del fracaso que ha su- 
frido en el Congreso de Viena, realizado en 1814 y 
1815. En el reparto del botín, hecho por el absolu' 
tismo triunfante, tras la caída de Bonaparte, el hijo 
coronado de la revolución, tocó a Portugal una parte 
bien miserable. Con razón estaba resentido Portugal; 
con razón quería desquitarse. 

Es muy curioso ese Congreso de Viena, del que no 
he de hablaros demasiado, porque debo suponerlo 
conocido de vosotros. Allí se arreglaron a maravilla 
las cosas que Napoleón, con su cabeza de pájaro co- 



32 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

roñado, sus águilas híbridas, sus banderas trico- 
lores y su canihe ouverte aux talents, había dejado 
descuajaringadas. Se arreglaron perfectamente: los 
reyes hicieron su rei)arto de tierras y hombres como 
buenos amigos, combinando, como decían, el prin- 
cipio de la legitimidad con el del equilibrio; el reparto 
del león, el asno y el lobo: el perfecto equilibrio. El 
otro principio, el de los derechos del pueblo a inter- 
venir en sus destinos, no se tenía en cuenta para nada. 
Bso no existía para el Congreso de Viena, como no 
existía para los hombres de Buenos Aires; era sancu- 
lotismo allá; caudillaje acá, o veneno artiguista. 

Y eso era la realidad, la sola realidad, sin embargo 
tanto allá como acá; el nuevo agente natural que se 
imponía. 

El Congreso de Viena marchó a las mil maravillas; 
se aseguró el orden en Europa; se evitó la anarquía. 
Lo mismo que querían hacer los directorios de Buenos 
Aires: anonadar a Artigas, asegurar el orden. 

Los soberanos europeos, que constituían la Santa 
Alianza, se reunían en nuevo congreso cada vez que 
las cosas se echaban a perder, y les ponían remedio: 
en el de Laybach (1821) se encarga al Austria la ta- 
rea de poner orden en Ñapóles y el Piamonte; en el 
de Verona (1822) se resuelve la intervención en Es- 
paña, y se le encarga a Francia; es el duque de An. 
gulema quien adereza bien los asuntos españoles, 
devolviendo a Nuestro Rey y Señor Fernando VII lo 
que es suyo, etc., etc. 

Nada más regular que se le restituya también lo 
que tiene por acá, pagando a Francia, por supuesto, 
en alguna forma, en tierras y subditos platenses, por 
ejemplo, su comisión de libertadora. Pero por estosmun- 
dos, si bien los directorios de Buenos Aires eran una 



I,A GRAN CONJURACIÓN 33 

especie de Santa Alianza Cisatlántica, que buscaba 
arreglos con la Transatlántica, los pueblos no creían 
en la majestad del rej', ni tampoco en la de los direc- 
torios con sus logias secretas; por acá estaba ese bárba- 
ro de Artigas, que, como aquel otro hombre Washing- 
ton, creía que el pueblo americano podía tomar cartas 
en el reparto de tierras y de hombres. Para eso Wash- 
ington estaba representado por Franklin en Europa; 
Artigas... por Riv adavia o Sarratea. lya Santa Alianza 
rioplatense tenía, pues, que intervenir en el Uruguay, 
para evitar la anarquía, como la europea en Ñapóles y 
en España. Y se valió de Portugal como intciventor. 
Este dio, como único objeto de su invasión, el poner 
orden en el Uruguay, contra la anarquía de Artigas, 
y asegurar contra él sus fronteras. Obraba, pues, en 
el desempeño de una misión venerable; pero vosotros, 
que ya conocéis cómo gobernaba Artigas, y cómo sus 
enemigos, bien sabéis dónde estaba, y dónde no, la 
anarquía o el desorden. 

Pues bien: en el reparto hecho en Viena, Portugal 
quedó muy malparado; tuvo que devolver a Fran- 
cia, contra cuyo emperador había combatido unido 
a Inglaterra y a España, la Guayana Francesa, que 
había conquistado; ni siquiera obtuvo la restitución 
de la plaza de Olivenza, que España, aliada entonces 
de Napoleón y enemiga del portugués, había arreba- 
tado a éste en 1801. Bien es verdad que Portugal, 
apoyado por Inglaterra, se había apoderado en ese 
año de los siete pueblos de las Misiones Orientales, 
que correspondían a España según los tratados, y 
que, desde entonces, han acrecido el dominio portu- 
gués, con menoscabo del español y de nuestra heren- 
cia, por consiguiente; recordaréis que la reivindicación 
de esas Misiones es el ensueño de Artigas, Pero eso no 

T. II..3 



34 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

bastaba; era preciso continuar esa conquista. I^o impor- 
tante era el territorio del Uruguay; llevar la frontera 
portuguesa al Río de la Plata. 

A eso venía Portugal apoyado por Buenos Aires; 
pero no por eso había de declarar la guerra a España, 
aliados como estaban ambos a Inglaterra. Tenía que 
entrar en el Uruguay por sorpresa; había de arrebatar 
a España su provincia atlántica rebelada, pero amis- 
tosamente y sin provocar la intervención de Ingla- 
terra, la buena amiga común. Esta no hacía buenas 
migas con la Santa Alianza continental, como sabéis, 
y echaba los cimientos de su predominio marítimo en 
el mundo. 

A ese efecto, Portugal dijo a España que el ob- 
jeto con que hacía venir sus tropas de Europa a 
América no era otro que el muy cordial de secundar 
la expedición que España preparaba para sofocar la 
rebelión de sus provincias ultramarinas, para lo cual 
podían preparar ambas un plan combinado. Eso mismo 
dijo a Inglaterra. E hizo también saber a ambas que 
necesitaba — y eso sobre todo — defender sus fron- 
teras contra la anarquía reinante en las provincias 
platenses, contra ese salvaje de Artigas, que, como 
sus mismos hermanos lo reconocían, era lo más bár- 
baro que imaginar se puede, e incapaz, por consi- 
guiente, de todo derecho. 

Todo eso fué bien aprovechado por la diplomacia 
de Buenos Aires, para deshacerse de Artigas y sus 
orientales; le permitió amputarse un supuesto miem- 
bro enfermo, enfermo de democracia, que, contami- 
nando de ese virus fatal, veneno artiguista, el resto 
del organismo, y constituyéndose en cabeza de él, 
exacerbaba la vitalidad de los pueblos occidentales^ 
e impedía la realización del plan de monarquía tribu- 



I,A GRAN CONJURACIÓN 35 

taria, que Rivadavia, que en nada se parecía a Fran- 
klin, continuaba en Europa con grande empuje. 

Aunque todo esto es triste, amigos míos, es indis- 
pensable que nos detengamos en ello. No hay más 
remedio; hemos de hablar de eso, aunque suframos 
congojas, porque ya es tiempo de desvanecer la ino- 
cente leyenda que nos ha presentado al Buenos Aires 
colonial como la sede de una generación espontánea 
de sabios políticos y diplomáticos, que contrastaban 
con los hombres de Montevideo, y sobre todo con 
Artigas, fuerte patriota, pero hombre rústico, refrac- 
tario a todo cálculo sagaz. 

Si tal hubiera acontecido, nuestro protagonista 
quedaría, efectivamente, aniquilado. Dígase lo que 
se quiera, un bruto no puede ser un héroe; tiene 
razón Montaigne cuando afirma que si la piel de 
león no alcanza, preciso es coserle un pedazo de 
piel de zorro. Pero no ha}- para qué me esfuerce 
en convenceros de que nada de la tal lej'enda es 
verdad: ni la rusticidad del uno, ni la de los otros 
excelsa alcurnia social o científica. I^a re\ elución 
de América no fué remedo de ninguna otra, según 
hemos dicho; fué completamente original en su esen- 
cia. Si la iniluencia en ella de los letrados o profe- 
sionales no hubiera sido accidental, el mo\ imieuto 
de 1810 hubiera sido humo de pajas. Es preciso 
confesar que ni Napoleón ni Franklin aparecieron 
por aquí; no encontramos en Buenos Aires, según 
recordaréis, sino personas medianamente educadas, 
de talento muchas de ellas, acreedoras todas a nues- 
tro respeto, y aun a la gloria, pero uo al título de 
maestros eminentes, y mucho menos al de inventores 
de nada. Y mucho menos, por supuesto, al de per- 



36 I/A EPOPEYA DE ARTIGAS 

sonajes capaces de tomar parte eficazmente en las 
deliberaciones de los soberanos europeos que se re- 
partían el mundo. Un siglo será necesario ai'm para 
que la América española sea tenida en cuenta por 
allá. 

Vamos, pues, a ver a aquellos hombres en sus diplo- 
macias más o menos rutinarias, y nos convenceremos 
de que Artigas, al combatirlas y aniquilarlas, no es 
sólo el instinto obstinado e indócil contrapuesto a la 
prudencia inteligente; quedaremos persuadidos de que 
aquellas buenas personas no trataban sólo de coser 
pedazos de piel de zorro en la del león americano, y 
de que el héroe oriental no fué sólo la fuerza, por 
consiguiente, el garrotazo de ciego, sino el carácter 
épico, diferencial, de nuestra re\-olución; la fe vidente 
que substituye a la invención científica. 

lyos que crean, y sí los hay, que con esto transfor- 
mamos a Artigas en un jurisconsulto o togado de 
Salamanca, no merecen mi respeto ni el de nadie. 
I/) que soy yo, cuando menos, en todo he pensado 
menos en semejante simpleza. Que a igual distancia 
del bruto inconsciente y del profesor titulado, tan 
inconsciente como el bruto algunas veces, se encuen- 
tra el genio precisamente, la resultante de todas las 
fuerzas germinales de un momento crítico de la huma- 
nidad, transformada en pensamiento regulador y en 
pasión heroica. 

Sepamos, pues, amigos míos, aunque suframos con- 
gojas, de las diplomacias que aniquilaron al profeta. 
No es característico de nuestra historia, por otra 
parte: es la historia humana que, según Carlyle, no 
es sino la guerra universal entre el que vive en la 
esencia de las cosas y los que sólo están en sus vanas 
apariencias. 



r,A GRAN CONJURAaÓN 37 

Ya sabéis que el director Posadas envió a Europa, 
a mediados de 1814, a Rivadavia, Belgrar.o y Sarra- 
tea, a gestionar la coronación del infante don Fran- 
cisco de Paula, como rey del Río de la Plata. Eso 
fracasó; España se sentía fuerte en sus alianzas eu- 
ropeas, y no tenía para qué hablar con sus colonias 
rebeldes: los representantes de éstas no eran tenidos 
en cuenta para nada, así se deshicieran, cerno se 
deshacían, en besamanos y genuflexiones. 

También sabéis que, retirado Posadas del gobierno, 
y elevado Alvear, en 9 de enero de 1815, éste, que 
acababa de ser vencido por Artigas en el Guayabo, y 
había entregado Montevideo a sus dueños, los orien- 
tales, acreditó en Río Janeiro a don IManuel José Gar- 
cía, el mismo que ahora va a preparar la invasión de 
Portugal, para rogar a Inglaterra que aceptase, por 
humanidad, el ser dueña de las Provincias Unidas, y 
mandara tropas a tomarlas. Inglaterra no las quiso; no 
estaba tampoco para eso en tales momentos; tenía mu- 
cho que hacer por allá, 3' no debía romper con España. 
Y sabéis, por fin, cómo ese Alvear, derrocado del 
poder, acudió contrito a acogerse a la piedad del rey 
y a entregársele. I/) que aun no sabéis os lo narraré 
más tarde: cómo ese Alvear querrá ser de nuevo 
Director Supremo y fraguará en Río, con el señor 
Sarratea, su conspiración reivindicadora. 

Pero García se quedó en Río Janeiro, aun después 
de caído Alvear; se quedó durante los gobiernos de 
Álvarez Thomás, y Balcarce, y Pueyrredón. Y allí, 
apoyado expresa o tácitamente por todos, trató de 
hacer aceptar a Portugal el negocio que los demás 
no querían: la inter\'ención en el Plata, que llegaría 
hasta donde los sucesos lo permitieran. Y como paso 
preliminar, muy puesto en el orden regular de las co- 



38 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

sas, arregló con él la destrucción de Artigas, que era 
el único enemigo irreductible, verdaderamente temi- 
ble, de aquella idea y de todas las análogas: el demó- 
crata impenitente, el republicano incorregible, el bár- 
baro americano, que hasta miraba con piedad la raza 
indígena y la educaba, el muy salvaje. 

No nos sorprendamos de eso, amigos míos, ni ha- 
gamos cargos demasiado duros al señor García, por 
no haber sido un hombre superior a los demás: él era 
uno de tantos escépticos, y tenía que lapidar al hom- 
bre de fe. Obedecía, por otra parte, a la ley socioló- 
gica que os recuerdo a cada momento: el abandono 
de la región oriental al enemigo, cada vez que ese 
abandono es necesario o útil a la vida de la región 
occidental, está en la esencia de las cosas, y demuestra 
también que, si la Banda Oriental fué independiente, 
lo fué sólo por el espíritu vidente de Artigas que la 
animaba, y que, lejos de obedecer a los acontecimien- 
tos, los producía. El auxilio de la región occidental 
a la oriental será siempre subsidiario, es decir, des- 
pués que la primera asegure sus propios destinos. 
Nunca estarán absolutamente identificados los unos 
con los otros. Ya habéis visto cómo Buenos Aires 
levantó, en 1811, el primer sitio de Montevideo, des- 
de el momento en que así convino a la Banda Occi- 
dental; cómo resolvió levantar el segundo, en 1814, 
no bien necesitó de los elementos que allí tenía para 
continuar la guerra en el Norte; cómo, en 1815, quie- 
re desprenderse de la Banda Oriental, reconociendo 
su independencia; cómo aJiora, en 1816, la entrega 
expresamente a Portugal, para extirpar en sus pro- 
vincias el espíritu de Artigas. 

Y cuando, muchos años después, se realice defini- 
tivamente la visión de éste, el concurso argentino 



i 



r^A GRAN CONJURAaÓN 39 

sólo vendrá después que los orientales, acaudillados 
por los sucesores del profeta, hayan triunfado solos 
en el Rincón y Sarandí. Y aun entonces veremos a 
Rivadavia que, al creer amenazado su gobierno por 
la liga de las provincias federales, tratará de poner 
fin, a todo trance, a la guerra que orientales y argen- 
tinos sostendrán con el Brasil, y enviará a Río Ja- 
neiro a este mismo doctor don Manuel José García 
de que estamos hablando, a n^ociar un tratado, 
que éste concluye y subscribe, sobre la base del sa- 
crificio de los patriotas orientales: del reconocimiento 
definitivo de la Provincia Oriental como provincia 
brasilera. Bien es verdad que, al conocerse el igno- 
minioso tratado, estallará en la Argentina, en Bue- 
nos Aires inclusive, una indignación que no será otra 
cosa que el viejo inmortal espíritu de Artigas, y que 
dará en tierra con Rivadavia, por más que éste con- 
dene el tratado; pero ese hecho, unido a los ante- 
riores y al alma misma de esta historia, os revelará, 
mis amigos, que el señor García, al provocar y esti- 
mular la invasión portuguesa a la Banda Oriental, 
obedecía a una ley más fuerte que su propia inspi- 
ración escéptica. 



IV 



Resuelto Portugal a arrebatar a España su pro- 
vincia atlántica, preparó su empresa acumulando 
todos los elementos que le habían servido en sus gue- 
rras contra Napoleón. Y limitándose, como hemos 
dicho, a hacer saber a Inglaterra y a España que sólo 
iba a proceder para garantir sus fronteras del Sur, 
que nadie amenazaba en ese momento, y a insinuar. 



40 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

para consuelo de España, la posibilidad de que el 
Brasil cooperaría a reconquistar para ella sus colo- 
nias rebeldes, lanzó todos aquellos elementos bélicos 
a la conquista del Estado Oriental. 

Éstos eran formidables; lo suficiente, al parecer, 
rjara hacer de la expedición conquistadora un paseo 
militar de algunos meses. Un brillante cuerpo de tro- 
pas veteranas pasó de Portugal al Brasil, y, en no- 
viembre de 1815, cuando iba a ra3^ar ese 1816 que 
Artigas juzgaba el año feliz, se situó en vSanta Catalina. 
El 30 de marzo de 181 6 llego el iesto, bajo el mando 
del general don Carlos Federico Lecor, barón o viz- 
conde de la I^aguna; era un total de 5.000 hombres de 
las tres armas, que habían militado bajo las órdenes 
del general inglés Beresford, y triunfado en Albuera, 
Bussaco, Salamanca, Vitoria y Orthey. Se conside- 
raban invencibles. Una poderosa escuadra estaba al 
servicio de la expedición conquistadora. Cueqjosde 
tropas de paulistas y riograndenses — las provincias 
limítrofes del Uruguay — se encontraban prontos para 
pasar la frontera. Un ejército de más de 10.000 sol- 
dados (16.000, dicen algunos) se lanzaba, pues, sobre 
el recién nacido Estado Oriental del Urugua}', que no 
contaba con setenta mil habitantes... Setenta mil y 
uno: Artigas. 

Notad, amigos míos, que esta invasión que ataca 
al antiguo virreinato por el Sur, y que tiene por nú- 
cleo Río Janeiro, es relativamente mucho más for- 
midable que la española, su hermana, que, teniendo 
por centro a Ivima, trae su ataque reconquistador 
desde el Norte. Ya conocéis las ludias que se han li- 
brado jíara repeler esta última: Suipacha, el Desagua- 
dero, Salta, Tucumán, Vilcapugio, A3'ohuma, Sipe- 
Sipe. I^a lucha continúa, sin embargo; España espera 



LA GRAN CONJURACIÓN 4 1 

poder descender de los Andes y llegar a Buenos Aires. 
San l\Iartín, que organiza un ejército en Mendoza, va 
a cruzar la cordillera y a reconquistar a Chile, de don- 
de pasará al Perú. Pero por más grande que sea — y 
lo es inmensa — la gloria conquistada por los ejércitos 
americanos en esas campañas, ella no supera a la 
recogida por la Patria Oriental en su resistencia a 
los ejércitos portugueses, no tiene, sobre todo, el 
ideal republicano claro, sin un eclipse, unánime, de 
la resistencia oriental. Allá, en el Norte, España tenía 
muy lejos su metrópoli; para enviar refuerzos, nece- 
sitaba cruzar el Atlántico; aquí el Brasil acababa de 
ser ele\ ado a la categoría de reino; Río Janeiro era 
la sede de don Juan VI; todo el inmenso territorio 
brasilero le pertenecía sin oposición; no tenía enemi- 
gos, como los tenía Esjjaña, en su propio territorio 
colonial. Allá, en el Norte, se concentraron todos los 
elementos americanos de mar y tierra contra Espa- 
ña; allá San Martín, unido a Chile, va a encontrarse 
con Bolívar, que descenderá vencedor desde Colom- 
bia. Pero aquí, en el Sur, en la provincia invadida 
por Portugal, en la provincia mártir, veréis un hom- 
bre solo y un pueblo abandonado, que lucharán, sin 
embargo, contra el extranjero durante cuatro años, 
y que se inmolarán a la causa americana. 

Este período es el de nuestra gloria, amigos artis- 
tas; en él la figura de Artigas cobra todo su tamaño; 
la grieta diagonal de su bandera es un chorro de 
sangre pura, recién salida, que ins]3Íra al hombre el 
horror sagrado. 

Las tropas portuguesas emprenden la campaña 
con banderas desplegadas; el príncipe regente las 
revista con pompa en Río Janeiro, el 13 de mayo 



42 I. A EPOPEYA DE ARTIGAS 

de 1816; SU embarque es presidido por el general inglés 
Beresford, que fué su jefe en Europa. 

El plan de campaña había sido bien madurado; 
Lecor, protegido por una poderosa escuadra, iría por 
tierra, por las costas del Atlántico, a apoderarse de 
Montevideo; un cuerpo de tropas penetraría por la 
frontera terrestre y ocuparía militarmente todo el 
territorio oriental. En cuanto al plan político, tra- 
zado en largas 3- meditadas instrucciones, se reducía 
a proclamar lo siguiente: guerra a Artigas, el bár- 
baro, y neutralidad para con las demás provincias 
argentinas. 

Me pr^untaréis, mis queridos artistas, cómo era 
posible que Portugal se lanzase a esa empresa bélica 
sin declarar la guerra a nadie y sin tener para nada 
en cuenta el tratado o armisticio que, por órgano 
de Rademaker, celebró con Buenos Aires en 1812. 

Sabed lo siguiente: la invasión portuguesa a te- 
rritorio que España consideraba todavía suyo, daba 
motivo a gestiones diplomáticas entre las potencias 
europeas, que arreglaban sus asuntos en las delibe- 
raciones de la Santa Alianza, y que serían largas de con- 
tar. Esas grandes potencias, Rusia, Prusia, Austria, 
Francia, Inglaterra, reunidas a la sazón en París, 
oían las quejas de España contra Portugal, y se in- 
clinaban a apoyar a la primera. Portugal, a su vez, 
insistía, tiraba y aflojaba, según las circunstancias; 
aseguraba que su robo de la Banda Oriental sería 
sólo provisorio. España hubiera dado media Banda 
Oriental, seguramente, por la sola plaza de Olivenza, 
y aun por menos. 

Aparece entonces la dinastía borbónica de Fran- 
cia, con el propósito de establecer una monarquía 
constitucional en el Plata y en toda América; quiere 



IvA GRAN CONJURACIÓN 43 

proponer eso a E^aña, de acuerdo con Rivadavia, 
que lo está a su vez con Pueyrredón, el hijo de la 
patria de Enrique IV. Pero Austria y Pnisia no lo 
ven con buenos ojos; una monarquía constitucional 
sería contraria a los principios de la Santa Alianza... 
En fin, amigos míos, no es necesario que entremos 
en detalles; básteos con saber que allí se disponía de 
nosotios, y que de todo eso procedía la invasión por- 
tuguesa a que Artigas va a oponerse, sólo Artigas, 
para demostrar que América no es ya propiedad 
de Europa, porque tiene dueño. 

Pero ¿y el gobierno de las Provincias Unidas del 
Río de la Plata, que consideraba a la Provincia Orien- 
tal como parte integrante de su territorio, y que había 
celebrado con Portugal el armisticio de 1812? ¿No 
tenía ese gobierno un agente diplomático en Río 
Janeiro? ¿No veía ese agente la expedición extran- 
jera que se lanzaba a la conquista de lo que llamaba 
su patria? ¿No hacía nada por evitar que Europa 
dispusiese de América como le viniera a cuento? 

Sí, amigos artistas; allí estaba, como sabéis, el doc- 
tor García, enviado por Alvear para gestionar la en- 
trega de estos países a Inglaterra, y confirmado en su 
carácter por Álvarez Thomás, y por su sucesor Bal- 
caree, y por el sucesor de éste, Pueyrredón; era, pues, 
el representante del gobierno de Buenos Aires, que 
se conceptuaba el l^ítimo de todo el virreinato, in- 
cluso el Uruguay. Según eso, Artigas, su pueblo al 
menos, estaban debidamente representados en Río 
Janeiro, como Washington por Franklin en París. 
En Río Janeiro estaba ese señor García, con sus cre- 
denciales en forma, con sus instrucciones secretas. 
Y Artigas y su pueblo, lo mismo que todos los pue- 
blos americanos, estaban en el deber de ponerse en 



44 I-A EPOPEYA DE ARTIGAS 

SUS manos y de confiar en él; él era quien debía re- 
solverlo todo con su poder. Eso era lo legítimo, lo 
razonable; lo contrario era anarquía, caudillaje, mal- 
dad de Artigas. Ese es el criterio a que se han ajus- 
tado muchos historiadores que corren ¡lor el mundo 
como personas serias. 

¡Oh sil El señor García sabía muy bien loque pasa- 
ba en Río Janeiro. Y no sólo lo sabía: tomaba parte 
activa en la exi^edición portuguesa, como la había 
tomado, desde su origen, el oriental don Nicolás de 
Herrera, ex ministro de Alvear, que en Río se había 
refugiado a la caída de éste, y que acompañará al 
general invasor nada menos que en carácter de se- 
cretario. Ya conocéis las opiniones de este don Nico- 
lás Herrera, porque leímos su carta a Rondeau: la 
América no puede ser independiente, según él. 

Esta figura del señor García, mis amigos artistas, 
es en extremo interesante: es un hombre de corte; en 
todo tiene fe menos en la verdad de la revolución de 
América, iniciada el 25 de maj'o. «Tenía un. alma 
fría para las cosas de la patria», según dice Posada, 
el Director Supremo, en sus Memorias. Él piensa 
como Herrera: no cree que el pueblo americano pueda 
valerse por sí mismo para nada, ni mucho mecos 
constituirse en nación soberana; cualquier cosa es 
preferible a eso como solución: la entrega a Inglate- 
rra, la restauración de España, sobre la base de la 
independencia, y aun sin ella, el protectorado de Por- 
tugal o la anexión a éste: cualquier cosa. En ese sen- 
tido trabaja y seguirá trabajando en Río Janeiro. 

¿En representación de quién? 

He ahí el problema, amigos míos, todo el pro- 
blema. 

¿Quiénes son los amigos y quiénes los enemigos 



I,A GRAN CONJURAÜÓN 45 

de ese agente del escepticismo americano? Su ene- 
migo irreconciliable es bien conocido; oh, ése no pue 
de confundirse con nada de este mundo; ahí está, 
firme en su fe y en su acción. Hay, pueí, que reca- 
tarse de ese bárbaro mientras se prepara el golpe, 
a fin de caer de sorpresa y aniquilarlo a mansalva. 

Pero ¿y los ami;;os? ¿Y los hermanos? ¿Quiénes 
son los hermanos de García, en la ejecución del plan? 

Contestemos sin vacilar, mis bravos artistas: todos, 
menos el ^jueblo argentino; todos, menos la revolu- 
ción de Mayo. 

Pero si eso puede y debe decirse del pueblo argen- 
tino, lo contrario es preciso afirmar de los gobernan- 
tes de Buenos Aires, de sus logias, de sus diplomacias, 
de sus consejos, sin excluir al Congreso de Tucumán, 
sin excluir al honesto Belgrano, sin excluir a San Slar- 
tín... Sí, mis amigos: tambií'n el gran San Martín, 
aunque resiste la entrega a Portugal, apoya la pro- 
clamación del inca, o la importación de un príncipe 
europeo, y todo lo demás. 

Hundid bien vuestra mirada, amigos artistas, en 
este momento; borrad de él a Artigas con la imagi- 
nación, y decidme dónde está el núcleo de la patria 
americana que hoy tenemos; de ésta que hoy tene- 
mos, amigos míos; de la democrático-republicana que 
queremos glorificar en sus héroes. 

García es el suhstrátuní, la quintaesencia de aquel 
escepticismo desolante. Está en comunicación ínti- 
ma con todos los hombres de Buenos Aires, lo mismo 
que con los de Río Janeiro: con Álvarez Tbomás, con 
Balcarce, con Pueyrredón, con el Congreso, con Bel- 
grano y Rivadavia: con todos. Les comunica sus pla- 
nes desde su origen, sus esperanzas, cimentadas en 



46 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

la invasión portuguesa que matará a Artigas, en la 
protección que en s^uida prestará Portugal a las 
provincias argentinas, y aun en la anexión de éstas 
a Portugal. Álvarez Thomás, Balcarce, el Cor^reso 
de Tucumán se adhieren al plan sin reticencias; ven 
en él la salvación, la gloria del 25 de maj^'o dei8io. 
Pueyrredón siente, sin embargo, vacilaciones: j-a le 
veréis llenar ciertas formas ante las protestas del 
pueblo argentino. Pero el hecho es que, lejos de sepa- 
rar o desautorizar a García, éste continúa como su 
representante en Río Janeiro, mientras él busca en 
Francia, para re3% con el apoyo de San Martín, a 
un príncipe de Orleans. 

No hay duda de que todo esto es bien triste. 

Sería mu}' instructivo que os exhibiera la corres- 
pondencia de García con Álvarez, con Balcarce, con 
Puej'rredón, con el Congreso; la tenemos muy com- 
pleta; está todo escrito. Pero eso es largo, 3^ os estoy 
deteniendo demasiado en este cuadro de desolacio- 
nes pálidas, que es el fondo en que vais a ver proj^ec- 
tarse, con su nimbo sideral, la figura rígida de Ar- 
tigas. 

¡Con qué alegría comunica García a Álvarez Thomás, 
en cifra secreta, la buena nueva, la invasión de Por- 
tugal! «Puedo asegurar, le dice el 27 de abril de 1815, 
que no tema por parte de esta corte. ¡No seguir a 
los orientales en su política salvaje 3' turbulenta!» 
Era el momento en que el gobierno del Brasil hacía 
venir sus tropas de Portugal para invadir. Seis me- 
ses después, en noviembre, comunica la próxima mar- 
cha de la primera división portuguesa a Santa Ca- 
talina. Cae Álvarez Thomás, y le sigue Balcarce. El 
Congreso de Tucumán funciona. García continúa 
sus comunicaciones con ambos, Balcarce y el Con- 



I<A GRAN CONJXJRAaÓN 47 

greso; continúa transmitiéndoles buenas noticias, bue- 
nos consejos, grandes esperanzas: la invasión es un 
hecho; Artigas caerá aniquilado por el extranjero; 
éste será generoso, no hay que temerle; cuando más, 
se quedará con la Provincia Oriental; pero como ésta 
no es parte integrante de la patria argentina... como 
se ha declarado independiente... 

Pero es preciso proceder con cautela, con mucho 
sigilo, sobre todo, dice García, a fin de no compro- 
meter a nuestros amigos, los portugueses. 

Balcarce transmite todo eso al Congreso, el i.° de 
julio de 1816, el mes de la declaración de indepen- 
dencia. 

Y García sigue recomendando, ante todo y sobre 
todo, una cosa: «secreto, secreto, mucho secreto... y 
no andarse con escrúpulos». 

Balcarce siente que el pueblo argentino, que ^'■a se 
ha dado cuenta de la tormenta subterránea, va a acu- 
sarle de traidor, y pide al Congreso una regla de con- 
ducta en crisis tan airiesgada. ¡Oh, el Congreso! El 
Congreso de Tucumán, que declara la independencia 
en 9 de ese mes, el 9 de julio de 1816, irá más lejos 
aún que García, pues irá hasta el retorno liso y llano 
a la sumisión a España. 

Cae Balcarce; sube Puej'^rredón, nombrado por el 
Congreso. Pueyrredón, al llegar a Buenos Aires el 
I. o de agosto de 1816, se encuentra con todo aquello, 
de cuyos detalles le impone el doctor don Gregorio 
Tagle, depositario y agente de todo. Este lia sido y 
es confidente de García, 3' ministro de Álvarez Tho- 
más y de Balcarce, y lo será también de Pue^'rredón 
y del sucesor de éste. Permanece en ese carácter pre- 
cisamente: como depositario del plan. Y es entonces 
cuando el nuevo Director Supremo envía a Santa Fe 



48 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

los embajadores que más adelante conoceremos, Cas- 
tex y el deán Funes, a decir allí que Portugal y Es- 
paña unidos vienen a matar nuestra independencia. 
Y es entonces cuando escribe a su paisano Artigas, 
asombrado de que un maligno influjo persista en sepa- 
rarlo de sus verdaderos amigos. 

No puede negarse que este Pueyrredón pasó gran- 
des angustias, a fuerza de querer conciliar lo incon- 
ciliable. Llegó a creer, más que otros quizá, en la in- 
dependencia de América; ¡o ero no en su capacidad para 
gobernarse; no en su propia autoridad de Director 
Supremo, por consiguiente. Creía en la existencia de 
una patria americana, persona internacional capaz de 
derechos y obligaciones, y acogía sin protesta al doc- 
tor García, que era la negación absoluta de semejante 
entidad. No sólo lo acogía; lo mantenía y lo man- 
tuvo hasta el fin, como su representante, en Río 
Janeiro. Hubo un momento en que, comenzando a 
penetrar en la esencia de las cosas, llegó hasta a creer 
en Artigas, la sola realidad; quiso o aparentó querer 
la paz con él; pero cuando se encontró con esa rea- 
lidad cara a cara, no pudo resistir su mirada, y cerró 
los ojos. Cuando vio de cerca el pensamiento so- 
lar inquebrantable del héroe oriental, independencia, 
democracia, señorío de los pueblos sobre sí mismos, 
retrocedió, y volvió a acogerse al regazo de su idea 
monárquica: miró entonces hacia los Borbones de 
Francia, por encontrar pequeños a los Braganzas. Ya 
confirmaremos todo esto cuando estudiemos las em- 
bajadas de que hablamos: las que confía Pueyrredón 
a Castex y al deán Funes ante el gobernador de Santa 
Fe. Bra, pues, la contradicción, la no entidad. El se 
impuso, desde el momento de subir al gobierno, del 
pía» y de la obra de García. Éste so.^tiene, como don 



I,A GRAN CONJURACIÓN 49 

Nicolás Herrera, que es necesaria la fuerza de un 
poder extraño para hacer patria; hace saber que el 
ministro del Brasil, «alarmado de los progresos que 
va haciendo Artigas, el caudillo de los anarquistas, 
ha representado a Su Majestad Fidelísima la urgen- 
cia de remediar a tiempo tantas desgracias. Y Su 
Majestad se ha inclinado a empeñar su poder en 
extinguir hasta la memoria de esa calamidad, haciendo 
el bien que debe a sus vasallos, y un beneficio a sus 
buenos vecinos, que cree le será agradecido». 

«Depende, pues, sólo de nosotros, dice García, la 
aproximación de la época, verdaderamente grande, 
en que enlacemos íntimamente, y aun identifiquemos, 
nuestros intereses con los de la nación portuguesa.» 
«Iva escuadra portuguesa está al ancla, dice el 9 de 
jviHo, ¡el 9 de julio precisamente! Sólo espera buen 
tiempo para acabar con Artigas, que luego dejará de 
molestar a Buenos Aires.» Anuncia después la par- 
tida de la expedición. «I^as provincias de la depen- 
dencia del gobierno, dice, no tienen nada que temer. 
Sólo la Oriental caerá.» 

Todo está detallado en la preciosa correspondencia 
que poseemos de García. Sus propósitos son: «Suavi- 
zar la impresión que un sistema exagerado de liber- 
tad ha hecho en el corazón de los soberanos de Eu- 
ropa; desviar del gobierno argentino el golpe que va 
dirigido contra Artigas, encarnación de ese sistema 
de libertad; preparar la monarquía platense; comba- 
tir las provincias puramente democráticas; restable- 
cer el sistema colonial, que es preferible a la anarquía; 
recurrir, para todo eso, al rey de Portugal, y aun a 
Su Majestad Católica». Esta Majestad está en muy 
buenas disposiciones; sus representantes han decla- 
rado «que el Rey Nuestro Señor está dispuesto a ad- 

T. 11.-4 



50 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

mitir de nuevo en el seno de la nación española, como 
a sus demás vasallos, a los habitantes del Río de la 
Plata, con tal de que el gobierno de Buenos Aires 
h^a públicamente su acto de arrepentimiento, antes 
de que se acerquen las tropas del Rey. En ese caso, el 
Re}' Nuestro Señor hará bajar del Perú al general 
Pezuela, que ocupará Buenos Aires y todas las pro- 
vincias, y tratará a sus habitantes del modo que el 
Rey quiere, en premio de su voluntaria sumisión». 

Ése es el espíritu de la invasión portuguesa, ami- 
gos artistas; ése es el espíritu de la invasión que va a 
caer sobre Artigas. 

Penetremos algo más en el Cor^reso de Tucumán, 
que ha proclamado la independencia en 9 de julio. 
Puej'rredón se dirige a él para que resuelva lo que ha 
de hacerse ante el ejército que invade la Banda Orien- 
tal. El Congreso dispone el envío de dos comisionados 
secretos: uno ante el general invasor, y otro ante la 
corte de Río Janeiro. Ese original comisionado lleva 
dos juegos de instrucciones: unas reservadas, y otras 
reserv'adísimas. Por las primeras se le encarga seguir 
en un todo las prevenciones de García; se le ordena 
decir al invasor que, para acallar los recelos de las 
provincias y matar en ellas el deseo que tienen de 
auxiliar a Artigas, es conveniente se limite a redu- 
cir al orden a la Banda Oriental, pero sin apoderarse 
de Entrerríos, por ser territorio de la provincia de 
Buenos Aires. Se le dice asegure al general del rey 
que, a pesar de la exaltación de ideas democráticas 
que ha aparentado la revolución, la parte sana e 
ilustrada de los pueblos está dispuesta a la monarquía, 
restableciendo la casa de los incas, enlazada con la 
de Braganza. «Si esto no se consigue, dicen las instruc- 



IvA GRAN CONJURACIÓN .5 1 

ciones, el comisionado propondrá la coronación de 
un infante del Brasil en las Provincias Unidas, o de 
otro cualquier infante extranjero, con tal que no sea 
de España.» 

Eso era lo reservado. Queda lo reservadísimo: re- 
conocimiento del monarca del Brasil como rey cons- 
titucional de las provincias argentinas, que forma- 
rían un Estado distinto; anexión, en una palabra, 
del pueblo de Mayo a la corona portuguesa... 

El director Pueyrredón, ante esa actitud ignomi- 
niosa del Congreso, siente un momento sublevarse 
en su espíritu el instinto de patriótica dignidad; pero 
ese instinto es fluctuante; no hay en él visión, no hay 
mensaje. Rechaza las doctrinas y planes del Congre- 
so, porque sospecha, como no puede menos, que en 
los propósitos de Portugal puede entrar el de hacer 
causa común con España, para repartirse entre am- 
bos el botín; habla de qu€ Portugal debería comen- 
zar por reconocer la independencia de las provincias, 
sin darse cuenta de que la invasión portuguesa a la 
Banda Oriental se hacía de acuerdo con el enviado 
platense en Río Janeiro, quien, desde 1815, había 
cooperado a ese propósito, sin ser jamás desautori- 
zado; tampoco se daba cuenta de que aquel reconoci- 
miento significaría la guerra entre España y Portu- 
gal, y la intervención de Inglaterra, y de la Santa 
Alianza, y de todo lo demás. Pueyrredón rechaza el 
envío de diplomáticos ante el general invasor, por 
ser depresivo a la dignidad nacional; habla de todo 
eso... pero termina aceptando el que se negocie la 
coronación de un príncipe de la casa de Brs^anza, 
u otro príncipe extranjero, como monarca constitu- 
cional de las Provincias Unidas. 
No, ahí no hay un hombre, no hay un héroe, no 



52 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

hay nada, nada que refleje la altivez déla revolución 
de Mayo de 1810. 

¿Dónde está? ¿En qué cuerpo vivo late, pues, el 
espíritu de esa revolución de Mayo, si es que ésta 
tuvo un espíritu, y no fué un simulacro sacrfl^o y 
grotesco? 

Lo vais a ver, amigos míos; vais a ver proyectarse 
su forma ígnea sobre ese fondo de negaciones y de 
palideces agónicas, más obscuras que la noche sin 
astros, poblada de vientos negros. 

Todo eso que habéis visto, y que era necesario que 
os hiciera ver, es algo, sólo algo, de lo que estaba de- 
bajo de los pies de Artigas, cuando éste, al rayar el 
año 1816, escribía al Cabildo de Montevideo que ese 
año iba a ser el año feliz para los Orientales. 

Vais a verlo surgir de ese antro de tinieblas, a la 
cabeza de los pueblos rioplatenses, como una figura 
dantesca, iluminada de abajo arriba por las llamas 
infernales. 

y podremos afirmar, a la faz del mundo, que la 
revolución de Mayo tuvo un héroe. 

Y que no fué un simulacro. 

Ni fué tampoco una mentira. 



i 



í^ 



CONFERENCIA XVIII 

El. MILAGRO HEROICO 
jEl espectro ño mentía! — Artigas ante la gran conjuración. — 

IvOS SECRETOS DE LAS TINIEBLAS. — El PUEBLO ARGENTINO. — 

Artigas y GÜemes. — El pueblo oriental se apresta a 

LA defensa heroica. — CHACABUCO. — I,AS TRES BANDERAS: 

LA DE Bolívar, la de San Martín y la de Artigas. — 
Irrupción de la conquista portuguesa. — Plan de defensa 
de Artigas. — ^I,a salvación de Roma en Cartago. — Mitre, 
I,ÓPEZ, Alberdi. — Hombres y dioses. 



Amigos artistas: 

Cuando Artigas, consagrado a la organización de- 
mocrática de su Patria Oriental recién nacida, y a su 
unión con la occidental, para la consecución del co- 
mún propósito de libertad, ve alzarse repentinamente 
en el horizonte, como un fantasma armado de todas 
armas, la primera nube de la invasión portuguesa; 
cuando, al querer lanzarse sobre el diabólico endria- 
go, siente el contacto de las redes ocultas que han ten- 
dido bajo sus pies; cuando, al dirigir la mirada hacia 
el hermano occidental, ve reflejada la complicidad 
con el invasor en su actitud indiferente y en la sar- 



54 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

cástica impasibilidad de sus ojos, se da cuenta de 
todo en un instante. 

¡Ah, el espectro no mentía! decía el príncipe de 
Dinamarca. «No sin fundamento hemos mirado con 
recelo todos los movimientos de Buenos Aires», dice 
Artigas al Cabildo de Montevideo, al recibir las pri- 
meras pruebas, que se le envían de Santa Fe, sobre 
la codelincuencia de Buenos Aires. 

Pero Artigas no es Hamlet; no es la duda. Él es el 
otro loco, el español, el andante caballero. Y como 
éste, lejos de sentir desfallecimiento, ve retemplada 
su fe én el ideal, y su confianza en las heroicas energías 
de su pueblo, en las de todo el pueblo argentino, 
ante la siniestra aparición diabólica. 

Artigas ha saltado a caballo, en la cumbre de la 
meseta del Uruguay; mira hacia Buenos Aires... mira 
hacia la frontera del Norte... ¡Oh, sí, todo lo ha com- 
prendido! Es preciso que os detengáis a verlo larga- 
mente en esa actitud. El héroe inclina la cabeza, y 
la levanta a ratos, mirando alternativamente hacia 
el Norte y hacia el Sur. Él no sabía entonces, con el 
detalle y precisión con que lo sabéis ahora vosotros, 
todo eso, tan triste, tan amargo, de que hemos ha- 
blado en nuestra conversación anterior; pero lo adi- 
vinó todo, lo vio todo con mayor intensidad que nos- 
otros. 

No así sus contemporáneos. Aun muchos de sus 
compatriotas, que no pudieron creer en aquella in- 
verosímil realidad, llegaron hasta perder la fe en Ar- 
tigas, que la veía, y a sufrir escándalo por su nombre. 
Hoy ya es otra cosa. «Se han alumbrado con lámparas 
los secretos de las tinieblas.» 



El, MII,AGRO HEROICO 55 

Dos empresas han de absorber la atención del téroe: 
repeler la invasión extranjera que viene del Norte, 
e impedir, dentro del territorio argentino, el predo- 
minio de su aliado o cómplice. 

Para esto último, para el enemigo interior, está el 
mismo pueblo argentino occidental, que sigue las ins- 
piraciones del héroe oriental, y que, al sospechar la 
invasión y sus complicidades y sus consecuencias, 
comienza a agitarse airado, y seguirá agitándose con- 
tra Pueyrredón y su gobierno, hasta dar con ellos en 
tierra. Esto sucederá, no sólo en las provincias inte- 
riores, no sólo por obra del caudillaje, como han di- 
cho los que sólo ven las superficies, sino también en 
Buenos Aires, donde esa protesta tomará el carác- 
ter de una revolución, que será sofocada con el des- 
tierro de muchos proceres. 

Pero hay algo en que debemos parar mientes, y 
que nos revela la amplitud del pensamiento de Arti- 
gas. Bn este supremo momento, él es el jefe inmedia- 
to de los orientales; pero no deja de considerarse el 
hombre de la revolución de Maj'o. Piensa en el invasor 
portugués que amenaza su Banda Oriental; pero no 
olvida al español que amaga, por el otro horizonte, 
todo el cuerpo del antiguo virreinato, y que, vencedor 
en Sipe-Sipe (octubre de 1815), hace flaquear las ener- 
gías de Buenos Aires, en las que Artigas no tiene fe. 

Ved la carta que, con fecha 5 de febrero de 1816 , 
precisamente cuando va a caer sobre él la invasión 
portuguesa, dirige a Güemes, el caudillo de Salta, 
que, con sus guerrillas de gauchos, contiene heroica- 
mente, como lo dijimos antes, la irrupción de los 
ejércitos españoles, vencedores en las batallas cam- 
pales, y permite así que San j\Iartín prepare su expe- 
dición a Chile. Esta carta me parece un monumento- 



56 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

«Señor don Martín Güemes. 

»Mi estimado paisano: 

)E1 orden de los sucesos tiene más que calificado 
mi carácter y mi decisión por el sistema que está 
cimentado en hechos incontrastables. No es extraño 
parta de este principio para dirigir a Vd. mis insinua- 
ciones, cuando a la distancia se desfiguran los sen- 
timientos, y la malicia no ha dormitado siquiera para 
hacer vituperables los míos. Pero el tiempo es el me- 
jor testigo, y él admirará ciertamente la conducta del 
Jefe de los Orientales. Yo me tomo esta licencia, 
ansioso de uniformar nuestro sistema, y hacer cada 
día más vigorosos los esfuerzos de América. Ella cier- 
tamente marcha a su ruina, dirigida por el impulso 
de Buenos Aires... Su preponderancia sobre los pue- 
blos le hace mirarlos con desprecio, y su engrande- 
cimiento le sería más pesaroso que su exterminio. 
Las consecuencias de este principio son palpables en 
sus resultados; y, abatido el espíritu público, nada es 
tan posible como nuestro anonadamiento. Por for- 
tuna, los pueblos se hallan hoy penetrados de sus de- 
beres, y su entusiasmo los hace superiores a los peli- 
gros. Dar actividad a esa idea sería formar el genio 
de la revolución y asegurar nuestro destino. 

»Estoy informado de su carácter y decisión, y ésta 
me empeña a dirigir a Vd. mis esfuerzos por este deber. 
Contener al enemigo después de la desgracia de Sipe- 
Sipe debe ser nuestro principal objeto. Por acá no hace- 
mos menores esfuerzos por contener las miras de Portu- 
gal. Este gobierno, rodeado de intrigantes, duplica 
sus tentativas; pero halla en nuestros pechos la ba- 
rrera insuperable. La fría indiferencia de Buenos Ai- 
res y sus agentes en la corte me confirman su debi- 
lidad. Nada tenemos que esperar sino de nosotros 



El, Mn^GRO HEROICX) 57 

mismos. Por lo tanto, es preciso que nuestros esfuer- 
zos sean vigorosos, y que, reconcentrado el Oriente, 
obre con sólo sus recursos. 

» Gracias al Cielo que protege la justicia. Nuestro 
estado es brillante, y los sucesos dirán si se hace res- 
petar de todos sus enemigos. 

i>P&r ahora, todo nuestro ajan es contener al extran- 
jero. Pero si el año 1816 sopla favorable, ya desemba- 
razados de estos peligros, podremos ocurrir a los del in- 
terior, que nos son igualmente desventajosos. Entonces, 
de un solo golpe, será fácil reunir los intereses y senti- 
mientos de todos los pueblos, y salvarlos con su propia 
energía. Entretanto, es preciso tomar todas las me- 
didas conducentes a ese fin. Yo, por mi parte, ofrezco 
todos mis esfuerzos, cuando tengo el honor de. diri- 
girme a Vd., y dedicarle mis más cordiales afectos. 

oCon este motivo, tengo especial gusto en saludar 
a Vd. y ofrecerme su muy afecto servidor y apasionado 

José Artigas.» 

No podríais apreciar, amigos, todo lo que esa carta 
significa, si no leyerais con ella la que Artigas ha 
recibido, algunos días antes, del Director Álvarez 
Thomás, con motivo de esa desgracia de Sipe-Sipe, 
de que aquél habla a Güemes. Os anuncié esa carta 
cuando hablamos de los ultrajes de que Álvarez hizo 
objeto a los embajadores de Artigas, o del Congreso 
del Arroyo á.2 la China, mejor dicho. Muy poco des- 
pués de encarcelar a éstos en la Neptuno, cayó como 
una bomba en Buenos Aires la noticia de aquella 
derrota de Rondeau en Sipe-Sipe, en el Alto Perú; 
se creyó que los vencedores venían en derechura a 
la capital, al Plata. Todo fué allí desconcierto y cons- 
ternación, y las miradas se volvieron instintivamente 
a Artigas, como en 1812; al presunto Bolívar de Sar- 



58 lA EPOPEYA DE ARTIGAS 

miento. He aquí, pues, la nota, llena de pánico, que 
entonces, el 3 de enero de 1816, cuando ya la invasión 
de Portugal está en campaña contra Artigas, dirige 
a éste el Director Supremo, que es su cómplice. Alva- 
rez, el Director Supremo Alvarez, escribe a Artigas: 

«Ivas armas de la Patria han sufrido el más tre- 
mendo contraste en los campos de Sipe-Sipe. El 
general Rondeau se ha visto en la necesidad de reti- 
rarse con los restos del ejército hasta Tupiza, donde 
espera los auxilios de todos los pueblos para reorga- 
nizarse. El enemigo ocupa las provincias interiores 
desde dicho punto, y, aunque no ha hecho el estrago 
con impunidad, la última victoria que ha conseguida 
hace verdaderamente temible su poder, y nuestro peli- 
gro inminente. 

»Esta capital va a hacer los últimos sacrificios para 
acudir al riesgo en que la patria se encuentra y repa- 
rar las pérdidas sufridas con el eclipse de su gloria. 
Iguales esfuerzos harán todos los pueblos, y se creen 
con derecho de exigir que V. S. concurra con sus 
auxilios a la defensa común. 

)>La Honorable Junta de Observación, el Excelentí- 
simo CabiUo y los Jefes militares me han invitado a 
dar este paso para con V. S., y yo no he tenido que 
hacer sino seguir los impulsos de mi corazón y ofre- 
cer a V. S. una ocasión de acreditar a las provincias 
sus S3ntimientos patrióticos y generosos. En mi nom- 
bre y en el de la patria pido a V. S. el auxilio de 500 ó 
600 bravos orientales, o los que pueda desprenderse 
V. S., para incorporarlos a las legiones que marchan 
desde este pueblo al ejército del Perú.» 

Observad, amigos, que la fecha de esa nota es la 
misma precisamente de la que dirige García desde Río 
Janeiro a ese Alvarez Thomás, anunciándole con albo- 



El, MII,AGRO HEROICO 59 

rozo la partida, desde Santa Catalina, de la expedi- 
ción portuguesa encargada de exterminar a esos bra- 
vos orientales; no olvidemos que ésta se ha concer- 
tado por ese mismo García de acuerdo con Alvarez/ 
que ya en abril de 1815 le comunicaba su consuma- 
ción, y en noviembre su partida para Santa Cata- 
lina, y en enero su próxima irrupción, y en marzo, 
por fin, la solemne revista de las tropas invasoras por 
el general inglés Beresford en Río Janeiro. 

Es eso un proceso, como lo veis. 

Y es su sentencia, dura sentencia, la contestación 
de Artigas a la nota del acongojado Director. «Para 
mí, le dice el 15 de enero, para mí es un problema 
insoluble que V. E. me crea su mejor amigo en los 
momentos de un contraste, y siempre su enemigo en 
los instantes precisos de una perfecta conciliación. ^ 

Yo convengo, amigos míos, en que esas palabras 
son implacables en tales momentos, tan duras como 
merecidas; la figura de Aquiles, el griego, cuya cólera 
canta Homero, parece reaparecer aquí, bajo la forma 
del héroe americano. Pero, no; para que distingáis 
precisamente los personajes de las dos epopeyas he 
querido que leyéramos juntas las dos notas: la de 
Álvarez a Artigas y la de éste a Güemes. El caudillo 
de los platenses, aunque irritado en el alma como el 
de los aqueos, no hace lo que éste; no se retira a sus 
naves, lejos de los muros de Ilion. Al par que envía 
a Álvarez sus palabras afiladas, mezcla de ira y de 
fuerza olímpica, corre hacia Güemes, como la diosa 
de ojos claros hacia el héroe que le es querido, y se 
hace sentir a su lado, y le infunde su soplo. «Contener 
al enemigo, le dice, después de la desgracia de Sipe- 
Sipe, debe ser nuestro priyicipal objeto.)') Eso es sólo 
una desgracia, y no más. No hay tal tremendo con- 



6o I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

traste, ao hay tal temible poder ni inminente peligro. 
Allá iré yo, no bien me desembarace del portugués 
que se me echa encima; de un solo golpe nos salva- 
remos con nuestra propia energía. 

Como Aquiles a Patroclo, Artigas viste a Güemes 
de su propia armadura, forjada por un dios. Y lo 
envía a contener al feroz hijo de Príamo, cuyo carro 
avanza en la llanura. 

Juzgad, amigos míos, de la talla de ese hombre 
y de la fe que tiene en sí mismo, por esa arrogante 
actitud. «Siga Vd. conteniendo al extranjero allá en 
el Norte, dice a Güemes; que, una vez que yo lo des- 
truya en el Sur, iré hacia allá, hacia el interior; iré yo, 
no Buenos Aires, de quien nada hay que esperar; nos 
uniremos ambos contra el otro enemigo de los pue- 
blos, y haremos la patria republicana, sin pedir su 
venia a la Santa Alianza. Impondremos al mundo 
el hecho: que no otra cosa son las nuevas naciones: 
un hecho heroico.» 

Bland, comisionado por los Estados Unidos para 
informar sobre los asuntos del Plata, advirtió bien 
ese rasgo de Artigas. «Atacado, dice, por los portu- 
gueses y por los patriotas de Buenos Aires, se de- 
fiende de ellos, pero está siempre en guardia contra 
un ataque imprevisto de España.» 

Para repeler y aniquilar al invasor extranjero, que 
tiene ya encima. Artigas se considera con elementos 
suficientes, y sale a su encuentro, con una fe tan ab- 
soluta en las energías y en el triunfo de su pueblo, 
que uno llega a creer realmente que ese hombre es 
un alucinado. 

Poco después de decir al Cabildo de Montevideo 
que, no viéndose enemigo alguno extranjero, el año 
i6 iba a ser el año feliz de los orientales, Art^as re- 



El, MH^AGRO HEROICO 6r 

cibe las noticias de la invasión que se preparaba con- 
tra él, y comienza a apercibirse a la defensa, impar- 
tiendo sus órdenes. En el mes de junio, él y el Cabildo 
de Montevideo denuncian al pueblo la inicua invasión; 
dan el toque de alarma, y llaman a todo el mundo a 
la defensa de la patria en peligro. El pueblo se levan- 
ta en masa y rodea una vez más a su caudillo. Éste 
le promete la victoria. Parece sentirse clarines en el 
aire, ^itar de banderas, jadear de corazones. 

Ya conocéis, amigos artistas, las proporciones for- 
midables de la invasión portuguesa. I^a resistencia 
de solo el pueblo oriental contra ella era el secreto de 
la sombra. Chile sin San Martín; Colombia, Ecuador, 
el Perú sin Bolívar, eran incomparablemente más 
fuertes. El pueblo de Artigas, toda la Banda Orien- 
tal tiene 70.000 habitantes, entre hombres, mujeres 
y niños; de ellos van a morir 10.000 hombres, en el 
transcurso de cuatro años que durará la resistencia 
del héroe abandonado. En la última batalla que se 
librará, después de otras veinticuatro y de innume- 
rables combates, todavía quedarán en el campo ocho- 
cientos cadáveres de orientales. Ved a esos hombres 
que aclaman a Artigas, cuando éste los llama, a me- 
diados de 1816: son los que van a morir. 
• ¡Oh sombras luminosas! ¡Vengativas sombras! 



II 



La irrupción portuguesa cae sobre el territorio 
oriental, desde todas sus fronteras, en agosto de 181 6. 
Penetrará en Montevideo en 1817. E; año, y casi el 
mes, de Chacabuco, 

¡De Chacabuco! 



62 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Es preciso que sepáis lo que es ese Ckacabuco; que 
os deis cuenta de este momento histórico, mis ami- 
gos artistas. Es el momento en que la revolución de 
la América Meridional, iniciada en 1810, después de 
verse casi sofocada por la metrópoli emanóla, va a 
emprender el nuevo }'• definitivo empuje. Lima, sede 
del gran virreinato del Perú, es el baluarte que debe 
expugnarse. En los dos extremos equidistantes, en 
el Norte y en el Sur, brotaron, según lo vimos opor- 
tunamente, los focos de independencia: Venezuela, 
Nueva Granada, en el Norte; Santiago de Chile, Bue- 
nos Aires, Montevideo, en el Sur. 

Venezuela y Nueva Granada, después de sus pri- 
meros triunfos, han caído y están de nuevo en poder 
de España; Caracas y Bogotá están sometidas mate- 
rialmente; Bolívar se ha ido. Chile también queda 
tendido heroicamente en los muros de Rancagua; 
Santiago está sojuzgado desde 1814; O'Higgins está 
en Mendoza, de este lado de los Andes; Carrera va 
a recorrer el mundo, buscando elementos de revuelta. 

Buenos Aires y Montevideo, ya lo sabéis: Buenos 
Aires, aunque derrotado en Sipe-Sipe, Vilcapugio 
y Ayohuma, no está sometido materialmente: los in- 
vencibles gauchos de Güemes han puesto a la inva- 
sión española, que viene del Perú, una barrera allá 
en el Norte del territorio; Artigas no ha podido acom- 
pañarlo, porque le han echado encima al portugués. 
Pero ya habéis visto que, moralmente, Buenos Aires 
está sometido, pues gestiona la coronación de un rey; 
quiere volver atrás. El mismo Güemes, reducido por 
Belgrano, ha aceptado, como sabéis, la idea monár- 
quica. Quien no espera vencer, está vencido. 

Sólo Artigas no lo está, ni moral ni materialmente; 
sólo él conserva íntegro, incontaminado, el espíritu 



El, MÜ^AGRO HEROICO 63 

democrático de independencia, y la fe en la capaci- 
dad del pueblo argentino, oriental y occidental, para 
«salvarse con su propia energía», como dice a Güemes, 
para coronarse a sí mismo. 

Mientras él va a lanzarse con esa bandera al en- 
cuentro de la invasión portuguesa, dos héroes reanu- 
dan la campaña contra la dominación española: Bo- 
lívar, con el pabellón venezolano, se mueve en el 
Norte; con él reconquistará a Caracas, cruzando los 
Andes australes; penetrará en Bogotá; refundirá a 
Quito en la gran Colombia; acudirá, por fin, al lla- 
mado de los que vienen del otro extremo del conti- 
nente, acaudillados por San Martín. 

Éste se hace sentir también, en esos momentos, 
en el Sur, en ]\Iendoza, donde ha estado organizando 
prodigiosamente su ejército, obedeciendo a una ins- 
piración propia, personal, que fué su gloria; pasará 
los Andes australes, reconquistará Santiago, subirá 
hasta Lima, se encontrará con Bolívar en Guayaquil. 
Mirad, amigos artistas, esas tres banderas que pa- 
recen movidas por la misma ráfaga de viento: la de 
Bolívar, la de San Martín, la de Artigas. La primera 
lleva en sus colores el espíritu del héroe que la condu- 
ce, el espíritu volcánico de que os he hablado: es el 
ensueño grandioso, la creación inaudita, la gran Co- 
lombia, la confederación panamericana, la constitu- 
ción empírica; es lo irreal, lo inconsistente; pero es 
la fe en la libertad del nuevo mundo, pese a las vaci- 
laciones y quebrantos de aquel fulgurante espíritu. 
La bandera de San Martín es la libertad contra 
España, la acometida sobre el cuartel real. El pro- 
pósito n^ativo es fijo y grande: arrojar a España; 
pero el positivo es vago, vago cuando menos. El héroe 
de Chacabuco no es un estadista, ni mucho menos 



64 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

un crej'^ente de la fe americana; ha sido el brazo de 
Pueyrredón y del Cor^reso de Tucumán, y de la Lo- 
gia que él mismo fundó con Alvear; de la Logia, cuyo 
fin, según lo dice López, era «acabar con el espíritu 
republicano (que para el pueblo era sinónimo de pa- 
tria) y crear una monarquía sometida a un príncipe 
portugués, español, o al mismo Fernando VII, si, en 
último caso, no había otro medio de poner fin a los 
extravíos de la revolución de Mayo». Kay algo, sia 
embargo, que salva la memoria de San Martín: su 
respeto hacia Artigas. El lo respetó, cuando los otros 
lo denostaban; se resistió a destruirlo. Creo que la 
amó. En la tradición antigua, dice Emerson, se creía 
que ninguna transformación podía hacer que un dios- 
no conociese a otro. 

Mirad, por fin, y miradla bien, la bandera de Ar- 
tigas, la tricolor americana por excelencia: lleva en 
sus colores la guerra contra Portugal; pero consi- 
derado como invasor extranjero a América. Ella 
representa, en primer término, la independencia 
oriental; pero identificada con la argentina y con 
la de todo el continente, es decir, con la soberanía 
del pueblo americano, opuesta al título de las monar- 
quías europeas. Ese pabellón no es ni el escepticisma 
de San Martín, ni el idealismo poliforme de Bolívar; 
es la fe, el pensamiento equilibrado, la plena realidad 
futura, lo que hoy existe. No olvidéis, mis amigos, la 
frase de Artigas: «Nuestros opresores, no por su na- 
ción, sólo por serlo, deben ser objeto de nuestro odio í'. 

Mucho se ha hecho, oh artistas, por desconocer 
ese espíritu de alas rojas que atraviesa, como un re- 
lámp^o, el pabellón de Artigas. Vosotros tenéis que 
verlo, y verlo a la luz del fuego, para someterlo al 
fu^o invencible. 



El, MüvAGRO HEROICO 65 

Las banderas de San Martín y Bolívar van a dar 
al través con la dominación española en el mundo 
occidental, a lo largo de los Andes, desde el Orinoco 
y el Magdalena hasta la margen occidental del Plata. 
San Martín subirá victorioso, desde Chile hasta Lima; 
Bolívar bajará, triunfante también, hasta la sede del 
virreinato, desde Caracas y Bogotá, y se encontrará 
en Guayaquil con el primero. En esa entrevista, cele- 
brada en 1822, terminará la gloriosa carrera de San 
Martín. ^Sste se retirará para siempre, y Bolívar termi- 
nará la obra. Será Bolívar quien, en 1824, en Junín y 
Ayaciicho, dará el golpe de muerte a la dominación es- 
pañola: él será quien, respetando la voluntad del pueblo 
boliviano, formará una nación independiente del Alto 
Perú, que era provincia, no del virreinato del Norte, 
sino del de Buenos Aires, y que Buenos Aires consi- 
deraba propia, como el Uruguay y el Paraguay, a 
título hereditario, como heredero del rey. 

¿Os dais cuenta, amigos míos, del significado de 
la bandera de Artigas, en la lucha con el portugués 
y con el Directorio de Buenos Aires? 

Es la conservación, para la familia hispánica, del 
trozo de territorio español, que se extiende del Uru- 
guay al Atlántico, nuestra tierra oriental; pero es, 
sobre todo, la última lucha heroica, en todo el virrei- 
nato platense, por la causa democrática republicana, 
es decir, por la verdadera independencia. 

Artigas será vencido en el Sur, como lo fué Bolívar 
en el Norte al comenzar su obra; los desastres y los 
descalabros de Bolívar, sus impopularidades, sus de- 
rrotas, sólo son comparables a sus triunfos, a sus glo- 
rias, a las adoraciones de que fué objeto después. 
Artigas no pudo alcanzar los triunfos. En vez del 
mutuo auxilio de Bolívar y San Martín; en vez de la 

T. II.-5 



66 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

unión de Venezuela y Colombia y Ecuador y Perú 
y Chile, para secundar el pensamiento volcánico del 
libertador del Norte, el pobre libertador del Sur sólo 
tendrá la común hostilidad de Buenos Aires y del 
portugués, y, más allá, el abandono; y, todavía más 
allá, la calumnia de la historia. 

Hasta llegar la justicia de que vais a ser intérpretes, 
amigos artistas; hasta llegar el claro día de justicia 
que saldrá de vuestro mármol, inoculado de estas 
mis palabras. 

Ahora comprenderéis, del todo, por qué os hago 
mirar, en este momento histórico, las banderas de 
Bolívar y de Artigas, entre las que flota la gloriosa 
de San Martín. Éste vence, en Chile y en el Perú, al 
enemigo exterior de la independencia del Plata; pero 
es Artigas quien vence al enemigo interior, en la mis- 
ma patria de San Martín; es él quien, aun vencido 
por el portugués, forma la roca en que se estrellan y 
deshacen los planes de dinastías europeas en el Plata, 
mantiene el espíritu repubHcano en el pueblo argen- 
tino, y, al formar del oriental un solo bloque ama- 
sado con sangre, funda con él una patria, deposita- 
ría de una misión propia; hace de él un ser orgánico, 
imperecedero, hijo de diosa: la inmolación es madre 
divina. 

Imaginaos, mis am%os, que San Martín, al r^re- 
sar vencedor del Perú, dejando a Bolívar con su ban- 
dera americana en marcha hacia Ayacucho, halla en 
su país realizado el plan de monarquía tributaria 
que, de acuerdo con él mismo, desarrollaba Buenos 
Aires; imaginaos que Artigas ha aceptado las ofertas 
de Portugal, que, como lo hizo España, le brinda gra- 
dos y bienestar, en cambio de la svunisión; suponed 
que, unido por fin a Buenos Aires, en vez de condu- 



El, MÜ^AGRO HEROICO 67 

cir a su pueblo a la resistencia extrema, lo ha llevado 
a la resignación y a la aceptación de los planes diplo- 
máticos; imaginaos, por fin, que, sobre esa base, se 
ha extirpado la anarquía y coronado, por fin, el rey 
del Plata y de Chile. 

¿Se exigirá también de Bolívar que comparta esas 
sumisiones y acepte la solución del rey francés, o por- 
tugués, o español, que corone la logia de Buenos Ai- 
res, so pena de declararlo anárquico y lanzarse con- 
tra él, como contra Artigas, en unión de Portugal, 
o Francia o Inglaterra? 

Yo no sé, mis amigos, si habré cons^uido haceros 
comprender lo que dicen esos colores de la bandera 
de nuestro Artigas; no sé si os habré incitado a que 
los améis, cualquiera que sea el nombre de vuestra pa- 
tria, como los amamos los orientales; pero yo os con- 
juro a que lo hagáis. Si esa bandera no es la grande 
reneguemos de la revolución de América. 

Y vamos en pos de ese pabellón. Las horas lumino- 
sas tocan a gloria. 



III 



I^a invasión portuguesa hace irrupción por tres 
puntos del Norte del territorio oriental, rápida, si- 
multánea, igualmente pujante. El general Lecor, ba- 
rón de la I^aguna, jefe de la expedición, penetra, con 
5.000 hombres de las tres armas, por el Nordeste. 
Su punto de mira es Montevideo; va directamente 
hacia él por las costas atlánticas, por Santa Teresa, 
por Maldonado. Lo precede su vanguardia, 2.000 
hombres escogidos, al mando del mariscal Pinto. La 
retaguardia, a las órdenes del mariscal Silveira, pe- 



68 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

netra poco después por el centro del territorio, con 
2.000 hombres, por Cerro Largo, en dirección a Minas, 
en línea convergente a las marchas de Lecor. 

El marqués de Alégrete, gobernador y capitán 
general de la provincia limítrofe de Río Grande, co- 
loca en el centro de ésta su cuartel, de donde enviará 
al teniente general Curado directamente sobre Ar- 
tigas. Reforzará, en caso necesario, las otras dos ex- 
pediciones y será el núcleo de los recursos. 

Un ejército de lo.ooo hombres, mandado por los 
más expertos generales del reino, circunda, pues, el 
Uruguay, desde las Misiones Orientales hasta Mal- 
donado. Un plan de campaña largamente meditado, 
3' a cuj'a ejecución concurren los mejores elementos, 
se desarrolla con precisión. 

Es el momento de que Artigas nos demuestre si es 
realmente capaz de concebir un vasto plan militar. 
Ahí le tenéis, a caballo, solo, con la cabeza sobre el 
pecho, en el peñón del Hervidero. ¡Cuánta soledad! 
He ahí un hombre, un héroe. 

Con apenas 8.000 hombres, mal armados, sin re 
cursos, debe repeler la invasión. ¿Correrá en auxilio 
de Montevideo, a interponerse entre la capital y el 
formidable ejército de Lecor? Artigas no piensa en eso. 
Montevideo no es la capital del Estado; está des- 
guarnecido, por otra parte, casi indefenso. Ya sabéis 
que Alvear, al entregarlo a sus dueños hace dos años, 
le arrebató todo cuanto pudo arrebatarle: cañones, pól- 
vora, fusiles; recordad el retiro de su ejército, después 
de la explosión de los polvorines. Pero no por eso el 
general oriental prescinde por completo de esa plaza 
fuerte. El Cabildo, convencido de la imposibilidad de 
defenderla, consulta a Artigas sobre la conveniencia 
de demoler sus fortificaciones, para que no sirvan al 






El. MII,AGRO HEROICO 69 

enemigo. «No, le contesta Artigas, revelando en eso 
las condiciones de un táctico; es preciso que los mo- 
mentos sean muy apurados para la demolición de las 
murallas de esa ciudad; ellas imponen respeto, y en- 
tran, en razón de una fuerza positiva, en el cálculo 
del enemigo para superarla. Por lo demás, descuide 
V. S., que los portugueses no marcharán mu}' sin cui- 
dado hacia ese punto, con la rapidez de nuestros mo- 
vimientos.» 

Como lo veis, Artigas, con una precisión que denun- 
cia la claridad de su plan militar, sólo ve en la plaza 
de Montevideo un simple colaborador negativo de 
su defensa. Se limitará, pues, a entorpecer la marcha 
del grueso del ejército invasor, que hacia allá dirige 
toda su fuerza incontrastable. Para eso elige a Rivera, 
a quien ya conocéis, y a quien, desde el mes de enero, 
ha anunciado la posible invasión portuguesa, y a 
Otorgues, que también os es conocido. El primero 
tiene el encargo de salir, desde el Sur, al encuentro 
de la vanguardia de Lecor, que viene poi la costa 
atlántica; el segundo debe atravesarse al paso de su 
retaguardia, que penetra, al mando de Silveira, por 
el centro, por Cerro I^argo. 

Artigas, con los principales elementos con que cuen- 
ta, realiza personalmente la magna idea, el alma de 
su plan primero, del que propuso a Buenos Aires en 
1812, y de que Andrés Artigas es centinela avanzado en 
las Misiones: por el extremo septentrional, por el Norte 
y el Oeste, invade el territorio portugués, con la rapi- 
dez del relámpago; va al mismo corazón del enemigo, 
dejándole libres los brazos. Ése es todo el plan: hacer 
afluir allí sus principales elementos, y obtener de la 
audacia inaudita, de la sorpresa temeraria, del valor 
de sus hombres, en quienes tiene plena fe, lo que no 



70 r.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

es humanamente posible obtener de los recursos mi- 
litares, que Buenos Aires, poseedor de ellos, le negará, 
ni de las batallas campales en que, sin esos recursos, 
todas las ventajas estarán siempre del lado de las tro- 
pas enemigas, veteranas y ampliamente equipadas y 
provistas. El no cuenta con las montañas de Güemes; 
las colinas del Uruguay son abiertas. No hay más 
defensa que el pecho de los caballos y el corazón de 
los hombres. 

«Ese plan, dice el general ]\Iitre en su Historia de 
Bel grano, era verdaderamente atrevido; bien desen- 
vuelto, con mejores elementos y más pericia, pudo 
y debió dar sus resultados; era nada menos que el de 
Escipión el Africano: buscar la salvación de Roma 
en Cartago. Teóricamente considerado, agrega, haría 
honor a cualquier general. Era, no sólo atrevido en 
el sentido de la ofensiva, sino también prudente en 
el de la defensiva.» 

No entraré a apreciar la exactitud del parangón 
con el Africano; pero es necesario que nos demos cuen- 
ta de ese juicio de Mitre, sobre el plan militar de Ar- 
tigas. Con sólo haberse agregado que si Artigas no 
tuvo mejores elementos fué porque Buenos Aires le 
impidió siempre formarlos, ese juicio sería en un todo 
luminoso. 

Vosotros, mis amigos artistas, conocéis al general 
Mitre; fué organizador de su patria, fué soldado bueno, 
fué historiador, hombre de letras, serio pensador, gran 
ciudadano; os aseguro que, si no es el primero, no es 
tampoco el segundo entre los hombres ilustres de la 
América contemporánea. Pero es necesario que sepáis 
que ese esclarecido varón, con ser el republicano fusti- 
gador de los planes insidiosos del Directorio, ha sido el 
sucesor del patriciado de Buenos Aires, la voz elocuen- 



El, MH^AGRO HEROICO 7I 

te, sobre todo, de aquel espíritu extraviado, ensimis- 
mado, que sólo veía la independencia en la conserva- 
ción de la estructura del antiguo virreinato y en la 
sumisa disciplina de los pueblos al pensamiento y 
a la acción de la capital. Él ha creído, con la mayor 
buena fe, al revés de Sarmiento, que el Uruguay, el 
Paraguay y Bolivia no fueron, como la República 
Argentina, hijos emancipados de la madre España, 
sino desmembraciones de una supuesta patria argen- 
tina, determinada por las fronteras coloniales; y que 
todo lo que a esto se opusiera era anarquía, dispersión 
de fuerzas vitales, germen de muerte y no de vida- 
Es claro que jamás pensó en que quien más obstáculo 
puso a la formación de esa supuesta gran patria argen- 
tina fué precisaujente Buenos Aires. Obsesionado por 
esa funesta idea, ha tenido que hacer ver en Artigas 
sólo la barbarie, la anarquía, la destrucción; lo ha 
presentado, pues, como a un genio infernal, pero como 
a un genio; lo ha fustigado con espada de arcángel, 
pero lo ha iluminado con ella. 

Existe en la República Argentina un rival esclare- 
cido de Mtre: Juan Bautista Alberdi. Debemos a 
éste los más grandes homenajes a Artigas que en par- 
te alguna se le han tributado. Yo no los utilizo para 
vosotros. ¿Sabéis por qué? Porque he creído, con razón 
o sin ella, que el ilustre Alberdi se sirve de Artigas 
como de un recurso de política interna; que lo presen- 
ta grande, para que otros aparezcan pequeños. Y 
Artigas no debe servir para eso: no empequeñece a 
nadie; es grande en sí mismo, en la región de los igua- 
les. No es, ni debe ser, un tema de controversia; es 
una evidencia: es lo que es. 

Bien mirado, en nada aparece tan de relieve su gran- 
deza como en la pasión enconada con que los historia- 



72 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

dores de Buenos Aires han procurado ap^ar su nom- 
bre, borrar la historia oriental que os estoy enseñando, 
tapar el cielo con un harnero. 

Al lado de Mitre figura otro famoso historiador, 
don Vicente Fidel López, hijo de don Vicente López, 
el ministro del Directorio, que ha escrito la Historia 
.'argentina. Mitre y López han sostenido acaloradas 
polémicas sobre historia; pero han coincidido siempre 
en tina cosa, eso sí: en el anhelo de destruir al héroe 
oriental. «Los dos, escribe Mitre a López después de 
una contienda, hemos tenido la misma predilección 
por las grandes figuras, y las mismas repulsiones por 
los bárbaros desorganizadores, como .artigas, a quien 
hemos enterrado históricamente.^» 

No parece una grande gloria esa que consiste en 
enterrar un bárbaro. Y sin embargo, esos dos ricos 
hidalgos se la reparten, y se la guardan en los bolsi- 
llos. Hay bastante para los dos. Y se reconcilian de 
sus agravios mutuos. 

López es implacable; odia a Artigas a priori; jor- 
que debe odiarlo, porque es ley de su sangre. Es- 
cribe sobre él como poseído por un espíritu renco- 
roso, que le sopla fuego en los oídos y le lleva la 
mano; lo trata de malvado, de facineroso, de ene- 
migo de la humanidad; le imputa muchos delitos, 
bien que no trate de justificar uno solo. Pero después 
de desaliogar su ingénito rencor, dando demasiado 
crédito a su encono, entra un momento en sí mismo 
y vacila; comprende que lo que está diciendo puede 
no ser verdad, aunque debe serlo. No lo quiere borrar; 
pero, como es hombre bueno, tampoco quiere trai- 
cionar a sus semejantes. Y el buen prosista escribe en 
su libro esta interesantísima nota, refiriéndose a Ar- 
tigas: «Es una regla elemental de la historia no dar 



El, Mil, AGRO HEROICO 73 

asenso a las apreciaciones que proceden de espíritus 
prevenidos contra los hombres de quienes se trata; 
y nosotros no tenemos la menor intención de negar 
que execramos la persona, los hechos y la memoria 
de ese funestísimo personaje de la nuestra». 

Eso está bien dicho; son ésas unas honradas pala- 
bras; pero aquello de que todos son muy honrados y 
la capa no parece, se ocurre en este caso. El hecho es 
que esos ánimos prevenidos contra Artigas son los 
que, durante cincuenta años, han escrito la Historia 
del Río de la Plata. Y sus dichos, indignos de fe, se- 
gún ellos mismos, han sido los únicos informes que, 
hasta hace muy poco, ha tenido todo el mundo sobre 
el asunto, el mundo americano inclusive. Una renco- 
rosa conjuración se ha formado, como os dije al prin- 
cipio, contra la execrada memoria del grande hom- 
bre oriental, a quien ni siquiera se ha procurado 
conocer. Dice Carlj^e «que el verdadero conocimiento 
es algo vivo, algo que abarca el objeto en su realidad 
toda, penetrándole hasta con el afecto. Para conocer 
una cosa, agrega, lo que se llama conocerla, hay que 
amarla, simpatizar con ella». 

Yo no hago mías esas palabras, tal como suenan, 
pues en mí expresarían otra cosa de lo que signi- 
fican en el original inglés; pero sí creo que, cuando 
se trata de un hombre extraordinario, sólo a fuerza 
de amor, efectivamente, sólo a fuerza de identifica- 
ción de nuestra alma con la suya, nos es dado a los 
demás hombres conocerlo, es decir, adivinarlo, pe- 
netrar en su recóndito pensamiento, y aun más allá, 
si cabe, al través de la periferia nebulosa de los he- 
chos de su vida. 

Porque yo juzgo, mis amigos, que, así como no se 
debe temer atribuir a los grandes artistas, para com- 



74 I-A EPOPEYA DE ARTIGAS 

prender y gozar sus obras, un ideal que acaso ellos 
mismos no abrigaron jamás, así, para comprender 
a estos fundadores de patrias, para comprenderlos, 
estéticamente sobre todo, no debemos vacilar en atri- 
buirles un ideal amplísimo y puro, aunque la demos- 
tración de que ellos lo percibieron con precisión, en 
toda su pureza y amplitud, no sea matemática. Tales 
pruebas objetivas son inaccesibles. No están en los 
papeles viejos, ni en los nuevos; están en nosotros 
mismos, en la proyección del héroe sobre nuestro es- 
píritu predispuesto a amarlo, como los colores no 
están en las cosas, sino en la retina de los hombres. 

Así se han formado todos los héroes, desde los se- 
midioses. 

Y si se nos dijera que, según eso, el Art^as que 
yo os inspiro es más un mito de mi fe patriótica que 
una figura histórica, creo que podemos desdeñar la im- 
putación, sin el menor cargo de conciencia. Por más 
engañosa que sea la sugestión de la fe patriótica de 
un pueblo, siempre lo será muchísimo menos que la 
producida por los papeles o documentos en el espí- 
ritu de un hombre. Y sobre todo, mis amigos: por más 
inconsistente que sea la visión del amor, siempre será 
más real, más viva, más histórica que la del odio. 
¿Imparcialidad decís? ¡Oh, imparcialidad! La impar- 
cialidad de que suelen hablar los historiadores es uno 
de los nombres de la hipocresía. 

Imaginad, según eso, cómo podrán penetrar en 
Artigas los que se reconocen poseídos por el demonio 
de la execración, enemiga implacable de la cualidad 
suprema en el historiador educativo: la m^nani- 
midad. 

El general Mitre no declara lo que López, sin por 
eso ser menos honrado. Ni tiene por qué declararlo. 



El, MII^AGRO HEROICO 75 

Mitre no odiaba a Artigas; pero tampoco hizo ni podía 
hacer nada por amarlo, es decir, por conocerlo, lo 
que se llama conocerlo, según el concepto del inglés. 
Él amó y conoció a Belgrano; también a San Martín; 
los creó, los reengendró para su patria, e hizo bien. 
Que no es otro el objeto primordial de la historia: 
cultivar el sentimiento racional de la Patria; racional, 
entendámoslo bien. I^a Patria es, ante todo, una his- 
toria conocida y amada en común; un conjunto de 
imágenes y afectos engendradores de una noble pa- 
sión colectiva. Pero ese Mitre, estrechando su crite- 
rio, llegó a creer, en mala hora, que aquellos sus amo- 
res excluían necesariamente el de Artigas, en el que 
alcanza a ver, sin embargo, por fin, un mito, según 
lo declara expresametite, una fsfinge que no descifra. 
Vio malo a Artigas, por la obligación de ver buenos a 
los otros; y esa lógica traidora lo hizo formar en la 
conspiración histórica, a pesar de que, en muchas 
circunstancias, se sietite arrastrado a la simpatía hacia 
el salvador de la democracia en América. Al encon- 
trarse con las gestiones de García, I\Iitre no puede 
dejar de decir con noble despecho: «El mismo Artigas 
representaba un principio más trascendental que Gar- 
cía»; su fuerza, aunque la supone bárbara, «era una 
fuerza \ñtal, cuya pérdida debía debilitar el organismo 
argentino». 

«Esa política tenebrosa, agrega, no resolvía nin- 
gún problema de la revolución; sacrificaba el porve- 
nir de la República a los miedos del momento, y, rea- 
lizada, enervaba, por una serie de generaciones, las 
fuerzas de un pueblo independiente y libre, degradaba 
el carácter nacional y hasta renegaba de la propia 
raza.» 

El ilustre historiador no pensaba, sin duda algu- 



76 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

na, cuando tal nos dice, en que esa política tenebrosa 
no era sólo de García, sino de Alvear, y de Álvarez, 
y de Pueyrredón, y de Rivadavia, y del Congreso de 
Tucumán, 3' de todos... de todos, menos del pueblo 
argentino, eso sí. 

Era preciso, sin embargo, debelar a Artigas, y, 
para ello, era menester hacer callar los papeles indis- 
cretos. Hoy los tales papeles reaparecen y rompen a 
hablar; se leen los que están saliendo de todas partes, 
inclusive los que Mitre poseía y no utilizó, y ima duda 
penosa asalta al espíritu; se había ocultado mucho... 
aún se oculta quizá... y lo ignorado u oculto no era 
contrario, ciertamente, a la ñgura histórica del Jefe 
de los Orientales. Seamos magnánimos, amigos artis- 
tas; creamos, todo cuanto sea posible, en la honradez 
de los hombres. Bien sabéis, por otra parte, cuan poco 
respeto me inspiran a mí los papeles, tanto los viejos 
como los nuevos; hay empresas muy buenas que 
suministran, a precios razonables, toda la documetUa- 
ción para cualquier asunto histórico; para el pro y 
para el contra; hay papeles para todo. Lo que no puede 
venderse es la proyección de los hechos en los espíritus 
privilegiados, y, menos aun, su expresión sincera y 
perdurable, que es la que se hace bronce, la que ca- 
Uenta el mármol. 

Mitre ha sufrido congojas, indudablemente, en esos 
momentos en que Art^as se aparecía colosal a sus 
ojos: tenía que cerrarlos. Los árboles le ocvütaban el 
bosque, según la repetida frase alemana. 

La sombra de San Martín, la de, Belgrano, la de 
muchos proceres de Mayo ¡muchos! se han interpues- 
to entre sus ojos y el héroe oriental. ¿Qué sería de esas 
sombras si Artigas no fuera un bárbaro, y resultara 
realmente un héroe, y acaso el héroe? 



El, MÜ^AGRO HEROICX) 77 

Era un error, un funesto error. Esas figuras vene- 
rables pueden coexistir, y coexistirán, cada cual en 
su nube: hombres y dioses; hombres grandes, y dio- 
ses pequeños. 

Algún día los argentinos todos reclamarán a Ar- 
tigas como la más alta de sus glorias. 

Y ese día seremos libres en ¿L pensamiento y en 
el corazón. 

Comprenderéis ahora, mis artistas, lo que significa 
el juicio de Mitre sobre el plan militar de Artigas. Y 
sin embargo, el ilustre general no ha penetrado ple- 
namente en el pensamiento del héroe. Ha visto en 
su plan sólo un plan militar: imposibilitar la invasión 
portuguesa por el Norte; amagar por la espalda la 
del Este; conservar el dominio continuo de la parte 
más importante del país oriental, manteniendo li- 
bres sus comunicaciones con el occidental; dominar 
el río Uruguay y cubrirse con la barrera del río Ne- 
gro, etc., etc. Es verdad; todo eso se ve en el plan de 
Artigas, y nadie más autorizado para hacérnoslo ob- 
servar que el general Mitre, tan dado, en sus libros 
de historia, a la crítica científica de las operaciones 
bélicas. 

Pero ni Mitre ni nadie ha observado, hasta ahora, 
que ese plan que Artigas pone en ejecución, en este 
momento, es el que ha estado en su visión tenaz desde 
el instante en que se resolvió a levantar a su pueblo 
e incorporarlo a la revolución de Maj'^o, como núcleo 
de su espíritu; desde el en que se retiró del segundo sitio 
de Montevideo especialmente. Vosotros lo vais a com- 
prender. Artigas sabía desde entonces, y aun desde 
mucho tiempo atrás, que, en definitiva, el enemigo in- 
mediato de su Patria Oriental tenía que §er el que iba a 



^8 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

venir de la frontera del Norte, el portugués, animado de 
su ambición secular; sabía que allá, en el Norte, estaba 
su campo de batalla. Recordad, mis amigos, recordad 
bien que Artigas, al realizar el éxodo del pueblo orien- 
tal, en 1811, miró con luminosa intensidad hacia el 
Paraguay, hacia la provincia hermana del Norte, 
limítrofe con los dominios portugueses; se dirigió a 
su gobierno, tributó a ese pueblo los más expresivos 
homenajes, buscó su alianza por todos los medios, su 
incorporación a la obra común. Recordad, os lo ruego 
con grande empeño, que, en las instrucciones que 
dio a los diputados orientales el año 13, les impuso 
que exigieran expresamente, en la Asamblea Cons- 
tituyente, la inmediata reivindicación, por cualquier 
medio, del territorio de las Misiones Orientales ,que 
se da la mano, aUá en el Norte, con el territorio pa- 
raguayo, y que estaba injustamente poseído por los 
portugueses. Es preciso que recordéis también que, 
en 1814, cuando se retiró del sitio de Montevideo, lo 
primero en que pensó fué en mover sus caudillos del 
Paraguay', y que, en 1815, después de arrojar a Bue- 
nos Aires de la Banda Oriental, y cuando predomi- 
naba en las provincias occidentales, Artigas insistió, 
como presa de una obsesión, en sus planes sobre el 
Paraguay-. No olvidemos, por fin, la predilección del 
gran caudillo por su capitán indígena Andrés Arti- 
gas, a quien ha colocado en las Misiones, no sólo 
para estar allí alerta contra el portugués precisa- 
mente, sino .para suscitar y apoyar, si es posible, 
la rebelión del pueblo par agua}" o contra su tirano 
Rodríguez de Francia. 

Imaginad, como entonces dijimos, que Artigas con- 
sigue su propósito; suponed que la invasión al terri- 
torio portugués, que ahora realiza, es ejecutada, no 



El, MILAGRO HEROICO 79 

sólo por SUS casi inermes soldados, sino por todo el 
pueblo paraguayo, unido al oriental y a las provincias 
argentinas septentrionales; supongamos que éstas no 
son hostilizadas y aniquiladas por Buenos Aires en 
odio a Artigas, sino dejadas siquiera en libertad. Sólo 
así comprenderéis la extensión del plan genial de Arti- 
gas y sus consecuencias en la América austral. El 
mapa de ésta sería hoy muy distinto de lo que es, 
como una vez lo dijimos; el lote de la familia lusi- 
tana estaría muy reducido, sin dejar por eso de ser 
magnífico; muy aumentado el de la hispánica, oriental 
y occidental, sin duda alguna; y mucho el del Para- 
guay. Si Artigas, con sólo el pueblo oriental, y hosti- 
lizado poT Buenos Aires, estuvo a punto de triunfar 
del portugués, y logró resistirle durante cuatro años, 
¿qué no hubiera hecho con la alianza dtl pueblo para- 
guayo allá en el >íorte, y sin la hostilidad, cuando 
menos, del hermano occidental? ¿Qué hubiera conse- 
guido la misma expedición española que se proyec- 
taba, si Artigas le hubiera opuesto esas legiones fas- 
cinadas? 

No pudo ser. Buenos Aires no lo quiso; prefirió las 
soluciones diplomáticas a las heroicas; prefirió ani- 
quilar a Artigas. Y el dictador Francia le miró de le- 
jos, encerrado en su guarida. Francia y Buenos Aires 
estaban en eso de acuerdo. 

Pero hay otra idea madre, que vemos clarísima, 
en ese plan de Artigas, los que, por la admiración y 
el afecto, penetramos en las honduras de su pensa- 
miento. Ésa no ha sido percibida por Mitre, no podía 
éste percibirla. 

Artigas, con su arremetida temeraria desde el 
Norte, desde su capital genuinamente americana, 
sobre el territorio del invasor portugués, al que casi 



8 o LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

abandona la capital colonial, busca obtener un triun- 
fo augural, que no sólo quebrante al invasor, sino 
que permita al Jefe de los Orientales imponerse con 
su pueblo a Buenos Aires. Y ¿queréis que os d^a más? 
imponerse al mismo Montevideo. Art^as quiere y 
espera triunfar con los elementos populares inconta- 
minados, «con sus propios esfuerzos», dice a Güemes. 
Sólo así salvará la patria, salvando con ella la demo- 
cracia. 

Pero los elementos patriotas de Montevideo, me 
preguntaréis vosotros, ¿no son los mismos que los 
que rodean a Artigas? Oslo debo decir con franqueza: 
no, no lo son unánimemente, y Artigas lo sabe muy 
bien. Hay allí hombres de fe firme, que pronto irán 
a reunirse al profeta; pero también los hay de poca 
fe, análogos a los del patriciado porteño, que sólo 
creerán en aquél si ven milagros. Esos hombres ya 
han comenzado a manifestar sus temores ante la 
invasión formidable, a buscar la salvación en la su- 
misión a Buenos Aires, en la atenuación de la fibra 
artiguista, en borrar de la bandera la franja roja dia- 
gonal, trazada por la espada del héroe para que no 
quepan en ella jeroglíficos extraños. 

Artigas quiere hacer los milagros que son necesa- 
rios para conservar la totalidad de sus fieles y la in- 
tegridad de su bandera. 

Y a eso va al territorio enemigo: a jugar el todo 
por el todo. Él sabe, tanto o más que sus compatrio- 
tas vacilantes, que, siendo la solidaridad o el mutuo 
auxilio la ley de la revolución americana, no es hu- 
manamente posible conseguir la independencia de la 
Banda Oriental sin su alianza con la Occidental; pero 
también está firmemente persuadido de que esa alian- 
za en pro de la verdadera independencia, que es la 



Elv MIIvAGRO HEROICO 8l 

democracia, sólo se obtendrá, de los directorios de 
Buenos Aires, imponiéndola por la victoria del ver- 
dadero pueblo argentino, oriental y occidental, que 
él acaudilla. El, como lo habéis visto en su carta a 
Güemes, se sabe el profeta, el depositario del divino 
mensaje; siente una verdad viviente que se mueve 
en sus entrañas, y se encierra en sí mismo con su vi- 
sión; se queda solo con ella. Su bandera es el fin; la 
alianza, o el auxilio de Buenos Aires, el medio de ha- 
cerla triunfar. No ha de sacrificar el fin al medio; no 
aceptará alianzas o auxilios impuestos por el miedo 
o la necesidad, y obtenidos a trueque de la sumisión 
del pueblo a las resoluciones secretas de los sane- 
drines. Eso es la muerte, no es la vida. 

Lo veréis, pues, reclamar auxilios a Buenos Aires, 
en nombre del pueblo argentino, una y diez veces, 
pero pedirlos con altivez, y hasta con amenazas, aun 
en les momentos supremos. Los exigirá como el cum- 
plimiento de un deber para con la América, jamás 
como una limosna en cambio de la dignidad del pue- 
blo oriental, a quien a todo podrá condenarse menos 
a no morir. Entonces lo veréis rechazar esa limosna, 
y preferir a ella la muerte. Y oiréis de su boca las 
palabras más altivas que han sonado en boca de 
libertador alguno: «iVo venderé el rico patrimonio de 
los orientales al bajo precio de la necesidad». 

Ese patrimonio de los orientales es algo más que el 
territorio: es la gloria de ser el núcleo de la democra- 
cia, de la patria republicana, y la víctima inmolada 
a esa diosa del porvenir. 

Se lanza solo a la invasión temeraria; va a buscar, 
para imponer su evangelio, el milagro heroico. 

Pensad mucho en esto que os digo, mis artistas, 

T.Hv6 



82 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

porque estamos penetrando, cada vez más, en la re- 
gión del pensamiento del héroe; estamos en el centro 
de su espíritu, 3'' debemos acercarnos, y penetrar en 
él, con el recogimiento del que franquea una sagrada 
puerta, y oj'^e voces de sombras fugitivas. Aquí debéis 
percibir las musicales vibraciones de ese espíritu sin- 
gular, su ajustamiento a la universal armonía, el 
equilibrio misterioso que le imprime su estabilidad 
imperturbable. Todas las apariencias pasarán sobre 
él, como nubes o almiones; él, la sola realidad, re- 
aparecerá entre las tinieblas que se disipan, o entre 
las aguas que bajan. 

Artigas no realizará d milagro heroico; caerá, al 
I)arecer, ante la invasión portuguesa; pero veréis re- 
aparecer su pensamiento, hasta cuajai, algunos años 
más tarde, en la nueva patria. Artigas se pondrá en 
su crepúsculo; se hundirá en la noche germinal. Es 
en el silencio de las noches donde se consuma el mis- 
terio de la vida, al que acompañan las angustias 3' 
los dolores sin nombre. 



83 



CONFERENCIA XIX 

LA INMOLACIÓN 

Sangran las estrellas. — Geografía de la gran campaña. — 
El Uruguay y el Paraná. — I<as Misiones Orientales y 
LAS Occidentales. — Andrestto. — Hora solemne. — El pri- 
mer CHOQUE. — Sitio de San Borja. — Sotelo y Chagas. — 

IbIRACOY. india MCTERTA. — CORUMBÉ. — PAP.LO PÁEZ. — CASU- 

pA. — Sorpresa del Arapey. — Batalla del catalán. — Visión 
de la victoria. — El desastre. — I^a Guardia Vieja de 
los Gauchos. — Irrupción de Chagas. — Destrucción de 
las Misiones Occidentales. — Embajadas de Vedia y de 
Duran y Giró. — «No venderé el patrimonio de los orien- 
tales.» — I,EcoR EN Montevideo. — El genio infernal. — El 
primogénito de América. — I<a hija de los holocaustos. 



Amigos artistas: 

Penetremos en la noche estrellada, pero d olorosa, 
de cuyas alturas descienden los silencios. Las estre- 
llas son todas de color de sangre, y ante ellas cruzan 
largas procesiones, mudas de toda luz. 

Artigas pone en ejecución el plan de que hemos 
hablado largamente; pero lo hace sin conocer el género 
de endriago con quien va a combatir. 

No os daría cuenta exacta de sus operaciones, si, 
a fin de trazaros con la mayor simplicidad el teatro 



84 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

de ellas, no os invitara a tomar una vez más la carta 
geográfica que nos sirve de guía, para haceros ver ese 
río Urugua3^ que corre de Norte a Sur, que viene 
desde allá arriba, desde el Brasil, para desembocar 
en el Plata, y marcaros, más al Oeste, ese otro río, el 
Paraná, que corre paralelo al primero, y se une a él 
en el estuario del Plata, en que ambos se derraman 
para entrar al Atlántico. El primero de esos ríos, 
el Uruguay, es el que nos sir\'e de relación, cuando 
hablamos de los estados Oriental y Occidental; és- 
tos son los que están al Oriente y al Occidente del 
Uruguay y del Plata. A mano derecha está la Banda 
Oriental, la patria de Artigas propiamente, que sólo 
sube por esa margen, hasta la altura del Cuareim, 
tributario del Uruguay. Al Occidente, entre el Uruguay 
y el Paraná, está la r^ión litoral de la patria occiden- 
tal, que sube, por ese lado, mucho más arriba que la 
oriental: allí están la provincia de Entrerríos, a 
Sur, frente a la Banda Oriental; más al Norte, la de 
Corrientes, limítrofe, Uruguay por medio, con el te- 
rritorio del Brasü; y más al Norte todavía, el terri- 
torio de las Misiones Occidentales, poseídas hoy por 
los argentinos, que tienen enfrente, del otro lado del 
río, las Orientales, poseídas por los portugueses desde 
1801, y no recuperadas. 

Detengámonos un momento a darnos cuenta, por- 
que es preciso, de eso que llamamos Misiones Orien- 
tales y Occidentales del Uruguay, y de cómo y por qué 
las primeras se extienden hacia el Norte mucho más 
que las segundas. Esos territorios, hasta la misma al- 
tura de uno y otro lado del río, formaron parte indis- 
cutiblemente del dominio español en América, y de- 
bieran formarla, aun hoy mismo, del territorio de 
los estados de lengua española, ya que los límites de 



I,A INMOLACIÓN 85 

las antiguas metrópolis han servido de frontera a los 
estados americanos. Artigas, como lo hemos dicho 
con insistencia que parece cargosa, sentía eso con 
gran intensidad; la «Patria Oriental», el «Patrimonio 
de los Orientales» que él veía era grande también 
materialmente: medio millón de kilómetros en región 
pri\ ilegiada. 

En todo ese territorio, tanto el oriental como el 
occidental del Uruguay, se fundaron las célebres Mi- 
siones jesuíticas, misiones españolas, cuyos doctrine- 
ros fueron expulsados, como sabéis, en 1767, por el 
rey Carlos III, y cuyas hieráticas ruinas, de un estilo 
arcaico original y primitivo, son todavía testimonio 
de aquella colosal tentativa de salvación de una raza. 
En la época de nuestra historia quedaban aún, en 
la margen oriental del Uruguay, los Siete Pueblos, el 
principal de los cuales era San Borja. habitados por 
los últimos indios, condenados al exterminio. 

El enemigo de esas reducciones fué siempre el por- 
tugués. Defenderse de sus irrupciones fué la brega 
patriótica de los indios reducidos; tal fué para éstos 
la tradición nacional, cultivada allí por Artigas con 
pasión. Los portugueses pugnaban por poseerlas con 
todo el territorio oriental; llegaron, como sabéis, hasta 
la Colonia, y hasta el mismo Monte\ddeo. Fueron, 
por fin, desalojados de todo este territorio, entre el 
Uruguay y el Atlántico; pero, ol iniciarle la revolu- 
ción de la independencia, se encontraron aún, de 
hecho, en posesión de las Misiones Orientales, gra- 
cias al golpe de mano de un aventurero audaz, que 
las conquistó, en 1801, para los portugueses, y a las 
inteligentes gestiones de éstos ante la Santa Alianza. 
Los habitantes de ellas veían en éstos a sus domina- 
dores injustos, se consideraban parte integrante de 



86 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

la región oriental española, y, sin la guerra de que 
fué objeto Artigas por parte de los directorios de 
Buenos Aires, aliados a Portugal, esa región forma- 
ría hoy parte de la familia hispánica independiente. 

El héroe ejerce, pues, su dominio, al Oriente del 
Urugua}', sólo hasta la parte media de éste, que es don- 
de recibe sus más importantes afluentes de la r^ión 
oriental: el río N^ro, el Queguay, el Daymán, el 
Arapey: el Cuareim, por fin, que es el límite superior. 
No le es dado subir más arriba; ni a las Misiones 
Orientales, ni siquiera al río Ibicuí, gran afluente 
septentrional del Uruguay. Todo eso está incorpo- 
rado a la provincia portuguesa de Río Grande del 
Sur, y es todo eso lo que el vidente caudillo considera 
parte integrante de la región hispánica, y ha pensado 
siempre en reivindicar, como legítima herencia de su 
patria, que él custodió desde la época colonial. 

Pero hemos visto que Artigas, además de la auto- 
ridad que tiene sobre la región oriental, ejerce su pro- 
tectorado sobre la occidental, sobre la provincia de 
Bntrerríos, y sobre las de Corrientes y Misiones Oc- 
cidentales, separadas sólo, como sabemos, por el río 
Uruguay, del territorio detentado por los portugue- 
ses. Él es quien ha reconquistado ese territorio occi- 
dental de Misiones para las provincias del virreinato 
español; él, quien lo ha deslindado, haciendo respetar 
por el estado del Paraguay la frontera del río Paraná, 
que lo sepaia del argentino; él, por fin, quien, por 
órgano de su capitán Andrés, ha cultivado en aquella 
población indígena, como hemos visto, el sentimiento 
de nacionalidad, simbolizado en su bandera tricolor, 
y formado el ejército que ahora, en el momento espe- 
rado, va a llamar a las armas, en defensa de la patria 
común contra el común enemigo. 



I,A INMOI,ACIÓN 87 



II 



De ahí, pues, de la Banda Occidental, de Entre- 
rríos, Corrientes y las Misiones, tiene que partir la 
contrainvasión al territorio portugués, la recon- 
quista de los Siete Pueblos, base del plan militar 
de Artigas, combinada con la que éste llevará desde 
el Norte de la Banda Oriental. El experimentado 
capitán imparte al efecto mandatos premiosos y rei- 
terados a su teniente Andrés Artigas, para que, sin 
pérdida de momento, y sin esperar el ataque del por- 
tugués, vadee el Uruguay, al Norte del Ibicuí, y caiga 
de sorpresa sobre las Misiones Orientales, amenazando 
así, por retaguardia, la invasión que penetra en el 
territorio oriental. Al examinar esas órdenes, conti- 
nuación de las preparatorias que le hemos visto dar 
a su capitán misionero durante largos meses, uno se 
convence, amigos artistas, de que Artigas no se había 
imaginado las proporciones de la invasión que estaba 
sobre su cabeza. Él se había precavido contra una 
tentativa de aventurero, análoga a la de 1801, más 
o menos audaz o vergonzante; pero no contra una 
guerra de conquista, abierta y sin declaración alguna, 
y mucho menos contra la alianza del invasor con el 
hermano. Aquel «secreto, secreto, secreto)), pues, que 
García recomendaba como primera condición de su 
empresa, ha sido guardado en Buenos Aires, en Tucu- 
mán, en todas partes, con solícito cuidado. Las órde- 
nes que vemos impartir a Artigas para Sotelo, Ber- 
dún, Tomás Yegros, que deben moverse sin tardanza 
en combinación con Andrés y a sus órdenes; la preci- 
sión que recomienda en la ejecución de su plan estra- 



88 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

tégico; la altivez, sobre todo, la seguridad con que 
promete la victoria a sus bravos, inspiran un respeto 
sólo comparable al desprecio que el alma noble siente 
hacia aquella conjuración aleve y cobarde. 

«Constancia y esfuerzo, dice Artigas a su heroico 
capitán indígena; constancia y esfuerzo, que éste es 
el último golpe que va a coronar nuestros trabajos y 
el triunfo de la libertad...* «A los diez y siete días 
desde esta fecha, le escribe el 25 de agosto, deben 
abrirse las hostilidades contra Portugal; cumplido ese 
término debe usted cruzar el Urugua}^ y atacar San 
Borja, continuando sus marchas hasta libertar los 
pueblos de Misiones.» 

He aquí, pues, el momento en que Andrés Artigas 
va a entrar en acción; es el caso de conocer detenida- 
mente la simpática figura del indio capitán. Este An- 
drés Artigas es una especie de criatura mitológica. 
Su nombre era Andrés Guactirarí; le llamaban, y le 
llama la historia, Andresito. Nada más intenso, nada 
más estético que ese joven capitán del padre Artigas. 
Es un indio americano, un ejemplar genuino de la 
doliente raza que se fué. Su historia es un poema pri- 
mitivo que espera su rapsoda. Nació en esas Misiones 
Orientales que va a reconquistar, y donde recibió de 
los Padres misioneros la primera educación, bastante 
adelantada, por cierto: escribía bien, redactaba con 
corrección, raciocinaba con claridad. Quedó muy niño 
cuando murió su padre; él se despidió de su madre, 
y se fué por el mundo. Se fué con toda la melancolía 
de su ambulante raza, que parece sin destino sobre 
la tierra. 

¿A dónde va el joven indio?... 

Yo he pensado muchas veces en el misterio psico- 



r,A INMOIvAaÓN 89 

lógico de ese muchaclio de pequeña talla, de tez co- 
briza, de pómulos salientes, de ojos negros, en que 
brilla una lámpara noctámbula. Me parece un pájaro 
crepuscular de una gran bandada migratoria. Era in- 
teligente, pero vivía en la noclie de su raza. Se encon- 
tró solo en presencia de la naturaleza misteriosa; ha- 
bía recibido de los misioneros los principios cristianos, 
y los amaba con gran devoción; sabía de vagas i^re- 
destinaciones; miraba largamente al cielo, y pensaba 
en los destinos de su estirpe moribunda; creía en los 
ángeles y en los arcángeles tutelares. Él también se 
sintió profeta y lo era: profeta tributario. Oía un men- 
saje, que alguien decía en la obscuridad; pero no veía 
el camino sobre la tierra, envuelto como estaba en 
su propia niebla. 

Cuando, en 1811, Artigas, que conducía a su pueblo 
en el éxodo, apareció por el Ayuí, el joven indio va- 
gabundo se acercó a él, como Ariel y Calibán a Prós- 
pero en la isla de los encantos. 

Era Ariel, la amable visión cautiva, genio del aire. 

¿Qué vio en Artigas?... Desde aquel momento crej'ó 
percibir un camino iluminado, un destino en su vida; 
entrevio una patria, una tierra prometida, una li- 
bertad, para sí y para su estirpe. La tierra prometida 
es siempre aquella en que no se está. Andresito halló 
en la lucha por ese vago ideal un empleo a las miste- 
riosas actividades heroicas, hasta entonces sin ob- 
jeto, que sentía en el fondo de su alma, hendida por 
el rayo; es el Espariaco gnarany. Veneró en Artigas 
al profeta de esa revelación, y lo consideró cosa sa- 
grada y poderosa. Ese fué el móvil, más o menos 
confuso, de todos esos indios que, en pos del héroe, 
lucharon por la patria, y de que Andresito es el molde 
escultórico. Es más que un héroe: es el heroísmo 



90 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

de una raza agonizante que, como el anciano que 
planta un árbol frutal, a^mdó a fundar ima patria 
que no había de gozar. Y lo hizo obedeciendo a una 
ley, no del individuo, sino de la especie; la ley de 
universal germinación y de constante depuración 
en la muerte y por la muerte. Yo he diluido mucho 
de todo esto en mi poema Tabaré, que es apenas 
im esbozo de algo que yo tenía no sé dónde. No lo 
he puesto todo, estoy seguro. ¡Queda tanto en el 
alma después de decirse todo! Si así no fuera, el artista 
moriría en su obra como el gusano de seda. Algo 
debe haber en Tabaré, sin embargo, de lo que os digo 
sobre Andresito, y lo que os dije, en otra lección, sobre 
los indios de Artigas. Este problema es hondo y lleno 
de voces, como un mar que se oye y no se ve. 

Yo no sé cómo miró Artigas a Andresito, cuando 
éste se le presentó. Mi imaginación crea la escena; ve 
muchas cosas tenuísimas: los ojos azules de Artigas 
en los negros de Andresito. Pero yo no os diré lo que 
pasa en mi imaginación, ni hay para qué; basta que 
excite la vuestra, haciendo llover mis palabras sobre 
vuestro corazón sembrado de semillas musicales. 

El hecho es que Artigas cobró tal afecto a aquel 
indio caminante, que lo adoptó por hijo; le dio su 
nombre: Andrés Artigas. Por eso se llama Andrés Ar- 
tigas. Yo atribuyo un gran significado, y espero que 
vosotros se lo daréis, a esa adopción de un indio por 
el padre de la Patria Oriental. Recordad que Wash- 
ington no mandó indios. Artigas hablaba el guaraní, 
el idioma americano. Ya hemos hablado de eso más de 
una vez. Me perdonaréis mis repeticiones u obsesiones. 

Andresito fué su capitán; fué también su goberna- 
dor en las Misiones Occidentales y en la provincia de 
Corrientes. 



I,A INMOI, ACIÓN 91 

El estudio de este indígena en el desempeño de 
sus funciones nos ofrecería la ocasión de darnos cuenta 
del medio ambiente social de aquellos pueblos; pero 
ese estudio no cabe aquí. Bástenos con recordar que 
aquellas sociedades eran entidades embrionarias, algo 
así como el légamo del caos, el sagrado fango, con que, 
al decir de Esquilo, modelaba Prometeo las estirpes 
de que fué libertador. 

Artigas en el Plata, más aun que Bolívar en el Norte, 
según lo dijimos antes, fué el incubador de aquel pu- 
jante embrión; lo estudiamos ya como educador, como 
consejero, como maestro; lo vimos inculcar a este 
Andresito la virtud sobre todo, la caridad, el anhelo 
de hacerse amar más que temer, la obligación de ser 
«ejemplo de virtudes» para ser legítima autoridad. 
Pero Artigas no era im dios; no podía consumar con 
ima palabra la transformación de la raza, ni modelar 
hombres de arcilla, ni estar él en todas partes. I^a 
vibración de la vida había de ser inmanente; de los 
bárbaros sicambros tenían que brotar los Clodoveos. 

Este Andresito de que hablamos es el tipo y ejem- 
plar de la molécula fecundada por el espíritu creador. 
Por eso lo he llamado Ariel, el genio bueno del aire, 
que, cautivo del Mago, pone a su servicio y somete al 
conjuro de su palabra los elementos rebeldes y po- 
derosos; es el orden primitivo. 

El inglés Robertson, de quien yo. hemos hablado, 
conoció mucho en Corrientes al indio capitán. Andre- 
sito, dice, era un hombre de muy buen corazón, y 
mucho más instruido de lo que podía suponerse. Ro- 
bertson nos presenta a ese indio como el ordenador 
del caos. Sus soldados, desnudos, hambrientos, andan 
por allí como fieras domesticadas, convertidas en 
corderos. De tal suerte impone Andresito allí, según 



92 l,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

se lo ordena Artigas, su autoridad protectora de la 
sociedad, que, en siete meses que duró su gobierno, 
«sólo se cometió un robo en la ciudad de Corrientes», 
dice el inglés comerciante. 

El siguiente episodio, que también nos cuenta Ro- 
bertson, nos hará conocer el carácter del hijo adopti- 
vo de Artigas, con mayor precisión que todos les in- 
formes. 

Un caudillo correntino. Bedoya, abraza la causa de 
Buenos Aires, y se alza contra Artigas, en la ciudad 
de Corrientes, de que se apodera. Andresito es enviado 
a sofocar la revolución, al frente de setecientos indios. 
V^ence a Bedoya y recupera la ciudad, designes que 
aquél ha sacrificado bárbaramente un pueblo entero de 
indígenas, que no quisieron abandonarla fe artiguista. 

Iva ciudad de Corrientes espera consternada las re- 
presalias del vencedor. Andresito tenía consigo dos- 
cientos indios niños, que habían sido arrancados a 
sus madres por los correntinos, 3' a quienes él había 
rescatado. Pero al libertar a éstos, el caudillo había 
arrebatado, a su vez, un número igual de hijos de las 
mismas familias, que tenían como esclavos a aquellos 
niños indígenas. 

¿Qué iba a hacer con esos sus inocentes prisioneros 
el capitán de Artigas? 

Oigamos a Robertson: «Después de una semana de 
cautiverio, hizo reunir a todas las madres correnti- 
nas, que estaban en una situación desesperante; les 
habló de la crueldad y de la injusticia con que trata- 
ban a los pobres indios, y, sacando partido de las 
angustias que ellas acababan de pasar, les dijo: «Llé- 
vense a sus hijos; llévense a sus hijos... cada una el 
suyo... pero recuerden, en adelante, que las madres 
indias tienen también un corazón». 



I,A INMOI,AaÓN 93 

Se cree estar leyenda, ¿no es verdad?, una página 
de la Biblia: la vida en los desiertos idumeos, el sa- 
crifício de Isaac interrumpido por el ángel, el juicio 
de Salomón en la disputa de las dos madres. 

Ese es el carácter de esta figura, que parece de un 
pasado remotísimo, y que se ofrece, como mu}' pocas, 
al poema intenso. El poeta del porvenir se encontrará 
con ella, y hallará su forma homérica. 

Sí, es un héroe ese pobre indígena que luchó por 
nuestra patria, y murió, rodeado de soledad dolorosa, 
envenenado — dicen algunos — en un calabozo de Río 
Janeiro. Esa soledad está cantando en mi memoria 
un largo nocturno sinfónico, que se diluj'e en la dis- 
tancia. Así murió toda su raza: sola, sin quejarse, 
acaso envenenada, como una fiera en el bosque, la- 
miéndose las heridas, y mirando lejanías infinitas, 
y dejándonos su tierra, legándosela a la raza nueva. 
Yo veo la sombra de Andresito, sentada en la cumbre 
de una colina solitaria de mi país y envuelta en sus 
alas de carancho o pequeño halcón americano; alas 
largas y finas, como velas de barcos aéreos ligerísi- 
mos, que se disuelven en el misterio de las transpa- 
rencias. 

.. Y volvamos a la invasión portuguesa, y a la ejecu- 
ción del plan de Artigas contra ella. 



III 



Cuando Andresito recibe la orden premiosa de re- 
conquistar sin demora sus Misiones Orientales, se cree 
movido por un agente super natural: Artigas lo quiere. 
Él devolverá la patria a los indios; él los hará ciuda- 
danos; él es, el solo que los ama. Andresito cruza el 



94 I^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

Uruguay, como un arcángel de pómulos salientes, y 
de melena y ojos negros; se hace preceder en el terri- 
torio misionero por im emisario o precursor de su 
misma raza, Curaeté, que anuncia su próxima lle- 
gada, y predica su mensaje de libertad. Bn éste, 
Andresito, comparándose a Moisés, libertador de los 
hebreos sojuzgados, convoca a sus hermanos a las 
armas, en nombre de Dios y de la libertad; los in- 
cita, los conmina, los llama a la lucha contra el por- 
tugués, que, desde i8oi,les detenta su sagrada tierra; 
les promete el apoyo de las armas orientales; les pro- 
nuncia el nombre de Artigas, el armir ótente que 
vendrá, que está ya cerca. 

La palabra alucinada del precursor sacude el es- 
píritu de aquel pueblo primitivo, que lo escucha 
atónito. Todos se levantan a esperar a Andresito. 
Cuando éste ll«;a, después de cruzar el Uruguay, 
más arriba del Ibicuí, el pueblo misionero afluye a 
él; las milicias de la frontera desertan y se pasan a 
sus filas. El caudillo, cumpliendo la orden de su ge- 
neral, se dirige al pueblo principal de las Misiones, 
San Borja, guarnecido por 500 hombres, que co- 
manda el brigadier Chagas. Éste envía a recono- 
cerlo una fuerza de 300 jinetes, que es arrollada. 
El hijo de Chagas, portaestandarte, muere en el cho- 
que. Andresito encierra al enemigo en San Borja, al 
que pone sitio, disponiéndose a asaltarlo inmediata- 
mente. Es Josué, que va por la tierra prometida y 
asalta a Jericó. 

Entretanto, el comandante Sotelo, que debe in- 
corporarse al sitiador, ha partido de Entrerríos con 
tanta rapidez como aquél; todo el éxito de esta ope- 
ración depende de la rapidez; la sorpresa debe suplir 
la inferioridad de recursos. 



hA. INMOI^ACION 95 

De^raciadamente, aquélla no pudo realizarse. In- 
terceptadas algunas comunicaciones de Artigas, el 
marqués de Alégrete se ha dado cuenta del plan de 
éste, y ha enviado contra él al teniente general Cu- 
rado con fuerzas considerables. Cuí^do ha acudido 
a los dos ataques que tiene enfrente: a Andresito, que 
cae del Norte, desde las Misiones, y a Artigas y sus 
capitanes, que suben del Sur, desde la línea de Cua- 
reim, en combinación con el ataque de aquél. Destaca 
al teniente coronel Abreu hacia el Uruguay, para im- 
pedir la junción de Sotelo y Andresito, y batirlos en 
detalle, y, al mismo tiempo, con nuevos refuerzos 
que recibe, envía el grueso de sus soldados, al mando 
del brigadier Mena Barreto, contra Artigas, sobre el 
Cuareim. Éstos chocan primeramente con los jefes 
avanzados Gatel y Berdún, y, iDor fin, con Artigas 
mismo. 

Todos estos choques, y los que en el mismo tiempo 
tienen Rivera y Otorgues, en el Sur y en el centro, 
contra la vanguardia y retí^uardia de L,ecor, que 
avanza hacia Montevideo, son simultáneos; tienen 
lugar casi en el mismo instante. 

Estamos, pues, en una hora solemne y grandiosa, 
en que se libra un combate formidable y decisivo, 
desde las Misiones Orientales hasta las costas atlán- 
ticas. Es una hora de lucha desigual, de emulación 
heroica, de riego de sangre; es la hora del milagro 
que busca Artigas. Son diez, veinte, cien batallas 
simultáneas: lucha del heroísmo desnudo contra el 
cálculo cubierto de armadura férrea; el gran clamor 
sube al aire de la patria y queda flotando en él, fun- 
dido en un acorde de gloria y de martirio como una 
nube llena de cantos. Santa Ana, San Borja, India 
Muerta, Ibiracoy, Corumbé, Arapey, Catalán... todo 



96 LA EPOPEYA DE AUTIGAS 

eso es una sola noche de relámpagos, una sola pala- 
bra de un idioma que no existe, mis amigos ar- 
tistas. 

¡Media noche estrellada de la patria! ¡Horas azules! 

¿Cómo presentaros todas esas batallas juntas, tales 
cual ellas acontecieron, y daros la sensación de sus 
líneas y colores, de su estrépito sinfónico, de su mo- 
vimiento frenético, de su barbarie homérica, de su 
espíritu, que es espantosa armonía, sin entrar en el 
detalle, enemigo del mármol? ¿Cómo plasmaros en 
el momento de una inaudita palabra, habitada por 
un dios, esos tres o cuatro últimos meses del año i6, 
«el año feliz de los orientales», en que Artigas busca el 
milagro?... 

El tropel de las caballerías indígenas; los racimos 
de hombres y de caballos desnudos que se estrellan en 
los compactos cuadros veteranos, en los muros de 
bayonetas triangulares; los soldados que ruedan y 
caen de pie dentro del cuadro enemigo, abandonando 
la lanza, y tomando el puñal que llevan en los dientes; 
los pelotones de caballeros inverosímiles, como tro- 
zos de una banda de pájaros de largas crines negras, 
con haces de serpientes en las garras, los lazos y las 
boleadoras; el caballo que huye solo, sin jinete, relin- 
chando, mojado de sangre, de la sangre del hombre 
que cayó... todo eso, y todo lo que eso sugiere, forma 
el canto rapsódico. Sólo a Homero es permitido deta- 
llarlo, hacer bello el horror; el efecto de la lanza en los 
negros hígados, el estertor de la garganta abierta por 
el cuchillo, el cadáver de Héctor arrastrado por el 
carro de Aquiles. Nosotros no haremos eso; el horror 
material ya no es sagrado. 

lya palabra humana tiene que ser sucesiva, y la su- 
cesión, hija del tiempo, es el atributo de la limitación, 



LA INMOLAaÓN 97 

de la impotencia. Lo infinito es simultáneo; el tiempo 
y el espacio son apariencias. 

¡Maldita sucesión de hechos! Yo no quiero narraros 
hechos, mis amigos; quiero hacer vibrar el hecho en 
vuestras almas, para que ellas vibren en él: cien com- 
bates, una lluvia de sangre bautismal, un derrumbe 
heroico, un genio airado, por fin, un dios que emerge 
de entre las ruinas, y un grito que sale de su boca, 
abierta como un cráter: Gloria victis!... Y sobre todo 
eso, Artigas a caballo, con la cabeza sobre el pecho, 
con relámpagos en los ojos, con el pensamiento en 
su visión. 

Y, del otro lado, Buenos Aires, que mira todo aque- 
llo impasible, y al par anhelante, esperando el exter- 
minio de los héroes, y lo que resuelvan las potencias 
europeas sobre nuestro destino. 

El primer choque resuena en la línea del Cuareim: 
fué un rayo de luz fugaz. El jefe portugués Queirós, 
enviado por Curado, empeña una acción, en las cer- 
canías de Santa Ana, con las avanzadas de Artigas, 
mandadas por Gatel, sobrino del héroe. El portugués 
es completamente deshecho y se repliega en derrota. 
Un momento de estupor pasa por el enemigo. En ese 
mismo tiempo, 20 y 21 de septiembre de 1816, Sotelo 
está pasando el Uruguay, frente a Yapeyú, en busca 
de Berdún. Hombres y caballos cruzan a nado el río; 
en la superficie flotan las cabezas, relinchan los ani- 
males; unos hombres se garran a sus crines, otros 
nadan arreándolos con sus gritos; gran número de 
canoas, protegidas por dos lanchas cañoneras, atra- 
viesan la corriente, cargadas de armas, pertrechos, 
hombres... Cuando se está en la mitad de la operación, 
cae Abreu con sus caballerías sobre la expedición; la 
desbarata, la acuchilla; los cadáveres flotan en las 

, \ .T. 11.-7 



9S hA EPOPEYA DE ARTIGAS 

aguas, y son llevados por la corriente. Sotelo repasa el 
Uruguay; tienta un nuevo pasaje, y de nuevo es recha- 
zado. Corre entonces por la margen opuesta, en busca 
del otro vado; logra, por fin, cruzar el río, esquivando 
un nuevo ataque del enemigo; pisa tierra oriental y, 
desistiendo de su propósito de incorporarse a Berdún, 
corre hacia el Norte con sus centauros, en busca de 
Andresito, al que encuentra en el asedio de San Borja. 
La ciudad se consideraba perdida, y el indio capi- 
tán le intima rendición inmediata. Pero Chagas, el 
defensor de la plaza, hace un último esfuerzo de re- 
sistencia. Andresito, sin pérdida de tiempo, da la 
orden de asaltar las trincheras. Es el amanecer del 
3 de octubre. Cuando va a llevarse a cabo el asalto, 
Abreu, que ha vadeado el Ibicuí, aparece por reta- 
guardia con todas sus fuerzas. Andresito se ve entre 
dos fuegos, pero no desmaya: sostiene el sitio con 
ima parte da sus tropas, y con la otra. Seo hom- 
bres, sale personalmente al encuentro de Abreu, y 
le presenta batalla, batalla campal, abierta, des- 
igual. El indio profeta lucha a zarpazos, sostiene 
indecisa la acción por largas horas; ve caer a sus hom- 
bres en torno suyo; 500 muertos y prisioneros; mira 
huir los restos en derrota; se queda casi solo... ha per- 
dido él mismo la espada... jura no usar otra hasta que 
la arrebate al enemigo... repasa el Uruguay... se sien- 
ta, con la cabeza entre las manos... piensa en Art^as. 
Es un pájaro que grazna en la soledad crepuscular 
posado en una piedra gris. Sus ensueños se desvanecen 
en el aire; sus indios son sombras vagantes en la obs- 
curidad, que florece en flores negras. No hay patria 
para los indios. 



LA INMOI/AaÓN 99 

El general Curado, al saber la derrota de Andresito, 
incorjiora las fuerzas de su vencedor a las del brea- 
dle r Mena Barre to, y ambos se lanzan sobre Berdún, 
que precede a Artigas. Lo encuentran en Ibiracoy 
(19 de octubre); Berdún es derrotado. Otro gran cho- 
rro de sangre sale del cuerpo de la patria. No contemos 
los muertos orientales, son muchos. Estos insurgen- 
tes, dice Mena Barreto en el parte de la batalla, pe- 
lean como desesperados... Berdún se va con el caballo 
jadeante; le da de beber, quitándole el freno, en terri- 
torio oriental. 

Y aparece entonces Artigas personalmente. En 
Corumbé sale al encuentro de los vencedores de An- 
dresito y de Berdún; choca con ellos en combate for- 
midable, casi en los mismos momentos (27 de octu- 
bre) en que Rivera, allá en el Sur, en India Muerta 
(19 de noviembre), se pone enfrente de la poderosa 
vanguardia de Lecor, mandada por el mariscal Pinto. 
Ivos ecos de ambas batallas, India Muerta y Corumbé. 
casi se alcanzan al través del espacio; se funden en 
un solo tumbo de multitud' son una sola batalla; 
los caballos que cargan en la una sienten en la tierra 
la vibración del galope de los que cargan en la otra; 
los muertos de ambas se ven y se reconocen, en cuan- 
to se desprenden de la tierra, al través de las colinas 
solitarias, y se abrazan en fa dantesca transparencia 
de las sombras. 

Aun no se ha extinguido en el Norte y en el Sur el 
clamor de India Muerta y Corumbé, y otro nuevo es- 
trépito de batalla suena en el centro. Es Otoigués 
que lucha con el mariscal Bernardo da Silveira, jefe 
de la vanguardia de Lecor, compuesta de 2.000 hom- 
bres y dos cañones. Otoigués quiere cerrarle el paso 
hacia Montevideo, aniquilarlo en el camino con su 



100 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

1.500 milicianos reclutados en los departamentos del 
Sur. El 6 de diciembre, en Pablo Pátz, ataca y triunfa; 
deshace la vanguardia del enemigo, y corre en seguida 
en pos de éste, que ha conseguido vadear el Cordobés; 
lo acosa de día y de noche; lo ob%a a encerrarse en 
los potreros de Casufá. En el curso de la persecución 
se le incorpora Rivera, que ha logrado rehacerse des- 
pués de derrotado en India Muerta, con una división 
de 1.200 hombres, y juntos resuelven librar una ba- 
talla decisiva en Casupá. Esta no tuvo lugar por di- 
sidencias entre ambos jefes, y SiJveira logró evadirse 
de entre sus perseguidores, cuya vanguardia coman- 
daba Lavalleja. Silveira alcanza, por fin, la incorpo- 
ración de Lecor. Y la bandera portuguesa sigue su 
marcha hacia Montevideo. 



IV 



Y con tanta lucha, mis amigos artistas, que yo pre- 
tendo en vano haceros oir en una sola palabra llena 
de substancia musical, aun no ha sonado la nota fun- 
damental, la perdurable de este combate de varios 
meses, en que se diría que los caídos en la tarde re- 
aparecen en la mañana con la aurora. Oidla, pues es 
simultánea; es Artigas que lucha de nue\o allá en 
el Norte. Ahí lo tenéis, sin el más mínimo quebranto 
en el alma fuerte. Se ha levantado ileso; reaparece 
con 4.000 hombres, surgidos no sé de dónde; tiene su 
cuartel general sobre el río Arapey, en territorio orien- 
tal, y se dispone a invadir otra vez el portugués. 

El general Curado ha refundido todas sus fuerzas 
en un poderoso ejército de 3.000 hombres y once pie- 
zas de artillería, cuyo mando toma el marqués de 



LA INMOLACIÓN lOI 

Alégrete, gobernador de Río Grande. Éste se lanza 
sobre el territorio oriental en busca de Artigas, anun- 
ciando a los orientales que entra a libertarlos. Artigas 
no espera el ataque; desprende de su cuartel general, 
en el Arapey, 3400 hombres y dos piezas, que pone 
a las órdenes de su mayor general don Andrés I^a- 
torre, y ordena a éste que ataque a Alégrete donde 
lo encuentre. Este Andrés Latorre, mis amigos, es 
un bravo, es un héroe, y apenas podemos mirarlo un 
momento con intensidad. El conjunto nos reclama, 
el viento nos arrastra. ¡El animoso Latorre! Pasa el 
Cuareim a cumplir la orden de Artigas; penetra en 
el territorio portugués, y amaga la retaguardia de 
Alégrete, a la que coloca entre sus fuerzas y el cam- 
pamento de Artigas. Alégrete concibe entonces, y 
ejecuta, un pensamiento atrevido: echa sobre I^atorre, 
hacia el Norte, un cuerpo de 500 jinetes ágiles para 
entretenerlo, y él se lanza rápidamente en dirección 
opuesta, hacia el campamento de Artigas, que es- 
pera, en el Arapey, el resultado de la operación de 
su mayor general. El jefe portugués vadea el Cua- 
reim, y en uno de sus afluentes, el Arroyo del Catalán, 
toma fuertes posiciones. Allí cerca, al sur, a una jor- 
nada de marcha, está el campamento de Artigas, sobre 
el río Arapey; allí está aquél con 400 hombres y gran 
cantidad de provisiones y pertrechos. Es el caso de ten- 
tar una sorpresa, y Alégrete destaca con ese objeto al 
coronel Abreu, con 600 hombres de infantería y ca- 
ballería y dos cañones, para que, salvando durante la 
noche el espacio que lo separa de Artigas, ataque el 
campamento de éste por sorpresa, y se repliegue in- 
mediatamente, cualquiera que sea el resultado de 
su tentativa. Un regimiento de dragones apoya la 
expedición, quedando entre el campamento de Ar- 



102 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

t^as y el de Alégrete. Era la noche del 2 de enero 
de 1817; el 1816, el año feliz, había pasado, pues. 
En la madrugada del 3, Abreu expugna el campa- 
mento silencioso, situado entre unos cerros; vadea 
el río sin ser sentido; emplaza su artillería en di- 
rección al centro del campamento, y, quedando en 
el mando de ella, ordena a algunas compañías el ata- 
que. Es Artigas personalmente el que avanza, al sen- 
tir al enemigo. Las fuerzas orientales tienen que re- 
plegarse al centro del campamento, donde, al ser des- 
cubiertas por la artillería de Abreu, son eficazmente 
cañoneadas y desmoralizadas. El desastre fué obra 
de un instante; la confusión se produjo, desatentada 
y sangrienta; ochenta hombres quedaron muertos por 
la metralla; Artigas mismo, en medio del fuego, estu- 
vo a punto de caer prisionero, cuando, sin espolear 
su caballo, procuraba dominar la confusión. No fué 
posible: la estrella del héroe daba fulgores de desola- 
ción. Todo fué incendiado, todo destruido en aquel 
campamento del Axapey. 

lyatorre, el buen Latorre, no ha visto caer en el 
vacío la estrella incendiada de su jefe; sólo se ha 
dado cuenta de la falsa maniobra de Alégrete, y ha 
repasado rápidamente el Cuareim en su busca. Va 
como el jaguar de noche entre los matorrales. Y ama- 
nece en la mañana triste: en la entrada del bosque 
del Catalán, lleno de silencios que lo miran. Y se 
prepara a la batalla; sus jinetes no han desmontado. 

Esta Batalla del Catalán es una pesadilla horrible 
en nuestro recuerdo, amigos míos. Se piensa en ella 
como en una üusión amortajada... 

¡Si allí se hubiera vencido! 

Aun está por averiguarse, a ciencia cierta, lo que 



LA INMOI,ACION I03 

pasó en ese día; pero es indudable que la visión del 
triunfo apareció en aquel campo. 

Tengo aquí, mis amigos, un discurso inédito, au- 
tógrafo, de don IVIiguel Barreiro, en que éste describe 
el que él llama terrible desastre del Catalán; es una 
primicia que os ofrezco. Ved aquí, en cambio, el parte 
oficial pasado por el marqués de Alégrete al marqués 
de Aguiar, ministro del rey don Juan VI. Podéis im- 
poneros, si os interesa, de la narración de José Moraes 
Lara, capitán del ejército portugués, que, como tes- 
tigo, escribe esa historia, 3^ de otras fuentes de infor- 
mación, que son las más corrientes. Barreiro, disin- 
tiendo de lo que hasta ahora hemos creído, nos dice: 
«Una marcha feliz, sin que fuese posible combinarla 
al efecto, condujo el grueso de nuestras tropas, sin 
ser sentido, hasta una inmediación de contacto con 
el ejército del enemigo. De éste había salido una fuer- 
te división de caballería, a sorprender nuestro cuar- 
tel general, que se hallaba a doce leguas de distancia.» 

Esta división (que es, como lo veis, la de Abreu^ 
de que hemos hablado) regresó al Catalán, según Ba- 
rreiro, y no dándose cuenta de la proximidad de nues- 
tro ejército, acampó a media legua de éste, sin anun- 
ciar a nadie su regreso. El ejército oriental dominaba 
por su posición al enemigo, entregado al sueñe. La- 
torre no sabía que Abren estaba [detrás; las bandas 
militares debían fonar el toque de aurora en medio 
del campo contrario. 

Latorre se apoderó sigilosamente, durante la noche, 
de todos los bagajes, tren y caballadas de éste, y esperó 
la mañana para intimarle rendición. Se creía con una 
gran victoria en la mano. 

El general portugués había ordenado que la mitad 
de su caballería se mantuviera sobre las armas; pero 



I04 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

la orden no fué cumplida, y sólo se colocó una guardia 
de ochenta hombres en la entrada del bosque. 

«Amaneció, continúa el narrador, y esta insignifí- 
cante guardia, al hacer la descubierta de costumbre, 
se encuentra con nuestra izquierda. Sin ver el grueso 
de nuestro ejército, por la estrechura }'• la escasa luz 
crepuscular, y creyendo que nuestra izquierda era una 
smiple partida, rompe el fuego sobre ella. l/os nuestros, 
cuya atención se concentraba toda al frente, en que 
creían tener atrapado al enemigo, al sentir aquel 
fuego lateral, juzgan que han estado en error, que nada 
tienen enfrente, sino que el portugués ocupa el bosque, 
y que son ellos, por consiguiente, los que han caído 
en la trampa. La izquierda, presa del pánico, se replie- 
ga sobre el centro, y le comunica su desorden; toda 
la masa se conmueve y sobrecoge y desorienta. 

»Fué en vano ver claramente, en aquel momento, 
a la luz del día, al ejército enemigo, que realmente 
estaba al frente, tomar precipitadamente las armas 
y formarse delante de sus tiendas, casi desnudos has- 
ta los oficiales generales: el desorden y el pánico ha- 
bían cundido en nuestras filas. 

»Una circunstancia más contribuyó a hacer impo- 
sible la reacción: la división de caballería portuguesa 
que había vuelto del Arapey, y estaba acampada a 
corta distancia, atraída por las detonaciones, apare- 
ció por el otro flanco, y cargó rápidamente. 

»A su vista, aumentada la fatal ilusión de los nues- 
tros, todo se desbanda, todo se comprime, dice Ba- 
rreiro, y, embarazados en su mismo número, empieza 
la carnicería más horrenda y la defensa más heroica 
que referirse puede.» 

En este precioso discurso, Barreiro defiende al 'O'en- 
cido del cargo de impericia o de imprudencia. <(Esta 



I, A INMOIv ACIÓN 105 

jornada, dice, nos demuestra que los sucesos humanos 
no están abandonados a la ciega aventura: en todo se 
manifiesta la mano poderosa del Altísimo. Si la ca- 
lumnia y el error se han cebado en esa desgracia, 
desechemos sus funestas sugestiones, y no amargue- 
mos, con una credulidad ligera, la ya demasiado 
triste suerte de las ilustres víctimas del más acendra- 
do patriotismo. No, no fué la mala dirección, no la 
impericia quien hizo funesto aquel solemne día... 
«Iva relación de esta horrible derrota habéis visto que 
nada presenta debido al cálculo de los hombres. Si se 
descubren yerros, es en una y otra parte, y el triunfo 
de los enemigos fué debido a sus mismas faltas...» 

No es así como nos presenta la batalla el parte ofi- 
cial del marqués de Alégrete. Éste la describe como 
pudiera describirse la acción de Austerlitz. Dice que 
colocó su ala izquierda de caballería apoyada en el 
Catalán y en tres piezas de artillería; el centro estaba 
compuesto de dos tercios de infantería y dos cañones; 
un regimiento de dragones y un escuadrón de caba- 
llería formaban el ala derecha; cuatro obuses y dos 
destacamentos de infantería, protegidos por más ca- 
ballería, ocupaban la retaguardia, y guardaban los 
pasos del río; en la extrema derecha estaba Abren, 
con sus caballerías y dos piezas, etc., etc. Al frente 
de todo eso figuraban los más expertos militares del 
reino: los generales don Joaquín Curado, célebre por 
sus crueldades, y don Joaquín de Oliveira Álvarez; 
el brigadier don Juan de Dios Mena Barreto; el co- 
ronel Bentos Correa de Cámara; el coronel Abren; 
el marqués de Alégrete, por fin, rodeado de un largo 
Estado Mayor. 

Sobre todo eso se lanzó personalmente Latorre, 
a la cabeza de sus milicias, casi inermes y desnudas; 



106 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

él llevó el ataque desesperado sobre el centro portu- 
gués. Latorre, si bien era un militar, no era un téc- 
nico de la preparación científica de sus enemigos-; 
pero era un hombre que defendía a su madre. Para 
damos cuenta de lo que hizo el heroísmo en esa ba- 
talla, cualquiera que haya sido su plan y desarrollo-, 
bástenos saber que ella se sostuvo el día entero, y 
que, según lo afirma, entre otros, el capitán portugués 
Moraes Lara, el éxito estuvo indeciso por largas ho- 
ras y vacilante la victoria. 

Determinada ésta en favor de Alégrete, los restos 
de nuestro ejército lograron reunirse en un extremo 
del monte, y allí, acorralados por las fuerzas diez ve- 
ces superiores, recibieron la intimación de rendirse. 

No fué posible. Una nueva y suprema batalla se 
libró allí, en aquel bosque SE^rado. No fué batalla: 
fué una ejecución a cañonazos. ¡Hora clamorosa! Las 
descargas portuguesas sonaban sin interrupción, y 
sólo eran contestadas por interjecciones de rabia 
los pocos fusiles patriotas ya no tenían voz. De re- 
pente, salían de entre los árboles, como fieras de 
su guarida, diez, veinte jinetes casi desnudos, que 
cargaban dando alaridos, 3^ caían sobre las bayone- 
tas enemigas. Y nadie se rendía. Y nadie se rindió. 
Hasta que en aquel bosque quedó sólo el silencio; 
Porque los que habían vivido callaban para siempre, 

¡Hora postrera del Catalán! ¡I^a Guardia Vieja de 
los Gauchos sin historia! 

El marqués de Alégrete, que llama a esa batalla 
«la primera en los fastos militares del Brasil», puso su 
triunfo, con todos sus trofeos, en manos de su rey. 
Su parte al marqués de Aguiar, ministro de la Guerra,, 
termina así: «Quiera V. E. besar en mi nombre la mano» 



i;,A iNMoi^AaoN 107 

augusta de Su Majestad; sólo me lamento de no estar 
a sus pies, cuando tengo la honra incomparable de 
exponer mi vida en su servicio.» 

lyos trofeos que presentaba el vencedor no eran sun- 
tuosos: los dos únicos cañones que tenían los vencidos 
para oponer a sus numerosas baterías, seis cajas de 
guerra, una bandera tricolor, que el mismo Alégrete 
casi no se atreve a presentar, por los motes injuriosos 
contra el enemigo y su rey que en ella iban escritos, 
según lo dice en su parte. Pero, en cambio, la sangre 
oriental que baña el ara portuguesa es copiosa: nove- 
cientos muertos dice Alégrete que quedaron en el cam- 
po. Yo no sé si es e:xacta la cifra, pero debe serlo; otros 
la dan mayor. Sólo muriendo, y muriendo sin cesar, 
han podido sostener indeciso, durante un día entero^ 
ese inverosímil combate, aquellos hombres casi des- 
nudos y desarmados. ¿Qué habían de hacer sino 
morir? 

Hay historiadores que, con gran copia de tecnicis- 
mos, hacen la crítica militar de esos combates, y mo- 
tejan de incompetentes a Artigas en Corumbé, a Ri- 
vera en India Muerta, a I^atorre en el Catalán, porque 
sus planes de batalla no se ajustaron a las reglas. 
Aquí faltaba un cuadro, dicen; allí una reserva; la 
artillería no debió emplazarse así, etc., etc. Conven- 
gamos en que esos críticos no pasan de la categoría 
de retóricos inflados. ¡El plan de batalla de Corumbé, 
o de India Muerta, o del Catalán! Es el mismo, oh 
sabios de la estrategia libresca, es el mismo que, dentro 
de algunos años, servirá a Rivera y a Lavalleja para 
triunfar en el Rincón y en Sarandí, y para reconquis- 
tar las Misiones Orientales. En unas se triunfó y en 
otras no; eso fué todo. Pero en ambos casos no hubo, 
ni podía haber, más táctica que la del heroísmo ho- 



lo8 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

mélico, sin más recurso que el de saber morir. La des- 
igualdad de aquella lucha salta a los ojos y los sal- 
pica de sangre. 



V 



Trescientos muertos en San Borja, doscientos en 
Ibiracoy, doscientos cincuenta en Corumbé, mil en 
el Arapey y el Catalán... ¡Es mucha sangre oriental 
la que está corriendo, mis amigos! ¿Nadie la siente 
gotear con algún noble sentimiento, en la obscuridad 
de aquella noche? ¿Ni siquiera el hermano occidental? 

Tendríamos que renegar de la raza, si esa indife- 
rencia hubiera existido. Esa lluvia de sangre podía 
sonar, como rumor grato, en los cristales de los que, 
en Buenos Aires, esperaban ansiosos la consumación 
de la conquista portuguesa con el exterminio de Ar- 
tigas; pero el pueblo argentino, el pueblo hermano, 
todo él, sentía que aquel chorro de sar^re americana 
salía de sus propias arterias. Y sufría, rugía, se sentía 
heroico en los orientales, en cuyas filas figuraban nu- 
merosos combatientes de las provincias. Las hazañas 
de esos orientales llegaban a sus oídos, como un cuen- 
to fantástico de gloria; la pasión popular daba mayor 
relieve a esas proezas, y sugería a Bland, el comisio- 
nado de Estados Unidos, su informe oficial, que 
conoceréis oportunamente. Dice en éste que: «los gau- 
chos de Montevideo son los más formidables guerri- 
lleros que jamás han existido; que los hechos que de 
ellos se relatan exceden a lo que se cuenta de los es- 
citas, de los partos o de los cosacos del Don». 

El pueblo argentino, el occidental, bien sabía que 
■él estaba tan amenazado como el oriental por la in- 



I, A INMOI* ACIÓN 109 

vasión portuguesa, y que el portugués no se limitaría, 
como lo afirmaba, a destruir a Artigas y a dominar 
la Provincia Oriental, a título de que ésta se había 
declarado independiente de las demás. 

Eso 3^a no era una simple presunción, por otra 
parte: el ejército portugués había violado el territo- 
rio occidental, salvando la frontera del Uruguay; 
su invasión había llegado hasta el mismo río Paraná, 
y hubiera salvado éste, si hubiera sido necesario, 
hasta los Andes, hasta darse la mano con España, que 
venía del Perú. Y no por eso el Directorio de Buenos 
Aires se había sentido herido en carne propia, ni creí- 
do en el caso de declarar la guerra al portugués, ni 
mucho menos. Esa invasión al territorio occidental 
había sido algo más que una violación del territorio 
de las llamadas Provincias Unidas; nada más vandá- 
lico que esa bárbara irrupción. 

El capitán general de Río Grande, para evitar que 
Andresito se rehiciera después dt sus desastres, or- 
denó al brigadier Chagas que, con mil hombres y 
cinco cañones, pasase el Uruguay, y talase el terri- 
torio occidental, trayéndose su población para re- 
partirla, como un rebaño, en las Misiones Orientales 
portuguesas. Chagas llenó su cometido a maravilla, 
os lo aseguro; perfectamente bien. Cruzó el río el 17 
de enero de 181 7; se apoderó del pueblo de La Cruz 
abandonado; hizo destruir el de Itapeyú; saqueó e 
incendió Santo Tomé; arrasó los pueblos de San José, 
Apóstoles, Mártires y San Carlos; Cofwepción y Santa 
María la Mayor fueron arruinadas; San Francisco 
Javier quedó destrm'do. La caballería de Chagas avan- 
zó, por íin, hasta la costa del Paraná, hasta la pobla- 
ción de Loreto, que fué saqueada y destruida. 

Yo no os he de narrar los horrores que allí se vie- 



no I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

ron. Un escritor brasilero, actor en esos he chos, dice 
^ue «vióse a un teniente Luis Mairá estrangular a más 
de un niño, y jactarse de ello; vióse la inmoralidad, el 
sacrilegio, el robo y el estupro en auge; vióse, por 
iin, la religión católica ofendida por todos lados». 
Un templo ardía; el cura se echa a los pies del coman- 
dante, diciéndole que no podrá sobrevivir a la ruina 
de su iglesia. «Pues métase pronto en ella, le contesta 
el incendiario, y quémese con ella...» 

El 13 de febrero comunicaba Chagas sus triunfos 
al marqués de Alégrete. «Destruidos y saqueados los 
siete pueblos de la margen occidental del Uruguay, 
le decía; saqueados solamente los pueblos de Após- 
toles, San José y San Carlos, dejando arrasados to- 
dos los campos adyacentes a los mismos pueblos, en 
un espacio de cincuenta leguas.» En otras comunica- 
ciones, computa en 80 arrobas de plata lo arrebatado 
a las iglesias, además de los muchos y ricos ornamen- 
tos, campanas, etc. El número de enemigos muertos 
era de 3.910; los prisioneros, 360... Desde la época de 
la conquista, dice Mitre, la historia no presenta ejem- 
plo de una invasión más bárbara que ésta. Desde 
entonces las Misiones Occidentales, las que fundaron 
y doctrinaron los jesuítas españoles, son un desierto 
poblado de ruinas. Y aquellas tierras habían sido 
fértiles y hermosas; los viejos, las mujeres, los ni- 
ños, que vagan sobrecogidos por los campos, habían 
sido felices. 

Esos eran los que, aliados a Buenos Aires, venían 
sólo a libertar a los pueblos de la tiranía del bárbaro 
oriental. 

El portugués había, pues, cruzado el río Uruguay; 
lo salvaba cuando quería; no había fronteras que 



I. A INMOI, ACIÓN III 

lo detuvieran, si ya no era la espada de Artigas, 
Pero no era ésa la causa principal de la atracción 
del pueblo argentino hacia el oriental: lo arrastraba 
el solo espectáculo de su heroísmo y la convicción 
instintiva de que, en esa guerra contra Portugal, más 
aun que en la que libraba San Martín contra España 
en el otro extremo, se estaba defendiendo la indepen- 
dencia de América, y, sobre todo, el principio repu- 
blicano que San Martín no defendía. Artigas aparecía 
gigantesco; el pueblo oriental cobraba formas propias, 
inconfundibles, y era mirado, desde el otro lado del 
río, como una raza elegida, forjada en fragua y con 
martillos extraordinarios. Mitre se ha encontrado, 
al escribir su historia, con esa impresión de sus com- 
patriotas sobre Artigas y su pueblo, y la refleja hon- 
radamente en las mismas páginas en que denigra al 
héroe. Éste es bárbaro para él, es repulsivo; pero el 
pueblo que vive de su vida y lo sigue como a un dios, 
es admirable. «A pesar de tantos y tan severos reve- 
ses, dice, los orientales no desmayaban en su heroico 
empeño. Defendían su suelo patrio y su independen- 
cia, contra la agresión injusta de un poder extraño que, 
tomando por pretexto la anarquía del limítrofe, sólo 
era movido por su ambición 3^ su codicia. Solos, mal 
jnandados, mal tratados, mal organizados, casi sin 
armas y desprovistos de todo, se mostraban, empero, 
dispuestos a hacer el último esfuerzo... Jamás causa 
más sagrada fué sostenida por soldados más llenos de 
abnegación.» «Artigas, acaudillando esta valerosa re- 
sistencia, se hubiese levantado ante la historia, si hu- 
biese poseído algunas de las cualidades del patriota, 
del guerrero.» 

No se ha levantado, efectivamente, en la historia 
de Belgrano o de San Martín, escritas por Mitre; pero 



112 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

veréis cómo se levanta en la de Washington, escrita 
mucho más lejos 3- a mayor distancia, y cómo aca- 
bará por convertirse en un mito o misterio, en el 
concepto del mismo Mitre. 

¡Los soldados llenos de abnegación! 

Era en esa época, sin embargo, cuando Pueyrredón 
escribía a San Martín: «Artigas ha sido completamen- 
te derrotado por los portugueses, y se ha refugiada 
en los bosques con algunos facinerosos.'» 

¡Oh, los pobres facinerosos que morían por Amé- 
rica! 



VI 



La ira del pueblo argentino, ante la impasibilidad 
con que los gobernantes de Buenos Aires seguían el 
curso de la inmolación del pueblo hermano, hace a 
aquél participante de la gloría de éste. Desde Buenos 
Aires hasta Mendoza, rugía siniestro y vei^ador; gri- 
taba a la complicidad, a la traición; se vigorizaba 
en el odio al predominio central; ahondaba las raíces 
de la futura organización federal. El director Puey- 
rredón sentía el rugido, y tenía noches de insomnio. 

En vano recurrió a las persecuciones y los ostra- 
cismos contra los que, como recurso político de opo- 
sición, querían revelar aquellos secretos que la Gaceta 
de Buenos Aires ocultaba. Ni ima palabra dice ésta 
de los sucesos de la Banda Oriental. Uno la lee hoy 
con interés, entrega por. entrega, y ve en ella el reflejo 
delator de la inicua conspiración contra el pueblo. 
Ni una palabra se le dice de estos sucesos: ni de las 
gestiones en Río Janeiro, ni de la invasión portu- 
guesa, ni de la existencia de Artigas, ni de los chorros 



I,A INMOI,ACIÓN 113 

de sangre argentina que están corriendo. Pueyrredón 
y el gobierno no saben nada de esto hasta el 1.° de 
diciembre de 1816, en que aquél hace saber al pue- 
blo, por fin, con grande indignación, que los portu- 
gueses han violado el sagrado territorio de la patria. 
Algunos días después entrarán triunfantes en Monte- 
video. Fué entonces cuando Pueyrredón desterró a 
Dorrego, y Moreno, y Pazos, y Chiclana, y al gene- 
ral French, ya los coroneles orientales Pagóla y Val- 
denegro. El grito de las muchedumbres no se aca- 
llaba, y el pueblo oriental, núcleo de esa resistencia, 
y que debía estar ya postrado para siempre, no se 
resolvía a morir para dejar en paz a Buenos Aires, 
y dejar el paso libre al esperado rey. No está muerto 
aún. ¿Es que tendrá realmente algo de inmortal? 

Y ese Artigas, ese bárbaro de Art^as, en vez de 
darse por vencido y someterse a su suerte, se aguan- 
taba en la derrota, se presentaba altivo como nunca, 
y como nunca señor de su pensamiento. 

Pueyrredón, ocultando lo que hoy todos conoce- 
mos, le ha estado haciendo las protestas más expre- 
sivas de cordial amistad; le ha llamado ilustre general, 
\' hasta le ha dado explicaciones sobre una agresión 
llevada a Santa Fe por el ejército de línea, que comete 
aUí depredaciones inauditas de que más adelante ha- 
blaremos. Pero lo abandona a su suerte; lo ve desan- 
grarse sin una queja; oye impasible, y sin moverse, 
sus reiterados e imperiosos pedidos de declaración 
de guerra al invasor extranjero, de recursos bélicos 
para rechazar al enemigo común. Artigas pide sólo 
recursos, armas, pólvora, balas... nada más. Sólo con- 
sigue simulacros de amistad, como él, valga su propia 
frase, decía. 

Al caer en Corumbé, convencido ya plenamente 

T.'ii.-8 



114 ^-^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

de la complicidad de Buenos Aires con el invasor, 
que hoy nosotros conocemos ampliamente, quiere 
demostrar su vitalidad intacta en el desastre, y lanza 
al rostro de ese enemigo el anatema de su pueblo, 
declarando abiertamente la guerra a Buenos Aires, 
cerrando los puertos orientales a toda procedencia de 
esa banda y embargando sus buques. Parece que ese 
hombre, como el Anteo del mito antiguo, ha tocado, 
al caer, vma vez más la tierra, su madre divina, y 
se ha alzado con vma nueva convulsión de locura 
heroica. Azuza a sus enemigos, a todos sus enemigos; 
y, con los ojos luminosos 5^ la boca llena de estriden- 
tes cóleras, extiende hacia ellos el brazo crispado, en 
actitud de imprecación vengadora. «No puedo perma- 
necer indiferente, escribe al Cabildo de Montevideo, 
ante la conducta criminal y reprensible de Buenos 
Aires; he mandado cerrar los puertos y cortar toda 
comunicación con aquella banda. Si esta medida no 
penetra a aquel gobierno de nuestra indignación, yo 
protesto no omitir diligencia a^una hasta mani- 
festar al mundo mi constancia y la iniquidad con que 
se propende a nuestro aniquilamiento. Buenos Aires 
debe franquearnos los auxiHos a que siempre se ha 
negado, o Buenos Aires será el último blanco de nues- 
tro furor.» 



VII 



Y sin embargo, parece que Pueyrredón no se ha 
convencido todavía de que es imposible, absoluta- 
mente imposible, engañar, y mucho menos reducir, 
a ese rojo arcángel, poseído de la visión del por\^enir; 
aun cree que puede encontrarse algún recurso diplo- 



I, A INMOLACIÓN II5 

mático que le permita remover ese obstáculo, que se 
opone a la consecución de sus planes monárquicos. 
Paradlo pone en juego dos expedientes, de una doblez 
ingenua como la de un niño: a fin de calmar la ira del 
pueblo argentino, qtie, aunque sólo entreviendo o sos- 
pechando las gestiones diplomáticas secretas, le llama 
traidor por su inacción ante el sacrificio de los orien- 
tales, em-ía un embajador, el coronel don Nicolás de 
Vedia, a interpelar al general portugués, que se dirige 
vencedor a Montevideo, sobre las intenciones que lo 
han traído al Río de la Plata con su ejército, e inti- 
marle que se retire. Y, para aniquilar la resistencia 
de Artigas, se dirige a Barreiro, gobernador de Mon- 
tevideo, y lo estimula a arreglarse con Buenos Aires, 
su hermano leal; a someterse a él, vista la notoria 
imposibilidad en que está Montevideo de resistir por 
sí solo al ejército y*'a la escuadra portugueses, que 
van a caer sobre la plaza indefensa. 

Como lo comprenderéis, mis amigos, ninguno de 
esos recursos tem'a la más mínima realidad intrínseca: 
ni había intención de declarar la guerra a Portugal, 
cualquiera que fuese la contestación del general inva- 
sor, ni existía el propósito, por consiguiente, de re- 
conocer la personalidad del hermano oriental, cuales- 
quiera que fuesen las gestiones que iniciara Barreiro. 
Eso lo sabéis hoy vosotros perfectamente, pues cono- 
céis los antecedentes de la invasión portuguesa, y 
los propósitos, que jamás aceptará Artigas, del Di- 
rectorio de Buenos Aires. 

El simulacro de embajada del señor Vedia se rea- 
lizó, sin embargo, con la mayor formalidad. Este 
fué en busca del general lyccor, barón de la I^aguna, 
que se hallaba en Maldonado, el 19 de noviembre de 
1816; precisamente el día de la batalla de India Muerta, 



116 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

algunos días después de Corumhé. Eran los momentos 
en que más corría la sangre oriental, y en que el bri- 
gadier Chagas preparaba su espantosa irrupción de 
exterminio .1 territorio occidental. El barón de la 
Laguna, que tenía como secretario y consultor y con- 
ductor a don Nicolás de Herrera, antiguo ministro 
de Alvear, como sabemos, y coautor con García, el 
agente de Buenos Aires, de la invasión portuguesa, 
recibió al señor Vedia como si fuese otro vizconde o 
barón, o muy poco menos. Ese barón de la Laguna 
era un hombre de facultades quizá algo menos de 
mediocres; más bien menos que más; pero, eso sí, era 
un gran señor, como Pueyrredón; casi un príncipe,, 
un verdadero príncipe; tenía alabarderos, y trompas,. 
y banda de chirimías; no como Artigas, que no tenía 
nada de eso. Lecor, que, poco después, contrajo matri- 
monio con una hermosa prima de su secretario, don 
Nicolás Herrera, era cortesano, galante cdn las damas, 
muy acicalado en el vestir; y era olímpico en el mirar. 
Una suntuosa persona. Salió al encuentro de Vedia, 
desde su magnífica tienda de campaña, rodeado de 
su Estado Mayor; le hizo fastuosos honores; se toca- 
fon músicas, se formaron soldados, etc., etc. Fué un 
bonito espectáculo marcial. 

Es bueno no olvidar un detalle auténtico entre 
otros: al entregar Vedia el pliego de Pueyrredón, 
Le cor se puso de pie para recibirlo, y de pie lo lej'ó,. 
como abrumado ante tanta grandeza. 

Pero dijo al señor Vedia, palabra más, palabra 
menos: 

«Me pregunta usted, en nombre de Buenos Aires, qué 
es lo que vengo a hacer por estas tierras, con estos 
soldados; y, en esa misma representación, me intima us- 
ted que me retire de aquí. Oh, señor mío, yo me sien- 



I^A INMOI^AaÓN 117 

to desolado, al tener que contestar a usted que nada 
está más lejos de mi intención que el complacer a 
usted en eso de retirarme de aquí, ni en nada que se 
le parezca. En primer lugar, yo soy un simple ejecu- 
tor, y sólo obedezco a quien me envía, a mi augusto 
dueño y señor; pero puede usted decir a Buenos Aires, 
porque yo se lo aseguro, que nada tiene que temer 
de mí; yo no tengo ninguna mala intención para con 
Buenos Aires, que me es muy simpático; todo lo 
contrario. Vengo sólo a combatir a Artigas, su ene- 
migo y el mío, que es un bárbaro, incapaz de dere- 
clios; en eso estamos perfectamente conformes... ¿no 
es Verdad? Vengo, por ahora, en busca sólo de esta 
Banda Oriental, que está tiranizada por aquel bár- 
baro; vengo a redimirla.» «/gnoro si después pasaré 
a ocupar la provincia de Entrerríos, agregó; pero tengo 
orden de guardar con Buenos Aires la más perfecta 
neutralidad. El re}', mi amo, se ha resuelto a enviar 
sus tropas para recobrar lo que ya en otros tiempos Po- 
seyó con justos títulos, y que la Corona de Castilla le 
arrancó con violencia.» 

«Para tomar lo que a uno le pertenece, no es nece- 
sario pedir el beneplácito de nadie. Y como, por otra 
parte, esta Provincia Oriental se ha declarado inde- 
pendiente de Buenos Aires, y del mundo entero, nada 
hallo más razonable que quedarme con ella, en nom- 
bre del rey mi amo, y nada menos oportuno que la 
intromisión de Buenos Aires en este asunto, que no 
le va ni le viene.» 

El señor Lecor dijo algo más al señor Vedia. I^e 
mostró las fuerzas de que disponía, le dio resumen 
escrito y bien detallado de ellas, para que lo llevara 
a Buenos Aires, y le aconsejó que procurara contener 
a su gobierno y moderar su animosidad, porque, de 



II 8 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

lo contrario, bloquearía el Río de la Plata, y llevaría 
la guerra a la Banda Occidental. En cambio, si Buenos 
Aires procedía juiciosamente, quizá la independen- 
cia de las Provincias Unidas sería reconocida por Por- 
tugal. Y, de todos modos, dijo, Buenos Aires se verá 
libre de Artigas, de quien nada bueno debe esperar. 

¡Oh, esas conferencias de I^ecor y Vedia, mientras 
San Z\Iartín libraba la batalla de Chacabuco, y Arti- 
gas sostenía su heroica resistencia!— ¿No le parece a 
usted, dijo Le cor a Vedia en una de sus conversacio- 
nes, que la grandiosa bahía de Río Janeiro es la puer- 
ta del Imperio Sudamericano, cuyos límites están 
trazados, por la naturaleza, en los magníficos ríos 
Amazonas y Plata? Ustedes deben comprender que 
sería una locura, en una nación pequeña, como Por- 
tugal, extenderse más allá. 

El señor Vedia, que verbalmente había revelado 
a I^ecor los entretelones de su misión, manifestán- 
dole que sus protestas ostensibles no tenían más ob- 
jeto que hacer creer al país que se protestaba, fué 
embarcado, con demoras calculadas, en Maldonado, 
y s-¿ retiró con grandes honores, al son de musicales 
trompas y chirimías. 

Y el señor vizconde, con su formidable ejército de 
ocho mil hombres y su escuadra, continuó impasible 
su marcha hacia Montevideo, guarnecido por seis- 
cientos soldados. Quería llegar a Montevideo antes 
que \'edia a Buenos Aires, si fuera posible. 

Y se apoderó de Montevideo indefenso un mes 
después. 

Convengamos, mis buenos amigos, en que ese si- 
mulacro de Vedia fué sarcástico e impío; pero fué 
también humillante. 

¿Xo sabía el Directoiio de Buenos Aires a qué y 



I,A INMOI^AaON Iig 

por qué había venido ese ejército traído de Portugal, 
y cuya partida había anunciado con júbilo el señor 
García al Directorio, y al ministro Tagle, y a la lyO- 
gia I^autaro, y al Congreso de Tucumán, y a todos 
los demás iniciados? ¿No continúa el señor García, 
acreditado por Pueyrredón, en Río Janeiro, ante el 
rey invasor, aun después de violadas todas las fron- 
teras argentinas? ¿Y no está Rivadavia en Europa, 
junto a las otras cortes de la Santa Alianza? 

Nosotros, que sabemos todo eso y mucho más, po- 
dríamos reimos de la misión de Vedia, si en esas horas 
no estuvieran muriendo tantos hombres orientales 
a manos de Portugal, en las batallas homéricas por 
la independencia americana, por el alma de Mayo 
de 1810. No: yo os confieso francamente, mis buenos 
amigos, que no puedo reírme en este momento; esos 
facinerosos, como llamaba Pue\'rredón a los hom- 
bres desnudos que morían, eran mis hermanos, los 
príncipes, la sangre real de mi patria, la verdadera 
sangre real... 

¡Oh, mis augustos malhechores! ¡Padre Artigas! No, 
no puedo reirme. Lo que yo experimento es algo que 
no se compadece con la risa... ¡Cómo desagraviaros, 
oh, los benditos facinerosos de mi tierra! 



VIII 

Pero si amarga fué la misión de Vedia, no lo fué 
menos la que, estimulada por Pueyrredón y auto- 
rizada por Art^as, envió a Buenos Aires, pocos días 
después, el 6 de diciembre de 1816, el gobernador 
Barreiro, en busca de alianza o protección, o, cuando 
menos, de recursos para defender la plaza. 



I20 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Imaginaos, mis amigos, la índole y la situación de 
la ciudad de Montevideo, al aproximarse I^ecor a sus 
murallas. Es una plaza indefensa; no hace dos años, el 
otro conquistador, el otro enemigo de Artigas, Alvear, 
al verse obligado a entregar la ciudad a sus dueños, 
después del Guayabo, no lo hizo sin llevarse todo cuan- 
to elemento bélico le fué posible arrebatar: cañones, 
fusiles, pólvora; todo eso enriqueció a Buenos Aires, 
como decía el director Posadas; su simple devolución 
era lo que Artigas reclamaba. Bien recordáis la catás- 
trofe que se produjo, al pasar a la otra banda hasta 
el último grano de pólvora que había en los polvorines. 

Recibida así la i:)laza por los orientales, éstos han 
hecho todo lo posible por habilitarla. Ya os he descri- 
to el entusiasmo con que los patriotas, en esos años 
1815 y 1816, organizaban milicias ciudadanas, que 
armaban y uniformaban con recursos populares; los 
jóvenes de mejor posición mandaban y sostenían de 
su propio peculio esas milicias; las damas cosían las 
banderas tricolores y bordaban los escudos de los 
morriones y ostentaban en el pecho la escarapela 
de Artigas. Este, allá en el Norte, en la que hemos 
llamado verdadera capital de la República recién 
nacida, hacía lo imposible por conseguir recursos bé- 
licos, que en vano reclamaba a gritos de Buenos Aires: 
obtenía algunas docenas de fusiles de acá, un centenar 
de sables ds allá, un cañón del otro lado; vendía cue- 
ros a los comerciantes ingleses para comprar fusiles; 
enastaba hierros de lanzas o componía armas casi 
inser\dbles en su maestranza primitiva de Purifica- 
ción; hacía fabricar pólvora. 

Todo eso que se iniciaba en Montevideo fué inte- 
rrumpido por la invasión portuguesa, que cayó sobre 
el país cuando éste comenzaba a vivir. 



IvA INMOI^AÜON 121 

Pero lo que constituía la debilidad de esa plaza, 
más aun que su carencia de elementos bélicos mate- 
riales, era la naturaleza de su población. 

La nación autóctona, la incontaminada, está con 
Artigas, que es el centro de toda vida, la capital am- 
bulante de la patria; a ésa podrán exigírsele los sacri- 
ficios heroicos; ésa es la que, allá en el Norte, lo arra- 
sará todo antes de rendirse; la del éxodo, la de 
Guayabo. 

Pero la ciudad de Montevideo no ha podido trans- 
formarse en dos años de dominio patrio; es todavía 
la ciudad colonial hispáiñca. Los españoles, monár- 
quicos empecinados, que constituyen la base social, 
y son dueños del comercio y de la fortuna, no han de 
luchar, ni mucho menos, en favor de los orientales, 
contra el monarca portugués, aliado natural de España, 
y que bien puede ser el restaurador del dominio es- 
pañol. Entre los mismos orientales existe esa gran 
masa de gente conservadora que anhela la paz y el 
bienestar relativo, y que está muy cansada de una gue- 
rra cuyo objeto no distingue bien, y cuyo término 
no ve. Esa gente no está dispuesta al sacrifício; sólo 
espera los acontecimientos para adaptarse a ellos. 
Ése es el tipo corriente y bien estudiado en la his- 
toria universal: el afrancesado que, en Madrid, esperaba 
a Napoleón, y, en París, aguardaba y recibía a los alia- 
dos vencedores; el que, en todas partes del orbe terrá- 
queo, ha hecho otro tanto, y ha ser\ádo y servirá 
siempre de base para organizar las conquistas y los 
•despotismos. Bien sabemos que esos hombres nada 
representan en tales casos: son el hombre corriente, 
ni más ni menos; el Sancho Panza escudero; son la 
prudencia humana, la lógica, la negación de lo impo- 
sible heroico. 



122 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Por eso Artigas no hizo jamás de Montevideo su 
baluarte; ni siquiera penetró dentro de sus murallas, 
desde el momento en que las abandonó para iniciar 
su empresa. 

lya patria, es decir, el grande espíritu inmanente, 
el del andante Artigas, está también en Montevideo, 
sin duda alguna, y allí domina y gobierna; está re- 
presentado, no sólo en el ilustre Barreiro y en el in- 
tegérrimo Joaquín Suárez, a quienes ote de ceñios seis- 
cientos u ochocientos soldados de la guarnición, 
mandados por Bauza, Oribe, Ramos, etc., sino en 
muchos ciudadanos que se sienten poseídos de la in- 
quietud heroica, y que pueden ser héroes, si el ambien- 
te los enciende. Pero ese elemento, para imponerse 
adentro y luchar afuera, necesita armas, recursos, 
refuerzos en la base de soldados de fila; los quiere, 
los reclama, porque está dispuesto a defender la ciu- 
dad hasta el último extremo. Y con ese objeto, Ba- 
rreiro, estimulado por Pueyrredón, envía una misión 
compuesta de dos miembros del Cabildo, don Juan 
José Duran y don Juan Francisco Giró, a tratar con 
aquél, con plenos poderes. 

Esa es la misión, amigos míos, que os he califica- 
do de más triste aún que la de Vedia. 

Un tratado parecido al que ella celebró es el 
narrado por el Libro Santo, y concluido entre 
aquel Esaú, diestro en caza, hombre de campo, y 
Jacob, su hermano, varón sencillo, que habitaba en 
tiendas: 

«Y Jacob coció un potaje; y habiéndose llegado a 
él Esaú, que volvía cansado del campo, 

»Dijo: Dame de eso rojo que has cocido, pues en 
gran manera estoy fatigado. 

» Jacob le itjspondió: Véndeme tu primogenitura. 



I,A INMOI^ACION 123 

»E1 respondió: Ves que me estoy muriendo. ¿De 
qué me sirve mi primogenitura? 

» Jacob dijo: Pues júramelo. Esaú lo juró, y ven- 
dióle su primogenitura. 

»Y habiendo tomado pan, y el plato de lentejas, 
comió, y bebió, y se fué; haciendo poco aprecio de ha- 
ber Vendido la primogenitura.» 

Bueno será recordar que esa primogenitura, que 
cambia Esaú por el plato de comida roja, no era sólo 
la doble parte en la sucesión del padre, que corres- 
pondía al primogénito, ni la autoridad casi paterna 
sobre los hermanos, ni el círgo de sacrificador anexo 
a ella. Era más que todo eso, incomparablemente 
más: del linaje del primogénito debía nacer el Mesías, 
lyibertador de Israel. 

Y ahora, pasemos a nuestra embajada. 

Pueyrredón recibió a Duran y Giró con grande 
agasajo. Al mismo tiempo, sostenía una correspon- 
dencia asidua con Barreiro, y enviaba otra embajada, 
que estudiaremos, a la provincia de Santa Fe, para 
arrebatársela a Artigas. A todos prometía auxilios, 
pero... a condición de que previamente se enajenara 
la primogenitura. Que el Estado Oriental renuncie 
a toda autonomía; que se incorpore a la nación, y se 
refunda en ella; que reconozca sus autoridades; que 
se les someta en absoluto; que, renegando de esa ban- 
dera tricolor, a cuya sombra han muerto y siguen 
muriendo sus héroes, enarbole la bicolor occidental, 
que aun espera los jeroglíficos que digan lo que ella 
significa. Así el Brasil, que invoca como pretexto de 
su invasión el hecho de haberse la Banda Oriental 
declarado independiente, carecerá de pretexto. En- 
tonces... ¿entonces qué? Entonces se auxiliaría pronta 



124 I<A. EPOPEYA DE ARTIGAS 

y vigorosamente a Montevideo, decía Pueyrredón; el 
mismo general Artigas conservará su carácter y pri- 
macía; será el Jefe de los Orientales; «quedará con 
la autoridad que ejerce». 

Todo eso, como lo sabéis perfectamente, no era 
verdad; era mentira, simulacro, viento de palabras. 

«Iva verdad, dice Mitre, es que el Director en lo 
que menos pensaba era en comprometer una guerra 
nacional con un aliado tan inhábil en lo militar y 
tan peligroso en lo político como Artigas, y que se 
felicitaba de sus derrotas, como de las de un enemi- 
go de todo el mundo, como, en efecto, lo era. Así es- 
cribía al mismo tiempo al general San Martín: «I,os 
portugueses consiguen ventajas en todas partes sobre 
Artigas, 3' este goiio infernal acaba de embargar to- 
dos los buques de esta banda y cerrar todos sus puer- 
tos, a pretexto de que no tomamos parte en su guerra. 
Yo también he cerrado nuestros puertos, y voy a 
reunir las corporaciones, con arreglo al Estatuto, 
para deliberar. Es una crueldad comprometer uno 
su crédito a la opinión ajena.» 

Pero en esos mismos momentos, el día en que Du- 
ran y Giró llegan a Buenos Aires, recibe Pueyrredón 
la orgullosa y sangrienta contestación de I^ecor, de 
que Vedia es intérprete. Los portugueses se queda- 
rán con la Banda Oriental, y pasarán a Entrerríos, 
si les conviene. Pueyrredón no pudo menos de sentir 
aquella bofetada; en el fondo de su alma existía 
un caballero. La idea de que era preciso declarar 
la guerra a Portugal pasó acaso por su cabeza. ¿Podía 
hacerse otra cosa, ante aquellas amenazas y sarcasmos? 

Convocó entonces, en ausencia del Congreso, que 
funcionaba aún en Tucumán, a las corporaciones. 
Cabildo, Cámara de Policía, Gobernador y Cabildo 



I,A INMOI.ACIÓN 125 

Eclesiástico, Tribunales, Jefes de Cuerpos, Secreta- 
rios de Estado, etc., y, exponiéndoles la situación 
de las cosas, y mostrándoles lo que decía Lecor, las 
consultó sobre si debía declararse la guerra al Brasil. 

No, no y no, le fué contestado casi unánimemente, 
y sin vacilación; no debe declararse la guerra. Que se 
envíe un embajador al Brasil, a pedir explicaciones 
sobre la invasión portuguesa a la Banda Oriental. 

Pueyrredón protestó contra esa resolución; se puso 
de pie ante la Asamblea para protestar; se lavó las 
manos sobre sus consecuencias, pues la indignación 
de los pueblos crecía ante la inacción del gobierno... 
Y, como dice el inglés, aquello era un hecho hambrien- 
to, que era pretíso satisfacer, o ser devorado por él. 
Esos hombres fueron devorados por él, amigos míos, 
por el hecho hambriento. I/a libertad, como la esfinge, 
devora a los que no saben descifrar sus enigmas. 

Creyendo, sin embargo, que, para satisfacer a esos 
pueblos, bastaría con arrancar a los comisionados 
Duran y Giró la venta de la primogenitura, firmó 
con éstos, dos días después de la resolución de las 
corporaciones, el 8 de diciembre, un mes antes de 
la caída de Montevideo, un tratado en el que se es- 
tipvdó que la Banda Oriental juraba obediencia al 
Congreso y al Director, y se comprometía a enarbo- 
lar el pabellón occidental, el bicolor de Belgrano, en 
substitución del tricolor de Artigas, y mandar sus 
diputados al Congreso, en cambio de algunos auxihos 
que no llegaron: i.ooo hombres, i.ooo fusiles, 8 caño- 
nes, una flotilla, etc., etc., es decir, en cambio de la 
declaración de guerra, que no se haría, que no se hizo 
jamás en los cuatro años que duró la resistencia de 
Artigas. 

Y, sin esperar ratificación alguna de ese tratado 



126 r.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

el mismo día de suscrito en Buenos Aires, Pueyrre- 
dón lo hizo publicar allí, lo comunicó al Congreso de 
Tucumán y a todas las autoridades civiles y mili- 
tares de las provincias, sin excluir las que obedecían 
a Artigas, y lo hizo celebrar como un feliz aconteci- 
miento, con pompa extraordinaria: cohetes, campa- 
nas, fuegos nocturnos, etc., etc. Todo estaba salvado, 
todo resuelto. Y Lecor continuaba su marcha sobre 
Montevideo, del que se hará dueño en poco más de 
un mes. 

Los pueblos creyeron que aquello era, por fin, la 
declaración de guerra a Portugal, y hubo un momen- 
to de entusiasta expectativa; todos supusieron que Ar- 
t^as había aceptado el arreglo, y, puesto que él lo 
hacía, debía confiarse en él. 

Nada había, sin embargo, de real en todo eso: era 
sólo un simulacro, un recurso de Pueyrredón para 
acallar, un momento siquiera, la irritación del pueblo, 
que crecía contra él; era la contradicción, la no en- 
tidad. 

Si fuera necesario, que no lo creo, ofreceros mayo- 
res elementos de juicio sobre esto, os invitaría a leer 
la carta confidencial que escribe Pueyrredón a San 
Martín, el 24 de diciembre de ese año 1816, quince 
días después de firmar el tratado. «La escuadra por- 
tuguesa, le dice, bloquea a Montevideo, y el ejército 
dicen que se ha movido de Maldonado sobre la plaza; 
los orientales se resisten a unirse a nosotros, y yo me 
resisto a enviarles auxilios, que sólo han de servir para 
caer en manos de los portugueses, o que se convertirán 
contra nosotros.» 

Pero para que os deis cuenta más exacta, si cabe, 
de la insinceridad y falta de todo rumbo en las reía- 



I, A INMOI^ACIÓN 12 7 

ciones entre la capital y el pueblo argentino, así como 
del significado de Artigas en esta dolorosa gestación 
de la nueva patria americana, me parece convenien- 
te invitaros a examinar la negociación de que acabo 
de hablaros, paralela a la de Duran y Giró, que sigue 
el Director Supremo en la provincia de Santa Fe. 
Esta provincia, que nos servirá de tipo para juzgar 
de las demás, se encuentra en un estado tal de exacer- 
bación contra Buenos Aires, que no es posible pasar 
de largo ante el fenómeno, ni contentarnos con afir- 
mar, como lo hacen los espíritus superficiales, que 
eso no es otra cosa que el nacer del caudillaje. No 
caeremos nosotros en semejante simpleza y estudia- 
remos el punto con juicio. 

No echemos en olvido, con tal objeto, el examen 
sociológico que hemos hecho de la capital virreinal, 
del concepto que ésta tiene de los demás pueblos, y 
de la falta, en aquella ciudad, de todo nexo, si me 
permitís repetir la palabra un poco extravagante, 
capaz de fundir con la realidad viviente, y no con 
simulacros y mentiras, el principio anímico de la 
nación que nace. 

Recordemos, pues es oportuno, que Artigas, al 
retirarse del sitio de Montevideo, ha llamado y con- 
gregado en torno suyo a las provincias; sólo la del 
Paraguay le ha sido arrebatada por el ogro. Recor- 
demos también cómo Montevideo, conquistado por 
Alvear contra españoles y orientales, ha sido recu- 
perado por sus dueños, los orientales, en 1815, des- 
pués de la campaña del Guayabo, en que fué ven- 
cido Dorrego, de triste recordación. 

Ahora bien: es este coronel Dorrego quien, en com- 
pañía de los generales Viamont y Díaz Vélez, ha 
dejado en la provincia de Santa Fe la simiente de ren- 



128 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

cor de que os hablo. Esos jefes bonaerenses resolvie- 
ron, por sí y ante sí, contra las órdenes de Pueyrredón, 
dar una batida, lo que se llama una batida, sobre la 
provincia de Santa Fe, en castigo de haber enar- 
bolado, como lo hizo Córdoba, el pabellón de Arti- 
gas. Fué algo parecido a la invasión de la Provincit- 
Oriental que terminó en Guayabo. Trataron a Santa 
Fe de un modo realmente atroz, y dejaron allí un 
recuerdo peor que el de Castelli en el Alto Perú; peor 
que el de Alvear en Montevideo; todavía peor, me 
parece. Díaz Vélez y Dorrego se apoderaron de la 
ciudad, en la que permanecieron 28 días, hasta que 
fué reconquistada por Vera, a quien inspiraba Artigas, 
secundado por el entonces capitán Estanislao López. 

Y son las consecuencias de esa inconsiderada con- 
quista, cuyo carácter vamos a conocer, las que Puey- 
rredón intenta borrar con una misión diplomática, 
análoga a la de Duran y Giró, que envía al goberna- 
dor Vera, el primer gobernador elegido libremente 
por el pueblo de Santa Fe, gobernado hasta enton- 
ces por enviados de Buenos Aires. Ambas se comple- 
mentan, por lo tanto, y recíprocamente se explican. 

Pueyrredón diputa ante aquel gobernador a don Ale- 
jo Castex primeramente, y al ilustre deán de la ca- 
tedral de Córdoba don Gregorio Funes, después. Van 
a dar explicaciones y satisfacciones, a fin de separar 
a Santa Fe de la influencia de Artigas, y atraerla a la 
unión con Buenos Aires. 

La embajada del primero fracasa. Si leyerais, ami- 
gos míos, que no lo haréis conm^o, por cierto, la 
iracunda carta, de 3 de agosto de 1816, en que Vera 
contesta la credencial de Castex, os quedaríais estu- 
pefactos. El mandatario santafecino devuelve a Puey- 
rredón su embajador, diciéndole que, a pesar de lo 



I,A INMOI^AaÓN 129 

que reza su credencial, éste ha afirmado que no le 
llevaba más misión que la de hacer retirar de Santa 
Fe las tropas de Díaz Vélez; pero con ese motivo hace 
Vera un proceso tan estupendo de las invasiones 
porteñas, que casi sobrecoge. «Tiembla la humanidad, 
dice a Pueyrredón, tiembla la humanidad ante el 
cuadro lastimoso que presentan los desórdenes y 
extravíos causados por el general Díaz Vélez...» To- 
dos los delitos le son imputados: incendios, asesina- 
tos, robos y saqueos, violaciones, ultrajes groseros 
a la sociedad... No quiero, ya os lo he dicho, que lea- 
mos juntos esa nota; yo no le hubiera dado crédito 
si no la viera tristemente confirmada por el general 
Belgrano, y aun por el mismo Funes. 

Éste reemplaza a Castex en la embajada. Puey- 
rredón insiste, con buena intención, en aplacar a 
Santa Fe. 

La carta credencial que lleva el venerable Funes 
es de 26 de agosto de 1816; el gobernador Vera la con- 
testa el 7 de septiembre; el deán y los representan- 
tes de Santa Fe celebran, por fin, la conferencia con- 
ciliatoria el 5 de octubre. 

Si os doy estas fechas tan detalladas no es sin algún 
objeto, como debéis comprenderlo. Quiero que recor- 
déis que la invasión portuguesa fué preparada en 1815; 
que el ejército de Portugal pasó de Europa al Brasil, 
con gran contento de García y demás, en noviembre 
de ese año; que Ivccor llegó en marzo de 1816; que las 
tropas portuguesas, preparadas para invadir la Ban- 
da Oriental, fueron revistadas por el príncipe real, 
en Río Janeiro, el 13 de mayo, y su público embarque 
presidido por Beresford y comunicado por García; 
que la invasión cayó, por fin, con banderas desple- 
gadas, sobre todas las fronteras orientales, en agos- 

t, ni-9 



130 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

to de ese año. Sabéis cómo todo eso ha sido anun- 
ciado por García, participado al Congreso de Tucu- 
mán, comunicado a Puej'rredón por Tagle, etc., etc. 

Y no podéis olvidar, porque eso no se olvida, que, 
desde septiembre, en que los orientales solos, sin 
auxilio alguno, luchan 3- mueren en Santa Ana, hasta 
diciembre, en que combaten en el Catalán, han que- 
dado 300 muertos en San Borja, 250 en Corumbé, 
1. 000 en el Catalán y el Arapey, 200 en Ibiraco}'... 

Y que Chagas prepara su incursión de exterminio a 
las Misiones argentinas. 

Pues bien, es el 26 de agosto, de ese mismo agosto, 
cuando Pueyrredón envía a Funes a Santa Fe, con 
una carta en que dice: <<Estoy informado de que el 
pro5''ecto de Portugal es ocupar la Banda Oriental 
del Río de la Plata por cesión y convenio con los es- 
pañoles, que, a su vez, deberán ser auxiliados para 
someter al antiguo yugo estas provincias. Un peligro 
de ese tamaño me ha hecho superior a todas las di- 
ferencias con el Jefe de los Orientales, para enviarle 
el auxilio de monturas, jDÓlvora, fusiles y artillería, 
ofreciéndole sin reser\^as todos los recursos que estu- 
vieren a mi alcance.» En esa virtud, incita a Santa 
Fe a la unión con la capital, en contra del enemigo 
común, del portugués invasor, aliado de España. 

Y es el 5 de octubre, de ese mismo octubre, ami- 
gos artistas, cuando el deán Funes celebra la confe- 
rencia con los representantes de Santa Fe, y les dice: 
«Soy mandado por el Supremo Director del Estado 
cerca de este honorable pueblo de Santa Fe...» I^es ha- 
bla entonces largamente de la necesidad de la unión 
entre todas las provincias confederadas, ante el común 
peligro de muerte, y agrega: «Vuestras Señorías de- 
ben tener presente que los ultrajes a este pueblo, con- 



I, A ESTMOI, ACIÓN I3I 

sumados por los generales Viamont 3' Díaz Vélez> 
han puesto al Supremo Director de parte de vuestros 
intereses.» Recuerda entonces que Pueyrredón, ade- 
más de declarar que las invasiones se han perpetrado 
contra sus órdenes, ha dispuesto la inmediata eva- 
cuación de la provincia, 

Y continúa: «No es menos expresiva la prueba de 
sus puras intenciones y de su firme adhesión a la 
paz, la prontitud con que ha socorrido al general 
don José Artigas 5* al Cabildo de Montevideo, en el 
pehgroso conflicto de una nación enemiga. Yo me 
hallo en la obligación de hacer saber a Vuestras Seño- 
rías el pérfido concierto de la corte de Portugal con 
la de Madrid, por el cual, cediendo ésta la Banda 
Oriental del Río de la Plata, adquiere, en recompensa, 
la ayiida y protección de aquélla para volvernos al yugo». 

Dijo Funes allí que: «el Director Supremo, fiel a 
las obligaciones de su puesto y a los sentimientos de 
la patria, corrió en auxilio de la aflicción de Monte- 
video, con un considerable repuesto de pólvora, fu- 
siles y artillería...» 

Esto que me estáis oyendo, amigos míos, está li- 
teralmente escrito en el acta que os leo; está subscrito 
por el deán Funes, y es tan auténtico como la carta 
de Pueyrredón a San Martín, que acabamos de leer, 
en que le dice: «Los orientales se resisten a unirse a 
nosotros, y yo me resisto a enviarles auxilios, que sólo 
han de servir para caer en manos de los portugueses, 
o que se convertirán contra nosotros». Y es tan au- 
téntico como la nota de Artigas al Cabildo de Monte- 
video, precisamente escrita entonces, después del 
Catalán, en que se lee: «Xo puedo permanecer indi- 
ferente ante la conducta criminal y reprensible de 
Buenos Aires... Yo protesto no omitir diligencia al- 



132 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

guna hasta manifestar al mundo mi constancia 3'' la 
iniquidad con que se propende a nuestro aniquila- 
miento. Buenos Aires debe franquearnos los auxilios 
a que siempre se ha negado, o Buenos Aires será el 
último blanco de nuestro furor». 

El venerable deán, hombre de letra menuda y de 
grande inocencia, creía haber triunfado, sin embargo, 
con su alegato, escrito en' su apretada letra española, 
de los irritados santafecinos. Los que lo escuchaban, 
en representación de la provincia, eran cuatro ciuda- 
danos, no insignificantes por cierto: don Francisco 
Antonio de Quintana y el comandante de armas don 
Estanislao I^pez, diputados por parte del gobierno; 
el doctor don Pedro de Aldao y don José Elias Ga- 
listeo, por la del muy ilustre Cabildo. 

Imaginad, amigos míos, el efecto que habrá produ- 
cido allí la aparición del espectro de la Verdad impla- 
cable: Artigas. El acta original dice: 

«En consecuencia de la anterior exposición, los di- 
putados por parte de las autoridades de este pue- 
blo advirtieron que todo lo que se tratase en la pre- 
sente sesión había de ser ratificado por el señor 
Protector General, atento a que la alianza de este 
pueblo con dicho señor es importantísima, no sola- 
mente en su benefício, sino en el de todas las pro- 
vincias.» 

¡Y este Protector General era Artigas, el Jefe de 
los Orientales! 

Era, precisamente, lo único imposible: irle a decir 
a Artigas que Buenos Aires lo auxiliaba, y que Puey- 
rredón lo protegía, porque España y Portugal eran 
la misma cosa. 

El diputado de Pueyrredón podía aceptarlo todo. 



LA INMOI^AaON 133 

menos eso; todo, menos encontrarse con la sombra 
"de Artigas, con su mirada impasible y fija. 

Contestó, desencantado, según el acta, «que esta 
disposición (la de hacer intervenir a Artigas) era exce- 
dente a sus instrucciones: que, por consiguiente, no 
podía admitirla sin infracción de las facultades que 
se le habían cometido, y pidió que, para satisfacción 
del señor Director comitente, se le diese testimonio de 
la presente acta». 

No era necesario tal testimonio. Pueyrredón ya 
lo sabía todo: ya había recibido la carta del 7 de 
septiembre, contestación del gobernador santafe- 
cino a la credencial de Funes, en que aquél le anun- 
ciaba la inevitable resolución. «Los auxilios que la 
generosidad y el patriotismo de V. B. han proporcio- 
nado a la Banda Oriental, le dice, para hacer infruc- 
tuosos los conatos del enemigo contra nuestra inde- 
pendencia y libertad, afianzan nuestra confianza, y 
consolidan la unión que ha de salvarnos en la gloriosa 
lucha que sostenemos...» «Pero yo espero, agrega Vera, 
que se nos hará justicia.» Y, con este motivo, repro- 
duce, en palabras temblorosas de ind^nación, su ex- 
presión de agravios contra los generales porteños. 
«Es el menor de sus crímenes, dice, haber desobedecido 
las órdenes de V. E.... Por enorme que sea ese des- 
acato, no puede entrar en el cotejo con los que han 
cometido, hollando todas las leyes de la naturaleza 
y del honor, en todo el tiempo que atravesaron estas 
campañas, y en los 28 días de su odiosa mansión en 
esta ciudad...» 

No me es grato que sigamos leyendo este papel... 
Es largo... es triste... Pero sí quiero que sepáis que 
ahí está, extraído, lo mismo que el acta, del archivo 
del deán Funes, por Vedia y Mitre, que acaba de pu- 



134 I<A. EPOPEYA DE ARTIGAS 

blicarlo en su libro El deán Funes y la Historia Ar- 
gentina. Todo eso, y lo concordante, os será útil cuan* 
do oigáis a los fariseos de nuestra historia platense 
imputar a nuestro inmune Artigas, y a las bandas ar- 
tiguistas, todos los delitos de aquellos tiempos. 

Quiero reclamaros, sin embargo, amigos míos, algo 
que me pertenece. Al verme insistir en este punto, no 
me juzguéis movido sólo por un espíritu de represalia, 
que no se compadece con la grandeza del rapsoda de 
los héroes. Bien es verdad que Artigas ha sido muy 
injustamente ofendido: «el gran calumniado de la 
historia de América», le llama el decreto a que obe- 
dezco cuando os hablo. Se disculparía, pues, se expli- 
caría cuando menos la represalia. Pero yo la rechazo 
altivamente, como una debilidad. Aquiles ofrece a los 
manes de Patroclo la bárbara profanación del cadáver 
de Héctor; degüella, en la pira funeraria, doce jóve- 
nes héroes del enemigo, junto con los bueyes, y los 
corderos, y los perros domésticos, y los caballos, del 
holocausto vengador. Artigas no es el «matador de 
hombres de rápidos pies»; el humo de tales hecatom- 
bes antes ofende que aplaca su venerable sombra. 
Yo hubiera puesto aquí dos o tres equis, o jotas, o 
asteriscos, en vez de nombres propios, si los de los 
culpables no fueran indispensables al análisis cientí- 
fico de nuestro problema. 

Pero lo es, amigos míos; esos hechos tienen un pro- 
fundo significado sociológico, que os debo hacer no- 
tar. En esos ultrajes de los generales bonaerenses 
A o B a las pobres masas campesinas, o a las familias, 
dignísimas, si no opulentas, de nuestras ciudades se- 
gundonas, debemos ver algo más que un delito indi- 
vidual: es el del viejo espíritu feudal del gran señor, 
que no reconoce derechos en la canalla, que aquí ha 



I,A INMOI,AaÓN 135 

solido llamarse caudillaje o gauchaje; &s el espíritu del 
conquistador, precisamente, cuya expulsión consti- 
tuj'e la esencia de la revolución de América, y le im- 
prime su carácter democrático, con exclusión de reyes 
y noblezas hereditarias; es el de la mita y la encomienda, 
que persiste en los tuétanos de esos hombres que orga- 
nizan sus batidas contra las provincias en la ciudad, 
virreinal. I^as masas, oprimidas, buscan entonces ins- 
tintivamente su libertador: el que se hace pobre con 
los pobres, gaucho con los gauchos, indio con los 
indios, y se sacrifica en ellos y por ellos. El pastor 
israelita se convierte en Moisés; el criollo americano 
se transforma en Artigas. Los faraones lo desconoce- 
rán en vano: esos héroes llevan el mandato de la zarza 
ardiente; se la distingue en los rayos de luz de sus 
cabezas. 

El gobernador Vera reclama de Puej^rredón des- 
agravio y justicia; pero nada serían sus iracundas 
imprecaciones, si no terminara su nota en estos 
términos: 

«A este propósito, paso a manos de V. E., con el 
número 2, copia autorizada de uno de los oficios que 
he recibido del Jefe de los Orientales y Protector de 
los Pueblos Ivibres, don José Artigas. Las relaciones 
de este pueblo con el mencionado jefe son muj'' es- 
trechas. El vivo interés que siempre ha tomado por 
nuestras desgracias nos constituye en la necesidad de 
ir conformes con sus sentimientos. El general Arti- 
gas no podría mirar sin escándalo que quedaran en 
la impunidad las crueles vejaciones de un pueblo que 
se halla bajo su protección.» 

Esa invocación al libertador de la especie ahuyen- 
taba, como si fuera un conjuro, el viejo espíritu. Éste 
huía irritado ante el solo nombre de Artigas. Era um 



136 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Oprobio. lyas provincias argentinas debían creer en la 
protección de Buenos Aires, y contentarse con ella; 
debían creer en la misión de Buenos Aires y en la 
virtud que, para desempeñarla, tenían aquellos hom- 
bres, y estaba a la vista. Todo lo demás era anar- 
quía, y barbarie, y traición a la patria. 

Santa Fe tendrá, por eso, su merecido: dentro de 
dos años verá de nuevo la invasión de Díaz Vélez, 
puesto en libertad por Artigas, después de ser su pri- 
sionero. Y la tendrá Entrerríos, mientras Artigas su- 
cumbirá a manos del portugués. Se impondrá el Corán 
por la cimitarra. 

No era posible; aquellos pueblos no eran tan indig- 
nos de la libertad. Por eso son lo que son. El derrum- 
be de aquel inconsistente simulacro, que vais a pre- 
senciar, será el cumplimiento de una lej' histórica. 
¿No lo veis venir, amigos míos, inmediato, fatal? 

Ahora bien, si la ratificación de Artigas era ne- 
cesaria en Santa Fe, pensad en si Pueyrredón po- 
día dar por definitiva su conquista sobre Duran y 
Giró, con sólo arrancarles la firma del tratado de di- 
ciembre. Volvamos, pues, a ese tratado concluido con 
Duran y Giró. 



IX 



Barreiro, al imponerse de los términos de lo que ha- 
bían firmado sus plenipotenciarios, siente una con- 
goja mortal: rehusa su aprobación. El les ha dado 
plenos poderes, es verdad; pero ¿los tiene él mismo del 
pueblo para disponer así de sus destinos? Si en la pro- 
vincia de Santa Fe no podía prescindirse de la ratifica- 
ción de Artigas, ¿habrá de prescindirse en la Oriental? 



I, A INMOI^CION 137 

Barreiro se dirige entonces a Pueyrredón pidién- 
dole que, con el apremio del caso, pues el enemigo 
se acerca, se le envíen los auxilios pedidos, pero 
sin esperar la aprobación del acta de incorporación, 
que no era posible ratificar con esa premura. Nues- 
tras facultades, decía Barreiro, no son ni pueden 
suponerse bastantes para disponer de la provincia y 
del jefe que está a su cabeza; mandadnos los auxilios, 
si realmente pensáis en socorrernos; el enemigo va 
a caer sobre nosotros; somos vuestros hermanos agre- 
didos injustamente por el extranjero; estamos en el 
caso de Chile, cuando menos... ¿No va a Chile San 
Martín? ¿Y habéis exigido su vida a los chilenos, a 
trueque de vuestro auxilio? ¿Habéis prescindido de 
O'Higgins? Ganad, ante todo, el alma de los orien- 
tales; mostraos realmente sus hermanos en la liber- 
tad democrática, y así adelantaréis en el sentido de 
la unión; pero no os aprovechéis de su cansancio, de 
«u desgracia, del hambre de Esaú. 

No, contestó Pueyrredón, no es posible; si no apro- 
báis el acta, no tendréis un grano de pólvora de Bue- 
nos Aires. lya primogenitura ante todo; y después... 
después resolveremos la cuestión diplomática, en Eu- 
ropa y en Río Janeiro. 

Eso es lo que se lee, mis amigos, a la luz del espí- 
ritu de la historia, en la larga controversia sostenida 
entre Montevideo y Buenos Aires, mientras I^cor 
prepara las marchas de su ejército. Todo en Buenos 
Aires es escepticismo, incertidumbre, indecisión: las 
almas cojean: se quiere la incorporación de la Banda 
Oriental, para gestionar en Río Janeiro amistosamen- 
te la confirmación de esa fácil adquisición: hacer de 
la Patria Oriental un producto diplomático, y, de todo 
el conjunto, un objeto de arreglos con los monarcas 



138 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

de Europa. Es en esos momentos cuando Pueyrredón, 
el hijo de la patria de Enrique IV, trabaja por traer- 
nos la dinastía de Orleans. 

Entonces aparece, por fin, el alma fuerte de Arti- 
gas, el primogénito; en ella no hay vacilación, su vi- 
sión es honda y clara. Barreiro no sabe, acaso no sos- 
pecha, las reales intenciones de Buenos Aires; pero 
Artigas, el mensajero, aunque no conoce las gestio- 
nes y documentos secretos que hoj* conocemos, lo 
sabe todo por genial intuición. El tiene la evidencia,, 
eso sí, de la complicidad de Buenos Aires con Portu- 
gal, y, si bien no conoce las negociaciones de Riva- 
davia, García, el Congreso de Tucumán, etc., está 
también persuadido de que lo que aUí se esconde es 
la traición a la democracia republicana, que él solo 
debe salvar. Ese es su mensaje. No en balde el deán 
Funes daba todo por terminado en su misión, sólo al 
oir el nombre de Artigas en Santa Fe. 

Este va a ser, ahora como siempre, la verdad en 
medio de tanta mentira, el rumbo fijo en medio de 
tanto ir y venir sin ton ni son. Él ha autorizado la 
misión, no hay que ponerlo en duda; ha permitido 
que se vaj^a a Buenos Aires, una vez más, en nombre 
de la federación de los pueblos americanos, a recla- 
mar auxilios; a que se devuelva siquiera a Montevi- 
deo una parte de lo que Alvear y los otros le arreba- 
taron. Pero era necesario estar tan ajeno a su carác- 
ter y a su pensamiento vital como lo estaban aquellos 
hombres, para suponer que Artigas había de comprar 
la plaza de Montevideo al precio de su visión profé- 
tica. Excusado es decir, por consiguiente, que, al lle- 
gar a su conocimiento el tratado subscrito por Duran 
y Giró, lo rechazó con la misma energía con que ha- 
bía rechazado, dos años antes, las bases de aveni- 



I<A INMOIíAOÓN 139 

miento que le propuso, en 1815, ÁlvarezThomás. Éste 
le ofreció entonces, como sabéis, el reconocimiento de 
la independencia de la Provincia Oriental por parte 
de Buenos Aires, es decir, su abandono al portugués; 
ho3'" se le propone lo contrario: su desaparición abso- 
luta como persona soberana, es decir, el mismo aban- 
dono en otra forma. Pero la alianza, la unión de los 
hermanos en un común propósito de libertad, eso 
jamás. 

¡Sumisión incondicional al Coi^reso y al gobierno 
que han pactado la invasión portuguesa! ¡Aniquila- 
miento de la persona oriental, absorbida, con todo» 
los demás estados, por la entidad que gobierna en 
Buenos Aires desde sus logias secretas! ¡Desaparición 
para siempre de esa bandera tricolor, que han amado 
los héroes muertos, y aman los que van a morirí 
¡Y todo eso, en cambio de una quimera: de la pro- 
mesa falaz de auxilios, para tentar una imposible 
defensa de Montevideo! 

Artigas, desde su campo volante de Santa Ana, se 
dirige a los negociadores que subscribieron el acta de 
incorporación, en una severa nota, que debe escri- 
birse en granito: 

«Por precisos que fuesen los momentos del conflic- 
to; por plenos que haj'an sido los poderes de Vues- 
tra;-: Señorías en su diputación, nunca debieron creer- 
se bastantes a sellar los intereses de tantos pueblos, 
sin su expreso consentimiento. 

»Yo mismo no bastaría a realizarlo sin ese requisi- 
to. ¡Y Vuestras Señorías, con mano serena, han fir- 
mado el acta publicada por ese gobierno el 8 de di- 
ciembre! 

»Es preciso suponer a Vuestras Señorías extranje- 
ros a la historia de nuestros sucesos, o menos intere- 



140 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

sados en conservar lo serado de nuestros derechos, 
para subscribir a unos pactos que envüecen el mérito 
de nuestra justicia y cubren de ignominia la sangre 
de sus defensores. 

»I^a misión de ustedes, les dice, ha debido limitarse a 
recabar auxilios en pro de la causa común americana, 
y ni ustedes ni el Director Supremo han debido 
ocuparse en otra cosa, y mucho menos en disponer de 
los destinos de este Estado. 

))Esa acta no es nada, mientras no tenga la ratifi- 
cación de los pueblos; la precipitación en mandarla 
imprimir y circular sin ese requisito, no ha sido otra 
cosa que «ostentar un triunfo que está reservado a 
otros afanes». 

»Tanto ese Director Supremo como Vuestras Se- 
ñorías conocen bien mi modo de pensar. 

»¡Que los momentos son premiosos! 

»El jefe de los ORIENTALES HA MANIFESTADO EN 
TODOS TIEMPOS QUE AMA DEMASIADO A SU PATRIA 
PARA SACRIFICAR ESTE RICO PATRIMONIO DE LOS ORIEN- 
TALES AL BAJO PRECIO DE LA NECESIDAD. 

»Tengan Vuestras Señorías la bondad de, repetir 
esto en mi nombre a ese gobierno, y asegurarle mi 
poca satisfacción ante la mezquindad de sus senti- 
mientos. 

»En cuanto a la misión de Vuestras Señorías, ella 
ha cesado, y, si les place, pueden retirarse a Monte- 
video.» 

Pero la indignación de Artigas, su dominio sobre 
aquel momento histórico y la firmeza de su carácter 
se revelan, tanto o más que en esa nota a los negocia- 
dores, en la energía con que se apresura a prevenir 
contra el engaño a todas las provincias. Ved los tér- 
minos airados en que lo hace saber a la de Corrientes, 



I, A INMOI,ACION 141 

por ejemplo, no bien llega a su noticia el testo de los 
tratados, el 20 de diciembre: «Es un insulto hecho 
a mi honor, dice en su oficio, y al decoro de los pue- 
blos orientales la publicación del acta impresa en 
Buenos Aires, y que tengo el honor de adjimtar a V. S. 
Su contexto evidencia la pobreza de aquel gobierno 
en su proyecto y la mezquindad de todas sus idease. 

Esa airada palabra corrió como un relámpago 
por todo el territorio argentino, y desbarató, una 
vez más, los planes de Buenos Aires; parece verse a 
aquel hombre sereno hacer pedazos el tratado y arro- 
jarlo a los cuatro vientos. 

Vosotros me diréis, amigos artistas, si en ese modo 
de hablar reconocéis la voz de un vencido. 



X 



Genio infernal Uama Pueyrredón a Artigas. Es 
indudable que esa su voz, como lo veis, suena a voz 
de arcángel. Si es de los infiernos o de las alturas ce- 
lestes, vosotros lo juzgaréis. El genio de tinieblas es 
negación. Pero sea de ello lo que fuere, todos estamos 
conformes, me parece, en que ese hombre Artigas, 
vive en el fuego, y que ve en la obscuridad; ve en el 
alma de Pueyrredón. Y se le aparece como un espec- 
tro. Dentro de vany poco, para acallar la protesta del 
pueblo argentino ante la invasión portuguesa, Puey- 
rredón dará un Manifiesto, en que dirá con toda sin- 
ceridad: «Pueblos: ningún tratado se hará con los 
portugueses sin vuestra noticia anterior y vuestra 
conocimiento. Ejército portugués o de cualquier otra 
nación no pisará en ningún punto de esta Banda sin 
que encuentre la más viva resistencia. Se llevará la 



142 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

guerra a la Banda Oriental misma; se arrojarán los 
extranjeros de aquellos campos y de los pueblos que 
ocupan, y esto se hará bien pronto, si no somos con- 
vencidos plenamente de que lo contrario conviene a 
nuestros intereses y a nuestra gloria)). 

Veréis, amigos míos, que lo contrario, es decir, 
dejar al extranjero en los campos y pueblos de la 
Banda Oriental, era lo que convenía a los intereses 
y a la gloria de la Occidental, según los designios de 
ese hermano Puej'rredón. 

Si en este caso, como en tantos otros, nos imagina- 
mos la historia del Río de la Plata sin Art^as; si nos 
damos cuenta de lo que hubiera sucedido en Amé- 
rica si este Artigas, arriando su bandera, ratifica ese 
tratado subscrito por Duran y Giró, y se entrega a 
discreción a los planes de Buenos Aires, la visión del 
héxoe se agranda al proyectarse sobre la obscuridad. 
Ya os he dicho lo que hubiera acontecido, y lo toca- 
xéis más adelante con la mano; lo que decía el deán 
Funes a los hombres de Santa Fe: la Banda Oriental 
hubiera redondeado el imperio americano de Portu- 
gal; la Occidental, con Chile y demás, hubieran for- 
mado la monarquía platense o peruana, a la sombra 
de la Santa Alianza. En eso hubiera parado la revo- 
lución de Mayo, la de Mayo cuando menos. 

Pero estaba allí ese genio infernal, ese bárbaro su- 
blime. 

Esaú, diestro en caza, había dicho a su hermano, 
el habitador de tiendas: — Ves que me estoy muriendo. 
¿De qué me sirve mi primogenitura?... — Y habiendo 
tomado pan, y el plato de lentejas, comió, y bebió, 
y se fué. 

Artigas, aunque muriendo en los campos con su 
pueblo hambriento 5^ desnudo, dice al habitador de 



I, A ESTMOL ACIÓN 1 43 

tiendas: No, no venderé el patrimonio de los orienta, 
les al bajo precio de la necesidad. 

El inmune patriarca ha conser\'ado íntegra la pri- 
mogenitura de su estirpe, lo mejor de su patrimonio. 
Él conser\'ará el cargo de sacrificador de la víctima 
propiciatoria. 

Y de su linaje nacerá el Mesías de la democracia 
americana, dueña del porvenir. 

Quedaos con vuestras ciudades coloniales, oh vos- 
otros, los habitadores de tiendas híbridas. Abrid esas 
puertas inermes de Montevideo, para que entre en su 
circuito el rey de Portugal armado, oh vosotros, los 
hombres que no sabéis de Mesías prometidos. Arti- 
gas, el diestro en caza, se queda en el campo, con su 
hambre, pero con su primogenitura. Él sabe bien que 
el enemigo que ataca a Montevideo no es sólo el por- 
tugués; él ha dicho, desde el primer momento de la 
invasión, por otra parte, que Montevideo entraba en 
su plan de defensa, como una de tantas unidades, 
como unidad negativa; pero no como la esencial, ni 
mucho menos. Su fuerza vital está en los campos, en 
la masa popxilar argentina autóctona, incontaminada, 
decidida a morir por la libertad; en la materia cós- 
mica, más o menos caótica, pero fecunda, de que se 
formará «la nueva y gloriosa nación», si es que, real- 
mente, una nueva y gloriosa nación se estaba levan- 
tando entonces «a la faz de la tierra». 



XI 



Y bien, ha terminado, amigos míos, ese año 1816, 
que Artigas creía iba a ser el año feliz para los orien- 
tales. 



144 I^A. EPOPEYA DE ARTIGAS 

Hablemos del que comienza: del 20 de enero de 
1817. 

Este 20 de enero de 1817, nobles artistas, ts una 
fecha innocua: en ese día entró triunfante en Monte- 
video el barón de la Laguna, con los tercios portu- 
gueses venidos de Europa. Lo que anunciaba García 
a sus comitentes. 

¿Y qué? Casi no es necesario que os narre lo que all£ 
ha pasado; no tiene nada de imprevisto ni de carac- 
terístico. Es idéntico a todos los casos análogos de 
la historia universal. 

Convencidos los patriotas de que nada podían es- 
perar de Buenos Aires, y, sobre todo, conocido el pen- 
samiento de Artigas de concentrar en sí mismo, y 
en los campos, la vida germinal, nada había que ha- 
cer dentro de las desartilladas murallas de la ciudad 
colonial. Artigas es el alma de todo, y, una vez que 
su espíritu abandonó a Montevideo, éste quedó como 
cuerpo muerto: toda vida lo desalojó y reñuyó al 
centro circulatorio. 

Ya os he dicho cómo y por qué no había que pensar 
en hacer de esa ciudad heterogénea una Numancia 
heroica, ni mucho menos, en aquel momento. 

Los jefes de la pequeña guarnición se reunieron, 
y acordaron evacuar la plaza. Lecor estaba ya sobre 
ella; la escuadra de Viana poblaba sus aguas. Cono- 
céis los términos jubilosos en que Pueyrredón anun- 
ciaba ese suceso a San Martín. 

Los defensores, seiscientos u ochocientos hombres, 
a cu3''o frente marchaban Barreiro y Suárez, con la 
visión de Artigas, no se rindieron; salieron en silen- 
cio, en la madrugada del 19 de febrero, dispuestos 
a abrirse paso hacia el campo entre el ejército ene- 
migo; alcanzaron, por fin, la pequeña división de 



IvA INMOI.AaON 145 

caballería de don Mariuel Francisco Artigas, y allí 
iniciaron la reconquista, antes de estar la conquista 
consumada. Es esa reconquista de Montevideo la que 
tendrá su término en una batalla que llamaxemcs 
de Ituzaingó, precedida de otra que se llamará de 5a- 
randi, y seguida de la conquista de las Misiones 
Orientales. Pero eso está aún muy lejos, y será largo 
de contar. 

Ya os imaginaréis lo que quedó entonces amorta- 
jado en las murallas de Montevideo: lo que siempre se 
ve en estos casos: un vecindario atemorizado, sin más 
autoridad que la ilusoria formada por una minoría de 
cinco miembros del Cabildo que habían quedado, y 
que, ya desprendidos del núcleo de vida, se erigieron 
en entidad representativa de la ciudad inánime, para 
interponerse entre ésta y el conqmstador. Esa mino- 
ría se reunió, y acordó salir al encuentro de Lecor, 
y ofrecerle su acatamiento y su apostasía de la fe 
artiguista, en cambio de su protección contra los qae 
aun pudieran tentar un acto desesperado. 

Porque es indudable que los había. Gritos anóni- 
mos de ¡mueran los traidores! salían de las impoten- 
tes iras comprimidas; se creía en la existencia de pla- 
nes tenebrosos, mezcla de crimen y de heroísmo... 
Pero no era posible; la mayoría española, que cons- 
tituía la ciudad activa, esperaba con ansia a sus her- 
manos portugueses; la minoría capitular renegó de 
Art^as, llamó libertador al portugués, le abrió las 
puertas, salió a su encuentro, le entregó las llaves 
de la cindadela, condujo bajo palio al cesar vencedor. 

Lo que a eso sigue, en tales casos, es bien sabido: ce- 
lebraciones del triunfo, besamanos, protestas de fide- 
lidad, incorporaciones, cesiones de territorios, etc., etc. 
Todo lo que ordena el que triunfa. 



146 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Os engañaría, mis amigos, si os dijera, aunque he 
llamado innocua a esa fecha, que miro indiferente 
cómo es arriado de la inerme ciudadela ese venera- 
ble tricolor de la primera patria, 3- cómo es borrado el 
lema del escudo coronado de plumas: <Cox libertad, ni 
OFENDO NI TEMO). Ahora suben la bandera portuguesa, 
y clavan el nuevo blasón con su corona real y sus casti- 
llos... ¡Y las fanfarras del ejército europeo lo saludan! 

Confieso que también os engañaría, mis amigos, 
si 05 dijera que miro indiferente las resignaciones y 
las apostasías de esos hombres de carne y sangre, 
por pocos que ellos sean; los desmayos de esos espí- 
ritus cautivos; las palideces sepulcrales de esos mie- 
dos, hijos del amor a la vida, que encogen el corazón 
dentro del pecho, y lo dejan flojo y fuera de su sitio, 
como un cascabel. 

Pero líbreme también Dios de dejarme Uevar de 
mi anhelo de ver todo heroico en la historia de mi 
tierra, y de acompañar en sus severidades de fariseo 
a los que, para atenuar el delito de Portugal, y, sobre 
todo, el de sus cómplices americanos, con la depre- 
sión de Artigas, se han empeñado en dar un carácter 
excepcional a esa entrega de Montevideo, y la han pre- 
sentado como una sincera adhesión del pueblo orien- 
tal al conquistador. ¡Eso no! 

El heroísmo no es obHgatorio a todos los hombres. 
For eso son levantados los héroes y los mártires sobre 
los demás; porque van más aUá del deber. No confun- 
damos, sobre todo, en nuestras condenaciones, la 
debihdad de los hombres que, en Montevideo, estimu- 
lados por Buenos Aires, se rinden al portugués ar- 
mado, que les pone al pecho sus cañones de bronce, 
con el delito de los que, en Buenos Aires, y en Tucu- 
mán, y en Río Janeiro, lo han traído, y lo protegen. 



I,A INMOI^ACIÓN 147 

3' lo protegerán. lOh, no! Son cosas completamente 
distintas, completamente. No podemos permitir que 
éstos condenen a aquéllos. Esos amedrentados capi- 
tulares montevideanos habían resistido al extranjero 
y sólo apostataron de la fe ante el peligro inminente. 
Fueron patriotas; sólo dejaron de ser héroes o márti- 
res. Pero cuando Alvear, Director Supremo de las 
Pro\iucias Unidas, llama, desde Buenos Aires, al rey 
de Inglaterra espontáneamente, para rogarle que acep- 
te bajo su cetro estos pueblos, como tribus, incapaces 
de vida; cuando Rivada\ia va a Madrid a ofrecer a 
Femando VII, restaurado en su trono absoluto, o a 
Carlos IV, la sumisión de estos millares de subditos 
contritos; cuando el Congreso de Tucumán, y Bel- 
grano, y García, y todos los demás que conocemos, 
buscan un rey en cualquier parte, para substituir con 
cualquier corona europea la cimera de plumas de la 
patria americana que enarbola el bárbaro Artigas, la 
apostasía no es sólo de la carne flaca: está más hondo; 
creo que bien comprendéis que está más hondo. 

íso confundamos, pues, mis amigos, una cosa con 
la otra: soportar el yugo con buscarlo. Cuidemos mu- 
cho de no confundir esas cosas, aunque disculpemos 
todas las flaquezas de los hombres. 

La precaria dominación lusitana durará algunos 
años, ocho o diez, no me interesa precisarlo ahora; lo 
veremos más adelante. L,o mismo es cuatro que quin- 
ce para lo que ahora decimos. Durante esa domina- 
ción habrá una minoría, un simulacro o fantasma de 
representación, que servirá de instrumento al vence- 
dor; que cederá territorios a cambio de cualquier 
-cosa, de un abalorio, de un farol en una isla, de una 
recoba en la plaza; cesiones nulas que no hay para 
•qué examinar; las actas capitulares que se conservan 



148 LA EPOFEYA l^'E ARTIGAS 

están llenas de esas apostasías arrancadas a la humana 
fragilidad; os liice conocer, en otra ocasión, cómo el 
Ilustre Larrañaga, por ejemplo, se resignaba a eso, 
y por qué se resignaba. Y al par de Larrañaga algunos 
otros: no tenían temple de mártires de su fe; abjura- 
ban en el tormento. 

Pero el odio concentrado al usurpador estuvo allí 
en perpetua y sorda fermentación; todos sus esfuer- 
zos para radicar su conquista en el alma social serán 
vanos: el rechinar de los dientes de aquel pueblo en 
el freno portugués se escuchará en medio de las fala- 
ces manifestaciones de obediencia; las tentativas de 
sacudir el yugo comenzarán inmediatamente, hasta 
acabar por hacerlo saltar. Los mismos hombres, equi- 
valentes a los afrancesados españoles, y a todos sus con- 
géneres del mundo, que, en no escaso número, han se- 
cundado la dominación, tienen el odio a ella, en el 
fondo del alma cubierta de ceniza; creen que proceden 
ante lo inevitable y por evitar mayores males. Aca- 
barán mu3^ pronto por confesar la fe de Artigas, de 
que renegaron, y por rendir culto al héroe profético. 
La resistencia pasiva contra el intruso, el rechazo de 
sus distinciones, la actitud hosca, el divorcio radical, 
1 a formación de sociedades secretas con la idea de la 
emancipación, son el carácter de aquella vida de algu- 
nos años. Saint-Hilaire vio eso muy claramente al pa- 
sar entonces por estos países. «Los portugueses están 
aquí, dice, de una manera precaria y nadie me jor que 
ellos sabe que muy pronto tendrán que evacuar el país.»- 

La historia ajena ha cometido aquí perversas in- 
justicias, y hasta ha inficionado la nuestra. Ni un 
solo vestigio ha dejado en Montevideo esa fugaz do- 
minación lusitana; la tradición doméstica, que con- 
ser\'amos de nuestros abuelos, sólo nos da notas de 



LA IXMOIvACIÓN 149 

odio, de desprecio, de repulsión profunda contra 
aquel usuniador de lengua extraña, que vivió en 
nuestra casa siempre armado. Nada prueba más enér- 
gicamente la existencia de dos pueblos, de dos carac- 
teres, de dos núcleos cósmicos, biológicos o como 
queráis llamarles, al Norte y al Sur del trópico, sobre 
las costas del Atlántico: Montevideo y Río Janeiro. 
Y allá, del otro lado, el tercero: Buenos Aires, el 
núcleo de la región andina. 



XII 



Entretanto, Art^as está allí. Vais a verlo, mis 
amigos, inmune en el estrago, salamandra en el fuego, 
roca en la tempestad. 

Pueyrredón tenía razón que le sobraba cuando de- 
cía a San Martín: «Xo envío auxüios a los orientales 
porque caerán en manos de los portugueses, o se con- 
vertirán contra nosotros». Tenía razón: sólo es nece- 
sario precisar quiénes son esos nosotros. 

En lo que no anduvo muy acertado, que digamos, el 
Director Supremo de las Provincias Unidas, fué cuando 
supuso que el hombre oriental «quedaba reducido a unos 
cuantos facinerosos refugiados en los bosques», o cuan- 
do, el 24 de enero de 1817, cuatro días después de la 
caída de Montevideo, escribía a San Martín para darle 
cuenta ade la total destrucción de Artigas en su territorio». 

¡Como hay un sol que nos alumbra en el firmamento, 
mis queridos amigos, que eso no es verdad! 

¡lya destrucción de Artigas! ¡El fin de su resisten- 
cia! Ahora comienza precisamente. Tres años de ba- 
tallas homéricas nos quedan por presenciar; estamos 
en el principio. 



15° LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Esa bandera tricolor, que es arriada de la ciudadela 
de Montevideo, va a derramar sus colores, todo su. 
color, en la que Artigas sostiene allá en el Norte; su 
franja roja diagonal va a tomar en ella la intensidad 
de la sangre recién salida de la arteria. 

Ese Montevideo será reconquistado; pero lo será 
en el foco de donde partió su conquista: en Buenos 
Aires y con Buenos Aires, reconquistado, a su vez, 
para la democracia, por los pueblos todos argentinos, 
acaudillados por Artigas. 

Este permanece entero como un monolito; su pen- 
samiento resplandece, más sideral que nunca; su 
mensaje grita en su corazón sonoro. Va a apelar al 
pueblo argentino, a todo él, al oriental y al occidental; 
va a reforzar la cohesión de ese pueblo en la libertad 
democrática, ofreciendo al conjunto, como núcleo de 
rotación, la vida del pueblo oriental, y va a llevarlo 
vencedor, con esa bandera que es arriada de Monte- 
video, con esa misma tricolor, hasta el centro de la 
plaza de Buenos Aires. Allí caerán los cómplices de 
la invasión portuguesa, y, con el principio democrá- 
tico republicano, se salvará el alma de la revolución 
de Mayo. 

Y San Martín, que ha protestado contra la invasión 
portuguesa, irá al Perú. 

Mirad bien, amigos míos, a ese impasible Artigas, 
semejante a un dios, como diría Homero; distinguid 
en él al primogénito de América. 

La progenitura lleva anexo, aquí como en Israel, 
el título de sacrificador. Artigas lo será. 

E inmolará a su propia hija, que correrá al altar, 
como la ternera blanca consagrada a los dioses. 

Pero será gloriosa en las generaciones. 

Y entre las hijas de los holocaustos. 



1^1 



CONFERENCIA XX 

Elv HERMANO I 'E WASHINGTON 

El grito airado de Artigas. — Relaciones exteriores. — Tra- 
tado CON LA Gran BRET.^iíA. — Entrevista en Purificación 
CON el cónsul de Estados Unidos. — Carta de Artig.as a 

MONROE. — ORGANIZ.ACIÓN DEL CORSO MARÍTIMO. lyOS COR- 

S.ARIOS ORIENT.ALES. — L,A GOLET.A «REPÚBLICA ORIENTAL». — GES- 
TIONES DEL DIRECTORIO DE BUENOS AIRES EN EST.ADOS UNIDOS. 

— I,A DE Sa.avedr.4^ y Juan Pedro Aguirre, en i8ii. — 1,a 
DE Manuel Hermenegildo Aguirre, en i 817. — Artigas 
ANTE Washington. — Cvnning y Clay. — lyA doctrina de 

MONTIOE. lyAS memorables SESIONES DEL CONGRESO DE 

Washington. — Triunfo del héroe. — El bravo y caba- 
lleresco Artig.as, único campfxSn de la democracia en el 
Plata. — Misión de Rodn-ey, Gr.aham y Bland. — I, a fra- 

G.AT.A «C 3NGRES?». — El FOLLETO DE C-'VVIA O DE PUEYRREDÓN. 

Informes de los comisionados. — Prometeo encadenado. 



Amigos artistas: 

El grito airado de Artigas, lanzado contra Buenos 
Aires en medio de sus desastres, parece el de v.n pá- 
jaro en el mar en noche obscura. «Yo protesto no omi- 
tir diligencia alguna hasta manifestar al mundo mi 
constancia y la iniquidad con que se propende a 
nuestro aniquilamiento. Algún día se alzará el tribunal 
que administrará justicia.)) 



152 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Es mucho énfasis el de este hombre ilummado; 
parece un loco peligroso, efectivamente. ¡Al mundo! 
¿Acaso el mundo pien'^a en e?e pobre pueblo oriental 
que se desangra? ¿Hay alguien en el universo que 
esté dispuesto a juzgar la causa de Artigas, y nos 
permita creer que su grito augural tiene algo siquiera 
del de aquel atormentado Prometeo, libertador de 
los hombres, víctima del águila de Júpiter, que le 
come el hígado a picotazos? 

IvE Europa no sabe, ni tiene por qué saber, que 
existe tal Artigas; éste no acredita embajadores. El que 
está por allá es Rivadavia, en busca de príncipe, y 
sin obtener tampoco maldita la atención de aquellos 
grandes de la tierra, que lo desprecian, como a todo 
lo que es americano. Éstos, reunidos en París, como 
hemos vis Lo, se disponen a resolver las cuestiones de 
A'nírlca orno resuelven las de E'-iropa: con prescin- 
dencia absoluta del pueblo. 

En cuanto a los estados hispanoamericanos, tam- 
poco pueden detenerse, ni poco ni mucho, a escuchar 
a ese hombre que grita su enfático anatema; harto 
tienen con pensar en sí mismos. Y si algo saben de 
lo que acontece en el Plata, sólo lo conocen por lo 
que les dice Buenos Aires, que es quien tiene voz, 
prensa, enviados más o menos diplomáticos, algún 
dinero, etc., etc. Y Buenos Aires llama a Artigas 
facineroso, }• bandidos a sus orientales. 

El grito de Artigas fué escuchado, sin embargo, en 
alguna parte. El viento lo llevó consigo, y la figura 
mítica del héroe, rompiendo los nublados tempes- 
tuosos que la envolvían, fué a proyectarse en el 
cielo del Norte, llena de luz de sol. Todo sociólogo 
que quiera conocer esta historia, debe detenerse a 
estudiar las causas y la constitución de ese meteoro. 



El, HERMANO DE WASHINGTON 1 53 

porque en él tiene que haber una intrínseca luminosa 
realidad. 



II 



El portugués ha tomado posesión de Montevideo; 
pero sólo es dueño de la tierra que pisan sus legiones 
victoriosas; ni siquiera lo es del mar, como lo veremos, 
pese a su poderosa escuadra. Artigas, el vencido, 
reaparece inmune entre el humo que se va disipando. 
Algunos orientales comienzan a renegar del profeta; 
pero su pueblo ensangrentado, cuya gloria resuena 
como un himno, lo adora y lo aclama más que nunca; 
le ofrece con maj'or pasión la sangre que le queda; 
le pide que la tome, que la siembre. Artigas, no el 
portugués, es el solo soberano de aquella tierra, su 
solo representante legítimo ante el mundo. 

Ahí tenéis al caudillo en su capital, en la verdadera 
capital primera del Uruguay, dentro del foso artilla- 
do del caserío de Purificación, al pie de la meseta del 
Hervidero; ahí está su escudo y su lema: aCon libertad, 
ni ofendo ni temo»; flota en el baluarte su bandera tri- 
color. En Purificación continúa su gobierno, y con- 
tinuará por varios años; la injusta guerra que se le 
declara ha perturbado su labor civilizadora de edifi- 
cación, que era su solo anhelo; pero la esperanza de 
reanudarla da fuerzas a su alma y a su brazo. Allí, 
en su capital-baluarte, reorganiza su ejército, y con- 
serva la personalidad independiente de la Patria Orien- 
tal, no sólo como pueblo soberano, sino como protector 
de las provincias occidentales, que continúan fieles 
a la dirección del capitán derrotado; allí está el núcleo 
del espíritu republicano; allí, por fin, sobre todo, y 



154 ^^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

es esto lo que quiero haceros obser\'ar hoy, como com- 
plemento de nuestro estudio sobre el gobierno del 
héroe, el organismo oriental comienza sus funciones 
de relación con los seres de su especie; van a buscarlo 
y a reconocerlo como persona jurídica internacional, 
los representantes de Inglaterra }■ de los Estados 
Unidos; sale su bandera armada a recorrer los mares, 
todos los mares, y a proclamar con imperio la exis- 
tencia de un pueblo nuevo. 

Esto ha desconcertado a mucha gente; a toda esa 
gente de que habla Carlyle, incapaz de reconocer un 
rey, aunque lo vea y lo toque, si no ve mantos de púr- 
pura, 3^ carrozas, y cetros de oro, y cuerj^o de ala- 
barderos, con su correspondiente banda de trompas y 
chirimías; si no ve un vastago de reconocida realeza, 
3^ fórmulas escritas, por más deshabitadas de toda 
realidad intrínseca que sean. Esos, los escépticos y 
los domésticos de Car^de, no pueden concebir cómo 
la Gran Bretaña pudo autorizar a un representante 
su\-o a acercarse al derrotado del Catalán y a tratar 
con él en su capital: en el caserío de Purificación. 

El cónsul británico en Buenos Aires, por interínedio 
del comandante de la estación naval, teniente de 
navio don Eduardo Franklan, concluye, sin embargo, 
un tratado de amistad con el general Artigas, y regu- 
lariza las relaciones comerciales inglesas con el pueblo 
que éste dirige 5^ representa. Ahí tenéis, en seis artícu- 
los, ese tratado, subscrito en el Hervidero, el 8 de oc- 
tubre de 1817, ratificado en Buenos Aires por el cón- 
sul y el comodoro Bowles, y por Artigas, en Purifi- 
cación, el 20 de agosto. 

En ese convenio internacional, el Jefe de los Orien- 
tales se obliga a respetar la seguridad personal y las 
propiedades de los comerciantes ingleses; pero éstos- 



EX HERMANO DE WASHINGTON 15^ 

han de exhibir el pasaporte de la comandancia bri- 
tánica; han de pagar los derechos de importación y 
exportación, y sólo en los puertos realizarán sus ope- 
raciones. La comandancia inglesa, por su parte, hará 
las gestiones para que el tráfico no sea impedido por 
los gobiernos neutrales o amigos. No se otorgarán 
pasaportes ingleses a ningún comerciante que pro- 
ceda de puertos enemigos, o que se dirija a olios. 

La comunicación y el intercambio de la nueva na- 
ción con las demás quedaban, pues, garantidos por 
la bandera inglesa; el bloqueo portugués burlado; el 
carácter de beligerantes reconocido a Artigas y a su 
batidera tricolor. 

He de advertiros que, en los mismos términos que 
a Artigas, el comodoro Bowles se dirigía también ofi- 
cialmente al Director Supremo de Buenos Aires, al 
jefe del otro estado del Plata, que contestó cordial- 
mente su correspondencia, atribuj^éndole gran im- 
portancia, y la transmitió al Congreso de Tucumán, 

El cónsul de los Estados L'nidos, don Tomás Llo3'd, 
va también, en carácter oficial, al Hervidero, a tener 
una entrevista con el Jefe de los Orientales. Artigas 
lo recibe noblemente; y, atribuj-endo a ese acto del 
representante de la gran República toda su trascenden- 
cia, aprovecha la oportunidad para ponerse en comu- 
nicación con Monroe, presidente entonces de la Unión 
Americana, y le dirige una nota, que es preciso que 
conozcáis. En ella hace saber Artigas a Monroe que 
ha tenido ocasión de comunicarse en oportunidad con 
el señor Lloyd Kalsey, cónsul de los Estados Unidos 
en esta provincia, ccngratulándoíe de tan afoitunado 
suceso. «Le he ofrecido, agrega, mis respetos y todos 
mis servicios; y quiero valeime de eíta laA arable cea- 



156 LA EPOPEYA DE AKTIGAS 

sión que se me ofrece, para pre.'eutai a V. E. mis 
cordiales respetos. Los variados acontecimientos de 
la revolución me han privado hasta aquí de la opor- 
tunidad de unir el cumplimiento de este deber cor. 
mis deseos. Ruego a V. E. se siiva aceptarlos, ahora 
que tengo el honor de ofrecerlos con la misma since- 
ridad de que me encuentro poseído para promover la 
felicidad y la gloria de esta República. A conseguirlas 
se dirigen todos mis esfuerzos, como también los de 
los miles de mis conciudadano?. Que el cielo escuche 
nuestras preces.» 

Espero que, sin necesidad de que os comente esa 
interesante comunicación, le daréis todo el alcance 
que ella tiene. 

Artigas, que no ha aceptado trato ni contrato con 
virreyes, ni enviado embajadores ante las potencias 
de la Santa Alianza; el hombre que ya en 1814 escri- 
bía a Peziiela aquel «han engañado a Usía y ofendido 
mi carácter cuando le han dicho que 3''o defiendo 
a su rey», ofrece sus cordiales respetos a Monroe, y 
busca su mano, y la estrecha en el fragor de la lucha. 
Es preciso que meditéis un poco en esto, mis buenos 
amigos. 

El gobierno de Inglaterra, que ni siquiera daba 
audiencia en lyondres a Rivadavia, ratificó de hecho 
el tratado celebrado entre su almirante y el Jefe de 
los Orientales; pero Monroe, no sólo confirmó tam- 
bién el proceder de su cónsul y reconoció en Artigas 
el carácter de Jefe de un estado, sino que oyó su voz 
con singular interés. Hasta ahora ha sido ignorado 
el destino que dio Monroe a esa comunicación, cuya 
existencia ha permanecido también oculta hasta ayer 
no más. Hoy ya sabemos todo eso: la carta del Jefe 
de los Orientales fué elevada por^Monroe al Congreso 



EL HERMANO DE WASHINGTON 157- 

de lof Estados Unido?, cuando éste, por resolución del 
5 de diciembre de 1817, pidió antecedentes para juz- 
gar sobre la independencia del Plata. Monroe, en men- 
saje de 25 de marzo de 1818, la presenta al Congreso, 
con los documentos que juzga más importantes: la 
declaratoria de independencia de Tucumán; la nota 
de Pueyrredón que comunica las victorias de San 
Martín en Chile; la comunicación de O'Higgins, que 
transmite las mismas victorias y su elevación al mando 
supremo del estado; la nota de don José de San Mar- 
tín, en que éste hace saber la victoria de Chacabuco 
y la liberación de Chile, etc., etc. 

Ese fué el destino de la carta de Artigas. Bueno es 
que vosotros lo sepáis, mis amigos, porque tenemos 
que hablar un buen rato de estas cosas: de la recep- 
ción de Art^as en el seno de la única nación que, en 
aquel tiempo, podía ser juez de su causa: la Repú- 
blica de Washington. 



III 



Fero antes, como comentario y complemento de 
lo dicho, hemos de conocer y apreciar, mis buenos 
amigos, la nota más resonante acaso que produjo la 
aparición de la patria de Artigas en el concierto de 
las naciones. Os la anuncié, como acaso lo recorda- 
réis, cuando estudiamos el gobierno del héroe, y ha- 
blamos de su faz internación al. Fallo de marina militar 
para repeler la aleve agresión f ortrguesa, el Jefe del 
Estado Oriental echa mano del único elemento que 
puede substituir a aquélla: organiza el corso ma- 
rítimo. 

El corso, como sabéis, no es otra cosa que el engan- 



158 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

che de naves aiixiliares. El buque corsario, como el 
soldado enganchado, es la unidad naval que, estimu- 
lada por el interés privado, se pone al servicio de un 
estado beligerante, y, enarbolando su pabellón de 
guerra, persigue la marina mercante del enemigo en 
aguas libres o enemigas. El corso ha sido abolido, 
como recurso lícito de hacer la guerra, en el derecho 
moderno, más o menos teórico; pero advirtamos bien 
que esa abolición no ha tendido a realizar el verda- 
dero ideal de la civilización, que quiere substraer de 
la agresión en el mar la propiedad privada inocente, 
lo mismo que en la tierra; ha tenido por objeto, por 
el contrario, dar a las escuadras de los poderosos el 
monopolio de esa injusta facultad de atacar y des- 
truir al que no toma parte en la contienda: al barco 
inofensivo que navega en aguas libres. ¿No os parece 
tan injusto y brutal, en ese caso, el barco de guerra 
que ataca la nave inocente, como el mercante auxi- 
liar debidamente autorizado? 

Pero conviene que no nos engolfemos demasiado 
en esta controversia; no tenemos tiempo. Bástenos 
recordar que, si bien las grandes potencias modernas 
se han puesto fácilmente de acuerdo en la abolición 
del corso, también han estado conformes en oponer- 
se a lo que más reclamaba la civiHzación: la inviola- 
bilidad del hombre desarmado, y de la propiedad 
privada, en la guerra marítima. Ayer no más, en el 
Congreso de El Haya de 1907, fracasó toda generosa 
iniciativa en tal sentido: ese corso de los fuertes está 
hoy subsistente. 

Ya sabéis que el otro, el de los débiles, fué abolido 
en el Cor^reso de París de 1856, después de aquella 
guerra de Crimea, que todos conocéis, en que Fran- 
cia e Inglaterra renunciaron al corso, de que no ne- 



í 



El, HERMANO DE WASHINGTON 1 39 

cesitaban; pero recordad que, aun entonces, ni los 
Estados Unidos, ni Méjico, ni España, quisieron despo- 
jarse de él, como recurso lícito de guerra, mientras 
subsistiera, sobre todo, el derecho de atacar la pro- 
piedad privada en el mar; lo consideraron indispen- 
sable a las potencias sin marina militar. 

Pensemos ahora, amigos míos, en si Artigas, cua- 
renta años antes de ese Congreso de París, tenía o no 
«1 derecho de compartir aquella actitud de Méjico, 
Estados Unidos y España; en si, falto de todo elemento 
marítimo, podía o no levantar su bandera de engan- 
che contra la marina portuguesa que lo bloqueaba. 

Artigas, con un dominio del derecho de gentes que 
lioy nos admira tanto como el que reveló del cons- 
titucional en sus Instrucciones, organizó el corso 
desde el primer momento de la invasión. En 1816, 
antes de la caída de Montevideo, armó dos embar- 
caciones, la Salcero y la Valiente, cuyo primer via- 
je anuncia al Cabildo en estos términos: «Marcharon 
a penetrar en los saltos del Uruguay los dos corsa- 
rios, bien pertrechados, para auxiliar por el río nues- 
tros movimientos de tierra. Conviene autorizar el 
corso, expidiendo la correspondiente patente, para 
hostilizar por ese medio a los portugueses por mar. 
La medida, puesta en práctica, comienza a dar bue- 
nos resultados». 

Barreiro siguió sin demora la indicación: a fines 
de 1816 expidió en Montevideo patente de corso, en 
la forma consagrada por derecho, a don Ricardo 
Leech, capitán de una goleta. Este y sus tripulantes 
afianzaron el cumplimiento de las cláusulas de la pa- 
tente, y se obligaron a entregar al tesoro público el 
diez por ciento de las presas. 

Notemos una interesantísima circunstancia: esa go- 



1 6o LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

leta, al recibir el pabellón de Artigas, adoptó el nom- 
bre de República Oriental. 

Os he dicho, amigos artistas, que la organización 
del corso marítimo por ese gobernante que legisla 
desde su peñón del Uruguay es quizá la nota más 
vibrante de aquel período histórico, y una de las más 
altas de aquel caudillo original. Detengámonos en 
ella, pues; ninguna nos define con maj'^or precisión 
el carácter épico de ese ftmdador de naciones en los 
tiempos modernos. 

Tengo en mi poder un borrador, que juzgo autén- 
tico, pues, como lo veis, está escrito en aquella época; 
contiene la Instrucción dictada por Artigas para defi- 
nir los deberes y derechos de sus corsarios. Este pre- 
cioso documento, nuevo en la historia del Plata, re- 
clama nuestro examen detenido. Es el siguiente: 

«Artículos de instrucción que observará el Se- 
ñor Comandante del Corsario nombrado, se- 
gún EL estatuto provisional DE DECRETOS Y 

Ordenanzas de esta Provincia Oriental. 

»Art. i.*^ El Comandante y Oficiales y demás Su- 
balternos del predicho Corsario quedan bajo la pro- 
tección de las leyes del estado, y gozarán, atmque 
sean extranjeros, de los privilegios e inmunidades de 
qualquiera ciudadano americano, mientras permane- 
cieren en servicio del estado. 

)>2.o Los armadores podrán celebrar los contratos 
que estimen convenientes con el Comandante, Ofi- 
ciales y tripulación, debiendo entrambas partes man- 
tener una constancia por escrito del contrato, para 
hacerlo cumplir religiosamente, en caso de duda, por 
este Goviemo. 



El, HERMANO DE WASHINGTON l6l 

)>3.° I/OS armadores serán obligados a satisfacer un 
cuatro por ciento ante este Goviemo sobre el pro- 
ducto de cada una de las presas, debiendo en las 
reparticiones considerarse esta porción como la más 
sagrada y recomendable para el estado. 

»4.° lyos armadores y apresadores serán obligados 
a dar a este Govierno la mitad del armamento y útiles 
de guerra tomados en las Presas; el resto quedará a 
beneficio de dichos armadores, con prevención de 
que si este Goviemo los necesita, deberá ser preferido 
en la compra por su valor ordinario. 

»5.° En razón de los dos anteriores artículos, el 
Goviemo concede el privilegio a los armadores y 
apresadores que las presas vendidas en qualquiera 
de los puertos de su mando paguen solamente sobre 
sus efectos la mitad de los derechos ordinarios, que 
será un doce y medio por ciento, y que no serán gra- 
vados estos mismos efectos con pecho extraordinario. 

»6.o lyos armadores y apresadores serán obligados 
a satisfacer qualquier auxilio que por vía de reintegro 
hayan pedido o exigido de los buques mercantes o 
de guerra del Estado o de otros qualesquiera trafican- 
tes de los poderes neutrales o amigos a quienes se 
les haya exigido por el mismo principio. 

»7.° Los armadores y apresadores serán obligados 
a enarbolar en el corsario la bandera tricolor, azul, 
blanca y colorada, en el modo y forma en que la usan 
los demás corsarios y que tiene ordenado la Provincia. 

»8.° El Goviem^o declara por buena presa todo y 
qualquiera buque navegante con bandera portuguesa 
y con patente de aquel Goviemo, debiendo todos sus 
cargamentos, buques y efectos ser vendidos o ena- 
jenados en justa represalia. 

»9.° El Goviemo declara por buena presa quales- 

T. n.-ii 



1 62 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

quiera buque que, reconocido por alguno de nuestros 
corsarios y enarholando el pabellón de la Provincia, 
se les haga el menor movimiento de hostilidad, con 
justificación de no haber sido provocado por ellos. 

jyio. El Comandante de corso podrá reconocer qua- 
lesquiera buque navegante, y si lo encontrase con 
armamento, útiles de guerra y papeles oficiales de 
qualesquiera de las dos majestades española y por- 
tuguesa relativas a la subyugación y nueva conquista 
de estas provincias u otras qualesquiera del continente 
americano será, por el mismo hecho, declarado buena 
presa. 

»ii. El Comandante de corso apresará qualesquiera 
buque navegante que fuese encontrado sin credencia- 
les de alguno de los goviemos reconocidos, y será 
reputado como pirata, a no ser que el capitán y tri- 
pulación de dicho buque justifique la casualidad de 
este incidente. 

Di2. El Comandante de corso, habiendo hecho las 
presas por qualesquiera de las causales indicadas en 
los artículos anteriores, podrá remitirlas con quales- 
quiera de sus oficiales de presa, autorizándole para 
que pueda enajenarlas o venderlas en qualquiera de 
nuestros puertos u otros de las Provincias neutrales 
o amigas. 

»I3. Ni el Comandante de corso ni alguno de sus 
Oficiales podrá tomar ninguno de los buques mencio- 
nados, siempre que se hallen a un tiro de cañón de 
los puertos neutrales o amigos, o a la misma distancia 
en qualesquiera de sus costas, en cuj^'o caso, gozando 
inmimidad aquel terreno, declaro ser nula aquella 
presa, aun cuando por nuestro corsario hayan sido 
perseguidos dichos buques enemigos desde mayor dis- 
tancia. 



El, HERMANO DE WASHINGTON 1 63 

014. El Comandante y demás Oficiales de corso 
guardarán y harán guardar la mayor moderación posi- 
ble con los prisioneros de guerra, usando con ellos la 
mejor conducta, según el derecho y costumbre de 
las otras naciones civilizadas. 

»I5. El Comandante y demás Oficiales de corso 
guardarán y harán guardar a la tripulación el mejor 
orden en la visita de los buques y reconocimiento de 
las presas. 

(>i6. El Comandante y Oficiales de presa están obli- 
gados a remitir a este Goviemo todo y qualquiera 
papel interesante hallado en dichas presas, los que 
serán conducidos con la brevedad y seguridad posibles. 

017. El Comandante y Oficiales de presas, en caso 
de hallar alguna contradicción en qualesquiera de 
los puertos neutrales o amigos para su venta, ocurri- 
rán a este Goviemo con los justificativos suficientes 
del apresamiento, y, calificado que sea, hacer el re- 
clamo y gestiones convenientes. 

»i8. El Comandante y Oficiales de corso guardarán 
y harán guardar a la tripulación el mejor orden, y 
cuidarán de la más pimtual obser\^ancia de las le3'-es 
penales. 

»Y para que dichos artículos tengan toda la fuerza 
y valor, van firmados de mi mano y sellados con el 
sello de la Provincia. Dado en...» 

Os invito a consagrar im momento de atención, 
mis buenos amigos, a esos 18 artículos. Así como en 
sus Instrucciones del año 13 consignó Artigas sus 
principios de Derecho Constitucional, en éstas esta- 
blece, como lo veis, los más adelantados del Inter- 
nacional a que somete su conducta. No hay, ni en 
aquéllas ni en éstas, ninguna novedad jurídica; pero 



164 LA EPOPEYA DE AKTIGAS 

si se piensa en que esa Ordenanza sobre el Corso Ma- 
rítimo, que hoy podría someterse al examen de un 
Congreso de naciones, ha salido de la ambulante can- 
cillería instalada en la tienda del Hervidero, la adop- 
ción de tales principios cobra aquí un color original 
y grande. I^a redacción de esa Ordenanza debe ser 
atribuida, es mi parecer, al Padre Monterroso, sucesor 
de Barreiro en la secretaría de Estado; pero, en este 
caso, como en el de las Instrucciones del año 13, y 
en el de la Ley de Tierras públicas, y en el de la Regla- 
mentación de Aduanas y demás leyes de este género,. 
es en Artigas donde el pensamiento es acción y vida; 
es ese hombre quien, solo en su tienda con sus secre- 
tarios, sin asambleas ni congresos, que no puede con- 
vocar, constituye, sin embargo, el vértice a que con- 
vergen ideas y principios para formar un alma nueva. 
No es éste, pues, el guerrillero heroico, genial, que 
han visto algunos en Artigas. 

En ese papel, como en cualquier otro, me parece, 
podéis percibir el pensamiento y el carácter del fun- 
dador de tma nación; la conciencia plena que lo asiste 
de su representación soberana; el celo por el honor 
de su bandera, que llama de la Provincia en el sen- 
tido claro de estado libre en la confederación de Amé- 
rica; el respeto por los principios que rigen las rela- 
ciones de los pueblos civilizados, a los que incorpora 
el suyo recién nacido en condiciones de igualdad, 

Pero antes que los principios que en ella se consa- 
gran, yo quiero haceros advertir aquí, una vez más^ 
el concepto que de sí mismo y de la misión de su pue- 
blo tiene el gobernante del Hervidero. Artigas pone^ 
a la sombra de la bandera tricolor, no sólo las provin- 
cias rioplatenses, sino cualquiera del continente ameri- 
cano que pueda ser amenazada de subyugación o nueva 



El, HERMANO DE WASHINGTON 1 65 

conquista por las antiguas majestades. La bandera que 
tal pretenda es, por ese solo hecho, pabellón enemigo 
ante el derecho de gentes. 

Si recordáis, amigos artistas, las Instmcciones de 
1813, el Zollverein aduanero de 1815 y las demás leyes 
y actitudes concordantes del gran caudillo, que os he 
hecho conocer, acaso se os ocurra pensar en que no 
fué Monroe, el presidente de los Estados Unidos, quien 
primero proclamó el principio aquel de «América para 
los americanos)}. 

Y si sois capaces, como no lo dudo, de ver sólo un 
accidente en la diferencia que existe entre el palacio 
de gobierno de Washington y la tienda del Hervidero, 
espero que sentiréis en éste, más atm que en aquél, 
la presencia del grande espíritu. La Doctrina de Arti- 
gas es más internacional, cuando menos, que la Doc- 
irina de Monroe; no lo pongáis en duda; ésta, la de 
Monroe, era una base de legislación interna, un cri- 
terio político, si queréis, del pueblo angloamericano, 
sobre sus relaciones exteriores; aquélla, la de Arti- 
gas, era tina ley de confederación hispanoamericana, 
que el héroe promulgaba, y a la que se sometía como 
a una ley natural que a todos se imponía. El héroe 
verdadero del panamericanismo estaba entre nosotros 
3' hablaba en español. 

Como el caudillo lo presumía, su idea cobró enor- 
mes proporciones. Armados y equipados al principio 
en Montevideo, y principalmente en la Colonia, los 
corsarios orientales comenzaron a romper el bloqueo 
y a perseguir el comercio portugués en el Río de la 
Plata y aguas adyacentes; pero en seguida se lanzaron 
a pleno Atlántico, que cruzaron en todas direcciones, 
en busca de su presa. Los marinos de Estados Unidos, 



l66 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

los de Baltimore sobre todo, acudieron al llamado del 
Estado Oriental, y, enarbolando su pabellón de gue- 
rra, aniquilaron el comercio enemigo. I^a travesía 
de Portugal al Brasil se hizo casi imposible: Río Ja- 
neiro, Pernambuco, Bahía, OjDorto, I^isboa, sufrían 
pérdidas invalorables. El gobierno de don Juan VI 
recurrió en vano a los viajes en convoy; las presas 
caían una tras otra, y eran vendidas públicamente 
en los puertos de Estados Unidos, en Baltimore es- 
pecialmente, centro de los armamentos. Ivos corsarios 
orientales se hicieron célebres por su valor y audacia; 
llevaron ésta hasta atacar el pabellón enemigo en sus 
propios puertos, en el mismo de I^isboa, bajo el fue- 
go de sus baterías. 

Convengamos, amigos míos, en que la voz de esos 
cañones, los solos que en los mares europeos repelie- 
ron la fuerza con la fuerza, fué la primera proclama- 
ción del derecho hispanoamericano recién nacido; 
esa voz de Artigas, que sonaba en los oídos de la 
Santa Alianza, era la rectificación de las protestas 
de acatamiento que otros le hacían oir, y que ella 
no quería escuchar. 

No; aquellos corsarios, amigos míos, no eran pira- 
tas o bandoleros del mar, como alguien ha dicho; 
invocaban un derecho agredido; enarbolaban un pa- 
bellón reconocido como nacional, cuyo enemigo exclu- 
sivamente perseguían; formaban parte, como los cuer- 
pos francos o los pueblos levantados en masa, de la 
fuerza pública de un estado. Eran la codicia lanzada 
contra la codicia; el hecho contra el hecho. 

Esos mercenarios fueron nuestros auxiliares; eran 
nuestros, porque los pagábamos ¡y cuan caro! con la 
sangre de los que caían, a la sombra del mismo pabe- 
llón, en Continbé, en el Catalán, en India Muerta, y 



Ely HERMANO DE WASHINGTON 1 67 

compraban con ella, para su patria, el título de per- 
sona internacional. 

¿Cómo no^mirar, entonces, con simpatía, a esos pri- 
meros heraldos, en el viejo mundo, de nuestra recién 
nacida beligerancia, oh amibos míos? 

¿No os he de hacer mirar, con el interés con que yo 
lo miro, a ese barquichuelo vaticinante que, por pri- 
mera vez, pasea sobre las aguas, como una palabra del 
porvenir, ese nombre querido de República Oriental? 

La^actitud de los Estados Unidos fué, en este caso, 
muy sugerente; los enemigos de Artigas la calificaban 
de complicidad con la piratería. El gobierno de don 
Juan VI reclamó ante el de Washington, pero sin re- 
sultado; recurrió entonces, abrumado y suplicante, 
a quejarse de las agresiones de Artigas ante las gran- 
des potencias reunidas en Aix-la-Chapelle, y allí 
obtuvo que los gobiernos dueños de colonias prohibie- 
sen la entrada a sus puertos de los corsarios orien- 
tales. Reanudó entonces sus trabajos en Washing- 
ton; fundó su nueva instancia en el hecho de haber 
ya arrebatado legítimamente todos sus puertos a Ar- 
tigas, lo que lo inhabilitaba para expedir patentes de 
corso... Salió, por fin, con la suya: el Congreso de 
Washington, en marzo de 1817, prohibió el armamen- 
to de corsarios, y el Ejecutivo la admisión de presas 
en los puertos de la Unión. Pero es preciso reconocer 
que no fué grande el celo desplegado en la ejecución 
de tales leyes y decretos. El Congreso 3'' el Ejecutivo 
de la Unión cedían ante las circunstancias; pero la 
patria de Washington no podía olvidar tan pronto 
que, en su guerra de independencia, aun teniendo, 
como tuvo, el apoyo de la escuadra francesa, echó 
mano resueltamente de sus corsarios, tan audaces 
como los de Artigas; aniquiló con ellos el comercio de 



l68 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Inglaterra, y apresuró el reconocimiento de su perso- 
na soberana. 

Pero no sólo por eso se negaron los Estados Unidos 
a considerar como pabellón pirata el tricolor de los 
corsarios de Artigas. Hemos llegado, amigos artistas, 
a la oportunidad de hablar de lo que antes os decía: 
del juicio que de la persona y la causa y de la ban- 
dera del gran caudillo platense se había formado la 
República del Norte. 



IV 



Conocidas nos son las gestiones diplomáticas de 
los Directorios de Buenos Aires en Río Janeiro y en 
Europa. En todas ellas, iniciadas y seguidas, como 
sabéis, sobre la base del acatamiento al rey, Artigas, 
o no ha figurado, o ha aparecido como un bárbaro, 
cuya destrucción con todo su pueblo es gloria y pro- 
vecho: es un facineroso en la tierra; un pirata en el 
mar. No era difícil convencer de eso a los reyes euro- 
peos, convencidos como lo estaban de que, en estos 
mundos americanos, quien más quien menos, todos 
eran bárbaros, cualquier fuera el pabellón que levan- 
taran. 

Pero al mismo tiempo que esas gestiones monár- 
quicas se seguían en secreto, el Directorio de Buenos 
Aires, por resolución del Congreso, inició, en este año 
de 1817, negociados paralelos en Estados Unidos, 
con objeto de buscarla amistad de la gran República 
del Norte, y obtener de ésta el reconocimiento de la 
independencia de las Provincias del Río de la Plata, a 
título de identidad en los ideales políticos. 

Esos negociados, de que voy a daros cuenta detalla- 



El, HERMANO DE WASHINGTON 1 69 

da, no habían sido los primeros intentados en Estados 
Unidos. En mayo de 1811, cuando Artigas triunfaba 
€n Las Piedras precisamente, la Junta Gubernativa 
de Buenos Aires, la que había nacido de la asona- 
da del 5 y 6 de abril, que derrocó a la formada el 25 
de mayo de 1810, había comisionado a don Diego de 
Saavedra y a don Juan Pedro Aguirre, para que fueran 
secretamente, con los nombres supuestos de Pedro 
I/Spez y José Cabrera, a Estados Unidos, gobernados 
a la sazón por su cuarto presidente, Jacobo Ma dis- 
pon, a comprar armas y hacer conocer allí la revolu- 
ción del Plata. El ministro de Madisson era Monroe, 
Éste acordó a los comisionados una audiencia confí- 
dencial, en la que manifestaron que el deseo del país 
era el de constituirse en nación independiente, para 
lo que pedían protección. Dos días después ]\Ionrce, 
en nombre de Madisson, contestó «que los Estados 
Unidos verían con agrado la emancipación de sus 
hermanos los pueblos del Sur, bajo una constitución 
liberal», y que, en ese concepto, les prestarían el apo- 
yo compatible con las circunstancias. Los comisio- 
nados contrataron entonces, con la casa Stephen 
Oérard, la adquisición de veinte mil fusiles y gran 
•cantidad de pistolas y sables. Stephen obtuvo de 
Monroe que, para evitar retardos, esas armas se sa- 
casen de los arsenales de la nación, en los que serían 
repuestas, y que se entregasen las mejores, y a precios 
reservados. En cuanto a su pago, el gobierno de la 
Unión se satisfacía con la garantía de un comerciante 
de crédito en el país. Pero la Junta de Gobierno de 
Buenos Aires, agobiada entonces por el desastre del 
Desaguadero, y resuelta a su arreglo con Elío, en que 
reconocerá a Fernando VII, ordenó a sus comisiona- 
dos que no extendieran sus gastos más allá de la suma 



170 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

que tenían en su poder. Ésta había sido ya invertida 
en la adquisición de mil fusiles. Por otra parte, esa 
Junta, como todos los gobiernos bonaerenses, era pre- 
caria; será substituida muy pronto, en septiembre del 
mismo año, por el Triunvirato, y éste por el Directo- 
rio, etc. No se veía allí una persona permanente al 
través de las variaciones constantes. Sus comisiona- 
dos tuvieron que regresar a la patria, a la que arri- 
baron el 14 de mayo de 1812. 

Como lo Veis, mis amigos, los Estados Unidos se 
presentaron dispuestos, desde el primer momento, a 
secundar la revolución del Plata; pero en el concepto 
de que estos pueblos se emancipasen realmente, bajo 
una constitución liberal. La República del Norte quería 
cerciorarse de que, efectivamente, el Río de la Plata 
pensaba en la independencia, es decir, en la democra- 
cia republicana. 

Ya sabéis vosotros lo que ha pasado, desde que esos 
comisionados de Buenos Aires hablaron a Monrce 
de independencia en 1811, hasta el momento en que 
estamos {1817), en que un nuevo embajador, don 
Manuel Hermenegildo Aguirre, va a hablarle de lo 
mismo. Y si vosotros lo sabéis, mejor lo sabía Monroe. 
Allá, en los Estados Unidos, se conocía todo: desde las 
gestiones de Alvear para entregar a la madre patria 
Inglaterra el Río de la Plata, en compensación de 
lo que perdió en el Norte; desde las idas y venidas de 
Rivadavia a Madrid a ofrecer a Fernando VII, res- 
taturado en su trono absoluto, la sumisión de sus sub- 
ditos americanos, hasta las gestiones pendientes con 
la Santa Alianza y la entrega de la Banda Oriental 
al rey portugués. Vais a ver cómo todo eso se conocía, 
y, sobre todo, cómo se sabía también quién era y a 
qmén representaba Artigas. 



El, HERMANO DE WASHINGTON 1 71 

Presentar a éste, en los Estados Unidos, como un 
salvaje o facineroso, merecedor de muerte de ñera, no 
era obra tan sencilla como condenarlo ante los monar- 
cas de Europa, o en los decretos del Directorio, o en 
los panfletos locales. El enviado de Buenos Aires va 
a encontrarse allí con una sorpresa: va a presenciar 
la primera apoteosis de ese odiado personaje, realizada 
precisamente en los momentos de su infortunio, de 
su abandono y sus desastres. Alguien ha escuchado, 
pues, sus gritos y conjuros: el solo que, en el mundo, 
puede oir y juzgar la causa del Nuevo Mundo repu- 
blicano. 



V 



No perdáis de vista, mis pacientes amigos, el mo- 
mento en que nos encontramos. El portugués, apoyado 
por el director Pueyrredón, es dueño de Montevideo, 
donde lo sitiarán y acosarán los patriotas, mientras 
tengan sangre que verter. San Martín ha pasado los 
Andes y entrado vencedor en Santiago, donde, re- 
conociendo la soberanía del pueblo chileno, acata v 
como director supremo al general O'Higgins, jefe de 
los chilenos. Rivadavia, tras el fracaso de la nego- 
ciación para coronar al infante don Francisco de 
Paula, está en Europa, donde, después de presentar 
al rey de España, el amado monarca, los sentimientos 
de lealtad de sus vasallos americanos, y de recibir 
los mayores desaires en su plan de reconciliación, 
urge a Pueyrredón para que haga declarar la monar- 
quía en el Plata; gestiona, con instrucciones expre- 
sas del Congreso, la coronación, en el Plata y en Chile, 
de un príncipe de las casas reinantes, sostenido por 



172 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

las grandes potencias europeas; se dirige a estas po- 
tencias, reunidas en Aix-la-Chapelle, y hace toda da- 
se de esfuerzos por dar a la revolución de Mayo, como 
solución, una corona apoyada en soldados de ultra- 
mar. García está en Río Janeiro cultivando la alian- 
za de Portugal contra Artigas, como agente de Puey- 
rredón y del Congreso; envía al Supremo Director un 
proyecto de tratado, y, para conjurar el peligro de 
que el gobierno pueda romper con Portugal, a causa de 
la usurpación de la Banda Oriental, le dice en comu- 
nicación de 25 de abril de 1817: «Demos por supues- 
to que triunfamos de los portugueses y que los obli- 
gamos a desalojar la Banda Oriental. ¿Hemos ganado 
algo en fuerza y poder? No, señor; entonces el poder 
de Artigas aparecerá con mayar ímpetu y será irresis- 
tible. Iva naturaleza de ese poder es anárquica, es in- 
compatible con la libertad y la gloria del país. Arti- 
gas y sus bandas son una verdadera calamidad... 
No tenemos otro sacriñcio que hacer sino dejar, por 
algún tiempo más, el territorio ocupado en manos del 
extranjero... Nos privamos temporalmente de un te* 
rritorio qiie, evacuado, no volverá a nuestro poder». 

Ése será siempre el criterio de García y de los suyos; 
si ese territorio no vuelve a poder de Buenos Aires, 
no hay para qué pugnar por que salga de manos del 
extranjero; sólo se le disputará al extranjero diplo- 
máticamente, para hacerlo propio; no para hacerlo 
libre, dueño de sí mismo, miembro personal de la 
familia española, como Chile o el Perú. 

Artigas, entretanto, en su homérica capital pri- 
mitiva, continúa su resistencia contra el invasor por- 
tugués, y enarbola la franja roja diagonal de su ban- 
dera republicana. 

Y es en esas circunstancias cuando Pueyrredón 



El, HERMANO DE WASHINGTON 1 75 

envía a los Estados Unidos ese agente de que os hablo, 
don Manuel Hermenegildo de Aguirre, con el objeto 
de recabar de la gran República el reconocimiento de 
la independencia de las Provincias del Plata y la 
protección del gobierno americano, a título de frater- 
nidad en el ideal político. Ha de hacer las mismas pro- 
testas que hicieron don Diego de Saavedra y don. 
Juan Pedro Aguirre en 18 11. 

El señor Aguirre, que va también encargado por 
San Martín y O'Higgins de adquirir barcos 3' armas 
para Chile y distribuir patentes de corso argentinas 
y chilenas, llega a Baltimore en julio de 181 7, es decir, 
muy poco después de ocupado Montevideo por el 
ejército del rey portugués, de acuerdo con el repre- 
sentante de Buenos Aires en Río, y con las instruc- 
ciones del Congreso de Tucumán, y con todo lo demás 
que sabemos. 

El ilustre Monroe, el mismo que, como ministro- 
de Madisson, había recibido en iSii a los primeros 
enviados confidenciales, es ahora quinto presidente 
de la gran República. Mr. Quince Adams, que lo su- 
cederá en la presidencia, es su ministro. 

Fijémonos ahora en Mr. Clay. Éste, que aspiraba al 
ministerio, como base de su candidatura a la futura 
presidencia, ve su derrota en la elevación de Adams, 
y se constituiré en leader de la oposición, en la Cá- 
mara de representantes, contra Monroe y su go- 
bierno. Esa su plataforma de política interna dará 
resonancia a su nombre en la internacional de Amé- 
rica. 

¿Qué dirá Aguirre a Monroe, a Adams, al puebla 
angloamericano?... ¿Les dirá que las Provincias del 
Río de la Plata, que han declarado su independencia 
en Tucumán, fraternizan con sus hermanos del Norte 



176 LA EPOi-EYA DE ARTIGAS 

que todos los orientales hemos escuchado conmovi- 
dos, y que deben incorporarse a nuestra historia: 

«Señor Presidente: Cuando tuve el honor de pre- 
sentar mis cartas credenciales a V. E-, le anuncié 
que un almirante de la marina de guerra de los Esta- 
dos Unidos vendría con el cometido de visitar y feh- 
citar a los países de la costa oriental del continente^ 
que consiguieron su independencia hace un siglo ► 

»De acuerdo con el expresado anuncio, me es grato 
ahora presentar a V. E. al señor contralmirante Sydney 
A. Stauto, que, después de haber participado de los 
festejos del centenario en Buenos Aires, viene a Mon- 
tevideo a saludar la bandera de la República Orien- 
tal del Uruguay, atestiguando una vez más los sen- 
timientos de confraternidad que unen a las marinas 
del Uruguay y los Estados Unidos. 

)>Es pronóstico de buen augurio, que jamás buques 
de guerra de la marina de Norte América hayan lle- 
gado a las aguas del Río de la Plata sino en misión 
de paz y de amistad. Así ocurrió en 1818, con la lle- 
gada de la fragata Congress, que conducía la comisión 
que, en cumplimiento de instrucciones del presiden- 
te Monroe, debía estudiar las condiciones políticas 
de las Provincias Unidas del Río de la Plata e infor- 
mar respecto del reconocimiento de su independen- 
cia, en aquellos momentos difíciles para el patriota y 
bizarro Artigas, que, con razón, ha sido llamado et 
Washington del Uruguay.» 

El doctor Williman contestó, en nombre del pueblo 
oriental: «Yo agradezco a V. E. el recuerdo dedicado- 
a la personalidad de nuestro Artigas, cuya actuación 
reverenciamos todos los uruguayos». 

Era de agradecerse, efectivamente. Nada más opor- 
tuno que esa fuerte declaración, para celebrar, con 



El, HERMANO DE WASHINGTON 1 77 

ios hijos de Artigas, en nombre de la patria de 
Washington, el aniversario de la independencia de 
estos países déla costa oriental del continente; nada 
más oportuno. 

¡El Washington del Uruguay! Valiente y honrada 
frase. 

Mr. Morgan, que tal decía, es un gentil represen- 
tante de su patria; pero es también, en su tierra, un 
profesor de historia; lo es de largos años atrás. 

I^as páginas de la historia angloamericana que Mor- 
gan ha estudiado, para poder designar a Artigas con 
el predicado de Washington del Uruguay, son las que 
voy a haceros conocer ahora, amigos artistas. Esas 
páginas no figuran generalmente en la historia del 
Río de la Plata, que está llena de lagunas; lagunas 
estancadas que hemos de cegar echando en ellas 
verdades y verdades; las hemos de cegar, así sean 
más profundas que el Océano. Que no lo son tanto, 
ni mucho menos, como lo estamos viendo. 

Hablaremos, pues, de esa fragata Congress, recor- 
dada por Morgan en su discurso, y de la comisión que 
vino en ella con instrucciones de Monroe. También 
de los momentos difíciles para el patriota y bizarro 
Artigas, en que aquélla llegó al Plata. 

De todo eso hablaremos amablemente. 



VI 



Aguirre, el embajador de Buenos Aires, es recibido 
por el presidente Monroe, quien, en la única confe- 
rencia que con él celebra, le protesta la amistad de 
la América del Norte hacia la del Sur; pero con las 
reservas impuestas por la diplomacia, y concillando la 

Ti 11.-12 



178 r,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

protección indirecta y disimulada, que le hace esperar, 
con las relaciones amistosas que los Estados Unidos 
cultivan en esos momentos con España. 

El agente argentino se pone entonces en comunica- 
ción escrita con el ministro Adams, al que elocuen- 
temente expone los títulos que tienen las Provincias 
del Plata al reconocimiento; pero al entrar a preci- 
sar su negociado, el representante de Buenos Aires 
se ve desconcertado por la siguiente pregunta, que le 
hace el ministro de Monroe: — ¿Cuáles son los territo- 
rios que han de constituir el nuevo Estado cuya re- 
presentación invocáis, y cu3^a independencia queréis 
ver reconocida por la democracia de Washington?... 

Aguirre contesta con vacilación: — Son los que cons- 
tituyeron el virreinato español del Río de la Plata. 

— Y ese territorio que gobierna Artigas, responde 
Adams, ¿no formaba parte del virreinato?... Habéis 
presentado poderes del gobierno de Buenos Aires; 
nos traéis una carta de O'Higgins, el jefe délos chilenos. 
¿Traéis algiina de Artigas, el Jefe de los Orienta- 
les, con quien ha tratado nuestro cónsul, que ha 
estado en comunicación con nuestro presidente, que 
nos ha ofrecido su amistad republicana? Decís que 
sois agente de los gobiernos argentino 3' chileno. 
¿Y el oriental?... ¿Quién os da la representación de 
ese pueblo heroico, que, como Chile, está separado 
de Buenos Aires por fronteras naturales, y que quiere 
su autonomía?... Yo veo allí a ese hombre Artigas, 
que lucha solo con su pueblo, y que, cuando menos, 
representa tanto como O'Higgins. ¿Quién es ese 
Artigas? Yo veo a Montevideo en poder de un mo- 
narca europeo, del portugués, hermano del espa- 
ñol, protegido de la >Santa Alianza, que no puede 
ser nuestra amiga. Y ese rey extranjero está allí. 



El, HERMANO DE WASHINGTON 1 79 

con el beneplácito del gobierno de Buenos Aires, 
que vos representáis, y que pide el reconocimiento. 
¿Quién me garantiza entonces la estabilidad, la ver- 
dad de esa patria, de principios idénticos a los nues- 
tros, de que me estáis hablando?... Y si ese Arti- 
gas, Jefe de la Banda Oriental, que proclama la in- 
dependencia republicana, dijo expresamente Adams, 
me pide el reconocimiento que vosotros me pedís, 
el reconocimiento de su independencia de España 
y de Buenos Aires, ¿qué le contesto, si hoy reco- 
nozco su dependencia de vosotros sin su voluntad 
o contra ella?... ¿Me he de poner contra él, en la lucha 
que sostiene con vosotros, aliados del rey de Portugal, 
en defensa de la democracia?... ¿Y si el mismo portu- 
gués me pide el reconocimiento de su dominio sobre 
Montevideo, su ciudad conquistada?... 

Adams, el pueblo americano, mis amigos artistas, 
no conocían, como nosotros conocemos hoy, en todos 
sus detalles, la gestión que precedió a la invasión 
portuguesa; todo eso ha venido a conocerse 6o años 
después; pero conocían lo suficiente para formar su 
juicio. El representante délos Estados Unidos en Fran- 
cia, Mr. Gallatin, estaba impuesto de los proyectos de 
Rivadavia, que le había sido presentado por I^afa- 
yette; el representante de los Estados Unidos en In- 
glaterra, Mr. Ricardo Rush, neutralizaba en esos 
momentos, ante Ivord Castlereagh, el proyecto de éste, 
de mediación de Inglaterra en Europa, para restituir 
a España sus dominios, y negaba el concurso de esos 
Estados Unidos a todo arreglo que no tuviese por 
base la independencia de las colonias españolas; 
estaban también en autos sobre el espíritu monárqui- 
co predominante en los directorios de Buenos Aires, 
y sobre la intervención de éstos en la invasión por- 



1 8o lyA EPOPEYA DE ARTIGAS 

tuguesa. lyos Estados Unidos sabían, pues, todo lo 
esencia], absolutamente todo. 

Aguirre tuvo que contestar a la formidable obje- 
ción de Adams. Allí no podía recurrir a la gratuita 
depresión de Artigas; no le era dado salir del paso 
con decir que éste era un caudillo anárquico y vulgar, 
mientras sus enemigos eran el orden; mucho menos 
con que era un bárbaro o un facineroso, mientras 
sus émulos eran la humanidad generosa. Oíd su con- 
testación, que os va a llenar de asombro: «Artigas, 
aunque en hostilidades con el gobierno de Buenos 
Aires, dijo, sostiene la causa déla independencia contra 
España. En cuanto a la invasión portuguesa, el motivo 
principal de esa guerra es la antigua pretensión del Bra- 
sil a ma^'ores límites territoriales. Será probablemente 
imposible que lo consiga, porque uno de nuestros más 
distinguidos jefes, ayudado por los más amplios recur- 
sos, está ahora comprometido en el rechazo de esas tro- 
pas. Y no obstante el doble vínculo con que actualmente se 
une ese soberano al rey de España, nuestra existencia na- 
cional, lejos de estar seriamente comprometida por la 
guerra en ese rincón (quarter), está fortalecida por ella». 

Ese rincón era la Banda Oriental; ese distinguidí- 
simo jefe, ayudado por los más amplios recursos 
era... yo no sé quién era. ¿Sería Artigas?... ¡Artigas 
representado por el agente de Pueínrredón!... 

Convengamos, mis amigos, en que la posición del 
señor Aguirre era muy escabrosa y llena de peligros. 
Todo cuanto decía era falso, insincero; ni era verdad 
que Artigas ni ningún otro general argentino estu- 
viera ayudado por Buenos Aires para rechazar al 
portugués, ni era verdad nada de lo que dijo. Vosotros 
sabéis la verdad, y, sobre todo, también la sabía 
Adams; creo que mejor que Aguirre. 



ni, HERMANO DE WASHINGTON l8l 

Éste no obtuvo el resultado que buscaba. No sólo 
no fué reconocido en su carácter de enviado diplo- 
mático o ministro público, con las inmunidades de 
tal, sino que, por reclamación del cónsul español, que 
lo denunció como armador de buques de guerra con- 
tra España, fué reducido a prisión, por haber trans- 
gredido la ley de neutralidad, que acababa de dictarse 
en los Estados Unidos, y que prohibía adquirir ele- 
mentos bélicos. Muy malos ratos tuvo que pasar en 
los Estados Unidos el señor Aguirre, y eso debió serle 
tenido muy en cuenta por su país, al que sirvió con 
la mejor voluntad. 



VII 



¿Eran los Estados Unidos enemigos del movimien- 
to de emancipación de la América española?... No es 
eso, precisamente. Es menester que veamos las reali- 
dades, al través de las apariencias. lyos Estados Uni- 
dos, por razones fáciles de comprender, tenían que 
apoyar ese movimiento, y lo apoyarán más adelante; 
pero lo harán en el momento que juzguen oportuno, 
consultando, sobre todo, como es corriente en estos 
casos, sus propias conveniencias nacionales. El mo- 
mento en que se presentó Aguirre no podía ser más 
intempestivo. I/)S Estados Unidos estaban en buenas 
relaciones con España, y les convenía estarlo, entre 
otras razones, porque esperaban de ésta la cesión del 
territorio de las Floridas, que se realizará en 1821. 
No por otra causa habían dictado esa ley de neutra- 
lidad que os he citado; por eso, a requisición de Es- 
paña, se negaban a recibir a Aguirre en carácter di- 
plomático; no por otro motivo accedían a las reclama- 



1 8o I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

tuguesa. lyos Estados Unidos sabían, pues, todo lo 
esencial, absolutamente todo. 

Aguirre tuvo que contestar a la formidable obje- 
ción de Adams. Allí no podía recurrir a la gratuita 
depresión de Artigas; no le era dado salir del paso 
con decir que éste era un caudillo anárquico y vulgar, 
mientras sus enemigos eran el orden; mucho menos 
con que era un bárbaro o un facineroso, mientras 
sus émulos eran la humanidad generosa. Oíd su con- 
testación, que os va a llenar de asombro: «Artigas, 
aunque en hostilidades con el gobierno de Buenos 
Aires, dijo, sostiene la causa de la independencia contra 
España. Kn cuanto a la invasión portuguesa, el motivo 
principal de esa guerra es la antigua pretensión del Bra- 
sil a mayores límites territoriales. Será probablemente 
imposible que lo consiga, porque uno de nuestros más 
distinguidos jefes, ayudado por los más amplios recur- 
sos, está ahora comprometido en el rechazo de esas tro- 
pas. Y no obstante el doble vínculo con que actualmente se 
une ese soberano al rey de España, nuestra existencia na- 
cional, lejos de estar seriamente comprometida por la 
guerra en ese rincón (quarter), está fortalecida por ella». 

Ese rincón era la Banda Oriental; ese distinguidí- 
simo jefe, ayudado por los más amplioc recursos 
era... yo no sé quién era. ¿Sería Artigas?... ¡Artigas 
representado por el agente de Pueyrredónl... 

Convengamos, mis amigos, en que la posición del 
señor Aguirre era muy escabrosa y llena de peligros. 
Todo cuanto decía era falso, insincero; ni era verdad 
que Artigas ni ningún otro general argentino estu- 
viera ayudado por Buenos Aires para rechazar al 
portugués, ni era verdad nada de lo que dijo. Vosotros 
sabéis la verdad, y, sobre todo, también la sabía 
Adams; creo que mejor que Aguirre. 



Elv HERMANO DE WASHINGTON l8l 

Éste no obtuvo el resultado que buscaba. No sólo 
no fué reconocido en su carácter de enviado diplo- 
mático o ministro público, con las inmunidades de 
tal, sino que, por reclamación del cónsul español, que 
lo denunció como armador de buques de guerra con- 
tra España, fué reducido a prisión, por haber trans- 
gredido la ley de neíitralidad, que acababa de dictarse 
en los Estados Unidos, y que prohibía adquirir ele- 
mentos bélicos. Muy malos ratos tuvo que pasar en 
los Estados Umdos el señor Aguirre, y eso debió serle 
tenido muy en cuenta por su país, al que sirvió con 
la mejor voluntad. 



VII 



¿Eran los Estados Unidos enemigos del movimien- 
to de emancipación de la América española?... No es 
eso, precisamente. Es menester que veamos las reali- 
dades, al través de las apariencias. I,os Estados Uni- 
dos, por razones fáciles de comprender, tenían que 
apoyar ese movimiento, y lo apoyarán más adelante; 
pero lo harán en el momento que juzguen oportuno, 
consultando, sobre todo, como es corriente en estos 
casos, sus propias conveniencias nacionales. El mo- 
mento en que se presentó Aguirre no podía ser más 
intempestivo. I,os Estados Unidos estaban en buenas 
relaciones con España, y les convenía estarlo, entre 
otras razones, porque esperaban de ésta la cesión del 
territorio de las Floridas, que se realizará en 1821. 
No por otra causa habían dictado esa ley de neutra- 
lidad que os he citado; por eso, a requisición de Es- 
paña, se negaban a recibir a Aguirre en carácter di- 
plomático; no por otro motivo accedían a las reclama- 



I 



I82 I.A EPOPKYA DE ARTIGAS 

dones del cónsul español, que denunciaba a Aguirre 
como violador de la citada ley, y obtenía orden de 
prisión contra él; por eso, por fin, se negaban a recibir 
al señor Forest, como cónsul de las Provincias Uni- 
das, después que éstas proclamaron su independencia, 
y declaraban que, si antes habían reconocido agentes 
consulaies de esas provincias, tva 'porque ellas se go- 
bernaban a nombre de Fernando VII. 

¿Quiere esto decir entonces que lo que objetaba 
Adams a la representación de Aguirre, la falta de re- 
presentación de la Banda Oriental, la invasión por- 
tuguesa, la personalidad de Artigas, eran sólo subter- 
fugios o dilaciones?... 

Tampoco es eso, precisamente; no, no es eso. L,a 
gran República no tenía necesidad de tales subterfu- 
gios; no tenía necesidad de invocar con respeto la 
causa de Artigas, si no tuviera la convicción muy 
honda de que éste era realmente el hombre represen- 
tativo; con haber dicho categóricamente a Aguirre que 
convenía esperar, el aplazamiento hubiera sido un 
hecho. Creo que no cabe la menor duda. 

Pero Monroe, que dentro de cinco años, en 1823, 
en el momento oportuno para Estados Unidos, apo- 
yará, con su célebre doctrina, la independencia de 
las colonias hispanoamericanas, quería ver en éstas, 
porque así convenía a su propia vida, otras tantas 
naciones realmente emancipadas de Europa. Y, como 
era natural, no veía tal emancipación en la formación 
de monarquías con príncipes sostenidos por los reyes 
absolutos, sino en gobiernos emanados de los pueblos 
libres. 

Kn su mensaje de 1823, Monroe declarará que verá 
un peligro para la paz y felicidad de los Estados Uni- 
dos, no sólo en las ambiciones conquistadoras o recon- 



El, HERMANO DE WASHINGTON 1 83 

quistadoras de las potencias extranjeras en América, 
sino en toda tentativa de extender el sistema político 
europeo en este hemisferio. El reconocimiento vendrá 
cuando los principios republicanos, los de Artigas, 
hayan prevalecido sobre las tendencias de Rivadavia, 
de Pueyrredcn y del Congreso de Tucumán: sólo en- 
tonces habrá patria argentina, pueblo argentino so- 
berano, en el concepto del pueblo de Washington. 
Monroe no dijo nada nuevo; lo que ha dado en 
llamarse doctrina de Monroe, lo mismo podría ape- 
llidarse doctrina de Artigas, o más propiamente, doc- 
trina de América: la vimos consignada, y, sobre todo» 
sinceramente practicada por el Jefe de los Orientales 
en su Ordenanza sobre el corso marítimo: para él, 
es bandera enemiga de la tricolor que enarbola todo 
pabellón que signifique «subyugación o nueva con- 
quista, no sólo de las provincias del Plata, sino de 
cualquiera del continente americanos. Esa doctrina de 
América difiere fundamentalmente de la europea sos- 
tenida por Mr. Canning, por ejemplo, en el seno del 
gobierno inglés y de su Parlamento, cuando, en la 
misma época de que hablamos, y coincidiendo en el 
propósito con los Estados Unidos, hacía reconocer 
por Inglaterra el hecho de la independencia ame- 
ricana. 

No estará fuera de lugar que nos detengamos un 
momento en este recuerdo. 

Este Mr. Canning de que os hablo era, como todos 
sabemos, en 1822, ministro del rey de Inglaterra 
Jorge IV. Contra la opinión de todos, sin excluir la 
del mismo rey, defendió la independencia de la Amé- 
rica española, imponiendo su reconocimiento a su pa- 
tria; se lo impuso al propio rey. Eso ha hecho que el 



184 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

nombre de Canning se rememore con gratitud entre 
nosotros. 

Sea en buena hora: Canning nos hizo bien; conjuró, 
cuando menos, un gran peligro que entonces nos ame- 
nazaba; ahorró sangre a nuestra independencia. Pero 
el significado de la personaHdad del gran ministro de 
Jorge IV es muy diferente, completamente distinto 
del de los presidentes y ministros de los Estados Uni- 
dos de que hablamos. En Inglaterra no se pensaba en 
Artigas, a buen seguro, como en la patria de Washing- 
ton. Y eso tiene su profundo significado, aunque no 
lo parezca. 

Canning era un ministro de aquella Inglaterra 
que, pocos años atrás, había tentado, con el desastro- 
so resultado que conocemos, la conquista de las colo- 
nias de España, para compensarse de la pérdida de 
las propias. Ahora la Santa Alianza, con la que In- 
glaterra no hace buenas migas, después de reponer 
a Fernando VII en su trono absoluto, por órgano de 
Francia, está pensando en reconquistar la América 
para devolverla a su dueño, sin perj\iicio de reservar un 
buen pedazo, que bien podía ser el Río de la Plata, para 
I^uis XVIII, a título de indemnización por sus servi- 
cios a Fernando en su intervención en la política espa- 
ñola resuelta en el Congreso de Verona. Y eso es lo 
que Canning no quiere, y está resuelto a impedir a 
todo trance, por razones de conveniencia política 
inglesa no muy difíciles de percibir. Por eso quería 
que se reconociese la independencia hispanoameri- 
cana; pero sin preocuparse, ni poco ni mucho, de que 
ésta fuera o dejara de ser republicana. Canning y 
Rivadavia podían, pues, entenderse a maravilla. Y lo 
mismo Alvear, el que Uamaba a Inglaterra al trono 
del Plata, y los demás que conocemos. 



EI/'^HERMANO DE WASHINGTON 185 

Pero Monroe, Adams, Clay, el pueblo angloameri- 
cano, no pensaban lo mismo; no miraban con tanta 
indiferencia lo que ser independiente significaba en 
América. No diré yo, por cierto, ni mucho menos, 
que la proclamación de los celebérrimos principios de 
Monroe fuera im acto de desinterés nacional; esa ca- 
ridad colectiva es un remotísimo ideal. Yo creo que 
los Estados Unidos no hicieron entonces otra cosa 
que promulgar una norma de política interna respecto 
de sus relaciones exteriores. Pero esa doctrina, o como 
queráis llamarla, del presidente Monroe, no es sólo la 
defensa de un interés o conveniencia exclusivamente 
angloamericanos; lo es también de un principio vital 
que nos es común a todos los hijos de América, y 
nos distingue de todos los otros pueblos en la histo- 
ria universal: el de la democracia republicana identi- 
ficada con la independencia, con la vida misma; el 
que hace de Artigas, precisamente, lo que Artigas es: 
el héroe americano por excelencia, mal grado sus apa- 
riencias modestas, y acaso por ellas mismas. 

Por eso en los Estados Unidos, y no en Inglaterra, 
apareció, en su altísimo significado, esa inaparente 
personalidad. Canning no sostenía, ni podía sostener, 
lo que el héroe oriental significaba; Monroe sí. 

El insigne ministro de Jorge IV, al defender su tesis 
en el Parlamento, declara que él no intenta procla- 
mar ni sostener el derecho de los americanos a ser in- 
dependientes; se Hmita a reconocer el hecho de que 
lo son en ese momento: el de la expulsión de España 
en América; el de su impotencia para recobrar por 
sí misma sus colonias; el de la existencia, por consi- 
guiente, de pueblos soberanos en el Río de la Plata- 
Y eso es bastante, dice, para que Inglaterra, como 
cualquier otra potencia neutral, proceda de acuerdo 



l86 UA EPOPEYA DE ARTIGAS 

con tal hecho, y cultive con esos pueblos las relacio- 
nes que le convengan. Ni quita ni pone rey, pero 
ayuda a su señor: emancipa el comercio colonial, Can- 
ning nos prestó un servicio, no cabe duda; pero no 
la tengo tampoco de que dijo demasiado cuando de- 
cía, algunos anos después: «lylamé a la vida al Nuevo 
Mundo, para corregir la balanza en el Viejo.» 

No, Inglaterra no llamó a la vida al Nuevo Mundo; 
bien sabemos lo que costó a su propia hija la emanci- 
pación. Ésta, la realizada por Washington, dio por 
resultado la libertad cívica, la de pueblos y ciudadanos; 
y mal podía nacer esa misma libertad en una nación 
que, pese a sus libres instituciones metropolitanas, 
dejaba que el oprimido pueblo irlandés, por el delito 
de ser católico, clamara en vano por la emancipación 
de su vida y de su conciencia. 

En los Estados Unidos era otra cosa: los conceptos 
de independencia americana y de Hbertad eran allí in- 
separables, como lo eran el de libertad plena, aun para 
los católicos, y el de plena autonomía de los pueblos. 

I5,e ahí que los Estados Unidos vieran en Artigas 
lo que nosotros vemos, porque es la realidad; el hom- 
bre de la revolución hispanoamericana. Y por eso 
hicieron a Aguirre, en forma de interpelación, los du- 
ros reproches que hemos visto. Tan arraigada estaba 
en los hombres de los Estados Unidos la desconfianza 
respecto a la fe en la democracia del enemigo de Ar- 
tigas, que, aun en 1820, recomendaba Adams a su 
cónsul en Buenos Aires, Forbes, miicha observación 
al respecto. «No en balde, le decía, ha estado Riva- 
davia dos o tres años en Europa.» 

Esa convicción de Monroe y de Adams sobre Ar- 
tigas tuvo su exponente concreto y su desarrollo en 
el Congreso norteamericano. 



Et HERMANO DE WASHINGTON 187 

Veamos cómo pasa eso, que debéis conocer plena- 
mente. Os voy a hacer sonar horas de verdad y de 
"loria. 



VIH 

A fin de proceder con mayor conocimiento de causa, 
el gobierno de Monroe creyó oportuno enviar al Río de 
la Plata una misión que le informase sobre lo que aquí 
pasaba. Para desempeñarla, fueron designados los 
señores César A. Rodney, Juan Graban y Teo dórico 
Bland, que partieron, en diciembre de 1817, a bordo 
de esa fragata de guerra Congress, de que hablaba al 
presidente urugua3"o Willim.an, en cuyo nombre os 
instnij-o, el ministro Morgan. Los comisionados lle- 
garon a Biienos Aires a principios de 1818. 

El presidente Monroe dio cuenta al Congreso del 
envío de esa misión, pidiendo los recursos necesarios 
para ella, Y he aquí que surge, con ese motivo, en 
el seno del Parlamento, una personalidad brillante, 
el diputado Mr. Claj^ de que antes os he hablado como 
rival de Adams. 

Este Clay, jefe del partido de oposición a Monroe, 
toma ocasión del envío de la misión al Plata, de la 
prisión de Aguirre y del rechazo del cónsul Forest, 
para combatir la actitud de Monroe con relación a la 
independencia de la América española, y plantear 
netamente el problema de su reconocimiento con 
criterio puramente americano, distinto del de Mr. Can- 
ning, el inglés. 

Vamos a penetrar, mis amigos, en el Parlamento. 
Cinco sesiones, las del 24, 25, 26, 27 y 28 de marzo 
de 1818, fueron absorbidas por esa disputa parla- 



1 88 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

mentaria, en que tomaron parte los hombres más des- 
collantes de la Unión, y que la opinión pública siguió 
con grande interés. 

¿Cómo daros una noticia sintética de esos memora- 
bles debates? En ellos se reproduce la controversia 
entre Adams y Aguirre. Clay, Robertson y otros di- 
putados de oposición son el órgano de ésta. Adams 
mismo, Smith, Forsyth, Ivowndes y otros muchos, 
reflejan el pensamiento del gobierno, que quiere apla- 
zar el reconocimiento y estudiar el problema. 

Clay sostiene, en un brioso discurso inicial de tres 
horas, que, en vez de la misión que se dirige al Plata, 
debe enviarse un ministro diplomático; reconocerse 
la independencia de los pueblos hispanoamericanos- 
I^as Provincias del Río de la Plata, decía el orador, 
reúnen ya las condiciones de hecho y de derecho ne- 
cesarias para ser reconocidas como soberanas; se han 
declarado tales, con un territorio determinado, libre 
de extranjeros; han proclamado los principios polí- 
ticos de Estados Unidos; tienen un gobierno capaz de 
cultivar relaciones con los demás pueblos, y que es 
un gobierno republicano. Cla}^ citaba, con ese motivo, 
la frase de Washington: «Nacido en una tierra de li- 
bertad, mis fervientes votos y mis mejores anhelos 
se excitan irresistiblemente, dondequiera que veo 
una nación oprimida romper las barreras que la sepa- 
ran de la libertaó). O despídase, pues, al ministro de 
España, agregaba Clay, o recíbase al ministro repu- 
blicano. Norte América no debe esperar a que los 
reyes le den el ejemplo de reconocer a la única repú- 
blica existente en el mundo, después de la nuestra. 
Protestaba contra aquella complacencia con los mo- 
narcas de Europa. Si la salud de las monarquías en 
Europa, decía, depende de la muerte de las repúbli- 



El, HERMANO DE WASHINGTON 189 

cas, la seguridad de la república en América no debe 
ser restringida por las otras repúblicas que nacen 
a su lado. 

1/3. voz de Clay resuena en el presente como un can- 
to conocido. En el pasado, era la voz de lo ideal, en- 
tendiéndose por tal la realidad futura, que se apareció 
un momento al pueblo argentino, el 25 de mayo de 
1810. Aquello era la verdad intrínseca, la realidad 
substancial. ¡Valiente y honrado Clay!... 

Pero el pensamiento musical de éste tenía que sonar 
como un diapasón en las realidades del Río de la Plata; 
como una proyección de fuego luminoso, tenía que 
penetrar en las verdades de su historia, y ofrecerlas 
a los ojos del mundo. De la realidad tenía que surgir 
la nota que se ajustase a aquel diapasón, y la forma 
humana resistente al fuego y a la luz. Es, pues, el 
momento de ver cuál es la voz acorde con la grande 
armonía; cuál la forma humana histórica que resiste 
la sumersión en el fuego y la inmersión en la luz. 

Es entonces, mis amigos artistas, cuando se presen- 
ta la figura de Artigas, en el Congreso de los Estados 
Unidos, a someterse aX fuego lustral del pensamiento 
republicano. Allí se fundió por primera vez, y para 
siempre, la estatua que vais a reproducir vosotros; 
un siglo de golpes de martillo no ha sido bastante 
a hacerle perder su temple ni su gesto de dios. Son 
Adams, Smith, Fors3Í;h y Lowndes quienes la evocan 
como un espectro vengador. Sí, dicen a Clay los que 
combaten su proposición, todo eso es verdad; eso que 
decís es el espíritu de Washington. Pero ese espíritu 
puro no es el que anima a todos los hombres del Plata 
Y dicen entonces la palabra vengadora y expiatoria: 
*£■/ único campeón de la democracia en aquellas re^io- 



igo LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

nes es el bravo y caballeresco republicano general Ar- 
tigas». Quedó dicha, y no la levantará la historia. 
Quod scri'psi scripsi. 

Y dijo Adams. Se ha preguntado al enviado del 
gobierno de Buenos Aires, por lo primero que debe 
precisarse, al reconocer una nación: por los territo- 
rios que comprende el nuevo estado. Bl enviado 
ha respondido que son los del antiguo virreinato 
español. Y sin embargo, ahí está la Banda Oriental, 
parte integrante de ese virreinato, sometida al poder 
de un monarca europeo, contra el cual lucha Artigas, 
como el fuerte león de Judá. Y ese monarca europeo 
ha llegado hasta allí, hasta la posesión de la parte 
más preciosa del suelo del virreinato, hasta la misma 
margen oriental del Plata, con la connivencia del 
gobierno de Buenos Aires... ¡Y pronunciáis el nombre 
de Washington!... Artigas puede escuchar ese nombre, 
sin sentir serpientes que se muevan en su alma... Pero 
el enviado que nos ha llegado, y que reclama el re- 
conocimiento de la independencia republicana, no es 
el enviado de Artigas; es el amigo, más o menos en- 
cubierto, del invasor monárquico portugués, que de- 
rrama la sangre de aquel pueblo oriental heroico. 

¿Conocéis, por otra parte, las gestiones diplomá- 
ticas que en estos momentos sigue el gobierno de Bue- 
nos Aires ante las cortes europeas?... El gobierno de 
la Unión las conoce; allá están sus representantes, 
en contacto con los del Plata. Y el gobierno, que las 
conoce, os dice que el hermano de Washington, en 
aquellas regiones platenses, es Artigas, no sus ene- 
migos. 

Eso y mucho más dijo Adams, mis amigos artistas; 
he reproducido su espíritu, ya que no sus palabras, 
que fueron largas, y están escritas. 



El, HERMANO DE WASHINGTON IQI 

I^as de Smith, diputado por Maryland, fueion éstas 
textualmente: «El Ejecutivo Directorio del Plata hace 
la guerra, como aliado del rey de Portugal, contra 
Artigas, que es el jefe de la Banda Oriental, y que 
aparece ser, en verdad, un republicano, un hombre 
de cerebro fuerte y de inteligencia vigorosa, valiente, 
activo, abnegado por su país, y poseedor de la plena 
confianza del pueblo de que es jefe». 

La discusión cobró grandes proporciones; la his- 
toria del Río de la Plata fué expuesta y comentada; 
y, en medio de todo, la figura de Artigas permanecía 
inmóvil, invulnerable: nadie dijo allí que era la som- 
bra de un facineroso ni la de un caudillo anárquico, 
indigno de atención. 

Robertson, en apoyo de la moción de Clay, con- 
testó al argumento de Adams sobre el significado 
de Artigas. <<La posesión de Artigas, dijo, sobre la 
Banda Oriental, no es la posesión de Fernando VII; 
toda la Banda Oriental está tan libre de la autoridad 
de éste como Buenos Aires mismo; y la única cuestión 
que se debate es la de la independencia del Río de 
la Plata de sus primitivos dueños etiropeos.'» 

Eso dijo Robertson, americano, en la casa de Wash- 
ington. No sabía lo que decía. 

¡La independencia de sus primitivos dueños!... 
¡Primitivos!... 

No: de lo que allí se trataba — si es que se trataba 
de la revolución de Mayo — era de la independencia 
contra todos los dueños, también contra los secunda- 
rios y contra los terciarios; de todos los dueños, tam- 
bién del portugués, tan europeo como el español. Se 
trataba, no del morir de un rey, sino del nacer de un 
pueblo sin dueño, señor de sí mismo, revestido de 
todos los atributos esenciales de la persona. Artigas 



192 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

lo había dicho en su forma inconmovible: «Nuestros 
opresores, no por su patria, sólo por serlo, forman 
el objeto de nuestro odio». 

¡De sus primitivos dueños europeos!... Sí, eso era 
lo que buscaba la gente escéptica: un dueño secun- 
dario, cambiar de dueño... Pero eso no era la fe que 
transporta montañas de un lado a otro; no era el 
espíritu de Washington ni el de Artigas. Ni el del 
pueblo argentino ni el de la revolución de Msljo tam- 
poco. 

Clay, leader de lo ideal, hizo el último esfuerzo, 
en la sesión del 28 de marzo. El argumento de Adams, 
la ausencia de Artigas y de su patria en la represen- 
tación de Aguirre, está de pie como una coraza. Con- 
tra ella lanza Clay sus últimos proyectiles. «¡Que se 
indiquen los territorios de cuya independencia se 
trata!», dijo Clay. Suponed que el ministro francés 
hubiera preguntado a Franklin qué número de esta- 
dos representaba. — Treinta, si'l vous plaít — hubiera 
contestado Franklin. — Pero, señor Franklin: ¿quiere 
usted decirme si Pensilvania, cuya capital está po- 
seída por Inglaterra, es imo de eUos?... — ¿Qué hubiera 
contestado Franklin?... 

¡Oh, el valiente Clay!... ¿Conque en poder de los 
ingleses?... Pero es que Montevideo, mi bravo, mi 
honesto Clay, no está en poder de los españoles, equi- 
valentes a los ingleses en el mundo hispánico; salió 
de su dominio hace cuatro años, para caer en el de 
Buenos Aires, en el de Alvear, en los momentos en 
que éste ofrecía a Inglaterra precisamente, a vuestra 
madre patria, la corona del Plata. I/)S orientales, 
sus verdaderos dueños, lo recuperaron por fin; pero... 
hoy está en manos de portugueses, no de españoles. 
¿Qué hubiera contestado Franklin, si un estado de 



El, HERMANO DE WASHINGTON 1 93 

la Unión se hubiera encontrado en poder, no de In- 
glaterra, la madre común, sino de Austria, verbigracia, 
y eso por obra de otro de los estados de esa Unión, 
y Franklin, en representación de este último, hubiera 
ido a pedir el reconocimiento de la independencia 
de todos?... 

Ése era el caso, honesto Clay, hombre de bien. 

I^a moción de Clay fué rechazada por la represen- 
tación del pueblo norteamericano. Sólo 45 votos le 
acompañaron; 150 estuvieron con Adams. 

Es claro, como lo veis, que ese resultado significó, 
ante todo, un voto de confianza al gobierno; el apoyo 
del Parlamento a la política internacional deMonroe, 
y su colaboración a los planes diplomáticos que le 
guiaban, y que la moción de Clay entorpecía. Pero 
fuera cual fuera el objeto inmediato de la memorable 
contienda, ella dio ocasión de abrir el gran proceso 
histórico sobre el hombre del Río de la Plata, proceso 
que hoy va a terminar, con el monumento que os estoy 
inspirando, amigos artistas; con la emersión triunfan- 
te del héroe que hace un siglo fué aclamado, en la 
casa de Washington, como el caballero de la demo- 
cracia y el campeón de la república en esta América; 
como el hombre del 25 de mayo de 1810, si es que esa 
cifra es, realmente, una cifra inicial de independencia. 

El Palacio de las Repúblicas Americanas, construido 
en Washington como casa común, estará decorado 
con el busto del héroe representativo que cada una 
de ellas envíe. Excusado parece decir que será Arti- 
gas quien allí estará en nuestro nombre. En el bloque 
de su busto, las palabras de Smith, diputado de Mary- 
land, que os he citado, dirán bien al pasajero quién 
es aquel hombre de mármol; las hemos grabado tex- 
tuales en su pedestal. Dicen así: Artigas appears to 

T. 11.-13 



194 ^A. EPOPEYA DE ARTIGAS 

he, in truth, a YepuhUcan, a man of strong mind and 
strong iínderstandings, brave, active, intelligent, devoted 
to his coiintry, possesing tlie entire conjidence of the 
People of ¿s)hom he is chieff. 

(Mr. Smiih, of Maryland. Congress 'I. S. A., 28 
tnarch 18 18.) 



IX 



Ya os imaginaréis el efecto que produjo, en los ene- 
migos de Artigas, la controversia parlamentaria de 
Washington, que ha estado oculta hasta hace pocos 
años. En esos momentos precisamente — principios 
de 1818 — allegaba a Buenos Aires, como hemcs dicho, 
en la Congress, la misión enviada por Monroe, com- 
puesta de los señores Rodney, Grahan y Bland, y en- 
cargada de informar sobre lo que pasaba en estos paí- 
ses. El tercer comisionado, señor Bland, pasó después 
a Chile. 

Artigas, entretanto, seguía su lucha inverosímil 
con el portugués y con Buenos Aires. I^as batallas no 
acababan: el pabellón de la franja diagonal flotaba en 
jirones, en medio de aquel infierno dantesco; la llu- 
via de sangre oriental continuaba sin cesar; la guerra 
del director Pue\Tredón arreciaba contra el héroe 
republicano; el pueblo argentino miraba con admira- 
ción aquella lucha titánica, y su protesta indignada 
hervía en torno del gobierno, que sólo ansiaba la 
caída del hombre irreductible, a cualquier precio. 
I/a figura de éste era la protagonista en el teatro del 
Plata, y no era posible ocultarlo a los comisionados 
de Monroe, que no podían menos de informar sobre 
ella. Era, pues, preciso decirles, en forma fidedigna. 



El, HERMANO DE WASKENGTON 195 

quién era ese Artigas, que iban a ver en primer tér- 
mino, a fin de que no incurrieran en algún error. 

Y fué encargado de ello, con muy buen acuerdo 
por cierto, un caballero Cavia, don Pedro Feliciano 
Cavia, hijo de Buenos Aires, persona de representación 
si las había, pues era oficial mayor del Ministerio 
de Gobierno y Relaciones Exteriores, y, por ende, 
tenía que estar bien informado en el asunto. Este 
señor Cavia fué encargado de escribir un libro o pan- 
fleto, sobre la personalidad 3^ hechos de Artigas. Con 
ser ima mediocridad intelectual, y quizá por eso mis- 
mo, era Cavia im hombre conveniente. Fué de los 
arrojados por Artigas en el séquito de Sarratea, cuan- 
do éste lo fué del primer sitio; secretario del coronel 
Soler, en el despótico y fugaz gobierno de Buenos 
Aires en Montevideo, que terminó en el Guayabo; fué 
unitario entusiasta primeramente; celoso federal des- 
pués, amigo de don Facundo Quiroga y apologista de 
don Juan Manuel de Rosas; director de La Gaceta, etcé- 
tera, etc. Su figura hubiera desaparecido, 3' el libro o 
folleto que entonces escribió no sería materia de nues- 
tra conversación, ni de conversación alguna, si ese 
libro no fuera, como es, el tipo o snhstratum, o quinta- 
esencia, o como queráis llamarle, del sentir y proce- 
der, ya que no del pensar, de los rencorosos detrac- 
tores de Artigas. 

El señor Cavia se desempeñó bizarramente, pre- 
ciso es reconocerlo, en el libro que le fué encomen- 
dado. Es éste una larga glosa de aquel decreto de Po- 
sadas que ponía a precio la cabeza del héroe, y que 
fué substituido después por una apología del gran pa- 
triota Artigas, firmada por el mismo Posadas; lo es 
también de aquellos otros decretos de Alvear, quema- 
dos por manos del verdugo y por orden del Cabildo 



196 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

de Buenos Aires. Y de todo lo de su especie. Además, 
coincide de tal manera con las proclamas que en esos 
mismos momentos dirigía Pueyrredón a los entre- 
rrianos, para separarlos de Artigas, que se adquiere 
la convicción de que, o Cavia o Pueyrredón han es- 
crito las dos cosas: el folleto y las proclamas. 

El Jefe de los Orientales es, en ese libro, un espé- 
cimen de la estupidez y de la malignidad humanas» 
la jauría de todos los perversos instintos tiene en su 
alma una cómoda guarida y ladra en ella como una 
legión de demonios. El origen de Artigas es obscuro; 
nadie lo conoce; negra es su historia como un antro; 
sólo se sabe que se separó de sus padres muy joven, 
y que anduvo errante, sin patria y sin familia, como 
una fieía. Hasta su rubia figura y sus ojos azules están 
ailí ennegrecidos: sus ojos son obscuros, torvos; su piel 
cobriza; es un troglodita. Bandolero en su juventud, 
montaraz e indómito, fué simple capitán de malhe- 
chores, hasta que, por sus fechorías precisamente, y 
sólo por ellas, lo hicieron capitán español; es xm faci- 
neroso, y la gavilla que lo sigue es digna de su insig- 
ne capitán; es incapaz de concebir más ideal que su 
propio predominio personal y la saciedad de sus vi- 
cios, que son innumerables; es un enemigo déla patria, 
un traidor a la independencia americana; es un dés- 
pota inaccesible a la piedad; tus crueldades hacen 
erizarse como púas los cabellos de la cabeza humana; 
mataba hombres envolviéndolos en cueros frescos de 
vaca, que hacía secar al sol, y se deleitaba en el dolor 
ajeno. Ése es el Artigas, mis amigos, que ha pasado 
a la historia americana, por obra del panfleto del 
señor Cavia y de sus congéneres. 

Éste quedó dueño del campe; no fué desmentido, 
cuando menos; ha sido el maestro de los maestros de 



EIv HERMANO DE WASHINGTON 1 97 

la historia argentina que los mismos orientales comen- 
zaron a estudiar en las escuelas públicas. «Eres más 
malo que Artigas», se decía a los niños traviesos. Ni 
siquiera se dijo que ese señor Cavia, que afirma en 
su folleto que Artigas estuvo siempre divorciado de 
su familia, fué el escribano que autorizó el acto en 
que el padre del héroe da a éste su consentimiento 
y su dote para contraer matrimonio; menos se dijo, 
por supuesto, que el teniente de blandengues José 
Artigas es instituido albacea en el testamento de su 
padre. I^a prensa de Buenos Aires, que, como hemos 
dicho, nada sabía oficialmente de la invasión portu- 
guesa, no se empeñó en defender al atacado; la de Mon- 
tevideo, del señor barón de la I^aguna, tampoco se 
apresuró a decir que todo aquello era una patraña. 

En cuanto al mismo Artigas y sus parciales, no 
podían rebatir el folleto; ellos no tenían prensa, y 
estaban muy ocupadcs en morir; eran realmente 
montaraces; cruzaban, goteando sangre, las colinas 
de su tierra, enarbolando los jirones del pabellón tri- 
color. 

Por otra parte, aquel hombre no era amigo de rec- 
tificaciones: «No tengo para qué comprar apologistas». 
Es frase suya, que creo ya conocéis; una de tantas, 
que revela al hombre encerrado en sí mismo, al hom- 
bre solo, que emplaza a sus enemigos para ante los 
hombres futuros. Hemos llegado, al fin, los hombres 
futuros, mis amigos artistas; hemos llegado. 

Parece que el folleto, con ser tan venerable y au- 
torizado, no ejerció, sin embargo, la benéfica influen- 
cia que era de esperar, sobre los enviados angloame- 
ricanos. Éstos lo vieron, sin duda alguna; pero no 
quedaron edificados, ni tan convencidos, como los 



198 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

historiadores argentinos que han escrito después, de 
que lo que en él se decía fuera la verdad. Acaso recor- 
daron que el padre Washington había sido juzgado 
así, por los Ca\das del Norte y sus sucesores, con la 
sola diferencia, a favor de ^'^^ashington, de que éste 
fué tratado también de ladrón; título que, si mal no 
recuerdo, se ohñdó el señor Cavia de adjudicar al fa- 
cineroso oriental. No estoy del todo seguro. 

Además de ese libro, ya os imagináis cuáles fueron 
las influencias que rodearon a los comisionados de 
Monroe en Buenos Aires, y cuáles sus fuentes de in- 
formación. Puede afirmarse, cuando menos, que no 
fueron artiguistas quienes les contaron la historia. 
El deán Funes, ilustre historiador de Córdoba, fué su 
principal cicerone. I/)S comisionados obtu\deron de 
él los datos históricos que sirvieron de base a sus in- 
formes. Rodney 3' Graban adoptaron los de Funes, 
en cuanto al curso general de la historia del Plata. 
Comienzan, en el informe que elevaron a su gobierno, 
con la exposición de la historia argentina: conquista, 
según Humboldt, dominación española y sus vicios, 
invasión inglesa, revolución de Mayo, Congreso de 
Tucumán, etc., etc. Es la historia corriente del Plata. 
Pero al llegar a informar sobre la personalidad, el 
pensamiento y la obra de Artigas, y sus disidencias 
con Buenos Aires, ya no es el deán Funes quien habla 
en ese memorándum: son los comisionados, que han 
visto con sus propios ojos, que no han podido menos 
de ver, a pesar de todo: folletos de Cavia, informacio- 
nes de Funes, atmósfera oficial de Pueyrredón, do- 
cumentos, que se les suministraron expresamente en 
Buenos Aires para demostrar la inocencia de los ene- 
migos del héroe, etc., etc. 

Rodnej' 03'e todo eso, se refieie a ello en su informe, 



El, HERMANO DE WASHINGTON 1 99 

remite a su país los documentos que recibe. Pero con- 
cluye en estos términos: «Es justo agregar, sin em- 
bargo, que el general Artigas es considerado, por per- 
sonas dignas de crédito, como un amigo firme de la 
independencia del país. Difícilmente podría esperarse 
de mí una opinión decisiva en esta delicada cuestión, 
desde que mi posición no me permite arrojar una vista 
completa sobre el estado de todo el territorio. No he 
tenido la satisfacción de celebrar una interview for- 
mal con el general Artigas, que es incuestionahlemente 
un hombre de excepcionales y singulares talentos. Pero 
si tuviera que arriesgar una conjetura, creo que no 
sería imposible que en ésta, como en la mayor parte 
de las disputas domésticas, haya faltas de ambas 
partes. Es de lamentarse que estén en abierta hosti- 
lidad». 

y este Rodney, mis amigos, no conocía lo que vos- 
otros conocéis: ni las I nstrucciones del año 13, que han 
estado ocultas, ni la dominación bonaerense en Mon- 
te\T.deo, ni la correspondencia de García, que también 
ha estado ignorada, ni las actas secretas del Congre- 
so de Tucumán, ni la génesis de la invasión portu- 
guesa. Todo eso ha sido conocido treinta o cuarenta 
años después. 

Es cierto que el deán Funes, si bien no era amigo 
del procer oriental, era un hombre de bien, y no depri- 
mió a éste como Cavia; en su informe a los comisio- 
nados recordó y condenó el decreto de Posadas; les 
dijo que los orientales levantaron un trono a Artigas 
en sus corazones, y vieron en las diatribas otras tantas 
pruebas de su \'irtud. Pero ¡cómo se guardaría ese 
ilustre miembro del Congreso de Tucumán de hacer 
saber a sus discípulos lo escondido de la historia!... 



200 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Tampoco sabía nada de todo eso, ni oyó a Artigas, 
el otro comisionado, Graban, sobre el que obraron las 
mismas influencias que sobre Rodney. Y sin embargo, 
al hablar en su informe, que da por separado en forma 
sintética, sobre la lucha con Buenos Aires, dice: «El 
general Artigas y sus partidarios sostienen que la 
intención del gobierno de Buenos Aires es dominarlos 
y obligarlos a someterse a un estado de cosas que les 
arrebate los privilegios del self-government, que se 
consideran con derecho a reclamar. Dicen ellos que 
están deseosos de unirse al pueblo de la margen occi- 
dental del río; pero no en forma de quedar sujetos 
a la tiranía de Buenos Aires... Esta guerra ha tenido 
por origen una combinación de causas, en las que 
quizá ambas partes tienen algo de que quejarse, y 
algo de que arrepentirse ellas mismas. El mutuo in- 
terés requeriría la unión, agrega, pero mucha modera- 
ción y discreción deben ser necesarias para conse- 
guirla; mucho más de lo que en estos momentos puede 
esperarse de los ánimos irritados de algunos de los 
principales personajes de ambos lados». 

¿Por qué estarían irritados contra el Directorio los 
orientales de Artigas, esos que están muriendo, o van 
a morir, bajo la metralla portuguesa?... ¿No sería más 
conveniente que murieran callados, que se sometie- 
ran buenamente a quien buenamente mandara en 
Buenos Aires, 3' que no obstasen a la unión con sus 
gritos desapacibles?... 

Federico el Grande se daba a todos los diablos, en 
una batalla, al ver algunos de sus escuadrones que 
retrocedían atemorizados ante un fuego demasiado 
mortífero del enemigo. «¿Hasta cuándo quiere vivir, 
entonces, esa canalla?...» — gritaba— . «¿No ha vivido 
ya bastante tiempo?...» 



El, HERMANO DE WASHINGTON 201 

¡Esos orientales que obstan a la unión! ¿No han 
vivido ya bastante tiempo? ¡Ese malvado de Arti- 
gas!... 

Rodney y Graban no sabían que, en el mismo mo- 
mento en que escribían sus memorias, principios de 
1818, Pueyrredón escribía con alegría a San Martín: 
«Artigas ha sido completamente destruido por los 
portugueses, refugiándose en los bosques con muy po- 
cos facinerosos». Tampoco sabían que, en esos mismos 
instantes, ei Director Supremo buscaba la alianza de 
Rodríguez de Francia, el tirano paraguayo, contra ese 
refugiado en los bosques. 

¿Por qué obstaban los orientales a la unión con 
PuejTrredón, con el buen hermano, si con ella tendrían 
un príncipe de buena sangre real y de una gran casa 
reinante europea? 

El informe o memoria del otro comisionado, Teo- 
dorico Bland, es el más notable. Después de trazar el 
cuadro de las tiranías que gobiernan en Buenos Aires, 
del servilismo de la prensa, y de las dos tendencias, 
federalista o republicana, y absolutista, que encuen- 
tra en la opinión, dice: «Artigas puso a prueba los 
planes del gobierno de Buenos Aires, exigiendo que 
la Banda Oriental fuese considerada y tratada como 
un estado... Fué considerado esto por Buenos Aires 
como la más irracional, criminal y declarada rebelión 
contra el único gobierno legítimo de las Provincias 
Unidas, cuyo gobierno, según su doctrina, alcanzaba 
a todo el virreinato, dentro del cual la ciudad de Bue- 
nos Aires había sido siempre, y de derecho lo era en- 
tonces, y debía continuar siéndolo, la capital de que 
emanase toda autoridad. Artigas combatió y denun- 
ció esto como manifestación de un espíritu de injusta 



202 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

y arbitraria dominación de parte de Buenos Aires, 
al cual no podía ni debía someterse... 

^Artigas, arrastrado primero en una dirección, des- 
pués en otra; atacado por los portugueses y por los pa- 
triotas de Buenos Aires, y en guardia siempre ante un 
ataque imprevisto de España, tiene a toda la pobla- 
ción sometida al imperio de su voluntad... Podría 
decirse que Artigas y sus gauchos defienden valerosa- 
mente sus hogares, sus derechos y su patria, y que el 
rey de Portugal tiene el propósito de agrandar sus 
dominios con la anexión de una parte de la provin- 
cia al Brasil.» 

Bste notabilísimo informe de Bland, que tan aden- 
tro penetra en el pensamiento del héroe, nos sirve 
mucho también para reflejar la impresión que pro- 
ducía en América la inverosímil resistencia de los orien- 
tales. Al hablar de lo? campesinos de Montevideo, 
Bland los exalta hasta considerarlos «como los más 
formidables guerrilleros que jamás han existido». 
«En valor, dice, no son inferiores a ninguno; y los he- 
chos que de ellos se relatan son tales, que exceden a 
lo que se cuenta de los partos, de los escitas o de los 
cosacos del Don.» 

Poco debe detenernos, sin embargo, mis amigos 
artistas, esa faz del cuadro que preside nuestro Arti- 
gas: el valor de sus soldados. Yo, cuando menos, 
me empeño poco en impresionaros con ello; y si os 
hago conocer el elogio de Bland, es porque estoy per- 
suadido de que esos relatos que éste oía repetir en 
toda América sobre el valor de los jinetes del Uruguay, 
no reflejaban tanto la admiración hacia el valor mis- 
mo de esos hombres animosos, cuanto a la causa que 
ese heroico esfuerzo sostenía. Era el holocausto de 
aquel puñado de bravos el que arrancaba la aclama- 



El, HERMANO DE WASHINGTON 203 

ción de América; ésta sentía que aquel pequeño pue- 
blo custodiaba en el Plata, en medio de su desierto, el 
arca de la alianza, las tablas de la ley común, el cande- 
labro de los siete brazos. La pujanza, el valor, no son 
rasgos que diferencien de los demás a nuestros campe- 
sinos orientales; éstos no eran ni más ni menos formi- 
dables que los otros soldados americanos, ni preten- 
den serlo. El canto al valor heroico de la América 
que aun espera acaso la forma estética, es un solo 
canto unísono, desde Méjico hasta el cabo de Hornos. 
Yo, que lo siento sonar en mi memoiia como una sola 
enorme sinfonía, creería robar, para hacer limosna 
a mi madre, si diera a los gauchos orientales algo que 
arrebatara a los occidentales de Güemes, o a los lla- 
neros colombianos de Páez, o a los guerrilleros chile- 
nos de Rodríguez, o a los jinetes mejicanos de Morelos^ 

Pero ese hombre, ese mito de gesto sereno que con- 
duce a mis paisanos del tiempo heroico, y que hace de 
ellos un pueblo inconfundible, con ser sólo un puñado 
de combatientes; ese soldado que se ofrece silencioso, 
cruzado de brazos y rodeado de su indigente pueblo 
agonizante, al examen del Congreso de Washington, 
y allí, sin más defensa que su intrínseca realidad, se 
hace reconocer y proclamar con su pueblo como el 
caballero de la democracia en el Plata, ese hombre es 
una extraña y original figura, sin duda alguna. Yo 
no lo veo en otra parte. O es un gran malhechor, 
como lo quieren Buenos Aires y el señor Cavia, o es 
otra cosa grande, como se ve desde la tierra de Wash- 
ington. Arcángel o demonio, desde ambos puntos 
de vista se le ve alado, y resplandeciente, y solitario. 

Desde la tierra de Washington, desde el Norte re- 
moto, lo vieron como la nebulosa cósmica del Sur, 
cuando aun no juzgaban allí conglomerados los astros 



204 I. A EPOPEYA DE ARTIGAS 

de este hemisferio. Cuando, poco después, a los dos 
o tres años de celebradas las sesiones memorables 
que acabamos de conocer, Artigas caiga desplomado 
en la soledad, se presentará a él el representante de 
los Estados Unidos a ofrecerle, con el homenaje de su 
patria, un asilo honroso en el teiritorio angloameri- 
cano. 

Y un siglo después, en el centenario de Ma^'O, en 
que el nombre de Artigas ni siquiera se pronuncia en 
Buenos Aires entre los héroes, será otro representante 
de los Estados Unidos el que vendrá a Monte\'ideo a 
saludarnos, y a decirnos que el hombre aquel se lla- 
maba Washington, que era hermano del otro. 

¡Pobre hermano! ¡Él no tenía a Franklin en Europa, 
ni despertaba las simpatías de los nobles de Luis XVI, 
ni sentía en su m.ano el calor amigo de la de Lafayette 
sino en sus hígados las uñas del águila vengativa; lo 
envolvía el \iento de la soledad traidora!... ¡Pobre 
hermano de Washington! 



X 



¿Llegaron hasta Artigas, en las horas de suplicio, 
los ecos perdurables de las sesiones del Congreso de 
Estados Unidos? ¿Se mezclaron en sus oídos las pa- 
labras de Adams y de los representantes del pueblo 
angloamericano, a los insultos y diatribas que le 
venían de sus heimanoo aliados del rey enemigo? 

Yo creo, artistas míos, que nada en el mundo hu- 
biera hecho vacilar la fe de aquel vidente, ni quebran- 
tado su carácter; era una roca de hielo, iluminada 
por los lejanos astros misteriosos, que la soledad y el 
frío de las cumbres desoladas endurece. 



EIv HERMANO DE WASHINGTON 205 

Pero si se piensa en que esa primera ráfaga de glo- 
ria y de justicia, que vino del océano, al través de 
América, pudo refrescar los ojos de aquel hombre, 
cuyas entrañas devoraba el buitre de las olímpicas 
venganzas, no puede menos de pensarse en aquellas 
oceánidas que acudieron, en coro compasivo, a la 
roca del titán cautivo. 

Si vosotros juzgáis, oh amigos, que el recuerdo del 
mito griego es propicio a la inspiración marmórea, 
podéis pensar, una vez más, en ese rebelde Prometeo 
de la fábula, sin temor de incurrir en vulgaridad. 

Aquel hijo del titán, que, después de sostener a 
Júpiter, roba a éste el fuego, para darlo a los hombres» 
sus hermanos vencidos, y expía su robo en el suplicio 
de la montaña Escitia, es el símbolo eterno de los hu- 
manos libertadores. Él era hijo de Asia, o de Gea, si 
queréis, de la madre tierra, hija a su vez de Océano, 
principio de todos los seres, de todas las cosas y has- 
ta de los mismos dioses. Era el hombre autóctono; 
más que el arquitecto del ser humano, es el generador 
de las estirpes; él formó a los hombres, modelándolos 
con légamo del caos. 

Nada pudo calmar el enojo del vengativo Júpiter, 
contra el que osó dar al hombre lo que sólo pertene- 
cía, y debía pertenecer, a los dioses: el fuego y la es- 
peranza. 

Recordad, mis amigos, a ese desnudo Prometeo, 
clavado en su roca. Sufre el tormento; los vientos ne- 
gros, siempre despiertos, luchan, los unos con los 
otros, en torno a su cabeza; el águila sangrienta, perro 
alado de Júpiter, como dice Esquilo, abie sus alas 
silenciosas, y enciende sus ojos sobre los ojos del ti- 
tán, y se ceba en sus negros hígados descubiertos; 
pero él no desfallece, ni devuelve, ni devolverá jamás, 



20 6 hA EPOPEYA DE ARTIGAS 

el fuego conquistado para el hombre. Ni dejan de oirse 
sus alaridos de protesta. Y la frase sublime sale de 
su boca sedienta: «He sentido piedad de los hombres. 
Por eso nadie ha tenido piedad de mí». 

«¡Yo agité la rama encendida, en medio de esa raza 
obscura!... Y desperté la inteligencia en los cerebros, 
e iluminé los ojos, y desperté el regio instinto que 
estaba latente, y los libré del temor a la muerte... 
¡B infundí en ellos la esperanza ciega!...» 

Oyó entonces el Libertador la voz amiga del coro 
azulado de las ninfas marinas, de las tres mil hijas de 
Tetis y de Océano. Venían a consolarlo. Y llegaron 
los titanes. Y vino Océano, con su fluyente barba de 
hielo, sobre el diagón alado. 

Y entre los alaridos de los vientos enemigos, y entre 
los gritoá del águila, sonaban los coros, y las palabras 
del porvenir glorioso, en que un hijo de Júpiter, pero 
descendiente de la Tierra, Hércules, la fuerza heroica, 
invocando a Apolo, el infalible arquero, atravesará 
con su flecha el corazón del águila verdugo, y rom- 
perá las cadenas del titán. Y le ceñirá a la frente la 
rama pálida del sauce. 

Y el fuego fué para siempre de los hombres. Y lo 
fueron la libertad y la esperanza. 

¡Oh, Libertador! ¡Oh, padre Artigas, hijo de Gea, 
de la madre tierra, hombre autóctono, generador de 
estirpes modeladas con el limo virgen, padre de razas 
nuevas, depositarlas del eterno fuego! Los descen- 
dientes de tu estirpe lucharemos con el águila. 

Y lucharemos hasta herirla en el corazón. Y la pon- 
dremos en el escabel del monumento que, cimentado 
en piedras y palabras duras, levantamos en el alto 
promontorio. 

¡Para los hombres futuros! 



CONFERENCIA XXI 

EL PERSONAJE REINANTE Y EL HÉROE 

Tres años nocturnos. — S.vs- Martín y Artigas. — San Martín 
EN Santlago de Chile y Carlos Federico I<ecor en Monte- 
video. — San Martín se va; Artigas se queda. — El ene- 
migo EXTERIOR Y SUS ALIADOS INTERIORES. 1,AS CONSPIRA- 
CIONES CONTRA PUEYRREDÓN. ,SARRATEA, ALVEAR, CARRERA. 

I<A GUERRA ENTRE LA FE Y LA INCREDULIDAD; ENTRE LA 

REALIDAD Y L.\ APARIENCIA. El BRASIL Y SU INDEPENTDENCIA . 

— CAUDILLOS Y CAUDILLAJE. — El PERSONAJE REINANTE Y EL 
HÉROE. I,A CAUSA ARTIGCTSTA. 



Amigos artistas: 

Tengo que hablaros de tres años nocturnos, en que 
hay que andar al resplandor de algunas estrellas; y 
es preciso, para no extraviarme, que fije en mi mente 
las grandes masas, las siluetas que se nos proyectarán 
en los horizontes de esta historia y le darán carácter, 
para ofreceros a vosotros la línea fundamental, sin 
ofuscaros con los detalles. Tengo que haceros ver al 
héroe, que, ccjmo el de Osián, desciende solo la coli- 
na, en un poniente de fuego, sobre el que se condensa 
y agranda su figura. 

La soledad comienza a circundarlo, como ima nube 



2o8 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

que sube lentamente y acaba por envolver su luz 
sideral, y hacerlo desaparecer como un majestuoso 
meteoro. 

Son los tres años que median entre 1817, en que la 
bandera tricolor de Artigas es arriada eu Montevideo 
y substituida por la portuguesa, y el 1820, en que el 
héroe desaparece, precisamente en el momento en 
que su espíritu triunfa en el Río de la Plata, dejando 
tn éste el germen fecundo de la república democrá- 
tica, hija del caos. 

Mirad bien a Artigas, mis amigos, y comprenderéis 
el alma de la historia americana; no bien lo perdáis 
de vista, os hundiréis en tinieblas. 

Bste período, de 1817 a 1820, comprende la histo- 
ria de la consumación de la independencia en esta 
parte de América: el tritmfo de los ejércitos sobre el 
enemigo exterior, al iniciarse la campaña del Perú, 
pero, sobre todo, el de los pueblos sobre el interior, al 
penetrar en Buenos Aires, vencedores, los elementos, 
más o menos caóticos, pero fecundos, que alzan el 
tricolor de Artigas. 



II 



También hay otro hombre en este instante, que 
vosotros conocéis, y que se ofrece iluminado por un 
pensamiento que arde. No es la idea o la visión total 
de Artigas la que lo mueve; pero es im pensamiento 
conductor, una visión bajada del polo. Os hablo de 
San Martín, que, durante estos tres años, subirá al 
cénit: pasará los Andes, extirpará el dominio español 
en Chile, y amenazará sus últimos baluartes del Perú. 

No pongo en duda que hay gentes, familiarizadas 



El, PERSONAJE REINANTE Y Et HÉROE . 209 

con las apariencias de esta historia, que jamás se han 
detenido a pensar en esto: en la relación entre Artigas 
y San Martín. 

¡San Martín!... San Martín es otra cosa, dicen. 

Pues no es otra cosa. Si fuera otra cosa, no sería 
nada. Si no tuviera algo de común con Artigas, sería 
sólo un militar, un técnico inspirado, genial, si que- 
réis; pero no sería nada. Y San Martín es. 

Oid estas palabras de Pascal, que son palabras vi- 
vas, y que debéis recordar siempre que os asalte, que 
bien puede asaltaros, la idea de que yo os magnifico 
enfáticamente a mi protagonista. ('¿Qué es el hombre 
en la naiitraleza? Una nada con relación a lo infinito 
un todo con relación a la nada.» 

Eso es Artigas, en esta historia que os estoy sinte- 
tizando: un pobre conductor de la humana grey; el 
depositario de una revelación, aparecido en una re- 
gión pequeña del numdo, casi deshabitada: una nada, 
con relación al imiverso; un todo, con relación a la 
nada de los que no creyeron en la libertad de Amé- 
rica, ni en la posibilidad de modelar tma nación con 
limo de esta tierra. Ser o no ser; he ahí el problema. 

Fijaos bien en eso, amigos míos: en San Martín y 
Artigas. En tanto San Martín es grande; en tanto 
puede considerarse como algo más que como simple 
capitán de soldados, en cuanto se acerca a la órbita 
de Artigas y participa de su pensamiento, es decir, 
en cuanto confía los destinos de la revolución ameri- 
cana, no a las solas combinaciones diplomáticas, 
sino al esfuerzo y a la gloria de las batallas del pueblo. 
En una palabra: San Martín es grande ahoia, porque 
se rebela contra el Directorio de Buenos Aires, y, como 
Artigas, sigue su propia inspiración, neutraliza la 
obra de aquel Directorio, y colabora, a pesar suyo, 

Ti II>-I4 



210 LA EPOPEVA DE ARTIGAS 

a la de la democracia, de que Artigas es el exponente 
excelso. 

Fijaos bien, mis amigos, en los núcleos sociológicos 
que se mueven en las entrañas de esta historia llena 
de dolores. Podemos reducirlos a tres: un ente colec- 
tivo, impersonal, heterogéneo, instable, sin pensamien- 
to fijo ni carácter, cuyas unidades suben y bajan: 
el Directorio de Buenos Aires. Y dos personas reales, 
dos conciencias humanas, dos hombres inspirados, 
Artigas y San Martín, que revelan a los demás hom- 
bres un mensaje de que son conductores, y lo ponen 
por obra. 

El Directorio de Buenos Aires pugna por arrastrar 
el pueblo argentino a su órbita, que es la solución di- 
plomática, la monarquía. San Martín y Artigas quie- 
ren llevarlo a la lucha gloriosa: al triunfo exterior 
el primero; al triimfo exterior e interior, al triunfo 
total el segundo. Kl primero quiere vencer a España 
por las armas; ése es todo su pensamiento, toda su 
obra: vencer a España. El segimdo, ya conocéis su 
pensamiento: «I,os déspotas, no por su nación, sólo 
por serlo, deben ser objeto de nuestro odio». Quiere 
vencer todo lo que se oponga a la independencia de 
la América confederada. 

Al presentaros unidas estas dos figuras, yo no afir- 
mo la identidad de su carácter; el de Artigas es in- 
comparablemente más grande que el de San Martín; 
su figura, más heroica y genial. Pero la obra de ambos 
es complementaria, y ambos llenan una misión. 

Os debo un dato aquí, mis buenos amigos, que me 
empeño en que guardéis. San Martín, como lo hemos 
dicho, fué monárquico; pero, desde el momento en 
que conoció el plan político del Congreso de Tucumán, 
fué su enemigo. Cuando Pue5rrredón, después de ele- 



El, PERSONAJE REINANTE Y El/ HÉROE 211 

gido Director Supremo, se lo hizo saber, en la confe- 
rencia que celebró con él en Córdoba, el genersl que 
había de cruzar los Andes lo oyó encolerizado, y dijo 
(valga en esto la afirmación de Saldías, el historiador) 
que, «mientras le quedara un soplo de vida y un sol- 
dado, se opondría enérgicamente a las tramas y am- 
biciones portuguesas». Cuando llegaron a su noticia 
las negociaciones pendientes, que también conocemos, 
dijo: «Que no debía entrarse en negociación alguna 
con la corte del Brasil, sin que a ella precediera el 
reconocimiento de la independencia; y declaró que si 
el Congreso insistía en su resolución, él se retiraba de la 
obra, pues no quería asumir tales responsabilidades.» 

Todo eso nos lo dice Saldías, y yo lo creo. Y porque 
lo creo, porque he visto en San Martín, en más de una 
ocasión, más de un impulso hacia el misterio de Ar- 
tigas, he llegado a percibir en aquella alma el germen 
del rasgo heroico, la visión entrevista. Ésta es confusa, 
remota; pero está allí. San Martín, soldado formado 
en España, no puede compartir el pensamiento del 
héroe americano; pero, sin saber por qué, siente que 
no puede tampoco ser su enemigo, como los otros. 
No es capaz de comprenderlo; pero es capaz de amarlo. 

Artigas, en cambio, ama y comprende al héroe de 
los Andes; sigue con ansiedad sus operaciones mili- 
tares; lo veréis ordenar acciones de gracias a Dios 
cuando recibe noticias de sus triunfos, hacer suya su 
causa, velar por el honor de su nombre. 



III 

Casi en el mismo día del año 1817, entraban dos ge- 
nerales vencedores en dos capitales conquistadas de 



212 I,A. EPOPEYA DE ARTIGAS 

América: San Martín en Santiago de Chile, después de 
vencer al español en Chacahuco; don Carlos Federico 
I^ecor, barón de la I^aguna, en Montevideo, después 
de aniquilar, al parecer para siempre, al oriental, en 
la tempestad de batallas terminadas en el Catalán. 

San Martín, el vencedor, guiado por su visión, quiere 
continuar su obra: llegar a I^ima, arrojar al español. 
Eso es lo que tiene que decir 3' hacer; ése es su fin. 
Artigas, el vencido, sigue la suya: arrojar al portu- 
gués, al extranjero; pero ése no es su fin; es el medio 
para conseguir su verdadero objeto: la independencia 
real, la democracia, que sólo se obtendrá venciendo, 
con el pueblo argentino, a la oligarquía de Buenos 
Aires que trajo al portugués y traerá a cualquier otro. 

Buenos Aires pugna por impedir la obra de embo»: 
la de San Martín y la de Artigas. Aunque ha comen- 
zado por estimular la expedición a Chile; aunque ha 
recibido a San Martín victorioso, después de Chaca- 
buco, y no le ha negado los recursos para continuar 
su obra, no por eso ha dejado de apresurar sus traba- 
jos en Kuropa, a fin de dar a la revolución im desen- 
lace que no necesite de batallas; no ve en las de San 
Martín otra cosa que medios para concluir, en mejo- 
res términos, los tratados o transacciones en que 
medita. Acabará por ordenar a San Martín, como lo 
ordenará a Belgrano, que desista de su empresa, para 
emplear sus fuerzas en matar la democracia interna, 
aniquilando a Artigas. 

Y le ordenará eso, precisamente cuando el vencedor 
de Chacabuco va a realizar su ensueño: la expedición 
al Perú. Ese sueño de gloria debe ser substituido con 
ventaja, según el plan de Buenos Aires, por los arre- 
glos diplomáticos pendientes, que darán por resultado 
una monarquía americana con im príncipe europeo. 



El, PERSONAJE REINANTE Y El. HÉROE 213 

Para que fijéis bien esa idea en vuestro espíritu, 
debéis saber que, aun en el año 1820, llegó a Buenos 
Aires, en el bergantín Aquiles, una comisión enviada 
por el rey de España, con la misión de restablecer 
su trono en América. Esa comisión recibió una Me- 
moria secreta de la Junta de Gobierno y de la Socie- 
dad Caballeros de Buenos Aires, en la que se protes- 
taba la fidelidad al rey, se proyectaba el medio de 
restablecer su dominio y se añrmaba que la revolu- 
ción no había tenido otro propósito. En esa Memoria, 
que nos ha hecho conocer Sal días recientemente en su 
Evolución Repichlicana, se lee: <<!/) que menos pensó 
el director Pueyrredón fué que tuviesen éxito las des- 
esperadas tentativas para la recuperación de Chile, 
ni que se realizase la temeraria expedición sobre I^ima, 
pues jamás se franquearon al general San Martín los 
auxilios para llevarla a cabo; pero él se precipitó, y 
entró en Chile, dándonos días bien amargos». 

Eso, en cuanto a San Martín. 

En cuanto a Artigas, Buenos Aires lo combate como 
al mayor enemigo: se une al portugués para darle el 
último golpe, le sonsaca sus elementos orientales, le 
suscita insurrecciones, le promueve deserciones, le 
arrebata sus hombres y su influencia en las provin- 
cias occidentales, declara a éstas la guena, para ex- 
tirpar en ellas el espíritu del héroe republicano, aun- 
que sea exterminando el pueblo que las compone, 
pide a Rodríguez de Francia, el paraguayo, su alianza 
o auxilio. Todo para sostener la oligarquía que gobierna 
en Buenos Aires, y realizar sus planes salvadores. 

San Martín, que hasta este momento ha formado 
parte de esa oligarquía, se rebela contra ella, cuando 
siente que le tocan su visión de gloria; desobedece. 



214 I'A. EPOPEYA DE ARTIGAS 

no entrega el ejército; lo lleva al Perú, contra la vo- 
luntad del Director Supremo: triunfa. Entonces fué 
glande; cuando se rebeló. 

Artigas acepta la doble lucha; se rebela, como San 
Martín, en defensa de su pensamiento pleno. Triunfa 
también; pero el triunfo lo aniquila. 

San Martín se va; se coloca, con su ejército, fuera del 
alcance de Buenos Aires; el éxito, la victoria, glori- 
ficarán su rebelión. Pero concluida su misión de ven- 
cer a España, no va más allá; piensa, no en coronarse 
él mismo, como se ha dicho, pero sí en realizar una 
monarquía independiente, con un príncipe europeo, 
que él mismo irá a buscar si es preciso, y con una corte 
más o menos americana; recurre a las logias secretas, 
a combinaciones ajenas a la voluntad popular. Su 
pensamiento se agota en el triunfo de sus armas. 

Artigas no puede alejarse ni ocultarse; se queda en 
f?u patria, rodeado de su pueblo, como se quedó en 
1811, cuando el éxodo; se queda defendiendo su suelo, 
encadenado a su peñasco, blanco de todos los ataques 
combinados: de los portugueses, de los directoriales, 
y aun de algunos de sus compatriotas. Todo a su al- 
rededor es fuego convergente sobre él, sobre su visión 
eu peligro: Patria Oriental, democracia, república. 

¡Cómo lucha entonces contra los enemigos interio- 
res y exteriores! ¡Cómo lo alumbra aquel círculo de 
llamas o de antorchas infernales! Emerge de entre 
ellas con su gesto impasible de dios; los dos rayos de 
fuego brillan sobre su cabeza y se apagan lentamente 
como una puesta de sol. 

Esta historia, mis amigos, ha sido muy mal compren- 
dida por los escritores argentinos, que no han querido 
mirar a Artigas con intensidad, que no pueden, que no 
quieren mirarlo; han visto sólo al Directorio y a San 



El, PERSONAJE REINANTE Y El, HÉROE 21 5 

Martín: al Directorio, en lucha con el caudillaje, con 
la anarquía, y a San Martín, en guerra contra E=paña. 
No han querido ver a Portugal, que es tan extran- 
jero como España, y que es su aliado natural, ni 
tampoco al pueblo, al pueblo argentino, que no es la 
oligarquía comunal de Buenos Aires. 

Portugal no existe para ellos como enemigo; Ar- 
tigas no existe tampoco, por consiguiente, como cam- 
peón de independencia. No han querido verlo; lo des- 
tierran de la historia. Pero el cielo no se tapa con un 
harnero; vosotros lo habéis visto, mis amigos, lo estáis 
viendo. Y lo vetéis más grande todavía. 



IV 



Bl pabellón portugués ondea en la ciudadela de 
Montevideo; I^ecor con sus 8.000 veteranos domi- 
na en la plaza. 

En el otro extremo del territorio, allá en el Norte, 
en las márgenes del Cuareim, ha quedado el general 
Curado, con su formidable ejército vencedor en el 
Catalán. Pero Artigas, el vencido, se interpone con 
sus tropas, más bravas que nunca, entre uno y otro, 
y los tiene casi estrangulados en sus puestos. Arti- 
gas es el dueño exclusivo de todo el territorio, en que 
no se reconoce más autoridad que la suya, ni más 
bandera que la tricolor. Para evitar el avance de 
Curado y su junción con L,ecor, el héroe realiza, en 
toda la costa Norte del Uruguay, el vacío defensivo 
de los rusos: la hoguera de Moscou ilumma las coli- 
nas uruguayas y se refleja en el río. Las villas de Pu- 
rificación y Paysandú son completamente desatoja- 
das y demolidas; todo ser viviente, incapaz de llevar 



21 6 I. A EPOPEYA DE ARTIGAS 

armas, debía cruzar el Uruguay y refugiarse en Entre- 
rríos, en el arroyo de la China, o replegarse al centro 
del territorio: hombres, caballos, reses; hasta las aves. 
El desierto debía devorar al portugués invasor. Las 
casas y los campos quedaban incendiados. «I^a ener- 
gía de todos los bárbaros es la misma, desde Moscou 
hasta el Hervidero.» Eso es todo lo que dice I^ópez, 
el historiador argentino, con rencoroso desdén, más- 
cara dolorosa de su admiración, al encontrarle en 
presencia de ese cuadro heroico, que no puede con- 
fesar. 

Vosotros, mis amigos artistas, meditad rm momento 
en estos tres años de gobierno y de resistencia del 
héroe. Artigas, el derrotado, el abandonado, es el nú- 
cleo ambulante de la patria, que no quiere morir, que 
no puede morir. Imparte sus órdenes, que son acata- 
das, a todos los conñnes del Estado, a los cabildos lo- 
cales, a las autoridades inferiores; infunde alientos 
inverosímiles en sus capitanes fieles, en sus huestes 
fieramente agonizantes, que, con sólo mirarlo, se con- 
sideran inmortales; acude en auxilio de las poblacio- 
nes que, devastadas por el portugués, reclaman am- 
paro; levanta uno, dos, diez ejércitos, que brotan de 
la tierra, para llenar los claros de los que van cayendo 
muertos, y que mueren a su vez en una serie inter- 
minable de combates frenéticos. «Al día siguiente de 
un contraste, dice nuestro ilustre Carlos María Ra- 
mírez, se le veía redoblar su ardor guerrero, enviando 
a todos sus tenientes palabras orgullosas de implaca- 
ble aversión contra el invasor prepotente. Estaba en 
relaciones con todos los cabildos de la campaña orien- 
tal, agradeciendo al uno sus esfuerzos, estimulando 
al otro en sus empeños, amenazando a veces y casti- 
gando también, si necesario era, la tibieza de sus com- 



I 



El, PERSONAJE REINANTE Y El, HÉROE 21 7 

patriotas ante é grito de la patria esclavizada. Se con- 
sideraba el representante armado de una causa santa, 
universal; y reconcentraba en su alma todos los odios 
y todas las cóleras de las razas maltratadas y ultra- 
jadas.» 

El héroe invocaba recuerdos gloriosos, como si 
fuera el padre de una patria de diez siglos; forjaba un 
pasado; mostraba la bandera recién nacida, como si 
alzara un símbolo anciano. Y mientras así defendía 
su tierra, como la leona a sus cachorros que no puede 
abandonar, defendía su protectorado sobre la región 
occidental, sobre las provincias argentinas: dirigía y 
auxiliaba a sus gobernadores y caudillos, que nada 
hacían sin él, y lanzaba contra la oligarquía de Buenos 
Aires sus miradas, y sus anatemas, y sus condenacio- 
nes fulminantes. 

Bl portugués sólo es dueño del terreno que pisan 
sus legiones portuguesas; para dominar, tendrá que 
reducir, apresar o matar a los orientales uno a uno, 
casi extinguir un pueblo. «La conquista, dice un his- 
toriador portugués, sentó sus reales sobre 8.000 ca- 
dáveres.» ¡En un pueblo de setenta mil habitantes I 

Artigas hubiera triunfado en esa lucha contra el 
extranjero; oh, sí, es indudable que hubiera vencido; 
lo han reconocido sus mismos detractores. Ni el por- 
tugués ni extranjero alguno hubiera podido resistir 
a esa tenacidad inverosímil de tres años, en que el 
hombre oriental acosó sin descanso, en campo abierto, 
al usurpador. Fueron tres años de combates incesan- 
tes; los héroes brotaban de todas partes; se extirpaba 
una cabeza, y surgían diez. Esas colinas de la patria 
que os he descrito, mis amigos artistas, esos bosques 
que franjean las corrientes, esas ásperas serranías, todo 
sangraba, todo se inmolaba. 



2l8 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Y mientras los orientales mueren y no se reponen, 
el portugués recibe del Brasil y de Portugal nuevos 
tercios, nuevas legiones; la resistencia no decrece, sin 
embargo, ni amengua la fe de Artigas; no svifre eclipse 
la inquebrantable convicción que tiene de triunfar. 



Pero si la lucha contra el extranjero era efícaz, y 
hubiera sido coronada por la victoria, el triunfo era 
imposible mientras aquél conservase como aliado al 
Directorio de Buenos Aires. Éste lo secundaba insi- 
diosamente, mientras, para ocultarse del pueblo ar- 
gentino, enviaba al héroe falaces protestas de amis- 
tad. El vacío heroico que hacía Artigas ante el inva- 
sor, tanto en el Norte como frente a Montevideo, 
era llenado por la complicidad de Buenos Aires con 
aquél; cuando el director mandaba algún auxilio a los 
orientales, pedía disculpa por ello a los portugueses, 
invocando la necesidad de satisfacer las protestas 
del pueblo argentino; pero, en cambio, permitía que 
los comerciantes de Buenos Aires surtieran a los por- 
tugueses sitiados, haciendo ilusorio el sacrificio de 
los sitiadores. 

Bn Buenos Aires, más que en Montevideo y en el 
Brasil, está el debelador de la democracia rioplatense, 
el formidable enemigo de Artigas y del pueblo, tanto 
oriental como occidental, que le seguía; ésa era la causa, 
hoy evidente, del anti porteñismo que se ha imputado al 
héroe, como un signo de irracicnal prevención. Ese 
poder que estaba en Buenos Aires era irresistible por 
lo impalpable; era la insidia, el descrédito, la protes- 
ta de amistad falaz; sus armas principales eran la 



El, PERSONAJE REINANTE Y El, HÉROE • 219 

seducción, el soborno, el estímulo a la defección, el 
abandono del héroe, presentado como un adversario 
selvático de la paz y de la fraternidad, como el obs- 
táculo que se oponía a la independencia. 

Para combatir a ese enemigo interior en la Banda 
Occidental, mientras lucha con el exterior en la Orien- 
tal, Artigas tiene que dividir su atención y sus fuerzas, 
debilitando más y más la resistencia en su propia 
tierra; tiene que conservar, sobre todo, y vigori- 
zar, su autoridad y su influencia sobre el pueblo de 
las provincias occidentales. Corrientes, Entrerríos, 
Santa Fe, Córdoba, que, faltas de un hombre conduc- 
tor, lo han aclamado y lo siguen aclamando como 
jefe, como indispensable protector, para defenderse, 
a la sombra de su bandera que enarbolan, de la oli- 
garquía de Buenos Aires, que pretende dominarlas 
y someterlas a su arbitrio. 

Artigas tiene que conservar esos pueblos; ellos 
fueron desde el principio, como os lo dije, su esperanza; 
debía salvarlos a ellos, para salvar con ellos después 
a la Patria Oriental del extranjero. Ése había sido y 
era su plan: dominar a Buenos Aires con el pueblo 
argentino, para en seguida dominar con éste, due- 
ño de sí mismo, al portugués usurpador de su pa- 
tria, si él no había podido hacerlo con sólo el pueblo 
oriental. 

Buenos Aires pugna por arrebatarle aqueUcs pue- 
blos; les declara la guerra, diciéndoles que sólo va, 
como el portugués, a destruir en ellos la influencia 
de Artigas, el peligroso -patriota, y a darles la libertad. 

Ahí tenéis planteada la última lucha, la lucha su- 
prema del héroe oriental, en que se condensa la de 
toda la patria argentina: de una parte, el Directorio 
aliado al portugués contra Artigas, y aun contra el 



2?0 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

pueblo argentino; de otra parte, Artigas, en prosecu- 
ción de una confederación democrático-republicana, 
de la patria q\ue hoy tenemos orientales y argentinos, 
chilenos y peruanos, paraguayos y bolivianos, todos 
los pueblos del continente. 

Hoy se ve eso con claridad. Vosotros lo veis así, 
porque conocéis los secretos de la misión de García 
y los del Congreso de Tucumán, y las gestiones de 
Rivadavia, etc., etc.; pero esas pruebas eran enton- 
ces ignoradas; la logia eia secreta. Sólo Artigas lo 
veía entonces, gracias, más aun que a las pruebas, 
a su doble visión; él lo sentía, lo palpaba; su con- 
vicción era inquebrantable, como brotada de aquella 
región de las madres de que hablamos al principio, 

¿Cómo hacer creer en ella? ¿Cómo convertir a esa 
fe profética los hombres de poca fe, sin apoyarla 
en el milagro? 

El héroe tenía que imponer su evangelio por la 
fuerza y por la victoria inverosímil, de que jamás 
desesperó. Murió creyendo en ella. 



VI 



Es preciso no olvidar que, también en Buenos Aires, 
había adversarios del Directorio; enemigos encarni- 
zados y poderosos de Pueyrredón, de su politice 
y de sus propósitos. Pero es necesario no confundir 
las cosas; esos hombres y partidos, así fuesen más 
enemigos de Pueyrredón que el mismo Artigas (y 
lo eran acaso mucho más), no por eso tenían nada de 
común con éste, ni con su pensamiento angular. Hay 
tanta distancia del uno a los otros, como del cielo a 
la tierra, infinita distancia. Y es menester que vos- 



El, PERSONAJE REINANTE Y El, HÉROE . 221 

otros os deis cuenta de elio, si queréis comprender 
esta historia, y ver destacarse, sobre sus tinieblas, la 
forma humana que debéis hacer de bronce. 

Muchos primaces combaten en Buenos Aires al 
gobierno de Pueyrredón; pero ellos no son otra cosa 
que la continuación de la anarquía política que allí 
reina desde el principio; son llamas de aquel infierno. 
Entre ellos están quienes echarán abajo al director; 
pero para substituirlo por otro del mismo género, que 
no tendrá más analogía con Artigas, que la que con 
él tenía Álvarez Thomás cuando derrocó a Alvear, 

Al subir Pueyrredón al gobierno, se formó un par- 
tido llamado de los congresales. 

■yí Frente a éste se constituyó el de los segregatistas, 
que proclamaban el régimen federal interno y com- 
batían al director. 

Era jefe de este último el coronel Dorrego, el mis- 
mo que había luchado con Artigas, secundando al jo- 
ven director Alvear, y devastado la provincia de Santa 
Fe; estaban con él don Manuel Moreno, Paso, el doc- 
tor Agrelo, el general French, los Anchorena, etc., etc. 
Ese partido, que tenía por órgano un diario apasio- 
nado, llamado La Crónica, al iniciarse la invasión 
portuguesa denunció la complicidad del Directo- 
rio con el extranjero, lo acusó de traidor, mani- 
festó grande indignación. El director Pueyrredón, 
al verse agredido, hizo una alcaldada: aprehendió 
primeramente a Dorrego, y, sin forma alguna de pro- 
ceso, lo desterró a las Antillas, como insubordinado 
y conspirador, como enemigo del Directorio y del Con- 
greso, como acérrimo partidario de la guerra con el 
Brasil. Más tarde se deshizo, en la misma forma, de 
los demás, desterrando como a conspiradores a Mo- 
reno, Agrelo, Paso, French, Chiclana, Pagóla, Valde- 



2 22 hA EPOPEYA DE ARTIGAS 

negro. Éstos, en Uegando a Baltimore, publicaron uu 
manifiesto furibundo, en que denunciaban, en térmi- 
nos fulminantes, los planes de perfidia y traición del 
Directorio. 

Yo, que no he querido hacer mías las nobles pági- 
nas de Alberdi, por juzgarlas inficionadas de pasión 
política que no nos atañe, miraré indiferente, con 
mayor razón, este ajeno toletole. 

Todo eso, mis amigos artistas, artículos de La Cró- 
nica, manifiesto de Baltimore, panfletos revolucio- 
narios, así sean más incendiarios que las teas infer- 
nales, es fuego de paja, que nada tiene de común con 
el encendido en el espíritu de Artigas. Todo eso no 
es otra cosa que la continuación de la anarquía po- 
lítica de Buenos Aires, alimentada por las ambicio- 
nes de los hombres. Esa idea de federación, de que 
hablan éstos, nada tiene que ver con el gran pensa- 
miento federal del capitán de la democracia: nthe 
hrave and galant repuhlicain general Artigas)). 

Bueno es que fijemos bien este concepto. Aduzca- 
mos un hecho que le da relieve. 

¿Sabéis quiénes conspiran también contra Puey- 
rredón, además de los desterrados de que hemos ha- 
blado?... 

Pues bien: es Alvear, aquel joven dictador aristo- 
crático de 25 años, el hijo primogénito de Marte, el 
sobrino y sucesor de Posadas, que entró vencedor en 
Montevideo, que fué rechazado del ejército del Perú, 
y que, elegido Director Supremo por la IvOgia que él 
fundó, ofreció a Inglaterra la propiedad del Plata. 
Kse Alvear, arrojado por el motín de Fontezuelas, fué 
a acogerse, como sabemos, a la piedad del rey Fer- 
nando VII, y a reconocerlo como su solo soberano; 



El/ PERSONAJE REINANTE Y Ely HÉROE 223 

pero desdeñadas por aquél sus contriciones, y desesti- 
mado su concurso, ha vuelto del ostracismo, y conspira 
hoy en Montevideo, en Montevideo precisamente, con- 
tra Pueyrredón, bajo la protección de Ivccor, el por- 
tugués. Y no es de sorprenderse: ya sabéis que el 
secretario de I^ecor es don Nicolás Herrera, ministro 
que fué de Alvear, redactor de su Memorial al agente 
español Villalba, y que no ocultaba su sincera con- 
vicción sobre la imposibilidad de pensar en la inde- 
pendencia de América. 

Conspira asimismo Carrera, el libertador chileno, 
José Miguel Carrera, compañero de armas de Alvear 
en España, caído como éste en su país, rival de O'Hig- 
gins, y que, poseído por su vértigo, sólo busca, donde- 
quiera y como quiera, elementos para pasar los An- 
des, y derrocar a su rival y a San Martín en su patria, 
y satisfacer allí sus venganzas. Este Carrera está tam- 
bién en Montevideo, a la sombra del portugués que 
lo protege, y de allí lanza sus panfletos incendiarios 
contra la situación política de Buenos Aires, que lo 
ha perseguido, y lo perseguirá, y lo matará. 

Conspira, por fin, aquel Sarr atea, quetanto conocéis, 
a quien Artigas arrojó del segundo sitio de Montevi- 
deo; aquel que, después de declarar traidor al héroe 
oriental, pasó a Río Janeiro y a Europa a gestionar 
la monarquía platense. Este Sarr atea está en Buenos 
Aires, y allí espera también su hora, la ocasión de 
trepar, desacreditando a Rivadavia, que ha quedado 
en París, y se queja desde allí de las intrigas de este 
buen Sarratea, y aconseja la adopción urgente de la 
monarquía que él gestionará. 

Comparad todo eso con Artigas, mis amigos, y de- 
cidme si puede haber punto de contacto entre esos 
políticos y el I^ibertador oriental; entre la serenidad 



224 ^^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

de profeta del que a nada personal aspira, del que 
vive y morirá en la pobreza, y la febricitante inquietud 
de los otros. Cualquiera de ellos que consiga predo- 
minar por un momento sobre el pueblo argentino 
será tan enemigo de Artigas como los que caigan en 
el incesante derrumbe; todos son el reverso de éste, 
que no cae en su patria, que es el orden intrínseco, 
lo permanente, lo invariable. 



VII 



Un temor me asalta, mis buenos amigos, siempre que 
os revelo estas penosas verdades: el de que lleguéis 
a creer, por un momento, que yo abrigo, en éste como 
en todos los casos análogos, el ánimo censurable de 
deprimir a los hombres, ilustres muchos de ellos, del 
patriciado comunal de Buenos Aires, que me inspi- 
ran un gran respeto, o el de negarles o menoscabarles 
mi homenaje de americano y rioplatense, como fac- 
tores que fueron, más o menos indirectos, pero esen- 
ciales, de la común independencia. 

Yo respetaré, con toda América, los monumentos 
que a sus figuras venerables levante la posteridad. 
Yo os aseguro que el mismo Artigas los mirará con 
respeto desde su caballo de bronce. 

Os diré más aún: creo que aquellos hombres obra- 
ban lógicamente y con muA- buen sentido, con el buen 
sentido corriente, cuando no tenían fe en el pueblo 
americano de aquella época, ni en su capacidad para 
constituirse en persona soberana. 
¿Como consecuenda estrictamente lógica de ese hu- 
mano escepticismo, rechazaban y perseguían a Arti- 
gas, que era la fe, la visión inaccesible para dios, 3' 



El, PERSONAJE REINANTE Y El, HÉROE 225 

pugnaban por importar un rey o príncipe de buena cepa. 
Sí, estoy conforme: el pueblo americano de nues- 
tros campos (y casi todo era campo en nuestra Amé- 
rica) era una masa caótica, un embrión que, como 
todos los embriones, ofrecía muchos aspectos repul- 
sivos; era un pueblo casi nómada en su gran parte; la 
idea de propiedad parecía incipiente; el hombre se 
emancipaba de sus padres en la adolescencia; montaba 
su caballo sin domar y comía la res salvaje sin dueño; 
la familia, unidad social, era rudimentaria; el vínculo 
político muy frágil; el hombre se hacía justicia por su 
propia mano; la idea de libertad se asemejaba al ins- 
tinto del avestruz o del pájaro; el barro y la paja de las 
cañadas eran los solos materiales de construcción. I^a 
falta de centros urbanos tomaba difícil la acción de la 
autoridad: el hombre no dependía sino de Dios y de su 
lanza, en aquellos inmensos horizontes; parecía casi 
insensible al padecimiento; luchaba con las fieras; 
se ocultaba en los bosques y cañaverales; aguzaba 
sus sentidos, el oído, la vista; atisbaba desde la copa 
del ombú; moría sin sorpresa. La descripción de este 
cuadro se ha hecho muchas veces, con los colores más 
vivos, por los sociólogos enemigos de nuestros cam- 
peones primitivos principalmente. El Facundo de Sar- 
miento, inspirado en esa idea, ha sido el libro clásico 
del Río de la Plata. En él, frente al cuadro de la bar- 
barie, se nos presenta el de la civilización, simboHzada 
en «¿/ frac de corte francés» que se vestía en Buenos 
Aires, como un supremo contraste. «No es fácil darse 
una idea, dice el bueno de Sarmiento, no es posible 
darse una idea de la cultura y refinamiento de la 
sociedad de Buenos Aires antes de 1828. Todos los 
europeos que arribaban creían hallarse en Europa, 
en los salones de París; nada faltaba; ni la petulancia 

T. 11.-15 



236 LA. EPOPEYA DE ARTIGAS 

francesa, que se dejaba notar entonces en el elegante 
de Buenos Aires.» 

Imaginemos, efectivamente, la impresión que en 
ese ambiente produciría el aspecto general de nues- 
tros pueblos. 

¿Cómo hacer de eso, decían los no creyentes, una 
república organizada? ¿Cómo hacer ciudadanos li- 
bres, capaces de ejercer la soberanía, de esas multitu- 
des incultas, arrastradas por cabecillas tan incultos 
como ellas? El rey europeo era, pues, indispensable, 
mientras aquellas masas se civilizasen, mientras se 
vistieren decentemente, cuando menos. 

Bn todo eso ha3^ una fuerte apariencia de verdad. 
«Iva república, dice Amiel, no es una semilla, es im fru- 
to.» «En el asunto -vivo, dice Cartyle, que ^'a citamos 
otra vez, la transformación es de ordinario gradual; 
así cuando la serpiente se despoja de su vieja piel, 
la nueva ya está formada... la creación y la destruc- 
ción se efectúan simultáneamente.» 

¿Cómo creer que, debajo de la piel ^ñsible del pue- 
blo americano, existían ya, siquiera a medio formar- 
se, los filamentos de la nueva, para substituir a la que 
la revolución destruía?... 

No seamos, pues, fariseos. Esos hidalgos, togados o 
no togados, enemigos de Artigas, procedieron lógica- 
mente al no creer en éste, que era el solo que podía 
saber lo que había bajo la piel visible de la serpiente, 
3^ por eso consers'aba, y educaba, y conducía aquella 
masa. Y no hay a qué mirarlos con ojeriza, por no 
haber visto más de lo que ve la generalidad de los 
hombres de carne 3' hueso. I/O que ellos creían parecía 
la verdad, 3' acaso nosotros mismos, los académicos 
de ho3', lo hubiéramos juzgado así; acaso hubiéramos 
negado a Artigas nuestra fe. 



El, PERSONAJE REINANTE Y El, HÉROE 227 

Pero nada hay más brutal que un hecho, y el hecho 
es que eso, que parecía la verdad, no era la verdad; el 
hecho brutal es que esa masa caótica, con defectos 
étnicos y atávicos, y todo lo que queráis; ese pueblo 
que parecía incapaz, de ser núcleo cósmico, no era 
incapaz de serlo; estaban allí los jüamentos de la nueva 
piel que sólo el genio autóctono percibía y apreciaba. 
El hecho evidente, luminoso, el que hoy glorifica la 
América republicana, es que de esa materia informe 
se formaron nuestras patrias independientes, tales 
cuales son; las que hoy amamos y glorificamos. ¿No 
las estamos glorificando?... Eso es lo qiie es; lo demás, 
pese a todas las entidades ideológicas, es lo que no 
es, la simple apariencia. 

Ahora bien, mis amigos: si hemos de proclamar 
en todo esto al héroe, al verdadero héroe, al vidente, 
al encarnador de lo que era, y ha sido y es, no hemos 
de buscarlo entre los que estaban en la lógica de lo 
aparente, sino al que fué núcleo de aquel cosmos, 
y, disintiendo de los demás, estaba en la realidad es- 
condida en el fondo de aquellas apariencias. Es a éste 
al que se llama genio precisamente, hombre real. «Una 
guerra grande y universal, dice Carlyle al hablar de 
los héroes, resume toda la histeria del mundo: la gue- 
rra de la fe contra la incredulidad; la lucha del hom- 
bre cuyo pensamiento se fija en la esencia de las co- 
sas, contra los hombres que lo tienen absorbido por 
las vanas apariencias de las mismas.» 

Bien es verdad que aun ahora hay gentes que, en 
presencia de las imperfecciones y caídas de nuestras 
democracias incipientes, dicen que hubiera sido me- 
jor para nuestra América el no haber realizado tan 
pronto su independencia, o el haberlo hecho como lo 



228 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

querían los enemigos de Artigas: paulatinamente, con 
un príncipe de sangre real. Bso hubiera sido, según 
ellos, la panacea: con ello se hubiera transformado la 
raza, se habría improvisado la cultura del pueblo, 
se hubieran evitado convulsiones políticas, y reali- 
zado milagros. 

Pero confesemos, amigos, en que esa gratuita pre- 
sunción, si bien especiosa, no merece nuestro respeto 
ni el de nadie; convengamos en que es una peregrina 
conjetura suponer que, con la agregación de un mo- 
tivo más y más fundamental de revuelta, había de 
conjurarse el peHgro de revueltas. ¡Lo que hubiera 
durado en estas tierras el rey que le trajeran con 
algunos millares de fusileros de vistoso uniforme colo- 
rado! 

Porque ni siquiera las experiencias nos faltan en la 
historia americana, para denunciar a los que así ra- 
ciocinan como gente de poco juicio. Méjico tentó 
su independencia en forma monárquica, que se des- 
vaneció; Cuba retardó la suya casi un siglo. Y bus- 
caréis en vano los males evitados, y las ventajas con 
tal recurso obtenidas: ahí están. 

Pero el ejemplo que más os invito a considerar es 
el que nos ofrece la gran nación brasileña, constitui- 
da en república federal ayer no más, el 15 de noviem- 
bre de 1889, después de haber nacido en la forma que, 
como milagroso recurso, querían para nosotros los 
enemigos de Artigas: con su rey o emperador, y su 
corte y su aristocracia. 

¿Se ha adelantado por eso, efectivamente, mucho 
más que sus hermanas platenses, en la conquista del 
derecho y del bienestar? ¿Quedaron allí extirpados 
por la monarquía los males inherentes al estado so- 
ciológico de ese pueblo? ¿Es hoy, por dicha, más 



El, PERSONAJE REINANTE Y El, HÉROE 229 

próspero, más civilizado, más uno, que aquellos sus 
\*ecino3, que, gracias a Artigas, no comenzaron con 
reyes, sino que jiieron concebidos en libertad republi- 
cana, según la frase lapidaria de Lincoln? 

Con los mismos sociólogos brasileños podríamos 
contestar que no. 

Y cuidado que la monarquía no fué, en el Brasil, 
la que los enemigos de Artigas, el republicano, pre- 
paraban en secreto para la América española. El 
Brasil no fué a pedir su rey, y los soldados que ha- 
bían de sostenerlo, a las potencias de la Santa Alianza; 
lo formó de su propia substancia; lo sostiivo con sus 
soldados propios; lo hizo todo lo brasileño que pudo 
ser. 

Ksa interesantísima historia de la América lusi- 
tana, amigos míos, que no cabe, desgraciadamente, en 
el cuadro de nuestras conversaciones, está aún por 
estudiar entre nosotros; ha sido casi tan desfigurada 
como la de Artigas por las pasiones o intereses tran- 
sitorios. 

¡Cuánto ha sido echada en cara a esa nación bra- 
sileña aquella su primitiva corona imperial, por los 
mismos apologistas precisamente de los que más la 
buscaron para el Río de la Plata! Recordemos, pues, 
someramente, la historia. 

Vosotros sabéis cómo el rey de Portugal, desalo- 
jado de su trono por Napoleón ccn el apoyo de los 
cautivos reyes de España, trasladó su sede real, 
de Ivisboa a Río Janeiro, en 1808, y cómo acabó por 
erigir al Brasil en reino, en 1817. Cuando, caído Bona- 
parte y reinstalado don Juan VI tn su abandonada 
sede del mundo antiguo, pretendió que el Brasil vol- 
viese a su categoría de colonia, y quiso que su hijo 
don Pedro, a quien había dejado como regente del 



230 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

reino en el Brasil, regresara a Portugal, el pueblo bra- 
sileño dijo que no; que ni volvería a ser colonia, ni 
el regente del Brasil regresa.ría a la metrópoli; que se que- 
daría. Y el príncipe se quedó. Se quedó en América, 
contra la voluntad, no tanto del rey su padre, cuanto 
de las Cortes portuguesas. Pero se quedó, ya no como 
simple delegado de la metrópoli, sino como Protector 
o Defensor Perpetuo del Pueblo Brasileño. Esa resolu- 
ción de quedarse precedió de cerca a la de romper 
todo vínculo político con la madre patria, y procla- 
mar la independencia del Brasil. Don Pedro adoptó 
esta resolución, instado y sostenido por el mismo 
pueblo, el 7 de septiembre de 1822, a orillas del arro- 
yo de Ipiranga; la adoptó, pues, como caudillo, 
como verdadero caudillo del pueblo brasileño, y apo3^a- 
do en éste, que ha glorificado ese recuerdo y conse- 
grado aquel día 7 de septiembre, el Grito de Ipiranga, 
como su fecha nacional. 

Todo eso era lo más propicio, como lo veis, a dar el 
máximum de eficacia a la levadura monárquica. 

Pasó, sin embargo, ct mo un episodio de la historia 
del Brasil. Fugit velut umhra. 

Hoy, desde el 15 de noviembre de 1889, en que cae 
la monarquía y nace la república federal, el Brasil, 
no más preparado, por cierto, que sus hermanos a 
la vida definitiva, grande por su grandeza intrínseca, 
y no por la forma de su gobierno, ya no cJebra la fe- 
cha de Ipiranga como su cifra; ha consagrado la otra, 
la de Noviembre, que será, para siempre, su cifra na- 
cional: la que conmemora la expulsión del emperador, 
y la proclamación de la república federal; el triunfo, 
pues, también allí, del pensamiento de Artigas. ¡Tam- 
bién allí! 

I^a realidad, la sola realidad permanente, la pre- 



EI< PERSONAJE REINANTE Y El, HÉROE 231 

sentida por el héroe republicano, se ha abierto paso, 
pues, también en A Brasil, como en toda América, 
ai través de todas las fugaces apariencias. 

Y mucho de apariencia ha tenido la organización 
interna brasileña, que se ha contrapuesto algunas 
veces a nuestras revueltas y caudillajes. Son muy po- 
cos los que se han dado cuenta de que esas nuestras 
convulsiones internas, tan denostadas con razón, fue- 
ron, sin embargo, el precio a que ia América española 
republicana compró su más precioso y exclusivo pri- 
vilegio: el de no haber tenido esclavos. El Brasil sólo 
abolió la esclavitud en 1889, cuando su república 
rayaba en sus horizontes. Los mismos Estados Unidos 
del Norte, que tampoco tuvieron caudillos, conser- 
varon, en cambio, la esclavitud. Y bien sabemos que 
el extirparla llegó a poner en peligro su unidad, y 
causó males no inferiores a los de nuestras revueltas 
internas. 

El Brasil ha entrado, por fin, en el orden o armo- 
nía providenciales. El trono, con haber sido, como 
fué, muy digno de consideración, desapareció por 
sí solo. La forma artificial se fué, para dejar paso a 
la natural, que nace de la esencia de las cosas, y que 
allí, lo mismo que aquí, era la república democrática, 
a cuya sombra, más que a la del trono de Braganza, 
se desarrollan en aquel pueblo los principios sanos y 
las virtudes sólidas. El Brasil se ha quedado con lo 
que esencialmente tenía, ni más ni menos; con sus 
defectos y cualidades; con un pueblo dueño de sí 
mismo, y que por sí mismo realizará sus grandes des- 
linos. 

«Si queréis que d esclavo muestre las virtudes del 
hombre libre, dice George, comenzad por darle li- 
bertad.» 



232 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

I^a visión genial de Artigas, amigos míos, es el por- 
venir, porque ella era la verdad, y, siéndolo, era la 
armonía, el amor, la paz, pese a todo cuanto haj^a 
costado. Algún día estudiarán juntos su común his- 
toria todos los pueblos románicos de esta América; 
todos los descendientes de la antigua Iberia: hispá- 
nicos y lusitanos. Entonces leerá el Biasil, con nos- 
otros, la historia de nuestro Artigas, la verdadera, que 
no conoce, e inclinará la cabeza al encontrarse con su 
frase profundísima: «I^os déspotas, no por su nación, 
sólo por serlo, deben ser objeto de nuestro odio». Com- 
prenderá entonces cómo el vidente caudillo oriental, 
cuando luchaba con don Juan VI de Portugal, no era 
el enemigo del pueblo brasileño, bien así como no lo 
era del argentino, que fué sangre de su sangre, 
cuando luchaba contra los patricios aliados de aquel 
monarca. Se adelantaba sólo a la lucha que el 
mismo Brasil librará contra los reyes; era el primer 
soldado, por consigmente, del principio en que hoy 
descansa la federación republicana brasileña. 

Entre las verdades que van a salir triunfantes 
de vuestro monumento, amigos artistas, no ha de ser 
ésa la menos nueva rú la menos armoniosa. 

Porque podemos pensar lo que queramos de la for- 
ma de gobierno republicana; ya os he dicho que no 
soy un fetichista de tales formas; que detesto la adu- 
lación de multitudes y desdeño al hombre esclavo 
de los hechos. Pero confesemos que la democracia y 
la forma de gobierno republicana son la armonía del 
porvenir, cualesqiúera que sean sus quebrantos y vi- 
cisitudes del presente; convengamos, por ende, en 
que el hombre de la democracia, aun de la democracia 
fiera del pasado, es el héroe del presente y del futuro: 
el héroe. 



El, PERSONAJE REINANTE Y El, HÉROE 233 

El monumento que vais a crear, amigos, es el 
símbolo de esa fe; lo levantamos los que creemos que la 
patria americana tenía que formarse como se han for- 
mado todas las del universo: sobre la base de un em- 
brión sociológico, más o menos informe, fecundado 
por la fe y el sacrificio; su desarrollo tenía que ser, como 
el de todos los embriones, lento y penoso, y debía 
parirse con dolor, desgarrando entrañas. lyO erigimos 
los que aceptamos el ser hijos de nuestra madre; no 
los que quieren serlo de la emperatriz madre del ve- 
cino, sin pensar en que esa emperatriz tuvo también 
una madre o una abuela, que no nació reina, y que 
fué, como la nuestra, barro animado por el espíritu. 

Sería interesante, mis amigos, estudiar, con este 
motivo, el origen de los distintos pueblos; sus funda- 
dores heroicos; los reyes primitivos, con mucho de 
bandoleros; las turbas que los seguían, con mucho de 
sus reyes. 

Pero ese estudio, que sólo os sugiero y que podéis 
hacer por vosotros mismos, sería ahora extemporá- 
neo; lo substituiremos ventajosamente, como grato 
descanso, con una amable página, que leo en la His- 
toria de la Revolución de Inglaterra, de Macaulay, y 
que éste traza, después de describirnos el cuadro de 
una parte del pueblo inglés poco antes de su revolu- 
ción. Ivos cuadros de barbarie y anarquía que él nos 
ofrece jamás fueron vistos en nuestros desiertos rio- 
platenses, os lo aseguro; nuestro pueblo gancho no 
fué, ni con mucho, pese a sus Facundos, lo que el 
inglés que Macaulay' nos describe. cMucha parte del 
territorio, dice, que se extiende del otro lado del 
Trent, permaneció hasta principios del siglo xviii 
en estado de barbarie...; bajo el reinado de Carlos II 
aun se advertían las huellas que dejaron siglos de 



234 ^ - EPOPEYA DE .VRTIGAS 

matanza 3' saqueo, a muchas millas al Norte del 
Troced, en el aspecto del país y en las costumbres 
anárquicas del pueblo...; se tenía que hacer justicia 
local y rápida; se mantenían traillas de perros para 
perseguir a los malhechores en sus guaridas, casi 
inaccesibles, de las montañas y pantanos; las quin- 
tas y granjas estaban fortificadas como castillos; los 
mozos y gañanes dormían vestidos y armados y con 
calderos de agua hirviendo y piedras para defenderse; 
ningún viajero se ponía en viaje sin hacer testamento; 
se viajaba armado y escoltado...» «Aun en nuestros 
días, concluye Macavilay, en pleno siglo xix, se ha 
dicho por ancianos, recordando episodios de su ju- 
ventud, que los cazadores hallaban poblados los 
matorrales vecinos al castillo de Keeldar de una raza 
de hombres casi tan salvajes como los indios de Cali- 
fornia, y oían con sorpresa bárbaras canturías a mu- 
jeres medio desnudas, mientras que los mozos baila- 
ban danzas guerreras blandiendo puñales.» 

De esos hombres ha hecho Inglaterra sus libres 
ciudadanos de hoy. 

Y leamos, pues, la amable página de que os ha- 
blaba, para terminar. Es ésta: 

«El Ariosto nos narra la historia de una hada que, 
por una ley misteriosa de su naturaleza, estaba con- 
denada a aparecer, en ciertas estaciones, bajo la for- 
ma de mía horrible y venenosa serpiente. I/)s que la 
maltrataban durante el período de su transformación 
quedaban para siempre excluidos de los beneficios 
que ella prodigaba a los hombres; pero a aquellos que, 
a pesar de su aspecto repugnante, la miraban con pie- 
dad y la protegían, ella se les aparecía más tarde en 
la bella y celeste forma que le era natural; acompaña- 
ba sus pasos; satisfacía sus deseos; llenaba sus casa¿ 



El, PERSONAJE REINANTE Y EIv HÉROE 235 

de riquezas; los hacía felices en el amor y victorio- 
sos en la guerra. Tal es la belleza celeste que se llama 
lyibertad. Cobra algunas veces la forma de un rep- 
til odioso; se arrastra, silba, muerde. ¡Pero desgracia- 
dos de los que, poseídos de repugnancia, intenten 
aplastarla! ¡Y felices los hombres que, habiéndose 
atrevido a recibirla bajo su forma espantosa y decaí- 
da, sean recompensados por ella, en la hora de su 
belleza y de su gloria!» 

Yo no sé a ciencia cierta, artistas amigos, si ha so- 
nado o no la hora de gloria y de belleza para nues- 
tra América; pero sólo podremos decir que sí, si ve- 
mos que se ha verificado la transfiguración del reptil 
que ocultaba la hermosura de su madre lyibertad. 

Y sólo podremos estar seguros de que el pueblo ha 
cobrado de veras su soberbia y definitiva forma, allí 
donde lo veamos reconocer y llenar de amor y de vic- 
toria a sus héroes verdaderos: a los que no lo rene- 
garon, sino que lo miraron con respetuosa piedad, y 
lo protegieron, y lo hicieron levadura de la patria, 
cuando, por misteriosa ley de su naturaleza, silbaba 
como reptil, y mordía, y se arrastraba; a los que, bajo 
la envoltura horrible de la serpiente, vieron el hada 
que hoy domina transfigurada y munífica. 



VIII 

lyos hombres de Buenos Aires, en 1816, I05 de 
arriba y los de abajo, los que han subido y los que 
van a subir, tienen que ser igualmente enemigos de 
Artigas, como hemos dicho; no ven sino serpientes 
en el suelo nativo; serpientes que aplastar. 

Pero existe un aliado intrínseco del héroe y del pue- 



236 hA EPOPEYA DE ARTIGAS 

blo oriental: el pueblo argentino, todo el pueblo ar- 
gentino, todas las hadas-serpientes. Y quien dice pue- 
blo, dice sus conductores naturales, brotados de su 
propia vida; los núcleos de atracción de las multitu- 
des; los que se llamaban caudillos. 

Es menester que nos detengamos a hablar de esto, 
que en otras ocasiones hemos tocado a la ligera: de 
los caudillos rioplatenses. 

La voz caudillo, que, en general, significa cabeza, 
conductor, capitán (Moisés era el Caudillo de Israel), 
aquí, en esta historia, ha solido tomar un significado 
propio, de menosprecio, que se parece al de cabeci- 
lla o capitán de rebeldes, o cosa así. Se ha hablado 
mucho de caudillos y caudillajes, sin detenerse en la 
meditación a que yo os invito. No tengáis cuidado: 
no voy a llevaros a estudiar razas, ni atavismos, 
ni fenómenos biológicos, ni signos somáticos y psí- 
quicos, en que hoy suelen detenerse, acaso más de lo 
necesario, los historiadores sociólogos; creo que la 
ciencia no ha llegado todavía muy lejos en ese orden 
de descubrimientos, sm negar por eso que ella puede 
conducir a felices resultados futuros. Yo seguiré el 
criterio estético, el de la universal armonía, que me 
guía en estas lecciones. 

Los apologistas de la revolución glorifican al pue- 
blo americano que la hizo; pero muchos de los tales, 
temiendo contaminarse, reniegan de los caudillos y 
del caudillaje, que, según ellos, sólo la entorpecieron 
y hasta la pusieron en peligro. 

A poco que meditáramos, notaríamos la contradic- 
ción en que incurren. ¿Dónde estaba ese pueblo ame- 
ricano? 

Las unidades primitivas de e¿o que se llama el 
glorioso pueblo de Mayo, y que algunos han creído que 



El, PERSONAJE REINANTE Y El, HÉROE ' 237 

eran las personas que se reunían en la plaza principal 
de Buenos Aires, no son propiamente las personas 
físicas; son los caudillos precisamente, es decir, los 
distintos núcleos de atracción de los grupos de hom- 
bres que se conglomeran según sus afinidades natu- 
rales. El pueblo americano heroico, el guerrero, no 
es el conjunto de hombres; es el conjunto de caudillos. 
El Paraguay no tuvo caudillos, y ya hemos dicho 
por qué: porque el dictador Francia extirpó allí la 
vida en mal hora con la muerte del espíritu de Ar- 
tigas. 

El Cí.udillo es el substratum, la quintaesencia de 
la masa, es el personaje reinante de que nos habla 
Taine. 

Este maestro Taine, gran orfebre del estilo, des- 
pués de estudiar las diversas circunstancias sociales 
que nos ofrece la historia humana, dice esto que pue- 
de interesarnos, y que tengo empeño en que leáis 
conmigo en este momento: «En los diversos casos que 
hemos examinado, habéis notado, en primer lugar, 
una situación general, es decir, la presencia común de 
cieitos biene? y de ciertos males: una condición de 
servidumbre o de libertad, un estado de pobreza o 
de riqueza, una forma dada de sociedad, una especie 
dada de religión: la ciudad libre, guerrera y provista 
de esclavos, en Grecia; la opresión, la ambición, el 
bandolerismo feudal, el cristianismo exaltado en la 
Edad Media; la corte en el siglo xvn; la democracia 
industrial e instruida en el siglo xix; en suma, un 
conjunto de circunstancias a que los hombres se ha- 
llan vinculados y sometidos. 

)>Esa situación desarrolla en ellos necesidades co- 
rrelativas, aptitudes distintas, sentimientos parti- 
culares: la aptitud física, por ejemplo, o la tendencia 



238 lyA EPOPEYA DE A RUGAS 

al ensueño; aquí la rudeza, allí la dulzura; ya el ins- 
tinto de la guerra, ya el ingenio en el hablar; ora el de- 
seo de gozar, ora mil disposiciones infinitamente varias 
y complejas: en Grecia, la perfección corporal, el equi- 
librio de las facultades no menoscabadas por una 
vida demasiado cerebral o demasiado material; en la 
Kdad Media, la intemperancia de la imaginación so- 
breexcitada y la delicadeza de la sensibilidad femenil; 
en el siglo xvn, ti saber vivir del mundo, y la dig- 
nidad de los salones aristocráticos; en los tiempos 
modernos, la enormidad de las ambiciones desen- 
cadenadas y el malestar de los deseos jamás sa- 
ciados. 

»Aliora bien: este grupo de sentimientos, de necesi- 
dades y de aptitudes, desde el momento en que se ma- 
nifiestan por completo y con brillo en un alma, cons- 
tituye el personaje reinante, es decir, el tipo que los 
contemporáneos circundan de su admiración y de su 
simpatía: en Grecia, el joven desnudo y de hermosa 
raza, perfecto en todos los ejercicios del cuerpo; en 
la Edad Media, el monje extático y el caballera ena- 
morado; en el sig'o xvn, el cumplido hombre de cor- 
te; en nuestros dias, el Fausto o el Werther, insacia- 
ble y triste.» 

Bsc es el personaje reinante que, como lo veis, es 
el substratum de la masa, y no deja de ser parte de 
la masa misma. Pero es preciso completar el concepto 
de Taine con otra entidad que el escritor francés, 
al revés de Carlj^le, no ve con precisión: es una per- 
sona que, sin dejar de formar parte de esa masa, sin 
dejar de arraigar en ella y brotar de su seno, se eleva 
sobre ella, y para ella recibe la influencia superior: 
¿se es el héroe, el conductor de aquella masa o conjim- 
to de personajes reinantes, hacia su destino armónico 



El, PERSONAJE REINANTE Y El, HÉROE 239 

con el destino universal. El héroe no es, por lo tanto, 
la negación o destrucción del personaje reinante; pero 
es la condensación y transformación de esa fuerza 
excéntrica en fuerza concéntrica, concurrente a la 
armonía recóndita. Es el héroe, en el mundo moral, 
lo que el artista o el poeta en el sensible: la incorpo- 
ración del alma humana a las cosas o a las potestades 
que animan el universo. El artista de los árboles es 
aquel que puede convertirse en árbol; el de los hom- 
bre;:-, en humanidad. 

El personaje reinante es, pues, lo transitorio y 
cambiante, el traje, diría Carlyle, el autor de Surtir 
Resartus. El héroe es lo permanente, la persona que 
está dentro del Vestido, d hombre que está en la 
multitud. 

Concurrirán o no en el héroe las condiciones exte- 
riores del personaje reinante; el hombre admira sin 
amar muchas veces, y ama sin admirar; amar no es 
siempre absolver al ser amado; es sentir no poder 
hacerlo siempre. El héroe puede ser o no, por con- 
siguiente, objeto directo de simpatía; lo es general- 
mente; es también personaje reinante. Pero no es 
eso lo que forma su esencia: lo que la constituye es 
el poder de apoderarse de la humanidad, de sus per- 
sonajes remantes precisamente, y de arrastrarlos, de 
llevarlos hacia la luz, visible sólo a los ojos del ins- 
pirado. 

Si se estudia el estado social de nuestra América, 
en la época de la revolución, el personaje reinante, 
aquel en que se manifiesta el grupo de sentimientos 
y aptitudes del pueblo americano, el tipo que sus con- 
temporáneos rodean de su admiración y de su sim- 
patía, el núcleo en torno del cual se conglomeran y 
por el cual se determinan a la acción, es el caudillo. 



240 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

es decir, el jinete valiente, casi nómada, despreciador 
de la vida propia y de la ajena, más fuerte que la au- 
toridad, y cuya protección es más eficaz que la de ésta, 
como es más temible su enemistad, ya que la in- 
fluencia de la autoridad legal es nula por imposible. 
El culto del valor personal, de la fuerza, de la audacia, 
equivale al de la forma desnuda en Grecia, al de la 
visión extática de la Edad Media, al del hombre de 
corte, o al de Werther insaciable y triste, en las 
otras épocas. Acabamos de recordar el libro clásico 
que entre nosotros ha hablado primero de esto: el 
Facundo, de Sarmiento. Pues bien; éste, que tanto 
se extasía ante el frac de corte francés de los elegantes 
de Buenos Aires, nos dice, muy poco después, en su 
momento de verdadera inspiración: «En la República 
Argentina, el espíritu de la pampa está en todos los 
corazoiies; si levantáis un poco la solapa del frac con 
que el argentino se disfraza, hallaréis siempre el gau- 
cho más o menos civilizado, pero siempre el gaucho». 

Ese caudillo americano lo era por sus condicio- 
nes exteriores. Casi no pensaba: sentía; no veía m.ás 
allá de lo que alcanzaba el galope de su caballo, sím- 
bolo de la libertad rudimentaria de que tenía no- 
ción. Eso eran Ramírez, en Entrerríos; López, en San- 
ta Fe; Bustos, en Córdoba; Araoz, en Tucumán; el 
mismo Güemes, en Salta, con ser éste, como lo fué, 
el ígneo resplandor de los instintos naturales en el 
Norte. Güemes, como sabemos, fué convertido al 
monarquismo por Bel grano sin grande esfuerzo; y 
lo mismo lo hubieran sido López y Ramírez, a no 
haber girado en la órbita de Artigas, del otro pensa- 
miento, del Verdaderamente heroico. 

Siendo, pues, el pueblo argentino, el aliado, el 
único aliado de Artigas, dicho se está que lo eran sus 



El. PERSONAJE _ REINANTE Y El, HÉROE 24I 

caudillos. Pero no por eso hemos de confundir ambas 
cosas: el héroe, el depositario del pensamiento, el que 
mira la luz invisible, con el personaje reinante que lo 
Secunda. Vosotros, cuando menoif, estáis habilita- 
dos, mis amigos, para no incurrir en esa deplora- 
ble confusión; lo estáis; por consiguiente, para expli- 
caros el imperio que ejerció Artigas sobre todos los 
caudillos orientales y occidentales, a pesar de no po- 
derse citar, como rasgo característico de su persona, 
ni el valor extraordinario, ni el desprecio de la vida 
propia o ajena, ni la rebelión contra la autoridad, ni 
la destreza inaudita sobre el lomo del caballo indó- 
mito: él era un hombre interior, silencioso, ponderado, 
opaco, solitario. Y fué, como sabéis, el más sensible 
y el más clemente de los héroes de la revolución; el 
más respetuoso de la vida humana. 

Advirtamos, una vez más, que la permanente resis- 
tencia instintiva de los diferentes pueblos argentinos 
contra el predominio de Buenos Aires no constitu- 
yó la causa güemista en Salta, o hustista en Córdoba, 
o lopista en Santa Fe, o ramirista en Bntrerríos, con 
ser Güemes, y Bustos, y Ivópez, y Ramírez, los cau- 
dillos o personajes reinantes de esas provincias o es- 
tados y los campeones en ellos de aquel instinto ger- 
minal de democracia. En todas esas regiones, aquella 
resistencia se llamó, y aun hoy es Uamada por la his- 
toria, <iartiguismo», uausa ariiguista». ^Veneno artiguis- 
tm, le llama I/Spez, el historiador, que se encuentra 
con él en todas las arterias del organismo argentino. 

¿Sucedería eso porque Artigas era un simple cau- 
dillo más valiente, o más audaz, o más despreciador 
de la vida que los otros? 

No: ese supremo caudillo no era más animoso ni 
más diestro jinete que Güemes o Ramírez. I^os salte- 

T. 11.-16 



242 r,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

ños jamás lo vieron ni a caballo ni a pie- Tampoco los 
cordobeses; ni a pie ni a caballo. 

Artigas era mucho más que un valiente; era otra la 
luz que ardía en sus ojos serenos. Él era el vencedor 
generoso de I^as Piedras; el que condujo al pueblo 
oriental en el éxodo semisagrado; el que dictólas ins- 
trucciones evangélicas del año 1813; el que trazó, en 
el parálelo de las Misiones Orientales, las fronteras 
entrañables de la patria , y trató con Inglaterra, y se 
comunicó con Monroe, y reglamentó el corso, y con- 
vocó Congresos constituyentes, y realizó el gobier- 
no ideal del héroe fundador, al pie de la meseta del 
Hervidero, fundando escuelas, enviando vacuna, acon- 
sejando el orden, la unión, la humanidad y la paz; el 
que, terminada su misión, irá a morir, por propia 
voluntad, indigente en el Paraguay. Él era la visión 
y el carácter, como lo dijimos en otra ocasión, 

Pero los hombres de frac y de corbata francesa de 
Buenos Aires, personajes reinantes en el centro de 
la ciudad, que se creían héroes, no estaban habilita- 
dos, como nosotros, para ver en Artigas al héroe; 
apenas si veían en él al personaje reinante de la 
Provincia Oriental, obligado, por consigiüente, so pena 
de transformarse en bandolero, a no tener más pen- 
samiento ni más acción que el pensamiento y la 
acción de quien predominase en Buenos Aires, y a 
secundarlo, sin preguntar a dónde se le llevaba. 

Imaginad, por última vez, mis amigos, que eí='o 
hubiera sucedido: que Artigas hubiera muerto en I^as 
Piedras, o que se hubiera sometido a quien mandara 
en Buenos Aires: a Posadas, a Alvear, a Pueyrredón, 
a cualquiera de los que subieron por virtud de los 
sanedrines secretos. ¿Hubieran dejado de estallar 
allí las rivalidades, hijas de las concupiscencias? ¿Hu- 



EIv PERSONAJE REINANTE Y El, HÉROE 243 

hieran dejado esos hombres de caer en el desaliento que, 
desde los primeros momentos de la revolución, aun 
antes de surgir Artigas, los hizo perder su fe en el pue- 
blo americano y apostatar de la revolución de Mayo, 
si alguna vez creyeron en ella, buscando la restaura- 
ción de Fernando VII o la coronación de otro rey? 

Confesemos honradamente que no, mis amigos, y 
hagámoslo confesar a todos los hombres honrados de 
la América republicana; hagámosles ver que, si ese 
hombre Artigas no se sometió, fué porque no pudo, 
porque no debió someterse; porque no se lo permitió 
el espíritu profético que había tomado habitación en 
su carne. 

Y confesemos que ese espíritu sutilísimo, recién 
creado, después de haber salvado la democracia en 
el Río de la Plata, en la lucha contra las rebeldes re- 
gresiones de Buenos Aires, es el que hoy anima y ani- 
mará para siempre las repúbHcas de América; es el 
solo que hace de ellas personas verdaderas, distintas 
de las preexistentes, almas y cuerpos nuevos, autóc- 
tonos, brotados, como la fauna y la flora que arraigan 
en las entrañas de este nuevo mundo, para vivir en su 
ambiente. Y tan insubstituibles en esta región ameri- 
cana, como los árboles que horadan el humus y las 
arcillas del subsuelo, y se agarran, para no ser arran- 
cadas, en los huesos de la madre tierra: en las durezas 
invioladas de los estratos pampeanos. 



i^s- 



CONFERENCIA XXII 

ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 

Asedio de Montevideo. — El Paso de Cuello. — Misa campal. 

— Bando de I,ecor y protesta de Pueyrredón. — Artigas 
EN la línea sitiadora. — Su entrada triunfal. — El sil- 
bido de la serpiente. — Caída y deserción de algunos 
fieles. -y- El batallón de i^ibertos. — Imprecaciones del 

héroe. lyOS planes tenebrosos. — -liA SINIESTR.V FAZ AMERI- 
CANA DE LA CUESTIÓN. — El CALIBÁN que ronda LA ISLA. EL 

pueblo argentino inmune. — I<A conquista de las provin- 
cias por el directorio. — Entrerríos, Santa Fe y Corrien- 
tes. — HereSú. — R.amírez. — I^óPEz. — Artigas, «el peligroso 

P.'V.TRIOT.\». SAUCESITO. SALADAS. MONTES DE OCA Y BAL- 

C.\RCE. — ÚLTIMAS CAMPAÑAS DE ARTIGAS. — !< AVALLE JA PRI- 
SIONERO. — PRISIONEROS Otorgues y Bernabé Rivera y 
Andresito y Barreiro. — Nueva invasión de Buenos Aires 
A las provincias. — Plan de conquista, desolación y exter- 
minio. — Ilusiones y desalientos de Belgrano. — Triunfo 

DE las PROXINCIAS BAJO LA DIRECCIÓN DE ARTIGAS. — SAN 

Martín acude a Artigas. — Envío de mediadores chilenos. 

— Rechazo de Pueyrredón. — Constitución republicana 
Y envío de un embajador en busca de monarca. — Artigas 
vive. 



Estamos en la lucha que os he anunciado en nues- 
tra anterior conversación, mis buenos amigos. San 
Martín prepara el supremo combate, en el Pacífico, 
contra el español; Artigas libra el suyo, en el Atlántico, 



246 tiA EPOPEYA DE ARTIGAS 

contra el portugués. Buenos Aires está entre ambos, 
y pugna por su propio predominio interno, cuya base 
es el aniquilamiento de Artigas, aunque sea sacrifi- 
cando la misma expedición de San Martín. Entretanto, 
continúa los trabajos en que, mucho más que en l?s 
expediciones armadas, se cifran todas sus ilusiones: 
envía nuevos diplomáticos a las cortes europeas y 
proyecta nuevas coronaciones de príncipes de buena 
raza, de carne y sangre predestinadas. 

Sigamos a Artigas en su lucha. 

Montevideo; caído en manos del invasor, está cer- 
cado por los capitanes del héroe: Barreiro, Rivera, 
Manuel Francisco Artigas, Otorgues, Bauza, Lava- 
Ueja, Suárez, Ramos, Oribe. Barreiro con Suárez han 
establecido el cuartel general en el Paso de Cuello, 
a 15 ó 20 kilómetros de las murallas. A ellos se incor- 
pora Rivera que, a los ocho días de su desastre en 
India Muerta, ha formado una nueva división de 
600 hombres. I^avalleja queda frente a la ciudad, en 
Toledo, con 400 jinetes en observación, haciendo 
diarios prodigios de valor, que son legendarios. 

Es la lucha del águila con el escarabajo: no hay 
asilo seguro, ni en el regazo de Júpiter. Lecor se ve 
acosado, no tiene caballos; para forrajear, necesita 
enviar columnas de las tres armas, que son atacadas. 
Una de ellas es acuchillada por I^avallejaenMaroñas, 
y parte de ella tomada prisionera. 

Era, pues, necesaria una definitiva y rápida ope- 
ración de guerra, para barrer de intrusos y amojonar 
aquella propiedad de la corona portuguesa; dejarle 
bien redondeado su imperio americano: del Plata al 
Amazonas. Con ese objeto, se organiza una expe- 
dición que, al mando de Lecor, sale de los cuarteles 
de Montevideo, del Fuerte de San José, del Recinto, 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 247 

de la Cindadela, en la mañana del 14 de marzo. Los 
buenos vecinos, despertados por las músicas marcia- 
les, se asoman temerosos a las rejas salientes de sus 
casas de un solo piso, y ven desfilar, y salir por el 
Portón de San Pedro, seis batallones de infantería 
con sus casacas azules de visos amarillos, cinco pie- 
zas de artillería tiradas por muías, varios escuadrones 
de caballería de cascos negros con guarniciones de 
bronce; el Barón de la Laguna descuella entre su 
lucido Estado Mayor por su talante y su uniforme. 

lyos episodios de esa batida, más que por su impor- 
tancia por su carácter, merecen nuestro examen, 
tanto más cuanto que podemos seguirlos con mucha 
prolijidad, gracias a las Memorias, recién aparecidas, 
de Fray José Benito Lamas, testigo y actor de los su- 
cesos aquellos. 

y miremos, siquier sea de paso, con este motivo, 
esa amable figura de nuestra historia, la de Fray José 
Benito Lamas. Fué uno de los frailes franciscanos 
patriotas expulsados por EHo, cuando el primer si- 
tio, por amigos de los matreros; ha sido el órgano dis- 
creto y elocuente de los deseos populares durante 
el gobierno patrio en Montevideo; lo vimos sentado 
a la mesa de Artigas, con Larrañaga, en la conferen- 
cia de Paysandú; ha desempeñado los cargos de ca- 
pellán del Jefe de los Orientales y de maestro de es- 
cuela en el Hervidero; será él quien auxiliará en el 
calabozo, y acompañará en el banquillo de Mendoza, 
a José Miguel Carrera, el caudillo chileno fusilado 
allí; morirá, por fin, víctima de la peste, contraída 
a la cabecera de los enfermos, en 1857. Era entonces, 
cuando lo sorprendió la muerte. Vicario Apostóhco 
de la RepúbHca, sucesor de Larrañaga, y había sido 
preconizado en Roma primer obispo de Montevideo. 



248 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Bn el momento en que nos encontramos, el Padre 
llamas, joVen entonces de treinta años, ha abando- 
nado la plaza con los patriotas que la evacuaron, y 
ha permanecido en las líneas sitiadoras como cape- 
llán; al salir la expedición de I^ecor, se pone en mar- 
cha a caballo hacia Santa Lucía, precediendo aquélla 
de cerca, con el objeto de UeVar la noticia al Paso de 
Cuello. A su lado podremos, pues, seguirla paso a 
paso. Y debemos hacerlo, a fin de refrescar en nues- 
tra imaginación las tintas del ambiente local, que 
nos es tan indispensable como los hechos mismos, si 
hemos de vivir la historia. Acompañemos, pues, al 
animoso franciscano, y, con él, al Barón que va a 
probar ventura. 

No bien ha franqueado el portugués los portones 
de la cindadela, los enjambres de patriotas le salen 
al encuentro de todos lados; serán su escolta a la ida 
y a la vuelta; le amagan los flancos, le pican la reta- 
guardia, cruzan al galope por su frente, le tienden 
guerrillas de jinetes desmontados, que lo obligan a 
desplegar en batalla sus infanterías a cada paso. Ha}^ 
que librar un combate en cada cañada; sale un peli- 
gro de todo cañaveral de paja brava, cuyos blancos 
plumerillos agita el viento como banderolas; los car- 
dales son todos asechanzas; las pitas parecen arañas 
encrespadas. Lavalleja asoma con sus jinetes en lo 
alto de la cuchilla, desaparece en la quebrada, carga 
de repente, y pasa como una tromba. Y vuelve a 
desaparecer, tramontando la cuesta. Manuel Fran- 
cisco Artigas, más reposado, hace apear general- 
mente sus soldados detrás de algún grupo de piias 
o cactus silvestres, cuyos largos pitones de enormes 
flores amarillas se yerguen como mástiles o flacos 
candelabros; los soldados, tendidos entre las chil- 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 249 

cas, hacen fuego, lo sostienen cuanto es posible, y 
saltan a caballo, y desaparecen, sin saberse en qué 
rumbo. Otorgues es el émulo de lyavalleja; el tropel 
de sus gauchos, caballeros en potros sin domar, hace 
relinchar y parar las orejas a los caballos montados 
del enemigo, y arrebata sus caballadas Ubres, arreán- 
dolas con grandes alaridos, de día y de noche. 

El Padre llamas llama a todas esas fuerzas «nues- 
tra vanguardia»; lo son, efectivamente, del ejército 
que, al mando de Rivera, está acampado a algunas 
leguas de distancia, del otro lado del río Santa I^u- 
cía, sobre el Paso de Cuello, según hemos dicho; allí 
tienen su campamento general Barreiro, Suárez y 
todos cuantos han abandonado la ciudad. 

Bl general Ivecor marcha hacia allá; pernocta en 
I^as Piedras, y llega después a Canelones, donde el 
vecindario, unido a las guerrillas, lo recibe a bala- 
zos, atrincherado en los cercados de tunas; el pueblo 
está desierto; las mujeres y los niños han huido con 
sus ganados. I^a expedición, después de arrasar la 
estancia del padre de Artigas, que está allí cerca, 
en el Sauce, reemprende la marcha; Fray Benito 
lyamas, aunque montado en un mal caballo, va ade- 
lante; siente detrás de sí el fuego constante de la fu- 
silería, oye de vez en cuando los clarines de la ban- 
da militar del portugués, auxilia algún herido, re- 
coge informes de algún jinete que viene jadeante de 
las líneas de retaguardia. Con esos informes llega, 
por fin, a la costa de Santa I/Ucía; vadea el Paso de 
Cuello, y busca a Rivera, para transmitírselos y reci- 
bir sus órdenes. 

El dato que aquí nos ofrece el fraile patriota es 
precioso para nuestra historia pintoresca; todo es 
carácter, justeza de tonos, profundo significado, en 



250 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

SU ingenua relación. El joven comandante Rivera, 
a quien tanto conocemos y queremos, recibe en su 
campamento con jovial tranquilidad a su amigo ca- 
pellán; no parece hacer más caso del avance portu- 
gués que de las nubes de antaño; todo lo que en ese 
momento le preocupa es el cumplimiento de una or- 
den que acaba de recibir de Artigas por chasqui. 
¿Sabéis cuál es? I^a de festejar, con el pueblo y el 
ejército orientales, solemnemente, la reciente noticia 
llegada al Hervidero del triunfo obtenido por San 
Martín sobre los españoles en Chacabuco, allá del 
otro lado de los Andes. Es preciso que oigamos so- 
bre esto al mismo llamas. 

«Habiéndolo saludado, escribe, me dijo que, con 
motivo de ser el día siguiente el santo del general 
(san José, 19 de marzo) y habiéndole éste oficiado 
celebrase la reconquista de Chile del modo posible, 
había determinado se celebrase una misa solemne 
con Te Deum, y su correspondiente saludo de arti- 
llería; y que, para ma^'^or solemnidad, quería que pro- 
nunciase yo un breve discurso, al tiempo de la misa, 
sobre el objeto que motivaba aquella celebración. 
1/6 hice presentes las dificultades; que no había tiem- 
po, por no mediar más que una noche; y que, últi- 
mamente, me faltaba el silencio; pero volviéndome 
a instar, condescendí a su súplica. Esa noche sentí 
un tiroteo de bastante consideración causado por 
nuestras partidas de guerrilla y las del enemigo; y, 
al amanecer, llegó un parte de nuestra vanguardia a 
don Fructuoso Rivera, anunciándole que el ejér- 
cito contrario se ponía en movimiento. En efecto; 
salí fuera del rancho, y oí, sin temor de engañarme, 
la música con que marchaba el ejército enemigo; 
pero como no observase movimiento en nuestro ejér- 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 25 1 

cito, antes por el contrario, viese enarbolada la ban- 
dera de la Provincia en señal de regocijo, determiné 
pasar al alojamiento de don Fructuoso Rivera, y 
saber, por su conducto, lo que ocurría. Al pasar por 
el campamento, no noté movimiento alguno en nues- 
tro ejército, y noté que los oficiales estaban vestidos 
de gala, como en día de besamanos; llegué al aloja- 
miento de don Fructuoso Rivera, y habiéndolo sa- 
ludado, me dijo que ya se hallaba todo dispuesto 
para dar comienzo a la función, y, a este fin, dio or- 
den al capellán que había de cantar la misa, para 
que viese a los cantores y músicos, y dispusiese la ca- 
pilla para empezarla.» 

Hemos de convenir, amigos, en que ese episodio 
de nuestra guerra es algo más que pintoresco; pen- 
semos, ante todo, eü ese caudillo del Atlántico que, 
aunque convencido de la complicidad del Directorio 
bonaerense con el usurpador de su tierra, sigue anhe- 
lante el ejército que ha cruzado los Andes, y ve un 
triunfo propio en el de San Martín y O'Higgins, allá 
sobre el Pacífico; es conveniente pensar en esto, por- 
que los escribas y fariseos han hecho aparecer a Arti- 
gas como un caudillo encerrado en su tierra, y sin 
más anlielo que el de mandar en ella. Y hasta como 
un enemigo de los argentinos. Combinemos, pues, 
esa orden de celebrar la acción de Chacahuco con la 
carta que conocemos de ese Artigas a Güemes, en que 
le hace esperar su auxilio tan pronto como se desem- 
barace del portugués, y penetraremos cada vez más 
en las honduras del pensamiento de ese hombre im- 
perturbable, y en el significado de esa su bandera 
tricolor que, sangrando todavía de las heridas del 
Catalán, saluda a sus hermanas vencedoras en los 
Andes. 



252 i;a epopeya de artigas 

Algo de eso hubiera dicho Lamas, me parece, en 
la oración patriótica que preparó para el Te Deum; 
pero no hubo tieinpo. Hablaba con Rivera, cuando 
éste recibió el anuncio escrito de que el enemigo se 
dirigía resueltamente al Paso, y de que nuestras gue- 
rrillas se replegaban hacia él; hubo entonces de sus- 
penderse la misa; Rivera ordenó sólo la salva de arti- 
llería al pabellón, y éste bajó del alto mástil en que 
flotaba regocijado, y, cambiando de ceño, fué al en- 
cuentro del importuno enemigo. Y se libró entonces 
la batalla del Paso de Cuello, que os invito a pre- 
senciar porque es clásica. 

Cruzado nuestro territorio, como sabéis, por ríos 
y arroyos franjeados de monte, y sólo vadeables por 
ciertos puntos, esas corrientes fuergn, a falta de mon- 
tañas, nuestras solas trincheras escalonadas; las ba- 
tallas de nuestra libertad se han librado en esos va- 
dos principalmente. Miremos éste del Santa Lucía, 
para verlos todos; yo os lo mostraré, amigos, con pa- 
sión de artista y de rapsoda, que no es posible mi- 
rarlos de otro modo. Esos bosquecillos de los pasos 
tienen algo de sagrado para mí; no hay uno en que 
no se ha^-a derramado sangre de mi raza; aun hoj' 
se suele verter en eUos en atá\ icos combates. Yo creo 
verla, como el estigma de una vieja unción, en las 
manchas de margaritas rojas que crecen en las már- 
genes, como veo nimbos flotantes en las flores azu- 
les de los cardales, y oigo voces gloriosas en las de 
sus pájaros indígenas. Los antiguos hubieran po- 
blado esas espesuras de dioses melodiosos; hubie- 
ran visto altares en los troncos de sus árboles vene- 
rableí . IMiremos, si os parece, el paisaje que los cir- 
cunda; es toda nuestra tierra, sencilla y uniforme 



ENEIknGOS INTERIORES Y EXTERIORES ^53 

como la de Grecia,, armoniosa como la Helada; con 
todo vasto, amplio, y nada enorme; con grandes 
colinas y montañas pequeñas; con ríos innumera- 
bles sólo suyos, parecidos a ella, hechos sólo para 
ella, para sus amables genios tutelares, vestidos de 
sus árboles, animados de su voz. 

Iva corriente que viene por los bajos de las colinas 
encajonada en su barranca se ensancha en el remanso 
o laguna rodeada de camaloíes, planta flotante que 
alfombra el agua; el camino que cae al paso, más o 
menos suave de un lado, más o menos áspero del otro, 
penetra en aquél, bajo una bóveda de sauces que se 
bañan en el agua dormida; el hilillo despierto de la 
corriente pasa retorciéndose por el centro del reman- 
so, dejando hoyuelos en los remolinos, o junto a la 
barranca, haciendo ruido de gárgaras o de arrullos. 
En su torno se agrupa el bosque impenetrable: los 
tortuosos sarandíes, mezclados a la maraña de ca- 
malotes y juncos, los talas y los espinillos. los cane- 
lones y guayabos silvestres, cubiertos de enreda- 
deras y de lianas colgantes, que todo lo envuelven 
y anudan: los ñapindas llenos de garras, el cipo, la 
vira-vira, la hierba del pajarito, es^^ecie de azahar sil- 
vestre que perfuma el aire. Allí, entre la maleza, 
viven los feísimos carpinchos, y las nutrias, y los pe- 
queños lobos acuáticos de largo hocico, cuya punta 
asoman apenas, cuando cruzan la laguna, dejando 
en la superficie una estela triangular, borrada por el 
coletazo de algún pescado, una tararira, una palometa, 
perseguido por la nutria. 

A medida que se alej a de las márgenes en que busca 
el agua, el bosque, en el que descuella el virará, va de- 
gradando en árboles y arbustos dispersos, que dejan 
por fin el espacio a la coHna vestida de tréboles y 



254 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

gramillas; en ella se levantan algunos espinülos con 
enormes nidos espinosos agarrados a las ramas ne- 
gras, o algún tronco de ceibo, en que los horneros. 
los pájaros arquitectos, construyen con barro sus 
maravillosas cúpulas esféricas. I/)S gritos de éstos en 
defensa de su casa, unidos al batir de alas de las ban- 
das inmensas de palomas torcaces que se levantan 
de entre los cardos, son nota musical característica 
de aquel paisaje, cuyas lejanías domina el avestruz 
que corre y el venado que se detiene en lo alto de 
la cuchilla. Pero si os acercáis al paso del río, os 
saldrá seguramente al encuentro el verdadero sim- 
pático protagonista del aire, el centinela, el guar- 
dián, no ya de su casa, sino del paso mismo, de la ca- 
ñada, del juncal, de la tierra: el teru-íero. Es preciso 
que conozcáis bien, a fuer de artistas, ese nuestro 
valiente teru-iero; es digno del mármol. Él, rabicorto, 
con sus largas patas y su pico afilado, y su uniforme 
gris de peto negro y blanco, y su copete movible, y 
su gracioso porte marcial, y su grito inagotable, es 
allí la nota de color y el motivo sinfónico predomi- 
nantes; os sale al encuentro a largos pasos, resuelto, 
provocativo, insolente, haciendo rápidas reverencias o 
amagos de embestido, que al fin realiza, levantándose 
con gritos desaforados y pasando y repasando sobre 
vuestras cabezas en líneas obhcuas; acorre a su compa- 
ñera que ha dejado detrás, y que grita con él; se posa 
en el suelo abriendo las alas, y, antes de cerrarlas del 
todo, tocando apenas la tierra, vuelve a levantarse, 
repitiendo acelerado su toque de alarma; acuden sus 
compañeros, dos o tres parejas; se incorporan a la 
primera; suenan con ella los clarines; la guerrilla aérea 
escandaliza el campo, I/)s otros pájaros estiran los 
pescuezos y avizoran, mirando con xm ojo hacia el 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 255 

lugar del peligro. El teru-íero es el guerrillero alado 
que da el quién vive al intruso o denuncia al hombre 
escondido; tiene la conciencia de su derecho y la ilu- 
sión de su fuerza, basada en las dobles púas rosadas 
de sus alas; no es mayor que una perdiz y hace el 
efecto de ima fiera; lo sería de los aires si fuera del 
tamaño de un cóndor. Porque es el íeni-tero pájaro 
heroico; no huye de la descarga mortífera; acude al 
compañero herido, y muere sobre él lanzando su 
anatema, ¡teru!... ¡tero!, con el ojo inyectado, brillante 
como una gota de tinta. jEl valiente teru-tero! Es 
astuto como nuestro baqueano o bombero gaucho; está 
siempre en emboscada, en cuclillas; corre agazapado, 
al percibir de lejos al enemigo; jamás gritará en el 
nido; lo abandonará corriendo silencioso entre los 
pastos, y se levantará muy lejos, simulando sorpresa. 
Es nuestro pájaro simbólico; sería, entre los egipcios, 
el ibis sagrado que enterraban momificado con los 
cadáveres humanos, y hasta divinizaban dando su 
cabeza al dios tutelar, al enigmático Thoih, cabeza 
de ibis. El grito del teru-tero fué toque de llamada 
en el silencio, himno aéreo en el combate; como la 
procelaria en el mar, acudió al estrépito de la tor- 
menta, asistió siempre desde el aire a nuestras bata- 
llas; cayó, herido por la metralla, jtmto a nuestros 
guerrilleros, sus hermanos. Yo lo hubiera puesto, os 
lo aseguro, como soporte heráldico en nuestro escudo 
patrio, junto allema de Artigas: <iCon libertad, ni ofendo 
ni temo», como el unicornio inglés. 

Y pues estamos en vena de acopiar colores y notas, 
amigos artistas, oigamos plena la sinfonía de esos 
nuestros mitológicos campos de batalla; la voz de 
sus silencios y el misterio de su naturaleza; son 
parte de la historia. En la espesura de los talas y 



256 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

sarandíes oiremos la flauta del zorzal pardo y la del 
tordo, afinadas con el trino de la calandria, y con el 
arrullo escondido de la paloma torcaz, y con la voz 
del agua que va corriendo; el mariín pescador, po- 
sado en una rama saliente, mira inmóvil, largo rato, 
el agua que pasa bajo su pecho tornasol, da un grito 
de vez en cuando, y cambia de sitio, volando al ras 
de la laguna; el silbo interjnitente de la perdiz, que 
corre o vuela por las colinas, llega al bosque imido 
a la algarabía de los lejanos veníeveos. Y con todo 
eso, comentado por la ingenua relación de Fray José 
Benito lyamas, que dejamos pendiente, tendremos 
la sensación de la batalla del Paso de Cuello que os 
quise hacer presenciar, como clásica, pues debéis ser, 
más que narradores, testigos. 

Y volvamos a ella, a la misa campal y al Te Deum 
interrumpidos por el avance del portugués. Rivera 
ha impartido sus premiosas órdenes: ¡A ensillar! ¡Al 
paso! «En el momento de montar, dice llamas, senti- 
mos el fuego y aun descubrimos algunos de los nues- 
tros que venían sosteniendo la guerrilla delante del 
enemigo.» Eso es lo que se ve del otro lado del río: 
los jinetes que desmontan, hacen fuego, y saltan de 
nuevo a caballo, replegándose hacia el vado. Miremos 
ahora, con llamas, el cuadro que ofrece el lado opues- 
to, y el en que llamas se encuentra. «Algunos vecinos 
que poseían ganados los iban retirando para que no 
fuesen presa del enemigo; las mujeres que, llevadas 
de su patriotismo, abandonaban sus hogares por no 
sufrir el yugo portugués, pasaban a caballo, tirando 
a la cincha un cuero en forma de tipa, donde conducían 
sus hijos; todos los habitantes estaban en movimiento 
a causa de la inmediación del enemigo.» 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 257 

I/)S soldados han acudido al paso, pues, conducidos 
por Rivera, que, según su costumbre, lleva en la 
mano sólo el rebenque, con el que marca las posi- 
ciones; un obús ha sido emplazado en la cuchilla que 
enfrenta el vado; se ha hecho emboscar entre los 
árboles a todo el mundo, infantes y caballos. llamas 
que, como capellán de artillería, se ha incorporado 
al servicio del obús, mandado por Aldecoa, ve al 
enemigo «tendido en batalla, en una línea que llena 
cuatro o cinco cuadras de a cuatro hombres en fondo, 
y con los costados cubiertos con la caballería»; sus 
guerrillas avanzadas se tirotean con las nuestras, que 
se van replegando hacia el paso. No bien lo cruzan, 
dejando en descubierto al contrario, río por medio, 
el obús rompe el fuego; una granada estalla en las 
filas enemigas, «abriendo un claro de consideración»; 
las cinco piezas del portugués, emplazadas en la loma 
del otro lado, contestan; pero lejos de imponer silen- 
cio al valiente obús, éste repite sus disparos certeros, 
y sostiene aquella situación, que se prolonga varias 
horas, pues el enemigo no se atreve a romper la valla. 
El drama tiene, por fin, su desenlace, que es también 
característico: un baqueano de aquellos parajes ha 
denunciado al portugués la existencia de una picada 
o vado estrecho, escondido entre los árboles e inde- 
fenso, más arriba del principal; por aUí ha cruzado 
sigilosamente su caballería y aparecido por nuestro 
flanco derecho y nuestra retaguardia. El clarín de 
órdenes de Rivera suena la carga por ese lado; los 
nuestros, emboscados, la llevan con vigor, y el com- 
bate cuerpo a cuerpo, desigual y sangriento, se em- 
peña en las colinas, mientras el fuego de las infante- 
rías continúa en el paso. 

«El general enemigo, dice llamas, se vio en la pre- 

T. 11.-17 



258 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

cisión de precipitarse a pasar el arroyo; a este fin 
determinó que una división de caballería tomase la 
retaguardia de nuestra emboscada, vadeando el arroyo 
por una picada falsa, al mismo tiempo que mandó 
avanzar de frente sus cazadores de infantería prote- 
gidos del incesante fuego de artillería... Se arrojaron 
al agua los cazadores, al paso que la caballería se 
introdujo por la picada referida, con cuyo motivo 
se redobló el fuego de ambas partes, con pérdida 
considerable de los enemigos. Eso no obstante, el 
general contrario consiguió su objeto, y los nuestros, 
rodeados por todas partes, hubieran sin duda que- 
dado muertos, en especial el comandante de artillería 
con sus artilleros, a no haberlos salvado la cobardía 
del enemigo y el fuego incesante con que se sostuvo 
la retirada, en la que quedaron prisioneros algunos 
soldados que, engolfados en hacer fuego, no se reti- 
raron a tiempo.» 

No es para deciros si eso fué una derrota o una 
verdadera victoria, para lo que os hago conocer esos 
preciosos apimtes de nuestro bravo capellán; ellos 
nos ofrecen, y por eso os los doy, las notas fundamen- 
tales de la resistencia de tres largos años que aquí 
comienza, y que no hubiera tenido término si lo hu- 
biera sido sólo contra el extranjero. Dentro de tres 
años, cuando éste envíe a Artigas, creyéndolo ago- 
tado de fuerzas, proposiciones de honroso someti- 
miento, recibirá la respuesta que es legendaria entre 
nosotros: {<Diga usted a su amo, contestará al emisario, 
que, cuando no me quede un soldado, lo pelearé con 
perros cimarrones^. 

Nuestras infanterías y caballerías se han retirado 
en orden del Paso de Cuello; el mismo porfiado obús, 
que tanto dio que hacer a l/ccor, sigue su camino 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 259 

hacia el Norte, aunque desmontado y maltrecho. El 
portugués ha salvado aquel obstáculo del Santa Lucía 
Grande; pero algo más arriba está el otro, el de Santa 
Lucia Chico, con su paso también, con sus cardales 
grises, con sus árboles llenos de nidos espinosos, con 
sus teru-teros vigilantes; allí está el Paso de la Tran- 
quera, donde los orientales, atrincherados de nuevo, 
esperan al enemigo; todo está repuesto: el obús en la 
barranca, las caballerías entre los árboles, la bandera 
en su mástil; y, del otro lado, alrededor del ejército 
portugués, escoltándolo siempre, las ágiles guerrillas 
que no duermen, que comen a caballo... o que no 
comen: I^avalleja, Otorgues, Manuel Francisco Ar- 
tigas... 

lyccor desiste de esa inútil persecución; no va al 
Paso de la Tranquera, sino que entra con su ejército 
al pueblo de la Florida, hoy ciudad memorable, si- 
tuado más abajo, hacia la izquierda. De allí destaca 
una fuerte columna de infantería y caballería, en 
procura de forrajes y leña en el bosque cercano. Pero 
en él está emboscado I^avalleja precisamente; éste 
cae sóbrela columna con sus lanceros; la arrolla con 
grandes pérdidas; le toma cuarenta prisioneros; la 
arroja en dispersión sobre el grueso de su ejército, 
y él desaparece por el otro lado... Y allá en el bajo, 
en la margen del arroyo pedregoso, junto a la Piedra 
Alta, ordena a sus jinetes que desensillen, que encien- 
dan sus fogones, que carneen las reses gordas. Y los 
gauchos atan a soga sus caballos en las matas de fle- 
chilla bien arraigadas, y clavan sus lanzas de bande- 
rolas rojas en el suelo; y en torno de los fuegos, mien- 
tras los costillares de los novállos abatidos se asan a 
fuego lento, toman mate, oyen el canto triste de algún 
compañero que canta en la guitarra a la amada ausente 



26o I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

en el rancho, y se tienden, por fin, en la gramilla o 
sobre las caronas del recado, dando la cabeza al 
viento, con los brazos en la nuca y el sombrero sobre 
los ojos... 

Y la noche amiga, llena de sueños, pasa lentamente, 
entre el cielo y la tierra, sobre el fuerte grupo de 
nuestros héroes dormidos. 

Y, de vez en cuando, muy alio, muy lejano, se 
03''e el grito de un teru-Uro invisible que atraviesa 
por el aire azulado, como un espíritu vigilante en la 
soledad... Noche estrellada. 

No es, pues, posible al usurpador tomar posesión 
de aquella tierra. Convencido de ello, Lecor regresa 
con su ejército a Montevideo; con él, como las aguas 
que vuelven a su cauce, pasado el aluvión, regresa 
también todo lo nuestro: guerrillas, ejército, ciuda- 
danos, fa;uilias campesinas, carretas, ganados. 

Las guerrillas rondan de nuevo las murallas; Barreiro 
y Suárez establecen el cuartel general en el Paso de la 
Arena; la vida cívica se restablece al lado de la mili- 
tar en el campamento. 

Porque es de advertir que aquellos campamen- 
tos orientales no eran sólo agrupaciones de monto- 
neros, como decía Alvear, o de salteadores, como va 
a decirlo Lecor; allí se congregaba el pueblo armado, 
todo el pueblo en sus diferentes clases y matices; 
todos comparten el sacrificio por la patria, lo mismo 
el gaucho lancero que el hombre de educación y de 
letras, incorporado como él a la aventura heroica. 
Las Memorias de Lamas nos ofrecen, con mucha 
vivacidad de tintas, ese aspecto interesantísimo de 
nuestro trashumante cuartel; es preciso que vos- 
otros, mis artistas, lo conozcáis también. 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 261 

Es el momento que acabamos de describir, en 
que el enemigo avanza, después de forzado el Paso 
de Cuello, v los orientales están a la espera de sus 
operaciones. «Permanecimos en este sitio, dice Lamas, 
esperando las determinaciones del enemigo, a cuyo 
frente se hallaba nuestra vanguardia hostilizándolo, 
y trabajamos en evitar las incomodidades causadas 
por las inclemencias del tiempo y escasez de alimen- 
tos, sirviéndonos de alguna distracción las conferen- 
cias 5'' disputas que se suscitaban entre algunos indi- 
viduos del ejército que formaban una junta con el 
nombre de Sociedad FafrióHco- literaria. Éstos eran 
el comandante de artillería don Pedro de Aldecoa, el 
doctor Alen, don Apolinario I^allama, don Matías 
I^arraya y yo, que tenía el oficio de redactor. La 
presidencia turnaba entre los vocales. Sin embargo, 
cada tmo se diferenciaba de los demás por alguna 
peculiaridad de su carácter.» Y Lamas describe, de 
mano maestra, los caracteres: la flema de Ramos, 
como buen paraguayo, dice; el aire de magister de 
Aldecoa; el acaloramiento de Alen; la voz atiplada 
con que Lallama invoca la autoridad de Quintiliano; 
el aspecto taciturno de Larraya; la sorna con que 
Mojaine hace perder los estribos al fogoso doctor 
Alen. 

Confesemos que esa Sociedad Pairióiico-literaria es 
una bella nota de color, en el vigoroso cuadro que 
nos ha dejado el buen fraile patriota, y que contrasta 
con el efecto que ha producido en Lecor el fracaso de 
su expedición. 

Kse efecto ha sido desastroso, según es de innocuo 
el nuevo recurso de que echa mano. No bien está de 
regreso en su almenada ciudad, el Barón de la Lagima 



262 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

hace saber, en un decreto bombástico, «que los orien- 
tales en armas serán tratados como salteadores de cami- 
nosr, se les matará, se perseguirán sus familias, se 
les confiscarán todos los bienes. ¡lyos bienes de los 
orientales dispuestos a morir! 

Y he aquí que entonces aparece Pueyrredón, el 
Director Supremo. Éste protesta indignado contra la 
barbaridad del barón, que, dicho sea de paso, no se 
puso por obra. Porque justo es reconocer aquí que la 
dominación portuguesa de once años no tuvo en 
Montevideo los caracteres de la porteña de algunos 
meses: fué inteligente. Todos los esfuerzos fueron 
hechos, aimque en vano, por cimentar la conquista 
en las simpatías de aquel pueblo: se respetaron las 
leyes y las costumbres; se conservaron en sus puestos 
los funcionarios civiles nacionales, y aim muchos 
militares; se ofrecieron premios, condecoraciones rea- 
les, títulos nobiliarios; el mismo I^ecor, como hemos 
dicho, contrajo matrimonio con una dama patricia 
del país. 

Pueyrredón jjiotestó, sin embargo, con enfática 
energía, contra el bando del barón. Quien leyera esa 
su protesta sin conocer el origen y detalles, que nos- 
otros conocemos, de la invasión portuguesa, quedaría 
persuadido de que el Director Supremo era más arti- 
guista que Artigas; más republicano, cuando menos. 
«Los orientales, escribe Pueyrredón a I^ecor, sostienen 
su independencia y la de los pueblos occidentales al 
mismo tiempo. Así es que han sido y serán auxiliados 
por esta capital, hasta que V, E. desaloje el territorio 
de que se ha apoderado con violencia. Si V. E. lleva 
a efecto sus amenazas, protesto por mi parte que 
ejerceré la más rigurosa represalia, verificando, en 
cada tres subditos de S. M. F. residentes en esta pro- 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 263 

vincia, los mismos tratamientos que V. E. verifique 
en uno solo de los orientales.» (2 de mayo.) 

Nrt está fuera de lugar esa frase del hijo de la patria 
de Enrique IV; pero precisamente por eso, porque 
los orientales defienden la propia independencia y 
la de sus hermanos argentinos, precisamente por eso 
serán inmolados a la libertad platense. Esa es la his- 
toria que estáis aprendiendo, amigos artistas, y ésa 
la que aun está por aprender, en sus propios papeles, 
el buen pueblo argentino occidental, nuestro hermano; 
hijo, co no nosotros, del padre Artigas; concebido, 
como nosotros, en libertad, y tratado también poi 
eso, por haber abrigado la fe de Artigas, como salteador 
de caminos por los personajes reinantes de la capital. 



II 



En esas circunstancias, llega Artigas a las inmedia- 
ciones de Montevideo, su ciudad natal, que verá 
por última vez; viene a j uzgar del espíritu de sus fie- 
les. Es el mes de abril de 1817. En el Norte, donde ha 
celebrado, como en el Sur, el triunfo de San Martín 
en Chacaburo, ha dejado a I^atorre, con orden de 
concentrar todas las fuerzas de aquella zona en el 
campamento de Puf ific ación. Él llega con una escolta 
de blandengues. El poncho blanco que cubre sus hom- 
bros trae el polvo de stis derrotas. 

Iva entrada del héroe en las líneas sitiadoras es ima 
entrada triunfal. El pueblo armado lo aclama con pa- 
sión; los jefes lo circundan; se le forma una guardia 
de honor de oficiales, Bauza, Oribe, Velazco, Cáceres, 
que acompaña al Ivibertador. Éste recorre los diferen- 
tes campamentos; estrecha la mano a los jefes y ofi- 



264 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

cíales, y les deja en el alma su palabra; recoge sus 
aclamaciones; los mira largamente en los ojos.,, lar- 
gamente. 

También \'ió al enemigo desde la línea del fuego, 
con ocasión de una nueva salida tentada por ]>cor en 
busca de víveres. A la altura de la Capilla de Doña 
Ana chocó con el ejército sitiador. Artigas vio a La- 
valleja sablear y dispersar la caballería portuguesa, 
mientras Bauza hacía retroceder su infantería, a la 
que arrebató un carro de municiones. Un jefe y un 
oficial enemigos quedaron muertos en el campo, en- 
tre muchos soldados. También cayeron varios hijos 
de la patria: Otero, ayudante de Rivera, Escobar y 
algunos de sus hombres. El enemigo se retiró a su» 
posiciones. 

Artigas observaba silencioso, desde su colina, a ese 
enemigo visible; pero él había sentido al invisible, al 
solo que temía, y que andaba entre sus tropas. Por eso, 
al estrechar las manos, miraba intensamente lo que 
había en los ojos. 

Era el espírit u de Buenos Aires el que por allí andaba 
rondando al espíritu oriental; acechaba un desaliento, 
un quebranto en la fe patriótica, una hora de abandono, 
para introducirse en las almas predispuestas. Puey- 
rredón estaba en comimicación con los capitanes de 
Artigas, con Otorgues y Rivera principalmente; les 
hablaba de la necesidad que había de unirse todos 
para rechazar al invasor del suelo común; conoceréis 
pronto la clase de sus relaciones con Otorgues. No 
les hablaba de las gestiones secretas que tenía pen- 
dientes en esos momentos; de sus esperanzas en el 
Duque de Orleans, por ejemplo. Es claro que la unión 
y el abandono de Artigas eran sinónimos; les decía 
palabras de desaliento y rebelión, y, al mismo tiempo, 



ENEMIGOS INTERIORES V EXTERIORES 265 

les infiltraba las de seducción: ellos serían los suceso- 
res de Artigas. Era la serpiente del árbol paradisíaco: 
Eritis sicut dii. «Seréis como dioses.» 

El héroe oyó silbar, por fin, la melodiosa serpien- 
te, en la boca de algunos de sus capitanes, que le in- 
dicaron la conveniencia de reconciliarse a todo trance 
con el Directorio de Buenos Aires, aim arriando la 
bandera tricolor. Después de los contrastes sufridos, 
no era posible seguir la lucha con T-ortugal. Barreiro, 
Bauza, Ramos pensaban así. Rivera, no. Otorgues,., 
miraba con mirada tonra, y callaba; guardaba las 
cartas de Pueyrredón, que en esos momentos recibía. 

Artigas oyó aquello en silencio. Se fué, por fin, de 
las cercanías de Montevideo, llevándose a Barreiro 
consigo; desde las gestiones de éste, por intermedio 
de Duran y Giró, con el gobierno central, Barreiro 
ha perdido mucho en la confianza de Artigas, que, 
si no culpa o delito, le imputa debilidad en el carácter 
y en la fe. Se lo llevó, pues, consigo; nombró a Rivera 
comandante en jefe del ejército del Sur, y se retiró 
al Norte, a su atalaya del Uruguay, frente a las pro- 
vincias occidentales, a concentrar allí la suprema re- 
sistencia contra los planes de Buenos Aires. Otorgues 
permaneció en Canelones. 

I/)S jefes que quedaron en el sitio se reunieron poco 
después en Santa Lucía. Deliberaron. Sí, era imposi- 
ble; solos, derrotados en Corumbé, India Muerta, 
Catal,án; rendido Montevideo; sin una plaza fuerte 
en qué cimentar la resistencia; sin grandes técnicos 
militares; sin elementos bélicos... era imposible. Ar- 
tigas soñaba o era un poseído. ¿Por qué ese odio im- 
placable contra Buenos Aires, contra el hermano leal, 
que ofrecía su generosa unión en odio al etiemigo co- 



266 h\ EPOPEYA DE ARTIGAS 

miin? Resolvieron entonces declarar qne «optaban por 
la unión de la Banda Oiiental con las demás provin- 
cias del continente americano, puesto que, invadida 
por el poder de una nación extraña, se hacía preciso 
el esfuerzo general de todos para rechazar al enemi- 
go común». ¡Al enemigo común! 

En ese momento, precisamente, García, el repre- 
sentante del Directorio en Río Janeiro, negociaba con 
ese enemigo común un tratado de paz y amistad, una 
liga ofensiva y defensiva contra Artigas. Ese tratado 
fué ratificado por el Congreso. En él se declaraba que 
la invasión portuguesa tenía por objeto el exterminio 
de Artigas y sus fuerzas; el gobierno argentino se 
comprometía a no prestar al héroe auxilio alguno y 
arrojarlo de la Banda Oriental; y, caso de no poder 
aniquilarlo, a pedir auxilio a Portugal para hacerlo- 
Se pactaba, por fin, una alianza con Portugal, en caso 
de que éste rompiera con España, lo que jamás podía 
suceder, porque, amén de otras razones, Portugal 
no hacía nada sin el permiso de la Santa Alianza; 
pactar con él era, bien claro está, someterse a ésta 
sin condiciones. 

Aquí, como lo veis, mis amigos, no había más ene- 
migo común que Artigas y sus orientales: común a 
Buenos Aires, y a Portugal, y a España y a la Santa 
Alianza. 

Excusado es decir que Artigas, al ser notificado 
de la resolución de sus jefes, la rechazó con serena fir- 
meza. «Seguid vuestro consejo, les dijo; pero habéis 
renegado de la fe. I/)S que quedan serán bastantes para 
morir por ella. Selección de sangre, sangre de héroes.» 

Algunos permanecieron fieles; fueron éstos los que, 
como Rivera y I^avalleja, sentían más el contacto 
o el abrazo de la tierra; los otros, los ensimismados 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 267 

O distraídos, fueron arrebatados por el espíritu de 
tinieblas, y llevados por él a la apostasía. Algunos 
meses después, en octubre de 1817, Bauza, joven 
comandante de infantería que mandaba el Batallón 
de Libertos, seducido con sus oficiales por Pueyrre- 
dón, desertaba de Artigas con todas sus fuerzas, y 
ofrecía al Director sus servicios y su sangre, «para 
ser empleados allí donde fuesen más útiles a la defensa 
de la libertad». 

Se ha creído por alguien, al juzgar, con informacio- 
nes deficientes, esa penosa deserción de Bauza y sus 
compañeros, que ella tuvo por causa una afinidad 
de clase, o cosa así, entre los militares más cultos de 
la Banda Oriental y los monarquistas occidentales. 
Nada más falto de fundamento; el Director Supremo 
de Buenos Aires, para llamar amigos a los orientales, 
no les exige más condición que renegar de Artigas, 
así se levante, en substitución de éste, el más selvá- 
tico de los caudillos uruguayos; lo que urge es hacer 
desaparecerá aquel hombre, el solo inaccesible a toda 
tentación, el solo que es, que ve y que hará imposible 
la cimentación del trono que ha de hacernos libres. 
Y tan es así, que el eje de toda aquella trama, conti- 
nuación de la urdida con Duran y Giró, el substituto 
que la Logia de Buenos Aires quiere dar a Artigas, 
no es otro que Otorgues, Otorgues precisamente, aquel 
caudillo bravio que, no hace mucho, buscaba el apoyo 
del príncipe del Brasil en contra de los picaros porte- 
ños, y que ahora, como lo veréis, acude al llamado 
de los porteños contra su propio general y deudo. 
I/OS ingenuos comandantes, sin sospechar, estoy per- 
suadido de ello, el plan que secundan, pues son ajenos 
a la I/Ogia, han hostilizado a Rivera, lo han suplan- 
tado por Otorgues en el mando de las milicias en que 



268 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

lo dejó Artigas, lo han obligado, por fin, a retirarse 
del sitio de acuerdo con éste. Es el caso de estudiar 
esto con reposo. 

I^a nota siguiente, recién revelada por Mantilla, 
escritor correntino, en su estudio sobre Galván, des- 
vauece las sombras en que estaba envuelto, hasta 
no hace mucho, ese episodio, precursor de otros del 
mismo género, y alumbra los secretos de esta hora 
triste. 

«Señor don Martín de Pueyrredón. 

»Mi honorable paisano: 

»Desde que recibí su apreciable data del 26 de abril, 
no he cesado de dar ante don José Artigas todos los 
pasos que he creído conducentes al restablecimiento 
de la concordia. I^as más lisonjeras promesas fueron 
el resultado de mis instancias; pero él, mal aconse- 
jado, me ha estado faltando a ellas, y, al fin, me he 
convencido de que será preciso hacerlo sin su con- 
sulta. Por acá ya están tomadas todas las medidas 
que faciliten el acierto. Yo estoy de acuerdo con todos 
los paisanos de poder e influjo; con la mayor cautela 
se han ido dando todos los pasos precisos, 5- puedo 
asegurar a V. que todo está listo. Sólo falta una per- 
sona autorizada por V. para tratar con ella lo com- 
petente para sellar tan preciosa obra. Conviene que 
en su tránsito no haga saber su comisión, porque esto 
debe manejarse con la mayor reserva, hasta estar con- 
cluido, tanto para evitar el más mínimo entorpeci- 
miento, como para que en el entretanto no hallen los, 
enemigos ocasión alguna sobre nosotros, mostrándo- 
nos con división. El objeto es obligar a don José Arti- 
gas («obligar» está subrayado en el original) a que 
oiga el clamor general, sin dar lugar a demoras que 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 269 

hagan nacer los efectos indicados. Yo espero que V., por 
su parte, no perderá un instante en la remisión del 
sujeto, previniéndole que me encontrará o aquí o en 
la línea de vanguardia de Montevideo. Es cuanto 
tengo que decir a V. sobre un particular en que lo 
veo tan dignamente interesado, y concluyo ofertán- 
dole de nuevo mis más ardientes votos, con la más 
apasionada adhesión hacia su persona. 

Fernando Otorgues.» 
El plan ese fracasó, como había fracasado el análogo 
de Sarratea en el Ayuí y frente a Montevideo; nadie 
se atrevió, tampoco esta vez, a atentar contra la vida 
de aquel hombre amenazado siempre por el ra^^o. 
Pero la hora prima de tinieblas está sonando, como 
lo veis; la duda, neblina del alma, sube de la tierra 
y se extiende en torno del profeta; éste va a desapa- 
recer en su nube poco a poco. Otorgues, en estos sus 
contubernios con Pueyrredón, es el equivalente y 
precursor de Ramírez, el caudillo entrerriano, que, 
dentro de tres años, será, por fin, el instrumento efi- 
caz de los enemigos del héroe; éstos conseguirán su 
objeto, pero sólo en parte; levantarán el caudillo en 
substitución del héroe; pero no será un príncipe de 
Orleans ni de Braganza el coronado en Buenos Aires; 
será otro el príncipe restaurador; otro el dueño de 
los personajes reinantes. 



III 



Artigas no ha podido menos de sentir, sin embargo, 
esos ruidos subterráneos; otro, que no hubiera sido 
él, hubiese sentido vacilación, acaso pavor. ¿Será un 
espíritu del infierno, y no el de la madre tierra, el que 



270 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

lo conduce? Algo de eso debe de haber pasado por 
aquella alma honrada, porque, como Aquiles a su 
madre divina, o como el troyano a la Sibila sacerdo - 
tisa de Apolo, el héroe oriental recurre entonces a 
su oráculo: consulta al pueblo. Conoced, amigos, esa 
memorable consulta; leamos este papel que apareció 
entonces fijado en las paredes de la ciudad de Minas, 
el 25 de octubre de 1817, idéntico al fijado en Cane- 
lones y en los principales núcleos de población de la 
Banda Oriental: 

«Bl ciudadano Manuel Cabral, capitán de milicias 
y comandante militar y político de esta villa y su 
jurisdicción, a todos los vecinos de ella saludo y hago 
saber: Que el excelentísimo señor General en jefe don 
José Artigas se ha dignado dirigirme un oficio fechado 
en Purificación el 11 del corriente, cuyo tenor a la 
letra es como sigue: 

«Por una vulgaridad inesperada, he traslucido se 
denigra mi conducta por la desunión con Buenos 
Aires. IvOS pueblos han juzgado justos los motivos 
de esta lid empeñosa, que nunca mejor que ahora 
subsisten, según el Manifiesto impreso en Norte Amé- 
rica por los señores Agrelo, Moreno y Paso, y que 
he mandado circular para su debido conocimiento. 
Recordad la historia de vuestras desgracias, la san- 
gre derramada, los sacrificios de siete años de pena- 
lidad y miseria, y todo os confirmará mi empeño por 
no violar lo sagrado de aquella voluntad, ni someterla 
a la menor degradación, que mancillaría para siem- 
pre la gloria del pueblo oriental, y lo más sagrado de 
sus derechos. He adelantado mis pasos con aquel 
gobierno, ansioso de sellarla sin estrépito, y en cada 
uno he hallado un nuevo impedimento a realizarla. 
Si esta idea no está bien grabada en el corazón de los 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 271 

pueblos, ruégeles quieran aceptar estos mis votos: 
Los pueblos son Ubres de decidir de su suerte, y mi 
deseo todo decidido a respetar su suprema resolución. 
Si la autoridad con que me habéis condecorado es un 
obstáculo a este remedio, está en vuestras manos depo- 
sitar en otro la pública confianza, que ajuste vuestras 
ideas a los deberes que os impone la patria. Yo me 
doy por satisfecho con haberlo llenado hasta el pre- 
sente con honor, y contribuido, con el mismo, a la 
felicidad del país. Espero hará V. inteligible esta reso- 
lución a todo su pueblo, y me responderá abierta- 
mente de su decisión, para adoptar las medidas con- 
venientes. 

Tengo el honor de saludar a V. con todo mi afecto. 

José Artigas. 

Purificación, 11 de septiembre de 1817. 

Al señor Alcalde del pueblo de Minas.» 

»Bn consecuencia, a fin de dar el debido cumpli- 
miento a la precedente orden superior, he mandado 
los oficios respectivos a los señores jueces comisio- 
nados de los partidos de esta jurisdicción, como son 
los del Mataojo de Solís. del Solís Grande, del Soldado, 
del Barriga Negra, del Valle del Marmarajd y del 
Sania Lticía, para que, con todos los vecinos, concurran 
a esta villa el día i.° del próximo noviembre, festi- 
vidad de Todos los Santos, a efecto de que, en jimta 
general que se celebrará, manifiesten su voluntad y se 
únala voz del pueblo... Y para que nadie alegue igno- 
rancia se fija este edicto en el paraje acostumbrado. 

»Villa de Minas, 15 de octubre de 1817. 

Manuel Cabral.» 

Conociendo, como conocemos, amigos míos, el ca- 
rácter de Artigas, no nos es lícito dudar de la since- 



272 I*A EPOPEYA DE ARTIGAS 

ridad con que promueve ese inusitado plebiscito; reco- 
noceréis en ese documento la repetición, casi literal, 
del discurso que pronunció en el Congreso del Peñarol; 
sólo los necios confundirán ese recurso al pueblo con 
los farisaicos que no es raro \ er inventar a los tiranos. 
Para erigirse en tal, el Jefe de los Orientales no tenía 
para qué echar mano de semejante medio. Artigas sólo 
quiso, en ese momento, sentir, una vez más, el con- 
tacto de la tierra, su madre divina. Y lo sintió, sin 
duda, y reconoció su voz, porque la suya cobró enton- 
ces nueva energía, y su actitud una rigidez casi hie- 
rática, como lo veréis. Vais a ver cómo la caída de 
los débiles en la fe ha retemplado la devoción de los 
fuertes; cómo se conglomera aquel pueblo, con la 
resolución de morir, en torno de aquel hombre inmó- 
vil. El misino Otorgues ha visto la realidad de las 
cosas, y, menos candoroso que los comandantes deser- 
tores, se ha quedado en su puesto, al lado de su jefe, 
a quien da sus expHcaciones, mientras aquéllos se 
van a donde creen ser «más útiles a la defensa de la 
Hbertad». 

Triste fué, por cierto, la forma en que se fueron. 
De acuerdo y por consejo de Pueyrredón, que los 
había inducido y conducido, como lo había hecho 
con Duran y Giró, se entendieron con I^ecor, con el 
mismo Ivecor, para poder entrar en Montevideo con 
todas sus fuerzas, y pasar de allí a Buenos Aires con 
armas y bagajes. Y así se hizo: subscribieron un pacto 
con el enemigo; abandonaron a Artigas, maldiciendo 
de él; se llevaron los caballos y las armas de la patria. 
Eran 600 hombres, buenos soldados, y tres piezas de 
cañón. Era mucho para la inerme Patria Oriental. 
Y entraron en Montevideo al son de sus tambores, 
que debían sonar como enlutados. Y pasaron, por fin, 



ENEMIGOS INTERIOimS Y EXTERIORES 273 

a los brazos del hermano Pueyrredón que, en esos 
mismos momentos precisamente, trabajaba por traer- 
nos tm príncipe de Orleans, y obtenía, de acuerdo 
con el Congreso, un príncipe de lyuca, sobrino de Fer- 
nando VII, para coronarlo rey de Buenos Aires y 
Chile, si la Santa Alianza prestaba su consentimiento. 

Pero Artigas está allí. Y mientras él esté, Lecor no 
cruzará el río Uruguay. Cuando pueda hacerlo por 
la desaparición de aquél, ya será tarde; el pueblo 
argentino occidental, gracias a Artigas, no estará ya 
a merced del aliado de Portugal. 

Miremos con pena, pues, pero sin odio, mis amigos, 
a esos hombres que se van: son unos extraviados de 
la noche densa; los caminos están llenos de sombra, 
como dice Homero. No fué la suya una caída sin re- 
dención; fué un pecado contra la fe. No veían; y no 
creyeron en el vidente; le arrojaron piedras. Después 
serán admiradores del héroe: después, cuando haya 
patria. Todos morirán con Artigas en el ooiazón. Ellos 
se sintieron sólo hombres en ese momento, y, como 
tales, tenían razón: la empresa no era de hombres. 
Tenían razón, como los proceres de la revolución de 
Mayo de que antes hablábamos. ¿No hemos excusado a 
éstos, aun cuando renegaban, no ya de Artigas, pero 
de la fe democrático -republicana, de cuyas entrañas 
nació nuestra América a la independencia? 

Pero algo más debemos decir en abono de aquellos 
orientales: no quisieron dejar de serlo, al renegar de 
Artigas en medio de angustias: eran bravos. Ninguno 
de ellos cedió a los halagos de Lecor, que quería rete- 
nerlos en Montevideo. Cuando el animoso y honesto 
Bauza supo que el convenio escrito, acordado entre 
Lecor y Pueyrredón, les imponía la prohibición de 
tomar las armas durante un año contra Portugal, él 

Ti UflS 



274 I*A EPOPEYA DE ARTIGAS 

reclamó de tal cláusula. No, dijo enérgicamente; el 
convenio sólo establecía el término de seis meses. 
¡No más de seis meses! Esperaba, pues, reanudar muj' 
pronto la lucha por la patria contra el usurpador. 
Puej-rredón, en cambio, al apoyar la justa apelación 
de Bauza, decía, por boca de su ministro de la Gue- 
rra: «Viniendo ese batallón a Buenos Aires, será re- 
moto el caso a que se refiere el compromiso». 
¡Y tan remoto! 



IV 



Pueyrredón y sus hombres, que estaban persuadi- 
dos de la próxima destrucción de Artigas, pudieron 
creer, y no sin causa, que la deserción que habían pro- 
vocado y realizado, en las mejores tropas orientales, 
había sido para el abandonado capitán un golpe casi 
mortal, y ansiaban conocer el estrago producido por 
él en la coraza de aquel fuerte corazón. Puede afir- 
marse que fué grande. Artigas, en su soledad del 
Hervidero, no pudo menos de llevarse la mano al 
pecho, y reconocer la destreza de quien le había hecho 
aquel aleve disparo: había dado en el blanco, sin duda 
alguna. 

¡vSus fieles lo abandonaban, execrando su nom- 
bre! 

El golpe era tanto más brutal, cuanto que, en esos 
mismos momentos, el hombre herido confirmaba 
los testimonios, que ya poseía, de la connivencia ex- 
presa de Buenos Aires con el invasor portugués. Esas 
pruebas que llegaban a Artigas, no eran, como hemos 
dicho, tan concretas como las que hoy nosotros po- 
seemos; las negociaciones y los tratados eran secretos, 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 275 

y han sido conocidos mucho después; sus autores no 
sólo los ocultaban al pueblo argentino, sino que, por 
temor de sus iras, los enmascaraban en protestas de 
amor a la causa de los orientales, como lo hemos 
visto, y en el envío de algunos recursos, aunque pi- 
diendo por ello disculpa al portugués. Pero el Liberta- 
dor recibía pruebas concluyentes de la insidia, así 
como de los trabajos que se hacían para acabar con 
su ascendiente sobre las provincias occidentales, y 
dejarlo así librado, completamente solo, con todo su 
pueblo, al golpe de gracia del extranjero; ya lo habéis 
visto difundir, por todas partes, la exposición de Mo- 
reno, Agrelo y Paso en Baltimore. 

Artigas, con ser un vidente, era un hombre de carne 
y hueso. En esa hora silenciosa no ha podido menos 
de sentir el soplo frío de la realidad presente; las rea- 
lidades soplaban como vientos en sus ojos. La deser- 
ción de sus fieles, sobre todo, ha debido hacerle ver 
pasar por el horizonte, con las miradas clavadas en él, 
la sombra de una posible realidad futura. En ese mo- 
mento ha debido sentir en sus huesos, creo que por 
primera vez, algo como la conciencia de un sueño 
de la media noche: la sensación de una larga caída 
en el vacío. Pero lejos de desfallecer, el mismo sueño 
le despertó sobresaltado. Y de ese despertar procede, 
sin duda, la comunicación que entonces, con fecha 
13 de noviembre de 1817, después de su Consulta al 
pueblo, después de oir a la Sibila, dirige desde Purifica- 
ción al Director de Buenos Aires. Es una represalia de 
soberano, una especie de conjuro o de profética mal- 
dición, que parece recorrida por las contracciones 
de su piel atormentada, y en la que el héroe se nos 
ofrece con los caracteres del hombre poseído por otro 
yo, que se enciende en sus ojos de augur. Artigas re- 



276 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

cuerda eu ese momento todos los muertos orientales 
que han caído por la libertad; cree ver, como Eze- 
quiel, el profeta, sus huesos áridos, osa árida, levan- 
tarse en las llanuras en que se despojaron de su 
carne y profetizar. 

Yo quisiera que leyerais íntegra esa nota, mis ami- 
gos; ninguna, entre las que poseemos del héroe, que 
son muchas, nos presenta con mayor relieve su pen- 
samiento, su conciencia y su carácter, al través del 
énfasis calilinario, que es el lenguaje de entonces. 
Se Ve en ella la realidad inmóvil de aquel espíritu per- 
petuo, siempre igual a sí mismo. 

«¿Hasta cuándo pretende V. E. apurar mis sufri- 
mientos?, grita Artigas al Director Supremo. Ocho 
años de revolución, de afanes, de peligros, de con- 
trastes y miserias, debieron haber bastado para jus- 
tificar mi decisión y rectificar el juicio de ese go- 
bierno. Él ha reconocido, en varias épocas, la dignidad 
del pueblo oriental; él debe reconocer mi delicadeza 
por lo inalienable de sus derechos sagrados. ¡Y V. E. se 
atreve a profanarlos!»:» 

Traza en seguida el procer la larga serie de sus 
agravios; en ella vemos que, si bien sabía y presumía 
mucho, no lo sabía todo, ni podía presumirlo. Artigas 
imputa a Pueyrredón el hecho de querer aparecer 
como un neutral en la lucha de los orientales con los 
portugueses. «No, le dice indignado; los actos de 
Buenos Aires, desde la invasión portuguesa, no son 
ni siquiera los de un neutral; son los de un belige- 
rante armado contra mí y contra mi pueblo. De allí 
se han suministrado a la plaza sitiada de Montevideo 
elementos que se han negado a los sitiadores; de allí 
se ha protegido la fuga de portugueses prisioneros en 
poder de los patriotas; han partido de allí los trabajos 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 277 

de disolución de mis elementos fieles en las provin- 
cias; de allí, por fin, ha salido el complot, fraguado 
por los portugueses, a fin de promover la deserción 
del regimiento de I^ibertos, que vuestra excelencia 
ha recibido triunfalmente en esa capital... 

»iY V. E. es todavía el Director de Buenos Airesi 

»Eso tiene un origen más negro que la fría neutra- 
lidad, dice Artigas; todo eso responde al plan de de- 
rribar en mí al coloso contra la iniquidad de las se- 
cretas miras de V. E.... 

i>¡Yo en campaña, agrega con amargura, y repitien- 
do las sangrientas escenas contra los injustos inva- 
sores, 3^ V. E. en su capital, debilitando nuestra ener- 
gía con procederes que excitan las más fundadas 
sospechas! ¡Yo empeñado en contrarrestar a los portu- 
gueses y V. E. en favorecerlos!» 

Como lo veis, mis amigos. Artigas ignoraba la alian- 
za consumada entre Buenos Aires y Portugal con- 
tra él y contra la causa republicana de América; 
la sospechaba, sin embargo, y la sola sospecha le 
parecía temeraria. Todavía, en esa nota memorable, 
recuerda a Pueyrredón los esfuerzos que ha hecho por 
llegar a la conciliación y a la paz; en ella procura con- 
vencerlo, con buena fe casi inocente, de que no es el 
Director de Buenos Aires, sino él, el Jefe de los Orien- 
tales, quien ha de aniquilar heroicamente las ambicio- 
nes del trono del Brasil sobre el Río de la Plata, y 
le pregunta el porqué de su esfuerzo por debilitarlo 
en el desempeño de la misión de ser, con su pueblo, 
la vanguardia rígida de la democracia rioplatense- 
y aun americana. 

Artigas se confunde ante esa doblez inexplicable 
y ante esa neutralidad criminal. 

¡Neutralidad! dice. «El Director de Buenos Aires 



278 lA EPOPEYA DE ARTIGAS 

no debe ni puede ser neutral en esta contienda... 
Pero sea V. E. un neutral, un indiferente o un enemi- 
go, tema justamente la indignación provocada por sus 
desvarios; tema, y tema con justicia, el desenfreno de 
unos pueblos que, sacrificados por el amor a la li- 
bertad, nada les acobarda tanto como perderla. 1,3, 
grandeza de los orientales sólo es comparable a sí mis- 
ma. Ellos saben desafiar los peligros y superarlos; 
reviven a la presencia de sus opresores. Yo, a su 
frente, marcharé donde primero se presente el pe. 
ligro. V. E. ya me conoce, y debe temer la justicia de 
mi reconvención.» 

Y, después de calificar de criminal al Director, 
termina en estos términos augúrales: 

«Pesará a V. E. el oir estas verdades; pero debe pe- 
sarle mucho más el haber dado motivo a su escla- 
recimiento. 

»V. E. no ha cesado de irritar mi moderación, y 
mi honor reclama vindicación. Hablaré por esta vez, 
y hablaré para siempre. V. E. es responsable, ante las 
aras de la patria, de su inacción o de su malicia contra 
los intereses comunes. Algún día se levantará el tri- 
bunal severo de la nación, y en él será administrada 
justicia.'» 

El efecto, en Buenos Aires, de ese apostrofe apo- 
calíptico, puede presumirse sin grande esfuerzo. Como 
si él hubiera sido una ráfaga de viento, las armas 
que estaban preparadas para lanzarse a la destrucción 
de Artigas en las provincias occidentales se movie- 
ron solas en los arsenales de Buenos Aires. Con el 
hombre que así hablaba, con ese hombre Artigas en 
pie, serían frustráneas las negociaciones que se tenían 
pendientes ante las cortes europeas, y en las que se 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 279 

cifraban todas las esperanzas. Era necesario completar 
el golpe dado en la Banda Oriental, con uno análogo 
y decisivo y rapidísimo en la Occidental, en esas pro- 
vincias argentinas, en la del litoral sobre todo, Entre- 
mos, Corrientes, Santa Fe, enfermas de delirio de- 
mocrático, y poseídas por aquel energúmeno inex- 
pugnable, poseído a su vez de las energías tenebrosas 
de un espíritu; las fracasadas misiones del deán Fu- 
nes y de Castex habían desvanecido toda esperanza 
de conquista diplomática. 

Era preciso, sin pérdida de momento, que Buenos 
Aires extirpase a Artigas, y dominase en las provin- 
cias, atmque fuera extirpándolas a ellas también, 
conquistándolas, como en la época del descubrimiento, 
repoblándolas, si necesario fuese. A esa obra supre- 
ma debían converger todos los elementos nacionales, 
los que preparaba San Martín para la reconquista 
de Chile y la expedición al Perú inclusive; todo el 
presente y todo el porvenir. Y se emprendió la con- 
quista armada de las provincias. 

Vais a presenciar, mis amigos artistas, li-s luchas 
de las últimas horas de nuestra primera Patria Orien- 
tal; los años 18 y 19, hasta el rayar del 20, el año del 
desenlace, son algimas horas. Es la hora de Artigas. 
Es preciso que os fijéis mucho en esto. 



V 



Para comprenderlo, os bastará imaginar lo que 
será de la revolución que se llama de Mayo, si Artigas 
es vencido, y Buenos Aires consigue disponer de los 
destinos de estos pueblos, e imponerles la única so- 
lución en que tiene fe, la única que juzga razonable. 



28o i:,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

y que presupone, como condición sine qua non, la des- 
aparición de la cabeza de Artigas: 

Los repartos de estos territorios estaban trazados 
fatalmente en el plan escéptico: la región oriental, 
la atlántica, del Plata a las Misiones, la tierra de Ar- 
tigas, hubiera redondeado el gran lote del rey de Por- 
tugal, a que pertenecía geológicamente; es claro que, 
en ese caso, el Paraguay correría idéntico destino; 
la tiranía de Francia no lo hubiera defendido, cierta- 
mente. I/a región occidental, la andina, de Buenos 
Aires al Alto Perú, incluso Chile, hubieran ido a parar 
a manos del otro rey, del otro príncipe que se andaba 
buscando, sin excluir a un miembro de la familia 
reinante en España: un Borbón, un Orleans, un Bra- 
ganza, im príncipe de I^uca. 

Pero hay algo más hondo, y de más transparente 
obscuridad en todo esto. 

Del Alto Perú, una vez dominado el Río de la Plata 
por el rey que la diplomacia consiguiera, el pendón 
real restaurado subiría hacia el Norte, hacia el Bajo 
Perú, hasta Colombia y Venezuela, la tierra de Bolí- 
var; dominaría toda la América española, hasta de- 
tenerse en la inglesa, y tropezar allí con Washington, 
el republicano del Norte, el opulento hermano del 
indigente Artigas. 

Podéis y debéis decir esto, en la forma más expre- 
siva que conciba vuestro genio, mis amigos artistas, 
a todos los pueblos de la América española. 

Ks una verdad llena de dolores, que, abandonada 
y desnuda, ha estado encarcelada durante mucho 
tiempo, y atada de pies y manos en el fondo de la cis- 
terna. Dad vosotros la libertad a esa belleza cautiva, 
amigos míos; que se presente a los americanos todos 
y les hable de nuestro Artigas, que todos han des- 



EííEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 28 1 

conocido, y acaso inconscientemente calumniado. 

Si aun no hubierais entrevisto esa verdad que 
debe irradiar de vuestro bronce, yo os la haré penetrar 
en el alma cuando os baga conocer las negociacio- 
nes que, en 1819, se seguirán en Europa para coronar 
un príncipe, como fruto de la revolución de Mayo. 
Veréis cómo, en esos tratados, aprobados por el Con- 
greso de Buenos Aires, después de conjurar el peligro 
que se temía, de ima expedición española contra el 
Río de la Plata, con el establecimiento de una monar- 
quía tributaria, se dejaba a España en libertad de 
dirigir sus fuerzas contra el Perú, Méjico y Venezuela, 
de cuyos enviados en Europa se prescindía cautelo- 
samente. Mitre ha llamado a eso la siniestra faz ame- 
ricana de la cuestión. 

\L,a. siniestra faz! ¡El Calibán que ronda la isla! 

El pueblo argentino, el verdadero pueblo de Mayo, 
no quería eso. Bien sabéis que yo llamo pueblo argen- 
tino al que toma su nombre del Plata (argentum), 
tanto al Oriente como al Occidente, t^nto al que hoy 
se llama uruguayo u oriental, cuanto al que ha con- 
servado el primitivo nombre de argentino. 

Bien: ese pueblo argentino no conocía ese plan te- 
nebroso; la sola sospecha de su existencia será invo- 
cada, no ya por los caudillos populares, sino por el 
general Paz, para justificar su rebelión contra Buenos 
Aires. Pero ese pueblo argentino, que renegaba de 
la mentira, no era otro que el acaudillado por Artigas, 
tanto al Oriente como al Occidente del Uruguay. Es 
Artigas, a la cabeza de ese pueblo, el que va a salvar 
la América de las emboscadas siniestras de esta hora 
de precipicios. Por él irá vSan Martín al Perú y llega- 
rá hasta Bolívar; sin él, no hubiera habido expedición 



282 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

de San Martín, ni nada que no fuera un arreglo diplo- 
mático con el re}'. 

Decid eso a nuestra América, mis inspirados amigos; 
le diréis algo que está aún por decir, en alta voz y 
musical. Pero hacedle ver al mismo tiempo, y esto es 
lo que más clama por la justicia marmórea, hacedel 
ver que ese triunfo del espíritu bueno de 1810 sólo se 
obtuvo por la ofrends , a la diosa democracia, de una 
víctima elegida entre los pueblos argentinos. Y ésa 
no es otra que esta Banda Oriental, a quien Artigas 
va a conducir al ara de los holocaustos, como aquel 
Ulises que, al llegar al final de la jornada, en la ribera 
cubierta de eternas tinieblas, cava la fosa con su es- 
pada, y hactí sobre ella las libaciones de leche, de vino 
y de agua, y arroja un puñado de harina blanca, y 
degüella, para propiciar los manes de los que fueron, el 
carnero y la oveja negra, cuya sangre convoca los 
muertos y les arranca el secreto del porvenir. 



VI 



Entramos en la lucha decisiva. El portugués destrui- 
rá a Artigas en la Banda Oiiental; Buenos Aires en 
la Occidental. Ése es el plan; son dos conquistas. Puey- 
rredón y su oligarquía creyeron que el procedimiento 
de seducción, tan eficaz al parecer en la Banda Orien- 
tal, daría el mismo resultado en las provincias occiden- 
tales que obedecían a Artigas; y que el hombre, para 
realizar sus propósitos, se le había presentado en uno 
de los capitanes de la provincia de Entrerríos, don 
Ensebio Hereñú. Como lo recordaréis, una vez que 
Artigas hubo vencido a Dorrego en Guayabo, en ene- 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 283 

ro de 1815, y cimentado la Patria Oriental en su 
capital del Hervidero, envió sus tropas a proteger a 
la provincia de Santa Fe, primero, y a la de Entre- 
rríos después, contra el predominio de Buenos Aires, 
que tenía exasperadas a aquellas poblaciones, a cuyos 
habitantes despreciaba y ofendía, cerno si fueran 
salvajes. Díaz Vélez primero, y Viamont después, fue- 
ron vencidos. Y fué precisamente eSe Hereñú, de quien 
ahora hablamos, el que, con la protección de Artigas, 
fué elevado al gobierno, y puso su provincia bajo el 
protectorado del héroe oriental. 

Otro tanto ocurrió en la provincia de Santa Fe. 
Ésta, después de desalojar a Buenos Aires como a un 
enemigo odioso, enarboló la bandera tricolor de Ar- 
tigas y se colocó a su sombra. Ya hablamos de eso 
oportunamente; pero bueno será que os diga ahora 
que ese nacer a la vida cívica de las provincias argen- 
tinas, gracias a la protección de Artigas, está com- 
probado por tantos cuantos papeles jjueda exigir el 
más exigente papelófilo. El último de ellos nos lo 
ofrece el canónigo de Santa Fe, mi amigo don Ja- 
cinto Viñas; se refiere a la primera elección Ubre 
realizada allí en 1816, y que dio por resultado la de- 
signación de don Mariano Vera. Hasta entonces, de 
1810 a 1815, los gobernadores eran enviados de Bue- 
nos Aires; Ruiz, español. Romero, Berruti," Montes 
de Oca, Alvarez Thomás, Díaz Vélez. I^a elección 
de Vera, directa y libérrima, se realiza bajo la pro- 
tección de Artigas, que envía a Ramón Fernández, 
el héroe de Asensio, a proteger la Hbertad del pueblo 
santaíecino. Fernández repasa el Paraná una vez 
realizada la elección. I^a nota en que Artigas, el 28 
de mayo de 1816, feHcita al pueblo de Santa Fe, lo 
estimula a velar por su propia hbertad, y le asegura 



284 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

para ello su protección, es un hermoso papel. «Los 
hechos hablan con más elocuencia que Demóstenes», 
dice Viñas al pubHcarlo, deplorando que tales hechos, 
«que hablan tan alto en honor del Patriarca Orien- 
tal, sean tan poco ponderados por los historiadores 
de ambas orillas del Plata». 

Desde entonces, pues, desde el nacer cívico de 
aquellos pueblos, Hereñú gobernaba en Entrerríos; 
don Mariano Vera, cuyas notas a Pueyrredón estudia- 
mos con motivo de la misión del deán Funes, seguía 
de gobernador en Santa Fe. Pero viéndose Hereñú 
substituido en el gobierno, dos años después, por don 
José Ignacio Vera, elegido en su reemplazo, se alzó 
contra su sucesor. Bastaron algunos refuerzos orien- 
tales, enviados por Artigas, y algunos de Santa Fe, 
para sofocar esa tentativa de revuelta. Hereñú, que 
vio difícil su situación personal, se convirtió entonces 
en campeón de la oligarquía, y pidió auxilio a Bue- 
nos Aires contra Artigas y sus fieles, que apoyaban al 
nuevo gobernador. 

La ocasión propicia se presentaba, pues: el Direc- 
torio corrió en apoyo de Hereñú y sus parciales; envió 
sus batallones; comenzó el supremo esfuerzo contra 
el predominio del héroe oriental: intentó, una vez 
más, la conquista de las provincias, sin la cual el 
advenimiento del rey no era posible. 

Pero frente a Hereñú estaban los fieles de Arti- 
gas; y éstos, que eran el pueblo entrerriano, tenían ya 
su caudillo local: Francisco Ramírez. Este Francisco 
Ramírez era un joven que se había formado al lado 
de Artigas desde 1811, y que se señalaba especialmen- 
te por la rendida admiración que profesaba a quien 
todo lo debía. Artigas, a su vez, tenía predilección 
por el joven entrerriano. Era éste sagaz, temerario, 



ENE\nGOS INTERIORES Y EXTERIORES 285 

gran jinete, lleno de ambiciones y rebeldías: él es el 
personaje reinante de su región, sin duda alguna; es 
la encarnación de la repulsión instintiva que el Di- 
rectorio inspira a las provincias; pero, como el oriental 
Otorgues, de quien es el equivalente, ha oído la voz 
de las brujas, que le salieron al yaso de la selva de 
Moniiel. 

Ramírez, bajo la dirección de Artigas, al que seguía 
dócilmente, apasionadamente, se aprestó a la resis- 
tencia contra Buenos Aires. 

I^a inmediata provincia de Santa Fe prestó sus au- 
xilios a Entrerríos, y los envió al mando de otra en- 
tidad, que será el personaje reinante de aquella pro- 
vincia: el comandante don Estanislao lyópez. Éste 
sucederá muy pronto en el gobierno al gobernador 
Vera, que ahora lo envía en auxilio de Ramírez. Vera 
será derrocado por un motín, que estallará el 4 de 
julio de 1818, por habérsele atribuido connivencias 
con el Directorio. Estos caudillos serán tales mien- 
tras dure Artigas; desaparecido éste, todos se hundi- 
rán en Rosas, en el tirano. 

Precisemos, pues, mis amigos, los factores de la 
lucha que va a empeñarse: Hereñú, por ima parte, 
rebelado contra Artigas y apoj'-ado en las tropas de 
Buenos Aires; Ramírez, por la otra, fiel al héroe orien- 
tal, y como teniente de éste, acaudillando al pueblo 
entrerriano, que ha adoptado el pabellón tricolor. 
He ahí la lucha paralela a la que Artigas libra con- 
tra el portugués en su tierra, y que va a trabarse 
en estos años 18 y 19, hasta rayar el 20. Las dos 
campañas son una misma: es Artigas que combate 
personalmente en su tierra oriental, y, por medio de sus 
capitanes, en la occidental, contra el Directorio de 
Buenos Aires, aliado al portugués, sin perjuicio de 



286 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

estar siempre en guardia contra una posible tenta- 
tiva de Kspaña. 



VII 



Buenos Aires envía a Entrerríos, en auxilio de He- 
reñú, al coronel don lyuciano Montes de Oca, con un 
ejército de 800 hombres y artillería. El invasor es 
precedido de una proclama, declaración de guerra 
a Artigas, a Artigas exclusivamente, que el director 
Pueyrredón dirige a los habitantes de Entrerríos, 
muy semejante a la que Lecor, el portugués, dirigió 
a los orientales, al invadir su tierra. «lylegó el tiem- 
po, les dice, de que fijéis vuestros destinos de tm 
modo noble... Con las mejores intenciones, librasteis 
vuestra confianza en el supuesto Protector de los Pue- 
blos...; habéis visto que él destruj-e en vez de edificar; 
que él despotiza en vez de proteger. Pedisteis auxi- 
lios para sacudir un yugo tan ominoso; ellos os lle- 
gan tan pronto como la respuesta de que se os en- 
viaban... 

»Honrados compatriotas:... Arrancad la simiente 
perniciosa de esa doctrina antisocial que el peligroso 
patriota don José Artigasha. esparcido en esos países... 
Así os granjearéis las bendiciones de la patria y de 
una posteridad feliz, la admiración del orbe ilustrado, 
el respeto del mundo virtuoso, y toda la considera- 
ción del primer Magistrado de estas provincias, que 
os saluda, etc., etc. — ■ Juan Martín de Pueyrre- 
dón.» 

Otro documento, no menos interesante que el inte- 
resantísimo anterior, es la proclama del mismo Puey- 
rredón a los pueblos de Entrerríos, Corrientes y 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 287 

Banda Oriental. ¡También a la Banda Oriental libra- 
da al portugués! «I^a expedición que marcha a Entre- 
rríos, dice, va con el objeto de proteger los derechos 
de aquellos pueblos, que, para recuperarlos, han im- 
plorado auxilio. La presente administración no ha he- 
cho ni pretende hacer la guerra a sus hermanos y 
compatriotas. Todo su anhelo es favorecer los pro- 
yectos de los buenos ciudadanos, que han conocido, 
por experiencia, cuan perjudicial es al sistema de Amé- 
rica la doctrina de don José Artigas... El gobierno 
hace la diferencia debida entre la perversidad de don 
José Artigas, y la desgracia de los beneméritos ve" 
cinos que sufren el yugo de un déspota, tanto más 
cruel cuanto más disfrazado.)) 

Yo no sé de qué se había disfrazado ese déspota; 
cuál era su máscara. Pero, como lo veis, parece que 
los pueblos no veían bien su despotismo, sino el de 
los otros. 

Y puesto que leemos documentos, ¿por qué no ha- 
béis de conocer la proclama del coronel Montes de 
Oca a sus soldados?... Esta es más interesante todavía. 
Montes de Oca recuerda, sin duda, las horribles de- 
predaciones de Díaz Vélez en Santa Fe, las fulminadas 
por Vera y reconocidas por el deán Funes, y dice a sus 
tropas: 

«Soldados: El Gobierno supremo os ha confiado 
la suerte de este país... Que no se diga que los que mar- 
chan en auxilio del orden son los que lo observan 
menos. Reflexionad que el territorio a donde os di- 
rigís es país de amigos y hermanos, de compatriotas 
nuestros. Esta circunstancia debe aumentar la obli- 
gación de proteger sus derechos, de respetar, hasta 
el más alto grado, sus esposas, hijos, fortuna; en una 
palabra, sus propiedades de toda especie... 



288 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

»Soldados: Como buenos compañeros de armas, 
todos andaremos juntos la carrera que se nos presen- 
ta... cerca tenéis los laureles con que debéis coronaros... 
Soldados: ¡a recogerlos!... 

»Buenos Aires, 15 de diciembre de 1817.» 

Una nota más (será la final) para documentar, 
una vez por todas, el carácter conquistador en tierra 
de infieles de estas expediciones de Buenos Aires 
sobre las provincias protegidas por Artigas, el peli- 
groso patriota, tanto más cruel cuanto más disfrazado. 
En las instrucciones reservadas que se dieron al jefe 
militar, después de prevenirle cómo y dónde debía 
reunirse con Hereñú para rechazar las probables 
hostilidades de Artigas, se le decía que; «en lo demás 
debía obrar según su prudente discreción, recomen- 
dándole muy especialmente el respeto por la mujer, 
como la propiedad más querida del hombre, y el ma- 
yor cuidado de que nadie se acercase a la artillería, 
con riesgo de que fuera clavada, en un país donde no 
puede distinguirse al enemigo del amigo». 

Todo esto, como lo comprenderéis, este cuidado por 
la mujer, considerada propiedad, etc., etc., denuncia 
el temor de que las tropas de Buenos Aires repitan los 
excesos que habían consumado en Santa Fe y otras 
provincias, y que hacían odioso hasta el nombre de 
patria, según la expresión dolorosa que vais a oir 
pronunciar a Bel grano. 

Montes de Oca desembarcó en territorio entre- 
rriano, y envió ima intimación a Ramírez, en la que 
le decía que los pueblos de Entrerríos habían pedido 
auxilio al gobierno de las Provincias Unidas, temerosos 
de sucumbir a una dominación extranjera, por falta de 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 289 

poder y de aptitudes en Artigas, y que él iba a hacer 
efectivo ese auxilio. 

La campaña del bravo capitán de Artigas, aná- 
loga a la del Espinillo, en el mismo Entrerríos, y 
a la del Guayabo, en la Banda Oriental, fué rápida 
como ésta, y como ésta desastrosa para Buenos Ai- 
res. Ramírez cayó sobre Montes de Oca, que esta- 
ba unido a Hereñú, Samaniego, Correa, etc., y, en 
el arroyo de Ceballos, destrozó por completo sus ca- 
ballerías, puso en fuga la infantería y se apoderó de 
la artillería. El desbande fué completo, tan completo 
como el de Hollemberg en el Espinillo. 

En presencia de él, Buenos Aires no desiste; envía 
al general don Marcos Balcarce, con un refuerzo de 
500 hombres y más artillería. Éste reorganiza el 
ejército invasor; redobla sus esfuerzos; busca a Ra- 
mírez con un poderoso ejército de las tres armas. 
Pero su derrota no es menos completa que la de Mon- 
tes de Oca. Ramírez, al que sigue el país levantado en 
masa, lo hace pedazos con sus milicias, en el Sauce- 
sito, el 25 de marzo de 1818. La batalla fué rápida. 
Todo el ejército invasor fué destruido; cuatro piezas 
de artillería, armamento y municiones quedaron en 
poder del vencedor. 

Ramírez, con la protección de Artigas, cuya bandera 
tricolor enarbola, es, desde ese momento, el arbitro de 
Entrerríos, y, en ese carácter, pide sus órdenes a su pro- 
tector y supremo jefe. Este le ordena que pase a Co- 
rrientes, donde ha tenido lugar un movimiento seme- 
jante al de Hereñú, que es necesario sofocar: el gober- 
nador Méndez, que allí representaba a Artigas, ha sido 
depuesto por Bedoya, que proclama la unión con Bue- 
nos Aires. Artigas ha ordenado a Andresito que, desde 
el Norte, en que se encuentra, baje también a restable- 

T, 11,-19 



290 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

cer la autoridad en Corrientes. Ramírez penetra por 
el Sur, para impedir que Hereñú refuerce a Bedoya. 
Una batalla se traba en Saladas entre Andresito y 
todas las fuerzas de éste, el 2 de agosto de 1818. 
Bedoya es derrotado y huye. La autoridad de Arti- 
gas queda restablecida también en Corrientes, bajo 
la autoridad de Andresito, que dura algunos meses, 
y hace el gobierno ejemplar que recordamos en otra 
ocasión, cuando conocimos por primera vez a este 
interesante Andrés Artigas. 

¡Oh, el leal Andrés Artigas, Andresito, el indio 
nostálgico y bueno! ¡Sangre fría de la raza muerta!... 
Es preciso que le demos aquí nuestro adiós, amigos 
artistas, y que lo miremos por última vez. Poco des- 
pués de esto, recibió la orden de Artigas de volver de 
nuevo a las Misiones, a combatir al portugués. Obe- 
deció, luchó, cayó prisionero en la refriega, y fué 
llevado a las cárceles de Río Janeiro, donde murió 
solo. I^a gloria es buena, Andresito; ella te trae, como 
una nodriza, en sus brazos, y te ofrece el amor de la 
posteridad. Nadie más amable que tú, pobre indio sin 
patria y sin sepulcro: hoy tienes patria para siempre y 
tienes sepulcro. ¡Andrés Artigas, simbólico Andre- 
sito!... 

Ramírez hace saber todo lo sucedido al héroe orien- 
tal. Éste sigue su lucha tenaz contra el portugués, 
y cuenta, para triunfar en ella, con esos elementos 
que están venciendo del aliado de aquél, el Directo- 
rio, en la región occidental. Ese es su plan. 

Ramírez está en él. Todo su anhelo consiste en 
arrojar de su pro\áncia a Buenos Aires, para correr 
en seguida a unirse a los orientales contra el portu- 
ués, el enemigo común extranjero. Así se lo hace 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 29 1 

saber a Artigas, al pasarle el parte de sus victorias 
sobre la capital. «Isleño de una inexplicable gloria, 
le dice, tengo el honor de adjuntar a V. E. esas comu- 
nicaciones. Todas anuncian el feliz término de con- 
solidar el justísimo sistema de los hombres que quie- 
ren ser libres... Sólo trato ahora de hostilizar a 
Hereñú y a los portugueses; de destruir ese ejército 
portugués, que es el único enemigo que tenemos en el 
día... En fin, concluye, mi objeto es impedir todo 
recurso al ejército de Curado.» 

Artigas, mis queridos artistas, contando con ese 
elemento que se le preparaba en la región occidental, 
continuaba, como decimos, en la oriental, su resis- 
tencia homérica, que tenía que debilitar para enviar 
su protección a Ramírez. No importa: él sobrelleva 
sus derrotas parciales, con tal de mantener su ban- 
dera; espera el momento de poder disponer de sus 
elementos occidentales; pero ese momento no ha lle- 
gado aún. 

El Directorio de Buenos Aires no había desistido 
de su propósito de arrebatar al héroe esa esperanza, 
y dejarlo solo a merced del portugués. Pueyrredón, 
derrotado en Entrerríos y Corrientes, ha resuelto 
hacer un nuevo esfuerzo, un esfuerzo supremo, en 
Santa Fe, la provincia limítrofe de la de Buenos 
Aires por el Norte, y separada hacia el Este por 
el río Paraná de las de Entrerríos y Corrientes. Allí 
el personaje reinante, que también acata a Artigas 
y enarbola su bandera, la tricolor, es Estanislao 
López. 

Pueyrredón y su partido están desorientados ante 
la resistencia heroica del gran caudillo y sus orientales 
contra la formidable irrupción de Portugal; esa resis- 
tencia desconcierta todos los cálculos humanos. El 



292 líA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Director Supretao estaba en la firme persuasión de que 
la invasión portuguesa lo iba a desembarazar de Ar- 
tigas en dos meses. Desde que su poderoso ejército 
apareció en 1816, aquél escribía a San Martín, que 
preparaba en Mendoza sus tropas para pasar los 
Andes: «I^a escuadra portuguesa bloquea a Montevi- 
deo, y el ejército dicen que se ha movido de Mal do- 
nado sobre la plaza. I,os orientales se resisten a imirse 
a nosotros, y yo me resisto a enviarles auxilios.» 

El 24 de enero de 1817, escribía de nuevo: «Se dice 
que Artigas, después de su total destrucción en su terri- 
torio, intenta venir, o se halla ya en Santa Fe, con el 
fin de hacernos la guerra. Este hombre corre a su pre- 
cipicio, y yo me preparo a todo; no contento con 
haber perdido el Oriente, quiere concluir con el Oc- 
cidente del Río de la Plata; se engaña, si cree que 
su partido es lo que fué en otro tiempo: al hombre 
que pierde, todos le huyen la cara, y tal va a ser su 
suerte.i> 

El 3 de marzo de 1817, después de haber triunfado 
San Martín en Chacabuco, recibía estas noticias de 
Pueyrredón: «I/)S portugueses han manifestado ya 
su mala fe. Su objeto y sus miras tan ponderadas de 
beneficiar a estas provincias, está ya descubierto, 
y no es otro que agregar a la corona del Brasil la Banda 
Oriental; y si nosotros proclamamos por emperador 
al rey Don Juan, admitirnos, como gracia, bajo su 
soberano dominio. ¡Bárbaros miserables!... Tenemos 
más poder y dignidad que ellos, y jamás las Provin- 
cias Unidas de Sud de América tendrán ?w monarca 
tan subalterno... Yo deseo un soberano para nuestro 
Estado, pero lo quiero capaz de corresponder a la 
honra que recibirá en mandarnos». 

El 9 de diciembre de 1817, escribía al mismo: «He- 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 293 

reñú está ya en movimiento contra Artigas, y espero 
que muy pronto lo estará todo Entremos». 

En 10 de junio de 1818, por fin, después de los 
desastres sufridos en Eutrerríos y Corrientes, todavía 
escribía: «Se asegura que Artigas ha sido completa- 
mente derrotado por los portugueses, y que se ha re" 
fugiado en los bosques con muy pocos facinerosos». 

Puede, pues, venir de Europa, si es cierto que Ar- 
tigas ya no existe, puede venir ese soberano de buena 
cepa, capaz de corresponder a la honra de mandar- 
nos. En esos momentos precisamente, a mediados de 
1818, Pueyrredón conferenciaba con el coronel I^e 
Mo5Tie, agente del gobierno francés, y, declarándose 
«hijo de la patria de Enrique IV», trabajaba por traer 
a «Su Alteza Real el Duque de Orleans», segunda rama 
de los Borbones, para coronarlo rey del Plata. Conse- 
cuencia de esa gestión, llena de curiosos episodios, 
será el envío, como embajador, de don Valentín Gó- 
mez, que os haré conocer después, y la aparición, 
como nuevo candidato a nuestro dominio, del Duque 
de l/uca, soberano desposeído del reino de Etruria. 



VIII 

Pero Artigas existía; Artigas no moría. Además de 
los triunfos de sus capitanes en las provincias, él 
batallaba en esa fecha contra el invasor extranjero, 
que recibía refuerzos continuos. No, aquel bárbaro 
no moría. Mientras animaba con su espíritu y dirigía 
con su mente a sus capitanes en las provincias occi- 
dentales, él, desde que se retiró del sitio de Montevi- 
deo, donde vio los gérmenes de la defección inocula- 
dos por Buenos Aires, sostiene en su tierra, con sus 



294 ^A. EPOPEYA DE ARTIGAS 

fieles, la lucha heroica contra el portugués, que es el 
equivalente de la que, en los mismos momentos, sos- 
tiene San Martín contra el español. Recordemos el 
Te Denm cantado por Artigas al saber el triunfo de 
ChacahucQ. 

En los dos extremos se empeña la lucha contra 
el enemigo exterior; Bolívar y San Martín la acau- 
dillan en el del Norte; Artigas, sólo Artigas, en el 
del Sur. 

El gran capitán oriental no muere; pero declina, 
va cayendo lentamente. La resistencia de ese hombre 
solo, de ese pueblo abandonado, contra el portugués, 
que se renueva perpetuamente, es la del león que se 
desangra. 

I^ecor, asediado en Montevideo, tiene que valerse 
de todos los medios para romper aquel cerco de ca- 
balleros que lo estrecha: traza una enorme zanja, que 
se llamó Zanja Reyuna, como baluarte avanzado de 
la plaza. Los sitiadores se repliegan, pero perma- 
necen. 

Lo que es indispensable al sitiado de Montevideo 
es buscar su comunicación con el general Curado, 
que, después de la batalla del Catalán, quedó en el 
Norte. La comunicación terrestre es imposible: la 
tierra pertenece ?. Artigas. Lecor, con autorización 
de Pueyrredón, envía una escuadrilla por el río Uru- 
guay; ésta se encuentra con ima batería en la costa 
occidental entrerriana, defendida por Ramírez. Allí 
tiene Artigas la caja de su ejército. El combate se 
traba entre la escuadrilla del explorador y la batería. 
El cañoneo atrae al coronel portugués Bentos Manuel 
Riveiro, audaz guerrillero, que adelantaba del Norte, 
destacado por Curado en busca de su junción con 
Lecor. Los portugueses de tierra se reconocen con los 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 295 

que vienen por el río, y luchan con la batería occi- 
dental; se dan, por fin, la mano los del Norte con loa 
del Sur. Bentos Manuel, con 500 hombres, cruza el 
Uruguay' e invade el territorio occidental. Protegido 
por la obscuridad de la noche, cae sobre la batería, 
desaloja a Ramírez de sus posiciones, le arrebata su 
artillería, que era la tomada por éste a Balcarce en 
el Sancesüo, ejerce los actos de dominio que cree 
oportunos. 

No por eso el Directorio de Buenos Aires considera 
como enemigo al portugués invasor. Kra el enemigo 
de Artigas; era, pues, su amigo, su aliado, aun dentro 
de su territorio. 

No importa: Artigas inicia su última campaña; 
busca una victoria que combinar con las que obtienen 
sobre Buenos Aires sus capitanes; él sabe que Puey- 
rredón tenía razón cuando decía a San Martín «que al 
hombre que pierde, todos le huyen la cara». Necesita, 
pues, una victoria, para ir a recoger el fruto de las que 
obtienen sus tenientes: el concurso que le debe el 
pueblo argentino contra el extranjero. 

¿Dónde hallar ese triunfo? 

Bl héroe concentra sus diezmadas tropas en el 
Norte, en el Queguay; Rivera está a su lado; tiene 
1.200 hombres. La valle ja forma su vanguardia. Otor- 
gues está más al Norte, sobre el Cuareim, en observa- 
ción de Curado. 

Este último avanza, por fín, hacia el Sur, con su for- 
midable ejército. lyavalleja, el temerario I^avalleja, 
le sale al encuentro. Personalmente, y sin precaucio- 
nes, pues se juzga invulnerable, se lanza en persecu- 
ción de las avanzadas enemigas, a las que persigue 
cuatro leguas. Penetra en pos de ellas al galope, y se 



296 I,A EPOPEYA DE ARXIGAS 

encuentra metido entre el grueso de las fuerzas con- 
trarias, ¡El imprudente Lavalleja! Quiere entonces 
retroceder; pero es tarde; está rodeado, con sus pocos 
compañeros, por un regimiento enemigo. Espolea, 
sin embargo, a su caballo jadeante; pero éste queda 
inmóvil; un temblor recorre su piel llena de espuma. 
Las boleadoras, el arma primitiva, formada de tres 
bolas de piedra unidas por tres largas trenzas de cue- 
ro, se han desprendido de su propia montura, y se 
han agarrado como serpientes a las patas del ani- 
mal, que se encabrita, con la nariz dilatada y los 
ojos inyectados. I^avalleja desmonta de un salto, a 
cortar con el cuchillo aquellos grillos del animal... 
Ltos corta, pero ya no es tiempo de volver a montar. 
El futuro jefe de los Treinta y Tres queda prisionero 
del enemigo, que lo envía a Río Janeiro. 

Casi al mismo tiempo, lucha Otorgues, allá en el 
Cerro Largo, con las fuerzas de Bentos Gonzálvez. 
También es hecho prisionero el incansable Otorgues, 
y ahí concluye su nebulosa historia. Llevado a Río 
Janeiro, regresa a la patria tres años después; su 
figura se disipa para siempre; muere ignorado, en 
Montevideo, en 1831. ¡Luchó mucho, sin embargo, 
por la patria! 

Rivera, Latorre, Ramos, Manuel Francisco Arti- 
gas, Bernabé Rivera quedan en torno del héroe; ellos 
y el pueblo oriental, que está dispuesto a morir en 
la fe del patriarca; que sigue muriendo frente al ene- 
migo. 

Para haceros oir en toda su extensión, y como un 
grande acorde, el sonar de este momento, sería ne- 
cesario que os hiciera escuchar conjuntamente, amigos 
míos, las batallas que, en la Banda Occidental, Hbran 
los capitanes de Artigas contra Buenos Aires, y las 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 297 

que éste empeña, en la Oriental, contra el portugués. 
Son conjuntas; es la misma batalla. Artigas, de este 
lado del Uruguay, no está en el caso de sus capitanes 
de la ribera opuesta; él está solo con el portugués 
constantemente renovado. Pero su esfuerzo no de- 
crece; lucha como la fiera acorralada; da y recibe 
golpe tras golpe. Sentid algunos. Es el 4 de junio de 
1 81 8. Artigas está en su campamento del Queguay; 
sus soldados duermen en medio de la obscuridad. 
El general Bentos Manuel Riveiro sorprende el cam- 
pamento, lo dispersa, y se apodera de dos piezas 
de artillería; toma prisionero al delegado don Mi- 
guel Barreiro, que allí se encuentra, y lo remite a 
Montevideo. Esto sucedía a la madrugada. Cuatro 
horas más tarde, cae Rivera con 500 hombres sobre 
el vencedor, lo pone en derrota, le mata las dos ter- 
ceras partes de sus hombres, le arrebata sus caba- 
lladas. Bentos Manuel huye a pie por entre el monte 
vecino. 

La Colonia, entregada por un enemigo, está en 
poder de los portugueses, que consuman depreda- 
ciones vandálicas sobre las poblaciones circundantes 
indefensas. Éstas llaman a Artigas, que acude al 
punto; manda al comandante Ramos, con 300 hombres 
de las milicias de Soriano. Ramos es atacado por el co- 
ronel Gaspar. Un sangriento combate se traba allí. 
La división portuguesa es batida; Gaspar muere en 
la refriega; los prisionero^ son enviados a Artigas. 
Acude Lecor, que eu\ía por mar al general Pintos, 
con 1. 000 hombres, a la Colonia. Éste realiza una 
excursión innocua; llega a San José, y regresa por 
tierra a Montevideo, llevando, como trofeo de su es- 
téril batida, a cinco damas, esposas de otros tantos 
patriotas en armas, que son eucerra das en la ciudadela. 



298 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Artigas, después de su sorpresa del Queguay, rehace 
y refuerza su ejército, para batir a Curado, que avan- 
za hacia el Sur. Éste está acampado en la barra del 
Rabón, arro vuelo que desagua en el Río Negro. Ar- 
tigas destaca contra él a Rivera, con mil setecientos 
hombres, a tentar con audacia una sorpresa; la ex- 
trema vigilancia del disciplinado ejército portugués 
la hace imposible. Tres mil ochocientos hombres de 
la bizarra caballeiía riograndesa, la mejor del conti- 
nente, dice Rivera en su autobiografía, persiguen a 
éste, a las órdenes del teniente general Juan de Dios 
Mena Barreto. I^a retirada de Rivera es famosa en 
la historia: la retirada del Rabón. Comenzó al salir el 
sol y terminó a las cuatro de la tarde. En un trayecto 
de 60 kilómetros, Rivera perdió sólo 12 soldados y dos 
oficiales; él personalmente cubría con su poncho las 
retaguardias, infundía en sus soldados su propio 
aliento, daba alas a sus centaiuros. 

Y mientras tanto, diez, veinte, cien partidas ais- 
ladas acosaban por todas partes al ejército enemigo; 
los combates se repetían. En uno de ellos, cae pri- 
sionero Manuel Francisco Artigas; en otro es Bernabé 
Rivera, hermano del gran caudillo, el que cae en poder 
del enemigo. 

Andresito, I^avalleja, Otorgues, Barreiro, Rivera, 
Manuel Artigas, ¿qué va quedando en la patria?... 
Queda todo. 

Ahí está Artigas, el Grande, que reconcentra todos 
sus elementos, y prepara su campaña definitiva. 
Comienza el año 1819. Una gran \ñctoria, la de Santa 
María, le espera aún. 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 299 



IX 



Imaginaos, por consiguiente, mis amigos, el ren- 
coroso despecho de la oligarquía de Buenos Aires, 
contra ese Anteo infernal, hijo al parecer, de madre 
divina, y contra ese pueblo que no tiene, al parecer, 
corazón en que ser definitivamente herido. ¿Hijo 
también de diosa, acaso?... ¿Fundador de raza? ¡Oh, 
viejo Eneas! 

El despecho del Directorio contra ese pobre pueblo 
que no se resuelve a morir, entristece el ánimo del 
pensador. Es pasmosa, mis amigos, la negra ofusca- 
ción dol espíritu de Buenos Aires, encarnado en Puey- 
rredón en ese momento histórico. Esos hombres no 
ven con los ojos, no tocan con las manos. Movidos por 
un vértigo, no distinguen otra cosa que la odiosa for- 
ma de Artigas frente a ellos, y sólo consultan el odio 
que les inspira ese solitario vidente, por no aceptar 
la muerte con su pueblo. Su heroísmo es un escán- 
dalo. Todo lo demás desaparece para aquellos hom- 
bres: destruir a Artigas, ahogar para siempre su es- 
píritu, es la obra primordial. 

Se acuerda entonces una nueva expedición, una su- 
prema tentativa contra la pro\dncia de Santa Fe, 
cuya pasión por Artigas corre parejas con la de los 
mismos orientales. En ese asalto se concentran todas 
las energías de la nación; todo se sacude, y se irrita, 
y se exacerba en aquel pueblo, al que se inocula el 
virus de una convulsión mortal. Todo se abandona: 
defensa nacional en la frontera del Norte, sosteni- 
miento de Chile, expedición al Perú, todo, con tal de 
aniquilar a Artigas. 



3<JO r,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

No OS podéis imaginar, mis amigos, el encarniza- 
miento de esa campaña. 

Todos los ejércitos: el de Bueno» Aires, el auxi- 
liar del Alto Perú, que está al mando de Bel grano, 
el de las provincias centrales y andinas, el mismo de 
San Martín; todos los generales: Balcarce, Viamont, 
Belgrano, el glorioso Belgrano, vencedor en Salta 
y Tucumán, I^amadrid, Arenales, todos son llamados 
y lanzados sobre Artigas, en el occidente del Paraná. 
Es indispensable aniquilarlo, porque las gestiones 
diplomáticas en Europa llevan buen camino y se 
precipitan. En esos momentos, Pueyrredón sueña en 
el Duque de Orleans. 

Y Artigas va a triunfar, sin embargo. Sus hombres, 
Ramírez y I/5pez, van a vencer en sus provincias; 
a pasar la frontera de la de Buenos Aires; a penetrar en 
ésta con la bandera tricolor, y a apoderarse de la 
capital. Atarán sus caballos sudorosos en la verja 
de la Pirámide de Mayo. 

Y de allí comunicarán a Artigas, el derrotado en 
su tierra oriental, la victoria de su visión. 

Todo esto es susceptible de muchos detalles; los hay 
llpnos de color y de interés sociológico, que en este 
caso se confunde con el estético. ; Cuáles elegiré de 
entre ellos para trazaros la línea fundamental, el 
movimiento personal, el espíritu palpitante y de 
gesto escultórico de esos años i8 y 19, y del desen- 
lace de este drama en el derrumbe del año 20?... 



X 



Veamos algo de la campana que ha iniciado Puey- 
rredón contra Santa Fe. Ésta se abre en noviembre 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 30 1 

de 1818, paralela a la última que va a emprender 
Artigas contra el portugués. Van sobre la provincia 
4.000 hombres, lo más granado de las fuerzas nacio- 
nales; ocho piezas de artillería. Una escuadrilla de 
dos bergantines, una goleta y varios lanchones arti- 
llados navegan por las aguas del Paraná. Todo al 
mando del general don Juan Ramón Balcarce, sol- 
dado de la batalla de Tucumán. Con éste iba Hereñú, 
que venía del Este de Entrerríos, y Bustos, que pro- 
cedía de Córdoba, de la provincia occidental a Santa 
Fe, con las milicias de esa provincia, con las fuerzas 
de Mendoza y San lyuis, y con una división, que debía 
incorporarse, enviada por Belgrano, al mando de 
I^madrid. El territorio entero converge armado a 
Santa Fe. 

Ved ahora el carácter de esa invasión. 

Las instrucciones que recibió Balcarce eran análo- 
gas a las que llevaba Borrego, contra la Banda Orien- 
tal, en la campana del Guayabo. Como en ésta a los 
orientales, era preciso exterminar allá a los santafe- 
cinos. «I/as santafecinos que se sometan, decían las 
instrucciones, serán tratados con consideración; peto 
a condición de ser transportados a la nueva línea de 
frontera, o a la capital, bajo la vigilancia militar.)) 
Eso, los que se sometan. ««Si se resisten, agregaban las 
instrucciones, deben ser tratados militarmente, como 
rebeldes, imponiéndoles sin dilación la idtima pena, 
lo mi^mo que a los que en adelante se subleven.^ 
«Era, dice Mitre, un plan de conquista, de despobla- 
ción y de exterminio.» 

¿Serían realmente dignos de esa pena los liabitan- 
tes de Santa Fe, por el crimen de creer en Artigas?... 
¿Y con qué repoblará Buenos Aires ese territorio, 
una vez que lo extermine, realizando sus justicias, y 



302 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

tenga que presentar al rey de buena cepa, cuya coro- 
nación gestiona en Europa, el conjunto de sus vasa- 
llos americanos?... 

lyópez, el personaje reinante en Santa Fe, el brazo de 
Artigas en esa lucha, salió al encuentro de la invasión. 
Su ejército fantástico se lanzó, como un enjambre 
irritado, sobre Bustos, que venía del Oeste, y lo des- 
barató, dejando libre su flanco; retrocedió en seguida 
sobre Balear ce, que venía del Sur, acosó su ejército 
a fuerza de correrías, de aparecer y desaparecer, como 
bandada de pájaros; lo desorientó. Balcarce se diri- 
gió a la ciudad de Santa Fe, y llegó a ella, después de 
un combate en que, aunque vencedor, se vio vencido, 
y acampó a una legua de la población que, tres años 
antes, Díaz Vélez había devastado y ultrajado en 
la forma que sabéis. I^a ciudad estaba desierta; el 
enemigo de Buenos Aires no aparecía por ninguna 
parte; se lo había tragado la tierra o sorbido el mato- 
rral. Balcarce lo sintió de repente por la retaguardia 
como una furia brotada del suelo. Su comunicación 
con Buenos Aires estaba interceptada. Aislado, sin 
plan, sin caballos, sin medios de subsistencia, se sin- 
tió vencido, y resolvió volverse por donde había ve- 
nido. Se fué, como Alvear de Montevideo; como Díaz 
Vélez de la primera irrupción a Santa Fe; como el 
otro Balcarce y Viamont, de Entrerríos. Y recordan- 
do las instrucciones de su gobierno, anunciaba su reti- 
rada diciendo, para excusarse de no haber llenado bien 
esas feroces instrucciones: «En otra ocasión manifes- 
taré las poderosas razones que he tenido para no 
destruir la ciudad de Santa Fe y causar el último mal 
a las familias honradas que han quedado». 

Artigas, a la par que sostenía su resistencia en la tie- 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 303 

rra oriental, era también el alma de la occidental; 
era su caudillo, y su caudillo en acción. No bien supo 
la retirada de Balcarce, que dejaba libre la navega- 
ción del río Paraná, ordenó que todos los elementos 
disponibles de Entrerríos y Corrientes cruzaran el 
río, en auxilio de Santa Fe. Ramírez hizo pasar 200 
hombres; Andresito, por orden de Artigas, envió a su 
segundo, el irlandés Pedro Campbell — que de soldado 
de Beresford había pasado a ser jefe de Artigas, — con 
600 hombres, y una escuadrilla de siete lanchas y 
doce canoas. Esta escuadrilla, tan llena de carácter, 
llegó a Santa Fe, enarbolando la bandera de Artigas, 
El pueblo santafecino, que temblaba ante un nuevo 
asalto de los soldados de Buenos Aires, la vio apare- 
cer entre las islas del Paraná como una visión, y se 
agolpó a recibirla en triunfo, y con transportes de 
alegría, al grito de ¡Viva la Patria Oriental' 
I" ¡I^a Patria Oriental! ¡Pobre Patria Oriental! Se sos- 
tiene a fuerza de derramar su última sangre, y es 
todavía aclamada como la salvadora. 

Campbell, con los elementos que traía, dio el últi- 
mo golpe a Balcarce, quien, dejando la provincia de 
Santa Fe «en la última necesidad», como él mismo de- 
cía a su gobierno, se había refugiado en el Rosario. 
Balcarce se fué, por fin, también del Rosario. Allí 
cumplió sus instrucciones: incendió la población, 
que quedó reducida a cenizas. Sobre éstas se levanta 
hoy la segunda magnífica ciudad de la República 
Argentina. 

El Directorio no desistió, por esos contrastes, de 
su empresa de conquista; envió, en reemplazo de Bal- 
carce, que renunció su cargo, al general Viamont. 
De nuevo a Viamont! Al mismo tiempo, Belgrano, 
con el ejército del Alto Perú, cumplía la orden de 



304 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

abandonarlo todo, de dejar al español a su espalda, 
y acudir a la destrucción de Artigas. El vencedor de 
Tucumán y Salta tomaría el mando de ambos ejér- 
citos. Más de 7.000 hombres, venidos del Sur y del 
Oeste, convergían simultáneamente sobre la provin- 
cia de Santa Fe. 

San Martín, no. San Martín se siente llamado por 
otro lado. El gobierno le ordena venir sin dilación, con 
insistencia, con imperio; todo debe concentrarse, ago- 
tarse en la empresa de sojuzgar las provincias; pero 
San Martín no viene a destruir a Artigas. No, no 
\dene; desobedece; se prepara a ir al Perú, donde le 
llama su visión; salva el ejército que ha formado; 
lo salva para la causa americana. 

Belgrano obedeció, porque tenía la convicción 
firme, honrada, de que sólo la monarquía, el prín- 
cipe deseado, el hombre de sangre real, con sus pala- 
freneros y banda de chirimías, podía ser el núcleo de 
la nueva patria, y de que, para ello, era necesario 
extirpar el espíritu republicano de Artigas, que era 
la rebelión. «Esta guerra no tiene transacción posi- 
ble, dice; los que están a mi frente, son gente de des- 
orden, y ellos correrán luego que vean mis tropas.» 

Y se pone en marcha. 



XI 



He ahí otra vez a López en campaña, contra la nue- 
va invasión; ha recibido 800 hombres de Entrerríos, 
a las órdenes del hermano materno de Ramírez, López 
Jordán. Con eso, y lo de Campbell, forma rm ejército 
de 2.000 combatientes. Interpuesto entre Viamont^ 
que viene del Sur, y Belgrano, que busca su incorpo- 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 30 5 

ración bajando del Oeste, de Córdoba, el ágil y audaz 
guerrillero atrae hacia sí las dos vanguardias del ene- 
migo, las aleja del grueso de ambos ejércitos, y las 
deshace. El choque decisivo tuvo lugar el 10 de mar- 
zo de 1819. Viamont, anonadado, se dirige a Belgtano, 
que, con su ejército de 3.000 soldados, se encamina 
a Santa Fe. 

Belgrano no está menos desorientado que Viamont. 
«Bs urgente concluir con esa desastrosa guerra, por 
cualquier medio», escribía al gobierno. «Todo es de- 
solación y miseria... Para esta guerra ni todo el 
ejército de Jerjes es suficiente. El ejército que mando 
no puede acabarla; es un imposible; podrá contenerla de 
algún modo; pero ponerla fin, no lo alcanzo, sino por 
un avenimiento. No bien habíamos corrido a los que 
se nos presentaron, ya volvieron a presentarse a nues- 
tra retaguardia, y por los costados. I^a movilidad es 
dificilísima; los campos son inmensos... ¿De dónde 
sacamos caballos para correr por todas partes?... Si 
los factores de esta guerra no quieren concluirla, ella 
no se acabará jamás.» Imaginad, amigos míos, todos 
esos elementos organizados contra el extranjero, en 
torno de Artigas, de nuestro Bolívar, y decidme qué 
hubiera podido hacer España y Portugal y toda la 
Europa coaligada para extirpar la revolución de Mayo. 
¿Para qué buscaban reyes esos hombres, contando 
con ese pueblo invulnerable conducido por Artigas? 

El quebrantado general Belgrano ordena, sin em- 
bargo, a Viamont, que se sostenga hasta realizar la 
junción de los dos ejércitos. 

Tal y tan angustioso era el momento, cuando Via- 
mont ve llegar a su campo, como caído del cielo, un 
parlamentario de I^ópez, con la proposición de entrar 

T. 11.-20 



306 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

en negociaciones, de celebrar un armisticio que con- 
duzca a la paz. 

¿Qué ha sucedido?... López había interceptado co- 
municaciones de San Martín al gobierno de Buenos 
Aires. Por ellas supo que el general de los Andes ha» 
bía repasado la cordillera, de Chile a Mendoza; y el 
caudillo santafecino creyó que el héroe de Chacabuco 
y Maipú se resolvía, por fin, a obedecer; que, unido a 
Belgrano, iba a caer sobre él. No era así. San Martín 
no pensaba en tal cosa. En esas sus idas y venidas al 
través de los Andes, era llevado y traído por su vi- 
sión profética; todo eso no era sino tma comedia, sin 
más objeto que el de obligar al gobierno de Chile, que 
estaba vacilante, a realizar la expedición al Perú, 
amenazándole con retirarse con su ejército auxiliar 
si así no lo hacía. San Martín no obedece, no obede- 
cerá al Directorio, que lo llama a la lucha contra el 
pueblo americano. 

Pero Ivópez creyó en su venida, y envió sus parla- 
mentarios. Viamont respiró al verlos; los recibió; 
pactó inmediatamente con ellos un armisticio de ocho 
días, el tiempo preciso para recibir la aprobación de 
Belgrano. Ésta llegó sin demora. Belgrano, en marcha 
de Tucumán desde el i.° de febrero, había recibido 
noticias de que una invasión española venía por el Nor- 
te, que él había dejado a su espalda sin más resistencia 
que los animosos gauchos de Güemes, y expuso al 
gobierno la conveniencia de acudir allá, con una parte 
de sus fuerzas, con i.ooo hombres. No, le contestó 
Pueyrredón; no piense usted en más enemigo que Ar- 
tigas; ante todo, es preciso destruir a Artigas; todo 
contra él, todo a Santa Fe. Pueyrredón contaba, como 
sabemos, con las negociaciones diplomáticas, y no 
con la guerra. Ya hemos visto cómo no le era grata 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 307 

la expedición de San Martín a Chile, ni mucho menos 
el proyecto de ir al Perú. Artigas es, pues, sin duda 
alguna, el enemigo, no el español. 

Belgi'ano continuó su marcha hacia el litoral; pero 
ese hombre de bien, que había partido en la seguridad 
de que su adversario iba a correr a su presencia, es- 
taba ya convencido de que el enemigo que tenía al 
frente era algo más que una montonera; era la Natu- 
raleza rebelada contra los cálculos humanos. 

Belgrano había abierto los ojos; ima inmensa tris- 
teza se había apoderado de aquella alma, tan grande 
como su tristeza. Porque Belgrano, os lo repetiré 
cien veces, era un alma honrada. Vio la verdad, 
cuando ya la muerte habitaba en su cuerpo enfermo. 
Aquel pueblo que luchaba era una reahdad. No, no 
era cierto que el espíritu de Artigas fuera un genio 
infernal; era falsa, sobre todo, la leyenda, fraguada 
en Buenos Aires, según la cual él era el malo, el faci- 
neroso que arrastraba forzados a los pueblos, mien- 
tras que los elementos de Buenos Aires eran los 
buenos, los representantes de la civilización y la 
humanidad. Belgrano sabe 3'a que eso es mentira. 
Ved el precioso testimonio de esa su convicción, que 
el grande hombre nos dejó a los orientales. 

Como se encontrara sin recursos para sostener su 
ejército, los pidió a Buenos Aires. Se le contestó que 
usara de la propiedad particular donde la encon- 
trase. Belgrano se resistía a ello; repugnaba a su ca- 
rácter... Se le dijo entonces, en una extensa nota: <Si 
el medio ése le repugna, no hay otro; el tesoro está 
exhausto; desengáñese, señor general, es preciso 
vencer o morir... I^os orientales nos han hecho ven- 
tajosamente la guerra, porque no pagan a sus tropas, 
ni satisfacen el precio de los artículos que arrebatan 



308 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

para su subsistencia. Sin embargo, cuentan con los 
brazos de aquel territorio, a los que obligan con el 
terrorismo a llenar su objeto.» Eso es lo que decía Bue- 
nos Aires a todo el mundo. 

Pero Belgrano no pensaba ya así. 

Es preciso que conozcáis, mis amigos artistas, la 
contestación de Belgrano; sus palabras son el legado 
que nos ha dejado a los liijos de Artigas, poco antes 
de morir. «Demasiado convencido estoy, contesta 
a su gobierno, como lo he estado desde el principio de 
nuestra gloriosa rcivolución, de que es preciso vencer 
o morir, para afianzar nuestra independencia; pero 
también lo estoy de que no es el terrorismo el que pue- 
de cimentar el gobierno que se desea, y en que nos 
hallamos constituidos. Taynpoco deben los orientales 
al terrorismo la gente que se les une, ni las victorias 
que los anarquistas han conseguido sobre las tropas 
del orden. Aquélla se les ha aumentado }' los sigue por 
la indisciplina de nuestra tropa y los excesos horroro- 
sos que ha cometido, haciendo odioso hasta el nombre 
de patria. La menor parte la ha tenido el terror en la 
agregación de hombres y familias; las victorias, menos.i> 

Además de esa convicción sobre esas tropas del orden 
que cometen excesos horrorosos, Belgrano adquirió la 
de que era imposible vencer a Artigas con ejércitos; 
a su lado estaban los pueblos dispuestos a morir. Ni 
Buenos Aires ni nadie los hubiera vencido. 

Belgrano aprobó, pues, el armisticio concertado 
por Yiamont con los parlamentarios de López. 

El 12 de abril de 1819 se abrieron las negociaciones 
de paz, a las que concurrió el jefe de Estado Maj^or 
de Belgrano, don Ignacio Álvarez Thomás, y, por 
parte de López y siis aliados, los señores Gómez y 
Urtubey. Según aquéllas, el armisticio continuaría; 



ENEMIGOS DíTERIORES Y EXTERIORES 309 

las tropas de Buenos Aires abandonarían inmediata- 
mente la provincia de Santa Fe. 

Viamont se fué hacia el Sur, hacia San Nicolás; 
Belgrano hacia el interior, a la Posta de Arequito, que 
será famosa, como lo veréis; allí será depuesto por sus 
mismos jefes amotinados; por el general Paz especial- 
mente, insigne capitán de las tropas del orden. I^ópez 
se retiró hacia el Norte, al otro lado del Salado, donde 
licenció a sus aliados de Entrerríos v Corrientes. 



XII 



Pero esa guerra de Santa Fe, que no sin meditado 
propósito os he hecho conocer con más detalles de lo 
que parecería necesario, tenía, como bienio sabéis, sus 
raíces mu}^ hondas, y agarradas a la esencia délas co- 
sas. No podría tenerse por hombre serio a quien vie- 
ra en ella sólo un resultado del querer arbitrario de 
dos o tres o diez personajes reinantes, en la región 
de A o B. Esa guerra era un simple episodio de la pug- 
na entre dos espíritus: la fe y el escepticismo; el ger- 
men de la democracia republicana y la aristocracia 
monárquica. 

Y el depositario del espíritu motor; el héroe con- 
ductor de todos los que, por instinto, se sentían arras- 
trados por la ráfaga polar, estaba más allá de Santa 
Fe: sostenía la lucha heroica de la Patria Oriental con 
el portugués. 

Y esa Patria Oriental era algo más que aliada de las 
provincias occidentales; era la nebulosa espiral gene- 
ratriz del sistema republicano, en formación más o 
menos caótica. 

Es preciso, mis amigos artistas, que haga penetrar 



310 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

en vosotros, con mucha energía, esa idea que, con ser 
protagonista, se ha hecho destacar muy poco en la 
historia de las provincias argentinas, hoy agrupadas 
en organismo federal. I^os más sinceros historiadores 
de esos estados, aun los apologistas de su ingénita 
autonomía y del esfuerzo de sus animosos caudillos 
contra la absorción de Bueno? Aires, no miran aún 
con intensidad a Artigas. Sea que sientan el influjo 
de la tradición bonaerense, que les desfigura o ani- 
quila la propia; sea que teman debilitar la luz de 
sus personajes reinantes con la presencia del héroe 
que les presta su luz refleja, no parecen ver al que 
es gloria común de todos los pueblos argentinos, 
andinos y platenses, orientales y occidentales. 

Si yo hubiera de dedicar, mis bravos artistas, estas 
lecciones o conferencias que os doy, a otros que no 
fuerais vosotros mismos, yo las ofrecería especialmen- 
te, y con gran ingenuidad de corazón, a ese pueblo ar- 
gentino, nuestro hermano. Es al pie de la estatua de 
Artigas, que está oculta en el bloque de mármol que 
vais a despertar, donde el pueblo oriental y el argen- 
tino deben reconocerse y amarse. No importa que haya 
que rectificar algunas páginas de historia, inspiradas 
en pasiones o en errores que pasaron; no importa 
que el héroe haya nacido en tierra oriental, que es 
también argentina, tierra del Plata, I^a madre Gloria 
es magnánima; muchos hijos caben en su casa, y pue- 
den comer de su pan sin levadura, alimento de los 
pueblos. El trabajo será noble, y sano, y digno de 
corazones fuertes. Que sólo la verdad y la justicia 
nos harán libres. 

Yo he procurado, en general, en mis conversaciones, 
ahorraros la molesta labor de examinar documentos; 
los he estudiado para vosotros, y os he puesto en mi 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 31 1 

palabra el alma de los papeles, de los que tienen alma, 
cuando menos. Pero ahoia, para que os penetréis 
bien de cómo Artigas es eso que os he dicho, el pen- 
samiento y la acción, el aliento y la fortaleza, el 
poder ignoto que todos los caudillos populares argen- 
tinos reconocen y acatan, libre y necesariamente, 
creo de gran conveniencia imponeros el trabajo de 
leer directamente algtmos documentos, relativos a 
los sucesos que acabo de narraros, y a los que vamos 
a conocer. 

Entre otros muchos papeles viejos, conservamos 
en nuestra Biblioteca Nacional una larga correspon- 
dencia, no incorporada hasta ahora a la historia, 
mantenida por Artigas, de 1817 a 1819, con los Cabil- 
dos de Santa Fe y sus gobernadores, don Mariano 
Vera, don Manuel 1,. Aldao y don Estanislao López, 
mientras se desarrollaba la guerra con el Directorio. 
Os la haría conocer íntegra, si ella cupiera en nuestros 
propósitos, porque en ella se ve pensar y moverse 
al héroe. 

Pero, pues es demasiado larga, leamos jtmtos al- 
gtmos de sus fragmentos. Tengamos paciencia, ami- 
gos; es indispensable empapelarse la memoria, dejar 
en ella, cuando menos, la impresión, más aún que 
el contenido, de los docimientos. No sea que se nos 
diga que no somos serios. Conozcamos, por ejemplo, 
esta nota que Artigas dirige a "\^era, gobernador de 
Santa Fe, en febrero de 1817, precisamente cuando 
los portugueses se apoderan de Montevideo, después 
del desastre del Catalán: 

«A pesar de los contrastes, nuestros esfuerzos se- 
rán enérgicos y sostenidos; no será tan fácil al ene- 
migo adelantar sus proyectos impunemente... La 
suerte nos ha desairado; pero ella puede cansarse de 



313 líA EPOPEYA DE ARTIGAS 

sernos ingrata. Por lo menos, nuestra constancia debe 
creerse superior a los contrastes, y las glorias de Orien- 
te sólo terminarán con la muerte de sus héroes.» 

El gobernador Vera da cuenta a Artigas de sus ac- 
tos, del rechazo de ViamontyDíaz Vélez, del resultado 
de las misiones de Castex y el deán Funes, etc. El 
protector los aplaude y confirma. «Todos estos pasos, 
le dice, afianzarán la más íntima unión, y los sucesos 
irán acreditando cuánto son poderosos, para hacer- 
nos respetar de nuestros comunes enemigos.» 

No echemos en olvido la carta, que hemos leído, 
dirigida por Artigas a Güemes, en que lo estimula a 
seguir conteniendo al español en el Norte, mientras 
él contiene al otro extranjero en el Sur, y le hace es- 
perar la libre organización democrática délos pueblos, 
después de la victoria. 

Con fecha 7 de noviembre del mismo año 17, Ar- 
tigas previene a Vera, como lo ha hecho con Güemes, 
contra los planes de Buenos Aires sobre las pro\4n- 
cias: «Tome sus medidas de precaución, le dice, y 
vele la conducta de los que deben llegar ahí, o al Pa- 
raná. El mismo encargo hago con esta fecha al señor 
Comandante de Paraná. 

»Hereuú nos ha perturbado el orden, por encubrir 
su delito; pero ya he tomado mis providencias más 
activas para su aprehensión y la de sus cómplices. Hoy 
mismo paso gente a Entrerríos con ese objeto. 

»Ramírez me dice que, en virtud de mis órdenes, 
franqueó a V. S. 200 hombres. Si necesita más, pida 
de la gente del Paraná, que por ahora se halla sin 
mayor fatiga. 

»Insto a Ramírez cargue sobre el Uruguay, a pro- 
teger las costas de esta Banda.» 

Aquí tenemos una comunicación que dirige, desde 



ENEmGOS INTERIORES Y EXTERIORES 3I3 

SU cuartel general, en septiembre de 1818, al Muy 
Ilustre Cabildo de Santa Fe: 

«Sin embargo de que el Entrerríos demanda algún 
cuidado, ordeno a Ramírez, con esta fecha, que toda 
la división del Paraná, al mando de Rodríguez, la haga 
marchar volando al Paraná. Al presente no puedo dar 
todo el vuelo a mis deseos. Considere V. S. las circuns- 
tancias que me rodean: mi empeño por la destrucción 
de este enemigo (el portugués), a cuya sombra Buenos 
Aires se ha obstinado enla guerra más injusta y cruel... 
Yo protesto ante V. S., ante las aras de la Patria, y 
por lo sagrado de mi honor, que no perderé de vista 
la protección de Santa Fe, según la fortuna nos vaya 
preparando lo favorable de algún momento.» 

Y el 30 de noviembre de 1818, escribe al mismo 
Cabildo, entre otras cosas, al aplaudir sus triunfales 
resistencias, que le son comunicadas después de 
Fraile Miierto: «Nada es para mi tan satisfactorio 
como ese acto de heroísmo. Luego que todas las provin- 
cias se hallen revestidas de tan noble decisión, todas 
entrarán en su turno Por el camino de la felicidad... 
Está visto que la Providencia vela por nuestra conser- 
vación, y que la justicia de los pueblos se hace res- 
petar. 

oPor lisonjera que haya sido la combinación del 
gobierno de Buenos Aires con el del Brasil, ambos 
advierten fallidas sus esperanzas. 

»Iá)s portugueses, en unión con Buenos Aires, no 
han podido lograr su proyecto, después de dos años y 
medio de guerra. ¿Cómo podrán asegurarlo solos, 
intimidados y cada día más débiles? 

»Es de necesidad la unión de todas las provincias, 
agrega; córrase el velo que hasta hoy ha ocultado este 
misterio de iniquidad. Despliégúense las ideas que 



314 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

harán feliz a la América del Sur. Sea ella libre de los 
extranjeros; desterremos de nuestro suelo hasta el 
polvo de los antiguos despotismos, y la posteridad 
agradecida reconocerá a sus bienhechores.» 

Artigas ha recibido los partes de los combates li- 
brados contra Buenos Aires, y la noticia de los triun- 
fos que os he hecho conocer. 

Con ese motivo, se dirige a Aldao, gobernador in- 
terino de Santa Fe, y a Estanislao I,ópez, gobernador 
efectivo. 

«He recibido, dice al primero, sus apreciables del 
30; que me incluye Ramírez. Por ellas he visto la ener- 
gía de los santafecinos. Ella será insuperable. Parece 
que la obstinación de los tiranos no hace más que 
reanimar el espíritu de los libres. ¡Gloria inmortal al 
pabellón tricolor! 

»A Ramírez oficio para que no demore un punto el 
auxilio que pide V. S.... Depóngase todo espíritu de 
partido, y trátese sólo de contrarrestar a los tiranos. 

^Vencida la división que se apoyaba en Córdoba, los 
cordobeses no deben ser indiferentes... Sobre este par- 
ticular, oficio a López y a ese Muy Ilustre Cabildo... 
Iva seguridad de ustedes mismos reclama la concen- 
tración de los esfuerzos de las demás provincias. 
De Córdoba no dudo, presentándosele ocasión tan 
oportuna. 

»Celebro que Santiago se halle tan decidido, tan 
empecinado en proteger nuestros esfuerzos, y tan re- 
suelto en favor de la salud general. 

»Avíseme V. S., termina esa nota, de cualquier mo- 
mento de apuro o de ventajas, para medir yo mis 
providencias. Yo haré lo mismo de las ocvirridas por 
acá. La Providencia vela por nuestra conservación, 
y nada hay que temer, sino faltar a los sentimientos 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 315 

que inspiran el honor, la razón y la suerte de América.^ 
A don Estanislao López lo felicita por sus triunfos; 
y después de exponerle la injusticia con que Buenos 
Aires, aliado al portugués, trata de substituir el anti- 
guo tirano por uno nuevo, le dice: «Sea todo el empe- 
ño de V. S. recordar a las provincias el deber sagrado 
de perseguir a sus opresores. Ellas deben reconocer 
que, habiendo sido violados sus derechos y los de la 
nación, son los jueces para residenciar al gobierno de 
Buenos Aires, y al Soberano Poder Representante, 
Ellas deben armarse, hasta no ver asegurado el objeto 
que hizo a la revolución. V. S. no pierda un momento 
en activar estas reflexiones a los pueblos americanos 
ansiosos de recobrar su libertad. El gobierno de Bue- 
no Aires apura hasta las heces de su iniquidad por 
nuestra perdición; ruego a V. S. quiera manifestar 
a los pueblos lo sagrado de nuestra justicia por la sal- 
vación general de América. Convoque V. S. a los pue- 
blos hermanos a una reunión general, para activar la 
guerra contra la liga de Buenos Aires y el Brasil». 

Temo, mis amigos artistas, que os sea pesada la 
lectura de estos largos, pero preciosos documentos, 
en que se recoge la impresión fundamental que yo 
quiero transmitiros; pero no me es posible dejar de 
haceros conocer algunos fragmentos siquiera de estas 
comunicaciones, en cuyos términos insubstituibles 
está el espíritu del héroe, y se refleja su autoridad y 
su pensamiento. En ellos veréis, además, cómo ese 
hombre extraordinario dirige personalmente, en el 
enorme campo que se extiende del Plata a los Andes, 
la batalla sostenida por, todas las provincias, que tie- 
nen en él clavados los ojos; cómo mueve las masas 
armadas; cómo les marca sus rumbos, las posiciones 
que deben ocupar, las ideas que han de proclamar; 



316 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

cómo les recomienda la humanidad, la economía de 
sangre. Y cómo la palabra cabalística de ese hombre 
solo, que parece un mito, vuela por el aire y engendra 
realidades. Y da lo que el héroe mismo no tiene: fuer- 
za, victoria. 

Habla Artigas al gobernador de Santa Fe, en 27 de 
diciembre de 1818, después de los triimfos de las pro- 
vincias sobre Buenos Aires, y de la renimcia de Puey- 
rredón, que, fenecido el término de su gobierno, 
va a ver substituido por Rondeau. 

«Ya han empezado, dice, por la transformación de 
PuejTredón en Rondeau. El Congreso y todos deben 
dar una satisfacción pública de su delito nacional. 

»Hablo sobre el particular al señor gobernador Ló- 
pez en el adjunto, y encarezco a V. S. ese deber. 
Debe perseguirse a Balcarce, hasta obligarlo a salir de 
la jurisdicción de los arroyos (la línea divisoria entre 
Santa Fe y Buenas Aires); de allí no deben pasar nues- 
tras avanzadas. Sólo debe estimularse la campaña de 
Buenos Aires, y comprometer su vecindario en la unión, 
estimulándolo con mi proclamación. 

»Encargo a López ponga sus partidas en los puntos 
precisos, para cortar toda comimicación de Buenos 
Aires con los pueblos interiores. Prevenga V. S. a 
López que no basta poner una partida por la Esquina: 
es preciso penetrarlas hasta los fortines de la frontera, 
para que por allí no pasen por la pampa los chasquis 
a Chile, ni, por las Guardias del Sauce, a Córdoba y 
Tucumán. 

»E1 señor Comandante general Ramírez me avisa 
que hacía pasar a don Ricardo López, con 400 hombres 
de caballería. Supongo que, a esta fecha, no son pre- 
cisos sobre el Rosario. Éstos, al mando del mismo 
don Ricardo, pueden marchar por el Río Tercero, y 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 317 

alarmando a toda la campaña, llegar hasta Córdoba, 
y deponer allí la dominación porteña, si antes no lo 
han efectuado los cordobeses. 

»Es preciso que, con el mismo objeto, dirija V. S. a 
Santiago sus insinuaciones con mi proclamación. El 
caso es imposibilitar los esfuerzos de Buenos Aires 
y Tucumán, en caso de querer repetirlos contra esa 
heroica provincia, cuya energía y entusiasmo servi- 
rán de modelo a las demás.» 

Veamos ahora lo que dice Artigas, en el mismo 
día 27 de diciembre de 1818, al gobernador López: 

«Acabo de recibir, por conducto del señor Coman- 
dante general, don Francisco Ramírez, los partes y 
comunicaciones de V. S. hasta el 13 del corriente. 
Con ellas, la renuncia precaria del mismo Pueyrredón. 
Son demasiado conocidas sus intenciones para que 
pueda ocultarse el objeto de sus providencias. Ellos 
quieren eludir su delito nacional, con la transforma- 
ción paliativa en Rondeau. 

»Yo supongo en manos de V. S. mi resolución so- 
bre las hostilidades de Balcarce. \ . S. no debe dejar 
de perseguirlo, mientras no salga de la jurisdicción de 
los arroyos. V. S. no debe adelantar un paso de los 
arroyos para adelante. 

j>Entretanto V. S. no debe perder un instante en 
aprovechar el disgusto de la campaña de Buenos 
Aires, echándole las proclamaciones que incluí a V. S., 
y animando sus esfuerzos, hasta comprometerlos, y 
hacerle la guerra con ellos mismos, como ellos lo acos- 
tumbran con nosotros, aunque con un objeto muy 
diverso. 

»E1 caso es tenerlos aislados y dejarlos que ma- 
quinen. El Congreso es tan inicuo como Pueyrredón. 
Ya dije a V. S. en mi anterior, que de ninguna manera 



3l8 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

convenía entrar con ellos en ajustes, por mayores 
que sea,n sus tiansformaciones, sin que se hayan lle- 
nado los votos e interés general de las provincias... 
No hay que acceder, sin que toáoslos gobernantes de 
la época hayan dado una satisfacción de sus inicuos y 
escandalosos avenimientos con los portugueses. 

»Es llegado el día de confusión para Buenos Aires, y 
en que los pueblos deben asegurar su futuro destino, 
sobre la base sólida de la inviolabilidad de sus de- 
rechos. 

»Para ello no es preciso empeñar demasiado la gue- 
rra ni derramar la sangre de los americanos. Expuse 
a V. S. lo bastante sobre este particular. lyo recomien- 
do a V. S. de nuevo, y la mayor actividad en promo- 
ver una alarma general en Córdoba y Santiago del 
Estero. V. S. no debe perder un momento en anun- 
ciarme esos resultados y otros cualesquiera, prósperos 
o adversos a nuestros intereses, para reglar por ellos 
el orden de mis providencias.» 

Quiero, por fin, mis artistas, que conozcáis literal- 
mente este fragmento, cuando menos, de la nota que 
dirige, en 4 de febrero de 1819, al Cabildo de Santa 
Fe: «Excitan a compasión los suspiros continuamente 
exhalados, la sangre derramada y los sacrificios pro- 
digados por la libertad, sin que, por premio de todos 
ellos, veamos renacer siquiera la esperanza de liber- 
tarnos de la esclavitud. Amenaza sobre todas nuestras 
cabezas el yugo más insoportable. V. S. mismo habrá 
oído decir que los pueblos aun laboran en ignorancia; 
que aun no tienen un juicio para sancionar sus de- 
rechos, ni la edad suficiente para su emancipación. 
Conque, en suma, nuestra suerte será la de los africa- 
nos, que, por su ignorancia, viven sujetos al perpetuo 
y duro yugo de la esclavitud. Los pueblos no tienen más 



ENEMIGOS INFERIORES Y EXTERIORES 3IQ 

derechos que los que quiera concederles Buenos Aires, 
ni otra emancipación que estar bajo su tutela. 

»Nada está tan distante del corazón de los pueblos 
que el hacernos la guerra, y los porteños están empe- 
ñados en realizarla con la autoridad de los pueblos. 
Nada es tan obvio a un porteño como no declarar la 
guerra a los portugueses, y nada es tan urgente a los 
intereses de América como declararla.» 

Está bien, mis amigos artistas: creo que con lo leído 
basta, y aun sobra quizá, de eso que ha dado en lla- 
marse documentos comprobantes. 

Estáis más que habilitados para daros cuenta de 
cómo y por qué el armisticio o preliminar de paz 
entre las provincias y Buenos Aires, pactado por 
Estanislao I/Spez, representante de Santa Fe, con 
Viamont y Belgrano, no podía ser íirme y definitivo, 
mientras las demás provincias no enviaran sus ne- 
gociadores, y, sobre todo, mientras no interviniera 
en él Artigas, que es el alma de todas ellas. 

Y bien comprendéis que la exigencia que va a for- 
mular necesariamente Artigas para adherirse al tra- 
tado de paz, tiene que ser, también forzosamente, 
rechazada por Buenos Aires, Artigas es la verdad, 
es la reaHdad escondida en el fondo de las aparien- 
cias. 

¿Cómo podrá adherirse a un tratado que no tenga por 
base la aUanza sincera, leal, de los pueblos argenti- 
nos contra el invasor extranjero, y, por consiguiente, 
la declaración de guerra al portugués? 

¿Y cómo podrá convenir en eso Buenos Aires, si 
precisamente la alianza con el portugués, las com- 
binaciones diplomáticas, son la base de su tenebrosa 
política, como sabemos? 



320 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

«Menos doloroso me hubiera sido un contraste en 
la guerra, escribe el héroe al Cabildo de Santa Fe, 
que ver debilitados los resortes impulsivos de las 
comunes esperanzas.» 

No, Buenos Aires no quiere, no puede querer pacto 
algtmo sincero con Artigas; no puede dar a éste la 
más mínima intervención en sus planes, porque es 
un bárbaro, incapaz de comprender la grandeza de 
un príncipe de la sangre. Todo lo que no sea la su- 
misión incondicional no puede ser aceptado por Bue- 
nos Aires como base de paz. Si lo acepta, en fuerza 
de las circunstancias, no lo hará con sinceridad; será 
sólo apariencia, simulacro. Me parece, mis amigos, 
que habéis visto eso con evidencia meridiana. 



XIII 

Hay alguien, sin embargo, que no cree del todo im- 
posible mi avenimiento con el hombre oriental. Notad, 
mis amigos artistas, algo que no puede menos de in- 
vitar a la meditación: hay un hombre solo, entre los 
proceres de Buenos Aires, que está dispuesto a la 
paz sincera con Artigas, a reconocer en éste tm her- 
mano. ¿Sabéis quién es?... No puede ser más que uno: 
San Martín, el otro rebelde, el de la otra visión, el 
que ya es mirado de reojo por los hombres de Buenos 
Aires por su desobediencia genial que lo Ueva al 
Perú. Hay algo, sin duda alguna, que vincula esas 
dos almas, con ser ellas tan distintas. Es preciso que 
conozcáis, con algún detalle, esta faz del asunto, -gli 

Un mes antes de abrirse las forzadas negociacio- 
nes de Viamont y de Belgrano con López, San Mar- 
tín las había abierto volimtariamente con el mismo 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 321 

Artigas. Él había visto, antes que Belgrano, que aque- 
lla guerra era interminable. Incitó entonces al gobier- 
no de Chile a mediar en la contienda entre Artigas 
y Buenos Aires; consiguió que O'Higgins enviara 
dos embajadores cerca de aquél; los recomendó a su 
gobierno; se dirigió él mismo confidencialmente al 
héroe oriental; le habló de la bajada del ejército 
del Alto Perú, con el cual él contaba para la reali- 
zación de sus grandes planes; de la expedición espa- 
ñola que se proyectaba en Cádiz contra el Río de la 
Plata. «Bien poco me importaría, le decía, que fue- 
ran 20.000 hombres, con tal que estuviéramos unidos...» 
«No puedo ni debo analizar, continuaba, las causas 
de esa guerra entre hermanos. Sean cuales fueren, 
creo que debemos cortar toda diferencia y dedicar- 
nos a la destrucción de nuestros crueles enemigos, los 
españoles, quedando tiempo para cortar nuestras des- 
avenencias.» I^ anunciaba, al mismo tiempo, la par- 
tida de la comisión mediadora de Chile, y terminaba: 
«Mi sable jamás se sacará de la vaina por opiniones 
políticas, como éstas no sean en favor de los españoles 
o su dependencia.» 

Toda la gestión de San Martín fué hecha pedazos, 
con despechada cólera, en Buenos Aires. ¡Si lo había 
sido la del deán Fimes al sólo pronunciarse el nom- 
bre de Artigas! El gobierno impidió el acceso a éste 
de los mediadores chilenos; Belgrano interceptó las 
cartas confidenciales de San Martín al Jefe de los 
Orientales. 

Pueyrredón escribe al vencedor de Chacabuco: «Es, 
sin duda, un falso concepto el que movió y decidió 
al gobierno de Chile a mandar sus embajadores cerca 
de Artigas, y a usted a apoyar esa determinación, de 
oficio y confidencialmente. Ya ha debido usted ver, 

T. U..31 



323 t,\ EPOPEYA DE ARTIGAS 

en esta fecha, que nuestra situación es muy distinta 
de la que se creyó, y que, lejos de necesitar padrinos, 
estamos en el caso de imponer la ley a la anarquía. 

s>Pero prescindiendo de esa actitud, ¿cuáles son las 
ventajas que usted se ha prometido de esa misión?... 
¿Es acaso docilizar el genio feroz de Artigas, o 
traer a razón a im hombre que no conoce otra que su 
conservación, y que está en la razón de su misma 
conservación hacernos la guerra?... Él sabe bien que 
una paz proporciona ima libre 3- franca comunicación, 
y que ésta es el arma más segura y eficaz para su des- 
trucción, porque el ejemplo de nuestro orden destruye 
las bases de su imperio. Esto lo empezó a sentir el 
año pasado y por eso me remitió todos los oficiales 
prisioneros y cerró los puertos orientales a nuestro 
comercio, sin antecedentes ni motivos. De ahí que él 
siempre dice que quiere la paz, pero sujetándola a con- 
diciones humillantes e injuriosas a las Provincias 
Unidas; y de aquí que nunca ha podido celebrarse 
un ajuste permanente con esa fiera indócil. Jamás 
creería que la gestión de Chile había sido oficiosa 
de parte de aquel gobierno, y sí que éste la había 
solicitado por debilidad y temor de su situación. 
Resultaría de ahí un nuevo engreimiento para él 
3^ un ma3-or aHento a sus bandidos, a quienes tendría 
esa ocasión más de alucinar. 

»Por otra parte, ¡cuánto es humillante para nos- 
otros que la embajada se dirija a Artigas para pedir- 
le la paz y no a este gobierno! Esto probaría que aquél 
es el fuerte, el poderoso y el que lleva la opinión a 
su favor, y que nuestro lugar político es subordina- 
do al de aquél. Los extranjeros que vean este paso de- 
gradado para nosotros, dquA juicio formarán?... 

>Hay tantas razones, que no es posible vaciar en 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 323 

lo sucinto de una carta, que se oponen a que se rea- 
lice esa mediación, que me he resuelto a prevenir a 
los diputados que suspendan todo paso en ejercicio 
de su comisión. También lo digo a usted, en contes- 
tación a su oficio.» 

Pue3-rredón no podía, en ese momento, penetrar 
en el alma de San Martín; bien conocía éste las ven- 
tajas de la misión a Artigas. Nadie sino él sabía que 
fueron los gauchos de Güemes los que, guardándole 
la frontera del Norte, impidieron que cuatro mil rea- 
hstas ca3'eran sobre él cuando preparaba en Mendoza 
su gloriosa travesía de los Andes. Y San Martín no 
podía menos de contar con Artigas, como con el 
Bolívar del extremo Sur, para dejar guardadas sus 
espaldas en el Río de la Plata, en caso de una expe- 
dición española por el Atlántico, mientras él mar- 
chaba al encuentro del Boh'var del extremo Norte. 
Sólo San Martín podía ver eso. Que sólo él y Artigas 
son, en ese momento, los iluminados, los conducidos 
por la remota estrella. 

No debéis olvidar, amigos artistas, que en los mo- 
mentos precisamente en que Pueyrredón hacía y 
decía eso, Artigas y sus bandidos eran aclamados en 
el Congreso de Washington, y que era el instante en 
que Pueyrredón soñaba, como en un triunfo supre- 
mo, en la venida del príncipe de Orleans, sobre lo 
cual la fiera indócil jamás aceptaría tratos ni contra- 
tos. Era, pues, inútil iniciarlos, para escándalo de 
los extranjeros. 

No menos radical que Pueyrredón era Belgrano, 
que no veía más solución que un trono, antes de haber 
tocado el desengaño; cuando creía que los hombres 
de Artigas iban a huir ante su ejército. A la primera 



32 4 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

insinuación de un arreglo con el oriental, que le fué 
hecha por San Martín, contestó: «A lo que entiendo, 
esta guerra no tiene transacción. No necesitamos más 
fuerzas que las que hay aquí; tengo 3.000 hombres, 
con una batería de 8 piezas, perfectamente servidas, 
y es excusado, según comprendo, que vengan más. 
I/)s que están a mi frente son gente de desorden, y 
ellos correrán luego que vean mis tropas.» 

Ya habéis visto, mis amigos, que esos hombres 
que Belgrano tenía al frente no corrían, o lo hacían 
para reaparecer a retaguardia y por los costados; 
recordad, por otra parte, que esos bandidos de Ar- 
tigas mueren, pero no corren tampoco ante el portu- 
gués, como no corrieron en I^as Piedras ante el es- 
pañol, ni en el Guayabo ante Dorrego... Hl presidente 
Monroe, el sucesor de Washington, no se creía depri- 
mido tratando, lo mismo que Inglaterra, con ese 
Artigas, cu5^as comunicaciones elevaba" al Congreso, 
conjuntamente con la declaratoria de independencia 
de Tucumán y con las notas de O'Higgins y San Mar- 
tín; Adams le llamaba el único campeón de la demo 
cracia, the brave and galant general Artigas; pero 
Pueyrredón no veía en él sino una fiera indócil. I^a 
condición humillante que él impone para la paz es 
el reconocimiento de la voluntad de los pueblos, ¡Oh, 
genio infernal! 

Ahora, después de los desastres, los hombres de 
Bueaos Aires esperan ansiosos que se abran las ne- 
gociaciones definitivas; que se concluya el tratado 
de paz con ese hombre feroz; urgen el envío de los 
negociadores de Artigas, de los de sus caudillos de 
las provincias. Vosotros juzgaréis, mis amigos, si hay 
en eso sinceridad. No, eso es sólo apariencia. Belgrano 
tenía razón: esa guerra no tiene transacción posible. 



ENEMIGOS INTERIORES Y EXTERIORES 325 

Y pasaban los meses: mayo, jimio; llegaron agosto 
y septiembre. López no enviaba sus representantes; 
se excusaba con Ramírez. Ramírez, fiel hasta enton- 
ces a su jefe, a su ídolo, no estaba dispuesto a iniciar 
negociaciones que no tuvieran, como base, sine qua 
non, el cumplimiento del deber de honor: la alianza 
ofensiva y defensiva con el hermano oriental; la 
guerra con Portugal; recibir de Buenos Aires las ar- 
mas y los elementos necesarios para correr, sin pér- 
dida de momento, al lado de Artigas, y luchar con 
él contra el extranjero en defensa de toda la familia, 
del heroico hermano sobre todo. 

Y eso no sería jamás aceptado por Buenos Aires. 
¡Jamás!... Precisamente en Buenos Aires se realiza- 
ban entonces dos acontecimientos incompatibles con 
la salvación de Artigas y de la Patria Oriental, y con- 
tradictorios entre sí: la sanción aparente de ima Cons- 
titución republicana unitaria, y el envío a Europa 
de un nuevo embajador, don Valentín Gómez, en- 
cargado de gestionar, tmido a los que allá trabajan, 
la coronación de un rey para el Río de la Plata, de- 
jando a España en libertad de proceder como qui- 
siera con el Perú y Colombia. Ésta es la farte sinies- 
tra de la cuestión, que dice Mitre. 

¡Pero Artigas vive aún! 

Comprenderéis, mis amigos, que estamos en la vís- 
pera de tm desenlace. Las apariencias van a desva- 
necerse, y va a surgir y a imponerse la sola realidad. 
El pueblo argentino va a abrir las puertas de la 
Logia, y «se iluminarán con lámparas los secretos 
de las tinieblas». 



^11 



CONFERENCIA XXIII 

EL DERRUMBE DEL SIMULACRO 

Aproximación del desenlace. — i^as tres entidades: Artigas, 
San Martín y la oligarquía. — I,a oposición. — Soler, Bal- 
c.\RCE, Borrego. — I,a conspiración de Sarratea, Alvear 
Y Carrera. — i,a Constitución unitaria. — Kl envío de 
V.\LENTÍN Gómez. — Pueyrredón substituído por Rondeau. 

— Rondeau y Artigas. — Rondeau llama a Portugal. — 
I,A sugestión paradisíaca. — «Seréis como dioses». — Arti- 
gas BUSCA EL MILAGRO HEROICO. — VICTORIA DE SANTA MARÍA: 

— I<OS CAUDILLOS GALOPAN SOBRE BUENOS AIRES. — DERRUMBE 
DEL SIMULACRO. — EL AÑO XX. — El ESPÍRITU DE ARTIGAS 
FLOTANTE SOBRE LAS AGUAS. 



Amigos artistas: 

Vamos a asistir al desenlace de este drama. Para 
no perder los grandes contornos de su acción; para 
concentrar en nosotros, sobre todo, el espíritu que 
lo informa y lo hace palpitar, es preciso gue acuséis 
bien las líneas y preciséis el carácter y la situación 
de los personajes en torno de los cuales vive la mul- 
titud su vida orgánica. Todos ellos convergen a nues- 
tra escena, con sus caracteres, con su gesto, con su 
nota armoniosa de color, en este momento en que. 



328 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

como no podéis menos de haberlo comprendido, va 
a sonar el último acorde. 

Este capítulo de la historia del Plata parece de 
confusión. I^o es para muchos que se distraen en los 
detalles, perdiendo de vista los grandes expresivos 
contornos de la síntesis histórica. Yo os prometo, 
mis bravos artistas, evitaros toda confusión y con- 
duciros, como Virgilio a Dante, al través de las tinie- 
blas. Os bastará para ello no perder de vista a vues- 
tro héroe, a ese hombre Artigas, que es, sin duda 
algima, el protagonista de este drama sociológico: 
el hombre real, el hombre sincero. Todo lo compren- 
deréis por contraste; nc hay confusión alguna. En la 
atmósfera tempestuosa, cargadísima, van a chocar 
dos espíritus de arcángel; se producirá el rayo, y la 
lluvia torrencial lo disipará todo. El sol, aquel sol 
que salió en mayo de 1810, surgirá lentamente de los 
nublados. Veréis cómo ilumina la figura que tenéis 
que interpretar. No necesita otra cosa: sol, luz de sol. 

Trázaos, pues, de nuevo, con claridad, el cuadro 
de esta acción, que tiene por fin la independencia pro- 
clamada el 25 de mayo de 1810, y por teatro los te- 
rritorios que se extienden al Oriente y al Occidente 
de la gran cuenca del Plata y del Uruguay, desde los 
Andes hasta el Atlántico. 

El extranjero, el dueño antiguo, aparece armado en 
los dos extremos del territorio: el portugués en el 
oriente meridional; el español en el occidente septen- 
trional; el primero busca su Banda Oriental, su lote 
atlántico; el segundo, su Banda Occidental, su lote 
andino. Contra el primero, lucha Artigas con sus 
orientales; contra el segundo, va a luchar San Martín 
con sus argentinos y chilenos y peruanos. Entre uno 
y otro está Buenos Aires, la Comuna de Buenos Aires. 



El* DERRUMBE DEI, SIMUi:,ACRO 329 

Aquellas dos grandes figuras, como que son los baluar- 
tes armados de independencia contra el extranjero, son 
los dos personajes protagonistas. San Martín se va al 
Perú por el Pacífico, pero se va solo, desprendido de 
su gobierno, con el que no debe confundirse: es otra 
cosa. Se ha alejado, pues, del teatro platense, cuyo 
núcleo es Buenos Aires, llevándose parte del pueblo 
argentino, en busca de gloria. 

Artigas no, no se aleja; al mismo tiempo que com- 
bate al extranjero oriental, él es también el núcleo 
de la guerra que todo el pueblo argentino ha empe- 
ñado contra los que no creen en la independencia 
republicana que brilló en el sol de Mayo. Artigas es, 
pues, en su lucha contra el portugués y contra el 
Directorio, el verdadero protagonista de este drama. El 
está defendiendo al mismo San Martín; acaudilla los 
pueblos cuyos conductores parciales, Ramírez en 
Entrerríos, I/Spez en Santa Fe, Bustos en Córdoba 
y otros personajes, personajes reinantes de las demás 
provincias, son los actores secundarios del drama. 

Veamos ahora, con el mayor tino posible, la ter- 
cer entidad protagonista: Buenos Aires; la Comuna, 
la oligarquía, o como queráis llamarle, de Buenos Aires. 
Ésta no es, como ya os lo dije, ima persona, tma con- 
ciencia concreta, con un ideal, con una visión, como 
lo es San Martín, y, sobre todo, Artigas; es un ente 
colectivo, cuyas distintas cabezas, de igual valor re- 
lativo, van a aparecer, devorándose las imas a las 
otras, en este momento histórico, y se os van a pre- 
sentar con todo su carácter. Ella, sin embargo, esa 
Comuna poliforme, llamará anarquía a los pueblos 
que ella misma concita al alzamiento. 

En Buenos Aires está, en primer término, Puey- 
rredón, el Director Supremo desde hace tres años, 



330 r.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

con el Congreso que lo eligió; éste declaró la indepen- 
dencia el 9 de julio de 1816, y se reúne en la capital 
desde mayo de 1817, Kse Congreso, cuya naturaleza 
conocéis plenamente, se ocupa en dictar algo tan 
fuera de la realidad como una Constitución republi- 
cana imitaria, pero sin dejar por eso de buscar un 
rey en Europa. 

Pueyrredón va a desaparecer muy pronto; en cuanto 
el Congreso dicte su Constitución. 

Pero allí quedará su ministro Tagle, depositario 
de su política y de la de sus predecesores, y que ins- 
pirará al sucesor. 

Allí están también, como miembros de esa entidad 
compleja, los elementos políticos que han combatido 
y combaten a Pueyrredón y a la Asamblea, pero que, 
no por eso, abrigan un ideal de independencia muy 
distinto de éstos: buscan sólo substituirlos en el poder. 
Allí está Soler, el que fué gobernador de Montevideo; 
allí Balcarce, el jefe que acaba de ser vencido en las 
provincias; allí irán Alvear y Sarratea y Dorrego, 
y, al fin, aparecerá Rosas, el Bonaparte restaurador, 
que siempre aparece en estos casos. 

Bn Europa, continúa Rivadavia sus gestiones di- 
plomáticas; en Río Janeiro, García sigue las suyas. 

Todo eso, como lo comprenderéis, es Buenos Aires 
mismo; visceras distintas del mismo organismo en- 
fermo de la misma obsesión o fobia, o como queráis 
llamarla, que lo hace vivir fuera de la realidad; miem- 
bros distintos, entre los cuales no es posible distin- 
guir la cabeza de los pies; todos son o pretenden ser 
los primeros. El héroe no está allí, si ya no es ese 
Rosas o Bonaparte de que hablamos, que está espe 
rando su hora. 

Pero nada más interesante, en ese organismo so- 



Éh DERRUMBE DEI, SIMUI^ACRO 33 1 

ciológico, que la entidad formada por tres persona- 
jes, cada uno de los cuales forma un tipo: Sarratea, 
Alvear, Carrera: Sarratea, el político intrigante, el 
ambicioso mate, sin brillo, dispuesto a todas las hu- 
millaciones a trueque de subir; Alvear, el hijo primo- 
génito de Marte, el joven príncipe con eterna nos- 
talgia de los chirimbolos del poder, que, vuelto de 
Río Janeiro, de someterse al rey, se dice de nuevo 
procer republicano. Carrera, por fin, el caudillo chileno. 
Éste es la figura trágica: sus palabras son incendios 
comprimidos; tiene una venganza que ejecutar en su 
tierra. Shakespeare la hubiera mirado con intensidad. 
Vosotros conocéis su historia, su rivalidad con O'Hig- 
gins después de Rancagua. Él y sus dos hermanos, Juan 
José y IvUis, conspiraban desde entonces contra O'Hig- 
gins y San Martín. Esos dos hermanos fueron presos en 
Mendoza, y, sin muchas formas de proceso, fueron 
fusilados. No hablemos de los detalles de esa inhu- 
mana tragedia, que ya conocéis, y cuyos fantasmas 
ensangrentados son los conductores del hermano so- 
breviviente. 

Alvear y Sarratea, que se hallaban emigrados en 
Río Janeiro, se encontraron allí con Carrera, a prin- 
cipios de 1819, del año en que nos encontiamos. 
Allí fraguaron los tres una conspiración, una de tan- 
tas, contra Pueyrredón, con el siguiente programa: 
Se colocaría a Alvear en el gobierno, y se daría a Sa- 
rratea una plenipotencia en alguna de las cortes de 
Europa. En cuanto a Carrera, se le satisfaría su su- 
prema aspiración de arcángel vengador: se le entre- 
garían los chilenos enrolados en el ejército argentino 
y se le darían los recmsos para llevar a Chile su ex- 
pedición vengadora contra San Martín y O'Higgins, 
los enemigos de su estirpe desventurada. Iría, pues, 



332 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

a destrtár el proyecto de San Martín: la expedición 
al Perú. Dice Mitre que éste era el mayor crimen. 
A mí, francamente, no me parece sino uno de tantos, 
una de tantas consecuencias de la negación de Artigas. 

Alvear y Carrera se encuentran en Montevideo, a 
la sombra del pabellón portugués, como hemos dicho. 
I^ecor, como podéis imaginarlo, no mira con malos 
ojos a los conspiradores contra Buenos Aires. Mien- 
tras éste se entretenga con ellos, el portugués consu- 
mará su dominio en el Oriente, destruyendo mejor 
a Artigas. 

Ahí tenéis, mis amigos artistas, los actores de la 
escena final de este drama. Agregad, si queréis, la 
declinante y siempre amable figura de Belgrano. 
Al mando del ejército del Alto Perú, se siente mi- 
nado por una enfermedad mortal; morirá muy pron- 
to, en su fe monárquica, que no excluye en su alma 
nobilísima el más abnegado sentimiento de amor 
a su patria independiente; jurará, con su ejército en 
disolución, la Constitución republicana, a pesar de 
declarar que la juzga mala; y, al ver los símbolos del 
escudo argentino recién creado, el creador de la ban- 
dera argentina dirá con tristeza: «No me gusta ese 
gorro y esa lanza en nuestro escudo; quisiera ver un 
cetro en esas manos, que es el símbolo de imión de 
nuestras provincias.» Pero Belgrano desaparecerá 
del teatro de esta escena final. 

Mirad bien ahora en los ojos a todos esos hombres, 
mis amigos artistas, y decidme en cuál de ellos en- 
contráis la luz del sol de Mayo de i8io. ¿Habéis visto 
algtmo de sus rayos en los ojos de Pueyrredón, en los 
de Alvear, en los de Sarratea, en los de Soler, en 
los mismos amables ojos, ya casi apagados, de Bel- 
grano?... 



El, DERRUMBE DEI, SIMUI.ACRO 333 

Mirad ahora los ojos claros de Artigas. Si halláis 
en el fondo de ellos un destello de ambición, o de ven- 
ganza, o de ansia de honores o de riquezas, o de des- 
aliento, o de algo que no sea luz del sol, yo os con- 
juro a que me lo digáis. Ahí está luchando con el 
portugués, solo con su visión profética, pobre, lejos de 
los deleites y los honores, de que jamás gozará. Quiere 
la Patria Oriental basada en la verdadera independen- 
cia, la de toda la patria argentina, la de toda Amé- 
rica; quiere la unión de todos en ese propósito; lo 
mismo que quería en 1811, en 1813: la república, la 
resolución de los destinos del pueblo por el pueblo 
mismo. 

Vamos a ver moverse, pues, esas entidades prota- 
gonistas. El desenlace de este drama es de una rapidez 
caótica: un ra^^o, y una lluvia torrencial. Y un pam- 
■pero. 

En nuestro Plata se llama pampero al vierto que 
viene de la pampa, del desierto. Es el viento que 
barre los nublados y da entrada al sol. 



II 



Pueyrredón y el Congreso realizan en esos momen- 
tos, como hemos dicho, dos actos fundamentales: san- 
cionan una Constitución republicana unitaria, que 
hacen jurar el 25 de mayo de 1819, noveno aniversario 
de la revolución, y mantienen al mismo tiempo un 
embajador, don Valentín Gómez, enviado a fines del 
año anterior, 1818, a gestionar en Europa, de acuer- 
do con García y con Rivadavia, la coronación de un 
príncipe para el Río de la Plata. 

Esa Constitución, sancionada y jurada, decreta la 



334 I'A. EPOPEYA DE ARTIGAS 

unión, la unidad, más bien, de todas las Provincias, 
que llama Unidas. Es de notar que, en el Congreso 
que la dictó, no estaban representadas las provin- 
cias de Bntrerríos, Corrientes, Santa Fe, Salta ni 
San Juan; pero eso nada importa; no hemos de en- 
trar en esas pequeneces. 

No tenemos necesidad de conocer tampoco, en sus 
detalles, esas pragmáticas, mis amigos. Esa Consti- 
tución «es obra de sofistas, según Mitre, que soñaban 
con la monarquía, y, no pudiendo fundir, en sus mol- 
des convencionales, los elementos sociales refracta- 
rios, creían eliminarlos no tomándolos en cuenta». 
Pero su espíritu era claro: un Poder Legislativo, con 
un Senado oligárquico; im Poder Judicial, y un Di- 
rector Supremo elegido por voto indirecto; un vigo- 
roso poder central, en una palabra, que nombraría 
por sí solo los Gobernadores de provincia. Fuera de 
los diputados y senadores, todo procede del Direc- 
tor Supremo, de la Comuna de Buenos Aires. Eso 
era la unión, es decir, todo lo contrario de la realidad. 

Decretar la unión o unidad de Buenos Aires con las 
provincias a que éste acaba de enviar sus ejércitos con 
orden de exterminarlas, nada tiene de serio, fuerza 
es confesarlo. ¿Y qué decir de la unión o unidad con 
esa Banda Oriental, entregada al portugués?... 

— Ven acá. Artigas, dice Buenos Aires a ese genio 
feroz, ven a jurar esta Constitución; deja ese título de 
gran caudillo que te atribuyes, y que no es tuyo, por- 
que Buenos Aires no te lo ha expedido en buena for- 
ma; deja a esos portugueses que vienen por su lote 
atlántico, y contra los que estás en loca rebelión. Ven 
a jurar la nueva Carta. No pienses en tu pueblo: 
Buenos Aires cuidará solícitamente de él, cuidará de 



El, DERRUMBE DEI. SIMUI,ACRO 335 

ti y de los tuyos. Jura que crees en Buenos Aires, 
hombre indómito; jura que crees que aquí, en sus con- 
sejos, se elabora la independencia de América, la liber- 
tad de los pueblos, el cumplimiento de lo aclamado 
el 25 de mayo de 1810. 

— Yo no puedo creer en eso, dice Artigas; yo creo 
lo que creo: que soy el alma de esta Patria Oriental; 
el igual de los iguales; el que ha brotado de esta tie- 
rra para recoger lo que a ella ha descendido desde el 
cielo. 1/3. luz es hija de las estrellas y madre de la 
vida. Yo quiero la unión; pero la unión en la luz, en 
la palpitación de los seres luminosos, que no se fun- 
den sin morir. 

— ¿Quién eres tú, para tener una fe?... Te cubres 
con un poncho, y acaudillas la multitud haraposa, 
llena de manchas sanguíneas. ¿Son esos los atribu- 
tos de tu realeza?... Tu fe te condena; si no crees lo 
que no crees, eres anárquico y serás infame. 

El rey de Shakespeare dice al ciego Glóster, el de 
las órbitas vacías: — Ponte anteojos en esos agujeros, 
y haz como que ves lo que no ves: así serás mi- 
nistro. 

Y tú, oh San Martín, capitán de los Andes, ven a 
Buenos Aires a jurar. Jura sobre tu espada la Consti- 
tución. Deja al español en su sede virreinal de Lima, 
en su lote andino; deja tu visión, que es engañosa: 
la sola fe que salva reside en Buenos Aires. Ven a 
jurar sobre tu espada; jura que extirparás a Artigas. 

— Imposible, dice San Martín; yo no soy el enemigo 
de Artigas; Artigas no es mi enemigo; tengo otro men- 
saje que suena a verdad; tengo que hacer. 

— ¿Un mensaje más alto que la voz de Buenos Aires? 
¡También tú tienes un mensaje!... También tú eres 
anárquico y desobediente, y traidor: eres el hermano 



336 I^A EPOPEYA DE ARTIGAS 

de Artigas, como los correntinos, tus comprovincia- 
uos, y sufrirás su suerte. 



III 



Creo que ya hemos hablado bastante de la Cons- 
titución y de la unión. Bueno será que hablemos de 
la misión que, en ese mismo tiempo, desempeñaba 
don Valentín Gómez, cuyas credenciales datan de 
octubre de 1818. Ella tenía por origen la gestión del 
coronel L,e Moyne, enviado confidencial del gobierno 
francés, de que antes os hablé, y los trabajos de Ri- 
vadavia en París, y de García en Río Janeiro; ambos 
habían comunicado la próxima posibilidad de la in- 
dependencia monárquica. Gómez, que había sido pro- 
fesor de Rivadavia y de García, y de don Vicente 
Ivópez y de Dorrego y de Anchorena y de todos los 
de la Logia I^autaro, debía ponerse de acuerdo con 
García y Rivadavia, y tratar, con el ministerio del rey 
de Francia, lyuis XVIII, la coronación de un gran 
príncipe. 

Así lo hizo. El gabinete francés, después de algu- 
nos dimes y diretes, y de tocar la imposibilidad de 
enviar, como rey de América, al Duque de Orleans, 
el futuro rey de Francia Luis FeHpe, deseado por 
Puej-rredón, propuso a éste la coronación, bajo la 
protección de Francia, del Duque de Luca, soberano 
desposeído del reino de Etruria y miembro de la casa 
de Borbón, reinante en España, como sobrino que 
era de Fernando VII. Personaje innocuo, más inno- 
cuo que el Braganza. 

Fué aquello una comedia, un sarcasmo, del que na- 



El. DERRUMBE DEI, SIMUI^ACRO 337 

die quería hacerse solidario después. Gómez, sin em- 
bargo, de acuerdo con Rivadavia, aconsejó al gobier- 
no argentino «que no dejase escapar una ocasión tan 
favorable y de tan conocidas ventajas para el país». 
El Congreso, aunque os parezca poco digno de cré- 
dito, tomó el proyecto en consideración, y, aunque 
sintiendo que era incompatible con la Constitución 
sancionada, que acababa de jurar y hacer jurar en nom- 
bre de Dios, lo aprobó; decretó el perjurio. Se auto- 
rizó, en consecuencia, a Gómez, para que «contestara 
al ministro francés que el Congreso de las Provin- 
cias Unidas, después de considerar con la más seria 
meditación la propuesta del establecimiento de ima mo- 
narquía constitucional, colocando en ella, bajo los aus- 
picios de Francia (que daría su fuerza para hacerlo res- 
petar), al Duque de I^uca, enlazado con una princesa 
del Brasil, no la encontraba inconciliable ni con los 
principales objetos de su revolución, que eran la liber- 
tad y la independencia política, ni con los grandes 
intereses de las mismas provincias». Hasta se ordenó 
a García, en 22 de noviembre, que, «de acuerdo con 
la negociación de París, procediera a negociar la de- 
signación de la princesa de Braganza que debía imir- 
se al futuro rey del Reino Unido de Buenos Aires y 
Chilet). ¡Oh la bella princesa predestinada al tálamo 
de nuestro re)-! 

Si queréis pensar un poco en todo eso, mis amigos, 
podéis hacerlo, bien que yo no lo creo indispensable 
para que os forméis opinión acabada sobre este asim- 
to. Básteos saber, como lo sabéis sin duda, que Arti- 
gas no fué consultado sobre la conveniencia de co- 
ronar al Duque de lyuca, príncipe desposeído del 
reino de Btriuria y sobrino de Fernando VII, como 
rey del Uruguay, ni fué invitado a ser testigo del 

Ti U.-23 



338 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

futuro casamiento de los príncipes. Porque Artigas 
no entendía de esas cosas elevadas. Y por eso no se 
querían con él ni tratos ni contratos: porque era una 
fiera indócil. 



IV 



Después de jurada la Constitución, pendiente la ges- 
tión de Gómez y Rivadavia y consumado el perjurio, 
Pueyrredón se retira del gobierno: ha expirado su man- 
dato. El Congreso, la I/)gia I^autaro sobre todo, quie- 
ren que continúe en el poder; pero él insiste. ¡Oh! Puey- 
rredón hace bien... Nadie mejor que él puede saber 
que ha terminado realmente su mandato. Él siente la 
tempestad que se acerca amenazante, y que nadie 
sino él y los suyos ha provocado. Él se va, para no re- 
aparecer más en la escena política, y Artigas queda. Ar- 
tigas no ha muerto ni ha terminado su mandato; aun 
está allí, como ima fuerza de la naturaleza irritada. 

Bs preciso elegir un sucesor a Pueyrredón, ün suce- 
sor que no entorpezca la obra pendiente, cuyos obreros 
son el Congreso y el ministro Tagle, y cuyo propósito 
es el de celebrar una imposible alianza con Portugal 
contra España, y destituir a San Martin, a fin de traer 
su ejército a la capital en apoyo de la obra. Ése era 
todo el plan. 

; Quién puede reunir tales condiciones mejor que 
Rondeau, el valeroso vencedor del Cerrito, la negación 
más típica del hombre político, pues es el hombre 
ingenuo que conocemos? 

Rondeau es elegido Director Supremo. También lo 
había sido, como recordaréis, al ser derrotado Alvear 
en Fontezuelas. Era el hombre para tales casos. ¡Pobre 



El, DERRUMBE DEI, SIMÜI^ACRO 339 

Rondeau!... Ni siquiera sospecha lo que hay dentro 
del fardo que ponen sobre sus honradas espaldas. 

Artigas, el malvado y rebelde Artigas, es el que se 
opone a todo eso: ni jura la Constitución abdicando su 
poder en manos de esos primaces de Buenos Aires, ni 
acata la legitimidad del príncipe de I^uca, imido a la 
princesa de Braganza. No merece, pues, figurar entre 
los proceres de la revolución de 1810; por eso su caba- 
llo de bronce no debe formar en la procesión de los 
libertadores de América. Bso dicen algunos, aunque 
creo que hablan sin haber pensado en ello más de lo 
que piensa una calabaza. 

Bl pueblo argentino va a alzarse, a la voz de Artigas, 
contra esos simulacros o apariencias perjuras. Pero, 
desgraciadamente, la voz de Artigas, estrangulada como 
está su garganta por el portugués, ya no suena con el 
imperio de otros tiempos. Otros personajes, Sarratea, 
Alvear, Carrera, van a valerse de esa situación para 
alzarse también contra el gobierno de Buenos Aires 
en provecho propio; van a suscitar, con ese objeto, al 
pueblo argentino, que han convulsionado con sus pu- 
blicaciones desde Montevideo; van a constituirse en 
caudillos, en substitución del solo auténtico. Pero sus 
móviles son muy distintos de los de Artigas. ¡Oh, 
muy distintosl Tan distintos como la noche del día; 
más distintos aun. Nada hay de común entre esas 
entidades. 

Alvear y Sarratea, que sienten la proximidad de la 
tormenta, se van a Buenos Aires: el primero, a des- 
pertar a sus antiguos parciales; el segundo, a poner en 
juego su talento de intrigas, y pescar en río revuelto. 
Eíte Sarratea va a presentarse como el conciliador 
entre los elementos campesinos, de que se dirá amigo. 



34© I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

y los urbanos enemigos de Pueyrredón; va a decir que 
tiene inteligencias con los jefes populares, y a agrupar 
en torno suyo, ofreciéndole seguridades, la parte 
moderada del partido directorial, si éste llega a caer. 
Pero se guardará de Artigas, eso sí; se guardará de 
Artigas, como de agarrar por la cola a un escorpión. 

Carrera, como agente de todos, se encarga de ganarse 
directamente al pueblo, a sus caudillos: les habla de 
federación, que él mismo execra, pues es un caudillo 
urbano, un aristócrata; les habla elocuentemente de 
libertad, de tiranía, de todo lo que es necesario. Todo 
falso, insincero, de su parte. 

Pero Carrera ha ido más lejos; ha concebido la idea 
de ganarse algo más grande que los caudillos: ha soña- 
do en arrastrar al mismo Artigas, al héroe. Quiere ir 
a proponerle personalmente la alianza con los conspi- 
radores, con Alvear, con Sarratea; a ofrecerle que 
encabece la invasión. El héroe oriental será, por ofre- 
cimiento de Carrera y Alvear y Sarratea, el jefe indis- 
cutible, el conductor del pueblo argentino a la victoria. 
Nada parece a Carrera más hacedero. ¿Hay alguien 
que tenga más agravios que vengar del conciliábulo de 
que Pueyrredón fué jefe que ese hombre. Artigas?... 
Su alma debe estar atestada de caimanes o de víboras 
venenosas: bastará sacudirlo; ningún aliado más na- 
tural de esa Némesis alada de Carrera, a la que empuja 
el vértigo. Artigas está casi aniquilado por el portu- 
gués, aliado de Pueyrredón, y verá, no sólo su 
venganza, sino su salvación, su triimfo y su apoteosis, 
en el generalato que va a proponérsele: tendrá que 
optar entre ser jefe del gi"an partido, unido a Carrera, 
Alvear y Sarratea, o serlo de su pueblo aniquilado; 
entre triunfar con aqviéllos, o morir con éste. 

Nada más trágico, mis amigos artistas, que la fi- 



EL DERRUMBE DEI, SIMUI,ACRO 341 

gura de ese Carreía, rencoroso ángel caído, que corre 
al precipicio, creyendo hallar en Artigas un ente de r u 
legión. Al llegarse a éste, se encuentra con aquella 
mirada, melancólica, pero fija, impasible, severa, del 
solo hombre verdaderamente heroico. Lo encuentra 
sentado, como sobre un ara santa, sobre las sagra- 
das ruinas de su pueblo inmolado. «Id a decir a Roma 
que habéis visto a Maño sobre las ruinas de Cartago.» 
Artigas es el hombre solo; sus ojos sin pupilas tie- 
nen, en ese momento, luz de juicio final; su mirada 
de esfinge, o de Isis sibilina, es una sentencia que se 
ejecuta. No ha)^ en él una actitud más marmórea: 
está sentado sobre el altar de los holocaustos. Carrera 
se encuentra con los ojos de Artigas, y ni siquiera 
se acerca a aquella persona, que le parece siniestra. 
Ramírez, a quien ha visto de antemano, y a quien 
ya ha seducido, le ha aconsejado que no vea al héroe. 
Carrera conoce sólo la sentencia de éste: Artigas lo 
ha rechazado; nada quiere de común con él ni sus 
congéneres. Y Carrera incorpora a Artigas a los otros 
objetos de su odio, Y ese hombre sabe odiar. 

Bien será detenernos un momento aquí, mis ami- 
gos, a pensar en lo que significa ese rechazo del pri- 
mado que una de las fracciones políticas de Buenos 
Aires va a ofrecer al caudillo popular. Esas coalicio- 
nes o combinaciones lo hubieran llevado al poder, 
no cabe duda, si él hubiera sido uno de tantos ambi- 
ciosos. Artigas, jefe de mía de esas parcialidades triun- 
fante (y la que ahora lo busca lo será), hubiera sido 
el arbitro en la capital. Como sucederá con Urquiza, 
gobernador de Entrerríos, Buenos Aires, que no ve 
en la Banda Oriental sino un Entrerríos más impor- 
tante que el occidental del Uruguay, lo hubiera pro- 



342 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

clamado y aclamado Dictador, o Director Supremo, 
o Presidente, o cosa por el estüo, al verlo entrar vic- 
torioso a la cabeza de los pueblos argentinos. 

Pero Artigas no era eso ni nada que se le parezca; 
los caminos de la doblez le eran desconocidos; ni 
sabía ni quería transitar por sus obscuridades. Creo 
que os dije alguna vez que 3''o veo en él un ■primitivo; 
era la fe ingenua, efectivamente, la verdad homé- 
rica; en ella es el héroe poderoso; fuera de ella, como 
el pez fuera del agua, hubiera perdido toda su virtud. 

Aquí se confirma, una vez más, lo que tanto os he 
dicho y repetido: Artigas quiere ser el protector, pero 
no el dueño de los pueblos; les da la fuerza de que es 
depositario para que vivan la propia vida, no para 
la ajena; execra todo lo que es logia, conciliábulo, 
reparto de botines políticos; odia el contubernio insin- 
cero, la reserva mental mentirosa, la bandera enmas- 
carada. Eu esa propuesta de los eternos conspiradores 
de Buenos Aires ha visto una falta de respeto a su 
persona, una falta de respeto tan insensata como la 
del virrey Pezuela, que le arrancó aquel: «Han enga- 
ñado a V. S. y ofendido mi carácter, cuando le han 
dicho que yo defiendo a su rey». 

¡Sarratea y Alvear llamando hermano a Artigas!... 

¿Qué puede haber de común entre la sangre de esos 
hombres, llena de rebelión, y de rencores, y de ambi- 
ciones, y la de ese emisario vagabimdo de una estrella 
exangüe? 

No, Artigas no es odio, no es negación, no es desor- 
den, no es ambición. Es precisamente todo lo contra- 
rio; jamás ha hecho otra cosa en su vida: buscar el 
orden, la unión de lo que debe estar unido, la armonía 
verdadera. Dejaría de ser un héroe, si no fuera el prin- 
cipio de todo orden y el de todo respeto a la legíti- 



EIv DERRUMBE DEIv SIMUI,ACRO 343 

ma autoridad, revestida de la forma correspondiente 
a su esencia. Precisamente por eso se ha respetado a 
sí mismo, y ha combatido y combate a los que encar- 
nan el principio contrario. Y nadie lo ha encarnado 
más que ese Sarratea, ese Alvear, ese Carrera, y los 
demás cuya historia conocéis. 

Por otra parte, Artigas no se ha limitado a la obra 
negativa de destruir al enemigo, llámese español, 
portugués o directoiial; su pensamiento es también 
positivo. Bn esos mismos momentos, precisamente, el 
héroe ha recibido de Montevideo una invitación para 
adherirse a tm complot iniciado por los españoles allí 
residentes, y encabezado por el coronel don Juan de 
Vargas, con objeto de expulsar al portugués, secim- 
dando la expedición española que se esperaba. El 
suceso tuvo grande resonancia, por cierto; se aprehen- 
dieron en Montevideo, y se embarcaron, muchos espa- 
ñoles, el 27 de noviembre de 181 9; la Gaceta de Buenos 
Aires publicó la larga lista de sus nombres, y dijo, 
sin ton ni son, que era Artigas quien inspiraba todo 
aquello, con el propósito de arrancar de manos del 
portugués, pero para entregársela a Fernando, la 
codiciada tierra oriental. Artigas había rechazado la 
invitación española con tanto desdén como la de 
Carrera y sus cómplices, sin embargo. «ISÍo basta ex- 
pulsar a un extranjero para substituirlo por otro, dijo; 
se lucha por la patria independiente, o no se lucha.» 



V 



Ivos conspiradores contra el gobierno de Buenos 
Aires, y también contra Artigas, están, pues, en acción; 
todos los medios son puestos en juego. 



344 I-A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Kntre los recursos de demolición de que se han va- 
lido — panfletos, publicaciones, intrigas de todo gé- 
nero — los enemigos del gobierno de Pueyrredón han 
echado mano de uno que, en el momento actual, 
tiene mucho carácter, pues siempre se ha dicho que 
el derrumbe que vamos a presenciar fué obra del 
caudillaje. I^os patricios revolucionarios se han embo- 
zado, como en un disfraz, en la bandera de Artigas; 
han hecho circtilar portodo el país un documento, que 
decían haberse interceptado, propio para hacer llegar 
al paroxismo las pasiones populares que ellos excitan 
en provecho propio. Era una nota reservada, subscrita 
por el mismo Rondeau, y dirigida a Lecor, el gene- 
ral portugués. En ella se decía a éste: «Los resultados 
de nuestras expediciones al Entrerríos, de que V. E. 
tiene partes circunstanciados, han dejado sin efecto 
los planes sobre aquella provincia, convenidos con 
V. E. por el Director propietario don Martín de Puey- 
rredón, en comunicaciones reservadas de 7 y 25 de agos- 
to de 1817. Pero haciéndose más urgente cada día la 
necesidad de acabar con los enemigos comunes y 
que las tropas portuguesas ocupen el Entrerríos, paia 
acabar con el anaiquismo, cuyos efectos empiezan a 
sentirse en esta banda, para obviar de esa manera los 
inconvenientes que ha de poner José Aitigas y demás 
caudillos al proyecto de pacificación de este virreinato 
sobre las condiciones del tratado secreto de Río Ja- 
neiro, conviene que V. E., so pretextos políticos, cie- 
rre el comercio del Uruguay, etc., etc.» 

Ese insidioso papel mordió, como una víbora via- 
jera, el corazón de los pueblos. Era apócrifo, estoy 
convencido de ello; Rondeau no lo había firmado. El 
firmará otro muy pronto, mucho más acusador; pero 
ése no era suyo; era de los otros. Pero ¿por qué ese do- 



EIv DERRUMBE DEI, SlMUI,ACRO 345 

cumento falso, produciendo el efecto del más autén- 
tico de los procesos, determinó, sin embargo, la exa- 
cerbación del pueblo, y lo empujó, convertido en furia 
vengadora, hasta la plaza de Buenos Aires?... 

Bienio sabéis, mis amigos. Ese papel estaba muy bien 
hecho; lo apócrifo en él era sólo la forma, el cuerpo; 
pero dentro de él había una larga reaHdad. Rondeau, 
el ingenuo de Rondeau, se apresuró a desmentirlo con 
la mayor diligencia; se dirigió a Artigas, como al re- 
presentante indiscutido de todos los pueblos amena- 
zados por la traición, diciéndole que aquello era men- 
tira, felonía, iniquidad; le envió comisionados, unos 
tras otros, con las manos llenas de explicaciones, de 
desagravios. 

Sí, no hay duda. Pero Artigas no procedía impul- 
sado por ese papel ponzoñoso, que llevaba el viento, 
ni por papel alguno. Tampoco iba a dejar de obrar, 
determinado por las palabras de los emisarios de Bue- 
nos Aires, tan leves como el papel. Él ve con amar- 
gura lo que existe bajo aquellas apariencias, y, en 
agosto de 1819, escribe a Ramírez, su subordinado, la 
comunicación siguiente, llena de videncias luminosas: 
«Después que anuncié a usted la venida del segundo 
enviado de Buenos Aires, y su aparente decisión, hoy 
hemos descubierto que su objeto era muy distinto. 
Bn su tránsito, dejó ima carta que traía de Buenos 
Aires, con impresos, de los que adjunto a usted vmo». 
(Se refiere a los impresos en que se analizaba y refu- 
taba el documento atiibuído a Rondeau.) Y continúa: 
«Su refutación es tan débil como insignificante... 

»No hay complotación con los portugueses; pero la 
guerra contra ellos no se puede declarar. Bs más obvio 
que se derrame sangre entre americanos, que con- 
tra un enemigo común. Tal es el orden de sus pro vi- 



346 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

dencias. ¿Y podrá Buenos Aires vindicarse, a presen- 
cia del mundo entero que esto ve y observa?... 

/>Yo quiero suponer que sea falso el documento con- 
tra Rondeau. ¿No tenemos otros datos incontrasta- 
bles?... Su misma resistencia nos comprueba que él 
está a la mira de sus procederes. Sobre todo, j'o no 
quiero entrar en personalidades, cuando se trata de 
los intereses del sistema. 

iYo respetaré a Rondeau, o a un negro que esté a la 
cabeza del gobierno, cuando sus providencias inspiren 
confianza y abran campo a la salvación de la patria. 
Hoy por hoy, no advierto sino misterios impe'netra- 
bks. Cada paso, el más sencillo, presenta mil dificul- 
tades: todo es originado del poco deseo que anima a 
aquel gobierno por la causa pública. Así es que todos 
sus enviados no hacen más que eludir mis justas re- 
convenciones con enigmas vergonzosos. Ellos, al fin, 
tienen que ceder a la fueiza de sus convencimientos 
y confesar que es imposible que se declare la guerra 
contra los portugueses. 

•>Bn vista de esta resistencia, debemos entrar en 
cálculos de lo por venir. Veremos a nuestro país hacer 
la irrisión de los extranjeros, si no obstamos a los pa- 
sos que se les franquean.» 

Por esa nota de Artigas a Ramírez, nos damos hoy 
cuenta de lo que aquél sabía y de lo que adivinaba. 
Hoy nosotros sabemos mucho más que Artigas, y 
nos asombramos de sus adivinaciones. Pero él no 
lo sabía todo. Hoy leemos, por ejemplo, la siguiente 
carta que escribe Rondeau a San Martín, el 9 de sep- 
tiembre de 1819: «I^os negocios de Santa Fe no se pre- 
sentan nada favorables. I^a morosidad estudiada con 
que los naturales de allí se manejan, me da motivo 
de creer que están de acuerdo con Artigas sobre el 



El. DERRUMBE DEI, SIMUI,ACRO 347 

plan de no entrar en tratados de paz, si no declaramos 
la guerra a los portugueses; este último no quiere per- 
suadirse de que, teniendo nosotros atenciones por el 
Perú y tan escasos recursos, no podemos atender a 
todas partes». 

Artigas debía persuadirse, pues, de que Buenos 
Aires tenía mucho que hacer para estarse preocu- 
pando «de su guerra», como llamaba Pueyrredón a 
la invasión portuguesa; debía, pues, también él, si 
no era un impertinente, dejar eso para mejor ocasión, 
y ocuparse de lo solo que importaba: de las atencio- 
nes en el Perú. 

I/O que había era lo siguiente. Rondeau, poco des- 
pués de subir en reemplazo de Pueyrredón, se dio 
cuenta de la tormenta que tenía sobre la débil cabeza, 
y recurrió a Artigas, como al único que podía conjurar- 
la; le envió comisionados con las manos llenas de pa- 
labras; el coronel French, especialmente, se acercó a él 
con una carta del Director, en que éste lo invitaba 
a hacer causa común contra los enemigos de la inde- 
pendencia. No le decía, por supuesto, que esos enemi- 
gos estaban sólo en el Perú, ni le revelaba los tratados 
pendientes con las cortes. 

Quiero que leáis conmigo la contestación de Artigas, 
oculta hasta hace muy poco tiempo. 

«Señor don José Rondeau. 

»Mi siempre apreciable compadre, tocayo y amigo: 

»Cuatro renglones hubieran bastado a firmar la unión 
deseada, cuando ella sea medida por la cordialidad 
de las notas que deben expresarla. Usted me conoce, y 
sabe que, por mi parte, nada es increpable para su 
realización. Usted anima mis pensamientos por este 
deber. Yo estoy resuelto a llenarlo. 



348 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

»¿Qué falta, pues, para dar al mundo entero una 
lección de virtud, ya que nuestros comunes votos 
se hallan animados a la destrucción de los enemigos 
comunes? 

»Usted lo sabe, lo penetra, y es muy extraño que no 
haya usted adelantado el paso preciso a esa dulce sa- 
tisfacción. Obviaré reflexiones que se dejan traslucir 
al primer golpe de vista. £^w/)íécg usted a desmentir las 
ideas mezquinas de su predecesor, y a inspirar la confian- 
za pública; empiece usted con el rompimiento con los por- 
tugueses, y este paso afianzará la seguridad de los otros. 

»Biitonces aparecerá el iris de paz que, inspirando 
terror a los enemigos comunes, será la seña general de 
la felicidad de los americanos del Siur. I^a patria exige 
de nosotros tan interesante medida. 

»Córrase el velo a los misterios, y la simple verdad 
bastará a confundir ese germen de iniquidad. 

)>Yo he hablado demasiado, confidencialmente, con 
el señor don Domingo French. Él regresa, e impondrá 
a usted de la vehemencia de mis votos por obviar nue- 
vas dificultades. Por mi parte, todo está concluido. 
Mi influjo será reglado por el nivel de su conducta 
de usted, y la uniformidad de operaciones nos condu- 
cirá a una jornada gloriosa. 

)>Por más que los enemigos se multipliquen, eso sólo 
servirá para aumentar nuestra gloria. Nuestra unión es 
el mejor escudo contra cualquier especie de coalición. De- 
nnos el ejemplo, y deje usted que se desplome el universo 
sobre nosotros. Nuestra decisión superará sus esfuerzos. 
Empecemos por el que tenemos al fr¿nte, y la expedi- 
ción española hallará, en la ruina de los portugueses, 
el presagio de su desengaño. Ostentarlo es nuestro de- 
ber. Espero verlo realizado sobre el testimonio de su 
palabra de honor. 



EI< DERRUMBE DEI, SIMÜI,ACRO 349 

»A ella me atengo, y me suscribo con toda la cordia- 
lidad de un amigo y apasionado servidor. 

José Artigas. 

«Cuartel General, 18 de julio de 1819.» 

¡El héroe caballero! ¡Hablar en nombre del ideal, de 
la gloria! ¡Que se desplome el imi verso sobre nosotros! 
i(fQue las flechas del enemigo cubrirán el sol?... Tanto 
mejor; así pelearemos a la somhra.i> 

¿Era ése, realmente, un héroe, o era un loco de la 
Mancha? Penetrad, amigos artistas, en la visión de 
Artigas; recordad lo que ha hecho y hace Güemes en 
el Norte; pensad en lo que acaban de probar los capita- 
nes occidentales que, con algimos millares de gauchos, 
han destruido todos los ejércitos de Buenos Aires; re- 
cordad, sobre todo, lo que está realizando el mismo 
Artigas, quien, con su pueblo inerme, resiste hace cua- 
tro años todo el poder de Portugal aliado al Directorio. 
Imaginad que España envía al Plata su expedición 
reconquistadora; que desembarca qiúnce o veinte 
mil soldados, y que el pueblo americano se encuentra 
animado del grande espíritu, de ése que difunde Ar- 
tigas, después de vencido el portugués. ¿Quién duda 
de que entonces hubiéramos visto cuajar en la reali- 
dad aquel Bolívar del Plata, entrevisto por Sar- 
miento? Ayacucho y Jiinín hubieran estado en las 
colinas del Uruguay, o en las pampas argentinas... 
Y reivindicadas para la famiUa española las fron- 
teras históricas entre España 3' Portugal; fuertes y 
contentos con su herencia todos y cada uno de los 
legitimarios de la madre ibérica, el monumento de 
Artigas se erigiría hoj', como lo verá el porvenir, en 
las plazas de Buenos Aires y de Montevideo y de la 
Asunción. Y también en la de Santiago de Chile 
y la de Lima. Y acaso en la suntuosa de Pío Janeiro. 



350 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Pero yo convengo, mis amigos, en que esto es un 
fantástico espejismo; no me hagáis caso; aquel hombre 
era un visionario. La reaüdad, la negra realidad, está 
consignada en la nota dirigida por Rondeau a García, 
representante del Directorio en Río Janeiro, que nos 
acaba de hacer conocer el historiador Saldías, que ha 
compulsado el original. Rondeau no dio a Artigas su 
palabra de honor de combatir al portugués. No le dio 
esa palabra ni mucho menos: tenía sus atenciones en 
el Perú. En esa nota, de fecha 31 de octubre de 181 9, 
dice a su representante en Río Janeiro que han fra- 
casado todas las vías emprendidas para inducir a la 
concordia a Artigas; que éste ha puesto por condición 
especial y precisa el rompimiento con los portugue- 
ses; que no es posible, por consiguiente, el aveni- 
miento. 

Y termina con estas palabras, que son ima terrible 
sentencia definitiva: condenación a muerte de quien, 
en hora funesta, las pronunció, aunque sólo lo haya 
hecho por ineptitud. «Ks ya llegado el caso de no per- 
donar arbitrio para concluir con esa gente... He pro- 
puesto de palabra, por medio del coronel Pinto, al 
Barón de la Laguna, que acometa con sus fuefzas y 
persiga al enemigo común hasta el Entrerríos y Paraná, 
en combinación con nosotros. No se ha recibido hasta 
ahora contestación, y temo que el Barón no se preste 
a esa medida... 

»Bajo este concepto, es de necesidad absoluta que 
trate V. S. de obtener de ese Gabinete órdenes terminan- 
tes al Barón, para que cargue con stís tropas, y aun la 
escuadrilla, sobre el Entrerríos, Paraná, y obre en com- 
binación con nmstras fuerzas... Contraiga V. S. su de- 
dicación, sus relaciones y conocimientos a este negocio 
importante, y no omita diligencia para conseguirlo, 



El, DERRUMBE DEI, SIMUI,ACRO 35I 

bajo el principio indudable de reciproco interés y de 
conveniencia común. Dios guarde a V. S. muchos años. 

José Rondea'J. 

»Buenos Aires, 31 de octubre de 1819.» 

¡Oh padre Washington! 

Creo que con eso (de lo que no quiero hablar dema- 
siado) tenéis bastante, amigos míos, para daros cuenta 
de lo que ha pasado entre Artigas y los reiterados co- 
misionados de Rondeau. Vosotros, les decía Artigas, 
por el hecho de venir como embajadores, me recono- 
céis como una persona, como el representante de un 
pueblo. Decís que venís como aliados, como hermanos. 
Sea en buena hora. Yo lo soy vuestro de todo corazón. 
Pero si sois nuestros hermanos realmente, venid con- 
migo a luchar con el enemigo común, que está ahí, 
¿no lo veis?... está ahí, en Montevideo, en todo el te- 
rritorio oriental; ha derramado y está derramando a 
chorros la sangre de mi pobre pueblo; es el portugués, 
el extranjero, el rey europeo, el aliado natural de Es- 
paña y de todos los reyes. Venid a mi lado a luchar con 
él, y creeré en vuestras palabras de lealtad a la causa 
americana. 

lyos comisionados contestaban con enigmas: «mis- 
terios impenetrablesí>, dice Artigas. 

Hoy no lo son para nosotros, oh padre Artigas. Tú 
veías. I^a posteridad, a que tú acudiste, y que hoy sabe 
la historia, te dice que tú veías. No en vano notabas 
enigmas y misterios impenetrables. ¿Cómo había de 
declarar Rondeau la guerra a los portugueses, si había 
un tratado de alianza con ellos, y, en esos mismos 
momentos, don Valentín Gómez, y Rivadavia, y el 
Congreso, y todos los demás, negociaban la coronación 
del príacipe de I^uca, enlazado a una princesa de Bra- 
ganza, precisamente?... 



352 I*A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Según algunos, que han escrito esta historia a tontas 
y a locas. Artigas no debía creer en esa reahdad que 
veía, que tocaba, sino en las apariencias que se le pre- 
sentaban; debía ser realmente bárbaro; creer sólo en 
la impostura, someterse a ella, y entregarle el pueblo 
argentino. 

«¡La tmión! ¡La organización! Vendrán, sí, dice Car- 
lyle, pero fimdadas en la realidad de la verdad; úni- 
camente podrán vivir y subsistir sobre la realidad de 
los hechos, pero no sobre los falsos simulacros, las 
apariencias y las mentiras. Con la unión fundada en 
la falsedad, que nos ordena hablar y obrar mentiras, 
no queremos nada y nada tenemos que hacer. ¿Paz?... 
El brutal y estúpido letargo es pacífico, y reina paz 
permanente en el hediondo y asqueroso sepulcro; pero 
nosotros aspiramos, nosotros queremos la paz entre 
los vivos, y no esa paz mucho más fatal que la paz 
de los muertos.» 

Pero es preciso que terminemos de leer la nota de 
Artigas a Ramírez. Hay en ella otra evidencia: la que 
se refiere a la otra impostura rencorosa: la amistad de 
Carrera hacia el pueblo argentino, hacia la federación 
que odiaba; la amistad de Alvear con la democracia 
y con la república. ¡Y la de Sarratea!... 

Leamos la nota de Artigas: «Ayer ha llegado a este 
cuartel general el señor Comandante de San José, don 
Manuel Duran; éste ha sido reconvenido por el per- 
miso que concedió a Carrera para su tránsito a Higue- 
ritas. Él me responde que fué por haber visto mi firma; 
sin duda ella es supuesta. 

»B1 señor Duran se me ha descartado con que Ca- 
rrera le mostró las instrucciones de don Pablo Zufria- 
tegui, que lo esperaba con el buque dentro de dos 



El, DERRUMBE DEI, SIMUI^ACRO 353 

días, con que Carrera viajaba para el Paraná, y de 
allí para Chile... En fin, una miscelánea d(- cosas con 
que el hombre procmó alucinar...» «Es preciso que en- 
cargue usted a todos los puntos que, si arriba allí, se le 
asegure. Es preciso que haya mucho cuidado con los 
hombres que vengan, tanto de Buenos Aires como de 
Montevideo; todos tramoyan contra nosotros. Su 
objeto es introducir la confusión y excitar celos, para 
impedir por este principio nuestros progresos.» 

Bueno será que notéis, mis amigos, esa doble visión 
del héroe: instintivamente protege la obra de San Mar- 
tía, procurando asegurar a Carrera, su enemigo; ve 
instintivamente en éste al verdadero rebelde, al ene- 
migo del orden, a su propio adversario, como lo ve en 
Alvear, en Sarratea, etc.; está viendo, sobre todo, la 
definitiva traición que se acerca en la sombra. Sólo 
que no cree pueda ser Ramírez, su fidelísimo Ramírez, 
el traidor. 

Pero Artigas, absorbido por completo en la Banda 
Oriental, no podía imponer en la Occidental todas sus 
instrucciones. Carrera penetró en Entrerríos y Santa 
Fe, como la serpiente paradisíaca; llevaba consigo su 
arma predilecta: una pequeña imprenta. Se acercó 
a Ramírez, se acercó a I^ópez, y éstos le escucharon, 
a pesar de los consejos de Artigas. Se les ofreció como 
amigo; les habló las palabras cabalísticas poderosas: 
Eritis sicut dii¡ «Seréis como dioses.» Realizó la alian- 
za de ambos caudillos contra Buenos Aires; los in- 
citó a la guerra contra Pueyrredón. Bien se cuidó de 
ocultar su odio contra Artigas; ni ima palabra de re- 
belión contra él salió de su boca todavía: Artigas era 
un intangible. 

¿Qué virtud extraordinaria, qué don secreto no 
poseería ese Jefe de los Orientales, para que así persis- 

T. H.-23 



354 I<A. EPOPEYA DE ARTIGAS 

tiera, a pesar de los quebrantos, su autoridad y su do- 
minio profético sobre aquellos hombres? Es un ven- 
cido, y, sin embargo, nadie se atreve a tocarlo... López 
y Ramírez, por más que ya meditan la defección, es- 
tán aún bajo la influencia misteriosa de su capitán y 
protector. Y lo están de tal manera, que, al lanzarse 
contra Buenos Aires, incitados por Alvear, llevarán, 
como intimación a los pueblos, la palabra de Artigas, 
la intimación que éste escribirá. Será la causa de Arti- 
gas la que proclamarán; su bandera tricolor la que ha- 
rán flotar al viento; sus reivindicaciones las que ins- 
taurarán. 

Pero han comido el fruto del árbol, escuchando a la 
serpiente. Ramírez, sobre todo, el más sincero de los 
crej-entes occidentales en el profeta, el que más protes- 
tas de lealtad le ha prodigado, Ramírez, el Otorgues 
impenitente, ha bebido palabras envenenadas, que 
serán el germen de su muerte. Ése no redimirá su 
culpa con el sacrificio, como el mísero Otorgues. 



VI 



Si Artigas no realiza su milagro heroico; si no triun- 
fa por su solo esfuerzo. Artigas fué, como el Rey I^ear. 

Nadie mejor que él lo comprende así. Su resistencia 
en contra del portugués va debilitándose lentamente 
ante lo imposible. Lecor recorre la campaña con gran- 
des fuerzas, ofreciendo a todos los jefes orientales 
garantías, conservación de sus mandos, honores de 
todo género, en cambio de la cesación de hostilidades. 
lyos jefes secundarios, agotados de fuerzas y de fe, 
comienzan a aceptar las propuestas, si bien exigen 
quedar organizados, armados, y en ejercicio de sus 



El. DERRUMBE DEI, SIMUI^ACRO 355 

cargos, sin que pueda sacárseles del territorio. I^ecor 
accede a todo, y va extinguiendo las resistencias. I,a 
soledad envuelve poco a poco al héroe; aquella niebla 
que empezó a alzarse con la deserción del Batallón 
de I/ibertos sigue subiendo, y se hace cada vez más 
densa; la vida de la patria afluye y se reconcentra 
toda en él, en el corazón; las extremidades van 
quedando heladas, la palidez invade el organismo 
exangüe. 

Es necesario tm gran latido de vida. Y para eso, al 
mismo tiempo que Artigas lanza sus capitanes occi- 
dentales contra Buenos Aires, a extirpar el foco de 
las complicidades con Portugal, él recoge todo cuanto 
le queda de sangre heroica en su patria, y se arroja a 
tentar un golpe audaz, desesperado, contra el por- 
tugués. 

Con xm. movimiento inverosímil de concentración, 
reúne más de 2.000 hombres, salidos no sé de dónde, 
brotados de la tierra, e invade de nuevo el territorio 
brasileño. 

. Artigas va a buscar una victoria, para hablar desde 
ella, y combinarla con la que deben alcanzar sus ca- 
pitanes sobre la capital. Éstos, invocando la palabra 
del Protector dt los Pueblos, del Jefe inmortal, como 
dirá Ramírez, van a imponer a Buenos Aires su deber, 
y cumplirán en seguida e) propio, el del pueblo argen- 
tino: vendrán a unirse al oriental contra el extranjero, 
como San Martín, con el argentino y el chileno, corre, 
a pesar del gobierno de Buenos Aires, a unirse al 
peruano. 

Eso es lo que Artigas espera, cuando menos. 

Pero quien inspira de cerca la invasión sobre Bue- 
nos Aires, no es ¡ay! San Martín; es precisamente su 
enemigo: es Carrera, es Alvear, es Sarratea, y les de- 



356 I^A EPOPEYA DE ARTIGAS 

más, que lo son también de Artigas. Y éstos en todo 
piensan menos en arrojar extranjeroF. Eío les tiene 
sin cuidado, como sabéis. 

¿Cómo y dónde obtuvo Artigas la victoria que bus- 
caba?... 

Kra imposible, pero la obtuvo. ¡I/a última mirada 
de la gloria que se va! 

A principios de diciembre de 1819, cruzó el héroe 
oriental la frontera; el 13 del mismo mes se encontró 
con la fuerte división portuguesa mandada por el 
brigadier Abren, destacada por el Conde de Figuei- 
ra sobre la frontera del Brasil. Con su ejército dividido 
en dos columnas, la una bajo su mando inmediato, y 
bajo el del animoso I^atorre la otra. Artigas llevó al 
enemigo una formidable carga, que lo deshizo y des- 
bandó; sus vestigios fueron perseguidos más de ocho 
leguas por la caballería oriental. 

Victoria de Santa María, se llama esta acción inve- 
rosímil. Ha sido muy cantada. El mismo don Vicente 
I/ópez, aquel que tanto execra el nombre de nuestro 
caudillo vidente, la llama hicidísima victoria. 

¡Oh, sí, lucidísima! Yo no puedo detenerme en ella 
mucho tiempo, mis amigos; la miro con religiosa me- 
lancolía; me produce el efecto del estertor de tm leo- 
pardo. Eso es más que ima victoria: es una risa en la 
boca de un muerto; es un relámpago agonizante, a 
cuya luz se ve a Artigas, franjeado de fuegos de fra- 
gua cósmica, altivo, ñrme en su fe y su propósito, 
sereno como un mito, escribir, sobre el arzón de su 
caballo sudoroso, su postrera imprecación. 

Y escribió, desde el campo de batalla de Santa 
María, al Congreso de Buenos Aires: 

«Merezca o no Vuestra Soberanía la confianza de 



El, DERRUMBE DEI, SIMUI,ACRO 357 

los pueblos que representa, es al menos indudable 
que Vuestra Soberanía debe celar los intereses de la 
nación. Ésta protestó contra la pérfida coalición de 
la administración directorial con la corte del Brasil; 
los pueblos, revestidos de dignidad, están alarmados, 
justamente, por la seguridad de sus intereses y los de 
América. 

» Vuestra Soberanía decida con presteza. Yo, por mi 
parte, estoy dispuesto a proteger la justicia de aque- 
llos esfuerzos. La sangre americana, en cuatro años, 
ha corrido, sin consideración; al presente, Vuestra So- 
beranía debe economizarla, si no quiere ser responsa- 
ble ante la soberanía de los pueblos. 

»Tengo el honor de anunciarlo ante Vuestra Sobe- 
ranía, y saludarla con mi más respetuosa conside- 
ración. 

»Cuartel general de Santa María, 27 de diciembre 
de 1819. 

José Artigas. 

»A1 Soberano Señor Representante de las Provin- 
cias Unidas en Congreso.» 

A la luz del mismo instante, como a la de un relám- 
pago, dirige una comunicación al Cabildo de la capi- 
tal, como el solo representante genuino, aunque no 
oficial, de aquel pueblo de Buenos Aires, que Artigas 
ama como a los demás, víctima de la oligarquía triun- 
fante, y amigo y aliado suyo, por consiguiente. Esa 
nota es de otro tono; tiende en ella la mano al pueblo, 
al de Buenos Aires; se la tiende muy abierta, y él no 
sabe engañar; lo llama a la concordia. 



358 I^ EPOPEYA DE ARTIGAS 



VII 



Bitas notas y la noticia del triunfo de Artigas en 
Sania María son la intimación y el presagio de vic- 
toria que llevan los caudillos occidentales. Éstos han 
declarado la guerra a los aliados de Portugal, al Di- 
rectorio y al Congreso, que gestionan la monarquía. 
Ramírez ha pasado el Paraná y se ha unido a López; 
Campbell lleva el concurso de Artigas. 

l/os caudillos han marchado al galope sobre Bue- 
nos Aires; han apresado los convoyes que conducían 
a Balcarce, enviado a substituir a San Martín para im- 
pedir la expedición al Perú. 

Como un trueno que se acerca, se oye en Buenos 
Aires el tropel de los caballos. Rondeau, que no ha 
conseguido la protección que pedía a Portugal contra 
el pueblo argentino, llama a sí las fuerzas de la nación: 
a Belgrano, a San Martín, a -todos. «Conciudadanos 
de todas las provincias, dice en su proclama, todas 
las fuerzas del Estado van a ser empeñadas en esta 
campaña.» 

Rondeau llama, pero nadie le responde. El vacío, 
la apariencia, no tienen voz. Belgrano, el honesto Bel- 
grano, es el único que quiere obedecer; pero, enfermo 
e inhabilitado, envía al general Cruz con el ejército. 
Y el ejército, bajo la inspiración de Paz y Bustos, se 
subleva en Arequiio contra Belgrano, su moribundo 
jefe, y contra el gobierno, no menos agcmizante. Se 
subleva porque, según lo dice el mismo Paz en sus 
Memorias, «las autoridades de Buenos Aires han caído 
en descrédito; porque se les culpaba de traición al 
país y de violación de la misma Constitución que 



El/ DERRIBIBE DEI, SIMüI,ACRO 359 

acababan de jurar; porque se propagaba el rumor de 
que el partido dominante, apoyado en las sociedades 
secretas que se habían organizado en la capital, tra- 
taba nada menos que de la erección de una monarguían. 

Como lo veis, las gestiones monárquicas, con ser 
sólo un rumor entre los pueblos, bastaban para su- 
blevarlos, acaudillados por Paz, por el general Paz, 
entendedlo bien, que no ha pasado nunca por jefe 
de los anarquistas, sino todo lo contrario. Para Arti- 
gas, y para la historia, esos planes eran algo más 
que un rumor, como sabéis. 

San Martín, lejos de acudir alllamado, atraviesa 
la cordillera y se va a Chile; la parte de su ejército 
que ha quedado en territorio argentino se subleva 
también en San Juan, a las órdenes de Arenales, y 
se desvanece. Así se hubiera disuelto el que se llevó 
San Martín, si éste no lo salva. I^as diferentes pro- 
vincias del Norte rechazan a Buenos Aires, y se agru- 
pan independientes en torno de sus personajes rei- 
nantes: Qtdroga, Bustos, Güemes, Araoz, etc. 

Ha llegado, pues, la hora de tumbarse lo que no 
tiene cimientos. Veréis un enorme derrumbe, determi- 
nado por 1.500 hombres a caballo, que, con el evan- 
gelio de Artigas, con li bandera tricolor de Artigas, 
galopan hacia Buenos Aires. Es el soplo de la reaHdad, 
que disipa todas las apariencias, todos los simulacros 
impíos" perspectivas de tronos, soluciones secretas. 

Rondeau ha formado un ejército de 2.000 hombres 
en la capital, y sale al encuentro de Ramírez y I^ópez; 
se encuentran en Cepeda. Aquello no fué una batalla; 
fué una racha de viento, un disparo de fuego en una 
bandada de pájaros. lyas caballerías de Rondeau se 
dispersaron a la primera carga del enemigo, que las 
persiguió más de cinco leguas. Rondeau huyó del cam- 



36o I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

po, sin saberse de él en varios días; sólo Balcarce, que 
mandaba la infantería y la artillería, logró retirarse 
en orden a San Nicolás. 

lyos caudillos vencedores golpeaban con las cujas 
de sus lanzas las puertas de Buenos Aires, y le presen- 
taban, intimándole inmediata contestación, las notas 
de Artigas, que constituían su programa. Ramírez, 
que, como agente de Artigas, es el representante de la 
invasión, dice: «He recibido de S. E. el Protector de 
los Pueblos Libresla. comunicación que incluyo a V. K... 
El geneial Artigas, a la cabeza de tres mil decididos 
orientales, acabó con la división del distinguido por- 
tugués Abreu; ahora corre la frontera del Brasil y priva 
al enemigo, en aquella parte, de todos sus recursos. 
Puede V. E. leer los partes de aquel jefe inmortal, para 
tomar una idea exacta de los sucesos.» 

Aquello sonó a hueco al ser así golpeado; sonó a hueco. 

El pánico extraviaba las cabezas; todos iban y 
venían en la ciudad consternada: Aguirre, Director 
Supremo en ausencia de Rondeau, los miembros del 
Congreso y del Cabildo, los políticos, los diplomáti- 
cos, todos. Era preciso acatar a Artigas, pactar, una 
vez más, con sus emisarios triunfantes. 

Se forma un ejército, que se pone a las órdenes del 
general Soler, el que fué gobernador de Montevideo 
como jefe de Alvear. Soler se cubre con la bandera 
de Artigas; se vuelve contra el Director y el Congreso; 
intima con soberbia al Cabildo, que eche abajo al 
Congreso, que quite al Director, que separe de sus 
destinos a cuantos emanan de esa autoridad... «a 
todos los ligados a esa facción indigna y degradante 
de Pueyrredón, Tagle y sus secuaces». «¿Para cuándo 
guarda V. E. su poder?» 



El, DERRUMBE DEI, SIMUI^ACRO 36 1 

El Congreso, renegando de su propia obra, des- 
tierra a Pueyrredón y a Tagle a Montevideo; pero no 
por eso se afianza a sí mismo. Bl Cabildo, a su vez, 
piensa que el mejor modo de salvar su situación es 
hacer justicia y dar reparaciones a Artigas, como las 
dadas a la caída de Alvear, como las de Posadas y 
demás. Nada más conducente a ello que contestar 
sus notas; la que trazó sobre el arzón de su caballo 
de guerra en el campo de Santa María sobre todo. 
Y escribe entonces al general victorioso: 

«Bxcmo. Señor: 
»Con fecha 3 del que rige, ha sido puesta en manos 
de este Ayuntamiento la nota de V. E., de fecha 27 
de diciembre último, en que, lamentando la inutili- 
dad de los esfuerzos de este pueblo recomendable, 
siente que ella tenga su origen en la complicación con 
los del poder directorial. Con efecto: este pueblo ha 
sido la primera \nctima sacrificada en el altar de la 
ambición y de la arbitrariedad; 5^ al concurso funesto 
de tales causas es que debemos atribuir ese tropel de 
males y horrores civiles que nos han cercado por to- 
das partes. Mas si es. Excelentísimo Señor, que, al 
terrible estruendo de una borrasca, sucede lo apacible 
de tma calma risueña, V. E. debe congratularse de que 
llegó para nosotros ese precioso momento. 

»Un nuevo orden de cosas ha sucedido. Buenos 
Aires, inmoble en sus antiguos principios liberales, 
marcha hacia la paz, por la que ansian los pueblos 
todos. En estos mismos instantes en que se contesta 
a V. E., se prepara por la Mtmicipalidad una diputa- 
ción al señor general don Francisco Ramírez, para 
que, cerca de la persona de V. E., levante los prelimina- 
res de un tratado que sea el de la paz, la obra de la fra- 
ternidad y el iris deseado de nuestras discordias. 



362 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Bien pronto va a ver V. E. que Buenos Aires merece 
justamente el título de recomendable; que sabe apre- 
ciar los sentimientos de los demás pueblos hermanos 
y que le cara ctei izan no menos la buena fe que la más 
acendrada sinceridad. V. E. crea que sus votos son 
hoy los de fraternidad y armonía, y que si ella pudiera 
correr en sus obras a la par de sus deseos, hoy mismo 
quedaría para siempre sepultada la horrible dis- 
cordia y afianzado por todas las provincias el estan- 
darte de la unión. 

»Dios guarde a V. E. muchos años. 

)>Sala Capitular de Buenos Aires, febrero j\ de 1820. 
»JuAN Pedro Aguirre, Esteban Romero, etc., etc. 

»Excmo. Señor Jefe de los Orientales, don José 
Artigas.» 

El Congreso aprueba y aplaude la actitud del Ca- 
bildo; le ofrece su concurso y apoyo. 

Pero todo fué inútil: Ramírez rechazó al Cabildo; 
se desterró a Aguirre; el Congreso se disolvió: ter- 
minó el régimen nacional. 

Era preciso entonces elegir, como gobernador pro- 
vincial, sólo de Buenos Aires, tma entidad propicia a 
los vencedores. ¿Habrá surgido, por fin, el héroe, el 
hermano occidental de Artigas? Esa entidad apareció, 
parida por la confusión, como un aborto extravagante: 
fué don Manuel Sarratea. Don Manuel Sarratea, aquel 
presidente del primer triunvirato, improvisado general, 
y expulsado por Artigas del segundo sitio de Montevi- 
deo; el de las gestiones diplomáticas monárquicas; el 
que, con Al vear y Carrera , había fraguado la conspira- 
ción que conocemos y buscado la alianza de Artigas. 
Ahora se decía en inteligencias secretas con los caudi- 
llos; era, pues, el hombre, y fué nombrado, por eso, por 
amigo de los caudillos, gobernador de Buenos Aires. 



EL DERRUMBE DEL SIMULACRO 363 

Bn ese carácter, fué al Pilar, en busca de Ramírez; 
hizo allí la paz con los vencedores, dándoles todo cnan- 
to pidieron; hasta la aperttna de un proceso de alta 
traición contra los caídos, análogo al levantado con- 
tra Alvear derrocado en 1815. E introdujo a los capi- 
tanes triunfantes, rodeados de sus huestes, hasta la 
plaza de la Victoria, donde se celebró la cosa con un 
gran banquete. 

Artigas, aunque vencedor, no comió del pan de ese 
banquete, ni bebió de su vino. Artigas bebía su hiél, 
luchando contra los poitugueses. 

Ya hablaremos de ese llamado tratado del Pilar, presi- 
dido por Sarratea, por Alvear, por Carrera, y demás 
con quienes Artigas no había querido tratos ni contra- 
tos. No, ni Artigas ni sus orientales bebieron del vino 
del banquete triimfal. Tampoco San Martín bebió de 
él. Éste se va a luchar con el español en el Perú, mien- 
tras en el tratado del Pilar, en que se traicionó a Ar- 
tigas, ce convino también en dar elementos de ven- 
ganza a Carrera contra San Martín y O'Higgins. 



VIII 

Después de eso del Pilar... no es fácil que os detalle 
lo que pasó, ni hay para qué. Ese célebre año 20 es 
la autopsia del organismo que, durante diez años, 
ha combatido a Artigas: aparecen todas sus visceras 
enfermas. Han dicho que esa anarquía del año 20 fué 
la obra de los caudillos campesinos. Estáis tocando con 
la mano, amigos míos, que eso no es verdad; que es 
sólo apariencia mentirosa. Artigas, cuando menos, 
no la quiso, según lo habéis visto; y no sólo no la 
q'iiso, sino que foé su más noble víctima, él y su pue- 



364 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

blo inmolado a esa anarquía que, como lo veis y lo 
veréis en seguida, no es otra cosa que la ausencia 
de Artigas. 

Hay una le}^ de las tempestades en la historia, dice 
Amiel, lo mismo que en la naturaleza. Reprobar la 
guerra es lo mismo que maldecir del rayo, o de las 
borrascas, o de los volcanes. En el orden moral, no 
se trata de reprobar el castigo, sino de no merecerlo. 
Después del Pilar, se desatan de tal suerte las 
ambiciones de los proceres que llamaban anárquico 
al héroe oriental, y ambicioso y malvarlo, que juzgo 
la descripción algo más que difícil. Es inútil, sobre 
todo, en este momento. 

A vosotros os bastará con saber que todos quie- 
ren ser allí el ree. el dueño; que, llegado a Buenos 
Aires Balcarce, con los soldados que salvó en Ce- 
peda, echó abajo a Sarratea; que éste hu3-ó al cam- 
po de Ramírez, y aquél se erigió en gobernador; que 
Soler, con sus tropas, echó abajo a Balcarce, para su- 
bir él, y caer inmediatamente ante la intimación de 
Ramírez, que volvía con Sarratea a cuestas, a quien 
restableció en el mando, imponiéndole la instaura- 
ción del proceso de alta traición; que el Cabildo hizo 
huir de nuevo a Sarratea a acogerse a Ramírez, nom- 
brando para substituirlo a Ramos Mejía. Entonces 
se irrita Soler, que esperaba ser elegido gobernador, 
y, con sus soldados, echa abajo a Ramos Mejía. Pero 
por ahí andaba también Alvear, que quería, ¿por 
qué no?... ser príncipe gobernador. Alvear, unido a 
Carrera y sus chilenos, busca el apoyo de lyópez, el 
caudillo de Santa Fe, que viene a las manos con Soler, 
lo derrota y lo hace huir a la Colonia, abandonado de 
todos sus soldados. Bj elegido en su reemplazo, en 
la ciudad. Borrego, que ahora reaparece, vuelto de 



El. DERRUMBE DEI, SIMUI^ACRO 365 

SU destierro; pero los campos reconocen como gober- 
nador a Alvear. Dorrego destroza a Alvear ya Carrera, 
y los expulsa de la escena; pero es destrozado por 
I/ópez en el Gamonal. No hay, pues, gobernador; es 
preciso formar otro. Se elige al general don Martín 
Rodríguez; pero, a los cinco días, un motín de los par- 
tidarios de Dorrego y de los de Soler y de los de Sa- 
rratea, lo hace huir de la ciudad. Rodríguez regresa, 
dos días después, con mil hombres, entre los que se 
cuentan dos regimientos de campesinos vestidos de 
colorado; atacan la ciudad, se apoderan de ella y es- 
tablecen, por fin, im punto de partida para la reorgani- 
zación. Bs el 15 de octubre de 1820. Toda esa baraún- 
da que os he hecho sentir ha acaecido en seis u ocho 
meses; hubo un día que se llamó de los tres goberna- 
dores. Baraúnda ingénita. 

No juzguéis inútil ese detalle de los campesinos ves- 
tidos de colorado, de que os he hablado, mis amigos 
artistas. Yo quiero haceros mirar, aunque sea de 
paso, por ahora, el jinete que viene a la cabeza de 
esos campesinos, y que hasta este momento no ha- 
béis conocido en esta historia. Es un monumental 
personaje, sin embargo; im gran original; es el suce- 
sor de Artigas, nada menos. Si conseguís ver sus 
ojos pequeños y azules, y su fina figura caucásica, 
no os olvidaréis de él; su mirada no se olvida. Se 
llama Juan Manuel Rosas. Bl es quien repone a Ro- 
dríguez en el gobierno. Bste Juan Manuel Rosas, 
como todos los demás, nada tiene de común con Ar- 
tigas: es otra cosa, otra realidad; pero es tma reali- 
dad, una sentencia. 

Y basta de detalles sobre ese año 1820. Bn él han sa- 
lido a la luz del sol todos los móviles, los resortes o 



366 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

dinamismo interno, de esa máquina de Buenos Aires, 
cuyo objeto principal era la destrucción de Artigas, 
el anárquico, el ambicioso, el genio infernal. Podéis, 
y aun debéis, pensar mucho en eso; en lo que había 
dentro de esa máquina. Y en el hombre de ojos claros 
que venía a la cabeza de los campesinos vestidos de 
colorado. 

Después de ese derrumbe vendrá la organización; 
pero todo eso es accidental, completamente accidental; 
no he de distraeros. I,o esencial, lo que quiero que en- 
cendáis como ima grande hoguera en vuestro espí- 
ritu, para que no lo invadan las tinieblas del detalle, 
de las ambiciones en lucha, del tanteo en la organi- 
zación, del cuarto de hora de tumulto, del abalorio 
histórico, es lo siguiente, que es alma y substancia: 
en este momento de la historia del Río de la Plata 
ha vencido, por fin, la revolución del 25 de mayo 
de 1810: la muchedumbre anónima que, según Grous- 
sac y Kstrada y Sarmiento, fué el héroe de aquella 
jornada. Esa entidad ha triunfado de los que, durante 
diez años, no han cesado de pugnar por extirpar su es- 
píritu, exacerbándola: de los triunviratos, de los di- 
rectorios, de los congresos, de los diplomáticos, de 
las logias secretas, de esa I^ogia I/autaro, alma maier 
de todo, cuyo fin «era acabar con el espíritu república 
no, sinónimo de patria»; de los que, según Estrada, 
querían echar vino nuevo en odres viejos, perdiendo 
el vino y la vasija. Pero al frente de esa muchedum- 
bre vencedora 3'a no veremos a Artigas; ha triiuifado, 
pues, pero decapitada; una larga convulsión le será 
necesaria para reponer la cabeza que le falta. 

Después de la remoción del agua de esa piscina pro- 
bática, volverá el nivel normal, y, como el arcángel 
evangélico, aparecerá flotante, sobre la superficie, 



El* DERRUMBE DEI, SIMUI^ACRO 367 

el grande espíritu que refucila muertos. Lo dice López, 
el historiador, a quien es conveniente oir £cbre este 
punto: «Cuando parecía que habíamos caído para no 
levantarnos, el mismo 23 de febiero de 1820, en que 
las montoneras y la semibarbarie de las campañas de- 
siertas ataban sus potros alrededor de la pirámide de 
Mayo, brotaban, del seno mismo de e:.e caos, aspira- 
ciones y fuerzas para reanudar la vida nacional y 
para reemprender su reorganización inmediata, y 
vislumbrábase la influencia de un nuevo principio que, 
inorgánico todavía y mal escrito en las banderolas 
de las lanzas santafecinas y entreriianas, debía arro- 
jarnos en una vía, obr-ctura entonces y mal definida 
todavía, que tenía que llevarnos sin remedio a la orga- 
nización con que Washington y Hamilton habían dado 
vida a la gran República del Norte». 

Eso es verdad, mis amigos artistas: el grande es- 
píritu ha quedado flotante sobre las aguas revueltas 
y aquietadas. La patria argentina republicana se for- 
mará, modelada con el légamo del caos, con el fango 
sagrado, amasado por un héroe. Rivadavia, García, 
todos, todos dejarán, por ahora al menos, sus pro- 
yectos monárquicos, aniquilados por Artigas, y ven- 
drán a encarnar, en instituciones y leyes, ese espíritu 
surgente, que vosotros ya no podéis confundir, no 
es tm nuevo principio; vosotros lo conocéis, y 30 no 
necesito, felizmente, nombraros al hombre poseído 
por él, al que había recogido su divina revelación, 
y la había promulgado, no en forma inorgánica, es- 
crita en banderolas, sino clara, definitiva, vencedora, 
en las Instrucciones del año 1813. En los diez años 
de revolución, eso es lo único que se ha salvado; pero 
eso es todo. 

Tampoco es preciso que os diga cuál es la víctima 



368 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

propiciatoria, inmolada a la salvación de la indepen- 
dencia republicana de América: está tendida, por fal- 
ta de sangre, a los pies del invasor portugués... pa- 
rece muerta... 

¡Oh, patria germinal. Patria Oriental.., oh, patria! 



363 



CONFERENCIA XXIV 

IvA VÍCTIMA PROPICIATORIi 



Queda San Martín. — Su desobediencia. — El acta de Ranca- 
GUA. — Hacia el Perú. — San Martín sube y Artigas de- 
clina. — I^A Quebrada de Belarmino. — I^A última sangre: 
Tacuaremeó. — Cae la noche. — I<a hora de soledad. — 
¡Ríndete, Artigas! — Con el sol de los vencidos en la 
espalda. — líA última mirada a las colinas de l.\ patria. 



Amigos artistas: 

Iva dominación extranjera ha terminado en Amé- 
rica, puede decirle. 

I^os héroes de esa revolución, en la parte austral 
del continente, son dos rebeldes geniales, que serán 
olvidados o execrados: Artigas, que, rebelado contra 
la fuerza de la autoridad que trabaja por la restaura- 
ción monárquica, ha empujado al pueblo argentino 
hacia Buenos Aires, y San Martín, que, alzado, por 
fin, contra esa misma autoridad, empuja al ejército 
argentino (lo que ha salvado de él) hacia el Perú, 
donde dará el úlümo golpe al poder militar colonial. 

I/a acción de esos dos hombres, la de Artigas sobre 

T. 11.-24 



370 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

todo, es la base de la patria que hoy tenemos y glo- 
rificamos: la realidad. 

El .San Martín marmóreo es el San Martín de ese 
momento, en que participa del gran espíritu de Arti- 
gas y completa su obia. 

Bl gran capitán está en Chile con su visión, que le 
señala el Norte; allí recibe la reiterada intimación que 
conocemos, de volar, sin pérdida de momento, a Bue- 
nos Aires a combatir contra Artigas. San .Martín sabe 
que, si sus tropas pasan la cordillera, el destino que 
les aguarda será el de las demás: la disolución en el 
remolino, y el abandono para siempre de la expedi- 
ción al Perú. No obedece; se queda en Chile; salva su 
ejército. 

I/lega el derrumbe que hemos visto; cae Rondeau, 
y el Congreso, y todo el simulacro de Buenos Aires; 
los gobernadores suben y bajan; no hay allí una subs- 
tancia permanente, en medio de los accidentes cam- 
biantes; la nacionalidad es una abstracción, dice 
Mitre. 

¿Qué es, entonces, San Martín, allá, del otro lado de 
los Andes, con su ejército y con su bandera argen- 
tina?... ¿A quién representa esa bandera bicolor que 
enarbolan sus tropas?... O San Martín no es nada, 
o es todo. 

Es todo. En ese momento, la figura del hombre de 
Chacabuco es substancialmente igual a la del de I^as 
Piedras; es casi tan grande como Artigas. Sólo le 
falta, para serlo del todo, la fe firme en la democra- 
cia y en el pueblo; en el fango sagrado. San Martín 
no la tiene, porque no puede tenerla; no es culpa suya. 

Esas dos banderas, en los dos extremos del vasto 
teatro, la bicolor de San Martín, la tricolor de Arti- 
gas, son los dos gloriosos centinelas del pensamiento 



I,A VÍCTIMA PROPICIATORIA 371 

de Mayo en la pugna contra el extranjero. Las dos 
serán inmortales, como las dos patrias argentinas 
que representan: la Oriental y la Occidental del Plata. 

San Martín, erigido en la sola autoridad argentina 
por veredicto de su visión, pacta entonces por su 
cuenta, sin esperar ima ratificación, que no pueden 
darle, con el gobierno de Chile, la alianza de ambos 
pueblos andinos subtropicales, para la expedición 
al trópico, postrer baluarte español. Se le pregunta 
bajo qué bandera se realizará ésta. — Bajo la chilena, 
— «contesta San Martín. Chile dará su responsabilidad 
nacional; dará también los recursos; pero el ejército 
argentino conservará su nacionalidad y su bandera en 
representación de las Provincias Unidas del Plata. 
San Martín no dijo — como hubiera podido hacerlo — 
«me conservará a mí». 

El gran capitán americano sintió, sin embargo, un 
momento de vacilación ante su obra. O no se atrevió 
a tomar solo tanta y tan grave responsabilidad, o 
quiso someter a la prueba del fuego la fidelidad de 
sus capitanes y soldados. I^as dos cosas quizá. 

Estaba el ejército en Rancagua. San Martín llamó 
a lyas Heras, su Jefe de Estado Mayor, y puso en sus 
manos un pliego cerrado, que sólo debía abrir en pre- 
sencia de todos los oficiales del ejército de los Andes. 
Se abrió solemnemente. Bn él decía San Martín: «El 
Congreso y Director Supremo, de quienes -procede mi 
autoridad, no existen ya en Buenos Aires; mi autori- 
dad ha caducado, pues. Nombre el ejército, represen- 
tado por sus oficiales, el general que debe acaudi- 
llarlo en la obra de consumar la independencia de 
América. Mi salud me impide desempeñar cumplida- 
mente ese puesto; pero no el de ayudar a mi patria 
y a mis compañeros». 



372 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Uu momento de estupor, y uno de inspiración 
unánime y fulminante, siguieron a aquélla lectura. 

Y todos los jefe3 y oficiales se alzaron, en son de 
juramento de fidelidad al héroe, y firmaron lo que se 
llama Acta de Rancagiia, y que, fechada en 20 de 
abril de 1820, dice así: «Queda sentado, como base y 
principio, que la autoridad que recibió el general de 
los Andes para hacer la guerra a los españoles y ade- 
lantar la felicidad del país, no ha caducado, ni fuede 
caducar, pues que su origen, que es la salud de los pue- 
blos, es inmutable)). 

He aquí que el ejército de los Andes, envenenado 
también de artiguismo, por lo visto, se hace solidario 
de la desobediencia y de la gloria del general; consa- 
gra el solo origen de la autoridad de los héroes, el 
de la de Artigas: la salud de los pueblos. ¡Desobedien- 
cia!... ¿Acaso hay allí alguien que pueda mandar más 
que la gloria?... ¿Dónde está, en ese simulacro de 
Buenos Aires, el que tiene derecho, lo que se llama 
derecho, a decir: «Yo soy el superior legítimo»?... 
Allí no hay más realidad que Artigas y San Martín. 
Y sólo la reaHdad tiene derechos. ¡Desobediencia!... 

San Martín se irá al Perú; la gloria le tiende los 
brazos deide allá. Y Bolívar viene caminando ha- 
cia él. 



II 



¿Y Artigas?... ¿A dónde va Artigas, la otra reali- 
dad de este momento? 

JamAs ha sido más grande que en este crepúsculo 
tempestuoso, amigos artistas, en que vamos a verlo 
declinar y hundirse en la sombra; el cuadro de núes- 



I, A VÍCTIMA PROPICIATORIA 373 

tra epopeya toma aquí coloraciones como nunca in- 
tensas y grandiosas. 

San Martín tiene su ejército vigoroso, armado; 
tiene su alianza con Chile, libre de enemigos en su te- 
rritorio; cuenta con Bolívar, que viene del Norte. Arti- 
gas tiene el enemigo, que, con 10.000 hombres, domina 
en su patria, y le quedan las cenizas de su pueblo, em- 
papadas en sangre, después de cuatro años de inau- 
dita brega. 

Pero él espera la alianza que sus capitanes vence- 
dores van a imponer con la bandera tricolor; la alian- 
za del pueblo argentino, cuyas libertades ha salvado; 
la inmediata declaración de guerra a Portugal, por 
coa siguiente, esperando esa alianza, ha triunfado de 
Abreu, en Santa María, y ofrecido esa victoria a sus 
capitanes, para que la invoquen, como la invocaron, 
al presentar sus intimaciones a Buenos Aires, Allí ha 
quedado solo con un puñado de héroes, vencedores 
efímeros, por un milagro heroico. Está en el corazón 
del territorio enemigo. Es preciso que el hermano se 
apresure en su ayuda; no hay momento que perder. 

El portugués, que es dueño de toda la región orien- 
tal, y que puede reforzar sin límite sus elementos, 
afluye con ellos rápidamente, y los hace converger a 
aquel punto. Artigas se ve rodeado, sin perder su 
geito de vencedor; interroga los horizontes, de^de su 
caballo de batalla, y aun tiene fe. Una idea fija está 
clavada en su mente: es preciso que conserve el pres- 
tigio de su victoria, para reclamar de sus capitanes, 
vencedores en Buenos Aires, el cumplimiento de su 
deber de honor para con la Patria Oriental. Artigas 
conoce lo que vale la fe de los hombres; sabe que no 
debe sometérseles jamás a la prueba suprema. Quiere, 
pues, la batalla. 



374 ^A EPOPEYA DE ARTIGAS 

El mariscal Cámara ha aparecido con grandes fuer- 
zas, y contenido la persecución de los portugueses 
vencidos en Santa María. El Conde de Figueira, al 
frente de tres mil hombres, se acerca a marchas forza- 
das, y se reúne con Cámara, con Abreu, con todos los 
elementos de que puede disponer. 

La vanguardia oriental, vencedora en Santa María, 
retrocede. Figueira penetra tras ella en el territorio 
luruguayo; se detiene en la Quebrada de Belarmino; 
oculta en ella el grueio de sus fuerzas, y corona las 
alturas con piquetes y guerrillas. La débil vanguar- 
dia patriota, de ochocientos hombre?, creyéndose fuer- 
te, ataca por tres puntos distintos la Quebrada, déla 
que brota el ejército enemigo. El último pedazo de 
nuestra carne palpitante lucha y muere: de cada dos 
hombres mirrió tmo;los mejores oficiales de Misiones: 
Ticurei, I/Drenzo Artigas, Juan de Dios, y muchos 
más. Aquello no fué un combate; fué un nuevo holo- 
causto... 

Pero el ara de la suprema ofrenda estaba levantada 
algo más al Sur, allí donde nace el río Tacuarembó, 
que, en ese día, gloriosamente infausto, llevó al río 
Negro, para que éste la derramara como ima unción 
en el Uruguay, y éste la llevara al Plata y al At- 
lántico, la última sangre propiciatoria. Esta recorrió, 
diagonalmente, de Norte a Sur, todo el territorio 
de la Patria, como si ésta se envolviera en su ban- 
dera para morir/ 

Latorre, que mandaba el ejército, se dirigió a ese 
río Tacuarembó, después del contraste de su vanguar- 
dia en Belarmino. El grueso de sus fuerzas vadeó la 
corriente; pero la vanguardia quedó del otro lado, 
río por medio. Una lluvia torrencial determinó la cre- 
ciente del río, y la incomunicación de ambas fuerzas. 



I,A VÍCTIMA PROPICIATORIA 375 

A;í cayó sobre todos ellos, de sorpresa, en' el día 
22 de enero de 1820, el Conde de Figneira, con sus 
tres mil hombres de las tres armas. Y sin embargo, 
aquello fué una batalla, una gran batalla. Sotelo, 
el intrépido Sotelo, jefe de la vanguardia aislada 
y sorprendida, cayó muerto cuando acudió a for- 
mar y a arengar a sus soldados, que enfrenaban los 
caballos; los que pudieron, se arrojaron al agua y 
pasaron el río a nado; los restantes murieron luchan- 
do cuerpo a cuerpo. El ejército portugués cruzó el 
Tacuarembó, por im vado apenas accesible, y cayó 
sobre el campamento general, que, a pesar de la 
situación, sostuvo la batalla por largas horas y so- 
lemnes. 

Cuando se lee, mis bravos amigos, el parte que de 
ella eleva el general portugués a su rey, con parabienes 
y remisión de hombres y de estandartes apresados 
como trofeos gloriosos, parece que imo ve condensa- 
dos en ese combate los cuatro años de la suprema re- 
sistencia. «Aquí termina, dice Barreiro, refiriéndose 
a él, este dilatado período, tan fecundo en maquina- 
ciones y desgracias, en que, combatiendo el patrio- 
tismo solo contra el poder y los recursos militares 
mejor organizados, se libraron cinco sangrientas bata- 
llas, veinticuatro grandes combates y más de diez y 
seis porfiados encuentros. >> 

Aquel grito de guerra de Tacuarembó no es el de 
lui agonizante; es un grito enorme. El vencedor afir- 
ma que allí murieron ochocientos soldados orientales; 
quinientos cayeron prisioneros; se apresaron cuatro 
cañones, mucho armamento, caballos, ganado... ¡Ocho- 
cientos muertos!... Pensad en eso, mis amigos artistas. 
Yo os aseguro que allí se murió todo cuanto puede 
morirse por una patria. ¡Benditos sean esos muertos!... 



376 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Y así acabó la resistencia: cesó con el respirar de 
aquel pueblo. 

Artigas se encontraba muy cercano del campo de la 
oblación o del holocausto: de Tacuarembó; estaba en 
Mataojo para recibir allí nuevos contingentes que 
esperaba de Eutrerríos, y nuevas caballadas, que pen- 
saba en incorporar a su ejército para librar el inmi- 
nente combate que quería dirigir él personalmente. 
I^a noticia del precipitado desastre dio en su cabeza 
como en vm peñón. Miró en torno suj^o, y vio que aun 
le quedaba Rivera, su inquebrantable Rivera. In- 
mediatamente le ordenó que se le incorporase; pero su 
voz se perdió en el vacío de la patria desamparada, 
muerta por inanición. Rivera no acudió al llamado; 
la resistencia humana tiene su límite. Ha celebrado 
un armisticio, que es seguido de un reconocimiento 
pe la dominación; a él se le otorga el grado de coronel 
y la autorización de organizar y mandar su regimien- 
to. Fué el último en envainar la espada. 



III 



Todo queda muerto en la patria; nada palpita; es 
el campo desolado, sembrado de osamentas, que vio 
el profeta bíblico. Osa árida. Allí esperan la trompeta 
del arcángel, que los llame a oir la -palabra del Señor. 
Verbum Domini. I^a dominación portuguesa ha que- 
dado consumada; «cimentada en ocho mil cadáveres», 
dice el primer historiador portugués. 

Ríndete tú también, oh vencido Artigas; ya has 
cumplido con tu deber. ¿No eres im hombre de carne?... 
Acógete a la ley de la carne, a la ley del hombre; de 



I,A VÍCTIMA PROPICIATORIA 377 

ella procede el honor de la tierra; tendrás honores. 
A ti también te alcanzarán, a ti, en primer término, 
los homenajes de la guerra, si entregas esa tu espada, 
en que parece continuar la vida de tu brazo, que 
arranca del corazón. Todo se te ofrece: grado militar 
en actividad, bienestar y también gloria. Mira en 
torno tuyo: Otorgues, Ivavalleja, Bernabé Rivera, 
Barreiro, Andresito, Sotelo, Oribe, Bauza, ya no es- 
tán. Y ahora, por fin, el mismo Rivera, el de India 
Muerta y de Guayabo, 3'a no está. Y los otros, todos 
los otros, todos los hombres que respiran en tu tierra, 
respiran como hombres que parecen dormidos o agó- 
nicos. No se mueven. Y hay inmensa soledad en torno 
tuyo. Montevideo es el baluarte portugués; Purifi- 
cación, tu capital, es im montón de escombros; ya 
crece en ellos el trébol y la gramilla, y mucha hiedra, 
y algunos laureles... Apéate, ¡oh, héroe!, de ese tu ja- 
deante caballo de combate. ¿A dónde volverás sus 
riendas, si el mismo bruto siente pánico ante las vo- 
ces del vacío que le rodea?... 

Artigas no oye lo que viene de afuera; sólo escucha 
lo que sube de sus entrañas sonoras. Con la cabeza 
sobre el pecho y los ojos clavados en lo invisible azul, 
pone su caballo al paso. El sol de los vencidos con 
gloria le da en la espalda; el suelo retumba como una 
sepultura bajo los cascos; los horizontes tienen mira- 
das de ojos muertos. 

Artigas va pensando en sus capitanes occidentales, 
vencedores de Buenos Aires. Va a someterlos a la 
prueba suprema, pues llegará vencido. Y él lo sabe: a 
esa prueba sólo resisten los héroes, los hombres de 
suprema realidad, los sinceros, los poseídos por el dios 
interior; aquellos en que vida, acción y pensamiento 
son una misma cosa. Y Artigas lo sabe: allá no hsij un 



378 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

héroe, lo que se llama un héroe, aquel que distinguía- 
mos del valiente, del personaje reinante... ¡No importa! 
Hay que luchar todavía; hay que luchar, y que vencer. 

Y el Jefe de los Orientales sigue su marcha decli- 
nante, al través de las colinas tumulares de la patria, 
camino del Uruguay. Va idéntico a sí mismo. Así 
marchaba cuando iba a Las Piedras; es su misma 
actitud. I^a vida amenazante que asiste a la esfinge 
perdura hasta en sus ruinas. 

Comienza para Artigas la hora de la definitiva so- 
ledad. 

Hora musical, hora de mármol diáfano. El noc- 
turno inaudito, arquitectural y sinfónico, está escon- 
dido en la tormenta. Y también están en ella las líneas, 
y los colores, y las impresiones impasibles, prohibidas, 
inaccesibles; las de la diosa inviolada, con luz mortal 
en las pupilas, que se entrevén sin existir. 

Vivid en esa hora, si ella os llama, mis amigos ar- 
tistas. Bs la hora en que Artigas, en la costa del Uru- 
guay, que va a cruzar, mira por última vez, larguí- 
simamente, las colinas suplicantes de su patria. No 
volverá más a ellas; no volverá jamás. 

Y cruza el río, con los últimos pedazos de su ejérci- 
to, lleno de sangre como im vendaje. 

¡Oh viejo rey I/Car!... 

Hasta mañana, mis amigos artistas. Si vosotros sin- 
tierais lo que yo siento al contaros todo esto, haríais 
obra inmortal. Mañana hablaremos de eso; del viejo 
lycar. 

Vosotros debéis sater del estupendo drama de 
Shakespeare, lleno de esencia humana sutilísima: no 
hay artista que no sepa de él. Eso no obstante, re- 
leedlo ahora, si queréis predisponer vuestro espíritu 
a la tragedia heroica, que es corazón, y coloración 



IvA VÍCTIMA PROPICIATORIA 379 

de sangre azulada, y circulación interna melodiosa, 
y vida sempiterna; si queréis predisponerlo a la ex- 
presión de ios mármoles divinos pensativos. 

No hemos de olvidar que estamos tallando már- 
mol, para llenarlo de palabras melodiosas, y buscar 
su musical afinación con la difusa armonía del uni- 
verso. I^as esferas cantan coros. Cotli enarrant gloriam 
Dei. 

Hasta mañana, amigos míos. Mañana hablaremos 
del rey I,ear. 



^^0 



ss/ 



CONFERENCIA XXV 
KIv REY I.EAR 

Guillermo Sh.\kespeare. — i<ear y Cordellv. — Artigas en 

TERRITORIO OCCIDENTAL. REY DE PIES A CABEZA.— El TrA- 

TAD i DEL PILAK. CLÁUSUL-íVS PÚBLICAS Y .SECRETAS CONTRA AR- 
TIGAS y San Martín. — I<a tempestad sobre la cabez.a del 

héroe. r.amírez, instrumento de los odios implacables. 

— En lucha con la tempestad. — Triunfo de Artigas en 
I,AS Gu.-vchas. — El héroe tr.\icionado y vencido. — Rechazo 

DE toda amnistía . — I^A PATRIA DE WASHINGTON LE OFRECE 
ÁSELO. — Sus INDIOS LE OFRECEN MÁS SANGRE. — SE VA CON 

el lobo y la lechuza. — pide refugio a rodríguez de 
Francia. — El último puñado de monedas. — I^ear y Cor- 
delia en la prisión. 



Convengo, mis amigos, en que el drama sobre el 
rey de la antigua Inglaterra, que os he incitado con 
empeño a releer, es un cuento de niños. Ese Guiller- 
mo Shakespeare ha inventado muchas de esas anéc- 
dotas; era muy dado a tal entretenimiento, para 
divertir a las gentes. ¡El rey IvCar!... ¡El niño de la blan- 
ca barba humana!... Eso que narra Shakespeare no 
es verdad histórica, me parece; pero tiene dentro más 
verdad que la que pueden contener cien odres, y aun 
más, llenos de jugo de historia, con sus correspon- 



382 I<A KPOPEYA DE ARTIGAS 

dientes documentos de color amarillo. Yo creo que es 
Emerson quien ha dado con el secreto de la inmensi- 
dad de esas pequeneces. «Shakespeare, dice, nos lle- 
va a una tan sublime corriente de inteligente activi- 
dad, que nos sugiere la idea de una riqueza jimto a 
la cual parece poco la suya.» Creo que hay tm verda- 
dero descubrimiento en esas palabras. ¡Valientes y 
hondas palabras! Un ilustre general inglés, muy sabio 
por cierto, dijo que él no sabía más historia de In- 
glaterra que la que había aprendido en los dramas de 
Shakespeare; pero yo creo que, en eso, no se manifes- 
taba sabio muy digno de veneración. No es historia in- 
glesa; es historia humana, historia del alma humana 
en cuerpos ingleses, la que ha contado Shakespeare. 
Bien es verdad que el que cuenta lo más, cuenta lo 
menos, y que el que crea un hombre real es el que más 
probabilidades tiene de hacer un hombre inglés. 

No otra cosa que una de esas historias esenciales 
es lo que yo hubiera querido narraros, mis bravos ar- 
tistas, en estas nuestras ya largas conversaciones. 
En este Artigas cabe mucha alma humana, mucha 
alma americana, sobre todo. Si esta su historia parece 
cuento, no es mía la culpa; es ese Shakespeare, mi 
maestro de cuentos vivos, quien me ha quitado la 
seriedad de los historiadores patentados, tan respe- 
tables, que me hubiera sentado muy bien. 

Si os imagináis al viejo rey de Inglaterra echado 
a la tempestad por sus hijas desnaturalizadas, veréis 
uno de los momentos en que más se ofrece Artigas 
a la grande inspiración escultórica. No hay, en la 
historia universal, que yo sepa al menos, una figura 
más tempestuosa, más hija legítima de Shakespeare. 

El viejo rey Lear se quedó solo con la esencia de 
su realeza congénita; se reservó los honores reales, 



El, REY I,EAR 383 

y cien caballeros, sólo cien caballeros. Eran tales les 
juramentos de amor de sus hijas, Regana y Gonerila, 
que resolvió repartir entre ellas su reino. — A ti, oh 
Gonerila, te hago soberana de todo este territorio, 
desde aquí hasta aquí: selvas sombrías, fértiles lla- 
nuras, ríos. Y a ti, oh Regana, te doy todo esto, desde 
aquí hasta aquí. V vosotras cuidaréis de la vida y del 
honor de vuestro padre, de vuestro rey. 

A Cordelia no le dio nada, porque Cordelia, su hija 
menor y predilecta, le dijo la verdad; no quiso jurar 
a su padre sino lo que le debía: amor filial. 

Y las hijas que le juraron amor absoluto, sin límites, 
una vez que vieron al viejo débil y desarmado, lo 
echaron a la tempestad, en medio de las tinieblas, 
cuando todo rugía sobre su cabeza: lluvia, truenos, 
ráfagas de viento. 

• — ¿Cómo andáis por aquí, señor? — le dice, al en- 
contrarle, el subdito fiel. — Los mismos seres de la 
noche, las cosas de la noche, no aman una noche como 
ésta; lo que pasa allá arriba aterroriza hasta a las bes- 
tias rampantes de las tinieblas, y las retiene acuriuca- 
das en sus cavernas. 

Y en medio del abandono, el viejo monarca se 
agranda. 

— ¿No eres el re}'? — le preguntan. 

— Sí, el rey, de los pies a la cabeza. Cuando miro 
fijamente, ved cómo tiemblan mis subditos. Buen 
boticario: dame una onza de algalia para perfumar 
mi cerebro. Toma, aquí tienes dinero... 

Pero ven acá, ¡oh Guillermo Shakespeare, oh el más 
cruel e implacable de los tiranos del corazón del hom- 
bre! ¿Por qué has hecho morir a esa Cordelia, la más 
diáfana, la más pura, la más amable de las divinas 



384 I^A EPOPEYA DE ARTIGAS 

criaturas, bijas de diosa, que engendraste en Ja be 
lleza, tu amada inmortal? 

Klla es el Lobengiin sagrado, en líneas de mujer; 
el cisne no es bastante blanco, ni bastante inconta- 
minado para ser su cabalgadura. Ella volvió por la 
causa de su padre viejo, por la justicia, por el am,or 
más despojado de carne. 

¿Por qué muere tu Cordelia, oh implacable Satur- 
no, crudelísimo Guillermo, sabio hermano mío? 

¿Y el viejo? ;Por qué muere el viejo, el tempestuoso 
niño de cien años? 

Bl genio ve la esencia de lo que vive y de lo que 
no vive. 

Lear muere, muere siempre. Y sobre todo, Cordelia. 

Y j)or eso la humanidad no m.uere de podredumbre, 
y el hombre se distingue de la bestia: porque las inyec- 
ciones de sacrificio divinizan su sangre. 

¡Blanca muerta! ¡Cordelia libertadora! 



II 



Artigas ha pasado derrotado al territorio cccicen- 
tal, mirando largamente la patria, que le tiende les 
brazos... ¡Bl bárbaro y tempestuoso Artigas! 

IfO ha perdido todo, menos la majestad intrínseca; 
no ha perdido ésta, puesto que él vive. Él es el rey 
de los pies a la cabeza, en medio a la tempestad. 

Bstá solo con su propia fortaleza. 

Bien comprendéis lo que yo quiero decir aquí, 
cuando hablo de realeza y majestad intrínsecas. 

Bl caudillo ha establecido su campamento en Aba- 
los, provincia de Corrientes, allá en el Norte. Pero, 



El. REY I.EAR 385 

puesto que vive, vive con su pensamiento. No ha po- 
dido ir allí, sino con el propósito de rehacerse, de re- 
unir elementos para volver a su patria, y reconquis- 
tarla; aun cree contar con el pueblo. Sin ese propósito 
en el alma, ésta estaría de más en su cuerpo, y no ten- 
dría más objeto que consen^arlo, como la sal que aper- 
gamina la carne. 

Allí espera el desenlace de la campaña de Buenos 
Aires, cuyo resultado esencial debe ser, según lo ha 
proclamado él mismo por boca de los portadores de su 
espíritu, de su nombre y de su palabra, la inmediata 
unión de todas las armas occidentales en la recon- 
quista, que urge mucho, de la Provincia Oriental, 
núcleo heroico del pensamiento tiiimfante. 

Pero Artigas sabe que los vencedores en Cepeda 
llevan en las entrañas la mordedura de la serpiente: 
Carrera y los otros están enroscados por allí; han mar- 
chado al lado de los caudillos populares. 

Y, casi el mismo día en que éstos vencían en Ce- 
peda (i.° de febrero de 1820), Artigas era derrotado 
en Tacuarembó (22 de enero). 

Kl héroe lo ha visto todo; su cara está llena de 
sombras luminosas, y el bosque lleno de tempestad. 
Todos los elementos comienzan a gruñir sobre su 
cabeza. 

Al establecer su campamento en Abalos, recibe 
de I/ópez Jordán la invitación de pasar a Entrerríos, 
a la provincia de Ramírez, el que, como la hija del 
rey, le ha hecho mayores protestas de amor, el que, 
hace pocos días, le llamaba jefe inmortal, etc. Allí 
tendrá los atributos de la realeza; será el anciano des- 
poseído que busca refugio. 

— ¿Volver a su casa — dice Lear — y ver despedidos 
cincuenta de mis caballeros?... No: prefiero ir a vivir 

T. n.-«5 



386 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

lejos de las habitaciones de los hombres, expuesto a 
las injurias del aire; constituir mi sociedad con el 
lobo y la lechuza. 

Artigas entrará en Entrerríos; siempre ha entrado, 
sin necesidad de invitaciones; llamado como salvador. 
Pero entrará allí con su actitud, con su gesto: rey de 
pies a cabeza, con los honores reales, con sus cien ca- 
balleros, cuando menos. 

Para ello ha comenzado, ante todo, por rehacer el 
ejército, chico o grande, que enarbole su bandera, 
la creada en Purificación, la vencida en Tacuarembó, 
la que acaba de triunfar en Buenos Aires, la que enar- 
bolaban las provincias: el ejército oriental. Con los 
pedazos ensangrentados de su legión vencida, y con 
los elementos que le proporcionó el gobernador de 
Corrientes, unidos a los indios de las Misiones que se 
le incorporan, constituye los últimos tercios de la 
Patria Oriental, la guardia de honor de su bandera. 
En esa actitud espera que empiecen a volar las tem- 
pestades, que están posadas, como buhos, en las ramas 
que se retuercen en la sombra. 

Y ésta, la obscuridad que habitan las rampantes 
criaturas, no tarda en caer. 

Todos los odios históricos se han desatado, como 
truenos, sobre la cabeza del héroe caído. Aquella nie- 
bla que empezó a subir de la tierra con la deserción 
de Bauza y la insidia de Otorgues cierra ya los hori- 
zontes; los relámpagos encienden la masa negra de 
las nubes; parecen sentirse las primeras grandes gotas 
de lluvia que estallan en el polvo. Ramírez ya no es 
amigo de su jefe. Sarratea, Alvear, Carrera... todos 
esos ojos relampaguean. Ya han celebrado el Tratado 
del Pilar. 

¿Qué ha pasado bajo los pies y sobre la cabeza de 



Ely REY I^EAR 387 

Artigas?... Pues, ¿qué ha de pasar, sino la obra del 
reptil oculto en las entrañas malditas de la natura- 
leza humana? 
¡Oh Cordelia! 



III 



Ahora es el momento de hablar de ese Tratado del 
Pilar, amigos míos, concertado entre Sarratea y los 
caudillos vencedores. Con Sarratea, como lo sabéis, 
iban Alvear y Carrera y todos los demás. 

Eso que ha sido llamado un tratado, no fué tal, 
ni cosa que se le parezca: fué la incorporación de López 
y Ramíiez al sanedrín político que, en Buenos Aires, 
pugnaba por echar abajo la autoridad de Rcndeau, 
pero que, como os lo he dicho tantas veces, no disen- 
tía fundamentalmente de ella, y veía en Artigas, 
sobre todo, al enemigo. Los que subían, Sarratea, 
Alvear, Carrera, Soler, Dorrego más tarde, Rivadavia 
y García después, Rosas, por fin, todos son tanto o más 
enemigos del héroe que los que bajaban. López y Ra- 
mírez, al incorporarse a eso, se diluyen en ello, des- 
aparecen como agentes de la visión de Artigas, para 
transformarse en instrumentos políticos que serán lle- 
vados y traídos por el viento, hasta que aparezca el 
dragón apocalíptico. /Culpables?... No: hombres, sim- 
ples hombres mordidos por la serpiente, 

Ramírez va a ser pronto decapitado por López, 
en provecho propio y de Buenos Aires; Carrera será 
fusilado donde lo fueron sus hermanos; Dorrego, 
prisionero, será también ajusticiado más tarde por 
Lavalle, que lo será por Rosas, el restaurador. En 
nada de eso estará Artigas, por supuesto. 



388 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

¿Qué había d- escribirse en ese llamado Tratado 
del Pilar, sino la confirmación de todas las condena- 
ciones a muerte del profeta?... 

Y eso se escribió. Pero se hizo en forma insidiosa, 
recelosa, rampante. Artigas, derrotado y abandonado, 
conservaba todavía, como el héroe muerto, amorta- 
jado en su armadura negra, lo que Kent encuentra 
en la cara de Ivcar: el sello de la autoridad. Se temía 
su gesto, que daba miedo; su fascinación sobie el pue- 
blo, sobre las fuerzas de la naturaleza. Se le miraba 
de lejos, de alto a bajo, y se fraguaba el modo de de- 
rrumbarlo. 

Ese llamado Tratado dd Pilar tenía sus cláusulas 
públicas y sus cláusulas secretas. 

En las públicas, se siente con toda precisión el sil- 
bido de la serpiente. En ellas se acepta el triunfo de 
los principios de Artigas, y hasta se consagra la so- 
lidaridad de todas las provincias para resistir la in- 
vasión portuguesa. Pero, a este respecto, se decía en 
uno de sus artículos: «Aunque las partes contratan- 
tes están convencidas de que todos los artículos arriba 
expresados son conformes con los sentimientos y de- 
seos del Excelentísimo Señor Capitán General de la 
Banda Oriental, Don José Artigas, según lo ha expues- 
to el Gobernador de Entrerríos, que dice hallarse 
con instrucciones privadas de dicho Señor Excelen- 
tísimo para este caso, no teniendo aquél poderes en 
forma, se ha acordado remitirle copia de esta acta, 
para que, siendo de su agrado, entable desde luego 
las relaciones que puedan convenir a los intereses de 
la provincia de su mando, cuya incorporación a las 
demás se miraría como un dichoso acontecimiento. i> 

Tened en cuenta, mis amigos, que todo eso, «Señor 



Í'X REY LEAR 389 

Excelentísimo», «lo que sea de su agrado», ida provincia 
de su mando)), se le dice a Artigas después de Tacua- 
rembó... y se lo dicen Ramírez y I/)pcz, sus caudillos. 

¡Ramírez y lyópez! Créalo así quien uo tenga ojos 
ni orejas. Eso lo dice la serpiente. Esa voz no es voz 
de caudillo campesino; así hablaba Gonerila a su vie- 
jo padre desarmado; así Regana, y todos los seres 
rampantes. 

Nada puede concebirse de más cruel que esa invi- 
tación a venir a incorporarse a las demás provincias, 
hecha a la Banda Oriental, que agouiza en las garras 
del portugués, aliado del Directorio. 

No hay duda de que se vería como un dichoso 
acontecimiento, como un milagroso suceso, cuando 
menos, la incorporación de esa pobre muerta al mun- 
do de los vivos. Sería muy interesante verla cami- 
nar por sus pies. Porque todos la creían muerta, 
muerta para siempre. ¿Y qué importaba?... Iva falta 
de la provincia atlántica no menoscababa la inte- 
gridad de las andinas, de las Provincias Unidas. Sal- 
vándose la frontera del Uruguay, ¿qué importa que 
el portugués realice sus ensueños, y se trace, como 
límites naturales de su imperio americano, el Uru- 
guay y el Plata?... Para los enemigos de Artigas, ésas 
son dos monarquías aliadas, pero distintas: la andina, 
de habla española, y la atlántica, de lengua portu- 
guesa. Es de Ivópez, el historiador, esta afirmación: 
«Artigas desapareció sin que se menoscabase un palmo 
de terñtorio argentino». I,a absorción, pues, de la 
Banda Oriental por la familia portuguesa en nada 
afectaba a la española occidental. 

Y así hubiera sucedido, si Artigas no hubiera pues- 
to allí su río de sangre heroica, para marcar la fron- 
tera étnica, la climatérica, la sociológica, de la lengua 



39» I«A EPOPEYA DE ARTIGAS 

y del espíritu españoles, que separó las dos naciones 
atlánticas: la República Oriental del Umguay y los 
Estados Unidos del Brasil. 

¡Se miraría como un dichoso acontecimiento!... 

Imaginad, mis amigos, el efecto que habrá hecho 
ese sangriento sarcasmo en el alma de Artigas, que 
esperaba el inmediato auxilio de sus capitanes. 

Ha habido, sin embargo, pues para todo hay gen- 
tes en este mundo, quien ha creído que Artigas pudo 
haber aprobado los tratados del Pilar, porque consa- 
graban el triunfo de sus principios, la federación, 
aunque abandonaban la Banda Oriental al portu- 
gués; aceptar el compromiso de hacer caminar sola 
a su patria agonizante, para realizar el dichoso acon- 
ttcimiento de unirla a sus hermanas vencedoras; ha- 
cerla ir al Congreso, etc., etc. 

¡Pero si no puede caminar!... ¡Si ha perdido toda 
su sangre, toda la que tenía en las arterias, para que 
el triunfo del principio republicano, exclusivamente 
suyo, sea obtenido en provecho de América! 

Muy al contrario de los ingenuos historiadores, 
pensaban bien los que escribían el sarcasmo de esa 
cláusula implacable; bien sabían ellos que ésta sig- 
nificaba la más irreverente declaración de guerra 
al héroe caído 3^ a los últimos restos de la nación ex- 
tenuada . 

Y tan era así, que, al mismo tiempo que eso es- 
cribían en las cláusulas públicas, preparaban esa 
guerra inevitable en las cláusulas secretas. En éstas 
se armaba rápidamente a Ramírez, para sostenerse 
en su actitud desnaturalizada, y responder, con las 
armas en la mano, al emplazamiento que no podía 
menos de hacerle su antiguo jefe y conductor. Éste 
iba a llamarlo a juicio, no podía caber la menor duda. 



El, REY I.EAK • 301 

Bn esas cláusulas secretas se conspiraba contra 
los dos héroes, contra los dos hombres reales que 
sostienen la gran bandera: San Martín y Artigas. 

Para aniquilar al último, se daba a Ramírez dinero; 
se le suministraban armas, municiones, una escua- 
drilla; al mismo tiempo, un ex^jerto jefe de Buenos 
Aires, lleno de odio patricio contra el héroe repu- 
blicano, don lyucio Mansilla, que será el sucesor de 
Ramírez, decapitado por I/ópez, se incorporaba, con 
anuencia del gobernador Sarratea, al ejército del cau- 
dillo entrerriano, como jefe de artillería c instructor 
de infantería. 

Para aniquilar a San Martín se habilitaba a Ca- 
rrera; se le daban armas, soldados, elementos con 
que pasar la cordillera y vengar en Chile sus agra- 
vios. 

San Martín era fuerte; tenía su ejército, su escua- 
dra, sus victorias, su alianza con un gobierno rico y 
un bravo pueblo hermano; hasta tenía, como ele- 
mento de fuerza, la propia debilidad de su pensamien- 
to; él no era un creyente en la fe democrática; estaba 
dispuesto a coronar al rey, con tal de vencerlo. Y es 
indudable que hacer triunfar la democracia era más 
difícil que vencer al rey. 

San Martín era fuerte. 

Pero ¿qué eres tú, oh viejo I^ear?... Tú no aceptas 
más rey que tu visión democrática; te sientes, por- 
que eres el pueblo, rey de los pies a la cabeza, como 
el primer día; antes que ser infiel a tu mensaje pro- 
f ético, j)refieres constituir tu sociedad con el lobo y 
la lechuza. Mira, en cambio, alrededor tuyo: la tem- 
pestad de inquietudes, de traiciones, de insidias y 
de ambiciones está sobre tu cabeza y bajo tus pies. 
IvO que queda en tu patria no reniega de ti, pero tie- 



392 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

ne que someterse al invasor; los caudilloi te dejan 
y los políticos se alegran. 

I/Ds mismos seres de la noche, dice Glóster al viejo 
I^ear, las mismas cosas de la noche no aman una no- 
che como ésta. Lo que pasa allá arriba amedrenta 
hasta a las bestias rampantes de las tinieblas, y las 
retiene acurrucadas en sus cavernas. 

Y el rey contesta: «I/ds grandes dioses, que for- 
man ese espantoso tumulto sobre nuestras cabezas, 
sabrán ellos mismos reconocer a sus amigos. ¡A ti te 
toca temblar de terror y miedo, miserable perjuro, 
cara de hombre de bien, que incubas el incesto! ¡A 
ti temblar de la muerte, asesino, hipócrita de sanguí- 
neas manos! ¡Crímenes escondidos en el secreto, sa- 
lid; dejad a la fuerza vuestros escondrijos, para cla- 
mar gracia, ante estas terribles intimaciones de 
arriba! ¡Pero yo! Yo soy un hombre contra el cual se 
ha pecado». 

Muy poco esfuerzo de imaginación os es menester, 
mis queridos artistas, para ver al abandonado rey 
de los tiempos heroicos de Inglaterra, en ese Artigas 
que, en medio de la universal conjuración, mira de 
frente la tempestad que sopla en sus cabellos, llama 
a juicio a Ramírez, y, reprobando los tratados del 
Pilar, le increpa su traición. 

Ramírez comienza por ocultar la insidia; niega 
ante Artigas las cláusulas secretas, «niega con lisma 
y sin verdad», dice don Vicente Fidel López; repro- 
duce aquellos enigmas vergonzosos o misterios im- 
penetrables que Artigas veía en los enviados de Bue- 
nos Aires; concluye, por fin, por lanzar a su antiguo 
ídolo las palabras de Gonerila y de Regana al viejo 
padre desarmado. 

Ramírez escribe a su general. Lo inspiran Sarratea, 



El. REY LEAR 393 

Soler, Carrera. El genio de Buenos Aires le lleva la 
mano; sonríe detrás de su cabeza de cabellos negros 
condenada a muerte, y goza con los sufrimientos y 
con las iras que provocará en el gigante derrum- 
bado. 

Artigas ya no es el Jefe inmortal, ni Su Excelencia 
el Protector de los Pueblos I/ibres; ya no es el I^iber- 
tador proclamado por todas las provincias: es el de- 
rrotado. 

Vosotros conocéis, mis amigos, las comimicaciones 
de Artigas a Ramírez y a los otros capitanes occiden- 
tales que lo obedecían; conocéis, pues, la índole de 
las relaciones entre aquél y éstos. 

No veo, pues, la necesidad de insistir, con docu- 
mentos probatorios, en lo que os ha demostrado ya 
la historia misma: en la diferencia entre el héroe y per- 
sonaje reinante. Observemos, sin embargo, que Ra- 
mírez y lyópez han llegado a Buenos Aires como agen- 
tes del artiguisnio, de que hablamos más de una vez; 
con el pensamiento, con la palabra, con la bandera 
del héroe. Si Ramírez, y no lyópez, es aquí reconocido 
como jefe supremo, no lo es por sus condiciones per- 
sonales, que no eran superiores a las de aquél, sino 
porque se le considera el depositario más inmediato 
de la confianza y de las instrucciones de Artigas; 
como su verdadero representante. En las comuni- 
caciones que entonces redacta Buenos Aires, López 
figma como el «gobernador de Santa Fe»; pero Ra- 
mírez, con ser el gobernador de Entrerríos, es lla- 
mado *el representante de Su Excelencia el Jefe de los 
Orientales)) y por eso se le reconoce la primacía. 

Ved lo que ahora escribe Ramírez al que fué para 
él persona casi augusta: «Ha llegado el momento de 
que la repetición de actos tiránicos que han marcado 



394 i^-^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

SU mando disipen el prestigio de V. E., y que sea co- 
nocido como es en realidad. ¿Qué especie de poderes 
tiene V. B. de los pueblos federales, para darles la 
ley a su antojo?... ¿V. E. es el arbitro soberano de 
ellos, o fué sólo tino de los Jefes de la Liga?... Cuando 
marché a Buenos Aires, anuncié a las provincias que 
la complicación de aquel gobierno con la corte del 
Brasil amenazaba su libertad... Los primeros pasos 
y los que se den en lo sucesivo, no lian exigido el in- 
flujo de V. E., cuyo nombre se invocó alguna vez para 
mostrarle la consecuencia y la buena fe con que le 
mirábamos... I,as dudas de V. E. son un claro ardid 
para apropiarse la obra de los demás... La provin- 
cia de Entrerríos no necesita su defensa, ni corre 
riesgo de ser invadida por ios portugueses., desde que 
ellos tienen el mayor interés en dejarla intacta, para aca- 
bar la ocupación de la Provincia Oriental, a la que de- 
bió V. E. dirigir sus esfuerzos. Los recelos de V. E. 
sobre la convención de Buenos Aires son un nuevo 
comprobante de que la o^jinión de V. E. no tiene 
por norte la volrmtad sagrada de los pueblos... 
Abandona V. E. ima provincia que no le llama, no 
le quiere, ni lo recibirá sino como a un americano que 
busca refugio... ¿Que se declare la guerra a los portu- 
gueses? ¿Cree V. E. que, por restituirle una provin- 
cia que lia perdido, han de exponerse las demás con 
importunidad? Aguarde V. E. a la remaión del Con- 
greso, que ^'a se habría celebrado a no hallar entor- 
pecimiento de su parte.» 

Fué en una situación como ésta, cuando el pertur- 
bado Lear lanzaba sus grandes clamores. Era viejo, 
y no tenía fuerzas para encerrar sus gritos en el co- 
razón; en vano pedía al boticario una onza de algalia 
para perfumar su cerebro. Era entonces cuando el 



EL RB:Y tEAR 39^ 

anciano loco gritaba: — ¡I^luvia, viento, relánipagcs y 
truenos; vosotros no sois mis hijos! ¡Yo no tengo que 
denunciar vuestra ingratitud; yo no os he dado jamás 
un reino, ni os he llamado mis hijos; vcsctros no me 
debáis obediencial 

Y recordaréis sus nueves gritos: — óyeme, ¡oh natu- 
raleza!... óyeme, escucha mi voto, divinidad amada. 
¡Si te proponías hacer fecunda a esta criatma, sus- 
pende tus designios!... Pon la esterilidad en sus 
entrañas; neutraliza en ellas los órganos de la mater- 
nidad, y que, de su cuerpo maldito, no nazca jamás 
un hijo que la honre. ¡Si llega a ser madre, que el hijo 
que dé a luz, amasado de hiél y perversidad, llegue 
a ser el tormento de su vida; que are de arrugas su 
frente joven; que imprima en sus mejillas agrietadas 
la huella de sus llantos incesantes; que se ría de los 
dolores de su madre y pague con desprecios sus be- 
neficios, a fin de que, por experiencia propia, sepa 
que la mordedura de ima serpiente es menos cruel 
que el dolor de tener un hijo ingrato! 

Bl corazón de Artigas debía de estar, estaba segu- 
ramente, tan lleno de alaridos como el de Lear. Pero 
aquél tenía fuerzas para encerrarlos con cerrojos, 
como debemos hacerlo nosotros, los hijos y herederos 
del viejo rey. Artigas hacía bien; la salida de esos 
hijos del dolor da ocasión a que las ahnas chicas se ali- 
menten de la sangre de lasgrandes, como los vampiros. 

Artigas, en silencio, se lanzó sobre Ramírez. 



IV 



La forma en que el héroe oriental, como el caba- 
llero de la armadura de plata, se hunde en la tempes- 



396 IvA EPOPEYA DE ARMGAS 

tad, que lo espera desde todos los horizontes, paiece 
que lo incorpora a la gran naturaleza irritada, como 
uno de sus elementos. El hombre inspirado es t;-mbién 
una fuerza de la naturaleza, y la más grande; fuerza 
consciente imas veces, inconsciente las más. Lo que 
hay en él de más intenso, procede generalmente de 
esa misteriosa subconciencia , equivalente a las igno- 
tas leyes del universo. 

Durante cuatro meses, el suelo de la provincia de 
Kntrerríos resuena golpeado por las batallas. Son 
cuatro meses de choques estupendos; el tropel de los 
caballos corre de Norte a Sur, y de Sur a Norte; los 
entreveros inverosímiles son convulsiones incesantes 
de aquella tierra. 

Artigas lucha entonces personalmente, al frente 
de sus huestes a caballo. Ahora él tiene que serlo todo: 
brazo y pensamiento. Penetra en la provincia de 
Entrerríos, y se apodera de ella; busca a Ramírez. 
Éste, que es animoso y audaz, no puede menos, a 
pesar de su ventajosa situación, de sentir xm sobre- 
cogimiento supersticioso a la aproximación de su jefe, 
del que fué su semidiós; pero lo espera resuelto en 
Las Guachas. Era el 15 de junio de 1820. El choque 
de lanzas y caballos fué formidable. Artigas venció. 
Sus caballerías arrollaron y dispersaron a las ene- 
migas, y siguieron tías ellas hacia la ciudad de la 
Bajada. En ésta se encerró Ramírez, a fin de rehacer- 
se. Allí estaba Lucio Mansilla, el jefe suministrado 
por Buenos Aires, con fuertes infanterías y artillería. 
Peio Artigas iba detrás de Ramírez, y quería ter- 
minar allí su primera victoria. No había tiempo que 
perder, porque el tiempo era el aliado del enemigo. 
El 24 de junio, sin sacudirse el polvo de Las Guachas, 
libra el nuevo y decisivo combate. No era lo mismo: 



El, REY I.EAR 397 

los batallones de infantería del coronel Mansilla re- 
cibieron en las puntas de sus bayonetas triangulares 
las tres desaforadas cargas de los jinetes de Artigas, 
que rodaban por centenares... 

Todo se perdió allí. Artigas se quedó sin ejército; 
sólo le restaban hombres dispuestos a morir a su lado. 
Nadie mejor que él pudo apreciar ti aun quedaba 
algo que hacer. 

Ramírez persigue al héroe vencido, que se repliega 
hacia el Norte, hacia la frontera del Paraguay, vol- 
viendo de vez en cuando la cara, y combatiendo en 
Sauce de Luna, en Las Tunas, en Yuquerí, en Abalos 
por fin... 

Se va hundiendo en la sombra, pero como una gian 
nube, resistente a toda disolución. La sombra del 
héroe parece más compacta, más dura que el héroe 
mismo; los vientos la empujan, pero sin disipar su 
divino gesto; camina sobre los aires negros; mira 
con fijeza los relámpagos; es serenidad flotante entre 
las ráfagas. 

El coronel Cáceres, que, de antiguo soldado de Ar- 
tigas, se ha convertido en brazo de Ramírez, escribe 
en sus Memorias: «Era tal el prestigio de este hom- 
bre, que, a pesar de sus continuas derrotas, en su 
tránsito por Corrientes y Misiones, saltan los indios 
a pedirle la bendición y seguían con sus familias e 
hijos en procesión detrás de él. abandonando sus ho- 
gares. 

)>En Abalos escapó Artigas con 12 hombres; cesó 
Ramírez de perseguirlo, porque ignoraba su dirección, 
y no se le creía capaz de hacer resistencia. Y, a los 
ocho días, supimos que había reimido más de nove- 
cientos combatientes y estaba sitiando el Cambay...» 



398 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Ramírez ha vencido; ha triunfado Buenos Aires; 
pero es López, el caudillo de Santa Fe, quien reco- 
gerá la mayor victoria. Éste ha seguido con alegría 
el derrumbe de su antiguo jefe, en cuya caída ve tam- 
bién la de Ramírez, su rival. Él se ha aliado ya con 
Buenos Aires; será su caudillo contia Ramírez, a 
quieu cortará muy pronto la cabeza. Ya entonces 
no estará Artigas para poner paz entre sus capita- 
nes; éstos comenzarán a devorarse los unos a los otros. 
Ya no estará Artigas. Y aparecerá entonces el natural 
substituto del héroe, que será aclamado en Buenos 
Aires: el tirano. 

Lear decía: — ¿No has visto los perros de la alque- 
ría cómo ladran a los mendigos? 

Glóster. — Sí, señor. 

Lear. — ¿Y cómo los mendigos escapan?... Es el 
símbolo del poder: un perro al que se le debe obe- 
diencia. 



V 



Este vencimiento, amigos, del andante Artigas es 
un suceso que deja en el espíritu, si miráis en ello, 
la sensación de sorpresa y de melancoHa de los desen- 
laces inesperados. ¿Pero han vencido ya, realmente, 
definitivamente, a Artigas?, os sentís inclinados a 
preguntar. . . 

Sí, mis artistas; está vencido como debía serlo, 
definitivamente derrotado; se acabó la historia de 
su vida pública. Y 30 os digo que si ese desenlace 
no fuera real, como lo es, el poeta épico lo hubiera 
inventado para este humano drama; se lo hubiera 
impuesto la inspiración, mejor dicho, pues los ver- 



■Él, REY I,EAR 399 

daderos poetas no inventan nada propiamente; no 
conducen a sus héroes, sino que son conducidos por 
ellos. Yo mismo llego a creer, os lo aseguro, que estoy 
constru3-endo algo fingido, o repitiendo un cuento 
que me contaron, cuando os refiero esta peregrina 
historia. Esos tales caballeros deben ser vencidos; lo 
han sido siempre; lo fueron desde Sansón el cabe- 
lludo, que acabó tirando de la noria como si fuera 
un mulo, hasta Héctor el troj-ano, domador de caba- 
llos, arrastrado por el carro de Aquiles, 3' hasta Don 
Quijote, domador de endriagos malignos, y el más 
amable de todos los nobles caballeros que en el mundo 
han sido. 

Es también el más real de todos este hidalgo man- 
chego; mucho más, no ha3' que decirlo, que el arti- 
ficial Bonaparte, con su tricornio 3- su Santa Elena. 
Vencido por Sans Jn Carrasco, bachiller de Salamanca, 
aquél, el Caballero de los lycones, representa el triunfo 
de las justicias de este picaro mundo. Carrasco traía 
una magnífica armadura prestada, que se sacó, no 
bien hubo derribado a Don Quijote; se la sacó en la 
posada, porque le incomodaba mucho. El buen caba- 
llero derrumbado le había pedido la muerte. No pudo 
obtenerla; hubo de resignarse a la vida... y Don Qui- 
jote, ignorante de quien lo había vencido, víctima 
del rencor anónimo, quedó triste en su soledad... 

El lector de ese libro evangélico, al llegar a esa 
página, la más honda que escribió Cervantes, derro- 
tado también y próximo a la muerte, siente que se 
le estruja el corazón; no pocos lloran al leer esta 
aventura, «la que más pesadumbre dio a Don Quijote 
de cuantas hasta entonces le habían sucedido'). Cer- 
vantes vio a Artigas en aquel momento, a todos loí^ 
Artigas habidos y por haber. 



400 I^A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Ese caballero debe ser vencido por Ramírez, agente 
de los bachilleres de armaduras prestadas o postizas; 
debe irse, con la cabeza sobre el pecho, con el caballo 
jadeante al paso, con el sol poniente sobre los plie- 
gues del poncho americano... vencido por el sol. 

El hidalgo manchego, como caballero que era, cum- 
plió su promesa: colgó sus armas, heredadas de los 
abuelos, en el tronco de un árbol del camino, y se 
quedó en medio de éste, en medio del camino polvo- 
roso, con su jubón y sus calzas de hidalgo pobre, 
con su fiel escudero que lo miraba en silencio, y con 
su caballo sin arneses, que parecía un hombre flaco... 
Y, para colmo de humillación, una piara de cerdos 
pasó poco después sobre todos ellos pisoteándolos: 
sobre el caballero, sobre el caballo que fué glorioso, 
sobre el escudero que fué gobernador. 

Sancho el bueno consuela a su amo, por temor de 
que se muera de pena; le propone hacerse pastor de 
rebaños; sonará el rabel tras las ovejas... Sí, el rabel... 
Don Quijote sonríe tristemente, tristemente; acepta, 
al parecer, la nueva vida bucólica, como se aceptan 
todos los consuelos bien intencionados; pero otra cosa 
que ovejas y zagalas hay en su alma para consolarla: 
la visión acompañante, Dulcinea, Cordelia, el amor 
a la inmortal belleza, único objeto que hace de la 
vida algo digno de ser vivido. 

Imaginad, pues, mis artistas, a fuer de tales, la 
figura estética de ese hombre Artigas vencido. Está 
sentado, allá en el Norte de Corrientes, a orillas del 
río Paraná, linde meridional del Paraguay. En el 
Paraguay está el otro hombre, don Gaspar Rodríguez 
de Francia; allí no hay anarquía ni guerra: hay paz- 
Artigas tiene su caballo de la rienda; está envuelto 



eIy rey i.kar 401 

en su poncho, y con la pesada cabeza entre las ma- 
nos. Sus últimos fieles lo miran en silencio. 

¿Qué pasa en el alma de esa extraña criatura?... 
Ha tomado una resolución inquebrantable; ha hecho 
xm voto perpetuo: ha atado su vida. ¿Qué va a ha- 
cer?... Es claro que ha rechazado, sin vacilar, la idea 
de entregarse a sus enemigos de Buenos Aires. Figu- 
raos a Artigas prisionero en esa ciudad. ¡Artigas en 
poder de Alvear, de Sarratea, de Soler, de Dorrego 
o de lyavalle, de Rosas, por fin!... 

Pero, en esos momentos, el héroe ha recibido la 
reiteración de la amnistía portuguesa, que es sin- 
cera. El rey de Portugal le ofrece, cortésmente, lo 
que ya han aceptado sus capitanes orientales: el 
grado de coronel, la residencia en Río Janeiro, con 
todas las garantías, una pensión... El portugués se 
quedará con su patria, nada más... nada más. 

Artigas sonríe con amarga melancolía. Está dis- 
puesto hasta a aceptar la limosna; pero no la de la 
corte de Río Janeiro. 

El luchador vencido recibe entonces el más grande 
de los consuelos: el testimonio de respeto y el home- 
naje que más podía sacudir su corazón estoico. Hoy 
sacude el nuestro, el de sus hijos, y sentimos un esca- 
lofrío. Si fuera posible llorar cuando se habla de Ar- 
tigas, que no lo es, en este momento lloraríamos de 
gratitud, amigos míos. Ha llegado a manos del héroe 
una carta del cónsul de Estados Unidos en Montevi- 
deo, en la que, a nombre de su gobierno, ofrece res- 
petuosamente al general Artigas «los medios de segu- 
ridad para trasladarse a los Estados Unidos, donde 
sería bien recibido, 3' se le asignaría el sueldo de su 
clase, para vivir tranquilo, con comodidad, y con 
las consideraciones debidas a su rango». «El gobierno 

T. n.-26 



402 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

de Washington, agrega la nota, tendría mucha satis- 
facción en recibir a huésped tan honorable, en la 
Unión Americana.» 

¿Puede Artigas rehusar este ofrecimiento de la de- 
mocracia de Washington, su hermano?... ¿No ve que 
es sincero, y que eso significa que allá, en la gran Repú- 
blica, se le conoce, se le sigue, se le considera como a 
uno de les derrotados con gloria que el mundo aca- 
ta?... Dos años antes, en el Congreso de Estados Uni- 
dos se le proclamaba el bravo y caballeresco republi- 
cano, el único capitán de la democracia en el Plata. 
Este ofrecimiento, en sus momentos de infortunio, 
es la más expresiva y generosa ratificación de aquel 
concepto; la distancia, material y moral, es aquí una 
especie de posteridad. 

Artigas rehusa cortésmente el ofrecimiento; lo agra- 
dece, pero lo rehusa. No, no irá a los Estados Unidos; 
ha tomado su resolución. 

¡Alma fuerte y extravagante! 

I/O que pasa en ese hombre, mis amigos, y lo que 
seguirá pasando en él es un misterio; tiene el silencio 
de los lagos de montaña, inmóviles y profundísimos 
en sus nieblas. No en vano los comentarios son aquí 
contradicterios. 

Artigas rehusa también lo que le ofrecen varios 
caudillos del Chaco, que le traen sus huestes, que quie- 
ren morir a su lado y lo miran como a un ser extraor- 
dinario. No, él ha tomado su resolución. 

En una noche estrellada, reunió a sus últimos com- 
pañeros, y, a la luz del fogón, que humeaba en el de- 
sierto, mientras la Cruz del Sur, constelación augural, 
brillaba en el cielo, les hizo saber su resolución: se au- 
sentaba del mundo para siempre; se iba ala sepultura. 



El, REY I^AR 403 

al Paraguay de Rodríguez de Francia. Todos quedaban 
en libertad de ir donde sus destinos los llevaran. 

Algunos se fueron; otros quedaron a su lado. Ansina , 
su negro asistente, le dijo: «Mi general: yo le seguiré, 
atmque sea al fin del mundo.» Ansina envejeció con 
Artigas. El negro Joaquín Martínez no dijo nada; 
pero también siguió a su capitán; fué la sombra bue- 
na del héroe: vivió de la vida de éste y murió de su 
muerte. 

Artigas puso su caballo al paso, y se dirigió a la 
frontera del Paraguay. No acepta el ofrecimiento de 
Washington, y va a golpear la puerta de don Gaspar 
Rodríguez de Francia, como I^ar, lejos de las habi- 
taciones de los hombres, expuesto a las injurias del 
aire. Va a constituir su sociedad con el lobo y la le- 
chuza. 

Y allá va, rodeado de su última guardia, 200 lan- 
ceros; acompañado de su pobre negro Joaquín Mar- 
tínez, de su negro asistente Ansina. 

El grupo derrotado cruza las soledades; de ellas 
salen, como fantasmas simbólicos, los indios que las 
recorren; se atraviesan al paso del héroe, y, con el 
fervor del hombre primitivo, que ve dioses en todas 
las cosas grandes, le besan la mano, y le piden la ber- 
dición, y siguen tras él con sus familias. ¡I^os indios!... 
¡El último homenaje!... ¡Oh, el misterio de la raza 
muerta!... 

«Dejad que bese esa mano» — dice Glóster al rey 
despojado, pero siempre rey. — «Espera a que me la 
enjugue: huele a muerto.» 

Allá, en la frontera del Paraguay, Artigas se dirige 
al Dictador, y le pide asilo. Su nota es de 20 de agosto 
de 1820. Ya la conocéis por referencia de im documen- 
to de Francia que leímos; la original es desconocida; 



404 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

no se ha podido encontrar, a lo que yo sé. En ella ma- 
nifiesta al Dictador el propósito de retirarse por com- 
pleto a la vida privada, «desengañado, decía, de las 
defecciones, traiciones e ingratitudes de que había 
sido objeto y víctima»; allí dice que se retira de la vida 
pública <ien obsequio a los principios republicanos que 
la América entera proclamaba, y deque él había sido sos- 
tenedor desde el principio, pugnando por la libertad que 
debía asegurarle la independenciar, manifiesta, por fin, 
al Dictador, que, si no obtiene el asilo que solicita, 
se irá a vivir a los bosques. 

Artigas aguardó en silencio, y con visible ansiedad 
comprimida, la contestación de Francia. Ésta vino 
por fin. Francia le dijo que sí, que estaba dispuesto 
a darle asilo en el Paraguay. 



VI 



Recordaréis que, en la sentencia dictada por Fran- 
cia contra Cabanas, aquél consignaba el estado mi- 
serable en que Artigas y los suyos se habían refugiado 
en tierra paraguaya. Y así era en verdad. El héroe 
salió indigente de la tierra que libertó; indigente entró 
en la que le dio de limosna su último pan y su se- 
pulcro . 

Pero fué porque lo quiso así. Nada más misterio- 
so que este episodio de la indigencia de Artigas, mis 
amables artistas. Yo os ruego que penséis en él. Se 
presta a todas las meditaciones. 

Entre los más tenaces ejecutores de la persecución 
de Ramírez figura el coronel don Ramón Cáceres, 
antiguo capitán del héroe vencido, y ahora su ene- 
migo. Cáceres nos ha dejado sus Memorias, y en ellas 



EX REY I,EAR 405 

nos relata cómo logró, en aquella persecución, sor- 
prender y apresar, en la Posta Sarandí, al coman- 
dante Aniceto Gómez, que, llevado enfermo en tina 
carretilla, era depositario del dinero de Artigas. El 
jefe de Ramírez logró arrebatárselo. Eran, según dice, 
428 onzas de oro (equivalentes a 7.000 pesos o 35.000 
francos), que estaban en una bota de cuero de potro. 
Cáceres hizo entrega de ese dinero a Ramírez, su jefe. 
«Escribo, agrega, ante mis contemporáneos, y sin 
temor de ser desmentido; el general Urdinarrain era 
ayudante de Ramírez, y sabe que es exactísimo mi 
relato.» 

No hay para tanto; el héroe que para siempre se 
va no entablará demanda por cobro de monedas; 
podéis quedaros con sus monedas, amables botica- 
rios. 

Al recibir la contestación de Francia que le con- 
cede asilo. Artigas vio que aun le quedaba algún 
dinero en el bolsillo. Había allí cuatro mil pesos o 
patacones, como entonces se decía. Cuatro mil pesos 
no hubieran sido un gran salario para pagar al héroe 
su jornal; él había sido rico; lo habían sido los suyos, 
como sabéis: su padre, su familia. Todo se había 
sacrificado a la patria. Su familia queda en la indi- 
gencia; en Montevideo está su mujer enferma, su 
pobre Rafaela, que muere en esos momentos precisa- 
mente; su hijo, de pocos años, que queda huérfano 
y pobre, pobre para siempre. Esos cuatro mil pesos 
no eran, no, un gran salario; pero, en aquel tiempo, 
3' en aquel momento, eran una fortuna. 

El héroe buscó, entre los suyos, un hombre que se 
sintiera con ánimo y fuerzas para ir, en su nombre, 
a Río Janeiro. Allí, en la Isla das Cobras, estaban sus 
soldados prisioneros: Otorgues, J^avalleja, Bernabé 



406 I,A EPOPEYA DE ARUGAS 

Rivera y otros. Andresito ya no estaba: se había muer- 
to en la prisión. ¡Artigas pensaba en ellos! Bl bueno y 
leal Francisco de los Santos, simple soldado, se ofreció 
a desempeñar la comisión. Artigas tomó el puñado de 
monedas, todo el puñado, sin reservarse una sola 
pieza; lo puso en manos de Santos, y envió a éste a 
que pusiera ese dinero en las de I^avalleja, «para 
que lo aplicara a aliviar su situación, y la de sus bra- 
vos compañeros cautivos». Santos cumplió su comi- 
sión: salvó a caballo la enorme distancia que lo sepa- 
raba de lyavaUeja. Este recibió íntegro, en Río Ja- 
neiro, el último dinero del padre Artigas. Y Artigas 
se quedó entonces sin nada... realmente mendigo. 

Helo ahí en toda su grandeza real: es el hombre 
libre. No debe nada a nadie. Para poder vivir, de hoy 
en adelante, no invocará su pasado, j^ues \dvirá donde 
nadie lo conoce. Pedirá sólo por el amor de Dios. 
Y en el amor de Dios morirá. 

Si me preguntáis, mis amigos, qué quiere decir eso, 
yo os contestaré francamente que no lo sé. Ese voto 
de pobreza me parece indescifrable. No existe en la 
historia, que yo sepa, un rasgo semejante. 

Artigas entonces, como si se hubiera sacudido las 
manos antes de abandonar para siempre la argenti- 
na tierra, en que deja triunfante el germen de la patria, 
cruza el Paraná, por la Candelaria, y entrega en Ita- 
púa su espada a la guardia paraguaya enviada por 
Francia en su busca. Se hunde en la sombra para no 
reaparecer. 

¿Qué quiere decir ese abandono del mundo? 

Yo lo encuentro menos indescifrable que su voto 
de pobreza. Creo penetrar en la conciencia del héroe. 
No existe, para mí, un momento más grande, ni tan 
grande, en esta vida que examinamos. Yo no creo. 



El, REY I,EAR 4O7 

como algunos, que Artigas abrigó la ilusión de reha- 
cerse en el Paraguay, con el apoyo de Rodríguez 
de Francia; nadie mejor que él podía saber que eso 
era imposible. El héroe ha comprendido lo que muy 
pocos comprenden en su caso: que su misión está 
cumplida. Desde el punto de vista americano, Arti- 
gas, como lo han reconocido sus propios enemigos, 
ha salvado la democracia, sinónimo de independen- 
cia. Esa obra estaba perfectamente terminada. En 
esos momentos, San Martín, libre de las asechanzas 
de Carrera y de los demás, gracias a Artigas, y a pe- 
sar de los Directorios, realizaba la expedición del 
Perú. Los fautores de monarquías van a abandonar 
sus proyectos, aniquilados por la rebeldía de Arti- 
gas, y vendrán a organizar el triunfo de éste, y a 
gozar de él: Rivadavia, García, Gómez, todos los 
diplomáticos monárquicos preparan ya su inmediato 
regreso: serán demócratas y hasta se dirán republi- 
canos. 

Bajo el punto de vista oriental. Artigas ha amasado 
la patria con el limo de la tierra, con el sagrado fango, 
y le ha infundido su espíritu; nada importa su tempo- 
ral cautividad. Las masas campesinas de la Banda 
Oriental ya no son células dispersas; son un organismo 
personalísimo, con carácter, con conciencia colectiva. 
Artigas había agrupado esos hombres, esas familias; 
los había acaudillado y engreído: los había hecho con- 
cebir una fe absoluta en sí mismos. El nombre de 
oriental se consideraba como el supremo título de honor 
entre los pueblos rioplatenses. El rencor inagotable 
contra el usurpador extranjero estaba hundido en 
aquella alma colectiva; y, con él, el orgullo, la altivez 
y la gloria, simiente de resurrección. Se había conden- 
sado una historia, una tradición secular, en diez años; 



408 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

se hablaba entonces, tanto como hoy, de la Patria 
Oriental, como de algo preciso, simple, homogéneo, 
definitivamente consagrado; como de mi organismo 
tan viviente, más viviente ami, más articulado y con- 
creto, que la patria occidental argentina, diluida en- 
tonces en el espacio sociológico, como una nebulosa. 

Desde ese momento. Artigas tiene la intuición de 
que su persona sólo puede ser perjudicial a la patria 
que engendró; él comprende que ésta, como todos los 
pueblos americanos, necesita de la alianza con sus 
hermanos occidentales para imponer su independen- 
cia, 3' que su persona haría difícil, si no imposible, 
esa alianza natural. Retirarse para siempre, hacerse 
olvidar, era el último serv'icio que la patria le exigía. 
Artigas se lo prestó. 

«Sobre tales sacrificios, mi Cordelia, los dioses mis- 
mos echan incienso.» 

La videncia del héroe en esa resolución, produce en 
el ánimo el escalofrío del contacto con lo extraordina- 
rio. Artigas ve los hechos futuros, como si ellos pasaran 
ante su vista. Dentro de cinco años, veréis resu- 
citada su bandera y realizada la alianza. No se pro- 
nunciará con la boca el nombre de Artigas, pero se 
invocarán sus tradiciones, como las de un muerto de 
muchos años. Por eso Artigas, vivo, no quiso más 
asilo que una sepultura. 



VII 



El hombre de I^as Piedras cruza la frontera del 
Paraguay el 23 de septiembre de 1820. El 23 de sep- 
tiembre de 1850, treinta años después, morirá allí. 

Os quiero hacer advertir algo muy digno de ser 



EI< REY I,EAR 4O9 

notado. Casi en estos mismos momentos en que Ar- 
tigas entra al Paraguay, el 7 de septiembre de 1820, 
San Martín, el hombre de San Lorenzo, desembar- 
caba, por íin, en Paracas, cerca de Pisco, en la costa 
del Perú, con el ejército libertador chileno- argentino. 
Realizaba, por fin, su ensueño de gloria. 

¿Creería entonces San Martín que es ese Artigas que 
golpea indigente a las puertas del doctor Francia, 
quien ha hecho posible esa expedición, al derrocar a 
los que la combatían para substituirla por las solucio- 
nes dip'omáticas? ¿Sabía que, en el tratado del Pilar, 
en que se fraguó la traición contra Artigas y su pueblo, 
se daban también a Carrera los elementos para aniqui- 
lar al libertador del Perú? 

San Martín no pensaba en nada de eso a buen seguro; 
pero si se hubiese tocado la frente, hubiera sentido en 
ella el nudo que lo unía a aquel otro hombre, y que lo 
condenaba al mismo destino. El había sido rebelde 
como Artigas; había compartido su visión genial, des- 
garrando el velo de Isis.Ytenía que pagar, como aquél, 
el delito de ser más grande que los otros hombres, 
como poseedor del secreto sagrado. 

San Martín, por haber tenido algo de común con Ar- 
tigas, tendrá también algo de su vilipendio y de su 
infortunio. Las fechas de esas dos vidas, mis amigos, 
coinciden en modo muy singular. Aitigas pasa al Para- 
guay en la noche del 23 de septiembre de 1820. En 
esa misma noche, dos años más tarde, San Martín, 
después de realizar la libertad del Perú, se embarcará, 
pobre y menospreciado como aquél, en el bergantín 
Bdgrano, y se alejará para siempre de aquella tierra, 
con la misma sombra de Artigas en la cabeza, odiado 
por los mismos que odian a Artigas, perseguido por 
los mismos, desconocido de sus propios jefes. El ge- 



4IO I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

neral Guido, que trataba de disuadirlo de su resolu- 
ción de abandonar su empresa, nos ha transmitido sus 
últimas confidencias. «Si he de sostener, le decía San 
Martín, el honor del ejército y su disciplina, me veré en 
la necesidad inexcusable de fusilar algrmos jefes... 
Bolívar y yo no cabemos en el Perú; daríamos al mun- 
do un humillante escándalo... No seré yo quien deje 
a mi patria tal legado.» Hoy la gloria dice que San 
Martín tenía razón: se fué cuando debía irse. 

Entonces escribirá a O'Higgins: «Me reconvendrá 
usted por no concliur la obra empezada. Tiene usted 
mucha razón; pero más la tengo yo. Estoy cansado 
de que me llamen tirano, que quiero ser rey, empe- 
rador y hasta demonio». 

También se ha hecho a Artigas, como a San Martín, 
y a todos los héroes, esa candida reconvención: no 
haber concluido la obra empezada; no haberse hecho 
coronar emperador o demonio; no haberse hecho ma- 
tar, cuando menos, en algún Waterloo, antes de 
dejarse conducir a Santa Elena. ¡Como si existiera 
en la tierra alguna obra empezada y concluida por un 
hombre mortal! ¡Como si la verdadera misión de un 
genio debiera ser trazada por un hijo de vecino! 

San Martín decía la verdad. De regreso de su entre- 
vista con Bolívar en Guayaquil, halló que, en Lima, 
su nombre era execrado; se le acusaba hasta de ladrón. 
I/D era; ladrón de fuego. Llega a Chile, y se encuentra 
con que allí su persona es más odiada que en el Perú; 
se le llama verdugo. La tempestad estaba sobre su 
cabeza... ¡Oh viejo rey Lear! Pasa entonces los Andes, 
con la sombra de los Artigas en los ojos, con la sombra 
de Lear; vuelve a su patria, a Buenos Aires. Allí fué 
recibido, dice Mitre, con el menosprecio y la indife- 
rencia pública... Rivadavia, que allí manda, y a quien 



EIv REY LEAR 4II 

también llegará el tumo de ser rechazado cuando 
quiera volver, no es más compatible con San Martín 
que con Artigas. ¿A dónde vas, oh héroe, con esta 
obscuridad? I^as mismas cosas de la noche se acurru- 
can en estas noches... 

San Martín toma entonces, solo con su hija, como 
I^ear y Cordelia, el -camino del destierro. Llega a Eu- 
ropa, 3^ se encuentra con la miseria. Hu3'endo de 
ella, se vuelve a Buenos Aires, en busca de refugio. 

Y arriba a su puerto, en el día aniversario de la bata- 
lla de CAflcaéiíf o precisamente, el 12 de febrero de 1829. 

Y los diarios dijeron, al verle llegar, y señalándolo 
con el dedo: «El general San Martín ha vuelto a su país, 
a los cinco años de ausencia; pero después de haber sabido 
que se han hecho las paces con el emperador del Brasil». 

¿Cobarde? ¡También cobarde! 

El héroe bajó la cabeza, con el bofetón en la mejilla, 
y se fué, por fin, para siempre, a su sepultura, en bus- 
ca del lobo y la lechuza, que en todas partes se encuen- 
tran... aun en los líosques. Ni siquiera desembarcó 
en Buenos Aires. 

Primeramente, a orillas del Sena, en Grand-Bourg, 
y después en Boulogne, siguió muriendo lentamente; 
su destino, según él mismo lo decía, era morir en un 
hospital. Un español, xVguado, compañero suj'O de 
armas en España, sacó de la miseria al que había 
sido el más implacable enemigo de los españoles y 
de España. 

Y advertid esto, mis amigos: casi en la misma hora 
del año 1850, morían solos, el general San Martín en 
Boulogne-sur-Mer, y el hombre Artigas en la Asunción 
del Paraguay-... ¡Casi en la misma hora! ¡1850! 

San Martín murió más olvidado y más menospre- 
ciado que Artigas... 



412 IwA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Bn aquella hora, hubo menos luz entre el cielo y la 
tierra americanos. 

Vamos, mis buenos amigos, vamos a ver morir al 
más grande de esos dos hombres magnos; va a morir 
durante treinta años. Vamos a verlo, dentro de su 
sepultura, y sacaremos de ella sus huesos áridos. 

«Ven, oh mi Cordelia, decía el nevado I,ear a su vi- 
sión amiga, vamos a la prisión. Solos los dos, cantare- 
mos como los pájaros en la jaula. Cuando me pidas la 
b3ndición, yo me pondré de rodillas. Pasaremos el 
tiempo así, cantando, y rezando, y contando viejos 
cuentos, 3'- riendo con las mariposas doradas, y oyendo 
a los pobres diablos hablar de las cosas de la corte. 
Y conversaremos sobre quién haya ganado y quién 
perdido el favor; y, desprendidos del mundo, pondre- 
mos en claro las causas y el misterio de todo eso, 
como si fuéramos observadores enviados por los dio- 
ses. Y, en los muros de nuestro calabozo, miraremos 
pasar las intrigas y las cabalas de los grandes, que 
crecen y menguan, como lo hace la luna.» 

Eso dice el viejo Lear, Kiu^ Lear. 

Bs más difícil envejecer que morir, nos dice Amiel; 
porqiie renunciar a un bien de una vez y en bloque, 
cuesta menos que renovar diariamente y en detalle 
un sacrificio... Hay una aureola en la muerte trágica 
y prematura; no hay más que una larga tristeza en la 
caducidad creciente. 

Vamos a la sepultura de Artigas. Las visiones lu- 
minosas vivirán allí, en grata compañía con el lobo 3' 
la lechuza. 

Y veremos al héroe pasar rezando, y contando vie- 
jos cuentos, y riendo con las mariposas, como si fuera 
realmente un enviado de los dioses. 



4|i 



CONFERENCIA XXVI 

IvOS TREINTA Y TRES 

Artigas en el Paraguay. — Francia y Artigas. — En el Con- 
vento DE LA Merced. — En Curuguaty. — I^a Provincia 
CisPL.'VTiNA. — lyA Patria oriental no estA muerta. — El 
despertar. — Portugueses y brasileños. — El Imperio del 
Brasil. — I^a provincia de Buenos Aires y la de Monte- 
video. — AyACÜCHO. — I,A MAÑANA DEL 1 9 DE ABRIL. I,OS 

TREINTA Y TRES. — I^AVALLEJA. — RIVERA. — 25 DE AGOSTO. — I<A 
CARTA MAGNA DE LA FLORIDA. — INCORPORACIÓN A LAS DEMÁS 
PROVINCIAS DE AMÉRICA. — I^A DECLARACIÓN DEL 25 DE AGOSTO 
DE 1825 Y LA DE 25 DE MAYO DE 181O. — RINCÓN DE HAEDO. — 
NUESTRO CHACABUCO: S \RANDÍ,SANTATerESA. — I<A ALIANZA. — 
ITÜZAINGÓ Y I^AS MISIONES. — ES PRECISO HACER LA PAZ. — 

El protocolo de 27 de agosto de 1828. — lyA ley del cielo 

STJBTERR-ÁNEO. — IvA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY. 



Amigos artistas: 

I/D que pensaba don Gaspar Rodríguez de Francia 
sobre ese Artigas, que cae de lo alto, con las alas rotas, 
en su trampa o guarida, es algo que, a mi entender, 
no es fácil de averiguar. Aquel hombre Francia, en 
el Paraguay, es una caverna dentro de otra caverna. 
Si a vosotros os interesa saber algo de eso, podéis en- 
cender vuestro pensamiento, y echar a andar por 



414 ^A. EPOPEYA DE ARTIGAS 

entre esas tinieblas psicológicas del alma del dictador 
paraguayo, hasta dar o no dar — que no daréis pro- 
bablemente — con lo que se mueve en ellas. Por mi 
parte, os confieso con franqueza que este episodio 
de que tratamos me desorienta. Os alumbraré, sin 
embargo, con algunas luces, el camino. 

Pero si no es fácü seguir la pro3-ección de Artigas 
sobre el alma compleja del extraño paraguayo, fácil 
y no indigna de analizar, es la que ha dejado en el 
espíritu simplicísimo del caudillo entrerriano. Cuando 
Ramírez sabe que su protector y jefe se le ha esca- 
pado de entre las manos, siente una inquietud mor- 
tal; no puede resignarse a que aquel hombre quede 
vivo sobre la tierra; lo persigue con una saña en la 
que se ve mucho de temor, no ha}- duda; pero más 
aun de esa irritación morbosa del criminal ante su 
víctima caída, que se llama ensañamiento. 

Ramírez sabe o presmne que Artigas está en poder 
de Francia, y acude a éste, como un loco, pidiéndole 
angustiosamente su presa, ofreciéndole su amistad, 
su ahanza, todo lo que quiera, a trueque de la cabeza 
de Artigas. 

La nota de Ramírez, que debo inédita al doctor 
don Manuel Domínguez, es un documento precioso 
para la psicología de la historia. Está datada en el 
Cuartel General de la ciudad de Corrientes, el 22 
de septiembre de 1820, el día en que Artigas traspone 
la frontera paraguaya precisamente. Reáraosla; dice 
así: 

«Con hallarse el continente de Entrerríos libre del 
dominio de Artigas, creo que ha cesado la causa que 
justamente impulsara a V. E. a mantener cerrados 
ios puertos de esa repúbHca, habihtando el tráfico 
y relaciones con éstos, a efecto de obviar que el co- 



tos TREINTA Y TRES 415 

mercio sufriera tanto descalabro como experimentaba 
por los malvados satélites del pretendido Protector. 
Ya el dominio del opresor de los pueblos libres ter- 
minó con su total ruina y la del grupo de miserables 
que lo seguían con la esperanza de conseguir un 
patrimonio como el que tenía formado en la Banda 
Oriental y Entrerríos; todos éstos se hallan purgando 
los crímenes que han cometido contra la patria y 
conciudadanos, y pronto serán juzgados por el res- 
petable Tribunal que al efecto se establecerá sin tar- 
danza para este caso. Recuerdo a V. E. la necesidad 
que hay de la persona de Artigas para que responda 
en juicio ppbHco a las Provincias Federales de los 
cargos que justamente deben hacerle por suponérsele 
a él la causa y origen de todos los males de la Amé- 
rica del Sud; por estas poderosas razones y otras 
que omito, espero que V. E. me remita a dicho Arti- 
gas, pues tengo noticias muj^ fundadas (como lo verá 
V. E. por el parte original que adjunto) de haberse 
refugiado o hallarse preso en esa de su mando.» 

Ese clásico documento, en que el perturbado cau- 
dillo pide, además, al Excmo. Señor Supremo Dic- 
tador su alianza y le ofrece la sU3'a con sus protestas 
de lealtad sin límites, nos esboza uno de los episodios 
más interesantes y trágicos de nuestra epopeya: el 
de la vida y desastrado fin de aquel desventurado. 
Desprendido de nuestra historia, ese episodio daría 
tema a un drama intenso. 

Rechazado por Francia, que le increpa su traición 
y lo moteja de ladrón y bandido, el lancero arti- 
guista pierde todo rumbo; se le ve correr, como una 
furia, con la lanza en la mano, por los campos de 
Entrerríos; espera hallar su fuerza, por si Artigas 
vuelve, en su ahanza con Carrera, el caudillo chileno, 



41 6 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

que corre también desesperado por esos campos de 
Dios, en dirección al patíbulo de sus hermanos; pero 
I/í)pez, el otro capitán infidente, le sale al paso, y 
lo mata. 

¡Bs mucha muerte la de este triste personaje! Ima- 
ginaos el entrevero de lanzas en que la de Ramírez 
pasa de un extremo al otro como un relámpago; el 
fiero entrerriano se ha retirado jadeante; su bande- 
rola gotea sangre. Está derrotado, y va en busca 
de su concubina, hermosa mujer morena, de grandes 
ojos voluptuosos, que lo sigue, y a quien ha dejado 
a cierta distancia del campo. Llega y no la encuen- 
tra; la fatal mujer le ha sido arrebatada; está en 
poder del enemigo. Ramírez vuelve por ella, por sus 
ojos, por su cuerpo; atropeUa, como un poseído de 
las furias, con la negra melena al viento, y la lanza 
llena de convulsiones; rueda, acribillado de lanzazos, 
a la vista de la mujer, que grita con voces lamenta- 
bles, y le tiende los brazos desde la grupa del caballo 
de su nuevo dueño. Y ve cómo le cortan la cabeza. 

No concluye aquí nuestro episodio; su cuadro final 
nos ha sido conservado por un viajero que, algunos 
años después, visitó a López, al otro capitán, en 
Santa Fe, de la que era ya gobernador. El tal viajero 
nos dice que, sobre la mesa del despacho de López, 
vio una cosa extraña: era la cabeza cortada de Ra- 
mírez, que allí estaba en una jaula de hierro, y hacía 
una mueca horrible, con los ojos abiertos y los cabe- 
llos negros aborrascados. El gobernador la mostraba, 
como cosa curiosa... 

Artigas, entretanto, ha traspuesto, a paso lento^ 
la frontera paraguaya, después de enviar a sus capi- 
tanes fieles, prisioneros en Río Janeiro, sus últimas 
monedas; se ha ido con su invisible Cordelia, a con- 



I^OS TREINTA Y TRES 4I7 

tar sus cuentos, y a rezar sus rezos, y a seguir el 
vuelo de las mariposas doradas... 

Allí, en poder de Rodríguez de Francia, perma- 
nece durante los veinte años de la asombrosa tiranía 
de éste, en la que a nadie respetó, a nadie sino a 
Artigas. 

Francia no vio, no quiso ver al héroe caído, por más 
que éste lo deseaba y lo pidió; no quiso encontrarse 
con la mirada de Artigas por nada de este mundo. 
Pero lo trató con respeto tal, y tan constante, que 
hasta me parece supersticioso. Se diría que se sentía 
cautivo de su prisionero. 

Ese despotismo parece de tiempos muy remo- 
tos; se sienten soledades pálidas de multitudes su- 
persticiosas encorajadas; pánicos espantosos de una 
interminable media noche; ayes y alaridos cuj^o ori- 
gen todos quieren ignorar, por no incurrir en el cri- 
men de oírlos; cosas que no se miran, por no tener 
el deHto de haberlas visto. El recelo y la delación son 
un viajero perpetuo del aire, que penetra por las ce- 
rraduras, y aun a través de las paredes, a medianoche, 
y siempre tiene la cara del doctor Francia . Cuando éste 
pasaba por las calles de la Asunción, los pocos transeún- 
tes que sentían los pasos de su escolta se ponían de cara 
a la pared; la mirada del déspota era un espíritu que 
engendraba obsesiones perpetuas; nadie hubiera que- 
rido encontrarse con ella en el transcurso de la vida. 
Era célibe, sin familia al gima, sin un solo afecto, ni bue- 
no ni malo; vivía encerrado; distribuía personalmente 
los cartuchos de fusil, bien contados, a sus hombres 
de armas; el grado militar más elevado en la nación 
era el de sargento; escribía los procesos de su puño 
y letra; inventaba suplicios. 

El doctor Franci.i cerró el Paraguay a toda rela- 

T. U.-a7 



4l8 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

ción cou el mundo; su principal preocupación era la 
de tapiar bien todas sus puertas. Quienquiera entraba 
en el país, así fuese el subdito de la nación más podero- 
sa, quedaba encerrado allí para siempre. Es muy 
conocido el largo secuestro en que tuvo a Bonpland, 
el sabio francés, amigo de Artigas, en cuya compañía 
llegó a la frontera del Paraguay, Bolívar pensó en 
una expedición de guerra sin más objeto que resca- 
tarlo. Las quejas de las víctimas atormentadas sona- 
ban en el silencio funeral de aquel cerco dantesco. 
Cuando el tirano murió, se exhumaron de los cala- 
bozos seiscientos presos, que estaban sepultados hacía 
diez, veinte y más de veinte años, con sus grillos 
remachados; mató a Yegros, su compañero de go- 
bierno; y también a Caballero. A de la Mora lo hizo 
morir en la cárcel. Los españoles fueron objeto prin- 
cipal de los odios y persecuciones de aquel bárbaro; 
llegó a dictar un decreto en que se les prohibía ca- 
sarse con mujer que no fuese india, mulata o negra. 

Artigas, sin embargo, el más español de los héroes 
americanos, vivió en aquella tierra, rodeado de ga- 
rantías y hasta de atenciones anónimas; sólo lo cer- 
caba la mirada de Francia. 

Pero hay algo más extraño. Es din-ante su prisión, 
en 1822, cuando el doctor Francia inicia y sigue aquel 
proceso contra el coronel Cabanas, que os hice cono- 
cer oportunamente, y en el que se acusaba a éste, o 
a su sombra, porque él había muerto, de haber cons- 
pirado, en connivencia con Artigas, contra el dic- 
tador. Es en esa época, 1833, cuando Francia dicta 
la sentencia que conocéis, en el tal proceso. En ella 
se imputa a Artigas el haber abrigado el propósito 
de apoderarse del Paraguay y de llevarse la cabeza 
del dictador; se le trata de malvado, caudillo de ban- 



IvOS TREINTA Y TRES 4I9 

didos, caporal de ladrones y salteadores, alevoso y 
bárbaro malévolo. Más o menos, lo que habían dicho 
de él Posadas, Alvear y otros, en Buenos Aires. Mucho 
de eso era veidad, como sabemos; Artigas contuvo 
las pretensiones de Fiancia a extender sus fronteras, 
con menoscabo de las correntinas y misioneras; allí 
libró contra él el combate de Candelaria, en que 
derrotó sus tropas, sintiendo que no hubiera venido 
Francia ■personalmente a encontrarse con él; recorde- 
mos las incitaciones constantes a promover la revo- 
lución de los paraguayos contra su tirano que recibía 
Andresito del gran caudillo, y no olvidemos lo que 
éste hizo siempre por incorporar aquel pueblo a la 
acción común, 

Y sin embargo, ese presunto asesino del déspota, 
el bárbaro salteador de caminos, estaba allí, en poder 
de Francia, que castigaba con la muerte hasta las 
miradas, y aquél no fué tocado en xm cabello de la 
cabeza. ¡Y estuvo así diurante veinte años, sin cambiar 
ni una mirada, ni vma palabra con el otro hombre! 

¿Quién inmunizaba esa cabeza, que nadie en el 
mundo podía defender?... ¿Qué ser invisible la pro- 
tegió, durante aquel tiempo, de las iras implacables 
de aquel ogro, enfermo de todas las fobias habidas 
y por haber?... Nadie, que yo sepa, se ha propuesto 
hasta ahora esa cuestión, ni muchas otras semejan- 
tes, que sugiere ese prisionero extraordinario. 

¡1/3 que pensaba Francia de Artigas! ¿Era temor?... 
¿Admiración?... ¿Simpatía?... ¿Compasión, por dicha? 
El caso es que Artigas fué el único ser humano que 
logró sacudir aquel corazón de piel durísima, cerrado 
a todo afecto. Pero siempre será aventurado afirmar 
en qué sentido. ¿O será que recordaba que ese Arti- 
gas, combatiendo a Buenos Aires, había defendido 



420 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

la autonomía del Paraguay y se había sacrificado 
por ella?... También puede ser. Francia veía en Bue- 
nos Aires su principal amenaza. Defender al Paraguay 
contra ese enemigo, era imo de los objetos de su en- 
cierro, acaso el principal. Buenos Aires, efectivamente, 
tenía la obsesión de su supuesta herencia de España; 
se creía la ciudad virreinal. Y el Paraguay, lo mismo 
que el Uruguay y Bolivia, habían de sei sus provincias. 
Pero ¿puede creerse en la gratitud de Francia, o en su 
admiración hacia otro hombre, por haber contribuido 
a la independencia de su patria?... 

Bien comprendía también el dictador Francia que 
la lucha de Artigas con los portugueses había sido 
benéfica al Paragua}-, pues siempre temió ver en 
ellos al enemigo de su tierra. Pero en aquella lucha, 
como en la que sostenía con Buenos Aires, lo había 
dejado hacer, había sacado la castaña- con la mano 
del gato. No sólo no lo había protegido, sino que ha- 
bía protestado expresamente ante los portugueses 
de su neutralidad, en la guerra de Portugal con los 
orientales. Aquí tenéis una nota que dirige al coman- 
dante Joaquín Duarte, en 7 de mayo de 1820: «Ya 
está descubierta y conocida, le dice, la mala corres- 
pondencia y falta de buena fe en los portugueses, 
que, después que yo no he querido auxiliar al caudillo 
Artigas contra ellos, por mi espíritu pacífico y por 
desear vivir en paz con todos, esperando que nuestra 
moderación y comportamiento sería un nuevo mo- 
tivo de conservar la buena armonía y buena corres- 
pondencia con los vecinos, el pago que han dado ha 
sido»... etc., etc. Pero no sólo eso: no bien cae Artigas 
en su poder, el dictador paraguayo se dirige por nota 
a lyccor, proponiéndole un tratado de amistad y co- 
mercio, que fué celebrado; el comercio paraguayo- 



l,OS TREINTA Y TRES 42 1 

portugués por Itapúa queda en él establecido. Y más 
aun: cuando las fuerzas lusitanas desocupen la Banda 
Oriental, Francia escribirá, casi indignado, a uno de 
sus comandantes, «que no se explica la actitud del 
Brasil en abandonar su conquista después de tantos 
sacrificios». 

¿Comprendía entonces Rodríguez de Francia que 
el holocausto de la Patria Oriental , inmolada en aras 
de la libertad, había sido también propiciatorio para 
la independencia paraguaya, y, por eso, respetaba 
al gran sacrificador de la víctima, sacrificado con 
ella? 

No es ésa la opinión que se ha formado un oriental 
amigo mío, que, después de mucho conversar, según 
me escribe, con viejos paraguayos de la ciudad de la 
Asimción en que hoy reside, conocedores de Francia 
y de su época, se ha persuadido de lo siguiente, que 
me transmite: «Francia recibió y cuidó bien a Artigas 
por interés y Por cálculo: para tenerlo a su disposición, 
a mano, como quien dice, y con él poder asustar a 
porteños y portugueses, si el caso se presentara, dada 
la fama que tenía Artigas entre estos enemigos del 
Paraguay». 

¿Será así? 

Yo, por mi parte, no dudo de que si el pueblo para- 
guayo, amenazado en su independencia, hubiera recu- 
rrido a Artigas, el Protector de los Pueblos hubiera 
aún reaparecido; pero el Protector de los Pueblos Libres. 
no de sus ciranos. Francia jamás hubiera armado el 
brazo de Artigas. 

Todas éstas son conjeturas, y vosotros pensaréis lo 
que os parezca más acertado; yo no tengo empeño en 
convenceros de nada al respecto. Os ofreceré, sin em- 
bargo, otro elemento de juicio. Tengo aquí ima nota, 



422 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

casi inédita, que, en 12 de mayo de 1821, dirigía el dic- 
tador a Velasco, comandante del Fuerte Borbón, que 
le había hecho saber que los portugueses miraban con 
recelo amenazante el refugio concedido a Artigas en 
tierra paraguaya. «L/O que pasa en cuanto a Artigas, 
contesta Francia a Velasco, es que, en su último com- 
bate con los portugueses, en Tacuarembó, quedó muy 
derrotado. Viendo esto uno de sus comandantes, el 
porteño Ramírez, a quien de pobre peón que era él lo 
había levantado y hecho gente, y en cuyo poder había 
dejado a guardar más de 50.000 pesos en oro, se le 
alzó con sus dineros, y con ellos mismos sublevó y 
aumentó algunas tropas y gente armada con que había 
quedado; y así derrotó también a Artigas, cuando 
éste quiso someterlo con la poca fuerza que tenía, 
y lo persiguió de muerte, para quedarse él solo con 
sus caudales y con el mando de la otra banda. Redu- 
cido Artigas a la última fatalidad, vino como fugi- 
tivo al Paso de Itapúa, y me hizo decir que le permi- 
tiese pasar el resto de sus días en algún pimto de la 
República, por verse perseguido aun de los. suj'os; 
y que, si no le concedía este refugio, iría a meterse en 
los montes. Era vm acto, no sólo de humanidad, sino 
aun honroso para la República, el conceder un asilo 
a un jefe desgraciado que se entregaba. Así, mandé un 
oficial con veinte húsares para que lo trajesen, y aquí 
se le tuvo recluso algún tiempo en el convento de 
Mercedes, sin permitirle comunicación con gentes de 
afuera, ni haber jamás podido hablar conmigo, aunque 
él lo deseaba. Allí estuvo recluso, hasta que hice ve- 
nir al comandante de San Isidro de Curuguaty, con 
quien lo hice llevar a vivir en aquella villa, donde se 
halla con los dos criados o sirvientes que trajo, por 
ser aquel lugar remoto el de menos commiicación con 



I.OS TREINTA Y TRES 423 

el resto de la República. Allá le hago dar una asisten- 
cia regvUar, como aquí se hizo, porque él vino desti- 
tuido de todo auxilio... 

»I/DS portugueses, sin duda, se habrán alegrado 
de la ruina de Artigas. Ellos han tenido también sus 
inteligencias y comunicaciones con el bandido Ra- 
mírez, quien, tal vez, los habrá metido en aprensio- 
nes por haberse Artigas refugiado en el Paraguay; 
pero el hecho de aquel pérfido es manifiestamente 
infame, y lo reprobará todo el mundo imparcial. Se 
podría preguntar a los portugueses si agradaría a 
un general portugués el que, en algún suceso adverso 
que tuviese en la guerra, se le alzase con caudales, 
tropas y armas alguno de sus oficiales subalternos, 
y, apoderándose de su mando, tirase a perseguirlo 
de muerte para que no pudiese hablar. Al Craveiro 
que le dijo a usted que Artigas estaba aquí bien guar- 
dadito, le hubiese usted contestado que Bonaparte, 
que fué emperador de los franceses, estaba igualmente 
bien guardadito en poder de los ingleses, donde se re- 
fugió en su última desgracia; y, aunque estaba en 
guerra con ellos y fueron los ingleses sus mayores 
enemigos, lo recibieron y lo mantienen hasta ahora 
asistido generosamente en la isla de Santa Elena.» 

Más que para daros a conocer los hechos, os he 
leído ese documento a fin de que penetréis en el es- 
píritu de Francia, y veáis, en esa obscuridad, el reflejo 
de la persona de Artigas. 

El déspota se cree allí con su Bonaparte prisionero; 
tiene su águila en su jaula de pájaros. He ahí al ase- 
sino, caporal de ladrones y salteadores, convertido 
en un héroe traicionado pérfidamente, que, temido 
aun por portugueses y no portugueses, es preciso guar- 
dar con toda clase de precauciones, sin contacto al- 



424 líA EPOPEYA DE ARTIGAS 

guno con los hombres, pero como una honra de la 
nación que lo asila. 



II 



Artigas entregó su espada al enviado del dictador; 
entró de noche en la Asunción; de noche fué condu- 
cido, por im oficial, al convento de la Merced, en el 
que permaneció seis meses. No veía al tirano; pero 
sentía su presencia, su aliento que lo envolvía; se dice 
que, muchas noches, Francia dormía en la celda con- 
tigua a la de Artigas, pared por medio; quería oir 
su respiración; saber si soñaba. Dos veces al día lo 
visitaba el padre prior del convento; dos veces, sin 
falta, un ayudante llegaba al monasterio a pedir noti- 
cias del enclaustrado, a ofrecerle sus servicios, a ver 
si necesitaba algo, a escudriñar lo que hacía, lo que 
hablaba, lo que pensaba. 

IvO encontraba tranquilo, impenetrable. Francia, 
que era escéptico 3- no practicó jamás rehgión alguna, 
recomendó que siguiera las prácticas religiosas. El 
prisionero las observó con espontánea docilidad; 
hizo ejercicios espirituales; recibía los sacramentos; 
permanecía en los divinos oficios, entre los miembros 
de la blanca comimidad mercedaria. 

Es indudable que el doctor Francia no podía per- 
suadirse de que, en esa resignada sumisión, no hu- 
biese un propósito oculto. Pero es preciso convencerse 
de ello: Artigas estaba en su Tebaida; su voto de 
muerte civil, de pobreza y obediencia, era perpetuo; 
la soledad, que es el imperio de la conciencia, lejos 
de serle odiosa, fué, en su prisión de treinta años, la 
amiga de su pensamiento. 



I,OS TREINTA Y TRES 425 

El prior de la Merced hablaba largamente con él, 
y nada halló que revelase en su espíritu la existencia 
de una voluntad. Sólo a los seis meses de vida claus- 
tral, cuando ya el prior había conseguido inspirar 
plena confianza al prisionero, pudo arrancar a éste 
la manifestación de rm deseo, al reiterarle su pregimta 
de si se hallaba bien en aquel sitio. 

— Padre, le dijo, por fin, un día, supongamos que 
es usted Artigas, y yo el prior del convento; que es 
usted soldado, y yo sacerdote... ¿Se hallaría bien vues- 
tra reverencia en estas celdas?... Yo, agradecido a 
las bondades del Supremo, estaré bien, sin embargo, 
dondequiera que él me destine... 

Esto sucedía al caer de una tarde... Ala mañana si- 
guiente, el ayudante del dictador le dijo en su visita 
de costumbre: «Su Excelencia ha dispuesto trasladar 
a usted a un lugar más a projpósito, donde viva con 
más soltura y comodidad, y me ordena prevenirle 
que se disponga para emprender viaje mañanáis. 

Artigas obedeció. 

Al día siguiente, después de puesto el sol, dejaba 
la Asimción, acompañado del comandante de Curu- 
guaty o Villa del Labrador, y de una escolta; cruzó 
durante varias noches ochenta leguas de campos de- 
siertos, y, al caer de una tarde, se halló, por fin, en 
el sitio de su destierro de veinte años, en el centro 
de los bosques tropicales. 

El caserío de San Isidro de Curu^uaiy o Villa 
del Labrador, era entonces una población de im- 
portancia; llegó a contar con doce mil habitantes, 
y, para apreciar su relativa cultura, don Félix de Aza- 
ra nos dice que «todos los varones hablaban entre 
sí en español». I^os bosques de naranjos y de yatais 
lo circundan por todas partes; el terreno es despejado 



426 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

y fértil , y exento de los yerbales que pueblan otras 
regiones. Corre por allí el río Curuguaty, afluente del 
Xexuy, tributario del Paraguay; no se forman los 
esteros, tan peculiares del territorio paraguayo; una 
pequeña cordillera, que se extiende al SO., lo cierra 
por ese lado. Era el sitio de menos comunicación 
con el mundo, según lo dice Fiancia en su nota; aque- 
lla población estaba allí como una lucecilla en la gran- 
de obscuridad, que sólo sirve para hacer a ésta más 
visible. Curuguaty hacía más solitario el desierto. 
Allí quedó Artigas, acompañado de su negro y de su 
viejo asistente. 

El dictador le acordó una pensión mensual de 
una onza dt oro. Este dato, y los análogos que os ofrez- 
co (rectificación de algunos que corren en nuestra 
historia), me son suministrados por el anciano sacer- 
dote paraguayo don Fidel Maíz, hermano de Francisco 
Ignacio, párroco de Curuguaty, y víctima de Fiancia 
en la época de Artigas. Vosotros apreciaréis el clá- 
sico color del cuadro que me traza del caudillo des- 
terrado el anciano sacerdote: «El dictador Francia 
le hacía dar mensualmente una onza de oro sellado, 
cantidad que, atendida la abundancia de aquella 
villa, así como la vida frugal y ordenada que llevaba 
Artigas, le era más que suficiente para sus necesida- 
des. Artigas vivía sin más familia que un hermoso 
perro, fiel y leal compañero que le acariciaba en la 
soledad. I^a onza de oro, pues, le era más que sufi- 
ciente para las necesidades de la vida, tal como su 
situación le permitía llevarla». 

Agreguemos, pues, ese nuevo y amable compañero 
de Artigas, el perro, al cuadro que esbozamos; y con- 
vengamos en que el Padre Maíz tiene razón: una 
onza de oro era bastante y aim sobrado. Esa suma. 



I.OS TREINTA V TRES 427 

en aquel tiempo, era considerable; el dictador para- 
guayo fué dadivoso, no hay que dudarlo. Artigas 
no quería mucho dinero; ¿para qué? 

JSl comandante de Curuguaty, de parte del dicta- 
dor, le entregaba mensualmente su limosna; nada le 
faltaba, en los primeros tiempos sobre todo, porque 
después la pensión le fué suprimida; nada pedía ni que- 
ría, por otra parte, a no ser paz y olvido. Sólo tuvo un 
deseo: trabajar, labrar con sus manos aquella tierra 
fértil que pisaba, habitada por una raza que él quería. 
Manifestó su deseo al comandante. Éste le dijo que. 
para satisfacerlo, era indispensable que se dirigiese al 
Supremo, como se llamaba a Francia, recabando su 
permiso. Artigas se dirigió a él, pidiéndole permiso 
para labrar la tierra. Y Francia le contestó: «No tiene 
usted necesidad de trabajar para vivir; si la pensión 
que se le ha designado es insuficiente para sus nece- 
sidades, puede usted pedir cuanto le haga falta». Ya 
veis que Francia no comprendía a Artigas; nada hacía 
falta a éste, nada que Francia pudiese darle. Contestó 
que no hacía su pedido por necesidad, sino por dar 
un objeto a sus actividades. Inmediatamente le fue- 
ron proporcionados bueyes, arados y todos los titiles 
de labranza. Gracias, amigo lobo. 

Y Artigas, sinceramente agradecido a su protector, 
comenzó a trabajar la tierra con pasión; allanó con 
sus manos un gran terreno montuoso; construyó cua- 
tro habitaciones; sembró mandioca, maíz, sandías; 
crió ganados, aves; llegó a poseer hasta noventa y 
tantos animales. 

Y la tierra le producía mucho. El héroe no había 
sido nvmca labrador, como sabéis; su posición había 
sido holgada; vosotros conocéis los trabajos a que se 



42 S LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

había consagrado. Pero aró la tierra, y la buena tie- 
rra paraguaya le daba maíz, mandioca y otras cosas. 

Nada era suyo de todo eso: tierras, habitaciones, 
enseres, todo era prestado; la idea de propiedad no 
lo estimulaba. Y trabajaba sin cesar. 

¡Iva propiedad!... Artigas no se reservaba nada para 
sí, nada más que su alimento: nada era su5''o. Al re- 
cibir mensualmente su pensión, la distribuía íntegra 
entre los pobres de Curuguaty. Le llamaban el Padre 
de los Pobres. 

Daba a éstos también todo ei fruto de su trabajo, 
su mandioca, su maíz, los frutos de sus ganados, las 
pieles. Y, sobre todo, se daba a ellos, los asistía, los 
amaba. 

Bllos, a su vez, correspondían a aquellas caridades 
con un afecto sencillo, que era todo cuanto buscaba el 
desterrado . Artigas se daba cuenta de su situación, y 
vivía sumergido en una reserva de trapense, que ve- 
réis reflejada en este otro párrafo de la carta del Pa- 
dre Maíz: «Artigas era de sentimientos muy humani- 
tarios; en más de una ocasión y a más de un pobre 
socorría caritativamente, tanto con dinero efectivo 
como con vestuario. Era, por esto, muy bien mirado 
y respetado. No acostumbraba a dar ni a recibir 
visita ex profeso; al dar un paseo con su perro, daba 
también la ocasión de encontrarse, como fortuitamente, 
con algtiien, y entonces un cortés saludo y cambio de 
breves palabras.» 

Tomad todos estos datos, mis amigos, no como cua- 
dro idílico, sino para acabar de apreciar el personaje 
que estudiamos; ellos nos revelan sus instintos, su 
idiosincrasia, sus tendencias, al estar entregado a sí 
mismo, sin más influencia que su propia inspiración; 
se inclina naturalmente a hacer el bien, a hacerse amar 



IvOS TREINTA Y TRES 429 

de los hombres. Ved ahí el germen profundo de la 
humanidad, que fué su rasgo peculiar; de su instinto 
democrático, de su tendencia a ir al pueblo, a alejarse 
de las grandezas señoriales, a no aceptar más títulos 
que los de la virtud. 

Cuando pisó el Paraguay, Artigas contaba cincuen- 
ta y seis años; tenía el cabello gris. Trabajó hasta te- 
ner sesenta, y setenta, y más de setenta. No hay más 
detalles, ni son necesarios; los años eran iguales: 
pasaban el uno tras del otro. 

Tenemos noticias de cuando llegó a los 76 años. 
Entonces, en 1840, murió Francia. ¿Quién recogería 
la herencia de aquel muerto siniestro? El pueblo no 
existía. 1,3. tomaron los comandantes de los cuarte- 
les, Ortiz, Cañete, Pereira, Maldonado, que se la arre- 
bataron a Patino, el fiel de fechos del tirano, que qui- 
so apoderarse de ella. Patino, reducido a prisión, se 
ahorcó en la cárcel; los comand3.ntes ocultaron la 
muerte de Francia. 

Nada podían éstos recelar del pueblo paraguayo, 
que, al saber la noticia, lloró, con amor de miedo, a 
gritos, por campos y calles, la muerte del Señor, como 
la de un dragón sagrado poderoso. Pero los comandan- 
tes se acordaron de que había en el Paraguay un hom- 
bre; recordaron que allí estaba Artigas, el célebre Arti- 
gas, y temieron que aquella sombra pudiera alzarse 
con el Paraguay. El mismo Francia les había dado 
esa instrucción: que asegurasen a Artigas no bien 
él muriese. Ordenaron entonces, el mismo día de la 
muerte del déspota, 20 de septiembre de 1840, que 
Artigas fuese encadenado y encerrado. I^a orden de- 
cía: «lyos representantes de la República, por muerte 
en esta fecha del Excmo. Sr. Dictador, prevenimos 
a usted que, inmediatamente, al recibo de esta orden. 



430 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

ponga la persona del bandido Jcsé Artigas en seguras pri- 
siones hasta otra disposición del Gobierno provisional». 

¡Oh, los hombres de bien!... ¡Siempre esos hombres 
honrados contra ese original bandido que, al través 
de veinte años de trabajo, permanece tal, bandido 
perpetuo, nato! ¡Y que es todavía capaz de saltear 
pueblos enteros y metérselos en los bolsillos! Así sal- 
teaba el honrado y glorioso Napoleón Bonaparte coro- 
nas reales, para hacer regalos a su familia; pero este 
malhechor Artigas no dejó nada de sus robos a los 
suyos. Era im original bandido, cuando menos. 

Una partida de soldados corrió a Curuguaty. Ivos 
que la componían, encontraron a Artigas en su labor: 
trabajaba; estaba desnudo de medio cuerpo arriba, 
a causa del gran calor; tenía en la cabeza tm sombrero 
de paja, y conducía tranquilamente su arado. 

¡Y había cumplido setenta y seis años!... 

Imaginaos, mis amigos, aquel viejo desnudo, que 
conduce sus bueyes desde hace cuatro lustros. Su 
torso era aún robusto y hermoso; era blanca su ca- 
beza, fuertes sus brazos; en sus ojos claros, la mirada 
tenía una larga tranquilidad; el pensamiento de ro- 
barse el Paragua3^ no se proyectaba en esos ojos llenos 
de recuerdos. 

El anciano labrador, sorprendido, no pudo imagi- 
na: se, en el primer momento, la causa de la violencia 
que se le hacía; él no sabía lo que pasaba por el mundo. 

Pero designes de meditar un instante, alzó tranqui- 
lamente la cabeza cana, y dijo: «El Supremo ha muerto)). 
Pidió entonces permiso para entrar en su casa a vestirse 
una camisa, y se entregó sin inmutarse a los soldados. 
¿L,o querían matar?... Se le remachó ima barra de 
grillos y se le encerró. Un centinela de vista le seguía 
todos los movimientos. 



I^OS TREINTA Y TRES 43 1 

Algún tiempo después, cuando Mariano Roque Alon- 
so, y Carlos Antonio López, sucesores de Francia, ha- 
bían asegurado su poder, que el segundo detentará 
para siempre, Artigas fué puesto en libertad, y, después 
de oir, sin grande interés, algunas explicaciones del 
comandante, que lo tranquilizaron por completo, 
volvió a uncir sus bueyes y continuó el surco inte- 
rrumpido. 

¿Qué pasaba bajo esa superficie impasible?... ¿Qué 
había en el fondo de esa alma extraña? ¿No queda- 
ban en ella ambiciones?... ¿No pensaba Artigas en su 
patria, en su pasado glorioso, en su vieja visión?... 

Sólo puedo deciros que, cuando tras largos años de 
ausencia del mundo, un viajero que pasará por allí 
le ofrezca un ejemplar de la Constitución de su patria 
independiente, el viejo fantástico tomará el libro, 
como si su visión se le reapareciera, lo besará llorando, 
y lo guardará en silencio. 

Y seguirá obstinado en su soledad: jamás volverá 
a su tierra. Ya hablaremos de eso más largamente. 

Nada existe, que yo sepa, más misterioso. Francia, 
al pensar en Artigas, recuerda a Bonaparte en Santa 
Klena. Insensato parangón. ¡El hijo de la revolución 
que se enlazó a la dinastía austríaca y se vistió de 
armiños; el que decía que no debía haber sino un solo 
Dios y un solo emperador. Dios y él; el que hacía 
esperar a los reyes en la puerta de su palacio, compa- 
rado con ese pobre libertador americano, que nunca 
tuvo ni un mísero lacayo! 

Y sin embargo, Bonaparte, que se creía la Francia; 
que no podía concebir su propia muerte sin que el 
mundo quedara vacío, era la apariencia, lo transito- 
rio. Y ese pobre Artigas, que se hundía en sí mismo. 



432 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

que se negaba a sí mismo, era la más permanente de 
las realidades. 

Recordemos, una vez más, la frase de Pascal: «¿Qué 
es el hombre en la naturaleza? Una nada con relación 
a lo infinito; im todo con relación a la nada». 

Quedaos con vuestros Napoleones, chicos y grandes, 
con corona y sin ella, los que buscáis opulencias his- 
tóricas, y sólo veis al héroe cuando se os presenta ro- 
deado de abalorios y trompetas. Yo me quedo con el 
pobre Artigas: los orientales, sin hacer parangones, 
nos quedamos con ese nuestro Artigas, con el viejo 
sembrador. Con él no envidiamos a nadie en el mundo, 
entendedlo bien, a nadie en este mundo terráqueo. 

Bonaparte no hizo la Francia, como él suponía; 
Francia había vivido y podía vivir sin él: él era un 
fenómeno, un simple fenómeno luminoso inconsis- 
tente. Artigas era la substancia; en él, en aquella 
cabeza calva, de forma de bellota o de amapola seca, 
estaba la patria como el árbol en su simiente. 

Y vais a verlo. 



III 



Apenas se había hundido en el Paraguay el héroe 
derrotado, y ya la patria que él había dejado muerta 
al parecer, abría de nuevo los ojos mirando recelo- 
samente en torno suyo, y se incorporaba, dando un 
débil rugido. Aquel árbol no estaba muerto. Su raíz, 
agarrada a las profundidades de la tierra, estaba viva, 
y lo estará mientras viva la tierra. 

La situación de la Banda Oriental, al desaparecer 
Artigas, tiene mucha analogía, me parece, con la en 
que se vio Chile, reconquistado por España, después 



I,OS TREINTA Y TRES 433 

de los tratados de lyircay, tras el desastre de O'Hig- 
gins en Rancagua, en 1814. 

El español quedó allí, del otro lado de los Andes, 
dueño de la tierra sojuzgada: de los Andes al Pacífico; 
el portugués ha quedado aquí, de este lado del Plata, 
señor de la región adquirida: de todo el Atlántico: del 
Plata al Amazonas. 

Chile comienza a despertar, muy poco después 
de su muerte aparente. I^as guerrillas de Manuel Ro- 
dríguez preceden a la irrupción gloriosa de San Mar- 
tín, que se descuelga en Chacabuco, desde lo alto de 
los Andes que ha escalado, y acaudilla, con O'Hig- 
gins, la libertad del Pacífico Austral. 

También la Banda Oriental despierta; pero nin- 
gún San Martín viene en su ayuda al despertar; 
antes por el contrario, el gobierno de Buenos Aires 
persigue la invasión que vais a conocer. 

1(3. expedición reconquistadora, que veréis penetrar 
por La Agraciada, es sólo de orientales; va acau- 
dillada por orientales; realiza su Sarandí, que es 
nuestro Chacabuco, sólo con orientales, e impondrá, 
por fin, el pensamiento de Artigas, con sólo el esfuerzo 
de los orientales, en la campaña de Misiones. 

San Martín pasó los Andes con un ejército pode- 
roso, que enarbolaba la bandera bicolor argentina, 
así como pasó después al Perú, enarbolando las ban- 
deras argentina y chilena, la chilena principalmente. 
Los orientales atravesaron el Uruguay, la frontera 
equivalente a la de los Andes, formando un puñado 
de treinta y tres hombres, que enarbolaban una ban- 
dera propia, exclusivamente oriental, y que tendrá 
los colores de la de Artigas, tricolor: blanca, roja y 
azul. Ninguna de las patrias americanas ha recon- 
quistado su independencia tan sola, os lo aseguro. 

T. ti.-aS 



434 I"*- EPOPEYA DE ARTIGAS 

Y bien: hemos pronunciado, mis amigos artistas, la 
cifra sacramental: los Treinta y Tres. A esta nuestra 
tierra se la llama la Patria de Artigas y de los Treinta 
y Tres. 

Estamos, pues, en el albor de nuestra leyenda 
patria; en el último episodio de la epopeya de Artigas, 
de que he sido el rapsoda para vosotros. Es su espí- 
ritu subterráneo, su pensamiento germinal, lo que 
vais a ver florecer y fructificar sobre la tierra. No 
vais a encontrar al héroe: la simiente estará escon- 
dida; ni siquiera se pronunciará su nombre, ni en 
bien ni en mal; se diría que es el de un hombre que 
vivió muchos siglos atrás. Nada hallaréis más sugeren- 
te que eso; parece que nadie se atreve a pronunciar 
el nombre de Artigas en voz alta; pero lo vais a sentir 
en todas partes, en todas las almas. Ese silencio es, si 
bien lo observamos, el modo más solemne de articu- 
lar un nombre que estorba por demasiado estridente. 
El es, nadie más que él, el que vais a ver reaparecer 
invisible, como la sombra del rey de Dinamarca, que 
se presenta a su hijo, sólo a él, para estimularlo a la 
justicia y a la venganza, y que se diluye en la luz 
cuando canta el gallo. Artigas está en su sepultura. 
Es su sombra armada la que va a pasearse por su 
tierra. 

Todas las cuestiones que hemos visto planteadas 
durante los diez años activos de Artigas, de i8io 
a 1820, van a reproducirse en esta jornada definitiva 
de gloria, de 1820 a 1830, en que será jurada la Cons- 
titución de la patria de aquél: la personalidad del pue- 
blo oriental; el error de Buenos Aires al resistirse a 
reconocerla; la alianza del pueblo argentino; la hosti- 
lidad de sus gobiernos centrales; el empeño en pres- 
tarle apoyo sólo a trueque de la vida... Y el triunfo. 



I/DS TREINTA Y TRES 435 

por fin, de la realidad intrínseca, que está en el fondo 
de las apariencias. 



IV 



Desaparecido Artigas, el conquistador ha inven- 
tado un Congreso en Montevideo, y, contra la volun- 
tad del pueblo, le ha hecho declarar la incorporación 
de la Banda Oriental al reino del Brasil, con el nom- 
bre de Provincia Cisplaiina. Es ese Congreso uno de 
tantos de su especie, como lo estáis presumiendo; 
nada tiene de particular, si ya no es que merezca 
recordarse, y sí lo merece, la escrupulosa rectitud 
del rey portugués; éste propone allí a los orientales 
la opción, completamente libre, por supuesto, entre 
tres extremos, nada menos: o la independencia com- 
pleta, en cuyo caso evacuará el territorio sin chistar; 
o la incorporación a Portugal; o la unión con otro 
estado cualquiera. Excusado me parece decir que los 
orientales del Congreso Cisplatino optaron, sin vaci- 
lar, por la incorporación a Portugal; probaron, por 
A más B, que la unión con el estado de Buenos Aires 
no era posible, ni era conveniente la con el estado de 
Entrerrios. No podía caber duda: optaron Ubérrima- 
mente por lo mejor: la incorporación a Portugal. Éste 
ha realizado, pues, y ya sabéis cómo y con quién, su 
ensueño secular: una provincia cisplatina, una provin- 
cia del lado de acá del Plata. Ha integrado su enorme 
bloque atlántico, «su imperio americano)'), soldando a él, 
pero sobre mi foso de sangre caliente y refractaria, 
el ángulo subtropical, el pedazo de tierra más rico del 
continente, que os describí al principio. Tiene, pues, 
sus límites geográficos arcifinios; el Uruguay, el Plata, 



436 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

y el Atlántico. Se ha vencido a Artigas, al bárbaro 
que a esa empresa se oponía. La ley geológica, que 
separa la Banda Oriental de la Occidental del Plata, 
se ha cumplido: existen sólo dos patrias; vma atlán- 
tica portuguesa, con su núcleo en Río Janeiro, y 
una andina española, con su centro en Buenos Aires. 
Montevideo ha desaparecido como núcleo; se lo ha 
tragado el trópico de Capricornio. 

¿Qué dice de esta natural consecuencia de su obra 
la Commia de Buenos Aires, enemiga del héroe? 

Hétenos aquí que el general Rodríguez, que es su 
encarnación, tras el tole tole del año 20, se percata de 
que eso no es lo que más conviene; la herencia que le 
ha tocado en suerte por la traición de Ramírez y JJ)- 
pez imidos a Alvear, Carrera, Sarratea, etc., continua- 
dores a su vez de la obra de Rivadavia, García, el 
Congreso de Tucumán, Pueyrredón y demás factores 
de la invasión portuguesa, no es herencia muy saneada 
que digamos. Las realidades comienzan a sahr, como 
rocas que aparecen después de la creciente, y aquel 
buen caballero Rodríguez se indigna y alarma ante 
tales realidades. Él ve claro que la obra de los ene- 
migos de Artigas es toda ella contra la patria argen- 
tina. ¿Será efectivamente que sólo Artigas era la 
verdad, la patria, y sus émulos y calumniadores todo 
lo contrario? Rodríguez comienza a sospecharlo cuando 
menos; él está viendo cómo los enemigos del héroe 
han hecho la obra del portugués; éste, no sólo se 
adueña de la Banda Oriental, sino que amenaza la 
Occidental y pone en peligro la independencia de todas; 
él es el aliado natural de España, el subdito de la Santa 
Alianza. Rodríguez observa, sobre todo, que ios que 
han destruido al capitán oriental, no lo han hecho para 
combatir la anarquía, sino para crearla a favor propio. 



LOS TREINTA Y TRES 437 

Esa negra verdad toma cuerpo en la cabeza del 
buen Rodríguez. Y, a los pocos meses de subir al 
poder, principio de 1821, cuando ve que el portugués 
prepara su Congreso Cisplatino... y algo más, revela 
la situación de su espíritu en dos notas, que es conve- 
niente conozcáis: la una es dirigida a I^ecor el t.° de 
abril; la otra, del 2 de julio, es dirigida a los goberna- 
dores de Córdoba, Rio ja, Mendoza, San Juan, San 
lyuis, Tucumán, Santiago, Catam.arca, Salta, Jujuy 
y Santa Fe. En la primera, Rodríguez amenaza al 
portugués en términos iracundos: en la segunda invoca 
la federación, la autonomía, la democracia, la indepen- 
dencia; hasta reconoce la existencia de la República 
del Paraguay como la de una hermana, que equipara 
a la de Chile. Se dijera que, hasta por el estilo enfático 
de esas notas, es Artigas quien las firma. I^a primera, 
la dirigida a ]>cor, comienza así; 

«Ilustrísimo y excelentísimo señor* 

»V. E. no ha quedado satisfecho con haber hecho a 
las provincias del Río de la Plata el grande insulto 
de apoderarse de im territorio el más fecundo y el más 
considerado de esta América, sino que ha querido, ade- 
más, extender el influjo de su poder a la Banda Occi- 
dental del Uruguay, y, por ese orden, agrandar el 
imperio, por otra parte en decadencia, de su amo, el 
rey de Portugal. 

»I/)S preUxtos de que V. E. se ha servido en el pri- 
mer caso, si bien no salen de la esfera de tales, han 
sido al menos disimulados en las circunstancias en 
que se hallaban las provincias; pero los de que V. E. se 
vale para traspasar los límites del río Uruguay pose- 
sionándose de Entrerríos y gradualmente dar en tierra 
con la libertad del país, ni pueden disimularse ni este 
gobierno está en el caso de tolerarlos.» 



438 r,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

«V. E., no pudiendo encontrar en el poder de sus 
armas el apoyo suficiente para adelantar sus ideas 
avanzadas, lo busca entre los partidarios de la anar- 
quía, entre los genios revolucionarios, y entre ese 
número de hombres que Buenos Aires ha despedido 
de su seno por su ceguera en prestarse a proyectos 
que atacan la tranquilidad y la felicidad públicas.» 

«Este gobierno, continúa Rodríguez en su nota, 
sabe la inteligencia en que se ha puesto V. E. con don 
Francisco Ramírez y don Carlos de Alvear;y no ignora 
tampoco que el resultado de ella ha sido un solemne 
compromiso de coadjnivar V. E. a las miras de aque- 
llos extraviados sobre esta provincia, a trueque de 
dar a las armas de V. E. la posesión de aquel hermoso 
territorio.» 

Aquí tenemos, pues, amigos artistas, el secreto de 
aquel tratado del Pilar en que se traicionó a Artigas; 
el de la actittid de Ramírez para con éste; el de la 
invitación a incorporarse al Congreso. 

El general Rodríguez termina exigiendo a Xecor 
«una satisfacción tan alta como ha sido la ofensa»; 
le dice que está a la cabeza de tm pueblo «que no sufre 
ultraje a la dignidad que ha adquirido con su sangre», 
y que el gobierno «obrará de modo que merezca la 
aprobación del mtmdo, y llene el grande objeto de 
afianzar para siempre los juramentos del país por su 
independencia de España y de cualquier otro poder 
extranjero». La misma cosa, palabra más, palabra 
menos, que lo (iue al propio I.ecor escribía no hace 
mucho Pueyrredón. 

Está bien: leamos, como complemento, la otra nota, 
la dirigida a los gobernadores; en ella el general Ro- 
dríguez, en nombre propio y en el de la Muy Honora- 



I,OS TREINTA Y TRES 43 O 

ble Junta de Representantes de la Provincia de Bue- 
nos Aires, dice a aquellos gobernadores que «de mu- 
chos meses atrás» el gobierno observa la actitud de 
Portugal; que no cabe duda de que quiere quedarse 
con la Banda Oriental; y, sobre todo, que después 
Pasará el Uruguay; que es indispensable, en conse- 
cuencia, la unión de todos contra él, de todos sin 
excepción. «En esta misma fecha, dice en su nota, 
se invita a la formación de un pacto o convenio igual 
a la República del Paraguay, al Estado de Chile, y al 
gobierno de Costa Firme.)) 

Bsa alianza de los estados platenses y de Chile y 
Costa Firme tienen muy sin cuidado a Portugal, os 
lo aseguro; él ha destruido a Artigas con el apoyo 
de Buenos Aires, y eso le basta y le sobra; bien sabe 
el muy sagaz que sólo Artigas o su espíritu son de 
temerse; le basta con que Rodríguez de Francia se lo 
tenga bien asegurado en Curuguaty, mientras sus 
enemigos, Ramírez, Carrera, Sarratea, etc. , presiden 
los destinos de las provincias occidentales. Sin Arti- 
gas, nada teme de éstos; está sin cuidado. 

Y tan es eso cierto, que, en diciembre de 1822, nos 
encontramos con que Lucio Mansilla, gobernador de 
Bitrerríos en substitución de Ramírez, celebra un 
tratado de amistad y mutuo respeto de fronteras con el 
Barón de la I^aguna, gobernador de la Provincia Cis- 
platina. Ese tratado figura en la colección de tratados 
de la República Argentina, y es muy interesante de 
leer; es hermano del celebrado por el tirano Rodrí- 
guez de Francia con el mismo lyccor. 

Pero si Portugal tiene encerrado a Artigas, su espí- 
ritu anda libre por el mundo y va a reencarnarse. El 
pedazo de tierra oriental está soldado, como hemos 
dicho, a la del portugués; pero en ese pedazo de tierra 



440 I,A SPOPSYA DB ÁRtlGAS 

hay hombres, y esos hombres no hablan portugués, 
no piensan en portugués, ni tienen tradiciones portu- 
guesas, sino españolas; esos hombres, sobre todo, no 
han pactado ni pactarán jamás con ese invasor in- 
justo; son el espíritu de Artigas, el democrático ger- 
minal. 

Aquella soldadura es, pues, fragilísima; no puede 
serlo más. Bl núcleo sociológico cósmico de Río Ja- 
neiro atrae a su esfera de rotación todo el mundo 
tropical, pero no llega hasta atraer a Montevideo. 
Éste es muy frío; es centro de otro sistema socioló- 
gico, es nebulosa espiral de otro sistema planetario. 
Montevideo y Río Janeiro tienen órbitas distintas. 

I/)s orientales sienten, es verdad, que no son ar- 
gentinos con su núcleo en Buenos Aires; pero tam- 
bién están segtuos de que no son portugueses; son 
ellos, los que recibieron de Artigas el bautismo que 
imprime carácter. 

I/)S gobiernos de Buenos Aires, por el contrario, 
no conciben ni quieren concebir otra cosa que la mor- 
tal alternativa: si los orientales no han de ser argen- 
tinos, que se queden portugueses. Es aquello de la 
madre no madre, en el juicio de Salomón, ¿\o recor- 
dáis? — Si el recién nacido no ha de ser mío, que se 
divida con la espada. 

Aquellos gobiernos comprenden, y comprenden 
bien, que eso no menoscaba la integridad de las Pro- 
vincias Unidas; éstas pueden vivir sin la Provincia 
Oriental atlántica; basta con que los usmpadores no 
atraviesen el Uruguay; que respeten la gran provin- 
cia andina, el antiguo virreinato que colocó Sarmiento 
entre los Andes y el Plata . 

Pero el pueblo argentino, aquellas masas que acau- 
dilló Artigas, y porque éste las acaudilló, no piensan 



I/3S TREINTA Y TRES 44! 

ni sienten como esos gobiernos; están persuadidas de 
que ese pueblo oiiental es su hermano, tan hermano 
como el chileno, cuando menos, y más hermano aún, 
si cabe; tienen en las arterias el veneno artiguista, ve- 
neno activo que no les permite esperar indefinida- 
mente. 

I^a oligarquía de Buenos Aires no hace ni quiere 
hacer nada heroico por el hermano que ella misma 
entregó cautivo; pero, ¡caso curioso!... No bien los 
orientales piensan en su emancipación del usurpador 
portugués, y comienzan a realizarla por sus propios 
sacrificios, Buenos Aires se presenta, no a prestar 
auxilio a ese pueblo, como lo prestó a los chilenos y 
demás; no a reconocerlo como uro de tantos herma- 
nos, desmembrados de la madre España, sino a afir- 
mar de nuevo que eso es suyo; que pertenece a Buenos 
Aires a título de sucesor del rey o del virrey; que es 
parte integrante de su propio ser, pedazo de sus pro- 
pias entrañas maternales, como el niño de la m.adre 
salomónica. 



V 



El caso se presenta inmediatamente después de 
desaparecer Artigas y de celebrarse el Congreso Cis- 
platino. En 1822, el Brasil se hace independiente 
de su metrópoli portuguesa. Ya os dije, en otra oca- 
sión, cómo y cuándo el rey don Juan VI, que había 
huido a Río Janeiro de la persecución de Bonapar- 
te, vuelve, caído éste, a su trono de I,isboa, y deja, 
en su nombre y lugar, como regente, en Río Ja- 
neiro, a su hijo don Pedro. El pxieblo brasileño rodea 
a éste, y el 7 de septiembre de 1822, el príncipe, con 



442 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

el título de Protecior perpetuo del Brasil, declara, en 
Ipiranga, que una nueva gran nación indeper diente ha 
nacido bajo su cetro y protección : el Imperio dil Brasil. 
Itdi región argentina oriental siente entonces mo- 
verse en sus entrañas el espíritu de Artigas; ella, que 
ha sido el núcleo más viviente de democracia repu- 
blicana en América, no hace parte de eso que se ha 
formado en torno de la corte de Río Janeiro. Nada 
más opuesto a su historia, a su ser, a su circulación 
vital, a su sangre material, y a su sangre moral, que 
es la lengua. Su incorporación a ese nuevo organismo, 
como uno de sus miembros, es falsa, es. irreal, con- 
traria a la naturaleza. Y la naturaleza se rebela en las 
entrañas de aquel pueblo. Montevideo y Río Janeiro 
son dos núcleos: el tropical y el subtropical del At- 
lántico. Kl segundo siente que, si bien está separado 
geológicamente de los pueblos democráticos occi- 
dentales, cuyo núcleo es Buenos Aires, tiene un víncu- 
lo con ellos más poderoso que el artificial con que 
se pretende atarlo para siempre a los descendientes 
del usurpador portugués: la lengua; el espíritu repu- 
blicano, predominante en los pueblos por virtud de 
la obra de Artigas; la lucha común contra Inglate- 
rra primero, y contra la metrópoli española después, 
en la que la Banda Oriental contribuyó, más que nin- 
guno, a la independencia común. Ese vínculo crea 
un derecho a su favor, tm verdadero derecho: el de 
reclamar el auxilio de aquél en contra de éste. Dere- 
cho de solidaridad, semejante, cuando menos, al que 
determinó el auxilio prestado al Perú y a Chile; idén- 
tico al que se han prestado todos los pueblos hispa- 
no-americanos entre sí, y perfectamente compatible 
con la conservación de la propia personalidad. Es el 
alma de Artigas, la lucha de Artigas. 



I.OS TREINTA Y TRES 443 

Entonces se recuerda en Montevideo que, al abrir 
éste sus puertas al portugués, el 20 de febrero de 1817, 
habían dicho los que se consideraron sus represen- 
tantes: «Nos sometemos al reino de Portugal, si sus 
delegados, en el caso o evento de evacuar la ciudad, 
se comprometen a no entregarla a ninguna otra au- 
toridad ni potencia, que no sea el Cabildo, como au- 
toridad representativa de Montevideo y de toda la 
Provincia Oriental». Esa cláusula fué aceptada y ra- 
tificada por Ivccor, por don Alvaro da Costa, jefes 
ambos de las fuerzas terrestres, y por el conde de 
Viana, comandante de las fuerzas marítimas. 

El caso previsto había llegado, con la independen- 
cia brasileña. I^ecor se adhiere a la causa del nuevo 
imperio, y, violando sii compromiso, quiere que la 
Provincia Oriental forme parte de aquél. Don Al- 
varo da Costa, jefe de los Voluntarios Reales, per- 
manece fiel al rey de Portugal. Da Costa fuerza a 
]>cor a salir de la ciudad, y se constituye en gober- 
nador de Montevideo. I^ecor forma su ejército, y pone 
sitio poco después a la plaza. La lucha entre ambos 
portugueses se empeña. 

Los orientales se desconciertan en ese momento: 
falta allí Artigas. Todos entrevén y persiguen, quien 
más, quien menos, más clara o más confusa, la idea 
del héroe fvmdador, la independencia; pero discrepan 
en la acción. Los unos creen que el propósito común 
puede realizarse apoyándose en don Alvaro da Costa, 
el portugués, del que esperan obtener la entrega de 
Montevideo a los orientales antes que a los brasile- 
ños; juzgan los otros que la incorporación al nuevo 
imperio los llevará a su fin con más facilidad. Ri- 
vera acaudilla el pensamiento de éstos: es el jefe del 
cuerpo de dragones de Lecor; La valle ja, que ha re- 



444 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

gresado de Río Janeiro, es su segiindo. Ambos salen 
con ItecoT a campaña. 

Han permanecido en Montevideo los partidarios 
de la primera idea: los que creen que, rodeando a don 
Alvaro da Costa y pidiendo el apoyo de las provin- 
cias occidentales argentinas, a cuyo efecto se ponen 
bajo la protección del gobierno de Buenos Aires, rea- 
lizarán mejor el pensamiento de independencia. El 
jefe militar de éstos, que se agrupan con el predicado 
de Cabalkros Orientales, es don Manuel Oribe; con él 
está su hermano Ignacio, Bauza, vSan Vicente, I^apido 
y otros. 

Esa primera disensión entre orientales da origen 
a un choque entre Rivera y Oribe en Casavalk; será 
el primero de ima larga serie... ¡Oh, la ausencia de 
Artigas! 

El Cabildo es el núcleo político de la fracción mon- 
tevideana: recurre a Buenos Aires, y es allí rechazado, 
a despecho de la arrogante nota de Rodríguez que 
conocemos; acude a las demás provincias, a la de 
Santa Fe especialmente, y aquí se encuentra con el 
alma de Artigas; la diputación que va con ese objeto 
celebra un tratado de alianza con Santa Fe. Pero 
Buenos Aires, que ha enviado la suya a Río Janeiro, 
manda a las provincias su agente, Cossío, que desba- 
rata todo aquello. Veremos eso con mayor detalle 
después. 

Nunca mejor que a la luz de este momento, amigos 
míos, se siente el significado y la influencia del Pro- 
tector de los Pueblos. Con él, no hubieran habido 
disensiones entre Rivera y Oribe y los capitulares 
montevideanos; no hubiera sido escuchado tampoco 
el enviado de Buenos Aires en las provincias, como 
no lo fué el deán Funes, enviado por Pueyrredón. 



I.OS TREINTA Y TRBS 445 

Ved los términos en qne el Cabildo de Monte^ddeo 
se dirige a I/ópez, gobernador de Santa Fe, cuando le 
pide apoyo en esta coyuntura: «Un cuerpo de quinientos 
hombres, le dice, que atraviese el Urugua}^ será más 
que suficiente para realizar nuestras esperanzas. 
I^a noticia de hallarse en esta Banda, sería la señal 
de la insurrección general... La Banda Oriental en 
masa saldría al encuentro de sus libertadores, y, 
reproduciendo unidos la época de nuestras glorias pri- 
meras, libertaremos nuestro suelo de una domina- 
ción que nos degrada». 

¡Quinientos hombres hubieran sido bastantes! La oli- 
garquía buscaba, para intentar la empresa en prove- 
cho propio, el concurso de todo el Pacífico: Bolívar 
con su ejército; Chile con sus naves; la República del 
Paraguay. 

Imaginad, amigos míos, que hubieran quedado en 
el campo los vestigios siquiera de aquel ejército de 
Artigas, que fué vencido en Tacuarembó y aniquilado 
después por Ramírez con el auxilio de Mansilla. 

Dos mil soldados, con San Martín a la cabeza, pa- 
saron los Andes. Y el pueblo chileno en masa salió 
al encuentro de sus libertadores. Quinientos hubie- 
ran bastado a los orientales... 

>ío; ni uno solo ha de pasar el Uruguay, mientras 
Buenos Aires pueda impedirlo. El pueblo argentino, 
sin excepción, lo quiere; pero la oligarquía no. Ésta 
buscará elementos de reconquista en todas partes, 
menos en el seno del pueblo oriental, porque éste 
tiene el espíritu de Artigas, porque quiere reproducir 
las glorias primeras, como dice el Cabildo: Las Pie- 
dras, el Guayabo, el Guayabo sobre todo. 

Pero la lucha entre los dos generales portugueses 
fué corta y efímera. Don Alvaro da Costa se entendió. 



446 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

como no podía menos de entenderse, con Lecor; resol- 
vió evacuar la ciudad con sus tropas, y volverse a 
Portugal. Excusado es decir que en todo pensó, me- 
nos en acceder a las reiteradas intimaciones del Ca- 
bildo de Montevideo, que le reclamaba el cumpli- 
miento del compromiso contraído en 1817. Todas las 
esperanzas se vieron defraudadas. En octubre de 1823, 
la ciudad fué entregada a lyccor, el heredero de Por- 
tugal; la provincia, incorporada o atada al nuevo 
imperio: Provincia Cisplaiina. 

Va, pues, a comenzar el último episodio de nuestra 
epopeya de Artigas; y, para no perder de vista la 
pugna de los dos genios intrahistóricos que son su 
espíritu, bueno será que conozcamos, con mayor deta- 
lle, esas dos contrapuestas gestiones de que acabamos 
de hablar: la del Cabildo de Montevideo, que, en repre- 
sentación del pueblo oriental, ha recurrido al occi- 
dental del Uruguay en busca de apoyo para sacudir 
el yugo, y la del gobierno de Buenos Aires, que, imper- 
térrito en su congénita duda, ha acudido a Río Janeiro: 
veréis en ellas la continuidad de los dos espíritus 
antagónicos, el de Artigas y el de sus enemigos, cuya 
pugna es el alma de la revolución de Mayo; la veréis 
hasta el último momento: hasta la Convención de 
Paz, de que surgirá la República Oriental. 



VI 



El Cabildo de Montevideo acreditó, como dijimos, 
una diputación ante los pueblos occidentales del Uru- 
guay; estaba formada de su propio alcalde, don I^uis 
Eduardo Pérez; de su regidor, don Ramón de Acha, 
y de don Domingo Cullen. Rechazado en Buenos 



i;OS TREINTA Y TRES 447 

Aires expresamente el pensamiento que la animaba, 
y no aceptado tampoco por Mansilla, que gobernaba 
en Entrerríos, la embajada se dirigió a la provincia 
de Santa Fe, cuyo personaje reinante era Estanislao 
I/ópez, el capitán de Artigas que conocemos. V el 
espíritu de Artigas, visible, tangible, se levantó allí. 
I^a recepción de que es objeto esa embajada está llena 
de significado, más que político, sociológico; llena de 
color intenso. I^os miembros del Cabildo, vestidos de 
etiqueta, salen al encuentro de los diputados orien- 
tales a gran distancia; se adelanta asimismo a reci- 
birlos el gobernador substituto, pues López, el titular, 
está ausente en ese momento; y salen su ministro de 
Hacienda, y el cura párroco, y los miembros de la 
Junta de Representantes, y los más respetables veci- 
nos. Suenan salvas de artillería; el pueblo escolta, 
entre apasionadas aclara.aciones, a los embajadores 
del hermano cautivo; las damas les arrojan flores... 
Por la noche, la ciudad se ilumina con candilejas, 
estallan los petardos o camaretas, arden las fogatas; 
el gobernador I^ópez, que ha regresado, recibe solem- 
nemente a los diputados, y hace reunir la Junta de 
Representantes, el Cabildo, todas las corporaciones, 
todo lo más selecto del pueblo, para que todo el mundo 
aclame la alianza que allí va a proclamarse. «I/)s 
orientales, dijo el ministro en su discurso, quieren 
arrojar a los extranjeros por las armas, o moiir todos 
en la demanda... Piden socorro a sus hermanos de 
Santa Fe...» El entusiasmo no tuvo límites; tenemos 
descritas aquellas escenas en un precioso documento 
de la época. El gobernador substituto dijo «que sen- 
tía no tener más que una vida que ofrecer a los orien- 
tales»; «hubo hombres allí tan exaltados, dice nuestra 
descripción, que, después de haber ofrecido sus per- 



448 I-A EPOPEYA DE ARTIGAS 

sonas y bienes, ofrecieron también sus familias, si se 
las consideraba útiles en el ejército libertador». 

Un tratado internacional se concluye sin dilación; 
el doctor don Francisco Seguí, ministro de López en 
todos los ramos, representa a éste; se canjean en forma 
las credenciales de los negociadores, y el pacto se 
ratifica en Santa Fe de la Vera Cruz el 14 de mayo 
de 1823. En los ocho artículos de que consta se con- 
cierta «una alianza ofensiva y defensiva contra el 
usurpador extranjero Lecor y demás de sus satélites 
americanos que ocupan el territorio oriental, recono- 
ciendo el dominio y prestando obediencia al insur- 
gente intruso emperador Pedro I. I^a provincia de 
Santa Fe, como persona internacional de hecho, lle- 
vará la voz en esta guerra, bajo recíprocos acuerdos 
con la representación montevideana; incitará a las 
provincias hermanas a la cooperación y auxilio; prac- 
ticará todos los actos conducentes al logro de la liber- 
tad absoluta de la Provincia Oriental, con la brevedad 
que reclama su peligroso estado», I/ds gastos que dé 
la empresa serán de cargo de la provincia auxiliada 
de Montevideo; la de Santa Fe dará la garantía de 
todos sus bienes en las negociaciones para la adqui- 
sición de dinero y útiles, y percibirá por ello el inte- 
rés de I por ICO mensual. Lograda la libertad de la 
Provincia Oriental, ésta recuperará todo el arma- 
mento y mtmiciones usados por Santa Fe o cualquier 
provincia que haya acudido en su auxilio. El Estado 
Oriental, una vez libre, «concederá pensiones a las 
viudas, padres y parientes cercanos de los que mu- 
rieran en tan gloriosa demanda». 

El Apéndice establece la obligación, por parte de 
la Banda Oriental, de gratificar a todas las provincias 
que concurran, en proporción a los auxilios que pres- 



I,OS TREINTA Y TRES 449 

ten; las gratificaciones están taxativamente determi- 
nadas; la provincia de Santa Fe recibirá siempre el 
duplo de las demás, por ser la primera en decidir- 
se, etc., etc. Y os digo et cociera, amigos míos, porque 
no es mi ánimo, al daros estos pintorescos detalles, 
el de narraros hechos, sino el de ofreceros los factores 
del problema sociológico de la gestación de un estado 
que tenéis delante, y que los simples, los que sólo 
perciben el olor de los manuscritos y el rumor de las 
palabras, no pueden sospechar. Éstos no se plantean 
tales problemas; se limitan, como si fueran ratones 
que se alimentan de papeles roídos, a estudiar los 
términos literales de la Declaración de la Florida, lo 
que dijo A o B en tal o cual situación, lo que escri- 
bió X en tal otra. Hl problema es digno de vuestro 
estudio, sin embargo. I/)s sucesos históricos son a la 
vida de los estados lo que los fenómenos físicoquími- 
cos a la de los seres animados. Bn el proceso de la 
creación orgánica, el análisis descubre una serie de 
fenómenos físicos y químicos; pero, como dice Berg- 
son, de ello no se deduce que la física y la química 
deban damos la clave de la vida. íjn elemento muy 
pequeño de tma curva, agrega el filósofo, es casi una 
línea recta; se asemejará tanto más a una recta, cuanto 
más pequeña sea. En el límite, forma parte indistin- 
tamente de una recta o de una curva; la curva, en 
cada uno de sus puntos, se confimde con su tangente. 
Así la vitalidad es tangente, en algún punto, de las 
fuerzas físicas y químicas; pero esos pimtos no son, 
en suma, sino las vistas de tm espíritu que imagina 
detenciones en tales o cuales momentos del movimiento 
generador de la curva. En realidad la vida no está 
más compuesta de elementos físicoquímicos que lo 
que una curva lo está de rectas. 

T. U..a9 



45o i'A EPOPEYA Dé; artigas 

Apliquemos ese raciocinio, menos sutil de lo que 
parece, y de muy fácil percepción, apliquémoslo a 
la historia, a la vida de los pueblos, que son personas 
vivientes colectivas; estudiar historia es descubrir esa 
ley de la vida; los hechos concretos no bastan para 
darnos la clave de ella, si no penetramos en el movi- 
miento generador que los conduce y anima, análogo 
al que, animando la línea curva, le imprime su carác- 
ter diferencial. 

y es eso lo que yo me empeño en haceros ver, una 
vez más, con motivo de ese pacto o tratado concluido 
entre Montevideo y Santa Fe y de los hechos análogos: 
la continuidad o permanencia, al través del proceso 
de su gestación histórica, del piincipio vital de esa 
persona colectiva inconfundible, principio y fin de 
sí misma, con misión y carácter propios, que hemos 
estudiado desde su generación en los misterios étni- 
cos: la patria de Artigas, la República Oriental del 
Uruguay que vais a ver nacer. Esos entusiasmos de 
las provincias occidentales hacia la oriental del TJru- 
guay, no bien ésta les dice que no está muerta, tie- 
nen por inmediato origen las hazañas de Artigas, su 
amor a todos esos pueblos, su enseñanza, sus servicios 
heroicos a la causa común; nadie dejará de leer, me 
parece, en los artículos del tratado que estudiamos, 
los que formaban las Instrucciones de Artigas en 1813. 

I,a Provincia Orienta , por su parte, aun cautiva, 
se siente persona sui juris, dispone de sí misma, de 
su presente y de su porvenir; atrae en forma irresis- 
tible a las demás. Es la misma región atlántica sub- 
tropical, que ha llenado y sigue llenando su misión 
característica como núcleo de vida democrática y de 
entusiasmo popular, y como objeto de admiración 
y de amor entre los pueblos del Plata; es núcleo, lo 



I,OS TREINTA Y TRES 45 1 

que se Uanxa n icleo. Ese tratado entre Montevideo 
y Santa Fe, sin 3' contra Buenos Aires, es la obra de 
Artigas, creador 3' conservador de la autonomía de 
los estados platenses; es el mismo que aquél proponía 
a Buenos Aires en 1815, como base racional de paz 
y de equilibrio; el espíritu que lo anima es el que con- 
ducirá muy pronto a lyavalleja, y poco después a 
Rivera, en sendas expediciones libertadoras, inicial 
la ima, terminal la otra; es el que, al través de apa- 
rentes detencioms, como dice Bergson, imprimirá a 
la curva su movimiento generador; será la clave de 
la vida de esta República Oriental del Uruguay 3'- 
de la federación argentina. Y ese mismo tratado que 
ahora estudiamos será, por fin, el que esa República 
Oriental, ya constituida, celebrará con la provincia 
de Bntrerríos y con el Brasil, para pagar el servicio 
que ahora le presta Santa Fe, derrocando a Rosas, y 
echando los cimientos de la federación argentina, de la 
Patria Occidental definitiva proclamada por Artigas. 
Y sin embargo, notemos aquí un fenómeno capital, 
y que 3'a os anuncié: ni en esta gestión ni en ninguna 
de las que la seguirán se oye pronunciar el nombre 
del patriarca de la federación; ni siquiera se le pro- 
nuncia, ni en bien ni en mal. Artigas no ha existido 
para los hombres que aquí figuran; los diez años de 
historia común, desde I^as Piedras y el Éxodo hasta 
la conquista de Buenos Aires con la bandera y las 
intimaciones de Artigas, no han existido en los años. 
Sólo hace tres que Artigas se refugió en el Paraguay, 
y se dijera que es un personaje de los tiempos más 
remotos. Todos se callan y seguirán callados, como 
muertos, o poco menos, hasta que, pasado cierto 
período, rompan de nuevo a hablar sobre Artigas, 
como unos locos, o poco menos. 



452 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Me parece que os habéis dado cuenta de la causa 
de tal fenómeno. Aquí comienza, como lo veis, la 
oblación del nombre de Artigas a la libertad defini- 
tiva de su tierra y a la consumación de su obra en el 
Río de la Plata. Ese lyópez de Santa Fe, cuya alianza 
es necesaria a los orientales, no es otro que aquel 
capitán de Artigas que conocéis, aquel compañero 
de Ramírez, el de Entrerríos. Ambos, de acuerdo con 
Buenos Aires, sacrificaron, como sabéis, a su jefe, 
al que llamaban «protector glorioso», «jefe inmortal», 
cuya bandera en arbolaban. Y se repartieron su túnica. 
Y lyópez ha decapitado a Ramírez, y gobernará por 
largos años la provincia de Santa Fe, de acuerdo con 
la capital, aunque sea don Juan Manuel Rosas quien 
allí predomine. 

Imaginemos ahora el efecto que podría hacer en 
ese lyópez la idea de que Artigas en persona podía 
re aparecerse le, y clavarle los ojos. Si, como dice quien 
lo vio, lyópez tenía sobre la mesa de su despacho la 
cabeza cortada de Ramírez, de su camarada, como 
prenda de seguridad, no es aventurado creer que daría 
un ojo de la cara por poseer la de su protector caído. 
No intentó, sin embargo, ni siquiera intentó exigir 
de los orientales la apostasía de Artigas como condi- 
ción de su alianza; pero el compromiso tácito de callar 
al respecto, de ocultarse mutuamente el fondo de las 
almas, estaba en la esencia misma de las cosas. lyos 
orientales callaron, pues; seguirán callados todo el 
tiempo que sea necesario; y, si bien ese silencio no 
engañó jamás a Buenos Aires, que siempre combatió 
la empresa, él fué suficiente para determinar a lyópez, 
el de Santa Fe, que no tenía propósitos muy fijos ni 
visiones muy claras, a reanudar sus campañas arti- 
guistas. Artigas es, pues, la simiente que muere en la 



I<OS TREINTA Y TRES 453 

tierra para germinar; en la negociación que acabamos 
de examinar es fácil percibir la muerte aparente de 
los árboles en el invierno. 



VII 



V conozcamos ahora la otra, no menos reveladora 
de las acciones y reacciones de la vidaintrahistórica: 
la negociación de la oligarquía. 

Buenos Aires había enviado a Río Janeiro a 
don Valentín Gómez, el negociador de la coronación 
del príncipe de I^uca en el Plata, con el objeto de re- 
clamar la reincorporación de la Provincia Oriental 
a las demás del antiguo virreinato, y por eso desbara- 
taba, con la misión de Cossío a las provincias, todo 
conato de alianza popular. Si leyerais, mis amigos, la 
larga demanda del señor Gómez al nuevo emperador 
del Brasil, y la contestación de éste, veríais lo que 
es colocarse fuera de toda realidad. El señor Gómez, 
en el Memorándum que presenta, esboza la historia 
de la independencia, desde 1810. Éste sí que pro- 
nuncia el nombre de Artigas; en el Brasil puede depri- 
mírsele sin peligro alguno. Gómez afirma allí que todas 
las provincias del Plata se constituyeron en una sola 
nación, desde el momento de romper con España; 
todas: lo mismo Buenos Aires que Córdoba; tanto el 
Alto Perú (la actual República de BoHvia) como el 
Paraguay y Montevideo. Dice que Montevideo, espe- 
cialmente, se distinguió en ese sentido, pues «los su- 
jetos más distinguidos de la Banda Oriental, y entre 
ellos los oficiales del ejército don José Rondeau y don 
José Artigas, acudieron». «I^a victoria de Las Piedras, 
añade, que obtuvo la vanguardia del ejército, al mando 



454 ^^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

del teniente coronel Artigas, la hizo dueña de toda 
la campaña, hasta los muros de Montevideo.» Pero el 
coronel Artigas se insubordinó después, según el se- 
ñor Gómez; se hizo el dueño de su provincia, a la que 
tiranizó, hasta que fué ocupada por las tropas por- 
tuguesas. 

Eso dijo el señor Gómez al emperador del Brasil, 
cual si éste ignorase cómo, y por qué, y con qué con- 
curso, y después de qué tratados, ocuparon las tropas 
portuguesas la patria de Artigas. 

Pero la insubordinación del coronel oriental, conti- 
núa el señor Gómez, fué sólo una disensión doméstica, 
que no rompió la unidad de Estado. 

Dasaparecido Artigas, el insubordinado, todo debe 
volver, por consiguiente, a su quicio: la Banda Orien- 
tal tiene que ser restituida al conjunto de las provin- 
cias del Plata, de que Buenos Aires es única cabeza, 
como deben serlo el Paraguay y Bolivia, natural- 
mente. 

I/a larga exposición del enviado de Buenos Aires 
es de 15 de septiembre de 1823. 

Si interesante es su lectura, no le va en zaga la con- 
testación dada por el imperio. Ambas son pragmá- 
ticas, tan fuera de la realidad de las cosas, que pare- 
cen juego de niños. También el Brasil da por muerto 
a Artigas; pero no deja de mir^ar cómo labra la tie- 
rra en el Paraguay, ni de intimar al doctor Francia 
que lo teijga bien tapiado en su sepulcro. Que bien 
sabe Portugal que es Artigas, y sólo Artigas, quien 
puede realizar la grande unión federal de Plata. 

Kl emperador examina el pedido de reintegración 
de la provincia de Montevideo a la provincia dt Buenos 
Aires. Así lo dice en su nota. El penetrante príncipe 
no ve en el mapa de América tal estado platense, 



I,OS TREINTA Y TRES 455 

formado por provincias unidas, entre las que figuren la 
de Montevideo, Paraguay, el Alto Perú, etc.; ve sólo, 
y no sin causa, el Estado de Buenos Aires, y a él se 
dirige, negándole sencillamente el derecho a que le 
sea reintegrado el otro Estado de Montevideo, que, 
desprendido, como él, de España, ha dispuesto de sí 
mismo, con igual derecho que su hermano. Monte- 
video, para el gobierno del Brasil, no desea ni pide 
su separación del imperio; muy por el contrario, 
quiere la imión de todas veras: ha manifestado libre- 
mente su deseo de incorporarse al Brasil, que ha prefe- 
rido a la propia independencia que se le ofreció. La 
cesión de Montevideo a Buenos Aires importaría, por 
ende, un ataque a la integridad del imperio brasileño, 
y a la voluntad del mismo pueblo oriental. 

En una sola cosa, de harta importancia por cierto, 
coinciden las opiniones del imperio y las de Buenos 
Aires: en la depresión de Artigas. Eso sí: Artigas es 
el bárbaro, el malvado, el enemigo común. 

Estando los orientales entregados al despotismo 
de Artigas, dice la nota del emperador, no hallaron 
amparo en potencia alguna sino en el Brasil, que los 
libró de aquel capitán feroz; ahora no puede ni debe 
abandonarlos, y no los abandonará: se quedará con 
ellos; los defenderá de la sombra feroz de Artigas, y 
también de la amable sombra de Buenos Aires. 

Pero en medio de tantas insinceridades, tiene el 
emperador, en esa nota, un momento de franqueza, 
cuando dice al enviado de Buenos Aires: Y, por fin, 
amigo mío, digan lo que digan los orientales, no se 
hagan ustedes ilusiones; no sean candorosos; lo que 
ellos quieren, real y verdaderamente, no es ser por- 
tugueses, pero tampoco argentinos; lo que ellos bus- 
can es la independencia y nada más que la inde- 



456 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

pendencia; que la voluntad de un pueblo como ése 
no se lee en un papel ni en dos papeles; está escrita 
en algo más permanente que las palabras de la boca; 
los orientales no quieren ser más que orientales, sin 
perjuicio de confederarse con sus hermanos platenses. 

Esa instructiva nota es de 6 de febrero de 1824. 

Buenos Aires desistió de su reclamación; su comi- 
sionado tuvo a bien pedir sus pasaportes, y regresar.... 
Nada tiene que hacer, ya que desestiman su acción 
de petición de herencia... Todo queda en calma... 
Artigas sigue arando la tierra paraguaya... siembra 
maíz, mandioca, algodón... ¡Oh viejo y buen sem- 
brador! 

Y Ivccor trabaja en vano por afianzar su conquista 
en Montevideo; los orientales no tienen buenas dis- 
posiciones para hablar la lengua de Camoens. 

Y el nuevo pabellón extraño, el amarillo y verde 
imperial, como pájaro enjaulado fuera de su clima, 
agita las alas en la ciudadela de Montevideo, respi- 
rando con dificultad, y volviendo sobresaltado la 
cabeza hacia todos los horizontes que relampaguean. 



VIII 

Entretanto, la independencia del mundo hispano- 
americano se consumaba con relación a la metró- 
poli. En este mismo tiempo, 1824, allá en el otro 
lado de los Andes, la dominación española recibía 
el último golpe en la jornada de Ayacncho. San Mar- 
tín, después de su expedición, había subido hacia 
el Norte; allá, en Guayaquü., se había encontrado 
con Bolívar, que venía hacia el Sur. El primero, 
ya sabéis cómo y por qué, se hundió en el olvido, 



tos TREINTA Y TRES 457 

abandonando la empresa a Bolívar, que era un ígneo 
pensamiento, y que, bajando con sus huestes colom- 
bianas, inflamó, deslumbre, arrolló todo cuanto en- 
contró a su paso. Sucre, el inmune mariscal Sucre, 
brazo de Bolívar, destrozó, por fin, en ese Ayacncho 
de que hablamos, los últimos tercios españoles, y 
declaró la independencia de la antigua provincia del 
Alto Perú, hoy República de BoHvia, que Buenos 
Aires llamaba también suya, como parte de la heren- 
cia que le dejó el rey de España. 

Ése fué el final de la obra de San Martín y de Ar- 
tigas. Kl primero, con su desobediencia, había aniqui- 
lado al enemigo exterior; el segundo, con su rebelión, 
había destruido al interior y dado el triunfo a la vo- 
luntad de los pueblos. Todos gozaban de la obra de los 
dos héroes: Rivadavia, el monarquista, organizaba 
esa democracia salvada por Artigas. Y los dos héroes 
estaban olvidados o menospreciados: San Martín en 
Francia; Artigas en el Paraguay. 

Pero nada era el olvido del héroe oriental, al lado 
del de su obra 3- su patria. Cuando se dice que, con 
Ayacncho, la independencia de América quedaba con- 
sumada por completo, se olvida que ella reclamó dos 
luchas: la de todos los estados hispanoamericanos 
con España, y la de uno de ellos con España y Por- 
tugal. Mientras este último continúe cautivo del aliado 
de España, la América no puede decir, sin menoscabo 
de su honor, que ha terminado su obra. 

Rivadavia, sucesor de I^as Heras, sucesor a su vez 
del general Rodríguez, organizaba la democracia del 
bárbaro oriental; pero ésta no será definitiva, en las 
provincias occidentales, hasta que se haga en la forma 
que ese mismo Artigas proclamó en sus Instrucciones 
de 1813: no en la que ha estudiado en Francia aquel 



458 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

profesor eminente, y que, de acuerdo con sus libros, 
juzga como la única posible. No en balde el emperador 
del Brasil no veía tal estado en las Provincias Unidas. 
Éstas tentaban su cohesión, su conglutinación en un 
ser orgánico y personal; pero inútilmente. Cuando, 
al terminar el año 20, Rodríguez subió al poder, nom- 
bró a Rivadavia, que volvía de gestionar la monarquía 
en Europa, y a García, que hacía otro tanto en Río 
Janeiro, sus ministros. Bn 1822, Rodríguez, buscando 
la unión, celebra un tratado, que llama cuadrilátero, 
y del que hablamos oportunamente, con las proiincias 
de Bntrerríos, Corrientes y Santa Fe, para auxiliarse 
mutuamente y gestionar la adhesión de las otras pro- 
vincias. Había allí, por consiguiente, como lo veis, 
diversos estados soberanos, que celebraban tratados, 
no un estado o república argentinos. 

Nuestra América era, pues, independiente de Es- 
paña. 3' republicana. Sin contar con la precaria pose- 
sión de San Juan de Ulloa, el Callao 3' Valdivia, en 
que aun flotaba el pabellón castellano, sólo quedaba 
en manos del extranjero monárquico esa Provincia 
Oriental, el núcleo precisamente de la democracia 
triunfante en América. Ella no tenía hbertador ex- 
traño; nadie acudía a su amparo; nadie acudirá. 

I^a convicción de que lo que no hicieran solos y por 
sí mismos, no sería hecho por nadie, ¡por nadie en el 
mundo!, se apoderó de los orientales. Nada había ya 
esjjerar, fuera del sacrificio desesperado; era preciso 
que hacer, y hacer sin dilación; recurrir al milagro he- 
roico de Artigas; continuar la obra de éste, la misma, 
idéntica, si se quería tener patria. 

IvOS hombres -núcleos vacilan sobre el camino que 
debe emprenderse. Conociendo, como conocéis, mis 



I,OS TREINTA Y TRES 459 

amigos artistas, la era de Artigas, no podéis menos de 
comprender que hay en la Banda Oriental dos hom- 
bres-núcleos: Rivera y I^a valle ja. Aquel Rivera del 
Guayabo, de India Muerta, de la retirada del Rabón, 
de las sorpresas inverosímiles; y el otro, Lavalleja, el 
de las pujantes vanguardias, el de las cargas formida- 
bles, el prisionero a quien Artigas había enviado su 
puñado de monedas simbólicas, su último pan. 

I/avalleja había caído prisionero del portugués; Ri- 
vera había sido el último en pactar con él. Éste, que, 
como sabemos, se había plegado a la causa del empera- 
dor, era brigadier, y general en campaña, de las fuerzas 
imperiales; Lecor había puesto a sus órdenes todos los 
acantonamientos, que sumaban tres o cuatro mil 
hombres, sin contar las Tala veras de la capital, que 
eran otros tantos. La valle ja, de regreso de su destie- 
rro, se había incorporado también al ejército brasi- 
leño, y acompañó a Rivera, como su segundo, hasta 
el reconocimiento que ambos hicieron del imperio; 
pero poco después se sublevó en Tacuarembó, en favor 
de la causa de da Costa, y estaba en Buenos Aires 
con los que emigraron, cuando éste entregó la pro- 
vincia a Lecor. Allí se había reunido con su hermano 
don Manuel, con Oribe, con de la Torre, con Zufria- 
tegui, con Del Pino, con Meléndez, con Trápani, con 
Sierra, con Araujo. Todos sienten el dinamismo he- 
roico, la inquietud tempestuosa, la intuición levela- 
dora, que empuja a cualquier cosa, a la locura, y que 
es todo lo contrario de lo que piensa y hace el gobier- 
no de Buenos Aires. 

Rivera y La valle ja habían hablado mucho, en las 
noches del campamento; pensaban en la indepen- 
dencia de la patria. Ahora Rivera escribía a Lavalleja, 
incitándolo a la empresa; existen cartas suyas, en ese 



46o r,A EPOPEVA DE ARTIGAS 

sentido, de fines de 1824. Eso no obstaba a que él mis- 
mo, inquieto como todos, pero soñador y creyente en 
sí mismo como nadie, incubara en su alma una re- 
volución de independencia. «Apúrense, escribía Lecocq, 
a sus amigos orientales de Buenos Aires, después de 
haber hablado con Rivera en el Durazno y recibido 
sus confidencias; apúrense, porque Rivera va a lan- 
zarse unido a los jefes de Río Grande, 3- les ganará 
de mano.» 

La independencia fermentaba, pues, en todas las 
almas orientales. Más que como acto de voluntad 
individual, obraba como fuerza biológica, que ger- 
minaba en la subconciencia de los hombres, poseídos 
por el espíritu. Es tan inoficioso pretender documen- 
tar planes y propósitos en estos casos, como fijar de 
antemano el camino del rayo. Como el zigzag de éste, 
los documentos serán contradictorios; irán y vendrán; 
ocultarán el pensamiento profundo, en vez de reve- 
larlo. Esa subconciencia de los pueblos no cabe en la 
conciencia de tm hombre que no sea tm genio , lo que 
se llama genio; sólo se manifestó entonces con ple- 
nitud en la de Artigas; no puede caber, por consiguien- 
te, en papeles escritos por una persona. No es el agente 
humano de las magnas fuerzas el que mejor desen- 
traña los grandes designios, como no es el que habla 
quien mejor conoce el timbre de su propia voz. 

I^avalleja buscaba el apo^^o argentino; el pueblo 
lo alentaba, a XJesar de los temores de los gobiernes 
centrales, que buscaban, como sabemos, por otros la- 
dos, los medios de reivindicar su Fiovincia Oúenía) . 
Mansilla, en Entrerríos, y López, en Santa Fe, incita- 
ban al gobierno de Buenos Aires. López, sobre todo, el 
antiguo capitán de Artigas, el vencedor de Ramírez, 
estaba resuelto a ajmdar a La valle ja, aun contra Bue- 



LOS TREINTA Y TRES .^ÓI 

nos Aires y Bntrerríos, con la sola condición de que 
no se hablara de Artigas. En »Santa Fe los soldados, 
en presencia de juavalleja, se adiestraban pública- 
mente al grito de ¡Vivan los orientales! 

Hs indudable que la cuestión oriental era entonces 
la que todo lo absorbía en el Río de la Plata; ella, con 
la guerra que tenía que provocar, lo determina- 
rá todo: la actitud de Rivadavia, la Constitución 
unitaria que éste hará sancionar, en vista dd pe- 
ligro del Brasil, las convulsiones internas de Buenos 
Aires, etc., etc. 

También Rivera recibía estímulos argentinos; pero 
él, sin rechazarlos, pues los seguirá más tarde, se incli- 
naba a creer que era más hacedera la formación de 
una Patria Oriental en unión con la región meridional 
brasileña; miraba al Norte, hacia las primitivas fron- 
teras españolas, más allá de las Misiones; pensó en 
realizar su plan, informe todavía, en combinación con 
el audaz Bentos Manuel, el célebre guerrillero lusitano. 
Era ésta una faz del resplandor de Artigas, que siempre 
brilló en los ojos de Rivera, y que lo empujaba hacia 
el Norte. I^ llevará, por fin, hasta allá: era su visión 
refleja: las Misiones. 

lyavalleja no ignoraba los planes de Rivera; también 
existen cartas suyas, dirigidas a éste, en que le habla 
de ese plan. Pero I^avalleja reflejaba otra faz del pen- 
samiento de Artigas: él buscaba el auxilio occidental, 
también perseguido por el genio inspirador; él tenía 
prestigio entre los caudillos de las provincias litorales; 
esperaba en la alianza de éstas, aunque el gobierno 
central se resistiera; contaba con la agitación de esas 
provincias, cuando menos, para empujar a Buenos Aires 
a la alianza, por más que también el pueblo de Buenos 
Aires compartía, como el que más, la pasión americana . 



4^2 r,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Dorrego, que sucederá a Rivadavia, era entonces, 
en la capital, el más fogoso intérprete de esa pasión, 
aunque, como I^ópez, así sabía de la ley histórica que 
lo llevaba como de las nubes de antaño; Artigas no 
existía para él, o era un simple caudillo vencido. 
«Que el 25 de mayo de 1826, decía, se cante el himno 
patrio en las murallas de ilontevideo.» Pero I^as He- 
ras, y sobre todo su ministro García, el García que 
tanto conocemos, no sentían así. Éste sostenía expre- 
samente, según lo dice Rodríguez en su libro El Gene- 
ral Soler, lo que había sostenido cuando era ministro 
de Pueyrredón en Río Janeiro: «que la Provincia 
(Oriental debía dejarse librada a sí misma, Píícs era 
hostil a toda dominación, y no era el caso de acometer 
ima empresa bélica sin más fin que el de favorecer a 
los orientales, que no tardarían en repetir lo que hicie- 
ron en 1815. Después de darles la libertad, nos arro- 
jaron de su territorio con el triunfo de Aterunguá 
o Guayabo». 

Nada más sincero, como lo veis, que este García. 
«Tenía tm alma fría para las cosas pertenecientes a la 
patria», según dice Posadas en sus Memorias, ¡Y tan 
fría! 

Como los colores del iris, al fundirse, producen la 
luz solar, los pensamientos de Rivera y !Lavalleja re- 
componen el pensamiento de Artigas, padre del día. 
I/OS dos héroes me recuerdan esas nebulosas en forma 
de espiral, de que nos habla la ciencia en sus conjetu- 
ras para explicarnos la formación de nuestro globo. 
Esos dos chorros de materia lanzados por puntos 
opuestos de un sol, y combinados con la rotación del 
mismo, que forman la fecunda nebulosa; esos dos bra- 
zos ígneos que, partiendo de puntos opuestos del 



1,08 Treinta y tres 463 

núcleo, describen sendas espirales en torno de éste, y, 
aunque parecen dispersarse en lo infinito, en materia 
vaporosa, no pierden, aun en lo más difuso, ni su ca- 
rácter de brazos de un sol generador, ni su constitu- 
ción plasmadora de mundos; todas esas hipótesis, 
poemas de los sabios, nos recuerdan, sin duda alguna, 
la acción germinal de los héroes discrepantes. 

Rivera y I^avalleja, lo mismo que todos los que los 
seguían, eran la misma inquietud, la misma fiebre. 
No veían con perfecta claridad en sí mismos, y hasta 
se sentían rivales en ciertos momentos; pero, si ob- 
servamos bien las entrañas del pensamiento, vere- 
mos que el móvil, el anhelo, el objeto entrevisto eran 
idénticos en todos: reposición de las cosas al estado 
en que estaban antes de la invasión portuguesa en 
1816, es decir, reaparición de la provincia emanci- 
pada de España a la par de las demás americanas, 
desde Méjico hasta Chile. 

Rivera y I^avalleja son los brazos de la nebulosa 
generatriz, son el vértice espiral: el que primero inicie 
la rotación heroica, ése arrastrará la masa, será el 
héroe, el primer imgido de Artigas. 

¿Dónde comenzará esa vibración primera?... Lo 
determinarán las circunstancias. Estamos, mis amigos, 
en la aurora del sábado; una vaga claridad baña los 
horizontes de la patria: está por salir el sol. 



IX 



Y ahí tenéis el núcleo, casi imperceptible, en ro- 
tación. 

Estamos, por fin, en la mañana del ig de abril de 
1825; una gran mañana, os lo aseguro; una espíen- 



464 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

dida mañana. Cuando apunta todos los años, los niños 
orientales cantan en las ramas. 

Kn la costa del Uruguay ha desembarcado — reca- 
tándose, tanto de los cruceros brasileños que andan 
recorriendo el río y mirando los horizontes de día y de 
noche, cuanto de las autoridades de Buenos Aires, 
que no quieren choques con el Brasil — un grupo de 
orientales armados. Todos orientales; ni uno solo es 
extranjero. Son los viejos soldados de Artigas; son 
treinta y tres hombres, treinta y tres orientales. Ése es 
todo el ejército libertador, equivalente al de dos mil 
combatientes, con banderas argentinas, que pasó los 
Andes, conducido por San Martín, en ayuda de Chile. 
Esos Treinta y T^^s llevan también una bandera. Pero 
no es la de ningún amigo generoso; es la propia, tri- 
color: roja, blanca y azul; los colores de Artigas. 
Pero la banda diagonal roja ha tomado la dirección 
horizontal de sus compañeras, para dejar Hbre la 
central blanca o de plata, en que aquellos hombres 
han escrito, como si fueran locos: «Libertad o muer- 
te». ¡Vahente bandera! 

He ahí Treinta y Tres hombres, que provocan a la 
guerra a quince o veinte mil soldados enemigos; que 
dejan a su espalda, enemigo también, a un gobierno 
americano que los considera insensatos, y que los 
hostiliza porque no quiere comprometerse en una em- 
presa que no es suya. Hay que convenir en que esos 
hombres son locos de atar, dignos hijos de Artigas... 
o son otra cosa que se parece a la locura. Es preciso 
confesarlo. 

¿Quién conduce a esos hombres locos, o semilocos, 
o como queráis llamarles?... El espíritu de Artigas. 

¿Cuál es su nombre?... Lavalleja. 

Es Lavalleja, por fin, el audaz Lavalleja; él es la 



I.OS TREINTA Y TRES 465 

primera vibración; es el núcleo, la célula vital, o como 
se llame. Comenzar su rotación, y envolver a la patria 
en ella, será todo uno. Todos girarán armoniosos en 
torno del punto vibratorio: desde Rivera hasta el úl- 
timo de los gauchos orientales; todas las fracciones, 
las de Montevideo, las de los campos; ni un solo hom- 
bre quedará fuera del círculo de cohesión, ni uno solo. 
Toda la patria de Artigas cobra su forma orgánica, 
en la nebulosa generatriz. 

Esos Treinta y Tres hombres que desembarcan en 
la Agraciada el 19 de abril de 1825, como llevados por 
una fuerza casi inconsciente, declaran la independen- 
cia definitiva de la Banda Oriental, el 25 de agosto 
de ese mismo año, cuatro meses después de su desem- 
barque. Y mes y medio más tarde, el 12 de octubre, 
esos orientales, solos todavía con su bandera tricolor, 
libran la batalla campal de Sarandí, en que destrozan 
al ejército brasileño. 

Es preciso que sepáis cómo ha pasado todo eso: es 
el milagro heroico, de que hemos hablado más de una 
vez; es nuestra I^eyenda Patria; el epílogo de la Epo- 
peya de Artigas. 

I/avalleja ha salido de Buenos Aires sigilosamente 
con sus compañeros; su odisea al través de las islas 
del Uruguay, medio muertos de hambre, desorientados, 
separados por la tempestad los unos de los otros, dete- 
niéndose aquí, encendiendo fuegos más allá, atisbando 
la costa que se divisa a lo lejos, ha sido cantada por 
el griego Homero, hace cuatro o cinco mñ años; tam- 
bién por Virgilio, el latino que habló de Eneas. 

¡El desembarque, por fin!... Se despiden las barcas 
conductoras; los marineros desnudos las empujan, y 
se alejan, y se pierden entre las islas que salen de la 

T. 11.-30 



466 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

niebla. Cuadro de aurora. I^os hombres de Eneas 
hubieran ofrecido un sacrificio a Júpiter; los de I/ava- 
lleja juran ante el Dios Uno y Trino omnipotente. lyos 
Treinta y Tres se encuentran solos; se esperan caballos, 
que debían estar allí, pero que no llegan... ^Por qué no 
han llegado los caballos anunciados? Muchos ponen el 
oído en el suelo para percibir la vibración producida 
por los cascos... I^legan, por fin; algunos besan a los 
animales, que relinchan. Sale el sol de Abril. I^a legión 
despliega su bandera; jura ante Dios libertar la patria; 
monta a caballo; deja la playa, cruza el monte, pe- 
netra en las colinas; choca con la primera partida 
enemiga, de cien hombres, y la derrota; sigue hacia 
adelante... va a encontrarse con Rivera. 

Éste, que está al servicio del Brasil, como sabemos, 
ignora que la invasión se haya realizado, por más 
que la esperaba. Hay una carta suya, dirigida a don 
Félix Olivera en esos días, en la que dice a éste que han 
desembarcado cincuenta o sesenta hombres, los más 
oficiales, con Borrego y Lavalleja a la cabeza. ¡Dorrego! 
¿Qué ha de venir Dorrego? 

Al sentir Rivera la aproximación de la pequeña 
legión libertadora, se acerca a ella, creyéndola ima de 
sus propias divisiones que espera, y se encuentra, 
de manos a boca, con I^avalle ja , su viejo camarada. 
No está allí, pues, Dorrego, ni nadie que se parezca 
a Dorrego ni a San Martín; nadie que no sea oriental. 

¿Cuál es el sentimiento de Rivera en ese momento?... 
¿Es de sorpresa?... ¿Es de envidia?... Humana, pero 
nobilísima envidia. Rivera hubiera querido ser él, 
y no su bravo amigo, quien iniciara la empresa; pero... 

I^a visión de Rivera y la de I/avalleja se han aniqui- 
lado mutuamente al transfundirse en ese instante. 
Y ha aparecido íntegra la de Artigas. Veréis cómo ésta 



I.OS TREINTA Y TRES 467 

reaparece, aun al través de las disidencias de los dos 
caudillos. 

Lavalleja y Rivera, después de una larga y cordial 
conferencia, que la tradición ha conservado y la anéc- 
dota ha llenado de carácter, se han dado^un abrazo, 
y emprenden la cruzada, gtiiados por eL^espíritu de 
Artigas. Ese abrazo de Rivera y La valle ja, mis amigos, 
será fundido en bronce, inmediatamente después de 
vuestro Artigas. Debe serlo. Ése es el orden cronoló- 
gico de nuestra gloria. Dos nobles corazones se fun- 
dieron en ese abrazo memorable, dos nobles corazones 
verdaderamente. Esos dos hombres van a morir casi 
juntos, y formando, como en este momento, una sola 
persona: después de inevitables rivalidades, que nada 
tienen de característico, pues son humanas, serán 
ambos, al morir, miembros del tritmvirato que presi- 
dirá la patria que libertaron. / morirán en la fe y en 
el culto de Artigas. 

Ivecor no ha visto esa reaparición del héroe viejo 
en la tierra usurpada; no ha podido, o no ha querido 
verla . 

Al saber que la formidable invasión argentina que 
esperaba, semejante a la de San Martín al través de 
los Andes, se ha transformado en el desembarque de 
esos Treinta y Tres pobres hombres, exclusivamente 
orientales, sin más apoyo que su locura, desdeña aque- 
llo. Su primera sensación de alarma se produce, sin 
embargo, cuando sabe la defección de Rivera. Pone a 
precio la cabeza de los dos caudillos; ordena la prisión, 
en Montevideo, de los sospechosos; Otorgues, que en 
nada de esto tiene parte, es aprisionado y enviado a 
Río Janeiro; Pérez, Juan Benito Blanco, Giró, los 
orientales más conspicuos, son encerrados en la ciu- 



468 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

dadela y en los barcos de guerra después. Lecor no 
pone en duda su propio triunfo. Se disolverán for si 
solos, dice; basta con dejarlos. 

Pero aquello no se disuelve; una cohesión ingénita 
agrupa las células; el pueblo converge; todo lo que 
palpita, todo lo que no ha muerto con Artigas, atluye 
en torno de su espíritu reencarnado. Los soldados 
recorren las colinas; se toman las villas: San José, 
Durazno, etc. Una división al mando de Oribe se pre- 
senta frente a los muros aitillados de Montevideo, y le 
pone sitio, el 7 de maj'o de 1825, a los pocos días del 
desembarco en la Agraciada; enarbola en el Cerrito el 
pabellón tricolor, encerrando tras las murallas al ene- 
migo. El grito de guerra suena por todas partes; los 
bosques arrojan hombres a caballo, armados de lan- 
zas; las mujeres, en las puertas de los ranchos, ven 
perderse en el horizonte a sus maridos, a sus hijos, 
que se van... Y todo esto en algimos días, casi en 
algunas horas. Es el mismo camino recorrido por 
Artigas, de la Calera de las Huérfanas a Las Piedras. 

Pero aquello ya no es la masa informe que se agrupó 
en la Cahra de las Huérfanas; es la patria de Artigas; 
im organismo, rma persona colectiva, una nación 
con tradiciones, con glorias, con fe en sí misma, llena 
de orgullo; sus gauchos son sobrevivientes, veteranos. 
Es la obra del viejo Libertador invisible. 

Sólo así se concibe, mis amigos, cómo, a los dos me- 
ses de desembarcar La valle ja en la Agraciada, a los 
solos dos meses, el 14 de jimio de 1825, pudo instalarse 
legítimamente, en el entonces villorrio y hoy ciudad 
de la Florida, a veinte leguas de las murallas de Monte- 
video, un gobierno oriental provisorio, compuesto de 
seis ciudadanos, presididos por don Manuel Calleros, 
y elegido por el pueblo, convocado a elecciones libres 



I.OS TREINTA Y TRES 469 

por el mismo lyibertador. Ese gobierno nombra a don 
Juan Antonio Ivavalleja Comandante en Jefe del Ejér- 
cito del Estado, y a don Fructuoso Rivera Inspector 
General de Armas; agradece a ambos los servicios 
prestados «a la causa de la libertad e independencia del 
país», y convoca a éste a elecciones de representantes. 

La valle ja se presenta ante esa autoridad; le ofrece 
el homenaje de su agradecimiento y obediencia, y 
«jura ante los padres de la patria, y ante el cielo, 
observador de sus sentimientos, consagrar a la patria 
hasta el último aliento, en unión de los bravos que con 
él siguen la senda de la gloria y de los peligros». 

Al mismo tiempo, deja en manos del gobierno una 
extensa memoria, interesantísima, por cierto, con el 
relato de sus pasos, desde que pisó el patrio suelo, 
hasta el momento aquel. «El ardimiento heroico que 
en otro tiempo distinguió a los orientales, dice, revivió 
simidtáneamente en todos los puntos de la provincia, 
y el grito de libertad se oyó por todas partes. La for- 
tuna ha favorecido nuestra empresa, y, en pocos días, 
nos ha dado resultados brillantes. Tales son el haber 
arrollado a los enemigos en todas las direcciones y el 
haber formado un ejército respetable.» Lavalleja re- 
produce aquí hasta los términos empleados por el 
Cabildo, cuando decía a López al pedirle su apoyo: 
«La Banda Oriental en masa saldrá al encuentro de 
sus libertadores; y, reproduciendo unidos la época de 
nuestras glorias primeras, libertaremos nuestro suelo». 

Como lo veis, amigos míos, la Patria Oriental pa- 
rece haberse levantado, como si volviera en sí de un 
síncope. 

Fijaos bien, y veréis que esta persona no nace aquí; 
ha nacido ya, tanto o más personal que la otra argen- 
tina; más definida, más homogénea, sin duda alguna. 



I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Bste Calleros es el sucesor inmediato de Artigas; esa 
villa de la Florida, residencia del nuevo gobierno, no 
es otra cosa que la de Purificación, la que yo llamé pri- 
mera capital de la República. Florida es la segunda. 
I^a organización nacional sigue sus etapas regulares, 
determinadas por los acontecimientos; esta formación 
política que ahora se inicia, que continuará sin tropie- 
zo, aun en medio de la guerra , hasta la jura de la Cons- 
titución del nuevo estado en 1830, y que tendrá su 
prototipo en Joaquín Suárez, es la reapertura de 
aquella organización que presidía Artigas desde el 
Hervidero, y que secundaban los cabildos, el de Mon- 
tevideo especialmente; Cj aquella que, en lucha eon 
Buenos Aires por la democracia, celebraba tratados 
con Inglaterra; que, por conducto de su fundador, 
se ponía en comunicación con Monroe; que autorizaba 
el corso y enviaba sus corsarios, con el pabellón tri- 
color, hasta las costas de Portugal y a recorrer los 
mares europeos; es aquella que, en el Congreso de Es- 
tados Unidos, era recordada como el núcleo de la Re- 
pública en el Río de la Plata. 



X 



El pueblo, convocado por el primer gobierno, ha 
elegido sus representantes. Éstos, en número de ca- 
torce, presididos por el presbítero de la Robla, se con- 
gregan en la Florida, en una cabana de barro y paja, 
nuestro primer palacio legislativo, y allí, el 25 de agos- 
to de 1825, memorable fecha consagrada por la pos- 
teridad día de la Patria, ratificando las protestas de 
Artigas en su nota de 1811 y en sus Instrucciones de 
1813, declaran la independencia nacional. 



I.OS TREINTA Y TRES 47 1 

Conozcamos, pues, nuestra Carta Magna: 

«I/a Honorable Sala de Representantes de la Pro- 
vincia Oriental del Río de la Plata, en uso de la sobe- 
ranía ordinaria y extraordinaria que legalmente inviste 
para constituir la existencia política de los pueblos que 
la componen, y establecer su independencia y felici- 
dad... sanciona, con valor y fuerza de ley fundamental, 
lo siguiente: 

i>i.° Declara írritos, nulos, disueltos y de ningún 
valor, para siempre, todos los actos de incorporacio- 
nes y reconocimientos, aclamaciones y juramentos, 
arrancados a los pueblos de la Provincia Oriental por 
la violencia de la fuerza, unida a la perfidia, de los 
intrusos poderes del Portugal y del Brasil... 2.° En con- 
secuencia de la antecedente declaración, reasumiendo 
la Provincia Oriental la plenitud de los derechos, li- 
bertades y prerrogativas inherentes a los demás pue- 
blos de la tierra, se declara, de hecho y de derecho, 
libre e independiente del rey de Portugal, del empe- 
rador del Brasil, y de cualquier otro del Universo, y con 
amplios y plenos poderes para darse las formas que, en 
uso y ejercicio de su soberanía, estime conveniente.» 

Vosotros me diréis, mis amigos artistas, si recono- 
céis en eso el lenguaje de una persona, y, sobre todo, 
si no reconocéis en ello la voz de Artigas, cuando, en 
sus Instrucciones de 1813, decía a los representantes 
que enviaba a Buenos Aires tres años antes del Con- 
greso de Tucumán: <iPedirdn, ante todo, la declaración 
de independencia absoluta de estas colonias; no admi- 
tirán otro sistema que el de la federación de las pro- 
vincias; con el fin de conservar la igualdad, libertad 
y seguridad de los pueblos, cada provincia formará 
su gobierno, dividido en los poderes I^egislativo, Eje- 
cutivo y Judicial; la Provincia Oriental retiene su 



472 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

soberanía, libertad e independencia, todo poder, ju- 
risdicción y derecho que no sea delegado expresa- 
mente a las Provincias Unidas juntas en Congreso; 
la Provincia Oriental tendrá su constitución terri- 
torial, levantará los regimientos que necesite, reglará 
sus milicias para la seguridad de su libertad; -precisa 
e indispensablemente el gobierno de las Provincias 
Unidas residirá fuera de Buenos Aires/la Constitución, 
por fin, garantirá a las Provincias Unidas la forma de 
gobierno republicano». 

Bl primer empleo que hizo la Provincia Oriental 
del derecho que proclamó, de darse la forma que es- 
timase conveniente en uso de su soberanía, fué impues- 
to por la fuerza de las cosas; no podía vacilarse. La 
Banda Oriental, con sus sesenta o setenta mil habitan- 
tes, y sus tres o cuatro mil soldados, no podía realizar 
su independencia del imperio del Brasil, sin la alianza 
que realizaron todos los demás estados americanos, 
para hacer la propia independencia. Comprenderéis 
que sería injusto exigir a aquélla, como prueba de su 
aptitud para ser nación, lo que no se exigió a ninguno 
de los otros estados de América: bastarse a sí misma 
para la guerra; realizar sola su emancipación. Los 
orientales buscaron siempre esa alianza, en la forma 
que los acontecimientos imponían; la hubieran hecho 
con cualquiera de los hermanos hispánicos; pero Ja 
unión con los estados occidentales del Plata era la 
más razonable, eficaz y natural. 

¿Cómo, en qué forma conciertan con éstos aquella 
indispensable alianza? 

Bs preciso de nuevo advertir que, en el año 1825, 
como muy bien lo vio el emperador del Brasil, no 
vivía, en la Banda Occidental del Plata, una perso» 



I.OS TREINTA Y TRES 473 

na colectiva definitivamente organizada; no existía 
entonces una República Argentina; mucho menos 
unos Estados Unidos de América como los de Wash- 
ington. lyO único que, como recordaréis, había que- 
rido ver allí el emperador del Brasil, por ejemplo, al 
rechazar las pretensiones de Gómez, el agente del 
gobierno central, era un estado de Buenos Aires que, 
sin razón, pretendía absorber el estado de Montevi- 
deo. Pero el emperador no decía la verdad, y nadie 
mejor que él lo sabía. Allí había algo más que el estado 
de Buenos Aires; existía un conjunto de entidades que 
buscaban su cohesión sin encontrarla; que pugnaban 
por ser uno o varios estado?; que celebraban tratados 
entre sí; que se disponían a formar una Asamblea cons- 
tituyente, pero reserv^ándose el derecho de aceptar o 
rechazar lo que ésta resolviese, y de entrar o uo en 
la unión. I^a actual Federación Argentina sólo se cons- 
tituye definitivamente en 1853, y aun en la Asamblea 
que realiza la obra, el diputado Seguí sintetizaba la 
historia, diciendo que «sólo por una impropiedad de 
lenguaje habían podido llamarse unidas a las provin- 
cias, y hablarse de federación o república, siendo 
así que sólo habían existido catorce pueblos aislados, 
disconformes en todo, menos en hacerse la guerra 
sin misericordia y suicidarse sin repugnancia». 

Y así era efectivamente: sólo la ley geográfica o 
geológica, la que separa precisamente la región oriental 
de ese conjunto, es la que mantiene, en la occidental 
del Uruguay, el germen de la futura unión federativa; 
mientras ésta no se realiza, la ¡pluralidad antagónica 
es allí congénita. Hojeemos un momento la Colección 
de Tratados, Convenciones, etc., de la actual República 
x\rgentina. El tratado de amistad, por ejemplo, ce- 
lebrado con Chile, en noviembre de 1826, precisamen- 



474 ^^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

te cuando la guerra de los orientales con el Brasil 
está empeñada, figura como celebrado entre las Re- 
públicas de las Provincias Unidas del Río de la Plata 
y la República de Chile. Así está escrito en el texto: 
Repúblicas de las Provincias. En 1823, el estado de 
Buenos Aires concluye un tratado con la República 
de Colombia; ya hemos recordado el de reconocimien- 
to del Estado Cisplatino, celebrado por Entrerríos 
con el Barón de la I^aguna, en 1822; podríamos leer 
los que celebran otras provincias con el Paraguay, 
con el Brasil, etc., y bueno sería recordar también 
que los capitulares de Montevideo, al optar por la 
incorporación de la Provincia Cisplatina a Portugal, 
lo hicieron porque no creían posible su unión ni con 
el estado de Buenos Aires ni con el de Entrerríos. 

Interminable sería la cuenta de las convenciones 
y tratados de esas Repúblicas de las Provincias Uni- 
das entre sí: 3'a es Buenos Aires quien, en 1829, celebra 
con Santa Fe su tratado de alianza ofensiva y defen- 
siva, navee^ación de ríos, etc., reconociéndose recípro- 
camente «su libertad, independencia política, repre- 
sentación y derechos»; ya es Catamarca, Córdoba, San 
I/uis, Mendoza y la Rio ja, quienes realizan «una ahan- 
za ofensiva y defensiva contra todo enemigo que in- 
vada su libertad, seguridad y reposo», sin excluir, 
antes previéndola expresamente, cualquiera agresión 
de las otras provincias; ya es Córdoba y San Juan 
quienes, en 1830, terminan su guerra con un tratado 
de paz, etc., etc. 

Nada diremos de los pactos internacionales entre 
esas provincias o algunas de ellas con el Paraguay, 
Brasil, o con la misma Banda Oriental una vez cons- 
tituida, para derrocar a Rosas y formarse la federa- 
ción argentina. Esos tratados son múltiples, y es la 



I,OS TREINTA Y TRES 475 

alianza de Entrerríos y Corrientes con el Brasil y la 
República Oriental, como es sabido, la que, dando 
en tierra con el tirano de Buenos Aires, inicia la or- 
ganización de aquel estado. 

Esa gestación dolorosa del principio de Artigas en las 
entrañas de esta nación platense, dei que Artigas leyó 
en la naturaleza, nos da idea de lo que aquí existía, 
cuando los representantes del pueblo oriental se re- 
unieron en la Florida, en agosto de 1825: la aurora 
de la actual federación argentina estaba a treinta 
años de distancia. 

No había, por tanto, sino una forma, en la que el 
Estado Oriental pudiera realizar su alianza con aque- 
llas provincias, y arrastrarlas a la guerra contra el 
sucesor de Portugal: reincorporarse a ellas, a todas 
ellas, una vez declarada la propia soberanía e inde- 
pendencia; ser una de esas Repúblicas de as Provin- 
cias que celebran el tratado con Chile de 1826. 

Y eso fué lo que hicieron, con maravillosa claridad 
de visión, aquellos hombres llevados por el espíritu 
que había sido el conductor de Artigas. Éste había 
rechazado esa incorporación en 1816, cuando ella 
significaba la entrega de la Patria Oriental a los mis- 
mos que acababan de entregarla al portugués, y que 
gestionaban en esos momentos la coronación de un 
príncipe de Braganza; pero la había sostenido en 1815, 
cuando rechazó la independencia ofrecida a la Patria 
Oriental por quien no la había conquistado para sí 
mismo, pues esa independencia no significaba enton- 
ces otra cosa que la separación de esa Banda Oriental 
de la Confederación de América, indispensable a la 
libertad común, y su entrega al enemigo con quien 
Buenos Aires pactaba. 

Ahora, en 1825, el primer pensamiento de Artigas 



476 I^A EPOPEYA DE ARTIGAS 

reaparece. I^avalleja, al desembarcar en la Agracia- 
da, dice a los orientales: «Sois parte de la gran nación 
argentina, sois argejitinos orientales, hermanos de los 
occidentales», es decir, sois miembros de la familia 
hispánica, de los republicanos de Artigas y de Bo- 
lívar, no de la imperial portuguesa. Ese término «na- 
ción», «nación argentina», tiene, en el manifiesto de 
Lavalleja, el mismo sentido que hoj- le atribuye la cien- 
cia, al no confundir el concepto de nación con el de 
estado, y al rechazar el principio délas nacionalidades 
como razón única de ser de los estados o personas in- 
ternacionales. No es esto decir, ni mucho menos, que 
lyavalleja hablara entonces como hombre de ciencia; 
pero es sabido que, en este caso, como en tantos aná- 
logos, la ciencia no precede, sino que sigue a los suce- 
sos; no dicta la ley que rige los hechos, sino que la 
desentraña de su naturaleza y persistencia. I/avalleja 
era aquí el hecho; la visión, la intuición, superior a la 
ciencia misma, estaba sólo en el hombre de genio, en 
el solo hombre de genio que apareció entre nosotros. 

Y el mism^o día 25 de agosto, en que los orientales 
declaran su independencia, dicen: 

«L/a Provincia Oriental, en virtud de le soberanía 
que legalmente inviste, declara: que su voto cons- 
tante y decidido es, y debe ser, por la unidad con las 
demás provincias argentinas, a quien siempre perte- 
neció por los vínculos más sagrados que el mundo 
conoce.» 

Por tanto, ha sancionado y decreta por ley fun- 
damental lo siguiente: 

«Queda la Provincia Oriental del Río de la Plata 
unida a las demás de este nombre en el territorio de 
Sud América, por ser libre y espontánea voluntad 
de los j)ueblos que la componen, manifestada con 



IX)S TREINTA Y TRES 477 

testimonios irrefragables y Cífuerzos heroicos, desde 
el primer período de la regeneración política de las 
provincias. if 



XI 



Bien comprendéis el sentido intrínseco de esa de- 
claración: se reponían las cosas al estado en que es- 
taban en el primer período de la regeneración, en el 
de Artigas; la unión se realizaba, no con un estado 
argentino, sino con las demás repúblicas argentinas, 
con la nación argentina, cuyo ulterior destino o es- 
tructura política no estaba aún determinado. Esa 
declaración significaba, pues, tanto la incorporación 
de la Banda Oriental a las provincias occidentales, 
cuanto la de éstas a la Banda Oriental, o, mejor dicho, 
la reposición de las cosas al estado en que estaban 
antes de que, por la entrega becha a Portugal de la 
región atlártica, se hubiese mutilado el territorio de 
la nación piálense o argentina, materia cósmica en 
que debían conglomerarse tantas entidades políticas 
hispánicas cuantos núcleos de rotación allí existieran. 
Dos eran los inconfundibles por su naturaleza y fuerza 
y cohesión: Buenos Aires, que, si bien era im núcleo 
de disgregación por su resistencia a toda unión repu- 
blicana federativa, tenía que serlo de unión geográfica 
para los pueblos ultraplatenses, y Montevideo, la 
Banda Oriental de Artigas, mejor dicho, que, aunque 
disgregada geográficamente de los demás, y llamada 
por eso a girar en su órbita propia, les estaba unida 
sociológicamente, y era el núcleo de cohesión política 
de todos ellos por su espíritu democrático; el corazón 
de todo aquel organismo. Como tal se reincorporaba 



478 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

a él en la Florida; como viscera noble, destinada a 
difundir en aquel árbol circulatorio su veneno arti- 
guista, el germen de independencia republicana y de 
alianza federal. 

A poco que penetréis en este problema, mis amigos, 
veréis cómo esa unión a las demás provincias de Sud 
América era el cumplimiento de la ley de biología so- 
cial, de que os he hablado; era la reincorporación de 
esa región oriental, no sólo a las provincias platenses, 
sino al mundo hispanoamericano andino, y la de éste 
a la región oriental; era hacer predominar la ley so- 
ciológica que unía esa Banda Oriental, por la lengua, 
las costumbres y tradiciones españolas, a la gran fa- 
milia española, sobre la ley geológica, menos enér- 
gica, que la separaba de esa familia, y la unía al mun- 
do portugués; era colocar esa Banda en la situación 
en que estaban Chile o el Perú Alto y Bajo, el Para- 
guay o Colombia, todos los estados a quienes se había 
dirigido el p:eneral Rodríguez en busca de aHanza; 
la consagración, por consiguiente, de la propia inde- 
pendencia nacional. 

No digo yo que nuestros hbertadores de 1825, al 
declararse reincorporados a las provincias hispánicas 
de América, vieran ese fenómeno con la precisión 
científica con que nosotros lo vemos hoy y analiza- 
mos; pero eran empujados por esa ley depositada 
en lo que hemos llamado la subconciencia de los 
hombres y de los pueblos, y a la que deben las nacio- 
nes todas su existencia. «El primer período de una 
nación, como el de un individuo, dice Emerson, es 
un período de fuerza inconsciente. Los niños gritan, 
lloran y manotean con furia, porque no pueden de- 
mostrar sus deseos. Tan pronto como saben hablar 
y expresar sus necesidades, entonces son encanta- 



I,OS TREINTA Y TRES 479 

dores. En la edad adulta, mientras las percepciones 
son obtusas, hombres y mujeres hablan con vehemen- 
cia y exageración, con porfías y disputas; sus moda- 
les están llenos de impotencia; su lenguaje lleno de 
juramentos. Tan pronto como la educación les ha 
aclarado un poco las cosas, entonces desisten de su 
flaca vehemencia, y explican su pensamiento con 
exactitud.» 



XII 



¿Será bastante la declaración de la Florida, a efec- 
to de arrastrar a la alianza a los hermanos occiden- 
tales? 

Para el pueblo argentino, que vivía del espíritu de 
Artigas, sí, era bastante: el pueblo argentino aclamó 
aquella declaración. Pero para el gobieino del estado 
de Buenos Aires, que, a falta de autoridad central, 
ejercía las relaciones exteriores del conjunto, y que era, 
hogaño como antaño, la oligarquía, la tendencia auto- 
ritaria, la absorción, la negación de Artigas, en una 
palabra, no; para ése, la declaración de la Florida no 
era bastante, por más que, literalmente, era lo mismo 
que Gómez, el embajador de Buenos Aires, reclamaba 
del emperador del Brasil: la reincorporación de la 
Provincia Oriental a las demás del virreinato. Pero 
esa devolución de la Provincia hecha por su propio 
dueño no era para Buenos Aires la misma cosa que si 
fuera hecha por el usurpador portugués; no era la 
misma cosa ni mucho menos. El augur troyano no 
quería que se introdujera de muros adentro aquel 
caballo enorme que dejaron de regalo los griegos, 
mientras no se estuviese seguro de que no tenía grie- 



480 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

gos en el vientre. Y Buenos Aires, inspirado por los 
dioses, no tenía duda de que la Provincia Oriental 
venía llena de orientales, de hijos de Artigas. Timeo 
Dañaos et dona jer entes. 

Aquellos hombres, presa de una obsesión, pensaban 
en la permanencia de la alianza con Portugal, hasta 
tanto les fuera dado absorber, contra la naturaleza, 
aquella región predestinada a la independencia. No 
podía ser. 

l/os esfuerzos de los orientales por conseguir el apoyo 
de Buenos Aires fueron inútiles. Se mandaron comisio- 
nados; se tocaron todos los resortes. El gobierno pro- 
visorio envió a dos de sus miembros, Muñoz y Go- 
mensoro, a reclamar protección; éstos llegaron a decir 
que, si no se encontraba otro apoyo, el gobierno orien- 
tal lo pediría a Inglaterra, que había propuesto su 
favor a Artigas, a trueque de la declaración de Mon- 
tevideo puerto franco. Esto pareció producir algún 
efecto; pero también fué inútil en resumidas cuentas. 

Vicente Fidel lyópez, el ilustre historiador imagi- 
nativo, tan enemigo de Artigas como de Bolívar, a 
quien llama «infatuadísimo mandón)), nos dice que don 
Manuel José García, ministro de Las Heras, era el ór- 
gano de esa resistencia. Y López la apoya y defiende en 
estos interesantes términos: «Pero el gobierno, o mejor 
dicho, el señor García, hacía pesar sobre el ánimo del 
gobernador sus prevenciones y sus resistencias a 
entrar en una guerra dispendiosa y difícil, -por cuenta 
y provecho de los rezagos de Artigase. 

Me parece que el historiador argentino ha dado, 
esta vez, con una frase feliz, que quiere hacer deni- 
grante, y que dice haberla oído al mismo García: 
rezagos de Artigas. Está bien dicho. Eso eran, efecti- 
vamente, los cruzados orientales de 1825. Pero bueno 



I<OS TREINTA Y TRES 481 

es pensar en que esa oligarquía, que rechazaba tales 
rezagos orientales de Artigas, no desdeñaba ni desco- 
nocía menos los rezagos occidentales del mismo, es 
decir, los elementos federales o artiguistas que han 
sido la base de la actual federación argentina. 

Porque es aquí muy de notar que el gobierno de 
Buenos Aires deseaba ya expulsar de la Banda Orien- 
tal al monarca extranjero, que antes había querido 
coronar rey del Plata, como sabéis; pero quería expul- 
sarlo para substituirse a él, no para reponer a Artigas 
ni a sus rezagos. 

Bsos propósitos están muy bien condensados en 
un documento ignorado, que acaba de aparecer en 
un archivo particular, y ahora enriquece el nuestro 
nacional. Es un Memorándum de los negocios girados 
Por el Departamento de Negocios Extranjeros, desde el 
23 de enero de 1825 hasta el 8 de febrero de 1826, pri- 
mer día déla presidencia de Rivadavia, sucesor de I^as 
Heras. Según él, desde 1826, y, sobretodo, mientras los 
orientales preparaban su empresa de libertad, Buenos 
Aires persistía en la suya de reivindicar, invocando sus 
títulos coloniales, la cautiva patria de Artigas. Envía 
primeramente a don Manuel Sarratea nada menos, 
al Sarratea que tanto conocemos, a Inglaterra, para 
obtener que el gobierno de Su Majestad Británica 
obligue al emperador del Brasil a la devolución de la 
Provincia Oriental, «con los mismos derechos que 
tenían España y Portugal antes de la emancipación»; 
mauda también sus embajadores, Alvarez, Alvear, 
Díaz Vélez, nada menos que Alvear, Díaz Vélez y 
Alvarez, la más radical negación de Artigas, a ver de 
realizar una alianza de las repúblicas de las Provincias 
Unidas con todas las repúblicas o provincias del Pa- 
cífico, Colombia, Perú y Chile; con el libertador Bo- 

T. n.-3i 



482 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

lívar especialmente. El objeto de esa alianza será 
combatir la política del Brasil, y arrebatarle, por la 
fuerza, la Banda Oriental; los aliados, el ejército li- 
bertador de Bolívar invadirían, en ese caso, el terri- 
torio brasileño por Chiquitos, mientras las Provincias 
Unidas atravesarían el Uruguay. Los enviados gestio- 
nan, por fin, especialmente, la cooperación de Chile 
a la guerra proyectada, le piden reclutas y fuerzas 
navales. 

Aquellos estados recién nacidos no estaban para tal 
empresa, ni mucho menos; harto tenían con liber- 
tarse a sí mismos. Todos contestaban, sin embargo, 
con generosos ofrecimientos, según el Memorándum. 
Pero nada más interesante que las contestaciones 
de Bolívar, en el apogeo entonces de su gloria. Con- 
centrada la atención de éste en la organización de 
un gran Congreso en Panamá, en el que sueña reali- 
zar la Confederación de América, refiere a la resolu- 
ción de ese Congreso el pedido de Buenos Aires; pero, 
entretanto, promete a los embajadores «enviar a la 
corte de Río Janeiro uno de sus ayudantes, para ha- 
cer entender allí el desagrado con que miraba la ocu- 
pación de la Banda Oriental». Esa contestación es 
reveladora de aquel espléndido carácter, que procuré 
trazaros en una de mis primeras lecciones; pero mucho 
más lo es el encargo que da el gran venezolano a los 
plenipotenciarios bonaerenses, en una de sus prime- 
ras entrevistas, de transmitir al gobierno un proyecto 
que acaricia en su pujante imaginación. Bolívar quie- 
re invadir, con el ejército de su mando, el Paraguay, 
con el objeto principal de libertar a Bonpland, el sabio 
francés retenido allí por el dictador Francia. Y si 
el gobierno lo invitara a ello, dijo Bolívar, según el 
Memorándum, o si le diera autorización, libertaría 



I,OS TREINTA Y TRES 483 

esa provincia de la Opresión de Francia, y la entregaría 
a las Provincias Unidas, pudiendo entonces, con cual- 
quier pretexto, auxiliar la guerra de la Banda Oriental. 

He aquí nuestro gran poeta de la guerra, que re- 
parte provincias, como Bonaparte reinos. Esos sueños, 
como las águilas o los cóndores, hacen siempre sus ni- 
dos en las cumbres. 

Buenos Aires no secunda sus proyectos; pero acepta, 
en cambio, el de Inglaterra, que, en un momento dado, 
se ofrece dispuesta a mediar, para que Buenos Aires 
recupere la Bajtda Oriental, dando al Brasil alguna 
indemnización. Bien es verdad que, a su juicio, lo 
mejor no sería eso, sino referir la resolución del asunto 
al Congreso de Panamá; pero Buenos Aires prefiere 
lo primero: que Inglaterra le devuelva su Provincia 
Oriental, con todos sus hombres y cosas, aunque tenga 
que pagar algún dinero. 

Juzgo que, con lo dicho, amigos míos, tenéis bas- 
tante, y aun sobrado, para daros cuenta del sentido 
de este momento histórico, en que todos se creen con 
derecho a disponer de la patria de los orientales, y, 
sobre todo, para que os lo deis de lo que significa ese 
puñado de rezagos de Artigas, que, con desembar- 
car en la Agraciada, desbarata toda esa enorme 
máquina de tratados americanos, e intervenciones 
inglesas, y ejércitos libertadores, y hace sentir que 
también allí existe un pueblo. 

Como el pastor israelita, armado de su honda y su 
zurrón de cuero lleno de piedras, ellos solos provocan 
al temeroso gigante filisteo. Si queréis recordar la 
otra imagen bíblica, la piedrecilla que cae de la mon- 
taña y va a dar en el pie de barro de la aparatosa 
estatua, podéis hacerlo; esos treinta y tres hombres 
de que hablamos tienen algo de todo eso. 



484 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Pero el irascible señor López, historiador, tiene 
razón que le sobra: el gobierno de Buenos Aires no po- 
día ni debía entrar en semejante guerra; ella aniqui- 
laba todos sus planes. La victoria de Sarandí, dice el 
Memorándum que estamos leyendo, y la declaración 
a que se vio forzado el Congreso, suspendieron los pro- 
cedimientos pendientes. 

Esa victoria de Sarandí fué, efectivamente, como lo 
veréis, la pedrada del pastor israelita, disparada con- 
tra todos los filisteos habidos y por haber. Y os daréis 
cuenta ahora, amigos míos, de por qué la oligarquía 
no podía aceptar, y no aceptó, la incorporación a las 
demás repúblicas de la de los orientales congregados 
en la Florida, que arrastraba a la guerra heroica de- 
clarada por el pueblo. 



XIII 

Pero la masa popular argentina, que no quería 
otra cosa; el pueblo occidental, nuestro hermano, que 
había palpitado, estremecido por nobles instintos de 
raza, de lengua, de tradición, ante el desembarque 
de los Treinta y Tres, acogió con el mismo entu- 
siasmo la declaración de la Florida. No importaba 
que en ella estuviera la de una nueva patria hermana 
independiente; tanto mejor. Una inundación de opi- 
nión popular hervía en torno del gobierno, encabe- 
zado por Las Heras, sucesor de Rodríguez; quería 
y reclamaba la guerra con el Brasil, como había 
pedido la con Portugal en tiempo de Artigas. Un 
partido poderoso, cuyo jefe era Borrego, a quien Ri- 
vera creyó ver desembarcar con LavaUeja, estaba allí 
organizado con esa bandera, que se identifica con la 



1.0S TREINTA Y TRES 485 

de federación en la Banda Occidental: unión con los 
orientales; guerra al Brasil. Va, pues, a reproducirse 
la lucha (jue acaudilló Artigas como Protector de 
los Pueblos Libres y campeón de la república demo- 
crática. 

Porque el gobierno de Buenos Aires, a pesar de la 
efervescencia del pueblo, obró con los Treinta y Tres 
como con Artigas: comenzó por dejar a aquéllos que 
pugnaran solos contra el imperio; no les prestó auxilio 
alguno. Esperaba, no cabe duda, la repetición de la 
Quebrada di Belarmino y Tacuarembó, y el refugio en 
el Paraguay. 

Y los orientales guerrearon solos; combatieron has- 
ta triunfar milagrosamente en Sarandí. Nunca se ha 
pronunciado con nx?,yor verdad el lema de «Libertad o 
muerte», de la bandera tricolor que enarbolaban. 
Lo más probable para esos hombres no era la liber- 
tad, era la muerte. 

Lavalleja combatía; pero, al mismo tiempo, exa- 
minaba los horizontes de la América hispánica, por 
ver si en alguno de ellos asomaba lo que no podía 
menos de venir: el hombre, el pueblo americano, 
cualquiera que fuese, amigo de los orientales. El i.° 
de octubre, doce días antes de Sarandí, remitía a un 
amigo residente en Buenos Aires una copia de la de- 
claratoria de la Florida, y le decía: «Confío en que el 
gobierno y pueblo argentinos hallarán simpática 
una cuestión tan americana como las que llevaron a los 
valientes de Pagóla, y a otros muchos orientales, hasta 
más allá de los Andes; pero si, como no lo espero, la 
política de aquel gobierno se redujera a una impasi- 
ble neutralidad, entonces no vacilaré en acudir a Bo- 
lívar, el libertador de Colombia». 



486 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Ya hemos visto que Bolívar pensaba, ante todo, 
en libertar al sabio Bonpland, previa conquista del 
Paraguay. 

En esos momentos de conflicto, escribe el coronel 
don Pedro P. Bermúdez, ésa era la idea dominante 
en el general I^a valle ja; he tenido ocasión de oírselo 
más de una vez. 

En ese mismo tiempo, el 5 de octubre de 1825, 
Sucre, el mariscal de Ayacucho, refiriéndose a la con- 
tienda en que estaban empeñados los orientales, decía 
en un banquete que ofrecía a Bolívar en Potosí: «Si 
el ejército de Bolivia recibe órdenes de su gobierno, 
bajará de Potosí sobre los enemigos del Río de la Pla- 
ta, como un torrente que se precipita y arroja al mar 
cuanto se le opone». ¡Honrado e intachable Sucre! 
É^as son ilusiones de gloria, sueños de cóndor. Hay 
mucha tierra entre el Pacífico y el Atlántico; mucha 
tierra. Soñaba Sucre, y soñaba, sobre todo, Lavalleja. 
I^a realidad es una sola: la que vio Artigas . I^os orien- 
tales no han de pedir su libertad, sino tomarla; si quie- 
ren tener patria, han de hacérsela ellos mismos. 

Y si es ilusorio el amparo de Bolívar, no lo es me- 
nos el pensar en que, con la declaración de la Florida, 
se obtendrá la alianza del gobierno de Buenos Aires. 
Los hombres que allí prevalecen exigirán siempre, 
para acorrer a los orientales, la sumisión expresa e 
incondicional de todos ellos, como la de los demás 
pueblos argentinos , a lo que en aquel centro se resuel- 
va, sea, como en otros tiempos, la coronación de un 
rey inglés o incásico, sea, como sucederá muy pronto, 
la absorción por la capital de toda autonomía, la ex- 
tirpación de la célula vital. 

Y esa disposición no la han visto, ni han podido 
verla, porque no existía, en la declaración de in- 



IX)S TREINTA Y TRES 487 

dependencia de la Florida, ni en el decreto de alianza 
con las demás provincias. No se ha pronunciado, es 
verdad, el nombre de Artigas, el derrotado, el muerto 
que está en su sepultura, arando tierra paraguaya; 
pero ciego tenía que ser el gobierno de Buenos Aires 
para no ver el espíritu infernal del héroe desapareci- 
do, sus rezagos, en todo aquello que movían sus an- 
tiguos capitanes. 

I Declarar la guerra al Brasil por causa de los orienta- 
les!... ¿Pero no era eso precisamente lo que buscó 
Artigas sin conseguirlo, la declaración de guerra a 
Portugal?... ¿Acaso Artigas rechazó la unión?... ¿No 
fué eso lo que exigió siempre de sus caudillos oc- 
cidentales, de Ramírez especialmente?... Los hombres 
que gobernaban en Buenos Aires — Rodríguez, Riva- 
davia.Ivas Heras — veían eso, lo mismo que García, 
con toda claridad. Esa declaración de la Florida, 
la de unión a los demás estados especialmente, era la 
independencia oriental republicana, y nada más que la 
independencia . Ksa unión, como lo dice el mismo texto 
de la declaración, es «lo manifestado por testimonies 
irrefragables y esfuerzos heroicos desde el primer perío- 
do de la regeneración política de las provincias»; y bien 
sabéis que lo que con tales esfuerzos se manifestó 
entonces fué todo menos la absorción de Montevideo 
por Buenos Aires; todo, menos la renuncia de la sobe- 
ranía oriental. Aunque eso no estuviera escrito, que sí 
lo estaba, en la declaración de la Florida, se leía cla- 
ramente en las entrañas de la historia y de la natu- 
raleza, cuyas leyes no necesitan promulgación de les 
hombres. En las declaraciones del 25 de agosto había 
una, la declaratoria de independencia, que, por su 
naturaleza, era esencial, irrevocable, y encerraba la 
realidad que estaba en el fondo de todas las aparien- 



-j88 liA EPOPEYA DE ARTIGAS 

cias; había otra, la relativa a la unión con los demás 
estados del Plata o de América, que era visiblemente 
accidental, provisional, revocable, como todo con- 
trato, como todo acto emanado de una voluntad 
soberana, y sin más raíces que las circunstancias de- 
terminantes. 



XIV 

Se ha dicho, para patentizar esa verdad intrínseca, 
que hay analogía entre la declaración de los orientales, 
que se hacen independientes mientras se declaran in- 
corporados a las provincias occidentales, y la decla- 
ración de los que, el 25 de mayo de 1810, iniciaban 
en Buenos Aires la independencia de América, mien- 
tra juraban conservar estos dominios a nuestro rey 
y señor Fernando VII. 

No, no hay tal analogía; nada tiene que ver lo uno 
con lo otro. En la declaración de mayo de 1810, como 
en todas las análogas del continente, estaba, sin duda 
alguna, el germen de la independencia americana, a 
pesar del reconocimiento del rey. Por eso todos acla- 
mamos el 25 de mayo de 1810, de que es Artigas la más 
excelsa personificación; recordad qiie éste fechaba sus 
comunicaciones partiendo, como del comienzo de una 
nueva era, del año 1810. Pero la independencia estaba 
allí mucho más remota; no se la ve, ni con mucho, 
con la precisión y el vigor con que está escrita la in- 
dependencia oriental en la declaración de la Florida, 
a pesar del reconocimiento de la unión con los demás 
estados. Ésta tiene analogía con la de Artigas en su 
discurso de 1811, en su nota al gobierno del Para- 
guay, en sus Instriícciones de 1813; no con la de i8iü. 



I,OS TRr:iNTA Y TRES - 489 

La declaración del 25 de mayo de 1810 no fué pre- 
cedida, como la del 25 de agosto, de una declarato- 
ria expresa y altiva de absoluta independencia de todo 
poder del universo; no fué hecha, pues, como la de 
la Florida, por una persona sui juris, que se incorpo- 
ra a una Confederación de Estados, o se separa de ella, 
cuando y como le conviene. Vosotros sabéis, por el 
contrario, que, salvo Artigas, los proceres de Mayo 
ratificaron y aclararon muchas veces su juramento 
de fidelidad al rey; no ignoráis que la misma decla- 
ratoria de independencia de las provincias occidenta- 
les hecha en Tucumán, el 9 de julio de 1816, no sólo 
no supuso la adopción de la forma y la bandera 
republicana y el abandono de toda gestión dinástica, 
sino que entrañó lo contrario. Eso no obsta a que 
la República Argentina celebre, con razón, como fasto 
glorioso, ese 9 de julio de i8t6. 

En la declaración del 25 de mayo de 1810, por otra 
parte, lo mismo que en el Cabildo abierto de Monte- 
video de 1808, se reconocía la existencia de un señor, 
de tm dueño, en cuyo nombre y con cuya bandera 
mandaban y procedían los gobiernos que se formaron, 
y cuyos derechos de supeiioridad sobre sus colonias 
se proclamaban, y se juraba respetar. Pero en la decla- 
ratoria de la Florida, de 1825, no había nada que pu- 
diera parecerse a eso; no se reconocía entidad alguna, 
en que pudieran radicar derechos soberanos superiores 
a la soberanía de los pueblos, que la Banda Oriental, 
en arbolan do su bandera tricolor, acababa de rei- 
vindicar. El gobierno que se constituyó en la Banda 
Oriental se dirigía, en nombre propio, a los cabildos y 
jueces de la provincia autónoma, a los generales de 
su ejército, a los pueblos de su dependencia, a quienes 
convocaba para la elección de representantes. 



490 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Kn la declaración del 25 de mayo, las colonias re- 
conocían, como metrópoli soberana, a la metrópoli 
española, representada por su rey; acataban a una per- 
sona internacional, capaz de ejercer derechos y de 
contraer obligaciones, a una gran nación secular, 
definitivamente constituida en poderoso estado, ma- 
dre, sin duda alguna, y madre nobilísima de los pue- 
blos americanos. 

¡Pero en la declaración de la Florida! Allí se pro- 
clamaba la unión con las demás provincias del Río 
de la Plata; pero no la anexión a un estado soberano 
determinado, y menos a otra provincia. ¿A quién ha- 
bía de reconocerse como metrópoli o entidad personal 
superior, capaz de absorber o incorporarse otro esta- 
do, si allí, como hemos dicho, no había ni reino, 
ni república, ni nada definitivamente constituido, que 
pudiera presentarse como una real persona de dere- 
cho internacional, sino pueblos unidos en un apoyo 
recíproco, iguales entre sí, y en vías de organización 
laboriosa e indefinida? 

¡Reino!... ¡República!... Todo podía Uegar a ser 
el conjunto de las provincias occidentales del Plata, 
en 1825; aquello era todavía un huevo, del que lo mis- 
mo podía salir una alondra que un cocodrilo. Adams, 
ministro de Monroe en Estados Unidos, escribía en- 
tonces a su cónsul en Buenos Aires: Mire con recelo 
a ese Rivadavia, que no en vano ha pasado tantos años 
en Europa. 

En Buenos Aires, congreso y gobernadores subían 
y bajaban, según la marea política de aquella capital; 
los sistemas de gobierno, ya unitario, ya federal, se 
sucedían violentamente. Y ese teje maneje seguirá así 
por mucho tiempo. Ya os he recordado lo que decía 
Sarmiento, en 1845, veinte años después de la decía- 



W)S TREINTA Y TRES 49 1 

ración de la Florida, en su Facundo: «La tierra que que- 
da al oriente de los Andes y al occidental del Atlán- 
tico, siguiendo el Río de la Plata hacia el interior, por 
el Uruguay arriba, es el territorio que se llamó Pro- 
vincias Unidas del Río de la Plata , y en el que aun se 
derrama sangre por llamarle República o Federación 
Argentina». 

Tenemos un tipo, en América, de vierdadera absor- 
ción, en la del estado de Tejas, por ejemplo, que se 
desprende violentamente de su unión con Méjico, 
se declara independiente, y gestiona y obtiene, por fin, 
su incorporación a los Estados Unidos de América. 
Bl presidente Polk adapta, bien o mal, al caso la céle- 
bre doctrina de Monroe, y Tejas entra a formar parte 
déla gran federación del Norte. Creo que no es necesa- 
ria mucha penetración para notar la diferencia entre 
esa anexión de Tejas a los Estados Unidos, y la alian- 
za de la Banda Oriental con las otras provincias, 
en 1825. 



XV 



Bs menester, mis amigos artistas, que os deis cuenta, 
más detallada aún, de lo que ocurría en la Banda Oc- 
cidental del Plata, en el momento en que los orienta- 
les hacen sus declaraciones de la Florida. Recorda- 
réis que, pasado el año 20, en que cayó Artigas sobre 
el escudo, salvando la democracia, según decía Juan 
Carlos Gómez, quedó en Buenos Aires, como gober- 
nador de la provincia, no como jefe de la nación oc- 
cidental, el general Martín Rodríguez. Este formó su 
gobierno con los dos personajes precisamente que 
estaban negociando la coronación de príncipes: García, 



492 I, A EPOPEYA DE ARTIGAS 

el gestor en Río Janeiro de la invasión portuguesa 
contra la Banda Oriental, y Rivadavia, que, como sa- 
béis, había sido, hasta ayer no más, el agente, en Eu- 
ropa, de las combinaciones dinásticas y no podía 
explicarse la dilación del Congreso de Tucumán en 
adoptar la forma monárquica. 

Este Rivadavia, como ministro de Rodríguez, fué, 
sin duda, un personaje trascendente, protagonista; 
era un eminente hombre de estado , discípulo y secuaz 
de los enciclopedistas y revolucionarios franceses; 
organizó la democracia, y la organizó con criterio 
muy Hberal; pero «teórico soñador del centralismo 
napoleónico», dice uno; «con más bondad que inteU- 
gencia, dice Alberdi, organizó el desquicio del go- 
bierno argentino... mejoró la superficie, pero empeoró 
el fondo). 

No creo, pues, que Adams, el ministro de Mon- 
roe en Estados Unidos, formara un juicio demasiado 
temerario sobre este hombre grande, pero enfático, 
ensimismado y escéptico, y sobre sus opiniones con 
relación a la vitaHdad del pueblo americano, cuando 
escribía a su cónsul en Buenos Aires lo que antes 
hemos recordado; cuando le recomendaba mucha 
precaución con Rivadavia. Adams temía que, del 
huevo que éste incubaba, saliera algún cocodrilo o 
cosa así; no creía en la conversión fulminante al re- 
publicanismo del negociador en París. Vosotros, que 
ya conocéis la historia, pensaréis lo que os parezca so- 
bre si el señor Adams tenía o no razón al abrigar eses 
maliciosos recelos. 

Pero sea de ello lo que fuere, el hecho es que Riva- 
davia no consiguió hacer de las provincias occidenta- 
les una entidad colectiva con forma personal buena 
ni mala, monárquica ni republicana. Fracasados sus 



1.08 TREINTA Y TRES ' 493 

planes de monarquía, él anhelaba, inspirado en sus 
maestros franceses, implantar una república unita- 
ria; aniquilar toda autonomía provincial, incluso la 
de Buenos Aires; hacer de esta ciudad la capital de 
todo el estado, no sólo de la provincia, y, del presi- 
dente, el jefe absoluto de toda la nación; tener a ésta 
en sus manos, para amasarla según su ideal empírico 
y exótico; hacer, físicamente, la conglomeración de 
moléculas químicamente refractarias. Nada estaba, 
pues, más lejos de la mente de ese Rivadavia que el 
construir la actual República Argentina Federal. 

Como antes hemos dicho, el gobernador Rodríguez 
celebra tratados con las provincias, por ver de 
realizar la unión: en 1822 concluye el tratado cuadri- 
látero, en que se consagran los principios de Artigas, 
y es la base de la actual federación argentina. 
En febrero de 1824 la Junta de Representantes 
de Buenos Aires autoriza al Ejecutivo para invitar a 
los otros pueblos a constituir unidos una nación; pero 
la provincia de Buenos Aires declara que seguirá rigién- 
dose por sus leyes, y que se reserva el derecho de acep- 
tar o no aceptar la carta de unión que se sancione. I^as 
demás provincias imitan su conducta: se reservan sus 
derechos. El Congreso se instala en noviembre de 1824, 
y, en enero de 1825, se declara Constituyente, esta- 
bleciendo que, mientras no existiera una Constitución, 
las provincias se regirían por sus propias leyes, y pro- 
metiendo someter a la aceptación de aquéllas, o a 
su rechazo, el pacto fundamental de unión. 

No había, pues, allí un gobierno unitario, sistema 
anhelado por Rivadavia, y siempre rechazado por to- 
das las provincias; tampoco había una federación 
como la de Suiza o Estados Unidos; ni siquiera exis- 
tía una de esas confederaciones que dejan a los EstadovS 



494 I'A EPOPEYA DE ARTIGAS 

siempre independientes y con los atributos esencia- 
les de la soberanía. No se ve, por ende, en la Banda 
Occidental, un organismo político más definitivo que 
el de la Oriental; éste era más homogéneo, sin duda 
alguna, y más compacto. 

En esa situación estaban las cosas, cuando los orien- 
tales hicieron su declaración de la Florida. Y no se 
pusieron más claras después. El 2 de abril de 1824 ha 
. cesado en el gobierno el general Rodríguez, a quien 
ha acompañado Rivadavia como ministro, y es ele- 
gido, para substituirlo, el general I^as Heras. Es éste 
quien allí manda cuando se realiza la empresa de los 
Treinta y Tres. 

Rivadavia no acepta un ministerio en el nuevo 
gobierno; queda sólo en él su compañero García. Ri- 
vadavia se va a Europa; pero vuelve pronto; vuelve 
a ser nombrado primer presidente de la República; 
presidente de una república que no existe, y que él 
mismo ha creído imposible. 

El Congreso, que se había declarado constituyente 
y que había declarado que la Constitución sólo regiría 
después de aceptada por los pueblos, organiza, por sí 
y ante sí, esa república unitaria artificial, sin dictar 
Constitución alguna; declara a Buenos Aires su capital; 
destituye, el 8 de febrero de 1826, a Las Heras del 
cargo de gobernador de la provincia, y nombra presi- 
dente o cabeza de aquellos miembros inarticvdados 
y dispersos a Rivadavia, su inspirador y motor, con 
residencia en Buenos Aires, constituida en capital 
de la repúbUca inexistente. 

El derrumbe, como lo presumís, se reproduce: Bue- 
nos Aires se levanta; las provincias se levantan; Ri- 
vadavia cae el 27 de julio de 1827, y desaparece para 
siempre de la escena. «¡Qué verdadera desesperación, 



I.OS TREINTA Y TRES 495 

dice Navarro Viola qtie escribía Rivadavia, qué tor- 
mento el de tener ahora la plena convicción de haber 
arrojado al país en caminos extraviados, que lo han 
de conducir a un abismo!») 

Sólo reaparece en 1834. Se presenta en Buenos 
Aires, y es rechazado; se le expulsa inmediatamente. 
Muere olvidado en Cádiz; olvidado por los mismos 
unitarios, para resucitar después a la gloria postuma, 
como San Martín, y como Artigas, cada cual con su 
significado histórico. 

Y las cosas tornan al estado en que se hallaban: 
cada provincia recobra su autonomía. El 12 de agosto 
de 1827, después de un corto provisoriato de don 
Vicente I/Spez, es elegido el coronel Borrego goberna- 
dor de Buenos Aires y capitán general de la pro- 
vincia. 

Y es este Dorrego quien, el año siguiente, 1828, 
reconocerá, mal de su grado, la independencia orien- 
tal. 

Vosotros me diréis ahora, mis amigos artistas, si 
la segunda declaración de la Florida, esa especie de 
tratado, celebrado por les orientales con esas provin- 
cias occidentales al declararse reincorporados a la na- 
ción argentina; si esa especie de unión real, o personal, 
o como le llamen los tratadistas de derecho de gentes, 
pues todo puede llamársele, significa la absorción 
de un organismo por otro, o si es otra cosa. 

Pero yo quiero que me digáis, sobre todo, si ese acto 
de los orientales tiene alguna analogía con el recono- 
cimiento de Fernando VII, y con el juramento de con- 
servar para ese soberano los dominios americanos, 
que es el juramento del 25 de mayo de 1810 y sus aná- 
logos en toda América. 

El 25 de mayo de 1810 está consagrado, sin embargo , 



496 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

y no sin mucha causa, como la gloriosa fecha inicial 
de la independencia de la América austral. vSobre to- 
das las declaraciones escritas, y protestas, y juramen- 
tos, y fórmulas accidentales, se ha visto predominar, 
en la declaración de Mayo, la ley histórica, geológica, 
étnica, natural. 

Con alguna mayor razón hemos consagrado, pues, 
los orientales, el 25 de agosto de 1825. como la cifra 
de la patria que nació con Artigas. Éste, el padre 
Artigas, es el primero que esa fecha gloriosa rememo- 
ra; en ella se refunden las cifras todas de nuestra his- 
toria: desde el Cabildo abierto de 1808; desde ese 
mismo 25 de maj'o, de que Artigas, como lo hemos 
visto, es el héroe personal; desde el Grito de Asensio, 
y el Éxodo del Pueblo Oriental, de 1811; desde el Con- 
greso de a&n7de 1813; desde la campaña del Gwayaéo y 
la resistencia contra el portugués, hasta el 18 de jtdio de 
1830, en que triunfará, al jurarse nuestra Constitución, 
el axioma republicano, proclamado desde el principio 
por Artigas, el solo vidente primordial. Es el bloque 
homogéneo, perfectamente indivisible de nuestra glo- 
ria nacional, amigos míos, ese 25 de agosto de i825- 

Bl gobierno de Buenos Aires vio bien, como vio 
bien España en 1810, al ver, en la declaración del 
25 de agosto, el ígneo espíritu de Artigas, brotado 
de las recónditas entrañas de la tierra nuestra. Y fué 
consecuente al negar, a pesar del grito generoso que 
crecía en el pueblo argentino, a la campaña de los 
Treinta y Tres contra el hijo brasileño, el apoyo que 
había negado a Artigas, en la suya contra el padre 
portugués. Era evidente que aquella empresa no era 
en favor de los occidentales, es decir, de los que preten- 
dían la simple absorción del estado hermano por la 
Comuna de Buenos Aires. 



LOS TREINTA Y TRES ^97 

Y tampoco era indispensable la tal empresa, pre- 
ciso es confesarlo, a la patria de los argentinos. Ésta 
quedaba íntegra sin la región oriental; la región orien- 
tal podía quedar portuguesa, sin detrimento del gran 
estado formado por el antiguo virreinato de Buenos 
Aires. 

l/os orientales tenían que luchar solos, pues, si 
habían de tener patria, y sin pérdida de tiempo. Lu- 
charon solos. Si querían arrastrar al gobierno occi- 
dental a su empresa, tenían que realizar el milagro 
heroico que buscó Artigas, o morir... No murieron; 
hicieron el milagro heroico. Sí, mis bravos artistas, 
lo hicieron, por fin; ellos solos se forjaron su Chaca- 
buco, sin más auxilio que el del Dios de Sabahot armi- 
potente. 



XVI 

Armados caballeros, en la Florida, de una patria 
libre y organizada, Ivavalleja y Rivera se lanzaron 
al corazón de aquella inverosímil aventura. Tocó a 
Rivera dar el primer golpe resonante, después de en- 
carnizadas escaramuzas, una de las cuales, la del Águi- 
la, le fué adversa. Fué en el Rincón de Haedo, el 24 
de septiembre, un mes después de la declaración de 
la Florida. Y menos de un mes más tarde, en 12 de 
octubre, todos los orientales reunidos hicieron, en 
las colinas de Sarandí, algo tan fuera de todo cálculo 
humano, que, más que una victoria, podría aque- 
llo llamarse un meteoro de la guerra, o cosa por el 
estilo. 

Imaginad, pues podéis hacerlo, lo que fué ese Rin- 
cón de Haedo de que os hablo. Vosotros ya conocéis 
T. n.-32 



498 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

a ese audaz Rivera, espíritu inquieto, lleno de relám- 
pagos. Conducía su ejército hacia Mercedes, donde 
estaba el enemigo, el veterano general Abreu; pero 
él sabía que, en ima bolsa, o rincón, o península, for- 
mada por el río Negro al desembocar sinuosamente 
en el Uruguay, existía una gran reserva de caballos 
del biasileño, ocho o diez mil. Si se airebataran esos 
caballos, Abreu quedaría inutilizado. Rivera, aunque 
enfermo en esos momentos, deja el ejército al esfor- 
zado Andrés Latorre, frente a Abreu, y él, consoló 250 
jinetes, salva al galope la angosta entrada de aquel 
cerco formado por los dos grandes ríos. Sorpren- 
de las guardias, hace prisioneras las custodias, anca 
las preciosas caballadas, y se dispone a salir con su 
presa. 

Ya no era posible: los coroneles Jardín y Barreto, 
con fuerzas tres veces superiores, 750 hombres, pe- 
netraban en el Rincón, y cerraban la boca de aquella 
trampa en que se había metido Rivera. Verlos, y or- 
denar una carga frenética, a través de pantanos in- 
transitables, fué todo uno, como lo fué dar la carga y 
obtener la victoria. «El terror, la confusión y el desor- 
den se apoderaron de los enemigos, dice Riveía en el 
parte que eleva a La valle ja; más de tres leguas fue- 
ron perseguidos y acuchillados por nuestros héroes, 
quedando aquel campo sembrado de cadáveres, ar- 
mas y despojos.*) Ciento cincuenta muertos, el jefe 
enemigo, un coronel, un maj'or y varios oficiales, 
entre ellos; cuarenta heridos, que fueren entregados 
al general Abreu; quince oficiales y ciento ochenta 
soldados prisioneros; gran cantidad de armas, mu- 
niciones, pertrechos, y, por fin, los ocho o diez mil 
caballos que se buscaban, fué el resultado del 
combate. 



I^OS TREINTA Y TRES 499 

I^a resonancia de aquel tropel de centauros fué 
grande: se empezó a creer en los Treinta y Tres... 

Pero vino Sarandí, ese nuestro Chacabuco de que 
os he hablado; vino, cuando aun el brasileño no se 
había repuesto del estupor que le produjo la audacia 
del Rincón: quince o veinte días después, el 12 de 
octubre. ¡Y entonces sí que se creyó en los Treinta 
y Tres! 

¡Oh, Sarandí!... Es nuestra batalla clásica. Aquello 
ya no fué una sorpresa, mis amigos, ni un golpe audaz; 
aquello fué un gran combate. Allí quedaron quinien- 
tos sesenta y seis soldados enemigos muertos, ciento 
trece heridos, ochenta jefes y oficiales prisioneros; 
tres o cuatro mil armas, fusiles, sables, pistolas, 
municiones, y toda la caballada. Todo eso quedó 
tendido en el campo, entre los arroyos Sarandí y 
Castro, al precio de treinta y dos orientales muertos 
y ochenta y tres heridos. 

Muy equivocados estaban los valientes hermanos 
Bentos Manuel Riveiro y Manuel Gonzalves, los más 
bizarros jefes brasileños, cuando, lograda la junción de 
sus fuerzas— dos mil hombres escogidos y bien arma- 
dos, — sólo creyeron difícil el dar alcance al enemigo, 
para aniquilarlo antes de que la revolución cobrara 
mayores proporciones, como les decía el Barón de la 
Laguna. I/)S orientales también habían conseguido 
reahzar su junción; estaban allí, con fuerzas numérica- 
mente iguales, dos mil hombres a caballo. Sólo un 
pequeño afluente del arroyo Sarandí separaba a los 
dos ejércitos, el 12 de octubre de 1825. 

El bueno de I^avalleja se dio cuenta muy exacta, en 
ese día, de lo que allí tenía que pasar; bien sabía que, 
en esa hora, había que jugar el todo por el todo, y 
que era preciso que sus hombres no entraran dema- 



500 I^A EPOPEYA DE ARTIGAS 

siado en razón sobre lo que se iba a hacer: tenían que 
ser superiores a la razón: lo que se suele llamar hé- 
roes. I/a lucha era desigual. El ejército brasileño es- 
taba formado, en gran parte, de veteranos, altivos en 
sus vistosos uniformes, disciplinados, llenos de fe en 
sí mismos. En cuanto a nuestros soldados, os daré 
un dato para apreciarlos: después de la batalla, fué 
menester descargar muchos fusiles por la recámara. 
Estaban inutilizados, porque nuestros bizarros sol- 
dados de infantería habían introducido los cartuchos 
al revés, con la bala hacia abajo. Era la primera vez 
que cargaban un fusil. 

Fué ése el gran día de La valle ja, y un día memora- 
ble de la patria, lo que se llama memorable. Cuando 
los rayos del sol del 12 de octubre disiparon las nie- 
blas matinales, ambos ejércitos se vieron muy cerca 
^1 uno del otro: a tiro de fu£,il; ambos mudaban apre- 
suradamente caballos. 

Lavalleja tendió rápidamente su línea de combate. 
Allí estaban todos, todos los buenos: en el ala derecha, 
el coronel Pablo Zufriategui, el de mayor graduación 
militar, después del jefe, en el grupo de la Agraciada; 
en la izquierda, Rivera, el impasible, el sonriente; no 
desenvaina la espada; apoya la mano derecha en el 
látigo; en la izquierda lleva las riendas. El centro está 
a las órdenes del coronel Manuel Oribe, la figura con- 
sular entre los Treinta y Tres, el que venció en el 
Cerro. El miliciano l/conardo Olivera manda la re- 
serva. Allí estaba el coronel Andrés Latorre, el brazo 
de Artigas, que quedó herido en el combate, y el capi- 
tán Bernabé Rivera, y el comandante Gregorio Pérez, 
y Simón del Pino, y I/aguna, y Quesada, y Osorio, 
y Medina; toda la legión visible. También había algo 
invisible, me parece. 



I,OS TREINTA Y TRES 5 01 

Apenas tendidas las líneas, una nutrida descar- 
ga de fusilería partió de las filas imperiales... cayeron 
muclios de los nuestros... Ix)S clarines enemigos to- 
caban a degüello... I/avalleja fué dueño del momento; 
dio su orden memorable: es toda su historia; todas sus 
cargas parecen condensarse en esa carga triunfal. 

Y gritó:« ¡Muchachos! ¡Carabina a la espalda y sable 
en mano.h 

No es necesario que recordemos otia dura inter- 
jección española que acompañó su voz de mando, y 
que nos han contado los viejos sobrevivientes. Eso, 
como la palabra de Cambronne, vive en la tradición 
oral. 

Apenas habían tenido tiempo los enemigos de re- 
plegarse y desenvainar las espadas; aun mordían los 
soldados los segundos cartuchos, y las baquetas se 
introducían en los cañones del fusil, cuando los pechos 
de los caballos orientales caían, como enormes pro- 
yectiles palpitantes, sobre las líneas enemigas, y 
los sables (que habían sido afilados contra toda or- 
denanza militar) estaban sobre las cabezas de los 
enemigos, sobrecogidos ante aquella avalancha inve- 
rosímil. He oído describir los efectos de aquellos 
formidables sablazos; pero no hay para qué hablar 
ahora de ese detalle. La carga fué inaudita; no hay 
otra que la supere en nuestra historia. ¡Oh, la carga 
de Sarán di!... 

La masa de nuestras caballerías fué como una ex- 
plosión, producida por la palabra de un hombre, que 
hace saltar a los cuatro vientos una muralla. La lucha 
se trabó cuerpo a cuerpo ; uno que otro tiro de pistola 
sonaba entre el chocar de los sables. 

La derrota y la persecución fueron inmediatas. 
Desde las primeras hondonadas, a que afluían lospri- 



502 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

sioneros imperiales vestidos de sus uniformes azules y 
amarillos, y con casco de suela negra y guarniciones 
de bronce, hasta las lejanas colinas en que se veían, 
entre nubes de polvo, los pelotones de jinetes perse- 
guidos por otros jinetes, y los trozos de caballadas 
dispersas, y los grupos de soldados desmontados, que 
entregaban sus armas, todo aquel campo, en dos le- 
guas a la redonda, se estremecía como un corazón. 
I/)s clarines de la patria sonaban la victoria, en torno 
de la bandera tricolor: I^ibertad o Muerte, decía 
al aire la bandera. 

Ix)S jefes enemigos, Riveiro y Gonzalves, habían 
huido, desconcertados y aturdidos; sus caballos eran 
muy buenos, indudablemente, según se ha dicho. 
Pasaron el torrentoso río Yi, en una balsa, que inutili- 
zaron después. Sólo se salvaron trescientos hombres 
del ejército vencido. 



XVII 

Bs preciso confesar, mis bravos amigos, que aquella 
fué una insigne victoria. Del efecto producido por ella 
entre los orientales no tenemos que hablar ahora; pero 
sí del que produjo en Buenos Aires: aclamaciones 
a I^avalleja, a los Treinta y Tres, y a los orientales; 
gritos de muerte al emperador; ataques al represen- 
tante del Brasil; campanas echadas a vuelo, ilumi- 
naciones y todo lo demás. Todo ello cobró forma rít- 
mica en el canto de un poeta bonaerense, Juan Cruz 
Várela, que escribió su oda A la batalla de Sarandí, 
que comienza: 

«¡Pueblos, cid; escarmentad, tiranos!» 



I,OS TREINTA Y TRES ' 503 

I^ oda, como obra literaria, no pasa de mediocre; 
pero la multitud aclamaba al bardo; le hacía recitar 
su canto en las calles de Buenos Aires, en las plazas 
públicas, levantándolo en alto. 

Y el poeta cantaba: 

«{Día. de salvación 3^ complemento! 
Ya amaneciste en Sarandí. Orientales, 
¿qué genio os inspiró? ¿Qué genio vino 
a escribir nuevamente los anales 
del hombre libre y su feliz destino 
con sangre de opresores? 

Ábrete, historia, y muestra en qué regiones, 
en qué época del mundo, qué naciones 
presentaron jamás un grupo aislado, 

desvalido, indefenso, 
de hombres que atravesando un río inmenso, 
hasta la orilla opuesta se lanzaron 
y el fuerte grito de la guerra alzaron. 

Héroes, si este renombre, 

siempre dado al guerrero, 

pero quizá no siempre verdadero, 

ha sido alguna vez digno del hombre, 

es boy, cuando mi musa reverente, 

de adulación ajena, 
con él saluda, de entusiasmo llena, 
a los ínclitos hijos del Oriente.» 

El Memorándum que antes leímos dice, en suma, la 
verdad; la batalla de Sarandí desbarató todos los pla- 
nes de reivindicación, por Buenos Aires, de la Pro- 
vincia Oriental. Ni era necesaria la alianza con los 
estados del 'Pacífico; ni la venida de Bolívar al Pía- 



504 I. A EPOPEYA DE ARTIGAS 

ta era tan indispensable. I^os rezagos de Artigas bas- 
taban, como se ve. 

¿Y el efecto de Sarandí en Montevideo? Se ordenó 
la prisión de los orientales descollantes, Giró, Blanco, 
Pérez, Suso, Masini, etc. Pero se hizo algo más eficaz: 
se pusieron a precio las cabezas de Rivera y Lavalleja, 
como se había hecho con la del padre Artigas: dos 
mil pesos valía la primera; mil quinientos la segunda. 
Eran precios moderados, como lo veis: la de Artigas, 
según debéis de recordar, vaHa seis mil pesos; era 
bastante más cara. Pero ahora, como entonces, no se 
halló vendedor. Aquellas buenas cabezas quedaron 
sobre sus hombros, felizmente. 

El gobierno de Buenos Aires, presidido por I^as He- 
ras, no se resolvía a la alianza, sin embargo; no acep- 
taba la incorporación de la Provincia Oriental a que era 
provocado; no quería la guerra con el Brasil que ella 
entrañaba; no veía claro. Aun después de la batalla del 
Rincón, los orientales envían a Pereyra y a Lapido, 
comisionados ante el general Rodríguez, que guarnece 
la frontera del Uruguay, a fin de obtener de él algún 
apoyo, aunque sea indirecto: que custodie siquiera 
los prisioneros hechos en la batalla. «Dígale usted al 
valiente general Lavalleja, contestó Rodríguez, que 
haga esfuerzos por ser feliz; pues si fracasase su he- 
roica empresa, yo tendría que remitir a Buenos Aires, 
bajo segura custodia, a los que buscasen un amparo 
en estas costas.» Este Rodríguez es el mismo que, 
hace cuatro años, amenazaba a I^ecor en los términos 
descomunales que conocéis. Fué preciso devolver los 
prisioneros a sus propios jefes. 

Pero, al fin, después de Sarandí, el gobierno de Bue- 
nos Aires se resuelve; los hechos se le imponen, los 
hechos heroicos. El mismo Rivadavia, que llegaba de 



I,OS TREINTA Y TRES 505 

Europa, y que algunos meses después destituirá a 
Las Heras, indujo a éste y al Congreso, a la alianza 
con los orientales; él, que sólo pensaba en su patria 
occidental, llegó a creer que, desviando las energías 
populares hacia la guerra exterior, las alejaría de la 
resistencia interna y sería más hacedero el régimen 
unitario. Ése era, no cabe la menor duda, el pen- 
samiento de Rivadavia: la guerra con el Brasil fué el 
pretexto para crear su presidencia. 

El 25 de octubre de 1825, el Congreso General Cons- 
tituyente acepta, por fin, la incorporación de la Pro- 
vincia Oriental a las demás del Río de la Plata. Y lo 
hace saber al Brasil, diciendo le «que, habiendo los 
habitantes de la Provincia Oriental recuperado for 
sus propios esf^ierzos la libertad de su territorio, y, des- 
pués de instalar un gobierno regular, declarado su 
unión con las demás provincias argentinas, el Congre- 
so la declaraba reincorporada a ellas». 

El emperador del Brasil, al fer notificado de esa 
resolución, inicia las hostilidades. 

lyos procesos históricos se repiten en el mundo, 
amigos míos; una ley biológica los preside, sin duda 
alguna. Recordad la resistencia de Ivuis XVI en Fran- 
cia, a reconocer a Washington y a tratar con Fran- 
klin; la adhesión del pueblo francés, que elre y no 
puede contrarrestar, a la cau. a de la independencia 
angloamericana; el concurso de Lafayette; la guerra 
continental que el reconocimiento de aquella indepen- 
dencia hace estallar. Guardadas las proporciones, que 
no alteran la esencia, el fenómeno es el mismo. 

Nuevos y frenéticos entusiasmos estallan en Bue- 
nos Aires y en todas las provincias occidentales, nues- 
tras buenas hermanas, al saber, e la actitud del Brasil; 
los caudillos, las masas, todos quieren la guerra, al 



5o6 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

lado de los vencedores de Sarandí. Se nombran bri- 
gadieres a I^avalleja y Rivera, los viejos capitanes 
de Artigas; éstos aceptan ese honor, como es natural, 
peí o no así la pensión que también se- les acuerda, y 
que es cortésmente rehusada. Recordaréis que el rey 
IvUis XVI nombró también a Washington general áe\ 
ejército francés, sin por eso dejar de ser Washington, 
el americano. Bien se comprende, me parece, que el 
grado militar de los vencedores del Rincón y Sarandí 
no tiene por origen el decreto de Buenos Aires; nadie 
dirá, o mucho me equivoco, que esos brigadieres no 
son otra cosa que oficiales generales sometidos a la 
disciplina y al gobierno de Buenos Aires. Y si alguien 
lo dijera, no merece maldito el respeto, por majadero. 
También los Treinta y Tres son declarados héroes 
nacionales, por ejemplo; pero a nadie se le ocurrirá 
decir, ni siquiera pensar, que esos tales Treinta y Tres 
comenzaron a ser héroes americanos después de aquel 
decreto, que mucho se debe agradecer, sin embargo. 

Para darnos cuenta del carácter de esos entusias- 
mos, podría servimos rm curioso dato: en la elección 
de Rivadavia para Presidente de la República de las 
Provincias Unidas, que se realizará dentro de tres 
meses, sólo habrá tres votos discrepantes; uno de 
ellos será en favor del general I^avalleja. Y ese voto 
no será otro que el de don Manuel Moreno, hermano 
del gran Moreno de i8io. 

L,as Heras, después de declarar, como el general 
Rodríguez, que fel Brasil había usurpado, de la manera 
más vil e infame que la historia conoce, una Parte de 
nuestro territoriotí, proclama a los orientales, y les 
dice: «Ocupáis el puesto que os debe la justicia; for- 
máis la primera división del ejército nacional; lleváis 
la vanguardia de esa guerra sagrada. Esa vuestra pa- 



tos TREINTA Y TRES 507 

tria, tan bella como heroica, sólo produce valientes: 
acordaos de que sois orientales, y este nombre y esta 
idea os asegurarán el triunfo». 

Cinco años hacía, sólo cinco años, que Artigas había 
caído luchando contra el Brasil. ¿Recordaría Las 
Heras cómo y cuándo y con qué auxilio consumó 
el Brasil esa usurpación, que condena como la más 
vil e infame conocida por la historia? ¿Se daría cuenta 
de que ése su manifiesto era la vindicación de Arti- 
gas y el anatema contra sus enemigos, desde las Jun- 
tas, y Directorios, y I/)gias, hasta el Congreso de Tu- 
cumán? 

Pero eso nada importa; todo se reparó en aquel 
día de sol. 

La resonante justicia que entonces se hizo a nues- 
tros héroes, mis amigos artistas, a los hijos de Artigas, 
tuvo caracteres de generosa apoteosis. El doctor Agüe- 
ro, protagonista parlamentario que en el Congreso 
propuso el exordio de la ley en que se aceptó la unión 
de los orientales, lo hizo en estos términos: «Es pre- 
ciso hacer justicia a los bravos orientales, y hacerlo 
en este lugar, en la ley, donde debe rendirse justicia 
a ese esfuerzo tan glorioso y tan heroico, de que no 
cuenta un ejemplo la historia de nuestra revolución, 
y acaso, y sin acaso, ninguno de los pueblos de Amé- 
lica. Y quién sabe si algún pueblo del mundo». 

Juzgo que eso es demasiado. Pero revela una emo- 
ción sincera, que no puede menos de despertar la 
nuestra... ¡El pueblo hermano! ¡Hueso de nuestros 
huesos! Vamos, pues; vamos juntos a Ituzaingó, donde 
nos espera la diosa de ojos claros, con su casco de oro 
v la cabeza cortada de Medusa en el centro del escudo . 



-,08 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 



XVIII 



Comienza, mis buenos amigos artistas, el último 
acto de nuestra independencia; lo que llamamos Cam- 
paña de Ituzaingó y las Misiones. Esta campaña du- 
rará cerca de tres años: el 26, el 27 y parte del 28. 
En agosto de 1828, tres años después, casi día por 
día de la Declaratoria de la Florida, se firmará, en 
Río Janeiro, el tratado que consagrará la indepen- 
dencia de esos trasplatinos o cisplatinos, de esos 
orientales. Eso será hecho después de declararse por los 
negociadores enviados por Buenos Aires, con anuencia 
expresa de Lavalleja, que ése y no otro había sido 
siempre, y era en aquel momento, el objeto de la ido' 
latría de los orientales: la independencia. Vosotros 
diréis si eso es o no el fruto de sus propios esfuerzos 
contra el mundo entero, y si es o no la obra de Arti- 
gas la que va a recibir consagración. 

No entraremos, sin embargo, en el año 1826, en 
que orientales 3- occidentales, reunidos, por fin, van 
a dar cima a la empresa, sin recordar la hazaña con 
que los primeros coronan el año de sus glorias exclu- 
sivas: el asalto y toma del Fuerte de Santa Teresa, 
que, si bien no tuvo entonces la resonancia general 
de Rincón y Sarandí, no cede a ninguna de nuestras 
operaciones de guerra en audacia y valentía. 

Era el de Santa Teresa un hermoso fuerte de gra- 
nito labrado, cuyos muros, de once metros de espe- 
sor, con cuarenta troneras y un perímetro de 652 
metros, fueron construidos por los portugueses, allá 
por los años de 17*^3; estaba sobre las costas del 
Atlántico, y cerca de la frontera marcada por el 



I,OS TREINTA Y TRES 509 

arroyo del Chuy. Artigas lo señala en sus Instruccio- 
nes de 18 13 como el límite de la Banda Oriental; 
(•desde las Misiones hasta la fortaleza de Santa Te- 
resa», dice allí. 

Aquel fuerte es todo un símbolo de granito. Ata- 
laya y núcleo de las ambiciones lusitanas sobre el 
territorio de España, en él hacían pie los invasores 
para sus desembarques e incursiones terrestres. Ex- 
pugnado por Ceballos, el español, en 1773 y terminado 
entonces su revestimiento de piedra; reconquistado 
por los portugueses, y vuelto a recuperar después 
por los españoles, era, en la época de nuestra historia, 
el centinela avanzado de la dominación brasileña en 
la vasta y despoblada región oceánica del Sud. 

Desde el comienzo de la campaña de los Treinta 
y Tres, I^avalleja y Rivera habían pensado en aquel 
bastión remoto, y encomendado su conquista al co- 
mandante de mihcias de Maldonado don Leonardo 
OHvera. Era éste un animoso capitán de Artigas, 
que, no bien iniciada por Lavalleja la continuación 
de la obra de éste, se incorporó a la cruzada, a la 
cabeza de las milicias de Maldonado y Rocha; lo 
acabamos de ver al mando de las reservas en Sarandí 
y vamos a verlo en las vanguardias de Ituzaíngó, 
Era el remoto fuerte, sin embargo, el objeto constante 
de su pensamiento; en la Angostura, garganta estre- 
cha que a aquél daba acceso, tenía sus agentes en 
acecho, encargados de comunicarle los movimientos 
que notaran en la guarnición, y que él transmitía a 
Ivavalleja; sólo esperaba la ocasión propicia de reali- 
zar su encargo. 

Ésta se presentó a fines de diciembre. Olivera reci- 
bió la noticia de que una fuerza brasileña de 500 
hombres había pasado el arroyo del Chuy, con el 



5IO LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

propósito de incoq)orarse a la guarnición del fuerte. 
El audaz patriota no esperó más: o entonces o nunca. 
Y se dirigió a la fortaleza a marchas forzadas, por el 
único sitio accesible: por la Angostura. I^a avanzada 
brasileña que allí estaba sintió el golpe de los sables 
antes que el ruido de los cascos de los caballos, y 
huyó, perseguida por los lanceros de Olivera, llevando 
al fuerte el contagio del espanto. Los cañones de las 
troneras no tuvieron tiempo de despertar; la guarni- 
ción apenas lo tuvo para hacer algunos disparos y 
huir hacia el Norte. El pabellón tricolor fué enarbo- 
lado en las viejas almenas portuguesas. Era la ma- 
drugada del 31 de diciembre de 1825, aniversario 
precisamente de la batalla del Cernió; el último día 
del año de la Agraciada, de Rincón y Sarandí. 

Una fortaleza había sido tomada por un pelotón 
de caballos. El apresamiento de la escuadra holan- 
desa por la caballería de Moreau, al galope sobre el 
mar helado del Norte, se recuerda aquí sin quererlo. 

Pero aquella posesión era instable; las fuerzas bra- 
sileñas, acampadas en el Chuy, a algunas horas de 
distancia, y muv superiores a las lanzas de los auda- 
ces gauchos, iban a caer sobre la fortaleza. OHvera 
dejó en ésta 70 hombres, y, en la noche del 31, antes 
de que los dispersos pudieran adelantarse a él, salvó 
la distancia que lo separaba del enemigo. Y no había 
rayado el alba del i.*^ de enero de 1826, cuando los 
clarines orientales despertaban a los dormidos, to- 
cando a degüello por tres puntos diferentes; los jine- 
tes de OHvera, formados en tres divisiones, rodeaban 
el campamento brasileño. Eos soldados que tentaron 
la resistencia caj-eron bajo las lanzas; los más se 
arrojaron al arroyo; el jefe enemigo, sargento mayor 
Cabral, fué hecho prisionero, como lo fueron sus te- 



I^S TREINTA Y TRES 51I 

nientesSilveira y Rodríguez; el capitán Correa se contó 
entre los muertos de la refriega. Y todo el material 
bélico de la expedición, 300 carabinas, 100 sables, 
10.000 cartuchos, etc., quedó en manos del vencedor. 

La victoria de Olivera fué ruidosamente festejada 
en las füas del ejército oriental, y en ellas, sobre todo 
en sus caballerías, produjo todo su efecto tonificante. 
La región del Este quedó desalojada de enemigos; 
apenas si, de vez en cuando, algunas partidas brasi- 
leñas hacían sus excursiones clandestinas en busca 
de ganados; pero desaparecían a la sola aproximación 
de la guarnición de Maldonado. 

Los muros de aquella pequeña Troj-a debían pre- 
senciar, sin embargo, los últimos combates. Concen- 
trada la energía nacional en la campaña del Norte 
la fortaleza del Atlántico parecía abandonada, y el 
brasileño, en octubre de 1827, fué de nuevo por ella, 
y, con toda tranquilidad, en ella se instaló, el 29 de 
ese mes, con 600 hombres de las tres armas. 

Pero la sombra de Olivera se aparece allí cuando 
menos se piensa. El 24 de enero de 1828, el fiero 
caudillo cae con sus centauros inverosímiles sobre 
la guardia a\ anzada de 40 hombres, acampada en 
los Cerros de Santa Teresa, a cinco leguas del fuerte; 
repite la hazaña de dos años antes; deshace la avan- 
zada con grandes pérdidas; empuja sus restos sobre 
la fortaleza, corriendo tras ellos con formidables ala- 
ridos, y envuelve en la derrota a la guarnición entera, 
que abandona las murallas y huj-e hacia el Norte. 
Un escuadrón de 200 jinetes la persigue tenazmente; 
le toma 20 prisioneros; se apodera de su copioso ma- 
terial de guerra, que queda en el campo... 

El histórico bastión fué desde entonces oriental, 
oriental para siempre jamás; centinela de nuestro 



512 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

gran pedazo de Atlántico. Ahí está todavía, rodeado, 
como la esfinge, por las arenas oceánicas, en la región 
de los innumerables palmares. Como cimeras de cas- 
cos, las hierbas crecen en las grietas de sus cuarenta 
troneras deshabitadas. 

Vamos, pues, a Ituzaingó y las Misioms. 



XIX 

Durante los tres años de campaña se sucederán 
cuatro mandatarios en Buenos Aires: I^as Heras 
inicia la alianza, el i.o de enero de 1826; Rivadavia, 
como hemos dicho, derroca a Las Heras, el 6 de fe- 
brero de ese mismo año 1826, e implanta su sistema 
unitario empírico; cae Rivadavia, con su régimen, 
a los quince meses de subir, el 27 de jimio de 1827, 
y el 12 de agosto de ese mismo año, después de un 
mes de provisoriato de López, cuyo mandato se li- 
mita a reconstruir la provincia de Buenos Aires, 
sube el coronel Dorrego con el régimen federal, tan 
inorgánico todavía como el tmitario de Rivadavia- 
Y es este Dorrego quien, con don Pedro I, empera- 
dor del Brasü, 3', mal de su grado, forzados por los 
hechos, ratifican la obra de Artigas, y proclaman la 
independencia del Patrimonio de los O neníales. 

Pero, al través de todo esto, la guerra marcha ha- 
cia adelante, hacia la victoria; el organismo patrio 
va tomando en ella su forma biológica personal; las 
moléculas ocupan su lugar definitivo; los órgano^ 
comienzan sus funciones ordenadas. Esa campaña 
contra el extranjero, mientras las provincias occi- 
dentales luchan entre sí, es, para los orientales, más 
aun que la ocasión del triunfo exterior, estímulo de 



I.OS TREINTA Y TRES 513 

actividad interna, en sentido de la cohesión nacio- 
nal definitiva; todo gira en torno del propósito común: 
la formación de la patria. I^os mismos antagonismos, 
que no tardan en nacer, entre los elementos occiden- 
tales y los orientales aliados, entre I^avalleja y Alvear, 
contribuyen a unificar y diferenciar a los primeros; 
también las protestas de adhesión a que se verá obli- 
gado Lavalleja, y forzada la representación nacional, 
para conservar la alianza con Buenos Aires, ante las 
fundadas desconfianzas del gobierno con respecto 
a las intenciones intrínsecas de los orientales, serán 
otras tantas revelaciones de la realidad que está en el 
fondo de todas las apariencias, palpitaciones del feto 
que se mueve en aquellas entiañas dolorosas. Aun las 
rivalidades que surgen entre los orientales, entre I^a- 
valleja y Rivera especialmente, y que parecen fuer- 
zas divergentes, no son tales: son manifestaciones 
de vida orgánica en laboriosa y rápida gestación. 
I/a patria se forma con los caracteres congénitos de 
todas las otras americanas y de todas las del mundo: 
con los gérmenes morbosos de las futuras luchas in- 
testinas inevitables: los hijos heredan las enferme- 
dades de los padres, los pecados originales, si que- 
réis, sugeridos por la víbora rampante en los paraísos. 

Al declarar-e la guerra, en enero de 1826, es el gene- 
ral Rodríguez, que ha estado al mando del ejército 
de obser\^ación para combatir la empresa de Lava- 
Ueja, y que es hombre de I^as Heras, el que primero 
pasa a territorio oriental, con mü quinientos hom- 
bres. En el mes de agosto del mismo año es substi- 
tuido por el general Alvear, hombre de Rivadavia 
que, como sabemos, ha derrocado a Las Heras en 
febrero de 1826. Poco ha durado, pues, Rodríguez. 

T. n.-33 



514 I- A EPOPEYA DE ARTIGAS 

Tenemos, en cambio, a Alvear de nuevo en nuestra 
tierra oriental; a Alvear precisamente, el joven dic- 
tador de 1 815, el conquistador de Montevideo contra 
los orientales, el derrocado por Artigas, el rival de 
San Martín, el que, según decía el general Rodríguez 
a Lecor, era aliado de éste 3' de Ramírez, para dar 
la Banda Oriental al portugués, a trueque del propio 
predominio político. 

Ha sonado, pues, para Alvear, la hora grande, 
después de muchas horas pequeñas. Va a Ituzaingó; 
allá lo espera su soñada visión: la gloria. El es quien, 
después de largas convulsiones, organiza, por fín, el 
ejército que invade el territorio brasileño. Son siete 
mil hombres: la vanguardia va a las órdenes de I^ava- 
lleja; el centro es mandado por Alvear; a la cabeza de 
la reserva está Soler. 

El ejército camina a la victoria; pero mientras tan- 
to, el país obtiene el triunfo mayor: se organiza. 
Mientras La valle ja conduce a los soldados orientales, 
queda a la cabeza de la organización ci\'il un hombre, 
que no puede menos de reclamar vuestra atención: 
es el prototipo del magistrado; es todo \ártud, todo 
ponderación y equilibrio, todo abnegación: es aquel 
don Joaquín Suárez de quien hemos hablado, el pa- 
tricio republicano, el soldado ciudadano de Artigas, 
el gobernador de Montevideo; el que, con el integé- 
rrimo Barreiro, se retiró de la ciudad al ser entrega- 
da a los portugueses; el abnegado, el bueno, el abso- 
lutamente bueno, en cuanto lo absoluto es aplicable 
a la virtud humana, I^a historia americana no tiene 
una más íntegra figura. 

I^a guerra se desarrolla lentamente. El almirante 
Brown, que ya conocéis, ha reaparecido en las aguas, 



I.OS TREINTA V TRES - 515 

y libra combates triunfales; Alvear sigue hacia el Nor- 
te: va, como Artigas, a buscar al enemigo en su pro- 
pio territorio; pero no tiene, como lo tenía Artigas, un 
aliado oculto del enemigo en Buenos Aires. Con él 
van Ivavalleja y su legión: Garzón, Oribe, Zufriate- 
gui, Medina... 

;Y Rivera?... Rivera no va, se ha quedado; los años 
26 y 27 no lo verán en la pugna. Desde la llegada del 
general Rodríguez se ha separado de I^avalleja con 
algunos de sus parciales. Él creyó ver, en la dispersión 
e incorporación de las fuerzas orientales al ejército 
que venía de la otra banda, no sólo la destrucción del 
ejército de la provincia, sino la muerte de su autono- 
mía, «verdadero fin perseguido desde los tiempos de 
Artigas». Son sus palabras. Bs de recordar que ésa 
era la observación que hacía Artigas, efectivamen- 
te, a Sarratea, cuando, al llegar éste al Ayuí, trató 
de aniquilarle su ejército distribuyéndolo en el na- 
cional. 

Pero no veía lo mismo que Rivera, por cierto, el 
comisionado Núñez, enviado por el gobierno argen- 
tino con el objeto de buscar, entre los orientales, los 
elementos para quebrantar el prestigio y predominio 
crecientes de I^avalleja, en cuyas protestas de unión 
no se creía en Buenos Aires; no veía lo mismo que 
Rivera, ni cosa parecida, en las intenciones del jefe 
de los Treinta y Tres. El informe de Núñez es con- 
cluyente. Nada hay que esperar, según él, de los 
orientales; todos siguen a I^avalleja. Y tampoco hay 
que hacerse ilusiones sobre éste, píies abriga los mis- 
mos planes anárquicos de Artigas. Eso es lo que vio 
Núñez, al través de todas las manifestaciones osten- 
sibles. Y vio bien; me parece que hoy eso es bien 
claro; lo veremos expresa y definitivamente consig- 



51 6 LA EPOPEYA I>E ARTIGAS 

nado por García en su misión diplomática, y, sobre 
todo, por Guido y Balcarce, agentes de la negociación 
que pondrá ñn a esta campaña, con la proclamación 
de la independencia de la República Oriental. 

Al estudiarse las causas de la disensión o antago- 
nismo entre Rivera y I^avalleja, se ha incurrido mu- 
chas veces en el error de tomar, como tales causas, 
las que sólo fueron ocasiones. I^a causa verdadera es- 
taba en algo que se ve todos los días, y es inherente 
a la humana naturaleza: Rivera y I^avalleja habían 
sido camaradas al lado de Artigas; eran los dos hijos 
gemelos del patriarca, y ninguno de ellos estaba 
dispuesto a ceder su primogenitura. Eso es todo: eran 
hombres de carne y hueso; no ángeles. 

I^a revolución americana es la historia ae esas di- 
sensiones. Bolívar y San Martín fueron incompatibles. 
Recordad a O'EQggins y Carrera en Chile. Os dije, 
al juzgar a Carrera, que yo creí?, que su primer pen- 
samiento era realizar la libertad de su patria bajo 
su gobierno, y su segundo pensamiento, realizar la 
libertad de su patria. Algo de eso había, sin duda, 
en Rivera y I^avalleja; pero es preciso apresurarse 
a decir que, pese a todas las disensiones, jamás separó 
a éstos ni la divergencia de principios e ideales , que 
hizo incompatibles a San Martín y Bolívar, ni el 
rencor que afiló el puñal asesino contra Bolívar y 
Sucre, ni el odio que derramó la sangre de los Carre- 
ras, en la nocturna tragedia de Mendoza. Y sin em- 
bargo, las estatuas de O'Higgins y de Carrera se 
levantan hoy, la una al lado de la otra, en la capi- 
tal de Chile. Y Bolívar 3- San Martín son una estrella 
doble en el firmamento americano. Por algo os he 
dicho que el abrazo de Rivera y Lavalleja después 
del pasaje de la Agraciada, debe pasar por el fuego 



LOS Treinta y tres 517 

lustral, en que la forma nítida y divina emerge triun- 
fante de entre la escoria calcinada. 

I^a valle ja realizaba su pensamiento, unido, con sus 
orientales, al ejército que marchaba hacia el Brasil. 
Rivera tenía el suyo: constituir una reserva de la Pa- 
tria Oriental, sin perjuicio de que I^avalleja llevara 
adelante su empresa. No es que fuera contrario a ésta; 
es que Rivera sentía la necesidad de realizar una ha- 
zaña propia, resonante, que le captara la gratitud de 
su tierra. Con ese pensamiento se fué a Buenos Aires, 
y eso le mereció la reprobación de muchos, tanto en 
la Banda Oriental como en la Occidental. Era un 
anárquico, un revoltoso, digno vastago de Artigas, 
como decía Núñez de I/avalleja; hasta llegó a dudarse 
de su fidelidad a la causa de la patria. Ya lo veremos 
reaparecer entre las tinieblas. 



XX 



El ejército patriota, cuya vanguardia conduce La- 
valleja, camina hacia el Norte, hacia lUizaingó; cruza 
las campiñas desiertas del Uruguay, bajo un sol de 
fuego, en quince días de marchas incesantes; vadea 
el río Negro; salva la frontera, e invade el territorio 
brasileño; cae sobre el pueblo de Bagé, en el que se 
apodera de las provisiones del enemigo; bate las ca- 
ballerías de Bentos Gonzalveí en Bacacay; deshace 
a Bentos Manuel Riveiro en el Onihú. Simulando una 
retirada, consigue que el maiqués de Barbacena, ge- 
neral del ejército contrario, abandone sus fuertes po- 
siciones de las sierras de Camacuá, y lo hace desplegar 
sus fuerzas en campo abierto, propicio a las cargas 
impetuosas, en las llanuras de Ituzaingó. 



51 8 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Bsas llanuras estaban allí predestinadas, al pare- 
cer. Tienen algo de mitológicas. I/)S hombres de Ho- 
mero hubieran afirmado que Palas Atenea, con su 
casco de oro, y la cabeza cortada de Medusa en el cen- 
tro del escudo, estaba allí sentada, esperando a un 
héroe, amado de los dioses. 

Éste iba en el ejército libertador... ¿Era Aquiles? 
¿Ulises acaso? Era un oriental, un soldado de Artigas, 
l/os generales del ejército patrio estaban poseídos 
de un espíritu funesto; miraban a Alvear con ojeriza, 
con razón o sin ella, que eso no hace al caso; llegaron 
hasta proyectar un motín frente al enemigo para subs- 
tituir a aquél por Soler o por I^avalleja, en el mando 
superior. Todos ellos querían, la víspera de la batalla, 
esperar al enemigo en un terreno próximo al río Santa 
María; allí estaba el Desastre. Pero uno, el joven 
coronel Eugenio Garzón, había visto el casco de oro 
de Palas, y su escudo vengador resplandeciente, en 
el llano de Ituzaingó. Y él condujo el ejército al altar 
de la diosa de ojos claros. Este inspirado Garzón, 
nacido en Montevideo, había comenzado su carrera 
a los 15 años; su propia madre lo había llevado, con 
otro hermano, a presencia de Artigas, que estaba en 
el Naranjal. Aquella madre entregó sus dos hijos a 
la patria. Artigas lo incorporó a sus tropas, como 
cadete, en agosto de 1811. Asistió al segundo sitio 
de Montevideo; de allí pasó a las campañas del Perú 
Bolívar, Sucre, Santa Cruz, lo amaban y enaltecían. 
Cuando estalló la guerra con el Brasil, provocada por 
los Treinta y Tres, pidió permiso al I^ibertador del 
Norte para acudir a ella. «Al dar este paso, le decía, 
no tengo otro interés que el de tomar una parte, aun- 
que pequeña, en defender mi patria, la Banda Orien. 
tal, cuya suerte no puedo mirar con indiferencia.» 



U)S TREINTA Y TRES - 519 

Ahí lo tenemos, la víspera de Ituzaingó, al frente 
del batallón número 3, que él ha formado, y después 
de haber estado al mando de toda la infantería que 
ocupó a Bagé, y de todas las fuerzas, más de la mitad 
del ejército, según dice Alvear, que allí quedaron, 
cuando éste fué a Camacuá. 

Bs entonces cuando obedece a la visión de la vic- 
toria, que comparte con otro oriental, el coronel 
Alegre. Se acerca entonces a Alvear, en nombre pro- 
pio y en el de su compañero, y le muestra el sitio por 
donde debe salir el sol. 

Conozcamos, para honor suyo, y también de Alvear, 
la carta que éste dirige a Garzón en 1832. 

<(Mi amigo: Siempre he recordado y he dicho a to- 
dos su parecer de usted la víspera de Ituzaingó; y así 
como no puedo echar de mi memoria que iodos nues- 
tros geyíerales eran de opinión de esperar al enemigo 
en el llano traidor de la margen de Santa María, usted 
debe vanagloriarse de haber juzgado muy bien lo que 
debía hacerse, y que se hizo en efecto; y esto lo he conta- 
do a todos, porque le hace a usted honor, y porque es 
una justicia que me complazco en hacer a su mérito.» 

Fué un día de sol, indudablemente, aquel 20 de 
febrero de 1827, el día de Ituzaingó. 

Grande se nos aparece entonces Alvear, el gallardo 
patricio occidental, ¡grande por ñn!... Lavalle, el 
bravo entre los bravos, y Paz, y Brandzen, y Olava- 
rría, y todos, todos los hermanos de la heroica Banda 
Occidental se nos ofrecen ígneos. I^os procesos que al- 
gunos historiadores han levantado sobre esta cam- 
paña no se pueden leer a la luz de la mañana de Itu- 
zaingó. El alma se siente magnánima; hay mármol 
para todos. 



520 I,A EPOPEYA I'E ARTIGAS 

¿Os diré que también Lavalleja fué digno de esa 
hora trágica?... No lo creo necesario. Él llevóla pri- 
mera carga sobre las caballerías del animoso general 
Abreu, que cayó muerto con gloria, después de ver 
deshechos sus valientes escuadrones, bien dignos, por 
cierto, de sus vencedores. Se suele imputar aquí indisci- 
plina a Iva valle ja; se dice que, con su impetuosa carga 
de caballería, desobedeció la orden del general, y hasta 
se le atribuye la frase: «yo no entro en batalla con an- 
teojo de larga vista», con que dicen contestó a los duros 
reproches de su irascible superior después del combate. 
No lo sé ni quiero saberlo. Garzón, con su número 3 de 
infantería, conquistó los aplausos de Alvear, que le rin- 
de reiterados tributos con motivo de su influencia en la 
acción. Brandzen, el occidental, cayó muerto también, 
muerto por la Patria Oriental, al llevar una carga im- 
posible sobre los cuadros de infantería alemana que es- 
taban al servicio del Brasil. Pero Manuel Oribe, el orien- 
tal, hace posible una arremetida, tan imposible, al pare- 
cer, como la de Brandzen, cuando, al ver que sus jinetes 
retroceden ante el fuego, les inyecta el virus ígneo con 
un gesto homérico: sus soldados lo ven arrancarse las 
charreteras de coronel, y arrojarlas gritando: «¡No soy 
digno de ellas, si mis soldados no son dignos de mí!» Y lo 
fueron, ¡vaya si lo fueron! Cargaron y vencieron. 

Aquello fué grandioso; no hay que dudarlo. Seis 
horas dmó la batalla; diez, dicen los partes brasileños. 
Diez y seis mil soldados entraren en combate; nueve 
mil del Brasil y siete mil del Plata; entre estos últimos, 
tres mil eran orientales. Tres mil orientales... y Gar- 
zón. Mil doscientos muertos enemigos quedaron en el 
campo; dos banderas, algunas piezas de artillería, todo 
el parque y bagajes. Quinientos hombres, entre muer- 
tos y heridos, cayeron de los nuestros. 



I^OS TREINTA Y TRES 52 1 



XXI 



Si creyerais, mis amigos, que la victoria de liuzain- 
gó determinó., por fin, nuestra independencia del he- 
redero de Portugal, creeríais algo muy razonable al 
parecer. Y mucho más si os dijera, como os digo, que 
los patriotas obtuvieron nuevos triunfos, entre los que 
descuella el de Camacuá; y que, en las aguas, el almi- 
rante Brown obtenía victorias navales decisivas, de 
las que el Juncal es el supremo tipo. 

No fué así, sin embargo. Aun no tenemos patria los 
orientales. Y, lo que es más asombroso, aun estamos 
en peligro de no tenerla en mucho tiempo, si por nos- 
otros mismos, con almas y cuerpos puramente orien- 
tales, no realizamos un nuevo milagro heroico. 

Bs claro que no se os ocurre de dónde pueden salir 
esos cuerpos, con sus almas correspondientes, desde 
que todo, al parecer, está concentrado en esa campa- 
ña de Itiizaingó. También eso es verdad. No sólo está 
concentrado, sino que está agotado en ella. Los orien- 
tales no pueden tener más sangre disponible, mien- 
tras las madres no conciban y echen al mundo nuevos 
hijos. Bn vano el mismo Suárez, dejando el gobierno 
a Giró, recorre los campos en busca de soldados; los 
ranchos están vacíos; en los ombúes sólo se oyen voces 
de pájaros; no se ve un caballo atado al palenque ni 
bajo la enramada; los perros cimarrones andan por 
las cañadas en rebaños famélicos, con las colas colgan- 
tes; hasta los muchachos están en las filas, y muchas 
mujeres han peleado en ellas. Recordad los que han 
muerto con Artigas; pensad en que han combatido en 
Ituzaingó tres mil orientales; no olvidéis, por fin, que 



522 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

la población de ese pueblo no llega a setenta mil almas, 
y que las mujeres orientales, como todas las hembras, 
necesitan una gestación para parir y amamantar sol- 
dados futuros. 

No hay que contar tampoco con nuevos elementos 
auxiliares que vengan de Buenos Aires. Eso mucho 
menos. Mal puede Rivadavia pensar en reforzar su 
auxilio a los orientales, cuando no puede auxi- 
liarse a sí mismo. Ya os dije que las provincias, sin 
excluir Buenos Aires, se han levantado contra él, 
y contra su sistema unitario: aquello es un infierno. 
Y cuidado que ya no anda por allí Artigas, el genio 
infernal. Rivadavia y su partido han menester de sus 
tropas, aun de las vencedoras en Ituzaingó, para so- 
focar la revuelta interna: necesitan deshacerse de los 
orientales, dejarlos para mejor ocasión. 

Y he aquí por qué os he dicho que nos es necesario 
un nuevo milagro heroico. 

Con objeto de disponer de sus legiones, Rivadavia 
resuelve desistir de la guerra emprendida, proponien- 
do la paz al Brasil. Su enviado ante la corte, que es 
nada menos que García, don Manuel José García, el 
mismo que gestionó la primera invasión portuguesa, 
llega a Río Janeiro, y allí estipula y firma una 
grande ignominia. No podéis imaginarla, si yo no os 
la digo: estipula y firma la devolución de la Provincia 
Oriental al heredero de Portugal, el vencido en Itu- 
zaingó, cuyos derechos sobre ella reconoce. El empe- 
rador exigía la devolución de esa Provincia Oriental, 
y, además, pedía que se entregara al Brasil la isla de 
Martín García, de que el Imperio necesitaba, para 
mayor seguridad de sus fronteras y para su tranquili- 
dad. El agente de Rivadavia, consecuente con sus 
ideas, que no eran un secreto, como sabéis, firmó la 



U)S TREINTA Y TRES . 523 

entrega de la Provincia Oriental, pero no la de la 
isla. Iva isla interesaba a su patria más que la pro- 
vincia. Ya hablaremos algo más de las conferencias 
en que se urdió ese tratado; bástenos por ahora saber 
que el envío de García no fué consultado, por su 
puesto, con los orientales, ni mucho menos, como 
lo será el de los negociadores definitivos. 

Iva ira del pueblo argentino, ante aquella tentativa, 
no tuvo límites. El gobierno apareció también irri- 
tado en extremo: Rivadavia repudió el tratado de su 
colega de negociaciones y ministerios como una trai- 
ción a la patria, y echó toda la responsabilidad sobre 
el negociador, que había violado, decía, sus instruc- 
ciones; éstas le imponían la devolución de la Banda 
Oriental, o su independencia... ¡al fin su independencia! 

Ivlama mucho la atención aquí la estupenda forma 
en que aquel pobre García es reprobado. El presi- 
dente Rivadavia eleva al Congreso el pacto concluido 
por su agente, 3' dice: <E1 día 24 de mayo de 1827 
se firmó en Río Janeiro la humillación, el oprobio y 
la deshonra de la República Argentina». El doctor 
Agüero, ministro de Rivadavia, hace saber a García 
í'el desagrado y reprobación que ha merecido, no sólo 
por haber faltado a la confianza, sino por haber pro- 
cedido a la celebración de un acto que tanto degrada 
a la República Argentina, y destruye enteramente 
su ser moral >>... Fué aquello una condenación a muerte 
civil, más dura que las varias de que había sido 
objeto Artigas, me parece; más dura todavía. 

Está bien, mis amigos artistas; no hemos de contro- 
vertir más de lo necesario este punto; la justicia de 
esas tremendas condenaciones contra un hombre de 
carne y hueso. El señor don Vicente Fidel Ivópez, 



524 I<A EPOPEYA DE ARTIGAS 

historiador argentino que conocéis, afirma que, al 
embarcarse García para Río Janeiro, el doctor Agui- 
rre 3' otros caballeros lo despidieron diciéndole: 

— En fin, García, ya sabe usted lo que nos va en esto 
a los hombres de 1823; sáquenos usted a todo trance 
de este pantano. 

— ¿A todo trance?... 

— De otro modo, caeremos en la demagogia y en 
la barbarie; salvar a nuestro país es lo primero. 

— Usted sabe que esa misma es mi opinión, dijo el 
enviado de Rivadavia. 

Eso es lo que afirma I/ópez, y bien sabido se lo ten- 
drá. Pero nosotros, amigos míos, sin engolfarnos de- 
masiado en este episodio, que nada tiene de nuevo, 
debemos creer que Rivadavia se irritaba de veras con- 
tra su enviado; Rivadavia montaba en cólera con 
mucha facilidad. 

Todos sabemos, sin embargo, que la clave para 
conocer el espíritu de una misión diplomática, no es 
otra que conocer la elección del hombre a quien es 
confiada: y con saber que el agente de Rivadavia 
y su partido fué don Manuel José García, tenéis la 
de este sencillo asunto. ¡Elegir a García para conse- 
guir la devolución o la independencia de la Provin- 
cia Oriental!... Y yo os aseguro que ese Rivadavia 
no era un inocente. 

El supremo intérprete de la historia, mis amigos, 
es la historia misma. Mucho más que los papeles, 
así sean más venerables que la barba de Júpiter. 

Esa rabiosa y heroica irritación del pueblo argen- 
tino ante la misérrima tentativa de García, ésa sí que 
fué auténtica, y conmueve hoy nuestras entrañas 
de orientales; vemos en ella la intrínseca fraternidad 
de una madre común que reaparece a cada paso. 



LOS TREINTA Y TRES 525 

hasta el último, y que neutraliza todo cálculo egoísta 
individual; amamos a ese pueblo. Pero es preciso 
que nos fijemos en la causa entrañable de esa su pa- 
sión, profunda como las raíces de las cosas vivas. 
Bl espíritu de fuego que allí ardía nos es bien conoci- 
do, y no es ciertamente el que animó a Rivadavia, 
ni a su partido, ni a otros partidos, cualquiera sea su 
nombre; ese espíritu reside en el pueblo, en la masa 
heroica argentina, en el sagrado fango que fecundó 
el hombre inspirado. 

Es injusto hacer cargar a García con ese deforme 
mochuelo de ojos siniestros, que no es sino un miem- 
bro de una larga famiHa. ¿No apareció, allá en 1811 
cuando nuestros auxiliares le\'antaron el primer si- 
tio de ]\Ionte\ ideo, y Artigas se quedó solo, rodeado 
de su pueblo que lo miraba ansioso, y en poder de 
españoles y portugueses?... ¿No se le vio aiarecer 
de nuevo en el segundo sitio, cuando se dio a Ron- 
deau la orden imperiosa y reiterada de levantarlo, 
y de dejar de nuevo a los orientales Hbrados a su 
adverso destino? ¿No sacó la cabeza de entre la 
sombra, cuando se propuso a Artigas, en 1815, la in- 
dependencia de la Banda Oriental otorgada por Bue- 
nos Aires que no la tenía para sí mismo, es decir, el des- 
prenderse del resto de América, para entenderse sólo 
con el portugués?... ¿No graznó, por fin, siniestramen- 
te, en 1816, cuando ese mismo García, que hoy carga 
con el pájaro nocttuno, negociaba, de acuerdo con las 
instrucciones del director, del Congreso de Tucumán, 
y de todos los demás, de ese mismo Rivadavia inclu- 
sive, y de ese mismo Agüero, la entrega del malvado 
Artigas 3' de su pueblo al rey de Portugal?... Ya oire- 
mos su chirrido final en el momento supremo: al 
negociarse, por Guido y Balcarce, el tratado defin;- 



526 I. A EPOPEYA DE ARTIGAS 

tivo en Río Janeiro. Borrego hará entonces el último 
esfuerzo contra la independencia oriental. 

]VIis amigos: hemos hablado ya mucho de todo eso, 
para que dejéis de reconocer cuál es el espíritu de fue- 
go que irrita noblemente al pueblo argentino ante 
la actual tentativa de García. Imaginad que hubiera 
predominado en Buenos Aires el genio pálido que allí 
fué muerto por Artigas, y que ahora reaparece; su- 
poned que se hubiera establecido, como lo querían 
Rivadavia y los demás, la monarquía de Borbón uni- 
da a la de Braganza, o cosa por el estilo, y decidme 
si hubiera parecido tan oprobioso, como ahora parece 
a los primaces de la política, el tratado firmado por 
García, que entregaba al Brasil su anhelada Provin- 
cia Cisplatina, y le redondeaba el territorio atlántico 
de su imperio americano. 

No creo que nada pueda verse con mayor claridad 
en la historia. No es Rivadavia quien siente esa irri- 
tación, no sus hombres: es el pueblo argentino. Pero es 
el pueblo argentino animado por aquel espíritu de 
Artigas, que le dio en I^as Piedras su primera victo- 
ria; que le promulgó su decálogo en las Instrucciones 
del año 13; que él agrupó a la sombra de su bandera 
tricolor republicana, conjuntamente con el oriental, 
en sus luchas por la democracia y la república, con- 
tra el patriciado monárquico; que, según ha sido bien 
reconocido, salvó esa democracia, ofreciéndole como 
holocausto a ese pueblo oriental, que ahora quiere 
ser sacrificado de nuevo a la unificación de la patria 
occidental del Plata. 

Ante el efecto de la tentativa de García, y conven- 
cido de que la guerra tiene que seguir, y de que no 
cuenta con elementos para su obra, Rivadavia cae del 
poder con su sistema unitario, declarando que todo 



LOS TREINTA V TRES ' 527 

aquello «será devorado por la anarquía», y sube Dorrego 
con el suyo federal. Palabras, palabras, palabras. Esto, 
para mí, tiene mucha analogía con la caída de Alvear, 
substituido por Alvarez Thomás en 1815. Dorrego, 
cualesquiera que sean sus buenas intenciones, no pue- 
de estar tampoco animado plenamente del espíritu 
de Artigas. Bien es verdad que fué deportado por 
Pueyrredón, a fines de 1816, por haber combatido 
la entrega de los orientales al invasor extranjero; 
pero no lo fué por su amistad hacia Artigas, a buen 
seguro, como no es la causa de Artigas, ni mucho me- 
nos, la que representa en el gobierno, por más que 
sean los caudillos artiguistas los que en él lo sostie- 
nen; ya os he hecho distinguir bien la federación 
interna de los políticos bonaerenses, de la idea fede- 
ral del Libertador oriental. Dorrego buscará una 
solución para la guerra con el Brasil; pero ella no 
será inquebrantable, heroica: todo puede surgir de 
allí; todo puede aparecer, hasta el mismo demonio en 
persona. 

El nuevo gobernador de Buenos Aires dispone 
que I/avalleja reemplace a Alvear, en el mando del 
ejército vencedor de Ituzaingó. Dorrego espera el 
apoyo del jefe de los Treinta y Tres contra sus mis- 
mos compatriotas unitarios, de los que todo lo teme, 
y no sin causa, ciertamente. 

La valle ja emprende operaciones; pero aquello no ter- 
mina, todo es superficial. Se espera sólo que el asunto 
se resuelva por sí mismo, que los acontecimientos 
vengan por la posta. El ejército de Ituzaingó está 
en escombros; no hay con qué rehacerlo. Dorrego no 
tiene idea fija sobre los destinos de la Banda Orien- 
tal, y vosotros sabéis que las cabezas sin idea están, 
como las casas desalquiladas, expuestas siempre a 



528 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

recibir malos inquilinos. Hasta el mismo mochuelo 
de García puede anidar en alguno de los mechinales 
de la del gobernador. I^avalleja y sus hombres pare- 
cen convencidos, por otra parte, de que todo está ya 
terminado, y nada hay que temer; la vida aquella 
parece apagarse. El emperador, en cambio, no ha 
querido la paz con García, porque aun se cree el 
más fuerte. Ituzaingó no lo ha convencido; está lleno 
de arrogancias; habla en su corte como vencedor, y 
como tal recibirá toda nueva negociación. 

Bs, pues, indispensable, como supremo recurso 
para curar esa atonía, una nueva y última inyección 
de la sangre del profeta ausente. 

Y aunque os parezca imposible, la nueva sangre, 
la vieja mejor dicho, va a circular por ese árbol ar- 
terial. He aquí cómo y por qué reaparece Rivera en 
este interesante riiomento; para él estaba reservado. 
Veamos, pues, esa campaña de Misiones, que coin- 
cide con los últimos golpes de Leonardo Ohvera en 
el Fiierte de Santa Teresa reconquistado para siem- 
pre. Son los dos extremos del territorio, los dos hitos 
marcados por Artigas, en sus Instruccioms ds 1813, 
como límite de su tierra oriental. 



XXII 

Rivera ha desembarcado en la costa oriental, en 
Soriano, con setenta soldados, el 25 de febrero de 
1828, un año después de Ituzaingó. Ya con él su 
hermano Bernabé, que será su brazo derecho. 

¿De dónde sale ese hombre?... ¿Qué es lo que ha 
hecho hasta ahora, y qué es lo que quiere?... 

Viene, como J^avalleja con sus Treinta y Tres, de 



LOS TREINTA Y TRES - 529 

la costa argentina; como él, ha cruzado el Uruguay 
con algunos voluntarios; como él, desde que dejó el 
territorio oriental en 1826, al comenzar la alianza de 
orientales y occidentales, ha sido objeto de persecu- 
ciones por parte del gobierno de Buenos Aires. Riva- 
davia lo creyó primeramente suyo, y lo protegió; 
lo juzgó en seguida contrario — y no sin causa por 
cierto, — y lo declaró rebelde: decretó su prisión. Él, 
pobre y sin amparo, cruzando selvas y montes, corrien- 
do en la obscuridad de las noches sin estrellas, vien- 
do la muerte a cada paso, huyó, y se refugió en las 
provincias, en el terreno de Artigas. Esa odisea de 
Rivera está llena de cuadros y de abnegaciones. Fué 
a esconderse, por fin, al lado de lyópez, gobernador 
de Santa Fe. Y allí esperó su hora. 

Viene, pues, de allá, y viene con un pensamiento 
que nos es conocido. Como complemento de la cam- 
paña de los Treinta y Tres, quiere realizar el plan 
primitivo de Artigas: atacar al heredero de Portugal 
donde Artigas quiso atacar a Portugal mismo, en las 
Misiones Orientales, allá en el Norte, hacia la fronte- 
ra del Paraguay, donde luchó y cayó Andresito, el 
gran Andresito, y donde, como Artigas, ve las ver- 
daderas fronteras de su Banda Oriental. 

Esa aparición de Rivera, mis amigos, en momen- 
tos en que el mismo I^avalleja, vencedor, lleno de 
gloria, erigido en arbitro supremo de la patria, parece 
creer terminada su misión gloriosa sin haberse dado 
el golpe decisivo, nos recuerda la nueva aparición del 
espectro del rey Hamlet a su hijo, que se entretiene 
en imprecar a su madre. 

Y dice el joven príncipe, sobrecogido, a la sombra 
vengadora: 

«¿Qué me quieres, sombra querida?... ¿Vienes 

T. n.-34 



530 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

a reprender las lentitudes de tu hijo, que, dejando 
que el tiempo corra y que su imaginación se enfríe, 
descuida la ejecución de tus pavorosos mandatos?... 
¡Oh, hablal» 

Es la sombra armada de Artigas la que ha desem- 
barcado en el vencedor del Rincón: viene a sacudir, 
una vez más, la fibra heroica; el casco de hierro le 
oculta la cara; pero, al través de los agujeros yugu- 
lares de la visera, se le ven los ojos, que brillan en la 
sombra. 

Bs preciso, amigos artistas, que nos demos cuenta 
de ese recóndito significado de la Campaña de Misio- 
nes que vamos a estudiar. Aquel podrá percibir en 
esta historia el movimiento generador de la curva 
de que nos habla Bergson que sepa reconocer esa 
mirada de Artigas que viene en los ojos de Rivera. 
Y, con sólo eso, verá en este episodio final de nues- 
tra epopeya el germen de toda nuestra historia con- 
temporánea: partidos políticos, luchas intestinas, 
guerras platenses, cualidades y defectos de los hom- 
bres. 

I^a unidad de nuestra acción épica no se interrumpe 
aquí; sus protagonistas persisten: de im lado estará, 
como siempre, la oligarquía porteña, con Dorrego en 
Buenos Aires, y sus rivales, encabezados por Lava- 
lie, en el ejército de Ituzaingó; del otro lado, los orien- 
tales: I^avalleja, que manda el ejército en substitución 
de Alvear; Oribe, personaje de primer término, que, 
con los otros jefes, está a su lado; y Rivera, por fin, 
en Santa Fe, con su ensueño en los ojos. Aquéllos, los 
occidentales, Dorr^o, Lavalle, Alvear, etc., atmque 
divididos por sus ambiciones políticas, son una sola 
entidad sociológica: el antiartiguismo determinado por 



I^OS TREINTA Y TRES 53 T 

el predominio absoluto de la capital sobre todos los 
pueblos. lyOS otros, los orientales, a despecho y pesar 
de sus rencillas, son el espíritu del héroe que los 
formó: la autonomía racional de los estados; la del 
Oriental, sobre todo, que ha sido 3, es el núcleo de- 
mocrático de todo aquello; la vida de la célula para 
el organismo de la confederación nacional. Tal es el 
eje de toda esta máquina; todo lo demás es excén- 
trico o extravagante. 

Mucho se ha tardado en dar con esa clave de nues- 
tra historia; se ha dicho que aquí, como en todo lo 
demás, luchaban argentinos contra orientales. No hay 
tal cosa, ni muchísimo menos. Dentro del organismo 
piálense, tanto oriental como occidental, luchaban dos 
espíritus. Eso es todo. 

El malogrado pensador brasileño Euclides da Cu- 
nha, el más genuino representante quizá de su ge- 
neración intelectual, ha sido de los primeros, si no 
el primero, en ver con precisión el tal problema. 
Dice en su Hbro A Margen da Historia, después 
de trazarnos, de mano maestra, el cuadro del rei- 
nado de don Juan VI: «I^a anexión de la Banda 
Oriental, constituida en Provincia Cisplatina, que de- 
bíamos perder más tarde después de largas faenas 
guerreras, es la única faz obscura de este cuadro. Eu 
este caso, la política exterior de don Juan VI hirió 
casualmente la cuestión internacional más seria de 
este continente. Aprovechándose de las disensiones 
entre los orientales, de aqitel Artigas, que es la figura 
más representativa de caudillo americano, y los argen- 
tinos, trazó las primeras líneas de una oposición, hasta 
hoy victoriosa, contra el pensamiento de reconstruc- 
ción del virreinato platense, planteado desde 1811 
en la Jimta de gobierno de Buenos Aires», 



532 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Esa emancipación del pensamiento brasileño que 
rechaza la idea del imperio americano de Portugal, 
precederá de cerca la del argentino, como éste tenga 
el reposo que le ha sido arrebatado por sus primeros 
historiadores; se verá entonces cómo la faz obscura 
del cuadro platense no fué tanto, como se ha dicho, 
el caudillaje campesino, cuanto el otro, el de la ciu- 
dad, que, empeñado, como el rey don Juan VI, en 
hacer provincias cisplatinas y trasplatinas depen- 
dientes de Buenos Aires o de Río Janeiro, de los 
gérmenes de vida autónoma, mató en su célula la 
gran Confederación Platense proclamada por Arti- 
gas, como la hija de la naturaleza, y que debía subs- 
tituir al \-irreinato. Los Estados Unidos de América 
Española hubieran podido ser; pero para ser unidos 
era preciso que comenzaran por ser estados. Washing- 
ton y Artigas. No pudo ser. 



XXIII 

Rivera desapareció de la escena, como lo dijimos, 
por divergencias con sus compañeros de Sarandí, en 
1826, poco después de la alianza; pero muy pronto 
sintió la nostalgia de la guerra. Como los peces del 
mar en el agua dulce, aquel turbulento espíritu se 
ahogaba en la paz; esa su estructura moral, cualidad 
entonces heroica, será en él un defecto, como lo fué 
en Lavalleja y lo ha sido en todos los hombres de 
guerra, cuando suena la hora de la organización. Las 
alas demasiado grandes y fuertes son un estorbo para 
caminar por la tierra; la luz solar deslumhra las pupi- 
las dilatadas. I/ds espíritus débiles suelen renegar por 
eso de los héroes, y se ha imputado aquí, como en 



I,OS TREINTA Y TRES 533 

todas partes, a Rivera y lyavalleja, aquel defecto de 
sus cualidades heroicas, que los llevó más tarde a la 
revuelta interna. No advierten los que sufren congo- 
jas por ello, que ese fenómeno universal no es otra 
cosa que la ley de las energías sobrantes que buscan 
empleo, la de las velocidades adquiridas que chocan 
en el freno. El péndulo compensador no se construye 
con fibras de corazón; la resignación que cierra los 
ojos y se arrodilla ante el dios brotado de la propia 
palabra es función supematural. Washington y Arti- 
gas, Artigas sobre todo, que nos dan acaso una idea 
de ese heroísmo moral, son excepcionales. Perdone- 
mos, pues, al águila la torpeza de sus movimientos 
en la jaula, y al héroe de la guerra la dureza de acti- 
tudes producida por el largo empleo de la armadura 
o el arnés. Hércules mismo no podía quitarse la tú- 
nica de Neso sin arrancarse con ella la piel y las en- 
trañas. 

No bien cae Rivadavia, en junio de 1827, ya vemos 
a Rivera, en el corto período provisional de don Vi- 
cente I/ópez, ofrecer a éste sus servicios para volveí 
a la guerra. Sube Dorrego al poder en agosto, y el 
caudillo oriental va a verlo desde Santa Fe, con pode- 
res de sus amigos, los gobernadores provinciales, que 
lo proponen como jefe de la expedición a Misiones, 
que debe coronar la de Ituzaingó. No es ésa, pues, 
una idea de sólo Rivera; está en la cabeza de todos, 
sin excluir la de Dorrego, que, con ese objeto, ha con- 
certado una alianza con Zapata y I/)pez, gobernado- 
res de Entrerríos y Santa Fe, que preparan también 
la adhesión de Corrientes. Peio esa cabeza de Dorrego 
no es fuerte; todo en ella es vacilación, indecisión, 
Veleidad. I/d difícil y enmarañado de su situación 



531 I.A EPOPEYA DE ARTIGAS 

lo disculpa, sin embargo. Para sostenerse necesita 
del apoj'o de los caudillos occidentales, I/5pez, Zapa- 
ta, etc., que recomiendan a Rivera como un héroe; 
pero también le es necesario el concurso de los orien- 
tales, I/avalleja, Oribe, más importantes que aquéllos, 
y que son émulos del vencedor del Rincón. Borrego, 
por otra parte, sin darse más cuenta que sus predece- 
sores «de la cuestión más seria del continente», de que 
habla da Cunha, quiere conservar, como cosa de Bue- 
nos Aires, la Banda Oriental; reconstituir por la fuerza 
el antiguo virreinato, substituyendo la energía vital 
por la dinámica; y para eso no es Rivera, ciertamente, 
su rival en el Guayabo después de la toma de Monte- 
video por Alveai, quien puede ofrecerle más garantías 
que I/avalleja; todos son rezagos de Artigas, esos orien- 
tales. 

Así se explican, pues, las idas 3- venidas, 3' las 
vueltas y revueltas, en este momento crítico, de aquel 
hombre Dorrego, tan falto de pensamiento 3- valor 
cívico como sobrado de valor mihtar 3'' personal. 
Porque eso fué siempre: tm valiente soldado, fogoso, 
indisciplinado, impulsivo, atolondrado muchas veces; 
ni San Martín ni nadie pudo entenderse con él; pero 
no fué nunca un estadista, ni cosa que se le parezca. 
Su conmovedora muerte, pues será pronto inmolado 
por el antiartiguismo porteño, será lo más trascen- 
dental de su vida: vive porque supo morir. Su san- 
gre teñirá de rojo una bandera enigmática. 

Rivera se ha presentado a él, según decimos, con 
credenciales de los gobernadores de Santa Fe 3^ Bn- 
trerríos, que se lo proponen como el solo indicado, 
por su genio militar y sus prestigios, para acometer 
la empresa del Norte: para concluir la obra de Itu- 
zaingó, dando en las Misiones el golpe de gracia. 



I^S TREINTA Y TRES 535 

Dorrego, por su parte, siempre ha pensado así; fué 
él quien primero marcó a Rivera ese camino. Pero 
ahora, como no ignora la animadversión con que lo 
miran sus hermanos orientales, de que tanto necesita 
contra sus propios soldados, no se resuelve a recono- 
cerle su misión, sin antes prevenir el disgusto que 
ello puede provocar en I^avalleja y sus parciales, en 
Oribe especialmente, rival nato de Rivera, más aun 
que lyavalleja. Ocurre, pues, a éste, en consulta, no 
sin rogarle que, para evacuarla, olvide sus resenti- 
mientos, y asegurándole que Rivera irá al Norte con 
sólo elementos occidentales; que no se admitirá gente 
de la Banda Oriental en la expedición; que ésta se 
limitará a la ocupación de las Misione^ y que, para 
evitar todo choque, Rivera será enviado después más 
al Norte, a Río Pardo, a la conquista del Paraguay 
contra Rodríguez de Francia... 

¡Conquistar el Paraguay! Nadie mejor que Lava- 
lleja sabe que si su antiguo compañero de armas y de 
juventud da cima a su empresa, no lo hará para con- 
quistar el Paraguay, ni para nada que no sea la liber- 
tad de su patria. Y para eso está él, el Jefe de los 
Treinta y Tres, y general del ejército aliado después, 
de Ituzaingó. 

lyos ténninos en que lyavalleja evacúa la tímida 
consulta de Dorrego son de una arrogancia que raya 
en amenaza; no sólo le dice que no cree ni debe creerse 
en las condiciones militares de Rivera, ni en sus pres- 
tigios, ni en su fidelidad siquiera a la causa de la 
patria, sino que protesta, «como gobernador de la pro- 
vincia, como general en jefe del ejército y como ciuda- 
danos, contra su designación. Y dice más el muy 
arrogante de lyavalleja; dice a Dorrego que será él, 
y nadie más que él, el Jefe de los Treinta y Tres, 



536 I. A EPOPEYA DE ARTIGAS 

quien realice la invasión a Misiones, en que siempre 
ha pensado; que se le envíen a él los recursos que 
se van a dar a Rivera, y él sabrá el camino de la 
victoria. 

¡Oh, el bravo I/avalleja! He aquí que el joVen Ham- 
let ha despertado ante el espectro del viejo; quiere 
seguir la intimación de la sombra pálida que ha co- 
brado la forma de Rivera. Lavalleja no recuerda, por 
lo visto, que, para cruzar el Uruguay y desembarcar 
en la Agraciada, él no esperó el beneplácito ni los 
recursos de Buenos Aires ni recurso alguno. No puede 
ser; el espíritu de Artigas que lo condujo entonces, 
está ahora en Rivera, su camarada del Guayabo/ lo 
posee. La gloria ha de encadenar para siempre, el 
uno al otro, esos dos gentileshombres. 

Y Rivera se puso en acción. En vano se dirigió a 
I^avalleja desde Yapeyú, ya con el pie en el estribo, 
ofreciéndole su sumisión, su obediencia, el honor todo 
de la jomada. Oribe, a cuyas manos llegó la comuni- 
cación, la contestó duramente, ordenándole se abs- 
tuviera de iniciar la empresa, y se ocupara sólo en 
dar prendas de fidelidad. I,avalleja hizo saber a Do- 
rrego que se disponía a iniciar la campaña, y, por 
ende, a perseguir a Rivera si la intentaba... Todo in- 
útil: Rivera es un poseído. Con Borrego o sin Dorrego; 
con Lavalleja y sin él; con alianzas y sin alianzas, 
seguirá el mandato de la sombra que se le ha puesto 
delante con el brazo extendido hacia el Norte. Irá 
con soldados occidentales o sin ellos; mejor sin ellos, 
con sólo orientales; lo mismo con diez que con diez 
mil... o con treinta y tres... pero irá. Y fué; y triunfó; 
y resolvió la contienda para siempre. Y convenció 
al emperador. 



tos TREINTA Y TRES 537 

¿Había en todo eso ambición personal en Rivera? 
¿I^ había en Ivavalleja o en Oribe? Dejaría de ser 
obra humana si tal no hubiera, amigos míos. Bien 
sabemos que son las pasiones de los hombres el motor 
inmediato de los grandes sucesos; la pasión que es sólo 
amor abnegado es el estado divino; sólo ha existido 
un ser humano, motor de sí mismo por el Espíritu 
de Amor, I^uz de Luz, Palabra Eterna hecha visible 
en forma de hombre a los ojos de la carne; todos los 
demás seres están de Aquél a una distancia infinita- 
mente mayor que la que va del átomo a la estrella; 
los héroes son una conglutinación de barro y espí- 
ritu; no son Palabra hecha carne, sino carne en que 
habla la Palabra, tiniebla empujada por el resplan- 
dor. No existe renuncia ma3'or de la dignidad humana, 
me parece, que la confusión del Cristo con los héroes, 
si ya no es que se hace por carencia del sentido espiri- 
tual, o con el intento de llamar la atención con la 
extravagancia blasfema. 

Con el de reconocer al Criador en sus obras, amigos 
artistas, os hago estas consideraciones, que acaso pu- 
dieran motejarse de demasiado siderales con relación 
a los sucesos que narramos. Dice Emerson, sin em- 
bargo, hablando de Swedemborg, que éste «era apto 
para la cosmología por su percepción innata de la 
identidad; porque no hacía aprecio del tamaño. En 
un átomo de limaduras de hierro imantadas, agrega, 
vio la cualidad engendradora del movimiento espiral 
de los planetas». La historia para el arte monumental 
no tiene tamaño; no la hay chica ni grande; o tiene 
o no tiene alma capaz de dar sangre a las venas 
del mármol. Si así no pensarais, amigos artistas, 
no aceptéis la misión de hacer estatuas de inmor- 
tales; hacedlas de cosas, en forma humana o sin 



53^^ I* A EPOPEYA DE ARTIGAS 

ella: monos, o retratos de apreciables caballeros. 

Si la aceptáis, procurad daros cuenta de cómo ese 
pequeño Rivera, limadura de hierro que corre como un 
solenoide hacia el Norte, va empujado por una iman- 
tación misteriosa. Para convenceros de que hay en él 
algo de eso, bueno será que no ignoréis que Dorrego, 
pese a sus deseos de realizar la expedición a las Misio- 
nes, tiene cifradas sus esperanzas en la paz con el Bra- 
sil; desde marzo de 1828 la gestiona por mediación de 
lord Ponsonby, ministro de Inglaterra en Río Ja- 
neiro, que, en aquella fecha, ha propuesto y hecho 
aceptar al rey de Portugal una Convención Preliminar 
de Paz, sobre la base de la independencia oriental. 
Dorrego, que la ha recibido por intermedio del agente 
inglés en Buenos Aires, la ha aceptado también, pre- 
via consulta y anuencia del jefe de los orientales, sin 
perder, no obstante, la esperanza de quedarse con la 
patria de Artigas, para que su pérdida no le dé dolo- 
res de cabeza. Y para ese juego doble de esperan- 
zas, si bien puede ser conveniente la conquista de 
Misiones que apremiará al Brasil a buscar la paz, 
antes puede estorbar que servir, si es llevada a ejecu- 
ción por Rivera; para eso será mejor que la reahce 
otro, y en la oportunidad debida: que la reahce, no 
lyav^alleja tampoco, sino I/ópez, por ejemplo, con 
elementos puramente occidentales; López o cualquiera 
que no sueñe con la idea de Artigas, que odie, si es 
posible, su nombre y su memoria. 

Dorrego, que no iba en eso muy fuera de camino 
expresó su pensamiento al coronel Pueyrredón, a 
quien decía en esos momentos: «No tenga duda de 
que Rivera va a tomar las Misiones; y es lo que más 
siento, porque nos va a causar mucho ma . Necesita- 
mos la paz ¡la paz! No podemos continuar la guerra. 



r,OS TREINTA Y TRES ' 53O 

Rivadavia ha dejado el país en esqiieleto; exhausto 
el tesoro. En el parque no hay una bala que tirar... 
no hay un fusil, ni un grano de pólvora, ni con qué 
comprarlo... Yo sé que el Brasil desea también la 
paz; pero la toma de Misiones va a causarnos embara- 
zos. I/)s brasileros no las han de querer ceder; Rivera 
no las va a entregar, porqíie las toma por su cuenta...» 

He ahí el secreto, amigos, de cómo y por qué Rivera 
es tachado en ese momento de mentecato, si ya no 
lo es de traidor, de anárquico o de malvado; viene, 
como los Treinta y Tres, a perturbarlo todo, sin hacer 
nada a derechas; viene a prolongar una guerra que 
está por terminar buenamente; a pedir lo imposible. 
El mismo I^ópez de Santa Fe, que no quería acaudi- 
llar la expedición, y que siempre había sostenido que 
era Rivera, y sólo Rivera, quien estaba llamado a 
darle cima, vuelve atrás, movido por Dorrego, a cuyo 
lado le conviene permanecer, como permanecerá al 
lado de Rosas y demás. Y escribe entonces a su amigo 
Rivera, con fecha 15 de febrero de 1828, para hacer 
que se resigne a sú suerte: <iMe he determinado a hacer 
yo la expedición a Misiones. Sólo aguardo los auxiHos 
de Buenos Aires para moverme; pero se me previene 
terminantemente que en ella no le haga lugar a usted, 
por resistirlo las circunstancias presentes, y no obs- 
tante sus aptitudes». 

¡Obedece, pues, buen hombre Rivera! ¡Obedece a 
tus superiores! Ve a ver si encuentras, como tu padre 
Artigas, un escondite en que meterte con tu sueño 
ambicioso: la cueva de alguna vizcacha santafecina 
o la gruta de algún astro remoto habitado por lechu- 
zas de ojos amarillos. ¿O vas a hacer lo de San Maitín, 
que se fué al Perú, el muy desobediente, sin la auto- 
rización escrita en papel timbrado como es debido? 



54° IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 



XXIV 



He ahí que tanto I^avalleja como I/Spez se han 
determinado a acometer la empresa en oporittnidad, 
cuando vengan de Buenos Aires los recursos que no 
existen. Y he ahí que Rivera, en vez de tener pacien- 
cia, hace a todo orejas de mercader, y se lanza por 
su cmnta, sin más guía ni recurso que su ambición. 
¿Quién puede dudar de que es un traidor, y de que 
lleva la intención de pactar con el enemigo, sin me- 
diación de Inglaterra ni de nadie? Todo eso se dijo 
de él; todo se le imputó, con procesos, con cartas 
interceptadas y otras zarandajas. 

Y allá Va; se lanza por su cuenta, como dice Doirego, 
contra la opinión de todos, declarado traidor como 
su padre Artigas, ni más ni menos, por unos, facine- 
roso por otros, enemigo por todos. Todo lo aventuró 
en la partida, todo, hasta el honor. 

Desembarca con un puñado de compañeros en 
Soriano, de donde ofrece una ve/, más a Lavalleja 
su obediencia, su sacrificio, ser simple soldado de su 
ejército, darle toda la gloria de la empresa. Y cruza 
el territorio oriental. E invade el brasileño. V corre 
al galope. Bs el mismo que vimos en las cargas del 
Guayabo, en la retirada del Rabón, en el Rincón de 

aedo; es un loco imantado. 

El coronel Oribe va tras él, enviado en su persecu- 
ción por I^avalleja. Más que por la orden de I^avalleja, 
Oribe es movido, sin embargo, de su propia inspira- 
ción; él será ministro de Rivera y lo sucederá en la 
presidencia de la república; pero, en CvSte momento, 
está persuadido de que es un enemigo de la patria; 



I,OS TREINTA Y TRES 54I 

la saña con que lo persigue lo lleva hasta desoír 
las órdenes del mismo Dorrego, que, cambiando una 
vez más de propósito, le manda desistir de la perse- 
cución. 

Oribe no obedece; sigue corriendo detrás de Rivera; 
espera darle alcance en alguno de los ríos que se atra- 
vesarán a su paso, en el Ibicuí sobre todo, allá en el 
territorio que ocupa el brasileño y va a reconquis- 
tarse. 

Y ahí está el río Ibicui. Completamente invadeable, 
se opone al paso, efectivamente; allí tiene que ser 
atrapado. Rivera ordena que se cruce la impe- 
tuosa corriente, aunque sea por el aire. I^os solda- 
dos obedecen: pasan el río nadando, con los sables 
en la cintura y las pistolas atadas en la cabeza. I^os 
primeros que tocan tierra del otro lado, combaten 
con la guardia imperial que allí los espera, y la de- 
tienen. Rivera, al pisar la costa, advierte la llegada 
a la margen opuesta, a la que ha dejado detrás de sí, 
de las fuerzas de Oribe, que venía tras él. Se encuentra, 
pues, con un enemigo al frente, y otro a retaguardia 
dispuesto a cruzar el río en su busca. Un relámpago, 
uno de tantos, brilla en la cabeza del fulgurante cau- 
dillo. Se pone en comunicación con el jefe enemigo 
brasileño, y le dice: «¿Ve usted aquella fuerza que está 
del otro lado del río? Es la vanguardia del grande 
ejército de la patria. Yo formo parte de ella. Sólo es- 
pera mi aviso para vadear. Somos, pues, muchos 
soldados. I^a resistencia de usted será inútil. ¡Ríndase!» 
El enemigo se rindió; no podía con tanta gente. 

Oribe, por su parte, creyó que Rivera, a quien 
distinguía en conferencia con el contrario, hacía causa 
común con éste; no se creyó bastante fuerte contra 
ambos, y desistió de su persecución. 



542 IvA EPOPEYA DE ARTIGAS 

Y Rivera dejó el Ibiciií a su espalda, y penetró 
al galope, y sonriendo con su clíísica sonrisa, en el 
ansiado territorio, que 3a consideraba suyo. 

Y lo hizo realmente suyo, pues las poblaciones 
misioneras se unieron a él, como a su libertado! ; 
venció en todas partes. iJerrotó al coronel Alencas- 
ter, gobernador de la provincia ia\adida; reconqmstó 
las Misiones Orientales. 

I/) hizo todo en veinte días, en una carrera verti- 
ginosa de caballos, muy pocos, apenas un millar. Con- 
sumó, en menos de un mes de fiebre, lo que Artigas 
no pudo realizar en cuatro años de combates. Y, en 
su nota de 26 de mayo de 1828, comunica sus triun- 
fos al gobernador Dorrego, y lo felicita por ellos; tam- 
bién da la buena nueva a I^avalleja y lo felicita. Así 
probó Rivera que compartía la empresa de los Treinta 
y Tres. 

Aquella hazaña inverosímil desarrugó entrecejos y 
descorrió tinieblas. Bl asombro y el entusiasmo apa- 
recieron en los gestos. De la noche a la mañana, Rivera, 
como Artigas en otros tiempos, como los Treinta y 
Tres más tarde, se transformó, de un traidor rebelde, 
en un héroe de romancero; se le llamaba hasta «Genio 
de América.) por escritores argentinos. En Buenos 
Aires fué aclamado y levantado sobre el escudo, como 
lo fué Artigas, y lo fueron Lavalleja y los Treinta 
y Tres. «I^a victoria de Misiones, escribía Dorrego a 
Lavalleja, es una gloria nacional, que debe ser\-ir de 
vínculo de confraternidad a los patriotas.» 

También se quiso ir entonces a recoger esa victoria: 
se envió a I^ópez, gobernador de Santa Fe, para que 
tomara el mando del ejército con que Rivera había 
vencido, dando a éste, como a Artigas después de I^as 



I,OS TREINTA Y TRES 543 

Piedras, el puesto de segundo. Se le enviaban sus des- 
pachos de segundo jefe de ejército del N oí-te, y se le 
encomendaba la conquista del Paraguay. Pero Ri- 
vera, como Artigas, declinó tan alto honor, y se guar- 
dó muy bien de entregar su ejército. Era suyo, de los 
orientales exclusivamente, que no tenían por qué ni 
para qué pensar en conquistar tierras ajenas. Son 
muy interesantes las notas que poseemos, en que 
Dorrego insiste con Rivera, rogándole que acepte el 
puesto que se le designa, que acepte, sobre todo, 
su misión de seguir hacia el Norte, a Río Pardo, al 
Paraguay. No, Rivera no se convence, ni mucho 
menos; sus comunicaciones parecen reproducciones 
de las notas de Artigas. Y no es que las ha}- a apren- 
dido, por cierto; salen de su espíritu tan originales 
como las de aquél. No, no quiere alejarse; tiene que- 
hacer allí, en su tierra, en su frontera. 

Allá lo tenéis, en San Borja, en aquel San Borja 
que no pudo conservar Andresito, y en que comenzó 
el desastre de Artigas; allá, cerca de la frontera del 
Paraguay, donde el viejo sembrador ara la tierra, 
y recoge mandioca y maíz; en la frontera que Artigas 
trazó a la patria en sus Instrucciones del año 13. Na- 
die sabe adonde hubiera ido a parar ese hombre Ri- 
vera con el impulso adquirido; pero es indudable que 
hubiera ido muy lejos, según era impaciente el espíritu 
que soplaba en sus oídos, como viento loco, lleno de 
gritos . 

El emperador del Brasil pensó discretamente en 
el asunto. Él contaba con las disensiones surgidas en- 
tre los caudillos del Uruguay, que seguía con grande 
interés, esperando quedarse aún con esa buena tierra; 
pero al llegar a su noticia la conquista de las Misio- 
nes, dicen que dijo a sus ministros: «Con otra nueva 



544 ^^ EPOPEYA DE ARTIGAS 

discordia entre los jefes orientales, se nos vienen hasta 
Porto Alegre. Es preciso hacer la paz.» Tenía razón, 
y procedió con buen acuerdo Su Majestad el Empera- 
dor. Y todas las majestades de la tierra deben proce- 
der así: es preciso hacer la paz con esos orientales, 
hijos todos legítimos de Artigas, pese a sus disiden- 
cias domésticas, si se quiere vivir en paz. 



XXV 

Al pensar así, don Pedro, el emperador, lo hacía 
cediendo al buen consejo de Inglaterra, su generosa 
amiga. Sabemos que la primera condición para dar 
oportunamente un consejo es saber que él es deseado, 
y aceptado de antemano. Inglaterra, por órgano de 
lord Ponsonby, había ya iniciado, según antes diji- 
mos, desde marzo de ese año 1828, sus trabajos de 
mediación; ahora, después de Misiones, el caso de 
darlos por terminados era llegado. 

Conviene'advertir, sin embargo, que Ponsonby se 
había empeñado ya, desde 1827, en convencer, no 
sólo al emperador, sino al presidente Riv adavia, de 
que la Banda Oriental no podía ser ni sería de nin- 
guno de los dos, y de que la guerra declarada por los 
Treinta y Tres, o mejor dicho, por Artigas, no tenía 
más causa que la gestación de una nación que no era 
ni la brasileña ni la argentina. «El gobierno inglés, 
llegó a decir ese su representante, no ha traído a 
América la famiUa real de Portugal para abando- 
narla, y la Europa jamás consentirá que sólo dos 
estados, el Brasil y las Provincias Argentinas, sean 
dueños exclusivos de las costas orientales de la Amé- 
rica del Sud.» 



LOS TREINTA Y TRES 545 

Rivadavia rechazó al principio la solución basada 
en la independencia oriental; la aceptó después, pero 
a condición de que Inglaterra garantiese el pacto, 
lo que no fué bien recibido por el inglés, que no ocultó 
su disgusto; el presidente se redujo, por fin, a razón, 
y envió a García, cuyo fracaso conocemos. 

Vamos a ver, pues, ahora, las negociaciones defi- 
nitivas de Borrego. Este final diplomático de nues- 
tra epope^^a da ocasión a que se reproduzca todo su 
espíritu: vamos a ver cómo se insiste en apHcar aquí 
el criterio de la Santa Alianza, que dispone de los 
destinos de los pueblos sin su participación; pero 
también veremos cómo reaparece, para decir la ver- 
dad, la sombra de Artigas, que impone su mandato. 
Imaginaos que allí se Uegó a proponer el pago al 
Brasil de una indemnización pecuniaria a cambio de 
la devolución de la Provincia Oriental a Buenos 
Aires, y os daréis cuenta del carácter de aquellos 
tejemanejes o coces dadas contra el aguijón. 

Muy interesante sería, para bien conocerlos, el exa- 
minar aquellos negociados, desde el de don Valentín 
Gómez, en 1822, que conocemos, hasta el de García, 
que no ignoramos, y hasta este de Borrego, por fin, 
en 1828, que vamos a estudiar; pero serían largos 
de contar, si ya no es que nos Hmitamos, y así va- 
mos a hacerlo, a tomar de ellos las notas de color 
que entonan en nuestro cuadro. 

Recordaréis que don Valentín Gómez se empeñaba 
en convencer al emperador de que, en vez de hacer 
de la Banda Oriental una Provincia Cisplatina, debía 
entregarla buenamente a Buenos Aires, porque los 
orientales no querían otra cosa que ser argentinos. 
El emperador dijo entonces que no había tal cosa; 
que lo que los orientales querían era ser buenos 

T. n.-35 



546 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

brasileños, o, más bien dicho, que lo que querían, en 
resumidas cuentas, era ser pura y simplemente orien- 
tales, independientes. 

Pero he aquí que, después de Ituzaingó, \ a García 
a Río Janeiro, en nombre de Rivadavia, y dice al 
emperador todo lo contrario de Gómez: los orientales 
no quieren ser brasileños ni argentinos; tenía razón 
don Pedro; quieren ser independientes. Es, pues, el 
caso de reconocerlos tales. Pero don Pedro ha cam- 
biado de opinión; dice a García, a quien acaba por 
convencer, que todo lo que él ahora dice no es sino 
una invención; que la re\olución de los Treinta 3' 
Tres es obra del gobierno bonaerense; que éste no 
representa nada, por otra parte, pues ni siquiera se 
representa a sí mismo. 

Es curioso e instructivo, os lo aseguro, recorrer 
esos protocolos y conferencias de García con Queu- 
luz, ministro entonces de don Pedro, y en las que 
figura como mediador el agente diplomático inglés 
Mr. Gordon. Son de lo más curioso que yo he visto. 
García se encontró con que el emperador, lejos de 
estar quebrantado por la batalla de Ituzaingó, estaba 
enojadísimo, como antes dijimos, y más altanero e 
irreductible que nunca; no sólo negaba a Buenos 
Aires su supuesto derecho sobre la Provincia Orien- 
tal a que decía renunciar, como en tiempo de Arti- 
gas, sino que desconocía en el gobierno de aqirella 
ciudad «el poder de estipular, en nombre de las Pro- 
vincias Unidas de que hablaba, cuanto y más de la 
Oriental». 

¡Ivas cosas que ese malintencionado de Quenluz 
dijo entonces al pobre García! Eran verdades como 
templos, no hay duda; pero no era respetuoso de- 
cirlo, me parece, tan a las claras. Imaginad que Quen- 



I,OS TREINTA Y TRES ' 547 

luz dice a García en su primera conferencia: «¿Podría 
contar el gobierno con la obediencia del general Al- 
vear, o de los otros jefes del ejército? ¿Podría con- 
tarse, una vez celebrado el tratado, con la acep- 
tación y reconocimiento de las demás pro\ incias? Es 
bien sabido el embarazoso estado del gobierno ac- 
tual de la república, desconocido de una gran parte 
de las provincias, y sin autoridad para hacerse 
obedecep). 

La verdad es que, si no Alvear, porque luego sal- 
tará con Riv adavia de su puesto, será Lavalle quien, 
muy pronto, no sólo no obedecerá al gobierno, sino 
que, de buenas a primeras, le cortará la cabeza en 
la del pobre Borrego, a quien fusilará prisionero, en 
representación 3" obsequio de la provincia de Buenos 
Aires, es decir, de su patriciado, no del artiguis- 
mo por cierto; pero, con todo, el ministro Ouenluz 
pudo haber hablado con menos crueldad al señor 
García. 

El muy suspicaz del emperador no fué más cari- 
tativo; dijo al enviado de Riv adavia que la insurrec- 
ción oriental, que trató como empresa de picaros, 
era obra de Buenos Aires, a lo que García replicó, 
en su segunda conferencia con Quenluz, <!que Su Ma- 
jestad el emperador estaba en error al imaginarse 
que la insurrección de la provincia de Montevideo fué 
obra de algunos rebeldes, de canalla y gente perdida, 
fomentada por el gobierno de la república; que estu- 
viese cierto de que el movimiento de aquella pobla- 
ción había sido espontáneo, sin la más leve impulsión 
de la autoridad a que se imputaba; y aun cuando de 
esa verdad no hubiese pruebas evidentes, bastaría 
reflexionar solamente que, sin una disposición gene- 
ral de los ánimos, no era posible que treinta y tres 



548 I/A EPOPEYA DE ARTIGAS 

hombres, mal armados, arrojasen en pocos días las 
fuerzas brasileras de la Provincia Oriental, y se apo- 
derasen de toda ella, con excepción de dos plazas 
fuertes». 

Bien dicho estaba eso sin duda; pero el emperador 
no dio su brazo a torcer, y García tuvo que pasar 
por las horcas candínas, subscribiendo el tratado que 
tan caro le costó. 

Tras eso, pues, y tras la campaña de Misiones, 
más convincente, como se ve, que la de Ituzaingó, 
tiene lugar la misión definitiva que vamos a conocer, 
y que costará a Borrego más caro todavía que a 
García la suya. 

Lord Ponsonby ha conseguido hacer aceptar al 
emperador, desde el 18 de mayo de 1828, un proyecto 
de Convención Preliminar de Paz, que ha sido entre- 
gado a Dorrego por el agente británico en Buenos 
Aires, y que se basa, naturalmente, en el reconoci- 
miento de la independencia oriental. 

Dorrego comienza con pie derecho; lo primero en 
que piensa, como es natural, es el obtener para el 
proyecto la conformidad de los orientales; lo trans- 
mite, por lo tanto, a Lavalleja, y, obtenido «su asenti- 
miento satisfactorio», según reza el documento, diputa 
en nombre de todos, de los orientales especialmente, 
como se ve, a los generales Guido y Balcarce, con la 
misión de concluir el tratado en Río Janeiro. 



XX\^I 

Sobre tal base, pues, independencia de la Repú- 
blica Oriental, se están siguiendo las negociaciones, 
en este mes de julio en que Rivera tiene en su poder 



LOS TREINTA Y TRES - 549 

las Misiones Orientales; todo va marchando sin tro- 
piezo. 

Pero he aquí que el rey Faraón, dando al olvido 
las siete plagas, se arrepiente de haber dejado salir 
al pueblo de Israel; he aquí que el buen faraón Bo- 
rrego, que sólo ha obrado a la voluntad de un cordel, 
como suele decirse, manda contraorden a los nego- 
ciadores, y les da la instrucción sorprendente de no 
aceptar, por ningún concepto, como base de paz, la 
independencia de la Banda Oriental; quiere que acep- 
ten, cuando más, una independencia temporaria, des- 
pués de la cual los orientales optarían por adherirse 
a uno de los dos estados a que han pertenecido. ¡A 
que han pertenecido! 

¿Qué ha pasado por la cabeza de aquel miembro 
de la dinastía faraónica de Buenos Aires? No es razón 
que nos detengamos demasiado a interpretar ensue- 
ños; pero éste de Borrego bien vale la pena. 

Excusado me parece decir que, para esa rectifica- 
ción de las Instfucciones, no fué consultado, como 
para las Instrucciones mismas, el Jefe de los Orienta- 
les; fueron oídos otros consejeros; hasta el doctor Gil, 
agente diplomático de Buenos Aires en I/3ndres, cuyo 
dictamen llegó cuando todo estaba ya consumado. 

Si para otra cosa no sirvieran esas veleidades del 
pensamiento bonaerense, servirían, una vez más, para 
comprender lo medrados que estaríamos si la indepen- 
dencia oriental no hubiera tenido más fundamento 
que el buen querer de Borrego, o de don Pedro I, o 
las conveniencias comerciales de Inglaterra, o cual- 
quier cosa por ese estilo. 

Be todo ha habido, sin embargo, entre los comen- 
tadores de esta peregrina historia. Ni siquiera ha 



550 LA EPOPEYA DE ARTIGAS 

faltado quien, conociéndola sólo de oídas (y ése ha 
sido Juan Carlos Gómez, nada menos), ha dicho que 
los héroes de la independencia oriental podían ser, 
efectivamente, Borrego y don Pedro, el emperador; 
no los Treinta y Tres, y mucho menos Artigas, Fué 
ese mismo Juan Carlos Gómez, sin embargo, quien 
dijo, en otro buen momento, que «la democracia se 
había salvado con Artigas». 

Imaginad, amigos, cómo andarían aquellas cabe- 
zas en materia de filosofía de la historia. Cabezas de 
chorlito. 

Lo que hay aquí de cierto es que, en Buenos Aires, 
la independencia oriental se juzgaba un triunfo del 
Brasil, una derrota argentina. Los mismos soldados 
vencedores en el campo de batalla se consideraban 
derrotados, en el de la diplomacia, por la Convención 
de 1828 que va a celebrarse. Bien presentía el pobre 
Dorrego el proceso mortal que sus compatriotas, los 
unitarios sobre todo, le levantarían con ese motivo; 
las bayonetas vencedoras de Ituzaingó se acercaban 
a él chispeantes como pequeños rayos dentro de su 
nube negra. 

Imaginemos, pues, lo que no hubiera hecho Do- 
rrego por evitar la independencia oriental. 

En el actual momento, nada más a propósito que 
el pensar en eso, para dar su significado a la expedi- 
ción de Rivera sobre todo. Dorrego, que no quería 
que éste la realizara por su cuenta, porque era capaz, 
el muy traidor, de querer quedarse con su propia 
tierra, y obstar con ello a la paz pendiente, resuelve 
ahora obstar él mismo a la negociación, con el in- 
tento de ser él quien se quede con aquella tierra 
ajena, contra la voluntad de su dueño; quiere ade- 
lantar hasta Río Pardo, hasta el Paraguay, para 



W)S TREINTA Y TRES 55I 

quedarse también con éste; llevar lo más lejos posible 
los hitos o mojones de su virreinato. 

Pero ahí están lord Ponsonby y sus declaraciones: 
«Inglaterra no ha traído a América la familia real de 
Portugal para abandonarla...» Más arriba, pues, del 
rey Faraón, está Inglaterra, sucesor de los faraones 
en todos los Egiptos que andan de nones por el mundo; 
pero, felizmente, más arriba de Inglaterra, que puede 
cambiar de rumbo según el viento, mucho más arriba 
de los vientos, así sean los más recios, está otra cosa: 
la ley inmanente que recibió Artigas en la cumbre 
del Sinaí, entre torbellinos y truenos cósmicos. 

Vale la pena de seguir con algún detalle el ensueño 
de los egipcios que fabrican momias. Dorrego, en su 
nueva actitud, ha dicho a sus negociadores: «Los seño- 
res ministros no deben consentir en entrar a estipular 
ninguna clase de tratado que tenga por objeto espe- 
cial reconocer la absoluta independencia de la Pro- 
vincia Oriental erigida en un estado nue'vo». Y les 
da las razones de su cambio de opinión, que son 
tres: el mal giro que quiere tomar la política interna 
brasilera, donde parece iniciarse una revuelta: la espe- 
ranza de aumentar la escuadra platense a las órdenes 
de Brown; y el hiten resultado de la expedición de Mi- 
siones por el ejército del Norte. 

Y aquí aparecen Guido y Balcarce, los negociado- 
res, con la voz del viejo Artigas, o de la naturaleza, 
mejor dicho, que habla en ellos, por fin, sublevada 
contra los simulacros. La larga nota en que contes- 
tan a Dorrego ha estado oculta, o traspapelada, o 
qué sé yo qué, hasta a\ er no m?s, en los archivos 
de Buenos Aires. El doctor don Alberto Palomeque, 
benemérito de nuestra historia, acaba de dar con ese 



552 I,A EPOPEYA DE ARTIGAS 

papel, y con otros que he utilizado para vosotros al 
narraros la campaña de Misiones. Ahí tenéis la nota; 
en ella los negociadores dicen a su comitente Do- 
rrego, que lo que pretende no tiene pies ni cabeza; 
que no puede ser, porque... ¡no puede ser! Es ésa 
una comunicación mu^- interesante; pero menos fun- 
damental de lo que pudiera creerse. lyos que la han 
ocultado se han asustado de duendes o fantasmas; 
esa nota no dice nada que no nos enseñe el buen sen- 
tido; y este, con documentos o sin ellos, es la clave 
de la historia. 

Guido y Balcarce dicen a Dorrego que <icreenan 
faUur a su honor, a su deber y a la alta confianza con 
que el gobierno los ha honrado, si no hiciesen con fran- 
queza las observaciones que naturalmente fluyen del 
contexto de la citada nota, cuyas prevenciones están 
contrastadas con la naturaleza de las cosas, con la 
experiencia de lo -pasado, y con el cuadro presente que 
los plenipotenciarios tienen a la vistat>. 

Veamos, pues, veamos algo de lo que la naturaleza, 
el pasado y el presente han enseñado a esos gentiles- 
hombres que hablan en nombre del honor. Veréis, 
amigos artistas, cómo, en resumidas cuentas, no es 
otra cosa que lo que yo, con mi pobre buen sentido, 
os he enseñado a vosotros, para que midáis bien el 
tamaño de vuestro Artigas a caballo. 

I/)s plenipotenciarios dan cuenta a Dorrego del 
curso de las negociaciones; le dicen que, convencidos 
desde el primer momento de que la idea de una inde- 
pendencia temporaria de la tierra oriental era una 
base muy difícil, por no decir imposible, de toda nego- 
ciación, plantearon, sin reserva, la de la independencia 
absoluta. «Esta base, dicen textualmente, no ha sido 
recibida con la prevención de la otra, en lo cual ten- 



I.OS TREINTA Y TRES 553 

drá sin duda mucha parte el punto de honor que es 
natural que se haya formado este gabinete, al tratar 
sobre una base propuesta por él de antemano, acep- 
tada por la república, comunicada por su gobierno 
al jefe de los orientales y aceptada por éste satisfacto- 
riamente.» 

Guido y Balcarce refutan en seguida, como de muy 
poca importancia, las dos razones de Dorrego relati- 
vas a la supuesta convulsión interna del Brasil y al 
aumento de la fuerza naval platense; pero al tomar 
en consideración la otra, la referente a los progresos 
de la expedición de Misiones, aquellos hombres de 
bien sienten que algo se subleva en sus conciencias, 
y escriben esto, que está bien dicho, me parece: 

«l/os ministros que subscriben juzgan que, cuanto 
mayores sean los progresos de la expedición al Norte, 
tantos más derechos creerán haber adquirido los orien- 
tales para con